jueves, 26 de mayo de 2011

Rehenes de la policía

Hoy se confirmará la sanción que dispondrá para Estudiantes algún organismo de seguridad de esos que muta de nombre, se fusiona o se disuelve cada mes. Como la medida no la tomará directamente la AFA, el proceso de apelación será tan lento que, de existir, será sencillamente inútil: simplemente habrá que aceptar que con Argentinos el público del Pincha no podrá alentar a su equipo.
En verdad no nos interesa hablar demasiado de la sanción, es casi insignificante, nada más que la concreta demostración de la disparidad que reina en las medidas que toman estos organismos fantasma capitalinos: en Vélez-San Lorenzo un enfrentamiento barra provocó un muerto, heridos (policías entre ellos) y la suspensión del partido. Ninguno fue sancionado de manera alguna (recordemos que Vélez disputó un partido en la cancha de Boca, pero en esa oportunidad se trató de una medida absolutamente mediática: en el auge del antibengalismo tras la muerte de un pibe en un recital de La Renga, alguien prendió la tele, vio como los del Fortín festejaban su arribo a la punta y decidió entonces, campaña mediática “moralizante” mediante, suspenderles la cancha). Pero Huracán, pobre equipo que ya está condenado al Nacional, armó un lío y le retiraron el apoyo popular por lo que queda del torneo. Medidas absolutamente impares, claro, relacionadas con el famoso “peso” de uno y otro equipo en AFA, que, desde ya, digita todo con diversos nombres.
Esto no interesa demasiado, más que para el debate futbolero y como síntoma de algo más: lo que sí debe ser señalado, debatido, advertido, gritado, es que ambos incidentes, como tantos otros (recuerdo por ejemplo aquel partido en Floresta contra All Boys) pudieron ocurrir gracias a la complicidad policial, que liberó la zona para el enfrentamiento entre la Pandilla y los de Boedo del mismo modo en que la liberó para que la barra brava del Globo pudiera acceder a la platea que lindaba con la popular pincha, para luego mirar pasivamente todo lo que ocurría al punto que fueron los bomberos quienes desactivaron el conflicto.  Es una práctica constante que pone de manifiesto el lazo entre la policía de cada localidad y los mafiosos barrabravas, lacras de la pasión: ocurre en La Plata, como aquella vez que una facción de la barra dio toda la vuelta en el Unico para balear al Uruguayo; ocurre en Floresta, ocurre en Patricios, en Villa Luro… en cualquier lado. Las fuerzas que deben proteger, no sólo no protegen y miran todo casi con sorna (son muchos los testimonios de hinchas maltratados y gozados por la policía) sino que directamente participan en provocar enfrentamientos. Todo esto ocurre en directo, queda filmado, pero nadie pregunta nada. Es más, todos parecen quedarse conformes cuando se anuncia la sanción, como si solucionara algo prohibir la entrada de la hinchada por uno, dos o quince partidos.
Es evidente a esta altura que saben quienes son los que van armados a la cancha (ellos mismos les facilitan el accionar delictivo). Pero, mientras tanto, hay que pagar los fastuosos operativos o el partido no se juega. Los operativos son exageradísimos, claro, porque inflado paga más: todo partido es calificado “de alto riesgo”, siempre se necesita algo así como un policía cada dos personas, en fin. Además de dar la impresión de ser operativos inflados (cuya ineficiencia tiene que ver más con matufia policial que con impericia), da la sensación de que el único modo que tienen de controlar el espectáculo es prohibiendo la entrada de la gente: a la constante reducción del público permitido en un estadio, tanto local como visitante, se suman los enormes pulmones y la medida final de directamente prohibir el acceso a las canchas.
Así ocurre hoy con Estudiantes y Huracán: se toma la famosa “medida ejemplificadora”, que no es sino la solución superficial por excelencia, pues no modifica nada a largo plazo y mucho menos ayuda a poner en evidencia esta fabulosa puesta en escena en la que todos, AFA, dirigentes, policía y barras, tienen algún interés monetario que necesita del otro. Pero tranquiliza a la población desde los medios y, de paso, se sigue perpetuando el mito de “los inadaptados de siempre”, que convierten a los barrabravas en casos aislados de la sociedad, en locos sueltos, en enfermos, y no en productos de un aparato absolutamente corrupto. 

domingo, 22 de mayo de 2011

Zona liberada

I.
No somos partidarios de la palabra “dignidad” en el fútbol, a menudo pura moralina hipócrita, utilizada para descalificar, por ejemplo, modos de jugar tan pincharratas, o utilizado para calificar acciones de equipos con pocos recursos y olvidadas, o caratuladas de “viveza” o “folclore”, cuando son las mismas acciones pero ejecutadas para los poderosos. Preferiríamos dejar la palabrita para el periodismo supuestamente bienpensante que durante la semana siembra dudas y después recoge la cosecha, sea porque hubo o porque faltó dicha palabra. Aunque tampoco comemos vidrio, y sabemos: hay mucha cosa turbia e indigna en el fulbo nuestro, algo que conocemos pero que esta semana, Passarela, Ruiz y Laverni mediante, se destapó para que todos se regocijen con el escándalo.
Y sin embargo, Estudiantes dejó el folclore para el hincha, hizo lo que debía y caminaba hacia una victoria que cubría de dignidad, para los medios que de esto viven, el sospechado fútbol argentino, con el llanto millonario en la primera plana de todos los diarios (¿dirán algo mañana cuando San Lorenzo escriba un nuevo capítulo del tácito acuerdo entre los capitalinos y ayude a River a, por una fecha al menos, salir de promoción, o cuando el Millo reciba un penal de regalo para apaciguar el escandalete mediático que armó en la semana?) y el bombeo alevoso al Tomba en solo siete
días. Pero el fútbol argentino busca la manera, al revés de los gatos, de caer siempre mal parado: y si la actitud pincha (ayudado, claro, por el nivel paupérrimo de Huracán) limpiaba un poco el tufillo del mundo mediático-futbolero, bueno, entre la policía federal, eternamente en connivencia con las barras, y los hinchas, arrojándose casi circensemente carteles, puestos de coca y alguna lanza, el fútbol argentino volvió a tener ese gustito amargo, que deja unas ganas enormes de putear.
Es cierto que la situación quemera no invita a la tranquilidad, y que no pueden esperar pasividad de los hinchas de Estudiantes si son agredidos y ven como se le vienen los monchos sin ningún tipo de traba de las fuerzas de seguridad, pero es entonces que los carísimos y desproporcionados operativos tienen que servir para algo.
Por supuesto, cuesta creer que haya fallado, y no porque uno sea conspiranoico, sino sencillamente porque los hinchas de Huracán que estaban en la platea atravesaron el famoso pulmón como quien cruza el umbral de su casa, para tirar durante diez minutos cualquier clase de objetos sin recibir ningún tipo de control o reprimenda, e incluso siendo ayudados por los barrabravas, que cruzaron la popular y llegaron a la platea sin oposición alguna...
¿Dónde estaba la policía mientras volaban proyectiles, o mientras las barras atravesaban impunemente sectores del estadio para agregarse a la batalla? Todo huele a complicidad policial.
Los hinchas de Estudiantes veían como los quemeros saltaban y trepaban: si no los repelían pasarían a la tribuna pincha, donde hay familias, pibes, pobres tipos que ahorran toda la semana para perder el sábado yendo en un micro de morondanga hasta Patricios. Y bueno, ante la pasividad absoluta de la federal, los hinchas tomaron la justicia en sus propias manos hasta que ¡los bomberos! dieron una mano y la suspensión del partido hizo el resto para calmar las aguas.
II.
Pero antes hubo casi medio partido. Y bueno, en la previa se habló y se chusmeó y todo eso, se llenaron páginas de diario, nosotros metimos encuesta, polémica, todos comimos de las supuestas “suspicacias”. Por supuesto, en 15 minutos se terminó todo. Porque si el gol que hace Pereyra es un regalo que nada aclaraba, sobre todo porque luego vino una arremetida de Huracán que dejó en evidencia algunos horrorcitos defensivos de arrastre en el Pincha, después del cuarto de hora Estudiantes se acomodó agazapado, recuperó fácil y salió rápido por las bandas, donde hubo el habitual picnic de Enzo vs. Globo y facilidades para Iberbia y Mercado.
Parece un análisis demasiado concreto para treinta minutitos de juego, pero fue tan claro el rumbo de Estudiantes que en esos 15 minutos de claridad que tuvo, metió tres o cuatro jugadas claras, con ventaja numérica en el área, goles errados y claro, la combinación Chapu-Enzo-Rorro para descorchar el champán. La defensa de Huracán era zona liberada, una invitación a una goleada para retemplar los ánimos de cara al final del campeonato, pero terminó en partido suspendido y compromiso entresemana, sesenta minutos a los cuales podrá el Globo no se presentarse cabizbajo y vencido, como estaba ya ayer por la tarde, aunque claro, Huracán no tiene demasiadas reservas anímicas, o futbolísticas para el caso. Quedó dicho: al equipo de Patricios iba a resultar más sencillo ganarle que entregarle el partido, vaticinio que se empezaba a confirmar con el grosero error de Monzón. Es tan bajo el nivel quemero que no tiene demasiado sentido perder puntos que alimentan la tabla copera para dárselos al Globo, que los va a perder la fecha siguiente. Y no utilizaremos la palabrita esa que dijimos, otra vez no, pero es saludable ir para adelante, diferenciarnos de actitudes ajenas que esta semana recordaron los diarios. Enaltece. Enaltece ver que más allá de las inclinaciones de los hinchas, y sobre todo en estos tiempos de mediocridad, envidia, agachadas y mucha mafia, el Pincha no se vende ni se regala.
Pero... los partidos hay que jugarlos, claro, quedan sesenta minutos y al menos, ahora, Huracán jugará con el plus de disputar el match sin su público, motivo de insoportable tensión y malestar que ayer estalló, quizás incluso fogoneados por los medios: acudieron al Ducó con el vaticinio de fácil victoria quemera y se encontraron con un 0-2 en 30 minutos.

Toda la cobertura en Contra Todos

sábado, 21 de mayo de 2011

¿Tomate un vino y olvidate?

Escribimos esta semana acerca del pataleo como forma de ser de la escuela que más representa “la nuestra”, como los nadólogos del cafetín gustan de llamar a ese “estilo argentina” que mezcla la nobleza de nuestro supuesto linaje europeo “alto” con la viveza del argentino vizcachero del barrio y la villa. Utopía de un país eternamente mirando hacia fuera, mito que reniega de mirar su propio interior, despoblado, ineducado, marginado.
De ese interior surgió uno de los poco proyectos ponderables de emancipación deportiva de la capital. Sin conocimiento no podemos afirmar que no haya en el crecimiento de Godoy Cruz mafias locales, arreglos con barras, politiquerío sucio y lavado de dinero, que seguramente los hay. Lo cierto es que lo hay en todos los clubes de país y, sin embargo, en capital andan todos mal y del interior no llega nadie a primera.
Y Godoy llegó y pelea. Y su federalismo es una amenaza, y entonces lo bajaron. Porque el que me trate de loco conspirativo no vio las imágenes. El gol no cobrado es alevoso, sí, pero resulta absolutamente tendenciosa la expulsión de Sigali, jugador clave del Tomba, por el pecado de hablar. Si el árbitro pretende suceptibilizarse y expulsar a aquel que lo trate sin el respeto debido, debe primero sancionar correctamente, y no de modo tendencioso. Es una costumbre arbitral, propio de su ego de jueces, nociva sancionar peor una puteada en la calentura del partido que una patada fría y dañina. Sigali no jugará con Gimnasia, pero está claro que el favorecido aquí era el club capitalino: Vélez es, de la boca para afuera, el menos querido de los grandes (y en rigor de verdad, es el proyecto más serio del fútbol argentino todo) pero, y a los hechos me remito, es la segunda vez que lo favorecen escandalosamente, más allá de toda conjetura.
Para completar su nociva tarea, el impresentable Laverni (uno de esos árbitros, junto a Lunati y Maglio, que suele ser designado para partidos bisagra a pesar del desastre causado en el anterior partido bisagra dirigido) no señaló el punto de penal cuando a un metro suyo barrieron alevosamente al delantero tombino Navarro, a destiempo y a contramano del rumbo de la pelota. El penal le hubiese dado a los mendocinos la victoria, claro, pero seguro se quedaron más tranquilos con las declaraciones posteriores de Laverni, que en un acto absoluto de caradurez (y sin dudas digitado desde AFA, o el Colegio de Arbitros, que es lo mismo desde que comparten presidente) dijo no poder creer no haber cobrado el penal. Declaraciones que pretendieron apaciguar una semana que tuvo el llanto de River, las denuncias del ex árbitro Javier Ruiz y este robo, pero que lo único que hicieron fue dejar más en evidencia los mecanismos ocultos que funcionan debajo de designaciones, declaraciones, etc. (Hace poco tiempo, el árbitro que había amonestado a Teofilo Gutiérrez salió a declarar que se había equivocado para amparar así la decisión unilateral de AFA de volver atrás aquella amarilla).
Lo dijimos: River se quejó de lleno. No mira su propio pasado, donde como señaló Meiszner fue campeón tras mano alevosa de Ortega, gol que condenó a los quilmeños al descenso. Pero tampoco mira el presente: un presente donde a Olimpo le anulan un gol increíble, donde a Godoy Cruz lo roban en directo para todo el país, pero donde ninguno de ellos ni de los demás equipos del “resto del país” tienen un micrófono a mano que les haga una nota de dos o tres páginas denunciando los verdaderos robos. Con una resignación y un coraje que asombran, han aprendido simplemente, a convivir con esta realidad cotidiana, y siguen remando.

lunes, 16 de mayo de 2011

Escuela de Fulbito Riverplei

En serio River te vas a quejar de un arbitraje? Tantos años de árbitros tendenciosos, campeonatos ganados con sospechas, años en que un penal en contra en el Monumental era impensable, años de jugadores de alto perfil y patada fácil que fueron inamonestables, no te alcanzaron?
Resulta tan inverosímil escuchar a River quejarse de un arbitraje como fue escuchar al Merengue llorar tras el match con Barcelona. Y sin embargo, es predecible. River siempre fue así, también el Madril. Equipos de paladar negro, que gustan de robarle promesas a otros clubes con su millonaria billetera y armar mega equipos para toquetearle con goce a los demás equipos, pero que siempre cuentan con defensores y volantes que pegan con impunidad y con el velo de la prensa que cubre sus actos, que nunca menciona la suciedad de estos equipos de guante blanco. Equipos sobradores, acostumbrados a ganar, que no saben perder: representa la derrota para ellos una subversión del estado de cosas, de la pirámide aristocrática que los tiene arriba. En la competencia internacional, por supuesto, no alcanza con favores arbitrales y mediáticos…
Almeyda, Gallardo, Carrizo, exponentes de esa escuela que cuando gana toquetea, juega limpio y declara lindo, cubriéndose de un halo de santidad. Ahora, cuando pierden… patadas, llanto, piñas (rasguños, bah) y una conducta que confunde la impotencia con el orgullo. Cuestionan al arbitraje por cuestiones mínimas. Lloran descaradamente en la primera plana, aunque lo terrible es el espacio que dan a declaraciones con tanto humo que hay que llamar a los bomberos, y el recuadro dedicado a los robos sistemáticos contra los chicos, campeonato tras campeonato. En esos momentos, en los que nadie mira, en partidos “intrascendentes” donde se juegan pavadas como descender o dejar en descenso a River, ahí los árbitros inclinan la cancha, ahí ocurren los robos verdaderos.
Para colmo, los del Millo deberían agradecer que las acciones del cacique no son penadas con 15 fechas: incitación a la violencia, agresión a un policía y… ¡al cuarto árbtiro!, que recibió el ya clásico rasguño riverplatense cuando intentaba calmar a Almeyda. Todo, tras haber sido expulsado por roja directa. Resultado: una sola fecha. En fin. Para colmo, después hablan caretamente de “bochorno” los diarios, cuando un equipo viaja a competir en serio, pierde, lo gozan, le tiran botellas y no se la banca y se arman las históricas trifulcas. Eso es un bochorno, pero reaccionar como un estúpido ante una derrota, reaccionar sin sentido en un partido donde no había nada en juego, calentar un pleito donde no había pasado naranja, salir desbocado de una cancha, agredir a las fuerzas de seguridad, a los hinchas rivales, eso está bárbaro. ¿Retractarse? Imposible. Los medios le dan manija. Loustau es el malo de la película, claro. Almeyda es un santo. 


Hemos analizado mil y una veces ya como son quienes promulgan "el juego" (el divertimento, el placer infantil, estético) quienes terminan convirtiendo el deporte en una guerra, con buenos y malos... siendo ellos, claro, los buenos, a pesar de sus conductas corruptas (arreglos, manipulación de medios y conducta menos que noble en la derrota) que pretenden ocultar bajo la bandera del fútbol bello e inocente que promulgan con ayuda mediática. No es la primera vez, ni será la última, que vemos a los poderosos que, despojados de su poder, en lugar de rebelarse, de escalar, patalean. Hay rasguños de Copa Libertadores, cabezazos de Mundial y mil tapas de diario que atestiguan la inescrupulosidad, el egoísmo y la tendencia hacia la bomba mediática de estos poderosos manipuladores. Y sin embargo, siguen poblando nuestras selecciones (y no es que nos importe demasiado la Selección, otro mundo de puterío, simplemente señalamos la injusticia en el reconocimiento y también en la vidriera que permite jugar para la patria) y siguen siendo los héroes favoritos de nuestros pobladores de ese país enorme que queda afuera de capital federal, pero que recibe desde la cuna las noticias de ese mundo capitalino como si fuera lo único que existe.

domingo, 15 de mayo de 2011

Napoli a Champions!


Bueno, los muchachos napolitanos han llegado a Champions, con un equipo solidario y con mucho desparpajo, tras completar una gran campaña. No alcanzó para más, aún verde como está el joven equipo de celeste, que perdió siempre que podía arañar la punta, que se quedó afuera de Europa por distracciones y de la Copa Italia por un bajón anímico. Pero sin dudas esta experiencia de lucha, de ambición y de frustración, templará el ánimo para la temporada que viene, donde damos por seguro que Napoli seguirá siendo fresco y sorprendente en el terreno doméstico e internacional... y quien sabe que pase...

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viernes, 13 de mayo de 2011

AL PIE... DE LA LETRA: Verón para todos ("El lado V", de Sergio Maffei)

VERON PARA TODOS
Reseña de “El lado V”, de Sergio Maffei, por Prof. M. Belvedere
Maffei es conocido por el pincherío mayormente por su columna partidaria en el diario Olé, donde en escuetos caracteres, dado el poco espacio del club en los medios capitalinos/nacionales, logra ajustadísimas descripciones del fútbol y el estado de ánimo de Estudiantes y sus hinchas. También, claro, es uno de los responsables de la brillante revista Animals!, por lo que su voz, de mucho Country y gran capacidad, es sin dudas, como demostrarán las numerosas anécdotas, datos e intimidades que se cuentan en el libro, palabra autorizada a la hora de hablar del hombre en cuestión: de Juan Sebastián Verón trata el libro que escribió para editorial Sudamericana en el aparente marco de una colección de libros sobre deporte que vienen lanzando.

No se trata de un detalle menor: el Verón del que habla Maffei es un Verón más nacional que local. Es, por ende, el Verón polémico, temido, odiado, enjuiciado, y no el Verón adorado, el Verón nuestro. La obra guarda espacio de un capítulo a las aventuras del Gran Capitán desde su retorno a Estudiantes, y se explaya, a lo largo de las viñetas que construyen un personaje que crece a lo largo de su vida y no escapa a las contradicciones, en su otra vida, la vida previa, hecha de Mundiales, trofeos europeos, autos y pocos pelos en la lengua.

El libro de Maffei intenta, justamente, acercar a Verón al gran público, ese que lo chifla todas las tardes, explicando, pero sin pedir perdón o poner excusas: Verón es quien es, un ser frontal, que no come vidrio. Un personaje malinterpretado seguido, por la necesidad que hay en este país de buscar un chivo expiatorio: señalado culpable de la inexplicable debacle del 2002, desde aquel momento se consolidó como el pirata, el tipo despreciable, sucio, que venden los medios y compran los que miran más televisión que fútbol. Maffei intenta un acto de justicia hacia el eternamente vituperado Sebastián, se centra sobre todo en su historia mundialista y justifica su rendimiento en 2002 al revelar por primera vez desde la voz de Verón que jugó desgarrado, herniado y mal diagnosticado aquella Copa del Mundo, problemas físicos a los que le sumó la durísima preparación que un Bielsa siempre fundamentalista armó para tipos que venían de una temporada pesadita. De aquella seña de calma, que se puede decir: los necios se conjuran siempre contra los lúcidos, piden soluciones drásticas, magicas, centros sin sentido y apuros que pierden tiempo y pelota. Pero los lúcidos saben que cuando uno está apurado, hay que vestirse despacio. Aquel gesto de Verón fue un llamado a pensar y luego ejecutar, en un país que tiende a ejecutar sin pensar. Que lo hayan convertido en villano por el mismo gesto que, en el césped uruguayo tras la clasificación al último mundial, lo elevó a la categoría de único ser pensante, coherente, de líder magnífico, gracias a una operación de prensa nacional antimaradoniana, no deja de hablar una vez más sobre la incoherencia futbolera del país y lo sugestionable que es el público.

Es cierto que el hincha de Estudiantes hubiese deseado que le libro ahonde más en cuestiones pincharratas, como el alejamiento de Caldera, Pires o la relación con Sabella. Puede para ello leer el libro que Sergio Marelli, hijo del Dr. Marelli, escribiera sobre la Brujita hace cosa de año y pico, tras la obtención de la Libertadores. Se trata de un libro un tanto empalagoso, sin embargo, puramente pincharrata pero lleno de loas (y de un extraño liricismo para el tema que trata). Preferible es el personaje que pinta Maffei, el rebelde que amamos, el problemático, el que lucha contra todas las fuerzas de la “naturaleza” (la opinión naturalizada de los medios), el que nos enorgullece por su coraje y porque, cada tres páginas de su vida, menciona su deseo de pegar la vuelta a su casa, a su lugar de pertenencia. Ese Verón, el abanderado de la escuela pincharrata que llevó la bandera por el mundo y decidió volver resignando plata y prestigio, nos llena el pecho.

Existe una historia oficial, de blancos y negros, hegemónica y parcial. Y existe el lado anverso a esa historia, el lado sin humo, sin correcciones políticas, sin mentiras mediáticas, el lado que escriben los parias de la historia oficial: ése es el lado que cuenta la historia de la Brujita, el lado V.

AHAB







Dentro de su barca es el capitán incuestionable. Su febril búsqueda convence a los suyos a realizar los esfuerzos más infrahumanos, porque él mismo pone el cuerpo detrás de las ideas, deja un ojo, deja un tobillo, anda por ahí, mítico, con una venda que se asemeja a un parche y un tobillo de palo. Desde afuera es para todos el pirata inglés, un sicópata. Sus motivos parecen los del loco: eso de dejar todo por la pasión, eso de sacrificar el cuerpo domingo tras domingo, aguja tras aguja, hasta que el tobillo cobra la textura de la madera. El hombre del pie de palo, el capitán que se sacrifica por los suyos, mientras los demás, envidiosos, incapaces de comprender la visión de los genios, se conjuran contra él y le arrojan piedras.

Pero al hombre de los mil enemigos no le importa. Sus enemigos no son sus críticos, sino sus rivales. Su objetivo es esa ballena blanca, indescriptible, alegórica, que es la gloria. La posibilidad de la inmortalidad. El límite que nos han prohibido trascender. El capitán apunta su barco al infinito, ambos su nave y él cada vez más golpeado por el paso del tiempo, el oleaje, las bajas, su tropa cada vez más hambrienta, cada vez más feroz y peligrosa. Úna mirada del capitán contiene todos los motines. Palabras, pocas, y en general no son amables; pero su compromiso es incuestionable y su entrega total, sacrificada hasta la emotividad y el dolor físico real. Ante eso no hay discusión posible. Sus hombres saben que inevitablemente el barco naufragará, estallará. Saben que el camino de la febril obsesión del capitán los lleva a la destrucción, a la locura. Pero saben también que solamente guiados por él podrán saborear, aunque sea por un instante, las dulces mieles de la eternidad. Los cobardes saltan del barco. Los tripulantes de otros barcos tejen una leyenda de locura y maldad.

En 2006 regresó a su patria. Joven aún, rebelde, desafiante. Con la altanería de los que se saben destinados a grandes cosas y sienten que pierden el tiempo dando explicaciones. Para colmo, a oídos sordos. Regresó del viejo país, donde conoció la fama y la opulencia, pero resistió el canto de sirena del éxito, las mieles que adormecen con su calor, y en una decisión de valor absolutamente inconmensurable, para el cual aún no hay dimensión que permita medirlo y explicarlo, dejó todo. Todo, por volver a su hogar y comandar la nave paterna. Y la nave del capitán Verón, aún sin la cicatriz sobre su ojo, aún con el tobillo original, partió con un grupo de marineros reos, reclutados en las profundidades de la patria. Consiguió, enseguida, fama y gloria. Muchos creyeron que aquello, que entonces parecía una hazaña, era suficiente para justificar el retorno del Rey. Los siguientes años de luchas menores confirmaban que aquel título era suficiente.

Pero claro que no fue así. El capitán Verón esperaba, agazapado, su chance. La tuvo cuando el año 2008 llegaba a su fin. Peleó como pelean los grandes de espíritu, más allá de las palabras de consuelo y dignificación. Cayó en aguas tropicales y regresó jurámentandose venganza entre nuevos vaticinios de fin de ciclo. La barca, es cierto, arrancaba de cero. Desde febrero, fue una lucha constante para reconstruir la nave, para mantener a la tripulación unida. Partieron algunos, llegó un comandante idóneo. Y se atrevieron a volver a soñar en grande. Nadie creía en ellos, claro.

Y los forajidos comandados por el controvertido capitán y el novato pero atrevido comandante, se convirtieron en los mejores de América. Y fijaron rumbo para una cita en extrañas tierras contra el dios del fútbol, el monstruo de once cabezas, el divino, el justo y bueno Barcelona. Al príncipe del mundo redondo se le enfrentaba una tropa enrojecida de hambre capitaneados por un demente, un orate. Todos esperaban la batalla afilando sus cuchillos. Quizás por ello el príncipe Barcelona se vio sorprendido por esa barcaza al borde de la destrucción con la bandera albirroja. Si todos los que lo enfrentaban oponían resignada, desidiosa batalla…

La Fortuna favorece a los audaces, pero los dioses castigan a los atrevidos. Y los dioses castigaron el atrevimiento de la nave de los reos que se atrevía a desafiar al hijo pródigo: obligaron a su capitán a un error fatal, dieron oro al oro y todo estuvo bien en la tierra. Mientras todos respiraban aliviados y una vez más anunciaban el fin de una era, el capitán levantaba los trozos de su nave, ya sostenido por un solo pie, ya sufriendo una profunda y desgastante frustración.

Pero la nave del mal pincharrata siempre resurge. Muchos sugieren propiedades alquímicas en esta reconstrucción misteriosa del barco. A ellos no hay nada que explicarles: de todos modos son oídos sordos que prefieren explicar todo, lo bueno y lo malo, a través de la magia, nunca a partir del hambre, del trabajo, del esfuerzo y el coraje. El barco pincharrata enfrentó nuevas batallas, siempre destartalado pero nunca vencido. Al borde de la autodestrucción se llevó un título, pero las huellas en la nave y los tripulantes aún siguen, profundas. Otra vez, todos dan la barcaza por hundida, y el capitán por muerto, fruto de su propia osadía. Otra vez soportó el agonizante Verón el repudio de los otros, señalándolo como conductor hacia el fracaso, como impulsor del salto por la borda que diera el comandante Sabella y, por supuesto, de todos los males del mundo.

El capitán y sus fieles, fruto de tanto luchar y ser apedreados, ya no llevan la rebeldía alegre del trasgresor, sino la mirada afiebrada, calma y feroz que busca con voracidad y sagacidad felina una última chance. Los ojos ya están cansados, las arrugas por momento ocultan el fuego de la mirada. El barco para en un puerto después de mucho tiempo, llega a la costa al borde del naufragio. Algunos guerreros se retiran, los bolsos harapientos llenos de gloria y los rostros marcados por mil cicatrices físicas y metafísicas, para contar la leyenda en otros lugares y descansar. Entonces todos alzan la bandera velezana, anuncian el fin de ciclo, otra vez. Mientras tanto, el capitán descansa, pero nunca descansa, pensando en los tripulantes idóneos para su último viaje. Piensa en viejos marineros, curtidos en mil batallas, a los que no hay que explicarle nada. Piensa en viejos amigos.

Su búsqueda parece la de un loco, que busca alcanzar alturas confinadas a los agraciados por dios con una banda pueblerina de orates en una misión. Pero cada día que pasa convence mas y mas a compañeros, hinchas y también rivales. Se puede. Con el detrás del timón, las hazañas son posibles. Es hora de un último viaje. Y con Verón detrás del timón, todo es posible.

jueves, 12 de mayo de 2011

Basta de merecimientos

Hurtado de Laboratorio Pincharrata


¨En este mundo, cada cual consigue 
lo que se merece. Pero sólo quienes 
alcanzan el éxito lo reconocen.¨ 
Georges Simenon.

Es un lugar común en los análisis del fútbol escuchar ¨merecimos ganar¨, ¨ya hizo los méritos suficientes para ir ganando¨ e incluso un ¨patearon una sola vez al arco y nos ganaron¨.


Es curioso este tema de los merecimientos: no existen en el básket, en el rugby, en el tenis y en ningún otro deporte (ni siquiera el boxeo, porque las tarjetas están directamente relacionadas a golpes conectados).

Tampoco existe en algunas situaciones de la vida: ¨merecí aprobar el exámen¨ o ¨merecía ser Doctor, pero pegué 4 aplazos seguidos¨. Pero pareciera como si el fútbol es una burbuja; en el fútbol ¨hay merecimientos¨.

Desde este Laboratorio sostenemos que merece ganar simplemente aquel que gana. El que gana, siempre, hizo más méritos que su rival para lograrlo. Por carácter transitivo el CAMPEÓN, siempre, es el mejor. El mejor de ese torneo en disputa. Si buscamos el mejor de un período de tiempo más prolongado, seguramente Estudiantes aparecerá en primer lugar.

Existen diversas variables que entran en juego para ganar un partido: los jugadores como individualidades, el funcionamiento del equipo, los fallos arbitrales y, como en todo juego, el azar. Y aquí hay un punto importante: si el fútbol es un juego , ¿desde cuándo hay merecimientos?

Ahora bien, esta última variable, el AZAR, debe ser analizada dado que suele utilizarse como excusa en una derrota o empate con sabor amargo. Y entre quienes más la utilizan, por supuesto, están los líricos cultores de ¨la nuestra¨.

El diccionario dice, en su primera acepción de AZAR, ¨casualidad¨. Y casualidad es una ¨combinación de circunstancias que no se pueden prever ni evitar¨.

Si un jugador tiene 4 situaciones de gol y las erra, de ninguna manera corresponden a la variable del azar. Si las falla por deficiencia propia o por virtud del arquero rival, corresponden a los desempeños individuales. Ese delantero tendrá una calificación baja y el arquero, que casualmente está en el arco para evitar goles, tendrá un puntaje alto. Con sus deficientes definiciones, ¿ese delantero hizo méritos para ganar un partido? Por el contrario, con sus notables atajadas, ¿no hizo méritos ese arquero para que a su equipo no le conviertan goles y por tanto esté más cerca de ganar el partido?


Aquí vendrán algunas sencillos retruques como ¨definió bien, pegó en el palo¨. Y volvemos a comparar: ¿alguna vez escucharon ¨tiró bien, pero dio vueltas en el aro y salió¨? No, en el básket si tirás bien, entra; si tirás mal, errás. Incluso en el fútbol está la máxima del ¨penal bien pateado es gol¨. ¡Por supuesto! ¿Cómo va a estar bien pateado un penal que pegó en el palo? Sí, bien pateado...para los rivales, diría nuestro guía espiritual, el Dr. Carlos Salvador Bilardo.

Otro podrá decir:¨si le pega a la tierra pero el arquero se tiró para el otro lado, ¿está bien pateado?¨ La respuesta es SÍ, DADAS LAS CIRCUNSTANCIAS.

La puntería de ninguna manera debe asociarse al azar.

Otra lugar común en estas discusiones es creer que porque un equipo llegó una vez, hizo un gol y luego se defendió, ¨no merece ganar¨. Digamos que es tan meritorio tener una efectividad del 100% en el arco de enfrente, como preocupante y desmerecedora tenerla en el propio.

Incluso, si buscamos otra vez en el Diccionario de la Real Academia Española, la definición de MERECER es ¨hacer méritos, ser dignos de premio¨ (lirismo puro si lo relacionamos al fútbol). Pero como antónimo, además de desmerecer, encontramos PERDER. Es decir, MERECER=GANAR. Siempre gana el que lo merece: tuvo más virtudes o menos errores, según cómo se lo mire.

Alguna vez un periodista, ante estos argumentos del Laboratorio respondió: ¨Entonces, si es así, analizamos sólo resultados¨. La respuesta es que se analiza PARTIENDO de un resultado, que es la consecuencia del hecho. ¿O no es así en todos los deportes? ¿O hay crónicas de rugby, básket, handball, voley, etc, que hablen de ¨merecimientos ¨ del equipo que pierde?

Todas estas cuestiones adquieren mayor relevancia en nuestro Estudiantes de La Plata. Somos un club que nunca se apoyó en estas cuestiones: se pierda o se gane, las razones las buscamos en nuestro equipo buscando subsanar los errores y potenciar las virtudes con trabajo.

Después, por supuesto, podría dejar un mayor optimismo de cara al futuro saber que generamos mucho en un determinado partido y que probablemente por ese camino estemos más cerca de ganar que de perder. Pero eso es otra historia.

PD: algunos errores arbitrales podrían ser considerados como azar. Una pelota que pica medio metro adentro del arco y no es convalidado el gol, por ejemplo. Pero no todos.

lunes, 9 de mayo de 2011

Los filósofos del fútbol

Hurtado de Resultadismo

Alguna vez tenía que llegar el momento de abordar la esencia de las ideologías del fútbol. Este intenta ser un ensayo que iremos afinando y mejorando con el paso del tiempo ya que es muy largo y con numerosas aristas.
 Existe un grupo de gente que "cree" que el fútbol es un arte, aunque son desconocidas las razones por las cuales llegan a esa conclusión. Cualquier persona medianamente inteligente y con sentido común deduciría que, lógicamente, el fútbol no es un arte. Una jugada colectiva, un taco, un caño, un sombrero, una gambeta, no es arte, y un profesional que le pega bien a una pelota tampoco es un artista. Son jugadas propias del deporte como lo es una volcada en basquet o un remate en voley (los seguidores de estas disciplinas no podrían reclamarlas, a su vez, como arte?). El fútbol es un deporte, una competencia y, repetimos por tercera vez para despejar todas las dudas, NO ES UN ARTE, no lo fue nunca y nunca lo será, esto es tan cierto como que la pintura o la literatura nunca serán un deporte.
 Este punto es la piedra angular del romanticismo ingenuo, infantil y fantasioso sobre el que fomentan y pregonan su mentira. Porque desde la primitiva creencia que el fútbol es un arte exigen que los equipos brinden espectáculo, y desde esa posición inventada, autogenerada y autoelogiada critican cualquier otro análisis profundo del juego, desprestigian a los que explotan la táctica y la estrategia y a los estudiosos de la fisiología del jugador. No estudian, no analizan al rival y ningunean el entrenamiento físico porque el talento es lo único necesario para jugar al fútbol, "creen" que el fútbol es... un arte.
 Decimos "creen" entre comillas porque este es el Big Bang de la teoría, no sabemos si realmente lo creen (demostraría una marcada carencia intelectual) o bien lo quieren hacer creer (sería perverso pero explicaría, al menos, su negocio). Quizá entre los cultores de los Filósofos existan seguidores representativos de las dos posibilidades.
 Entendido lo anteriormente escrito, sus críticas pasan a tener sentido porque al no satisfacerse las expectativas que tienen de ver un espectáculo artístico es lógico que insulten, agredan, odien y estén resentidos con los que no les brindan lo que buscan, o incluso, con quienes lo "destruyen", entendiendo destruir como el impedimiento del desarrollo "artístico" del espectáculo que dicen haber ido a presenciar pero que no es tal debido a que se trata de una competición deportiva. De esta manera, Riquelme es su bandera por su talento (más allá que sea un monstruo tácticamente y que acá no estamos emitiendo juicio sino ejemplificando), y cualquiera que lo marque hombre a hombre es un picapiedra destructor del fútbol y merecedor de los peores calificativos.

 A esta altura del análisis es fácil darse cuenta quiénes trabajan y quiénes son los estafadores dueños del ingenioso apodo que los define: vendehumo. De donde surge? De la gente que escuchó lo que dicen y lo comparó con lo que hacen. Gente que pensó, tiene memoria y no se deja engañar. En este punto, también, es simple identificar las caracterísiticas de los que sí los escucharon.

 En esta linea termina el análisis esencial del tema, lo que sigue es una extensión de dicho análisis.

Los Filósofos del Fútbol, término que hasta hoy nadie ha podido explicar con coherencia y llevan con orgullo, son el grupo de pseudoperiodistas y pseudotécnicos que viven de esta mentira. El término mismo encierra falsedad e incoherencia. Quiénes son los filósofos del fútbol? Los que se preguntan de donde viene, porqué existe y a donde va? Existen filósofos del tenis, del basquet, del voley? Como queda explícitamente demostrado, el término surge desde la primitiva idea que fútbol es arte.

 Hacen de la hipocresía su recurso público y se aprovechan de la simpleza y la falta de voluntad de ciertas mentes para cuestionar y cuestionarse situaciones, sean de fútbol, sean de la vida. Hablan de ser de izquierda y del comunismo pero trabajan para Clarín. Su máximo referente, el creador de toda esta gran mentira que tanto mal le hace al fútbol y a la sociedad, César Luis Menotti, fue funcional a la Dictadura más terrible y horrorosa de nuestra historia. Trabajó para Videla, con el cuál hizo "dupla" técnica, y fue capaz de sacar un revolver en una cancha de fútbol.

Dicen defender "el fútbol que le gusta a la gente" y este punto es particularmente importante; a quién se refieren con "la gente"? Nosotros somos gente, ustedes son gente, tenemos años en el fútbol, algunos como ellos, otros más y otros menos. Analizamos, estudiamos, jugamos y trabajamos en el fútbol. Entonces, cuál es "la gente" a la que representa este grupo? No a nosotros que no solo no compartimos "su fútbol" sino que entendemos en ellos la personalización de la Mentira.

 Pero hablando del juego, que defienden? La idea fútbolística es infantil y está sustentada en los partidos que jugamos en el potrero o en la rambla, sin camisetas ni canilleras. Esperan, desean y piden que el fútbol mundial profesional se juegue como en "la plaza".
 En este punto sinceramente nos resulta muy difícil, casi imposible, comprender la postura futbolística.

Luego, al aparecer un equipo que después de años y años de trabajo, de inversión, de sacrificio y planificación, logra jugar un fútbol que a ellos les conviene tomar como propio se trepan al triunfalismo e intentan identificarse con él. Este es el ejemplo de lo que pasa actualmente con el Barcelona. Lo importante es que existen muchos Resultadistas más como nosotros que sabemos que Guardiola trabaja y estudia, que mira a los rivales y sabe de táctica y estrategia, su cerebro es una computadora, hace amonestar a sus jugadores para lograr una suspensión programada y limpiarlos de amarillas, y tantas otras posturas resultadistas más, que los Filósofos no dudarían en catalogar como horrorosas y sucias si pasaran en cualquier otro equipo.

Es grave que después de tantos años de mentiras y verborragia menottista hayan logrado que algunos los asocien con el buen juego y al resto con el malo, cuando jugar bien es una consecuencia, paradójicamente, de todo lo que este grupo de hipócritas critica.

jueves, 5 de mayo de 2011

El Doctor contra todos

El 4 de mayo fue un día histórico para el resultadismo americano: se cargó a 4 equipos cariocas, dos de ellos como visitante, en verdaderas epopeyas. Homenajeamos al padre de ese hermoso fútbol total denominado "antifútbol", como recientemente lo hiciera la Conmebol, haciendo un poco de "antibloggin", es decir: robandole el contenido a otros y pegandolo acá.

Todos los créditos, desde ya, a los muchachos de Laboratorio Pincharrata.

BILARDO CONTRA TODOS


 


Dos meses después de esta nota levantaba la Copa Intercontinental en Manchester.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Mou-rbo

No hinchábamos por el asqueroso Real Madrid, antiequipo franquista de estrellitas muy sálvese quien pueda, pura billetera sin proyecto, pura incoherencia cada vez más enfurecida y descontrolada por la imposibilidad de superar al rival de siempre, le tires los millones que le tires.
Hinchábamos por Mourinho, el mejor técnico del mundo. Porque se atreve siempre a buscar la grandeza, porque es el único que declara que su objetivo es derrotar al mejor equipo del mundo. El único que no se entrega a su superioridad, que no sale a la cancha a ver que pasa.
Su ambición, por supuesto, lo llevó a tomar la incorrecta decisión de pasar al Merengue. Cada vez más nos recuerda a la fábula de Brian Clough que contara la película The Damned United: Mou dejó un equipo de hombres, que había formado con trabajo, que había unido hasta la invencibilidad. Con ese grupo de hombres del Inter venció, a través del esfuerzo colectivo, al Barcelona apenas un año atrás. Pero su ambición pudo más. Dejó su equipo, y se mudó a Madrid para intentar mojarle la oreja aún más a los de Guardiola. Seguro, les sacó la Copa del Rey, pero no pudo convertir a los hombres madridistas en las bestias interistas que jugaban por todo el campo. No había en este equipo merengue la juramentación, el deseo del Inter del 2010. Más solo que nunca, al punto que ni siquiera los dirigentes apoyaban sus decisiones, la ambición del portugués que todo lo enciende, esta vez incendió todo. No funcionaron sus provocaciones mediáticas. Tampoco sus jugadores.
Se ha volcado mucha tinta en defenestrar la idea de Mourinho para jugar contra el blaugrana. ¿Como, con semejantes jugadores, pudo el portugués meter tan atrás al equipo? En verdad, en los pocos momentos en que el Real pudo presionar bien y atacar con más gente, la cancha se mostró abierta y el resultado fue siempre riesgo para la valla propia. El Barcelona es así, no se le puede dar un metro, seas Aldosivi o el Real Madrid. Mourinho lo sabe, aunque no lo acepten muchos, ni siquiera sus propios jugadores. Su idea, sin embargo, no era sencillamente interrumpir el circuito de juego y esperar el milagro: pero aquel primer tiempo de alto vuelo por Copa del Rey, con contraataques tremendos con mucha gente, no se volvió a repetir (el rival y el desgaste también juegan). Entonces apostó a una jugada, y esa jugada, de contra, de pelota parada, a partir de una individualidad, no terminó de vislumbrarse de modo claro nunca. La derrota en el Bernabeu fue directa consecuencia de la polémica expulsión de Pepe, y los espacios que se le abrieron para tocar al equipo catalán. Distinta fue la historia cuando el Barcelona no pudo desarrollar su juego, por más posesión que tuviera, porque no llegó al arco. Pero con espacios, quedó dicho, el Barcelona hace lo que quiere, lo cual enardeció a su equipo, fogoneado por Mou, pero no hasta la victoria sino hasta la frustración: el Madrid terminó desdibujado y pegando, típico equipo livianito y sin caudillos en cancha. Aquí también seguramente Mou se habrá arrepentido de su movida a la capital de España, pura ambición.
El plan de Mou, en verdad, pareciera ser la única manera de jugarle a este equipo, al menos sin un lustro de preparación previa: pero se necesita temple de acero, carácter que le faltó al Madrid, y algo de suerte.  Y además, claro, se requieren arbitrajes que no caigan en la trampa mortal de la idiótica dualidad entre buenos y malos. Porque la expulsión de Pepe podría haber sido amarilla (es plancha, pero sin contacto), porque el gol que le anulan al Real Madrid ayer raya con lo corrupto, así, con más desventajas de las que ya supone enfrentar al mejor equipo del universo, se hace muy difícil. No se trata de arbitrajes digitados, sino sencillamente de lo que ya hemos descripto muchas veces en estas páginas virtuales: los referís también se sugestionan, aunque sea a modo subconciente. Y la propaganda de Unicef, las declaraciones, la entrada de Abidal, todo lleva a una imagen inmaculada del Barcelona. Entonces, cuando un jugador blaugrana finge (como ayer Mascherano, que incluso cayó luego de dar un paso en la jugada de dicho gol anulado), resulta lógico pensar que los malos lo han golpeado. En cambio, cuando jugadores con mala fama se tiran, nadie compra. Se ve en todas las canchas del mundo, como la fama de unos y otros tiene injerencia muy clara en los cobros, como a ciertos jugadores no se les cobra nada y a otros, todo (Riquelme, por caso).
Equipo maravilloso, el Barcelona. Parece invencible, porque no se vislumbran planes mínimamente efectivos para, al menos, neutralizarlos. Cuando pierden la pelota todos corren para recuperarla, cuando la tienen todos corren para pedirla. El aceitadísimo circuito tiene sus inicios años atrás, en la cantera que produce el 80% de sus jugadores, quienes se conocen entre ellos y garantizan el éxito de las pequeñas sociedades desde ese profundo ensamblaje. Y al juego colectivo le suman las individualidades que rompen todo, como le pasó al equipo de Mou en el primer partido. Pero el invencible Barcelona perdió uno, empató dos y ganó uno frente al Madrid en esta saga tremenda y tensionante de derbys. Los que piden la cabeza de Mou, sin dudas, son los mismos hinchas del Real que promueven esta política absolutamente caótica de refuerzos, gastos multimillonarios y proyectos ambiguos que se vienen abajo cada seis meses (algo similar sucede en el Mundo Boca, lo cual explica muchas cosas), cuando el Barcelona sigue demostrando, por coherencia, continuidad, por laburo, por austeridad y, claro, por juego, que son los mejores. De la historia quizás.  
Los que llaman cáncer del fútbol a Mou, peor: siguen habitando ese mundo donde la estupidez se confunde con valentía y siguen sin apreciar al fútbol desde lo colectivo, desde lo defensivo, desde la estrategia. Para ellos el fútbol es puro flash, puro show, pura magia. El único equipo que medianamente los conforma es el Barcelona, el resto del fútbol es un asco miserable, claro.
Esta gente pobló ayer el Camp Nou, y puebla todas las canchas del fútbol europeo: público operático, tenístico, que va bien vestido a la cancha y mira sentadito, aplaudiendo, las viscicitudes del match. Mientras tanto, los comentaristas bananeros repiten que es bárbaro que no haya alambrados, y el hincha se queda afuera de un fútbol cada vez más teatral, cada vez menos austero, solidario, pasional. Cada vez menos de uno, cada vez más de la televisión: el caldo de cultivo de los “proyectos” del Real Madrid, de los equipos-petro/narcodólar de Inglaterra, en fin.

sábado, 30 de abril de 2011

Ernesto Sábato pasó a la eternidad

Es un día de luto para la literatura y para la familia de Estudiantes: a los 99 años, en su casa de Santos Lugares, falleció el enorme escritor Ernesto Sábato. Fue autor de destacadas novelas: "El túnel", maravillosa novelita de  esas que es capaz de abrir el mundo de la literatura a muchos jóvenes, "Sobre héroes y tumbas", "Abaddón, el exterminador". En 1983 presidió la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) y luego expuso sus conclusiones en el famoso libro "Nunca más". También ensayista, físico y pintor. Nació en Rojas, provincia de Buenos Aires, pero en 1924 se radicó en La Plata, donde hizo el secundario en el Colegio Nacional. Allí conoció al profesor Pedro Henríquez Ureña, a quien luego citaría como inspiración para su carrera literaria. En el año 1929 ingresó a la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas de la Universidad Nacional de nuestra ciudad. Y su primera obra literaria, de hecho, se publicó en la revista Teseo, de La Plata. En ese tiempo, además, cultivó su amor y fanatismo por Estudiantes, donde también jugó (era delantero). Declarado socio honorario del Club, en el 2005 fue designado además miembro del Comité Centenario de la institución. Se lo recuerda en la platea de 1 y 55, previo a un partido ante Vélez, cuando se puso la camiseta y fue ovacionado por todo el estadio. “Yo era rompecanillas, como me decían, me apasionaba, era súper violento”, confesó sobre sus tiempos de hincha. El 24 de junio iba a cumplir 100 años y el domingo iba a ser homenajeado en la Feria del Libro. Se fue un maestro, un escritor emblemático, una de las plumas más importantes de América Latina.

Y un hombre de Estudiantes. El talentoso escritor tuvo un paso fugaz por las divisiones inferiores de Estudiantes de La Plata, equipo del que se hizo fanático desde que se instaló en la ciudad de las diagonales para completar sus estudios secundarios y universitarios. Sabato llegó a fines de la década del ´20 a La Plata, justo cuando en Estudiantes se destacaba una de las delanteras más recordadas de la historia del fútbol argentino: Los Profesores. Aquel equipo albirrojo que contaba con Miguel Angel Lauri, Alejandro Scopelli, Alberto Zozaya, Nolo Ferreira y Enrique Guaita fue inspirador de un amor que duraría hasta el día de su muerte. “No era un virtuoso, eso hay que aclararlo, pero iba y venía y no daba pelota por perdida”, contó alguna vez sobre su paso por las inferiores del Pincha, donde despuntó el vicio de la pelota, pero no logró hacer carrera. Luego, como hincha, disfrutó de todos los títulos de Estudiantes. En 1967, cuando el equipo de Osvaldo Zubeldía fue campeón del Metropolitano, Sabato tenía 56 años. Después llegarían cuatro Copa Libertadores, una Intercontinental, una Interamericana y otros cuatro títulos del fútbol argentino. Su última imagen en el viejo estadio de 1 y 57 fue en un homenaje que le realizó la dirigencia en 2004. Se lo pudo ver en la platea techada, con la camiseta puesta, y visiblemente emocionado. Como seguramente estuvo hace pocos meses, en diciembre de 2010, en el último título de su querido Estudiantes.

jueves, 28 de abril de 2011

El regreso de la suspicacia

La suspicacia arrancó con una nota de doble página acerca de la designación de Pezzota para el partido que jugarían Boca y Estudiantes. Pezzota había dirigido la final del 2006, que perdieron los Xeneizes en buena ley y sin decisiones arbitrales determinantes (se discute la expulsión de Ledesma, que se fue con Pablito Alvarez, cuando éste también tiró su patadita sin pelota): la derrota pasa a ser entonces el argumento único de la sospecha de que el árbitro fue puesto a dedo. Boca no puede perder y si piede debe ser culpa del árbitro, ergo el árbitro es contra.
Absurda acusación de esas que proliferan en el fútbol y que no hacen nada bien, generando un clima de constante sospecha. Pero lo verdaderamente terrible es que el diario Olé levantó la noticia y dedicó una página doble al tema, con encuentras, polémicas y todo, como si hubiese pruebas contra Pezzota y fuera natural esperar que un árbitro, por dirigir una final en la que uno cae derrotado, no dirija más a ese equipo.
Las consecuencias fueron inmediatas. En aquel partido Pezzota obvió dos planchas de Chávez que el mismo jugador consideró para expulsión, dejó pegar a Somoza a lo pavote y cobró mancha o menos en el tiro libre que terminó en el empate bostero (una falta de esas que le cobran siempre a Riquelme, de esas en las cuales se frena para reclamar nada, un manotazo, justo él que juega tanto con los brazos). No es que Pezzota haya sido comprado por Ameal ni ninguna de estas pavadas: simplemente se trata del poder de los medios para influenciar más allá de lo consciente. Pezzota, después de toda la perorata, no podía hacer nada que fuera polémico para no exponerse a una semana de calvario y al consecuente parate obligado. Quizás inclusive a no dirigir más partidos importantes. En algún nivel sabía esto Pezzota, que dirigió simple, cobró las divididas para el local, le regaló todo a Riquelme y, desde ya, no echó a Chávez.
Se trata de una práctica habitual de los grandes, por eso su constante llorar no es más que una estrategia a la cual hay que estar atentos. Pero por supuesto, cuando llega a los límites que acaba de llegar, ya se trata sin dudas de un abuso. La decisión de levantarle una amarilla a Teófilo Gutiérrez, que lo dejaba afuera del siguiente partido, significa demasiado. Al respecto, citamos entera la excelente nota de Román Iucht para canchallena.com, conduntente testimonio de la significación de este tipo de fallos, las suspicacias futuras que generará y la propensión al manejo corrupto que implica:

“Se vienen momentos tensos, difíciles. Nos preparamos para un ámbito de confusión, de debate encendido. El Tribunal de Disciplina está a punto de agregar a su larga lista de desaciertos una de las decisiones más polémicas y sospechadas de los últimos tiempos.
Si se le quitará el gol a Tigre, mal convalidado por el árbitro, luego de comprobar que Tula rechazó la pelota antes que traspusiera la línea, Ramón Díaz seguiría siendo el técnico de San Lorenzo. Si se anulara la conquista de Facundo Parra por una situación idéntica con Carlos Soto como protagonista, All Boys le hubiera ganado a Independiente y la vida de Mohamed estaría mas agitada de lo que ya lo está. Si mi abuela hubiera tenido bigotes, se habría llamado José y sería mi abuelo.
Por un lado, no se puede vivir de las hipótesis. Por el otro, no aceptar el error como parte del juego es desconocer la existencia del mismo
Está claro que ninguna de las jugadas mencionadas líneas arriba, tiene algún punto de contacto con aquella en la que Galmarini fue injustamente sancionado por suponer que tocó la pelota con la mano y que se transformó en la madre del borrego. Pero digámoslo de una vez: la acción que involucra a Teófilo Gutiérrez tampoco se parece en nada.
En un contexto tan sensible como el del fútbol, en el que lo que hace falta es claridad y pureza, aquellos que deciden, se han empeñado en hacer un aporte más a la confusión general.
Seamos capaces de diferenciar entre dos situaciones similares, pero sensiblemente diferentes. La acción que marcó un precedente histórico fue un hecho objetivo. Galmarini no tocó la pelota con su mano, el video lo ratificó y el debate quedó saldado. No era una materia opinable. En la archi- discutida jugada del colombiano se nos presenta una jugada de apreciación. Quién aquí escribe, entiende que la falta existió y por lo tanto el árbitro Juan Pablo Pompei cometió un doble error al no marcar la falta y amonestar. Pero si el juez interpretó algo distinto y su subjetividad lo llevó a hacer su particular lectura de la situación, es su decisión la que debe respetarse. Cualquier otra, sería tapar un error con otro aún más grande, con el agravante de que éste último se estará tomando luego de varios días como para repensar la decisión.
Por otra parte, no se entiende porque podría quitarse la tarjeta en una acción de apreciación y no aplicarse en la artera plancha que el propio Gutiérrez le propinó a Mauro Bogado, en una jugada en la que no hay segundas lecturas. Si la justificación es que se puede cambiar lo que se hizo, pero no agregar lo que no se cobró, suena cuanto menos caprichoso. Pompei no pudo sancionar la patada si no la observó, pero si tiene cuatro patas, ladra y tiene cola, se supone que estamos en presencia de un perro y si la imagen lo certifica, ya no quedarán dudas al respecto.
Simultáneamente, cambiar el fallo supone lesionar claramente la autoridad del juez y ante esto, existen los resortes ordinarios para aplicar en tal efecto, como pararlo por las fechas que sean necesarias.
Cada uno mira de acuerdo al lado del mostrador que más le conviene. Racing se siente parte de una conspiración y ya se sabe que el perseguido siempre encontrará razones para sostener su sensación de paranoia. Es verdad que a ningún otro equipo la tabla la debe tantos puntos como a la "Academia" en función de lo que ha sido su juego, pero no es menos cierto que los de Russo han exhibido en la crispación e irritabilidad dos rasgos repetidos de su personalidad.
Si como todo parece indicar se accede al pedido de los dirigentes de Racing, Teófilo Gutiérrez podrá jugar frente a Ríver, pero la seguridad jurídica del fútbol argentino ingresará definitivamente en un espiral de protestas permanentes.
Mientras tanto en la AFA se tejen alianzas y favores, y el Tribunal solo tiene disciplina a los deseos del hombre del anillo. Cuando conviene se escucha, cuando no vale la pena se hacen oídos sordos.
Nadie recordará que en la misma fecha de la inolvidable mano de Galmarini, se produjo la muerte del hincha Ramón Aramayo aún sin esclarecer y que por casualidad o por causalidad, una noticia desplazó a la otra para hacerla olvidar casi por completo.
El fútbol tiene sus propias reglas, aunque de tanto doblarlas se corra el peligro de romperlas en mil pedazos.”

Que sea Racing (que se ha dedicado a llorar todo el campeonato a pesar de que en la tabla confeccionada por canchallena.com de fair play estan anteúltimos) el primer beneficiado de esta medida es, al menos, sospechoso. El equipo mártir, el equipo que perdió a su maravilloso enganche en manos de los malosos, se ve recompensado no por un acto de justicia sino por un acto de injusticia. Además de, por supuesto, continuar con esa costumbre tan argentina del parche en lugar de la solución, del arreglo casero en lugar de la solución profunda: no hay compromiso con la educación de nuestros árbitros, no hay discusiones profundas, no hay innovación tecnológica, no hay criterios más o menos unificados y continúa siendo éste el reino del arbitraje de muñeca, del árbitro canchero que "maneja" el partido con charla y advertencia y demás cuestiones marginales al reglamento. Sigue proliferando este arbitraje casi ilegal, siempre propenso a la injusticia, a la desigualdad de criterios y a la corrupción o a su sospecha, claro. 
Es entonces esta decisión sin dudas un retroceso hacia etapas de arbitrajes alevosamente digitados y campeonatos arreglados. Justo cuando uno pensaba que más podrida la cosa no podía estar.

miércoles, 27 de abril de 2011

Ruso


Cuando en 1994 Estudiantes descendió tenía 9 años. El barrio me había hecho del Pincha pero era un pibe en una era sin televisados y no entendía demasiado el juego. Fue aquel descenso, y las consecuentes cargadas insoportables que me hicieron llorar de rabia, lo que por orgullo y bronca me convirtió en hincha furioso.
En aquella gloriosa temporada, pedía ir a la cancha todos los fines de semana: a los pibes del barrio, más grandes que yo, al kioskero, rabioso pincharrata, y a mi viejo, bostero sin mucha convicción (y cada vez más pincha), en última instancia. A veces la gente del barrio no iba y yo mentía, inventaba compañías incomprobables (el papá de un fulano imaginario, mi preferida) y me aventuraba solo al estadio. Sacaba la entrada, me miraban medio raro pero nadie decía nada y, desde el alambrado o la ochava (únicos lugares donde a un petiso no lo tapan) seguía aquella lujosa formación. Por supuesto, mis ídolos eran los habilidosos, como suele pasarle a cualquier pibe obnubilado por los goles, el taquito y la gambeta. Además del enorme Mago,  me entusiasmaba el incipiente Gastón Córdoba, por ejemplo, y, claro, la Brujita, que por aquella época era para mí mucho más importante que el cuento de hace siglos que era su viejo. Me volvían loco, como me volvía loco aquel equipazo arrollador que ganaba en cualquier cancha.
Pero los partidos de noche eran distintos. El control paternal se volvía menos displicente y la mentira no corría. Para colmo, si era día de semana, como solía ocurrir, nadie podía ir y en general terminaba escuchándolo por radio, imaginando maravillas o cataclismos que sólo ocurrían para el relator, esperando los goles por Dardo Rocha TV. Pero aquella noche estaba encaprichado. Jugábamos con Los Andes, aun en la primera fase, cuando el equipo todavía adeudaba partidos y perseguía al líder Colón, donde todavía no estaba claro que volveríamos a ser de primera. Aquel partido, no recuerdo por qué, era importante. Quedábamos cerca de la punta, o directamente punteros. Había que ir. Mi viejo accedió (no por vez última) a los ruegos de cancha del nene, pero pidió ir a platea porque “sino no se ve nada”.
Los Andes asomaba accesible para un equipo que no respetaba a nadie de la categoría y pasaría luego por arriba a los Sabaleros, los otros candidatos. Pero el partido era una lágrima, trabado, duro, Estudiantes nervioso, sin respuestas. Y se extinguía el tiempo con empate clavado en cero. Yo batallaba con los nervios que nunca supe controlar y con la terrible desaprobación de mi viejo, cada vez más hundido en el asiento, maldiciendo entre dientes haber ido a ver semejante embole. También se colaba en mi malestar la bronca anticipada a las cargadas del otro día: cuando Estudiantes ganaba nadie decía nada en general, pero cuando no podía ganar, enseguida sobrevenían las burlas de todo tipo. Se trataba, de hecho, de un escenario terriblemente estresante para un pibe de nueve años.
Y entonces, el recién ingresado Gastón Córdoba, uno de mis protegidos (quise, lo admito, imitar su corte de pelo medio tazón), mete gambeta y pase en cortada, para eso lo pusieron, y le hacen penal a Caldera. Iban como cincuenta minutos, no exagero. Alegría total, pero rápidamente contenida, festejo hecho nervio puro, vuelto uña masticada hasta que duele. Había que meterlo. Había que meterlo. ¿Quién patea?
Y la pelota la agarró el Ruso. Para un chico los defensores pasan desapercibidos. El Ruso era ídolo en el barrio, pero yo quería jugar como Capria y no daba mucha pelota a lo que pasaba abajo. Así que en el Ruso no pensaba mucho en esas tardes de plaza platense. Hay cosas que son así, que se meten debajo de la piel sin que te des cuenta. Así era el Ruso.
Porque cuando agarró la pelota, yo, que era una madeja toda deshilachada de nervios y miedos, me calmé. Hasta me sonreí, me paré en el asiento y empecé a alentar. El Ruso no lo erraba. Era, en la superficie, la certeza de que este tipo le rompe el arco, claro. Pero era mucho más. Lo que sentí fue que el Ruso no lo erraba porque no lo podía errar, porque no pensaba fallarle a sus compañeros, a los que se habían matado junto a él para alcanzar la victoria, a los pibes que habían ido a la cancha un día de semana a ver un partido de la B. El Ruso no te fallaba, el Ruso estaba siempre que lo necesitabas: así lo dicen aún hoy a propios y extraños sus compañeros de aquellos días. Así era el Ruso, por eso inspiraba confianza. Todos confiábamos en él. En aquel equipo de tanta sutileza, el más confiable, el elegido para patear el último tiro, era el Ruso.
Acomodó la pelota, y sin más preámbulo, como para no hacerle sufrir más al pueblo al que se debía, le rompió el arco nomás. El delirio estalló en las tribunas, hasta mi viejo saltó del asiento y lo gritó conmigo. Y entonces lo vimos: la estampa de un héroe, caminando, y no corriendo y moviendo los brazos, caminando seguro, gigante, hacia la tribuna del Albert Thomas, con dos, tres, cuatro tipos colgados y tratando de tirarlo, gritando el gol con todo, como un alarido, pero no eufórico y desencajado, sino seguro, victorioso, glorioso, reo: ¡Estudiantes, carajo! ¡Esto, me decía el Ruso (porque yo era un pibe y creía que me hablaba a mí), esto es Estudiantes! No es el equipazo paseador y lujoso que era aquel Estudiantes en la superficie; es el equipo que aparece cuando lo hacen enojar, el que no se da por vencido, el que  gana no por sus recursos individuales sino por la garra, por el empuje y la insoportable perseverancia de esa cofradía de matones incomprendidos que es Estudiantes de La Plata. De ese equipo ingobernable era capitán el Ruso Edgardo Prátola.
El Ruso es Estudiantes. Nunca se dio por vencido, nunca le faltó garra, siempre fue pura entrega. Hace nueve años se nos fue, después de ganarle varias veces a la muerte, después de jugar un clásico con varios kilos menos, sin que nadie lo supiera, y ganarlo. Se nos fue pero se quedó adentro de todos. Se nos fue, pero antes de irse nos dijo que no había que preocuparse. El Ruso tenía fuerzas para todos, dijo. Y era cierto, nomás, porque la fuerza del Ruso sigue empujando al equipo, en forma de mística, en forma de ejemplo, en forma de símbolo, cuando las papas queman y uno necesita esa tranquilidad de que el penal va a entrar y vamos a ganar, contra todo, contra todos.

viernes, 22 de abril de 2011

Berizzo, un balance

¿A qué juega el equipo de Berizzo? Hasta aquí son muchos los que se tiran de los pelos al grito de “muerte al bielsismo”, pero, sin embargo, poco de bielsista hemos visto en el campo: por ejemplo, salvo por minutos, jamás implementó el Toto un tridente de ataque (el domingo pasado amagó con ponerlo y finalmente dio marcha atrás); tampoco hemos visto cambios superofensivos, aunque si una predisposición a la presión constante y a pararse en campo contrario. Tampoco, y esto es destacable, se ha visto la febril necedad del Loco en el Toto, que tras intentar en las primeras fechas una mutación demasiado feroz hacia lo que pretendía, dialogando con referentes dio marcha atrás y volvió a las fuentes sabellianas.
Esta virtud, sin embargo, esconde la debilidad más grande que ha mostrado el técnico pincha: su condición de principiante, su falta de experiencia, se ha traducido en una notable falencia a la hora de tomar decisiones claras y de plasmar lo que pretende en el momento necesario. Si al inicio era lógico no tocar demasiado, con 17 partidos en el lomo sería esperable ya encontrar un equipo en medio de una transición marcada. Sin embargo, Estudiantes asoma como un equipo sin rumbo, con momentos buenos y momentos de caos, con marchas y contramarchas. Luego del diálogo y de la vuelta a las bases, Berizzo no ha conseguido plasmar paulatina y ordenadamente sus conceptos: cada vez que intenta modificar algo, el experimento falla. Berizzo demuestra allí que es novato, incapaz de traducir lo que quiere en lo que sucede. El resultado está a la vista: un equipo que no termina de saber si juega a defender, a contraatacar, a presionar, un equipo sin fluidez, inconexo.
Pero entonces, ¿qué pretende Berizzo? Al parecer, quiere un equipo con velocidad, vértigo, pase vertical y mucho pressing. Desde la base del esquema legado por Sabella (que nunca terminó de modificar para acomodar al lógico 3-4-3 bielsista) acomodarse a este esquema ha traido solamente problemas. Adelantar al equipo ha determinado que Mercado (un jugador hecho a la medida de Estudiantes) juegue de volante, con una participación con pelota dominada mucho mayor a la que debería tener y sin sorpresa, y con la consecuente merma de rendimiento. Sin embargo, y a pesar de algunos amagues, Berizzo no termina de sacarlo. El adelantamiento de los laterales trajo como consecuencia también una lógica desprotección abajo (la línea defensiva pasó a ser definitivamente línea de tres), que sumada al constante cambio de nombres por lesiones, y a las dudas y errores resultantes, ha determinado el nivel irregular de la defensa, bastión de la historia pincha que sólo lució cuando los titulares metieron dos o tres partidos seguidos. Pero el inicio de los problemas defensivos se halla en la decisión de, tras el desgarro del Chapu, jugar sin cinco de contención. Estudiantes recupera y tiene muy poco la pelota, y el vértigo con que se maneja una vez que la consigue genera rápidas pérdidas y un equipo con líneas muy separadas entre sí (y consiguientemente, y a pesar de jugar más arriba el partido, pocas llegadas, caóticas y fruto de individualidades). El equipo ha perdido esa posesión constante del balón y, por ende, el control territorial. Corre muchísimo para poder controlar al rival, en lugar de controlarlo mediante el balón. Esto, ante una doble competencia, equivale al suicidio.
Ante este predicamento, se imponía desde ya rotar jugadores constantemente. Sin embargo, Berizzo nuevamente mostró en este apartado ser un técnico sin experiencia, encargándose contra toda lógica de arengar a los suyos para jugar todos los partidos y sufriendo la insoportable consecuencia de lesiones, dolores y cambios obligados que no permiten asentar un estilo de juego. No tuvo el pulso firme necesario para mandar al banco a los referentes cuando estos necesitaron descanso, y como resultado, por ejemplo, jugó con todos los titulares 72 horas después de pelear la clasificación en Colombia. En esta última etapa Estudiantes sintió el desgaste, y ya no pudo aprovechar buenos momentos, suerte y jerarquía para llevarse triunfos: hace cinco que no gana. El plan de rotar súbitamente para el partido con Cruzeiro demostró ser desacertado: los jugadores que saltaron a la cancha tenían minutos de juego apenas, y sin dudas no sabían cómo ensamblar en lo que pretendía el DT, que no los hizo parte nunca del proceso. Luego de recibir la peor derrota como locales por Copa, el DT los devolvió al anonimato. Entre los jugadores marginados cuentan tipos que pueden aportar muchísimo, como Barrientos, Sánchez o Stefanatto.
La idea de jugar un solo torneo ahora se cae de maduro. El campeonato local tiene muchísimos pretendientes, y si bien ninguno es serio y todos son más bien de pacotilla, han conseguido puntos cuando Estudiantes debió y no pudo. Sin embargo, ahora juega el equipo dos veces de local y, como viene la cosa, ni siquiera perdiendo puntos se despedirá el Pincha del torneo. La decisión, entonces, debe venir desde el cuerpo técnico.
Para ser justos y no idealizar el pasado, el equipo de Sabella también sufrió la doble competencia, las lesiones, y los inicios desfavorables, de rumbo incierto y mal fútbol. El plantel, sobre todo sus referentes que con coraje piden jugar todo, tiene un alto promedio de edad y es por ende propenso a lesionarse en la seguidilla de partidos. Obviamente son jugadores muy difíciles de reemplazar, que a menudo cumplen funciones de dos o tres jugadores terrenales (caso Chapu) y por ende sus salidas a menudo requieren una reorganización del esquema y la estrategia para que las cosas funcionen. Sabella, sin embargo, logró pilotear en la tormenta con inventiva y soportando muchas críticas y planteos; Berizzo, aún nuevo en la conducción, se nota falto de batallas y tormentas de esas que atemperan el ánimo: todavía no es ese capitán de barco que impide que todos se tiren por la borda en el naufragio, que genera una inquebrantable fe en su conducción. Esto, por supuesto, de la mano de un rumbo futbolístico incierto, por falta de experiencia del técnico para imponerlo.
A pesar de la incertidumbre que trasluce el equipo, de la marcada irregularidad y de una creciente condición de equipo al que le cuesta y no le sobra, que puede perder y ganar, a pesar de todo, desde el country suelen surgir palabras elogiosas hacia el discípulo de Bielsa. Al principio parecían ser meramente formas de apoyo moral a su conducción, pero a medida que pasa el tiempo suenan más y más a que cierta convicción crece entre los jugadores acerca de la capacidad de Berizzo. Muchos han mencionado sus aciertos a la hora de preparar los partidos y señalar virtudes y defectos, incluso culpándose a sí mismos por cometer errores advertidos por el técnico antes de entrar a la cancha. Y capacidad de trabajo no le falta, pero tiempo no le sobra, menos ahora, en lo que podría ser la última semana completa de entrenamientos.
Los números y el juego no lo favorecen, pero sigue con vida. Es el momento, entonces, de que todo lo que sabe, lo bien que lee los partidos, sus ideas, la autocrítica, su laburo, se empiecen a vislumbrar, a plasmar en la cancha. El escenario no es el ideal, no hay tiempo y todos los partidos definen mucho. Pero Berizzo debe crecer, de golpe y sin excusas. Debe convertise urgente en el piloto que Estudiantes necesita.


Columna publicada en Contra todos