jueves, 2 de mayo de 2013

La ideología alemana



No hay milagro sino planificación. Alemania planeó hace una década conquistar el mundo, organizó su liga, hoy un ejemplo con enormes y lujosos estadios repletos, una agenda pautada antes del comienzo de la temporada y derechos televisivos que se cotizan año a año (y se reparten equitativamente). Organizó también su selección para dar el golpe no en su Mundial ni en Sudáfrica, sino en el torneo que se disputará en 2014 en Brasil.

Consecuencia, entonces: llegaron a la final dos equipos de la Liga mejor organizada, menos endeudada, auditorada cada año de modo privado, y una de las que más promueve el fútbol base. La Bundesliga, además, tiene la suerte de jugarse en el país más poderoso de Europa, y la estabilidad financiera y el flujo de dinero también han sido factores clave para acercar esponsoreo e inversión privada en el fútbol. Todo, sin despilfarro: donde hay plan a largo plazo no hacen falta inversiones ad-hoc.

Hace una década, sin embargo, la Bundesliga era una remota competencia sin lugar en la TV internacional. Los resultados magros conseguidos en los Mundiales del 94, 98 y 2002, sumados al fracaso de la Eurocopa 2000 en casa, empujaron a la federación a impulsar un aggiornamiento del histórico estilo hipermecanizado de los germanos. Mucho tuvo que ver Jurgen Klinsmann, que asumió la dirección técnica nacional en 2004 decidido a cambiar la vieja fórmula alemana del bochazo. Mucho tuvo que ver el influjo de inmigrantes que volaron hacia Alemania en busca de un futuro mejor: sus hijos tunesinos, turcos, bosnios, polacos, son hoy el corazón de una verdadera selección global. La Liga, en tanto, siguió el pedido del ex delantero, y se nutrió de entrenadores e ideas extranjeras y las nuevas generaciones se fueron nutriendo de los más elásticos modos que andaban de moda por entonces.

Así, y no de otro modo, se logró deponer la dictadura española: los alemanes dieron en las semifinales de la Champions dos de los golpes más grandes de la historia del fútbol, humillando al Real Madrid y el Barcelona y atropellando a lo Transformer la posibilidad de la morbosa final. No consiguió terminar (¿terminó?) la era Barsa el Real Madrid, con inversiones multimillonarias, sino Alemania, tras mil intentos y con el plan concreto de paulatinamente volver a ser. Requirió paciencia, cerebro, humildad y apertura mental, y hoy el fútbol más novedoso, el nuevo paradigma que ascendió desde los márgenes, se impone desde Alemania. Juego vertical, directísimo, control en velocidad y muchos intentos al arco: un fútbol físico es el eje tanto del Bayern Munich, con más jerarquía individual, potencia y control de balón, como del Borussia Dortmund, el laboratorio del científico loco Jurgen Klopp que se asemeja al estilo bielsista del ataque constante por las bandas y la presión alta.

Seguramente muchos equipos (incluidos quizás los viejos reyes) copien la fórmula en la cancha y no fuera de ella. Como sucedió con el Rey Barsa, todos querrán ser como los alemanes, pero pocos sabrán y podrán imitarlos. No interesa: el fútbol no evoluciona en única dirección, imponiendo tácticas superadoras a viejos modelos ya añejos, sino que, simplemente, surgen estilos de juego de modo rizomático, en diversas direcciones intentando deponer a los grandes equipos, buscando soluciones (siempre parciales, siempre el fútbol una manta corta) para alcanzar la gloria. Algunos consiguen vencer y se instalan en nuevos paradigmas, bajo la ilusión de un progreso.

El fútbol va hacia Alemania: el asesino de reyes marca el rumbo organizacional, pero muchos se fijarán en los experimentos que ocurren dentro de la cancha, en este nuevo-viejo fútbol que quita el aliento de tan vertiginoso y eficaz, de tan letal.


jueves, 25 de abril de 2013

Mística y carencias de la Copa Argentina


Las danzas germanas del martes y el miércoles, día del batacazo en fútbol, seducen con un panegírico acerca de los dos equipos que estarán en la final de la Champions. Pero aunque estén cerradas, las series aún no han terminado y, en verdad, nos han emocionado mucho más los triunfos sufridos y roñosos de Tristán Suárez y Estudiantes de Caseros sobre Racing y River respectivamente, que las implacables goleadas de los aguafiestas alemanes sobre los ¿decadentes? españoles. 

Porque la Copa Argentina es probablemente el mejor invento de la era Grondona (bueno, en rigor se trata de un calco de las competiciones europeas y plagio de los viejos Nacionales de vida fugaz). A pesar de AFA, incluso: porque el torneo con mayor potencial para crear epopeyas de infraperros y narrativas épicas presenta un sinfín de complicaciones ligadas a una organización antinatural y a lo que, parece innegable, es sencillamente impericia.

En primera instancia la decisión inexplicable de dar las ventajas a los mejores equipos (arrancan en octavos y son elegidos “cabezas de serie” a partir de criterios caprichosos como la tradición) es inexplicable. Además de representar una ventaja deportiva hacia los más poderososo (que son, también, quienes tienen mayor capacidad económica para afrontar viajes y partidos entresemana, y quienes tienen planteles más largos para afrontar la doble competencia) la decisión de filtrar a los equipos chicos en rondas eliminatorias previas a la entrada de los “importantes” provoca que sean pocos los enfrentamientos entre davides y goliates, y por ende menos aún los triunfos épicos de los infraperros. Justamente allí reside el encanto del torneo, desperdiciado por una decisión que, sin dudas, pretende que los equipos de Primera jueguen, en 4 o 5 encuentros, por una copa y un pasaje a la Libertadores y, por ende, que decidan prestigiar el torneo poniendo sus titulares en la competencia.

Pero ni siquiera esta decisión, política e elitista, le sale bien a AFA. El torneo surgió como una respuesta al famoso “torneo de los mil equipos” que los de Viamonte le chorearon a Daniel Vila, quien, en su vampírico intento por hacerse del trono de Don Julio, propuso un torneo inclusivo, federal, pinchando así en una de las viejas carencias de la interminable gestión de Grondona. La historia cuenta que, con el dinero público en el medio y su enésima reelección puesta en duda, Don Julio hizo propia la idea de Vila (con sutiles modificaciones) y, cuando esta fue rechazada hasta por los hinchas de River, que ascendían por decreto gracias al torneo de 40 equipos (que chocaba además contra las recomendaciones de FIFA), bueno, entonces se reflotó la vieja idea de un torneo nacional “tipo FA Cup”: la Copa Argentina.

Pero es curiosamente el promocionado “carácter federal” del torneo lo que desmotiva a los equipos de Primera a poner el once ideal en cancha. En primer lugar, porque el unitarismo mental del país provoca que cualquier viaje de la Capital Federal al interior parezca una travesía interminable que provoca un cansancio subrayado por los medios en esas tardes de jueves en las que no hay mucho para decir en el noticiero deportivo. En segundo lugar porque la idea de AFA sobre el federalismo implica, aparentemente, exportar el fútbol bonaerense, ese bien que todo el resto del país envidia, hacia las demás provincias: la Copa Argentina presenta entonces partidos tipo Tigre-Gimnasia jugados en Catamarca.

Sin embargo, los hinchas de Atlético Tucumán, por ejemplo, no tienen el placer de ver a su equipo contra uno de Primera y presenciar una posible noche histórica, sino que tienen que contentarse con lo que les lleve el azar a sus canchas mientras los tucumanos juegan en el sur del país. Como en la FA Cup, el verdadero modo de realizar una competencia federal sería, en primer lugar, no jugar en cancha neutra sino sortear las localías y, si le toca a Boca viajar a Chubut, entonces habrá fiesta de los fanáticos boquenses de esa provincia. En segunda instancia, para acrecentar las chances de este tipo de cruces “federales”, es necesario que los equipos de Primera arranquen la competencia en la misma ronda que el resto.

Probablemente, un torneo tan largo y con un premio tan reducido (económicamente el premio es jugoso para los equipos de categorías menores pero no tanto para los de Primera, y jugar ocho o nueve rondas de un torneo sin prestigio por un sólo lugar en la Libertadores parece más una inconveniencia que una posibilidad) no sea jugado por ningún equipo con sus once mejores jugadores. Pero, de todas maneras, tampoco sucede ahora. Ayer, mientras Estudiantes de Caseros festejaba haber viajado mil kilómetros y haber puesto en riesgo el físico de sus jugadores a cuatro días de un encuentro clave ante Villa San Carlos (con cuatro fechas por delante y por la punta de la Primera B), un mix de precoces millonarios, jugadores indultados y suplentes de River fingía sentirse afectado por su derrota y por los gritos de la tribuna que, decepcionada, los abucheaba. Es que, en definitiva, la Copa presenta una gran oportunidad de hacer historia para los chicos, pero representa mucho que perder (desde el físico al estatus) para los grandes. Seguirán, entonces, ninguneandola hasta que el torneo no se vuelva prestigioso y sus hinchas exijan poner lo mejor. Seguirán, entonces, avanzando casi sin intención por la competencia, incluso depositados por el azar en instancias decisivas, y a veces también mancillando su historia, hasta que los premios no sean mayores.

Allí residen las dos claves del trabajo que debe afrontar la organización. El prestigio puede ganarse bañando a la Copa Argentina de mística, obligando a los clubes a visitar territorios hostiles por todo el país, a atravesar numerosas rondas ante rivales menores pero mucho más hambrientos y deseosos de humillar y llenarse de gloria. El sorteo de la localía es una necesidad de la competencia, así como lo es la participación desde las primeras rondas de todos los clubes para volver al torneo verdaderamente federal, inclusivo y apto para todo tipo de batacazos: estas simples medidas darían un gran empujón al tiempo, que seguramente cumplirá su rol en volver al torneo tradicional y atractivo.

La otra gran necesidad de la Copa Argentina es la repartija de premios: demasiado se reparte en ese torneucho de 19 fechas y muy poco en este torneo de cientos de equipos. El premio económico seguramente crecerá a medida que los anunciantes se anoticien de este seductor, pero muy poco promocionado producto. El premio deportivo debe, sin dudas, ser mayor. A la plaza libertadora habría que sumar dos plazas de Sudamericana, al menos, y jugar, por ende, un partido por el tecer y cuarto puesto. Sería interesante, incluso, dar plazas a la Copa Libertadores a los dos finalistas aunque, claro, eso le quitaría algo del incentivo a la final.

La Copa Argentina tiene todo lo que nos gusta: esas historias del fútbol casi amateur, esos estadios desamparados, las duchas frías, las batallas entre pobres y millonarios con saborcito a batacazo. Pero los partidos casi ni se ven y, sin medios masivos que publiciten el torneo, poco se sabe de los partidos en que no juegan los equipos que uno sigue: hay que tener en cuenta que los derechos son de la TV pública, que cuenta con rating bajísimo, y que los diarios aliados también tienen un lectorado poco significativo. Quizás, entonces, deben explorarse las nuevas tecnologías: la televisación por internet es un saludable paso al frente en este sentido, pero la promoción es deficiente aún en la vía virtual. Hay mucho por hacer y, quizás, el problema resida en la capacidad y la voluntad de un grupo dirigencial que, hoy más que nunca, quiere quedar bien con los equipos poderosos y con los políticos poderosos (todo con tal de sostenerse en el poder) y terminan generando este proyecto lleno de agujeros, a medio cocinar.


martes, 23 de abril de 2013

lunes, 22 de abril de 2013

El show y la continuidad


Publicado en Ni tan rápido, ni tan alto, ni tan fuerte

Hoy se correrá la tradicional maratón de Londres, uno de los puntos altos de la temporada de atletismo que contará con verdaderas estrellas como el doble campeón olímpico Mo Farah, Wilson Kipsang, último ganador y bronce en los Juegos Olímpicos, Geoffrey Mutai o el recordman mundial Patrick Makau. Los corredores, profesionales y aficionados, y también los espectadores, han sido enfáticos en su deseo de tomar coraje y acudir masivamente a la maratón para que se desarrolle en su normal esplendor: pero sólo una semana la separa de su par de Boston, carrera en la cual dos explosiones provocaron heridas en cientos y la muerte de tres.

¿Hasta qué punto se justifica forzar la normalidad y continuar con el show? ¿Hasta qué punto es un acto de genuino desafío al terror y hasta qué punto una campaña fogoneada por los anunciantes? Hace poco más de dos semanas se inundaba la ciudad de La Plata. Tres días más tarde Gimnasia tuvo que hacer su aparición en las canchas a pesar del pedido de hinchas, acompañado tímidamente por la dirigencia, de suspender el encuentro. Los jugadores salieron al ruedo acompañados por un pequeño grupo que escapó a la zona del desastre por unas horas, más que nada, para expresar su descontento. El fútbol estuvo ausente: todos, jugadores, hinchas, dirigentes, habían sufrido el diluvio, y habían pasado los días limpiando casas o recolectando ayuda. Nada en sus vidas había vuelto a la normalidad. El lunes le tocó saltar a la cancha a Estudiantes, en el mismo contexto. Nadie en el estadio sintió que la necesidad de volver a la normalidad estuviese ligada al regreso a las canchas, sino al regreso de la luz y del agua.

AFA no se anotició. El fútbol argentino ha visto numerosos encuentros suspendidos, pero siempre cuando las circunstancias fueron ya abrumadoras. Se han reanudado partidos tras suspensiones de hasta una hora, tras hechos atroces de violencias, tras asesinatos en las inmediaciones, tras aprietes (la excepción es la suspensión del encuentro de mañana de Huracán): AFA prefiere hacer la vista gorda y pasa esa misma directiva a sus árbitros, a través del Colegio presidido por Don Julio. Para que todo pase, el show debe continuar.

La premisa nunca es, entonces, el regreso de los ciudadanos a sus vidas normales: garantizarles cierto sentido de seguridad, brindarles contención a través del deporte, puede pensarse también como un modo de acallar los reclamos de la población en tiempos de crisis. El deporte, su necesidad imperiosa, generalmente mix del deseo de sus participantes y de sus organizadores, de continuar con el espectáculo sea como sea, opera a favor del restablecimiento del orden, pero de un orden que prefiere no dar explicaciones.

Freddie Mercury cantaba desgarrado que el show debía continuar, mientras moría lentamente. El deporte canta con el mismo desgarro luego de Boston que todo debe seguir como si nada hubiera pasado. Participar del deporte se ha transformado en parte de la vida cotidiana de la población occidental: hecho social, cultural, se reanuda como se reanudan, tras atentados, muertes y catástrofes, las dependencias públicas. La fachada de normalidad es necesaria para restablecer la normalidad, para que la rueda productiva no se detenga. Y en tanto la rueda gire, lo demás se maquilla: el show sigue, todo pasa, el deporte no reflexiona sobre sí e impide, como un apéndice del Estado, que la patria atraviese un duelo demasiado prolongado para eso que llaman el bien común. El triunfo es interiorizar esta creencia, y que los participantes de Londres, o los hinchas del fútbol, terminen utilizando su coraje en esta continuidad perpetua que no permite nunca detectar las falencias del presente y prevenir las derrotas del futuro.



domingo, 21 de abril de 2013

Nube negra

Soluciones mágicas no hay. El entusiasta trabajo de la semana del nuevo DT, Mauricio Pellegrino, alcanzó apenas para mostrar cositas, paredes, presión, ideas en ataque, que duraron hasta que a Estudiantes se le acabó la nafta. Con la energía se fueron también las ideas, y el Estudiantes del segundo tiempo fue alarmantemente parecido al del ciclo Cagna: exausto, hasta indolente, sin ideas, con delanteros-isla, y perseguido por una persistente nube negra.

Porque si bien Quilmes hizo algún mérito más, su única herramienta fue su desesperación, su deseo. Fogoneados por la localía y su preocupante posición en la tabla de los promedios, y advertido por los boqueantes jugadores pincharratas que la mesa estaba servida, el equipo cervecero fue como pudo. Casi no llegó, pero ¡por supuesto! cuando encontró el hueco, facilitado por una defensa fusilada, no la tiró por arriba del travesaño o se enredó con la pelota, sino que hilvanó una jugada clara y veloz, indigna de Quilmes, con una definición europea, digna del Capitán Frío Dennis Berkgamp antes que del fructífero pero terrenal Martín Cauteruccio.

Así volvieron a despojar a Estudiantes de algún puntito sobre la hora. Porque Estudiantes, si bien no merece ser puntero, si podría tener, al menos, dos o hasta tres veces sus 4 miserables puntos sobre 30 disputados. Repasemos. Tigre y River le ganaron bien, pero ya en la tercera fecha San Lorenzo le empató en el cierre. El partido siguiente fue a la vez uno de los puntos más bajos y el más representativo de la suerte: Estudiantes lo ganaba 3-1, tuvo el cuarto, lo erró, y Colón, un equipo que quería echar a su técnico (y tendría éxito rápidamente), con 4 minutos en el reloj, tiró dos bolas al área, casi de compromiso, y lo empató. Luego los suplentes de Ñuls se devoraron a Estudiantes en la segunda etapa (el Pincha lo ganaba 2-1 y lo perdió 4-2), Vélez le convirtió a 10 del final en el mejor partido albirrojo (lo empataría, en la única señal de reacción anímica, con bastante fortuna) y Racing y Arsenal, con muy poquito, le afanaron los puntos sobre la hora.

Por supuesto, se puede hablar de los errores groseros del arquero y de una defensa estática, ingenua, súbitamente envejecida y superada tridimensionalmente, por abajo y por arriba y también por los costados, cada vez que el rival se lo propone; o del panicoso desconcierto que domina los corazones en cada pelota parada; o de su mediocampo abierto 24 horas, de sus ataques evidentes hasta a los ciegos o de su única amenaza jugando lejos de todos, en otro código postal (Estudiantes lleva 372 minutos sin marcar). Pero Estudiantes perdió 3 de los últimos 4 encuentros sobre la hora (con tres entrenadores diferentes, como para desestimar con toda claridad las teorías conspirativas), y si cada tiempo durara 40 minutos, tendría 10 puntos más, y alcanzaría unos pobres pero más decorosos 14 puntos. Demasiado castigo para una mediocridad que no está por encima de la de la mayoría de los equipos del fútbol argentino que, sin embargo, se las arreglan para cosechar el puntito inteligente y ganar de vez en cuando.

Teoricemos gratuitamente: Estudiantes paga muy caros los errores porque, sin identidad y sin un jugador que saque conejos de la galera, nunca se decide a ganar los partidos. Y porque, por repetición de derrotas sobre el final, teme, se agazapa, defiende en retroceso en lugar de salir a romper, y defiende a destiempo, porque a la parálisis provocada por los nervios y la frustración, se suma la falta de reacción provocada por el resto físico inexistente.

Entonces, ese será el trabajo más urgente: atender la cuestión física. Porque ocho días, hasta el choque con Boca no alcanzan para modificar demasiado el ideario futbolístico. Pero sí para meter al menos dos dobles turnos y, sobre todo, generar mucho sudor para transpirar el absceso, ese cáncer que hace que pies y cabezas pesen mucho en los complementos, la hora de la verdad. Seguro que se imponen cambios de jugadores y por supuesto que es importante trabajar sobre la identidad futbolística del equipo, que durante toda la temporada ha sido, cuanto menos, difusa. Pero para escapar a la nube negra hace falta algo más que sólo fútbol: hace falta carácter, hace falta correr, sangrar y transpirar hasta que la suerte deje de ser un factor crucial, porque, está claro, la suerte nunca está del lado del que, desesperado, mira como vuela la pelota hacia el área esperando que el delantero mande el cabezazo afuera. Y, por supuesto, también se precisa con suma urgencia un cimbronazo anímico. Ambos, lo físico y lo anímico, el sudor y el corazón, van de la mano. Llega Boca, golpeado, de local. Llegó el momento de cansarse de este momento, y mandar a la nube a la mierda.

sábado, 20 de abril de 2013

La cuestión física



Si fuera una de las viejas batallas de Libertadores, vaya y pase: pero la cantidad de jugadores lesionados, sentidos, con molestias, que pidieron el aerosol o el cambio en el insípido Estudiantes cero Godoy cero, un partido con la intensidad de su marcador, constituye a la cuestión física en el argumento fundamental a la hora de explicar la debacle súbita del ciclo Cagna.

Seguro, faltó fútbol, con Román Martínez incómodo en la cancha y fuera de ella, con la Gata Fernández atravesando una oscura sequía de gol y juego en medio del litigio con Tigres y con el propio club por la renovación de su contrato, con los chicos aún verdes y sin asombrar. Defensa y arquero comenzaron a cometer errores pavos que se sumaron a errores nerviosos, esos que se cometen cuando, por miedo a los errores pavos del pasado, las piernas se congelan: la seguidilla transparentó la falta de laburo en pelota parada, un sufrimiento excruciante para el equipo. Cagna, en rigor, nunca encontró el equipo: probó con 3, con 4, cambió allá y metió acá, pero nunca se formaron las sociedades y los cambios, más que aportar variantes, trajeron un desconcierto irremontable sobre el final. Porque, además, faltó carácter, rebeldía, quizás porque Cagna, falto de verba motivadora, fuera más capitán de laguna que de mares bravos.

Pero, ¿cuánto menos hubiera faltado si no hubiera fallado la parte física? Cada vez que un alarmado Estudiantes intentaba resurgir, se despertaba de su siesta y decidía rebelarse, chocaba contra sus propias limitaciones. Una enfermería en el lugar donde antes hubo un Country embarraba cada semana el armado del equipo: entrenamientos diferenciados, jugadores entre algodones hasta el último día y cambios fueron la norma. Pero el límite físico se vislumbraba aún más claro en el césped: luego de unos 20 o 30 minutos iniciales de presión marca Cagna, el equipo empezaba un pronunciado declive físico. Si la coordinación entre los jugadores no era la mejor de arranque, la falta de piernas y de cabeza provocaban un verdadero desastre: pases errados a un metro, jugadores atravesados como alambre caído y, claro, horrores defensivos. Estudiantes era antes un equipo sin reacción desde lo físico, que un equipo sin reacción anímica.

Desembarcó ya Pellegrino y, en lo inmediato, intentará solucionar lo solucionable: Estudiantes es hace rato un equipo sin línea de juego. Pero, sabe el flamante técnico, la mejoría futbolística posible  tiene un techo, en tanto no se trate paulatinamente la cuestión de fondo, la cuestión física. Para eso trajo en su cuerpo técnico a Gabriel Macaya, hombre de ásperos entrenamientos acordes a la historia de un club que no se alinea con aquellos que ningunean la preparación física, y luego la sufren al final de cada encuentro y atañen las derrotas a “la mala suerte en esa última pelota”. Macaya vio los últimos dos encuentros del equipo desde la tribuna y pidió al club las carpetas con la preparación de cada jugador durante la temporada: hombre de gesto adusto y obsesión enfermiza con su trabajo, sin dudas es un profe para el club. Ya pasó por Estudiantes en la era Astrada y, dicen, dejó algún que otro enojo: pero este es, justamente, el momento de dejar de lado los egos y juntar las cabezas para sacar adelante al equipo. 

miércoles, 10 de abril de 2013

La solución inglesa



La mañana comenzó con una nueva noticia escalofriante: el hallazgo de un hombre muerto bajo las gradas de la cancha de Vélez todavía no ha sido esclarecido y se presume se trató de un accidente, pero no deja de recordar al periodista asesinado en la pileta del estadio de Racing hace meses nada más, en tiempos donde figuras del fútbol profesional pasan sus días en el penal de Ezeiza por encubrir homicidios. El fútbol argentino, jaqueado por la violencia y olfateando lo que serán las bataholas por tickets al mundial, no sabe qué hacer. “Se pide el documento de identidad para entrar en los estadios, se persigue a los hooligans, se les ficha, se les ordena ver partidos en comisaría si tenían antecedentes…El presidente del Luton Town, miembro destacado del partido conservador de Thatcher, llegó a impedir el paso a los hinchas visitantes en su estadio. Pero el sistema no funcionó. Los hinchas se peleaban fuera de los recintos”: esta fue la tan mentada “solución inglesa” al problema, que nos suena familiar porque hoy aplica con el mismo éxito Argentina.

Acaba de morir Margaret Thatcher, la mujer que mandó a hundir el Belgrano y una de las responsables de la creación de la Premier League, el fútbol más espectacular del mundo. Su receta contra la violencia la hizo odiada por todos los hinchas del fútbol, pero no fue hasta 1989, un año antes de la dimisión de la Dama de Hierro y con el desastre de Hillsborough, que la verdadera profundización de un nuevo modelo de fútbol comenzó a gestarse. El primer Informe Taylor instaba a los clubes a reformar sus instalaciones para evitar mayores tragedias; el documento no condecía con el reporte policial, que culpó a los hinchas y su ebriedad por morir atrapados y sin asistencia, a la vez que los acusaba de todo tipo de atrocidades. Recientemente, la investigación, gracias al empuje de los familiares de los muertos en la tragedia, dio una vuelta y se hizo público el negligente accionar policial, que, acostumbrados a la represión de las sometidas clases populares durante el thatcherismo (particularmente mineros y hooligans revoltosos), permitió el desbordamiento de la capacidad del estadio solo para trabar todas las posibles salidas. Murieron 96 hinchas, que fueron luego culpados de sus propias muertes.

La propia Thatcher ordenó distorsionar la investigación y el resultado del reporte policial y el informe Taylor preliminar (cuatro años más tarde, ya sin Thatcher, la versión final daría cuenta de la negligencia policial, que tardó 23 años en ser reconocida por el Estado) fue una profunda “limpieza”del fútbol inglés. Nuevos estadios, costeados con créditos públicos, en un deporte libre de hooligans gracias a la exclusión de las clases populares, que no pueden afrontar los altos precios de las entradas y, mucho menos, los abonos por temporada, y que fueron marginados a los pubs de Inglaterra. Allí siguen los encuentros a través de Sky, la cadena televisiva de Rupert Murdoch, que, movimiento inverso al argentino, consiguió con la fuerza del dinero quitarle la concesión a la televisión pública inglesa, la cadena BBC. La decisión fue tomada luego de que la Primera División decidiera separarse de la tradicional Football League: el dinero de la TV púbclia en 1988 daba 44 millones de euros que la FL dividía en cuatro categorías. El primer contrato con Sky fue de 262 millones. La creación de una división top, la Premier League, era un negocio lógico para los clubes de primera división, que recibirían el dinero de la televisión privada y repartirían el dineral entre solamente 20 clubes. Y también era un producto despojado de los violentos antecedentes de la Football League, un nuevo comienzo en flamantes estadios lujosos, fácil de ser vendido y exportado.

Hoy la cifra aumentó a estrafalarios 8400 millones de dólares por tres años. El dinero se reparte entre los 20 equipos que disputan la Premier, pero de manera desigual, enriqueciendo a los ricos, las marcas que hacen atractiva la liga a nivel mundial. Los clubes cotizan en bolsa y han hecho millonarios a sus dueños, pero los equipos deben 5000 millones de euros, un pasivo solo explicable por la falta de control del sector privado que no suele saber demasiado de sustentabilidad. El indispensable documental "The Four Year Plan" muestra la incursión de los magnates de la Fórmula 1 Flavio Briattore y Bernie Ecclestone en el negocio del fútbol: junto a capitales árabes compraron el tradicional QPR y lo vendieron, luego de mil caprichos y descalabros, tras cobrar la bolsa por el ascenso a la Premier. Cuando la familia Glazer compró Manchester United, varios hinchas decidieron formar su propio club, movimiento retratado en “Looking for Eric”, el film en que actúa Eric Cantona y que dirigió Ken Loach. El club fue comprado mediante créditos luego pagados por el United: el club más poderoso del mundo adeuda 800 millones y busca inversores.“Privaticemos su funeral, es lo que hubiera querido”, dijo el director Loach, opositor a las políticas de privatización que devastaron a la Inglaterra obrera pero enriquecieron a tantos.

Pero la Premier League en sí, que recibió la muerte de la mandataria con cánticos, abucheos y sin silencios, fue beneficiada absolutamente por las políticas de los ochenta y noventa. Hoy es la liga más vista en el mundo, y también la que mejor fútbol muestra, pero su selección pasa por las competencias importantes sin pena ni gloria. La entrada de capitales extranjeros, interesados en resultados a corto plazo que alcen el precio de venta y permitan hacer negocios rápidos y multimillonarios, implica el flujo de jugadores de todo el mundo como un modo de potenciar a los equipos y de vender camisetas globalmente, y tiene como consecuencia la marginación de los jugadores ingleses criados en los clubes, que seguramente terminen en los pubs con los hinchas. El entrenador de West Ham, Sam Allardyce, encontró otra causa para los fracasos del seleccionado: los recortes de Thatcher en el sector público cerraron las ligas escolares, encargadas de la formación temprana de los chicos. “Mató al fútbol y al deporte británico”, sentenció.

En lugar del muerto, dejo un deporte limpio, ofensivo, espectacular: el thatcherismo futbolístico es una prueba contundente de que el espectáculo es un valor televisivo, algo que interesa a los dueños en tanto crea más consumidores televisivos, que equivale a una entrada mayor de dinero. El fútbol en los estadios es casi una molestia, que requiere de complicados operativos y no deja demasiado a cambio: por ello, el fútbol en Europa se ha resignificado lentamente, hasta transformarse en un teatro. Espectadores, no hinchas: respetuoso silencio, aplausos predeterminados y la sensación de ver a los protagonistas de la vida real, a los deportistas del star system, en carne y hueso. Precios altos que prestigian la reunión social; palcos y plateas donde se pueda. Un modelo que comienza, ominosamente, a cobrar sentido en un país que no sabe qué hacer con una liga que, entre la violencia y el empobrecimiento, pierde prestigio. Y que solo subsiste gracias a una dádiva estatal que financia los descalabros de dirigentes que buscan terminar el descenso sin descensos, y sin morir en el intento.

sábado, 30 de marzo de 2013

No es lo que hay: un llamado a la cordura

Demasiados técnicos han pasado ya por el club durante estos últimos años como para plantear hipótesis simples para esta crisis que atraviesa Estudiantes. Tampoco, claro, es el Pincha la anomalía: todos los clubes despiden técnicos con pasmosa facilidad, la misma con la cual contratan al sucesor entre los técnicos disponibles y pagables, mientras hablan de proyecto y largo plazo. Por eso, dada la escasa disponibilidad de nombres, son demasiado pobres los técnicos que suenan para suceder, como para imaginar soluciones simples a esta crisis que atraviesa Estudiantes.

Los problemas son varios, profundos y de difícil diagnóstico. Pero, pareciera, lo que requiere urgente solución es la inmediatez, lo futbolístico. El paso al costado de Cagna sirve para dar aire, bríos, a un ciclo que se notaba desgastado aún en sus momentos de juego pasable. Quizás estirar la decisión, por motivos económicos, por falta de convencimiento en los nombres que rondaban, y también por respetar la bandera del "proyecto", haya sido desacertado, teniendo en cuenta que Cagna nunca fue el DT elegido para el largo plazo y la tan mentada transición, sino un técnico que llegó tras la negativa de los señalados por la sede para llevar adelante el proyecto futbolístico. Cagna llegaba con la obligación de demostrar, se construyó un colchón de 28 puntitos el torneo pasado, pero despilfarró su crédito en estas siete fechas.

Las derrotas, y sobre todo su forma desoladora, protagonizadas por un equipo desinflado, atonal, evidenciaron ánimas bajas y, sobre todo, la incapacidad del actual cuerpo técnico de elevarlas. Quizás hayan colaborado los constantes cambiazos y borronazos como única solución, el sufrimiento defensivo de un equipo que se olvidó, a pesar de contar con tres centrales de experiencia, como marcar la pelota parada, la falta de cambio de ritmo, de sorpresa, en el ataque, siempre terminado en centro largo y predecible, siempre lento en la transición, y, claro, la evidente merma física de los segundos tiempos, que provocó las derrotas que más duelen. Cualquier falencia de las muchas que muestran los equipos de Argentina se expone doblemente cuando las cabezas andan gachas, cuando no hay confianza. En siete fechas, Estudiantes fue potenciando cada desgracia con otra desgracia en un suplicio que parecía no tener fin. Un suplicio que dejó sin fuerzas ni respuestas a Cagna y también a sus jugadores, notablemente abrumados por cada gol sufrido.

Los tres puntos en siete fechas parecen empujar, por un lado, a emparchar rápido el fútbol: conseguir alguien que se haga cargo del equipo, que comience a trabajar ya mismo en la remontada, parece obligado. Y sin embargo, en esas condiciones se contrató a Cagna, Berizzo, Sensini, Russo, incluso a Sabella, único de la lista en funcionar. Si Estudiantes apuesta verdaderamente al largo plazo, no debe conformarse con lo que hay en el mercado. Debe apostar por un DT que amerite banca en las difíciles porque es un técnico integral a un proyecto. Repite Verón cada vez que puede que Ferguson pasó sus cuatro años iniciales sin ganar nada en Manchester: Estudiantes necesita su Ferguson, difícil en un fútbol gobernado por la intuición, el amiguismo y la ambición, hermanos del cortoplacismo.

Si ese hombre idóneo no está disponible, debe, necesariamente, esperar tanto tiempo como pueda (es decir, lo que resista el interinato) en busca de su conductor ideal, porque, en definitiva, quien venga enfrentará los mismos problemas de fondo que condenaron a varios entrenadores al fracaso. Sino continuará contratando técnicos incapaces de elevarse de la medianía, aves de paso que durarán lo que duren los resultados circunstanciales, y el volátil ánimo y el compromiso de los jugadores que son directa consecuencia de ellos.


miércoles, 27 de marzo de 2013

La inteligencia valiente




En “Ilíada”, uno de los dos cantos homéricos sobre el mítico pasado de la civilización griega, rigen las leyes de la retribución y el sometimiento a la voluntad de los dioses. Y en su universo de semidioses como Aquiles (que es, después de todo, Brad Pitt El Perfecto), Odiseo, “el de pensamientos complicados”, es considerado un cobarde por sus inteligentes ardides para alcanzar la victoria. Una idea suya acaba con una guerra inútil, entre pueblos hermanos, originada en el orgullo de sus despóticos gobernantes: pero este episodio clave en la historia helénica queda afuera de un canto que se centra en la furia de Aquiles, toda una guerra justificada por venganzas y egocentrismos.

Distinto es el héroe de “Odisea”, protagonizada por un hombre nuevo para un mundo nuevo. El mundo tribal dio lentamente lugar al panhelenismo, que obligaba a la convivencia y la diplomacia. Tres siglos más tarde, la tragedia de Sófocles recuperaría al héroe en “Ajax”, reflejando el cambio del paradigma de héroe que a la vez implicaba un cambio de valores. En medio del auge del panhelenismo, el autor, casi existencialista, quizás iconoclasta y sin dudas apesadumbrado por el silencio de los dioses, ve en el Odiseo de “Ajax”, que obtiene para sí las armaduras del guerrero Aquiles venciendo mediante la sagacidad a la fuerza del homónimo del equipo holandés, el estandarte de una nueva era pluralista: es el paso, también retratado en la “Orestíada” de Esquilo, de la ley del Talión, la retribución personal, de una civilización tribal y guerrera, a una civilización plural, pacifista, a través de la razón. Una transición fuertemente humanista.

El fútbol argentino sigue considerando figuras deleznables, cobardes, a los inteligentes. Sigue negando la existencia de un fútbol pensado, rogando por el nuevo advenimiento de la era del talento puro, sin entrenamientos, mecanizaciones ni otro trabajo más que el hedonismo puro dentro de la cancha. Sigue, también, proponiendo un modelo tribal, polar, de interpretación futbolística, que lleva a la confrontación eterna (la sangre que venga la sangre que venga la sangre) y por ende a la suspensión del tiempo. El pensamiento es un defecto de los mezquinos, nunca el arma de los humildes y de los limitados para superar las limitaciones de su ambiente. El fútbol argentino se niega a cambiar de paradigma de héroe: prefiere los salvadores a los pensadores, los talentosos a los laburantes. Y ha construido un discurso maravilloso alrededor de su particular forma de concebir la justicia y la moral futbolística.

IR AL FRENTE. ¿Por qué se considera cobarde a la inteligencia? Idea propia de la tradición romántica cuchilleril y parte de la vacía cultura del “aguante” neoliberal (porque bancársela, que nada cambia, es de guapo), opera como un discurso pretendidamente popular que obstruye el cambio y evita que, mediante el pensamiento, los menos “favorecidos” por la “naturaleza” igualen el terreno de juego.

Ir al frente es la que va. Quien no lo hace, cagón est; y si gana, además de cagón es sucio, y una amenaza a la “moral”, al “buen gusto”, conceptos aristocráticos todos ellos y que ayudan a mantener el “orden”, a excusar las ventajas. Este discurso permea el fútbol y allí está, como consecuencia, la lucha de los multimedios por establecer (apropiándoselo) un “fútbol que le gusta a la gente” lírico, conservador, hecho a medida de los clubes capitalinos, con grandes billeteras, explotadores de ajenas canteras y capaces de tener en sus filas a jugadores “distintos”. (Nobleza derrotada, el chistecito se les empieza a terminar a medida que los clubes chicos comienzan a negociar sin intermediarios -o con otro tipo de intermediarios- con los clubes de afuera: entonces los clubes “grandes” se transforman, lentamente, en equipos feos, incapaces de competir con el fútbol de las grandes billeteras y, en su propio detrimento, aún creyéndose merecedores de no sé qué, nostálgica fe de tiempos donde los jugadores se morían por vestir sus casacas y los árbitros eran muy susceptibles a cualquier faltita en el área).

Dos partidos sirven como ninguno para explicar hasta qué punto es detrimental este supuesto coraje sin sustento: la Selección, Messi incluido para los cuestionadores, se comió 6 con Bolivia hace 4 años y 4 con Alemania hace un poco menos. Ambos encuentros son los estandartes de los errores y excesos del maradonismo, caudillo que igualaba entrega absoluta al ataque constante, que quería recuperar de la abulia a un equipo obligándolo a ir al frente. Por supuesto, se esconde allí la vieja trampa del orgullo: la necesidad de demostrarse valiente termina mal, privilegia la imagen al objetivo grupal. Pero Maradona nunca creyó en su propio trabajo de técnico, se negó sistemáticamente a otro plan de juego que no fuera apelar a la mística y ninguneó la altura. Maradona era más un motivador casi mágico que un entrenador, en un país que perderse detrás de quienes prometen salvación. 



CONTRA LA CORRIENTE. Existe una contracorriente a esta orgullosa necesidad argentina de ir para adelante. Previo al encuentro con Bolivia dio vuelta por los medios la historia del Seleccionado dirigido por Miguel Ignomiriello que, en 1973, venció en la altura luego de aclimatarse durante ¡40 días!. “El equipo fantasma”, como bautizaron a los hombres que podemos ver en la imagen disfrazados de miembros del Ku Klux Klan, contaba entre sus filas a hombres como Trobiani o Kempes, pero sin dudas el aporte más importante estuvo en el cerebro de Miguel, hombre que forjó la base del Nacional campeón del mundo 1980 y, claro, del Estudiantes campeón de todo. Ignomiriello, en una época donde la dirección técnica se encontraba más menospreciada aún que hoy, derrotó a Bolivia en la altura de La Paz por 1 a 0, encaminando así la clasificación al Mundial del 74. Argentina había disputado tres encuentros por Eliminatorias ante Bolivia como visitante y había caído en dos oportunidades.

Pekerman, quizás homenajeando aquella ocurrencia de Don Miguel pero sin incurrir en los extremos del Viejo Ignomiriello, enfrentó el dilema de jugar en la altura a 4 días de un duelo clave ante Colombia, enviando una semana antes un “equipo B” para aclimatarlo. El conjunto totalmente suplente venció a su par de Bolivia por última vez en eliminatorias por 2 a 1, con goles de Luciano Figueroa y Luciano Galletti, consiguiendo la primera victoria desde 1973 (jugaron dos veces en medio: un empate bien bielsista, 3 a 3 con goles agónicos incluidos, y la famosa derrota por 2 a 1 en el partido del “corte” de Julio Cruz). El historial en La Paz mostraba, antes del partido de ayer, para los ninguneadores de los efectos de la altura, 4 victorias para Bolivia, 1 empate y 3 victorias argentinas ante un equipo que nunca venció a la albiceleste cuando esta fue local. 

Alejandro Sabella, siguiendo similar plan que José Pekerman, cambió casi por completo el equipo que venció cómodo a Venezuela, pero en lugar de realizar la semana previa de aclimatación su herramienta contra la altura fueron unos novedosos tubitos de oxígeno que aumentaron la sensación de guerra que se vivió ayer, y se vive siempre, en La Paz. En un durísimo encuentro, la entrega de los jugadores fue conmovedora y sin dudas lo que más se celebró, antes que el útil punto, fue el carácter de una selección que demostró huevos sin la necesidad de perder la cabeza yendo al frente y regalándose. Lejos estuvo el planteo de Sabella de ser perfecto, y eso que lo podría haber ganado tranquilamente, si un Messi fusilado no hubiera errado un gol que hace con los ojos cerrados habitualmente. Pero depuso el orgullo que obliga al protagonismo y, en una señal de inteligencia instó al equipo a pararse tranquilos atrás, no correr la cancha y explotar la velocidad en la contra.

En absoluto cobarde, el planteo suponía una caminata de 90 minutos por la cornisa, y así expuso el gol de Bolivia. Por unos instantes, desde afuera nos preguntamos que pasaría con el planteo: adentro no hubo dudas. Argentina continuó transitando siempre por el mismo camino, llegando con peligro y empatando el encuentro. Así ocurre cuando un equipo tiene una idea de juego de fondo, y no solamente busca ser el más guapo: eso es identidad. Para jugar de este modo, tan al límite, en condiciones tan adversas, boqueando y corriendo siempre atrás de la pelota, se necesita un compromiso especial del equipo, una convicción y una solidaridad que hace tiempo no se veían, que dista mucho de ser esa entrega vendehumo que termina en expulsión. Esta Selección sabe lo que hace y cree en lo que piensa.

Los muchachos dándole al oxígeno. Misión cumplida

miércoles, 13 de marzo de 2013

Tanta tinta


La cofradía barcelonera revivió




Otra vez se ha incurrido en el eterno error del periodismo deportivo de creerse que su rol es vaticinar en lugar de analizar. Todos dieron por muerto al Barcelona, de insoportable mística ya: este ilustre señor (?) procuró ser ante todo mesurado en sus exposiciones, y de ninguna manera creyó que las tres derrotas consecutivas eran el inicio del “fin de una era”. Pero, de ninguna manera tampoco, imaginaba a este equipo, notablemente alicaído y de terrenal defensa, remontándole al bondi catenaccio milanés un 0-2 y pasando de ronda gracias a una contundencia que parecía de otros tiempos.

En la remontada hay un rol relevante de la suerte: la vuelta arrancó con un gol adentro y el partido irremontable de los dos goles contra la muralla italiana tornaba en casi 90 minutos para marcar un solo tanto. El plan del Milan incluía la desesperación del rival, el caer de la arena dentro del reloj, aparentemente lenta pero implacable, insoportable. Quien fue insoportable fue el Barcelona, que salió de entrada nomás a devorarse al conjunto italiano, con una intensidad olvidada en ataque, donde años y años de planteos defensivos parecían, en los últimos encuentros, haberlo abrumado, frustrado: había mucha posesión pero poca verticalidad en el Barsa que amagó con quedarse afuera de la Champions demasiado temprano. La famosa jaula, esa estrategia defensiva que rodea a Messi de cuatro o cinco rivales, aplastó en la ida la creatividad del Barsa, no lo dejó tocar y pasar, su juego preferido para romper defensas y redes. No demasiado cambió, en términos de táctica, en la vuelta: pero el Barsa recuperó, humillado, el fuego. Salió a defender su historia.


Y aquí aparece el otro actor principal de la serie. Messi. “Es un hombre poseído, ensimismado. Esa cara mete miedo. No parece la de un ídolo de los niños. Es la de un homicida serial”, escribe Juan Pablo Varsky. El también salió a defender su historia: mucho se habló de un Messi apesadumbrado en las semanas que pasaron. Como respuesta, él encabezó la rebeldía a la adversidad. Rompió la jaula cuando pudo, pero alcanzó para que marcara dos goles, participara en varias ocasiones más y terminara enloqueciendo a los rivales. Messi volvió a ser picante, impredecible, esa fiera inmarcable al que no se le puede dar ni un centímetro. Y fue otra vez absolutamente decisivo. Un animal que contó con el apoyo de otro que no quería quedar afuera por nada en el mundo: también Iniesta respondió cuando se lo necesitó con la vergüenza deportiva de los grandes. No marcó, pero hizo absolutamente todo bien.

Y así fue que, otra vez, a las 7 de la tarde hora local, el bando periodístico barcelonista se sentó a gastar tinta en loas al equipo de Vilanova, que para la próxima ronda no necesitará más del whatsapp para dirigir. Se gastará a partir de ahora tanta tinta como cuando parecía eliminado: en todo el mundo parece replicarse la confrontación entre madridistas y barcelonistas que tiñe cada edición de los periódicos españoles. La rivalidad estilística, largamente exagerada, entre el fútbol de La Masía y las ideas de Mourinho, narra una historia atrapante de héroes y antihéroes, pero olvida que, como muchas veces ocurre en las tiras cómicas, la bondad y la maldad son sólo cuestión de perspectiva: como Alan Moore demostró en Watchmen, o Frank Miller con sus oscuras depicciones de Batman, muchas veces superhéroes y villanos ocultan tras relatos color de rosa una moral dual, ideas muy cercanas entre sí. El fútbol exquisito del Barcelona fue replicado, hace un par de semanas, por el equipo de Mourinho: quizás con más vértigo y poder, los merengues le pegaron un baile de aquellos en el mismísimo Camp Nou a los hombres de blaugrana. El juego pragmático de Mou apareció ayer, sobre el final: con el 3-0 consumado, Barcelona estacionó su propio micro en el área, con línea de 5 incluida. Salió de contragolpe y firmó una goleada sobre la hora que hace olvidar que un solo gol del Milan, hasta ese tanto de Alba, lo hubiesen dejado afuera.

Rorschach, uno de los héroes ambiguos de Moore

domingo, 10 de marzo de 2013

Al borde del suicidio

El ciclo de Cagna se termina devorando a sí mismo
Hace un par de semanas nomás, Diego Cagna declaró que a su parecer Estudiantes defendía notablemente mejor con línea de 3 y Angeleri parado de líbero. Aquella sentencia duró apenas siete días: Estudiantes no pudo contar para el choque con Newell’s al Rana Iberbia y la ausencia del lateral utilitario desencadenó un nuevo cambio de esquemas y nombres.

El último volantazo de Cagna dejo al equipo al borde del suicidio: con una línea de 3 mediocampistas habituados a presionar y adelantarse (incluso Braña), Estudiantes dejó un campo a sus espaldas que aprovecharon los rapiditos de Newell’s con envidiable eficiencia, devenida en parte de las comodidades que tuvieron (Desábato y Shunke, dos centrales lentos, tuvieron que encargarse de marcar a los movedizos delanteros de la Lepra) y en parte, claro, de la suerte, que no ha acompañado este inicio de campeonato. El equipo de Martino atacó 6 veces y marcó 4 goles.

Por supuesto, hay responsabilidad individual: el presente de Silva, y en menor medida de Desabato y Shunke, ha tenido mucho que ver con la fragilidad defensiva. En el resto del equipo poco han hecho Braña, Martínez y Fernández (17 fechas sin marcar), los encargados de darle jerarquía al equipo. Pero Cagna no ha logrado, y no parece encaminado a lograr, elevar el nivel de las individualidades, encontrarle la vuelta al equipo, brindarles a sus jugadores comodidades posicionales, certezas desde lo estratégico, para que levanten vuelo: pasó de jugar con un esquema durante todo el verano, buscando asentar un once de memoria, formar sociedades y construir un equipo sólido, a esta versión ciclotímica de Estudiantes, que presenta un equipo diferente cada encuentro y margina a los jugadores que juegan mal, volviéndolos responsables a ellos y no al andamiaje colectivo. Cagna busca, pero ha extraviado claramente el rumbo, el eje. Conduce, en consecuencia de estas circunstancias, un equipo vaciado de ideas, de identidad.

Un equipo, además, notoriamente falto de piernas. El resultado de una pretemporada aparentemente mala es un equipo lento, falto de reacción y que pareciera derretirse en las segundas etapas. Los comienzos del equipo suelen ser interesantes, intensos, profundos en ataque, sólidos y solidarios en defensa. Suelen arrancar bien, los de Cagna, pero luego se diluyen, se quedan sin nafta.: 7 de los 12 tantos que le marcaron fueron en el segundo tiempo.

Tampoco parece Cagna, adentrándonos en la metafísica, capaz de insuflarles mancomunión y espíritu guerrero. De modales parcos, su manejo grupal, quizás más apto para administrar riqueza que para capitanear tormentas, no se vislumbra que en la semana el técnico toque fibras íntimas y conduzca a generar una hermandad fortalecida por la adversidad. El Estudiantes de Cagna, carente de ánima, casi fantasmal, arrancó ganando 4 de sus 5 encuentros (Tigre, San Lorenzo, Colón y Newell’s), y no ganó ninguno: apenas rescató, de esos 12 puntos posibles, 2. Los golpes lo demuelen, lo derrotan antes del límite: Estudiantes se ha transformado en un equipo fácil, con la mandíbula de cristal. Es lógico, por tanto, que flaquee en los momentos donde debe hacerse fuerte, y que continúe recibiendo goles sobre la hora, en lugar de hacerlos o al menos buscarlos.

Es esta percepción la que genera ese olor a fin de ciclo: no se advierte que Cagna pueda revertir el momento desde el juego o desde el ánimo. En apenas 5 fechas parece haber despilfarrado la dignísima campaña del 2012: 27 puntos, por primera vez en el post-Sabella, pero 7 derrotas, que sumadas a las 3 de este año ponen en números rojos la estadística del DT al frente de Estudiantes (8 victorias, 6 empates y 10 derrotas).
En rigor nadie esperaba campañones, a pesar de que la percepción general es que Estudiantes no carece de jerarquía en el nivel que se declara, para excusar la irregularidad, sino que por contrario tiene más que muchos. Pero ante un arranque con 3 derrotas y ninguna victoria, con 12 goles en contra en 5 encuentros, 7 en los últimos 2 partidos, con rivales accesibles y desenlaces descorazonantes, y habiendo sacado 2 puntos de los últimos 18… en los tiempos cortos y algo histéricos del fútbol argentino, con los pocos pergaminos de Cagna y una perceptible falta de comunión, de llegada con el grupo, un buen torneo no alcanza.

Los números son contundentes: el ciclo Cagna se dedicó durante 5 fechas a autodestruirse, a despilfarrar lo edificado, en las últimas dos fechas de los modos más espectaculares, y se encuentra al borde del suicido. Pero Estudiantes no tiene plata para indemnizaciones y debe esperar la decisión del DT, que probablemente se mantenga en el cargo hasta que la evidencia lo aplaste o se produzca el milagro de la revolución. Tarde o temprano, a todas luces, Cagna se convertirá en un DT más que no cumple su contrato, el quinto desde la partida de Sabella (Berizzo, Zuccarelli, Russo y Azconzábal engordan la lista). Es un rubro clave, que en este momento de crisis económica, no permite una nueva falla.

Los nombres mencionados, sin embargo, técnicos jóvenes, accesibles para las arcas del club pero sin demasiados pergaminos, asoman apuestas riesgosas que parecen destinadas a sumarse a la lista mencionada: Estudiantes necesita un técnico capaz de aportar un plus, de potenciar lo que hay, y ya no un administrador de riquezas para un equipo que juega solo. A lo mejor, al traicionar su pasado tacticista e imaginando, ninguneando y expulsando a Sabella, que el equipo volaba en piloto automático, es que Estudiantes perdió la línea. Se urge encontrarla, no elegir entre lo que está disponible sino buscar lo que se precisa.

sábado, 9 de marzo de 2013

El valor de los valores

De Marti Perarnau para Sport

De tanto estrujar el concepto ha terminado por ser irreconocible. Hay gente muy importante en el Barça que lleva años potenciando las facetas más nobles de la actividad deportiva. Desde el director de La Masia hasta el entrenador de los más benjamines son numerosos los maestros que a diario enseñan pautas de comportamiento que entroncan con lo que, de manera general, se denomina “valores del deporte”, tales como competir con nobleza (lo que no limita la intensidad), comportarse con elegancia, ser educado, discreto en la victoria, sobrio en la derrota, comedido en la explotación del ego, solidario con el colectivo y comprensivo con la realidad de que la vida es más amplia y compleja que el propio deporte. Aplicados estos conceptos a diario, el Barça sintió un día que estaba realizando una excelente labor y, aprovechando que también conseguía éxitos sobre el césped, entendió que podía hablar de 'valores' con toda propiedad. Era cierto.

En estos tiempos en que los clubes de fútbol ya son marcas internacionales y corporaciones transnacionales resulta imprescindible no solo poseer iconos reconocibles (Leo Messi), sino conceptos asociados a dicha marca: valores es un concepto espléndido por la carga emocional que conlleva. Buena gente jugando buen fútbol (y ganando). Pero la asociación de marca y concepto está sujeta a dos riesgos: el incumplimiento y el abuso. El Barça ha abusado del concepto hasta la extenuación, empleándolo para todo, del derecho y del revés, como justificante de un patrocinador, de un error o de cualquier arrebato. Estrujado hasta la última gota, el concepto está entrando en el terreno del chascarrillo y no hay peor noticia que esa: quemar tu propio concepto.

Los incumplimientos no ayudan. Explotado el concepto, también resultó visiblemente maltratado, alguna vez sobre el césped y nada menos que por el propio palco, lo que no deja en buen lugar las palabras pues empiezan a parecer huecas porque más que proclamarlos, los valores hay que cultivarlos.

viernes, 8 de marzo de 2013

Teoría poscolonial


Por un instante invade la desolación. Está bien, van 4 fechas, no es para balearse en un rincón. Pero cuando la pelota pica y entra, y es el tercero de Colón, dan ganas.

Estudiantes mejoró notoriamente. Claro, ante un rival muy limitado, atravesando una crisis muy similar a la nuestra y que empató casi sin quererlo, sin ir a buscarlo suicidamente. Lo empató, además, por un exceso de confianza de la defensa, a la cual este año no le sobra como para andar mirando la pelota en vez de siguiendo a los jugadores. Lo empató, claro, por el mal momento del Gori Silva, quien también necesita una buena caga a pedos.

El equipo, otra vez, volvió a demostrar flaqueza en los momentos importantes. Falto de andamiaje colectivo, y también falto de fe en lo que se está jugando, Estudiantes mejoró pero continúa sin ser un equipo que contagie, que insufle esperanzas a partir de su sostenido mejoramiento. Estudiantes va queriendo, pero hoy por hoy su techo no parece lo suficientemente alto con invitar al hincha a creer en un retorno a las Copas. Más bien muestra una versión emparchada de un equipo de mitad de tabla.

El problema es que hoy otro cimbronazo (es decir, un nuevo cambio de técnico, como se rumorea podría devenir de una derrota de local ante Newell’s, que llegará con un mix) resultaría probablemente improductivo, sobre todo sin un reemplazante natural. El problema está desde el inicio: el diagnóstico de jugadores (que siguen pensando en transición, a pesar de tener un muy buen plantel), técnico (de constantes volantazos que modifican solo lo superficial y aciertan y desaciertan en el mismo porcentaje) y dirigentes (que confunden estabilidad con idoneidad a la hora de decidir sobre técnico y jugadores), el diagnóstico de todos falla y lo que decanta es lo que debe decantar por lógica.

Para que Estudiantes contagie de nuevo a sus hinchas, para que vuelva a contar historias de las heroicas, habrá que esperar por una improbable revolución interna: que los gritos de Cagna le lleguen a los jugadores, que los jugadores se decidan a embarcarse en este navío así alcance la ballena blanca o naufrague. Que se termine la tibieza, que se acabe la desconcentración: los volantazos, y también algo de mala suerte, desconciertan, agotan, y deben combatirse para no acostumbrarse a la mediocridad. Para este objetivo, dos peces gordos como Newell’s y Vélez vienen mejor que dos necesitados como fueron San Lorenzo y Colón.

Estudiantes despilfarró el triunfo por su tibieza. Seguro, podrá recaerse en la inconsciencia de Jara al intentar picar lo que era el final del partido, o en la inseguridad de Silva para proteger el arco. Pero al fin y al cabo es el técnico quien debe aportar un contexto que obligue a la concentración y a la seriedad, donde nadie la pique por respeto a sus compañeros y por miedo al conductor, donde nadie se pase los minutos finales del partido “definido” deambulando, esperando el pitazo final (además debe aportar, obviamente, el contexto táctico en el cual los jugadores jueguen cómodos). Cagna, hoy, con sus idas y venidas discursivas y tácticas, no impone esa lógica. Asoma como un guía confundido, y hasta algo débil en su manejo de grupo. Su lectura del partido ante Colón fue desacertada, y ese puesto por puesto de Zapata por Carrillo pareció más el cambio de un técnico que cree que el partido está terminado a una búsqueda por apuntalar lo que el equipo comenzaba a hacer: defender y salir de contra con Auzqui, Núñez y Jara. Con el resultado puesto, la entrada de más volantes a defensores parece imponerse.

Sacar conclusiones semana a semana lleva a una gran ansiedad: se arman relatos con los resultados puestos que quizás nada tienen que ver con lo que sucede en la cancha y terminan empujando a renuncias y despidos apresurados. La salida, hoy, de Cagna, a cuatro fechas del inicio, sería idéntico a uno de los criticados volantazos del DT: un parche a las apuradas, luego de un mal diagnóstico. Sí está claro que el técnico, en lugar de continuar con sus cambios constantes, equivalentes a pasajes de boleta, debe encargarse de concientizar y potencias este equipo. Las excusas se van terminando.

Para que Estudiantes juegue por algo, para que el equipo contagie, y se contagie, para que cuente alguna historia, necesita una revolución de la cual no parece ser capaces varios de estos jugadores conducidos por este DT. Si no no habrá debacle, pero tampoco épica, ni siquiera pequeña, cotidiana, dominguera, como esas victorias de los equipos de 2004 y 2005, que gestaron el glorioso 2006: así se ganará cuando se pueda, cuando se dé, y se perderá con resignación y desconcierto. Estudiantes está en una nueva encrucijada, una más desde la partida de Sabella: en el pasado las resolvió bien. Ultimamente, no.

La máquina anti




Gritos horrorizados. Basanta, pincharrata, picapiedra: sinónimos para quienes se autoadjudican el paladar del pueblo y escriben en prosas decoradas críticas vacías desde la ignorancia absoluta. El tema futbolístico del día es la derrota de Boca, pero hay lugar, siempre, para tirarle un palito a un entrenador que da pocas razones para la crítica: laburante, callado y amparado hasta aquí por los resultados, Sabella los saca de quicio con su procedencia albirroja, renegando para colmo de su lugar de nacimiento, River. Y los molesta con sus convocatorias porque los obliga a trabajar, a investigar.

Pero no todos quieren tomarse el laburo de buscar quien es, realmente, Basanta. La crítica es quizás el lugar fundamental para la humanidad, pero también el refugio de quienes quieren aparentar conocimiento. Quienes critican la convocatoria, ¿cuántos partidos han podido ver del jugador? Figura en México, sus partidos no llegan a la televisión argentina, y difícilmente alguien se cuelgue de internet a ver los partidos de Monterrey. Lo mismo sucede de quienes hablan del presente de Sosa en Ucrania o de Montillo en Cruzeiro. Piden, en su lugar, jugadores como Icardi (lesionado), Insua (sin partidos en el Atlético Madrid), Fazio (de presente irregular), Tino Costa (buscando club). Se trata de nombres que atraviesan presentes complicados pero que son marketineros, suenan bien, a conocedor del fútbol. Pero la selección no debería ser un lugar para dar rodaje: pedirlos, desde los medios, corresponda a una falta de investigación. Otros, por supuesto, gritan desde Capital por los Sanchez Miño, los Ponzio o Lisandro López: presuponen que el fútbol nuestro, al cual vienen a morir jugadores seudoretirados y la descocen, es mejor que ligas de inversiones millonarias, como Ucrania o México. También allí hay ignorancia, pero porque la ideología nubla la interpretación: los argentinos seguimos aferrados al mito de que el fútbol es mejor acá, en el potrero, sin disciplina táctica y con el césped raído. También seguimos bastante permeables a lo que vuelcan día tras día los medios capitalinos sobre los clubes de esa ciudad, convirtiendo a pibes con 2 partidos en cracks de 20 palos.

De todos modos los jugadores listados han estado en la órbita sabelliana, que todavía tiene que convocar a los futbolistas del medio local (pedirlos hoy como crítica a supuestos olvidos representa o un error o, sencillamente, una difamación). Incluso, hubo cierto contento cuando se supo que Sabella miraba a Orban: de pasado en River, nadie discutió las pocas credenciales del jugador hoy en Tigre. El ruido proviene muy claramente desde un sector de la prensa, bienpensante y enojada eternamente con Estudiantes por la falsa caracterización que se ha realizado desde el 68 en delante de la escuela pincharrata. Los mismos medios le hicieron el juego y le dedicaron tapas y páginas a la labia lírica de Basile y Batista.

Por ello cuando convoca a Basanta la ignorancia arrogante de Capital se sorprende y pone el grito en el cielo: ¡otro pincha más! ¿Sabrán que Sabella nunca lo tuvo a Basanta en Estudiantes, que emigró a México en 2008? ¿Qué critican, además, exactamente? Entre los convocados están los nombres indispensables, y el resto, después de todo, es bastante relativo (Argentina no clasificará o dejará de hacerlo si se convoca a Insúa en lugar de Basanta) y pertinente a la labor del entrenador. Por otro lado, si el DT decide que, con un colchoncito de puntos, es hora de probar en la zona que más insegura se ve, la defensa, ¿qué hay de denostable en la decisión?

La tapa de noviembre de Un Caño
ninguneando el laburo de Pachorra
El sector aludido de la prensa, compuesto por medios disímiles como Clarín y la revista Un Caño, han criticado severamente el andar defensivo y la Messi-dependencia. Antes, pedían hacer eje a Messi a toda costa, “para que juegue como en Barcelona”. Cuando Sabella consiguió hacer que la Pulga juegue por lo menos en niveles altos con la celeste y blanca, el discurso se dio vuelta. ¿Y si se enferma Messi? La persecución ya roza el absurdo cuando, luego de meses de críticas atroces a la defensa, se critica la convocatoria de un nuevo jugador para probar en la línea. Estos periodistas parecen no saber que hay decenas de buenos jugadores argentinos, y que es la labor del entrenador probar y elegir acorde a sus conocimientos y preferencias. Pero, de nuevo, estos periodistas parecen no saber muchas cosas, o quizás se harán los tontos y elegirán continuar siendo eterna oposición, máquina anti: criticar, después de todo, es bastante fácil. Con un poco de ruido vacío se queda bien, sobre todo cuando el criticado tiene tan dudosas credenciales como pertenecer a la estirpe pincharrata.

domingo, 3 de marzo de 2013

Piloto automático



Este artículo no se propone hacer leña del árbol caído: Barcelona, ese sequoia del fútbol, seguramente se mantendrá en pie tras esta racha adversa, aunque quizás con menos esplendor, abastecido por esa cuna de identidad que es La Masía. Pero lo cierto, lo que confirman las derrotas sufridas en manos del Milan y el Real Madrid, es que hace rato ya que atraviesa una crisis de recambio que empezó, incluso, antes de la salida de Guardiola, y precipitó su salida, abrumado ante la perspectiva de modificar un grupo que le había dado tanto y ahora, entre el paso del tiempo y el agotamiento mental, necesitaba modificaciones.


Aún así, con la copia (Roura) de la copia (Tito) de Pep en el banco, la jerarquía individual culé y la inteligencia de sus jugadores, adquirida entre los días de La Masía y la conducción de Guardiola, consiguieron disimular brillantemente un andar colectivo que se desvencijaba de a poquito. El trabajo entresemana se nota, siempre, en el juego sin pelota, y el Barsa de Vilanova y Roura fue perdiendo, si no los conceptos, sí la ejecución de su fútbol integral, el que lo llevó a la cúspide de la historia del fútbol. El primer pecado de este Barcelona es su mal retroceso: los defensores, acostumbrados a jugar bien adelantados, sufren las crecientes pelotas perdidas y quedan muy expuestos, mano a mano. Hoy se logra cortar más el juego de pases del Barcelona, por disminución en la intensidad y la fluidez pero también porque los rivales se avivan. La jerarquía y potencia de sus delanteros sobra en la Liga, pero la falta de equilibrio le ha costado al Barsa su jerarquía europea: en Champions, cada gol concedido paga y la teoría de “hacer más goles que el otro” se torna una apuesta peligrosa. Cualquier equipo agrupado atrás y rápido para la contra desbarata la invencibilidad culé y desnuda falencias defensivas y hasta cierta desidia de los jugadores para romper los cercos de modo creativo: los delanteros, frustrados por momentos ante el marcaje férreo, parecen repetir jugadas de manual que las buenas defensas suelen leer e interceptar. Las combinaciones son copia de las que se practicaban en la era Guardiola, se repiten como esas fórmulas que en los viejos juegos de fútbol te permitían hacer goles (pararse delante de los arqueros, por ejemplo, en el FIFA 96), como si el equipo funcionara en piloto automático, con correcciones realizadas por Whats App.

La crisis le llegó en el peor momento: fueron 3 partidos, pero uno lo dejo al borde de la eliminación en la competencia más importante, otra lo dejó afuera de la Copa del Rey y la tercera, en manos de los suplentes del Madrid, fue, simplemente, el retorcerse de un puñal en la herida y la confirmación de que no se trata de una racha sino de una crisis. Si bien si un equipo, en toda la historia, pudo dejar de preocuparse por el rival con argumentos, ese fue el Barcelona, también siempre sufrió los planteos que lo enjaularon, sobre todo a nivel europeo, cuando la cosa se vuelve a suerte o verdad: allí están las eliminaciones de las Champions 2010 y 2012 como testimonios. La figura del antifútbol del rival como justificación moral de las derrotas, suscitada por sus legionarios, sirvió nada más que para negar un problema latente. Barcelona, amparado en estas ideas, salió a jugar como siempre ante Milan y Madrid, facilitándoles los espacios como sin prever el juego del rival, en un claro fallo estratégico del equipo del DT virtual. En tanto, ni Milan ni Real Madrid hicieron su trabajo, explotaron las falencias del Barsa pero sin abandonar la voluntad de jugar y ganar: Allegri y Mourinho, simplemente, hicieron un planteo que tuvo en cuenta al rival, contaban con los jugadores ideales para su ejecución (defensores fuertes, delanteros veloces) y así consiguieron terminar no con el Barsa, pero sí con el mito del equipo que se maneja a control remoto desde un helicóptero. El fútbol de ellos propone terminar con dicotomías añejas, que ya no sirven para analizar el fútbol, y con la moralización de los estilos de juego: lo hace jugando un fútbol que es ofensivo o defensivo según el rival y el momento; lo hace también al demostrar que Barcelona no es mágico, fruto del talento único de una generación de cracks, sino hijo del trabajo a muy largo plazo, de la inteligencia de su conductor que lejos de encorsetar la habilidad para potenciar el colectivo, hace estallar la habilidad por medio del colectivo. “Acaso lo importante no sea la libertad en sí, sino saber qué hacer con ella”, escribe Ramiro Martín en su libro sobre Messi, de próxima salida.

Lo que cae, pues, no es tanto el Barcelona como ciertos mitos que lo rodean. Lo que cae es la idea de que sin un orden y trabajo se puede conformar un gran equipo. Hizo falta que el Barsa extrañara a Pep para que el fútbol se diera cuenta que casi nada sucede por arte de magia. Si mirando al Barcelona elegimos creer en lo mágico, hoy nos desayunamos que para que surja la magia se necesita mucha, pero mucha, practica.