sábado, 9 de marzo de 2013

El valor de los valores

De Marti Perarnau para Sport

De tanto estrujar el concepto ha terminado por ser irreconocible. Hay gente muy importante en el Barça que lleva años potenciando las facetas más nobles de la actividad deportiva. Desde el director de La Masia hasta el entrenador de los más benjamines son numerosos los maestros que a diario enseñan pautas de comportamiento que entroncan con lo que, de manera general, se denomina “valores del deporte”, tales como competir con nobleza (lo que no limita la intensidad), comportarse con elegancia, ser educado, discreto en la victoria, sobrio en la derrota, comedido en la explotación del ego, solidario con el colectivo y comprensivo con la realidad de que la vida es más amplia y compleja que el propio deporte. Aplicados estos conceptos a diario, el Barça sintió un día que estaba realizando una excelente labor y, aprovechando que también conseguía éxitos sobre el césped, entendió que podía hablar de 'valores' con toda propiedad. Era cierto.

En estos tiempos en que los clubes de fútbol ya son marcas internacionales y corporaciones transnacionales resulta imprescindible no solo poseer iconos reconocibles (Leo Messi), sino conceptos asociados a dicha marca: valores es un concepto espléndido por la carga emocional que conlleva. Buena gente jugando buen fútbol (y ganando). Pero la asociación de marca y concepto está sujeta a dos riesgos: el incumplimiento y el abuso. El Barça ha abusado del concepto hasta la extenuación, empleándolo para todo, del derecho y del revés, como justificante de un patrocinador, de un error o de cualquier arrebato. Estrujado hasta la última gota, el concepto está entrando en el terreno del chascarrillo y no hay peor noticia que esa: quemar tu propio concepto.

Los incumplimientos no ayudan. Explotado el concepto, también resultó visiblemente maltratado, alguna vez sobre el césped y nada menos que por el propio palco, lo que no deja en buen lugar las palabras pues empiezan a parecer huecas porque más que proclamarlos, los valores hay que cultivarlos.

viernes, 8 de marzo de 2013

Teoría poscolonial


Por un instante invade la desolación. Está bien, van 4 fechas, no es para balearse en un rincón. Pero cuando la pelota pica y entra, y es el tercero de Colón, dan ganas.

Estudiantes mejoró notoriamente. Claro, ante un rival muy limitado, atravesando una crisis muy similar a la nuestra y que empató casi sin quererlo, sin ir a buscarlo suicidamente. Lo empató, además, por un exceso de confianza de la defensa, a la cual este año no le sobra como para andar mirando la pelota en vez de siguiendo a los jugadores. Lo empató, claro, por el mal momento del Gori Silva, quien también necesita una buena caga a pedos.

El equipo, otra vez, volvió a demostrar flaqueza en los momentos importantes. Falto de andamiaje colectivo, y también falto de fe en lo que se está jugando, Estudiantes mejoró pero continúa sin ser un equipo que contagie, que insufle esperanzas a partir de su sostenido mejoramiento. Estudiantes va queriendo, pero hoy por hoy su techo no parece lo suficientemente alto con invitar al hincha a creer en un retorno a las Copas. Más bien muestra una versión emparchada de un equipo de mitad de tabla.

El problema es que hoy otro cimbronazo (es decir, un nuevo cambio de técnico, como se rumorea podría devenir de una derrota de local ante Newell’s, que llegará con un mix) resultaría probablemente improductivo, sobre todo sin un reemplazante natural. El problema está desde el inicio: el diagnóstico de jugadores (que siguen pensando en transición, a pesar de tener un muy buen plantel), técnico (de constantes volantazos que modifican solo lo superficial y aciertan y desaciertan en el mismo porcentaje) y dirigentes (que confunden estabilidad con idoneidad a la hora de decidir sobre técnico y jugadores), el diagnóstico de todos falla y lo que decanta es lo que debe decantar por lógica.

Para que Estudiantes contagie de nuevo a sus hinchas, para que vuelva a contar historias de las heroicas, habrá que esperar por una improbable revolución interna: que los gritos de Cagna le lleguen a los jugadores, que los jugadores se decidan a embarcarse en este navío así alcance la ballena blanca o naufrague. Que se termine la tibieza, que se acabe la desconcentración: los volantazos, y también algo de mala suerte, desconciertan, agotan, y deben combatirse para no acostumbrarse a la mediocridad. Para este objetivo, dos peces gordos como Newell’s y Vélez vienen mejor que dos necesitados como fueron San Lorenzo y Colón.

Estudiantes despilfarró el triunfo por su tibieza. Seguro, podrá recaerse en la inconsciencia de Jara al intentar picar lo que era el final del partido, o en la inseguridad de Silva para proteger el arco. Pero al fin y al cabo es el técnico quien debe aportar un contexto que obligue a la concentración y a la seriedad, donde nadie la pique por respeto a sus compañeros y por miedo al conductor, donde nadie se pase los minutos finales del partido “definido” deambulando, esperando el pitazo final (además debe aportar, obviamente, el contexto táctico en el cual los jugadores jueguen cómodos). Cagna, hoy, con sus idas y venidas discursivas y tácticas, no impone esa lógica. Asoma como un guía confundido, y hasta algo débil en su manejo de grupo. Su lectura del partido ante Colón fue desacertada, y ese puesto por puesto de Zapata por Carrillo pareció más el cambio de un técnico que cree que el partido está terminado a una búsqueda por apuntalar lo que el equipo comenzaba a hacer: defender y salir de contra con Auzqui, Núñez y Jara. Con el resultado puesto, la entrada de más volantes a defensores parece imponerse.

Sacar conclusiones semana a semana lleva a una gran ansiedad: se arman relatos con los resultados puestos que quizás nada tienen que ver con lo que sucede en la cancha y terminan empujando a renuncias y despidos apresurados. La salida, hoy, de Cagna, a cuatro fechas del inicio, sería idéntico a uno de los criticados volantazos del DT: un parche a las apuradas, luego de un mal diagnóstico. Sí está claro que el técnico, en lugar de continuar con sus cambios constantes, equivalentes a pasajes de boleta, debe encargarse de concientizar y potencias este equipo. Las excusas se van terminando.

Para que Estudiantes juegue por algo, para que el equipo contagie, y se contagie, para que cuente alguna historia, necesita una revolución de la cual no parece ser capaces varios de estos jugadores conducidos por este DT. Si no no habrá debacle, pero tampoco épica, ni siquiera pequeña, cotidiana, dominguera, como esas victorias de los equipos de 2004 y 2005, que gestaron el glorioso 2006: así se ganará cuando se pueda, cuando se dé, y se perderá con resignación y desconcierto. Estudiantes está en una nueva encrucijada, una más desde la partida de Sabella: en el pasado las resolvió bien. Ultimamente, no.

La máquina anti




Gritos horrorizados. Basanta, pincharrata, picapiedra: sinónimos para quienes se autoadjudican el paladar del pueblo y escriben en prosas decoradas críticas vacías desde la ignorancia absoluta. El tema futbolístico del día es la derrota de Boca, pero hay lugar, siempre, para tirarle un palito a un entrenador que da pocas razones para la crítica: laburante, callado y amparado hasta aquí por los resultados, Sabella los saca de quicio con su procedencia albirroja, renegando para colmo de su lugar de nacimiento, River. Y los molesta con sus convocatorias porque los obliga a trabajar, a investigar.

Pero no todos quieren tomarse el laburo de buscar quien es, realmente, Basanta. La crítica es quizás el lugar fundamental para la humanidad, pero también el refugio de quienes quieren aparentar conocimiento. Quienes critican la convocatoria, ¿cuántos partidos han podido ver del jugador? Figura en México, sus partidos no llegan a la televisión argentina, y difícilmente alguien se cuelgue de internet a ver los partidos de Monterrey. Lo mismo sucede de quienes hablan del presente de Sosa en Ucrania o de Montillo en Cruzeiro. Piden, en su lugar, jugadores como Icardi (lesionado), Insua (sin partidos en el Atlético Madrid), Fazio (de presente irregular), Tino Costa (buscando club). Se trata de nombres que atraviesan presentes complicados pero que son marketineros, suenan bien, a conocedor del fútbol. Pero la selección no debería ser un lugar para dar rodaje: pedirlos, desde los medios, corresponda a una falta de investigación. Otros, por supuesto, gritan desde Capital por los Sanchez Miño, los Ponzio o Lisandro López: presuponen que el fútbol nuestro, al cual vienen a morir jugadores seudoretirados y la descocen, es mejor que ligas de inversiones millonarias, como Ucrania o México. También allí hay ignorancia, pero porque la ideología nubla la interpretación: los argentinos seguimos aferrados al mito de que el fútbol es mejor acá, en el potrero, sin disciplina táctica y con el césped raído. También seguimos bastante permeables a lo que vuelcan día tras día los medios capitalinos sobre los clubes de esa ciudad, convirtiendo a pibes con 2 partidos en cracks de 20 palos.

De todos modos los jugadores listados han estado en la órbita sabelliana, que todavía tiene que convocar a los futbolistas del medio local (pedirlos hoy como crítica a supuestos olvidos representa o un error o, sencillamente, una difamación). Incluso, hubo cierto contento cuando se supo que Sabella miraba a Orban: de pasado en River, nadie discutió las pocas credenciales del jugador hoy en Tigre. El ruido proviene muy claramente desde un sector de la prensa, bienpensante y enojada eternamente con Estudiantes por la falsa caracterización que se ha realizado desde el 68 en delante de la escuela pincharrata. Los mismos medios le hicieron el juego y le dedicaron tapas y páginas a la labia lírica de Basile y Batista.

Por ello cuando convoca a Basanta la ignorancia arrogante de Capital se sorprende y pone el grito en el cielo: ¡otro pincha más! ¿Sabrán que Sabella nunca lo tuvo a Basanta en Estudiantes, que emigró a México en 2008? ¿Qué critican, además, exactamente? Entre los convocados están los nombres indispensables, y el resto, después de todo, es bastante relativo (Argentina no clasificará o dejará de hacerlo si se convoca a Insúa en lugar de Basanta) y pertinente a la labor del entrenador. Por otro lado, si el DT decide que, con un colchoncito de puntos, es hora de probar en la zona que más insegura se ve, la defensa, ¿qué hay de denostable en la decisión?

La tapa de noviembre de Un Caño
ninguneando el laburo de Pachorra
El sector aludido de la prensa, compuesto por medios disímiles como Clarín y la revista Un Caño, han criticado severamente el andar defensivo y la Messi-dependencia. Antes, pedían hacer eje a Messi a toda costa, “para que juegue como en Barcelona”. Cuando Sabella consiguió hacer que la Pulga juegue por lo menos en niveles altos con la celeste y blanca, el discurso se dio vuelta. ¿Y si se enferma Messi? La persecución ya roza el absurdo cuando, luego de meses de críticas atroces a la defensa, se critica la convocatoria de un nuevo jugador para probar en la línea. Estos periodistas parecen no saber que hay decenas de buenos jugadores argentinos, y que es la labor del entrenador probar y elegir acorde a sus conocimientos y preferencias. Pero, de nuevo, estos periodistas parecen no saber muchas cosas, o quizás se harán los tontos y elegirán continuar siendo eterna oposición, máquina anti: criticar, después de todo, es bastante fácil. Con un poco de ruido vacío se queda bien, sobre todo cuando el criticado tiene tan dudosas credenciales como pertenecer a la estirpe pincharrata.

domingo, 3 de marzo de 2013

Piloto automático



Este artículo no se propone hacer leña del árbol caído: Barcelona, ese sequoia del fútbol, seguramente se mantendrá en pie tras esta racha adversa, aunque quizás con menos esplendor, abastecido por esa cuna de identidad que es La Masía. Pero lo cierto, lo que confirman las derrotas sufridas en manos del Milan y el Real Madrid, es que hace rato ya que atraviesa una crisis de recambio que empezó, incluso, antes de la salida de Guardiola, y precipitó su salida, abrumado ante la perspectiva de modificar un grupo que le había dado tanto y ahora, entre el paso del tiempo y el agotamiento mental, necesitaba modificaciones.


Aún así, con la copia (Roura) de la copia (Tito) de Pep en el banco, la jerarquía individual culé y la inteligencia de sus jugadores, adquirida entre los días de La Masía y la conducción de Guardiola, consiguieron disimular brillantemente un andar colectivo que se desvencijaba de a poquito. El trabajo entresemana se nota, siempre, en el juego sin pelota, y el Barsa de Vilanova y Roura fue perdiendo, si no los conceptos, sí la ejecución de su fútbol integral, el que lo llevó a la cúspide de la historia del fútbol. El primer pecado de este Barcelona es su mal retroceso: los defensores, acostumbrados a jugar bien adelantados, sufren las crecientes pelotas perdidas y quedan muy expuestos, mano a mano. Hoy se logra cortar más el juego de pases del Barcelona, por disminución en la intensidad y la fluidez pero también porque los rivales se avivan. La jerarquía y potencia de sus delanteros sobra en la Liga, pero la falta de equilibrio le ha costado al Barsa su jerarquía europea: en Champions, cada gol concedido paga y la teoría de “hacer más goles que el otro” se torna una apuesta peligrosa. Cualquier equipo agrupado atrás y rápido para la contra desbarata la invencibilidad culé y desnuda falencias defensivas y hasta cierta desidia de los jugadores para romper los cercos de modo creativo: los delanteros, frustrados por momentos ante el marcaje férreo, parecen repetir jugadas de manual que las buenas defensas suelen leer e interceptar. Las combinaciones son copia de las que se practicaban en la era Guardiola, se repiten como esas fórmulas que en los viejos juegos de fútbol te permitían hacer goles (pararse delante de los arqueros, por ejemplo, en el FIFA 96), como si el equipo funcionara en piloto automático, con correcciones realizadas por Whats App.

La crisis le llegó en el peor momento: fueron 3 partidos, pero uno lo dejo al borde de la eliminación en la competencia más importante, otra lo dejó afuera de la Copa del Rey y la tercera, en manos de los suplentes del Madrid, fue, simplemente, el retorcerse de un puñal en la herida y la confirmación de que no se trata de una racha sino de una crisis. Si bien si un equipo, en toda la historia, pudo dejar de preocuparse por el rival con argumentos, ese fue el Barcelona, también siempre sufrió los planteos que lo enjaularon, sobre todo a nivel europeo, cuando la cosa se vuelve a suerte o verdad: allí están las eliminaciones de las Champions 2010 y 2012 como testimonios. La figura del antifútbol del rival como justificación moral de las derrotas, suscitada por sus legionarios, sirvió nada más que para negar un problema latente. Barcelona, amparado en estas ideas, salió a jugar como siempre ante Milan y Madrid, facilitándoles los espacios como sin prever el juego del rival, en un claro fallo estratégico del equipo del DT virtual. En tanto, ni Milan ni Real Madrid hicieron su trabajo, explotaron las falencias del Barsa pero sin abandonar la voluntad de jugar y ganar: Allegri y Mourinho, simplemente, hicieron un planteo que tuvo en cuenta al rival, contaban con los jugadores ideales para su ejecución (defensores fuertes, delanteros veloces) y así consiguieron terminar no con el Barsa, pero sí con el mito del equipo que se maneja a control remoto desde un helicóptero. El fútbol de ellos propone terminar con dicotomías añejas, que ya no sirven para analizar el fútbol, y con la moralización de los estilos de juego: lo hace jugando un fútbol que es ofensivo o defensivo según el rival y el momento; lo hace también al demostrar que Barcelona no es mágico, fruto del talento único de una generación de cracks, sino hijo del trabajo a muy largo plazo, de la inteligencia de su conductor que lejos de encorsetar la habilidad para potenciar el colectivo, hace estallar la habilidad por medio del colectivo. “Acaso lo importante no sea la libertad en sí, sino saber qué hacer con ella”, escribe Ramiro Martín en su libro sobre Messi, de próxima salida.

Lo que cae, pues, no es tanto el Barcelona como ciertos mitos que lo rodean. Lo que cae es la idea de que sin un orden y trabajo se puede conformar un gran equipo. Hizo falta que el Barsa extrañara a Pep para que el fútbol se diera cuenta que casi nada sucede por arte de magia. Si mirando al Barcelona elegimos creer en lo mágico, hoy nos desayunamos que para que surja la magia se necesita mucha, pero mucha, practica.

jueves, 28 de febrero de 2013

Quimera



El estadio torna, lentamente, quimera que amenaza con existir. Las dificultades judiciales no cesan y se suman a los problemas económicos, cuya solución, mediante “ingeniería económica” y “recursos extraordinarios” (es decir, con ingenio y sin comprometer las arcas o el patrimonio), fue el caballito de batalla electoral de la actual sede. Las promesas electorales vuelven a hacerse sobre el bidet: el club compromete directamente el patrimonio al ofrecer, como parte de pago, porcentajes de futuras transacciones de jugadores juveniles. Lejos de tratarse de un ingenioso recurso sino normal proceder del endeudado mundo futbolístico que se vuelve cada vez más rehén del sector privado, la propuesta revela por enésima vez el estado delicado de la economía del club, incapaz de encarar la construcción del estadio con recursos generados por fuera del presupuesto: porque, finalmente, Estudiantes compromete los ingresos a futuro de venta de jugadores, los únicos ingresos gruesos que es capaz de obtener por fuera de esponsoreo y televisión (que ya no alcanzan para achicar la deuda), ingresos que además son clave en el nuevo proyecto futbolístico que apunta a sanear el club, futbolísticamente y económicamente, desde el fútbol juvenil. Además, claro, se corre el peligro de sufrir la presión de los terceros en el futuro para realizar transferencias prematuras, quemando las etapas lógicas en el desarrollo de los chicos y privando al club de disfrutarlos lo suficiente.
Por supuesto, no representa ningún Apocalipsis. En el club ya juegan jugadores, algunos juveniles, con pases pertenecientes a terceros: la realidad del fútbol hoy es que luego del intento de penetración sin consentimiento que se hiciera a fines de los 90, el reino de lo privado ha conseguido lubricar la zona para ingresar con el permiso de los supuestos protectores. Ideologías aparte, el fútbol millonario de hoy difícilmente puede sobrevivir sin los aportes de terceros, y esa supervivencia se hace, muchas veces, a cuesta de los intereses de los clubes, que ven estrellas fugaces lucirse por instantes con su camiseta para luego verlo partir casi sin beneficios. Se trata de un vaciamiento sistemático que debería recibir oposición férrea, indiscutible, hasta legislativa, para evitar un ya palpable empobrecimiento de clubes y del fútbol argentino todo. El caso de los porcentajes en Estudiantes no es entonces más que un síntoma de un fútbol enfermo, demasiado endeudado para ser soberano: una raya más al tigre.
Se vuelve polémica la columna: ¿vale todo con tal de hacer el estadio? El presidente Lombardi empuja para hacer el estadio. Es demasiado apresurado decir que lo hace “a toda costa”, pero sí está claro que está dispuesto a resignar, a volver grises, algunas de las propuestas que había declamado en su bella pancarta electoral. El socio debe permanecer a la vigilia: no embelesarse con la quimera del estadio, que tantos dolores de cabeza ha causado a tantos clubes, y proteger, primero, a la institución. Las quimeras, no debe olvidarse, tienen tres cabezas y vomitan fuego.

sábado, 23 de febrero de 2013

El paciente está complicado



El eufemismo médico que titula esta opinión le calza perfecto a Estudiantes: poco puede decirse de su porvenir, pero es difícil ser optimista. EL diagnóstico sigue errándose, las elecciones previas al partido siguen siendo apresuradas, impulsivas, y así Estudiantes sigue sin rumbo.
La falta de fe en los planes del DT ya se hace palpable dentro de la cancha: uno tras otro se suceden los goles sobre la hora, ya desde el torneo anterior, evidenciando que aún en aquellos momentos, hoy lejanos, donde la defensa engranaba y se ofrecía como el mejor argumento para sostener al equipo, que Estudiantes se calza el overol, decide jugar a dientes apretados, morder y defender la valla, pero no solo por errores tácticos está lejos de conseguirlo. Las distracciones defensivas en cada balón detenido son claras, el mal momento de Silva inobjetable, pero falta también cierto compromiso colectivo para defender lo ganado.
Por supuesto que, además, el equipo juega al fútbol a kilómetros cada jugador del siguiente; que Cagna, de volantazo en volantazo para demostrar no se qué autoridad, no sólo no da en la tecla sino que le quita confianza a los jugadores, que cambian de posición, entran y salen y nunca pueden afianzarse individualmente o colectivamente. Sufren más los encargados de la creación, que con sólo correr no consiguen nada: sin sociedades de apoyo, quedan reducidos a maniobras individuales excepcionales. Y son apuntados por el DT cuando el equipo no funciona al fútbol, en lo que es un clásico mal diagnóstico que confunde síntoma con causa de la enfermedad.
Los 28 puntos del Inicial 2012 fueron el argumento más importante para darle continuidad al ciclo Cagna, que nunca pudo sostener en el tiempo los pocos momentos de vuelo futbolístico asociado. Gran parte de la cosecha se debe al gran momento que tuvo Duvan Zapata, hoy algo desinflado, y a una defensa que hoy luce desconocida. Cagna, en estas tres fechas, ha decidido cambiar, a veces por lesiones, varias veces el formato de la línea defensiva: 3 con Angeleri, 3 con Desábato, 4 con Angeleri de lateral. Al buscar la solución la disuelve, por no darle a la línea de atrás tiempo para el acople: esta desnaturalización la ejerce el técnico en todas las líneas, sacando y poniendo a Román Martínez, el chivo expiatorio también de los hinchas que hacen bullying sobre el nuevo (para colmo de un estilo poco remunerado por el pincharrata), moviendo a Gelabert, usando a Iberbia de lateral-volante. El torneo no es lugar para experimentar: Cagna se pasó toda la pretemporada ensayando un esquema con un once inicial, y antes del arranque empezó a cambiar. El momento para buscar era en el verano, y no ahora, sobre la marcha y a los parches.
Tras criticar públicamente a los jugadores (y pedir disculpas, en una movida que generó primero el rencor en el vestuario y luego el desrespeto, al retractarse) Cagna continuó culpando a sus jugadores del mal andamiaje: el peso de la falta de creación recayó en Martínez y Fernández, relegados, y durante los encuentros el DT solo apostó al cambio puesto por puesto, leyendo no una falla estructural sino malas actuaciones individuales. Entre tanta movida, el plantel continúa lógicamente sumido en el malhumor y el mal nivel individual: sin jugadores capaces de cambiar la ecuación (no lo son, hoy por hoy, Zapata, Martínez, Fernández, Núñez, Auzqui o Jara), el Pincha depende de lo que regalen la suerte o el rival.
Que Cagna es un DT que labura no cabe duda. Que sus cambios de parecer constante hacen mella en el equipo, cada vez más descreído del objetivo, también parece claro. Sus volantazos, más que mostrar carácter para conducir, desvelan un desconcierto. Los jugadores, mientras se suman las frustraciones dentro de la cancha, dudan, descreen del rumbo señalado por el conductor. Y este descreimiento es fatal.
Por cierto, el empate sobre la hora de San Lorenzo se basó más en una distracción defensiva, difícil de entrenar en la semana aunque reveladora en cuanto al grado de compromiso, que en un mal partido o en mala actitud de los jugadores. El equipo ha decidido recomponerse, y sufrió, sencillamente, la consecuencia de depender más del azar que de sí mismo. Y no tanto, como se declamó al unísono en una campaña para sacarse la presión tras el mal comienzo, de una supuesta falta de jerarquía: el fin del champagne es real, la fiesta se terminó, pero en el fútbol argentino este equipo tiene más plantel que muchos y mucho más para dar. Debería pensar en entrar en las copas antes que en echar al DT y sumar puntitos para el futuro. Ambiciones así de frustradas tampoco aportan al entusiasmo grupal de un equipo que quiere vestirse siempre de contendiente y le terminan faltando cinco pal peso.
El desenlace de la salud del paciente depende, básicamente, de su capacidad de lucharla. Cagna y Estudiantes deben pelear, partido a partido y semana a semana, por ser algo mejor que esto. No deben intentar emparchar esta versión deslucida, lo cual llevará nuevamente a una irregularidad insoportable, sino dar un salto de calidad. Imposible conseguirlo en dos o tres fechas, pero sí en cinco: pero para eso, se necesita que todos los marineros estén a bordo de un barco que atravesará mares peligrosos, rumores de renuncias y despidos, jugadores relegados. Si perseveran los egos mancillados de esas situaciones, el barco naufragará inevitablemente; si las dificultades hacen la unión, estaremos ante otro Estudiantes, un equipo capaz de contagiar y esperanzar.

jueves, 7 de febrero de 2013

Cuando se pifia el diagnóstico...

Cagna evalúa cambiar. Trabajó durante toda la pretemporada con un equipo pero, falto de reflejos, parece decidido a probar en el primer encuentro del año por los puntos y no en los cuatro amistosos de pretemporada. El equipo no terminaba de cerrar aún tras sus tres victorias en los partidos de preparación pero, como suele suceder, fue la derrota ante su gente con San Lorenzo la que encendió las alarmas.

Cagna determinó el ingreso de Leonardo Jara por Román Martínez: Jara pasará a la derecha, y Gelabert, tras seis meses, jugará en su puesto predilecto. El correntino ha mostrado frescor en sus arranques y más vértigo que Gelabert, que es un jugador más cerebral: a priori el enroque debería ser positivo.
Pero, ¿cuánto puede cambiar las cosas Jara? Hace unos meses publicamos una columna de opinión sobre la falsa culpabilidad que recaía sobre Román Martínez: era el responsable de todos los males, en lugar de un eslabón más de una cadena deficiente. El problema de fondo continúa: Estudiantes ataca con absoluta previsibilidad, marcando goles solo por errores ajenos o iluminaciones que, en el actual plantel, no son tan habituales. Y se recae, en la tribuna y en el banco de suplentes, en un jugador o en un esquema como problema.
Estudiantes atacó el año pasado con un esquema que permitía jugar con tres delanteros, y que resultó en definitiva en un equipo con muchísimos problemas para defender los costados. El pasaje a un 442 implicó reforzar las bandas, cubiertas ahora por un lateral y un volante, pero debería implicar a la vez una profundización del problema en ataque de Estudiantes, es decir, de lo previsible de sus ataques, que son prolijos pero lentos y abusan de la apertura y el centro. Román Martínez, en este sentido, no pudo cambiar el ritmo, pero toda la responsabilidad recayó siempre sobre él. Gelabert, además, es un jugador de similar tranco, y la posición de ambos en cancha, al lado de Braña, los aleja del área, lugar donde Martínez, con su pegada y su pase entre líneas, ha causado, aunque más no sea esporádicamente, real daño.
El cambio de esquema responde a la vez a la vuelta de Angeleri y Ré, que permiten la conformación de una línea de 4 sin improvisar (recordemos que Modón no es del paladar de Cagna, que no contó durante la temporada anterior con un lateral/volante derecho), y a una predilección del DT por el 442, sistema táctico caracterizado por su solidez y que gracias a la versatilidad de sus jugadores opera como base a infinitas variantes durante el partido: armar línea de 3 adelantando a Angeleri, jugar con tres delanteros cambiando un volante por un punta, jugar con enganche. Siendo que el funcionamiento defensivo (con línea de 3) fue de lo mejor del equipo en la segunda parte de 2012, y que la falencia principal durante ese período fue la falta de sorpresa, el cambio de esquema puede resultar, en realidad, un error.
Cagna diagnostica además que la ejecución falla por un solo jugador, Martínez. Clave, sí, Román es un eje fantasma por momentos. Incómodo y todo, aportó poco fútbol pero mucho gol, pidiendo por favor que se lo adelante en cancha, enganchando a Fernández y Zapata y corriendo del equipo a un mimado de Cagna, Núñez. La disposición táctica condiciona la ejecución pero no la determina: Martínez, en medio de su adaptación, de los murmullos y la incomodidad, se dejó abrumar y probablemente sea esa actitud frustrada la que lleva a Cagna a sacarlo, incluso para despertarlo y protegerlo.
La cuestión es que el diagnóstico vuelve a recaer en un solo jugador, y no en el funcionamiento global, en la disposición táctica, en el modo en que se practica la ejecución, en que se forman las sociedades aún ausentes tras seis meses de Román. Martínez merece tomarse un respiro de la titularidad, pero no ser señalado como el culpable de todos los males. Cagna erra al cambiar de esquema a días del inicio, luego de practicar con el 442 todo el verano: error obvio, parche improvisado que revela además la falta de variantes practicadas en la pretemporada. Se queda en timidez, al insistir con jugadores parejos, quizás rendidores y dúctiles, pero que no cambian la ecuación, y marginando a aquellos que tienen el talento para romper defensas en un fútbol cerrado y en un equipo demasiado lento en la transición defensa-ataque. Y al marginarlos, al dejar en el banco a Román, al insistir con sacar a la Gata, erra también al recargar las tintas en los ejecutores individuales y no en la ejecución colectiva: se descarga así de la responsabilidad de hacer sentir cómodos a los ejecutores y conseguir un fútbol que fluya, y entonces se desentiende de la búsqueda de soluciones estructurales. Cuando se falla el diagnóstico, cuando no se ve el problema, difícil que la cura sea la adecuada.

domingo, 3 de febrero de 2013

Nostalgias



El fútbol argentino, como el cine de Hollywood, ha perdido la inventiva y anda de remake en remake, añorando tiempos que imagina mejores. Vuelven cracks rotos y apaleados en ignotas ligas, y vuelven con todo un cuento detrás sobre la imposibilidad del jugador de seguir viviendo sin el club de sus amores, que justifica los sueldos dolarizados que perciben en los seis meses que se quedan a préstamo. Vuelven por esa cosa conservadora del fútbol argentino, de creer que todo tiempo pasado fue mejor, que los pibes de ahora no tienen sangre. Vuelven para remediar la crisis de identidad que atraviesan todos los clubes, compuestos por un batallón de jugadores a préstamo, un puñado de tipos que llegan de otros clubes y alguno nacido en la cuna, que es lo suficientemente malo como para no ser transferido a un futuro mejor. Vuelven con el aval de todos, porque son los héroes de la infancia, porque siempre se vuelve al primer amor.

Igual de efectista resulta el retorno, anunciado en los medios hasta el cansancio, de los DTs que supieron dar gloria a los devaluados equipos capitalinos. Primero regresó Gallego a Independiente; luego desembarcaron Ramón y Bianchi en River y Boca. Todos tienen en común un rico palmarés que les da una envidiable espalda para afrontar la tormenta, y además una caudillesca confianza en sí mismos, un aire de que nada puede salir mal con ellos arriba del barco, necesaria para levantar los alicaídos ánimos de los equipos de Capital Federal.

Ocurre que el saco de técnicos se agota pronto. Los dirigentes meten la mano en la bolsa de los técnicos jóvenes, jugadores retirados recientemente, si les parece que el momento pide frescura. La nueva camada de entrenadores, muy atractiva desde los discursos y el marketing y saludable aire fresco al desfile de entrenadores demasiado viejos para comulgar con las nuevas generaciones de jugadores y sin ideas novedosas, no ha resultado demasiado efectiva. U entonces, con el fracaso de un ciclo consumado, los dirigentes apuestan, entonces, a lo “seguro”, toman decisiones sin importar los costos económicos que los salve de la crítica: meten en la bolsa de los históricos, de pasado lejano en el verde césped, larga trayectoria generalmente irregular como técnicos pero, generalmente, cierta identificación con los colores o los momentos de gloria. No se busca nunca por fuera de estas opciones existentes, creándose una red de técnicos que van pasando de un club a otro, pidiendo trabajo en sus meses de desempleo en los canales de cable.
En Europa, mientras tanto, hace rato se abandonó el mandato de contratar ex jugadores y se amplió el criterio de búsqueda: Mourinho, por ejemplo, es profesor de educación física especializado en ciencia del deporte, y arribó al fútbol grande como intérprete de Bobby Robson en Sporting Lisboa, Porto y su odiado Barcelona, donde ya era más que un mero traductor. Su supuesto sucesor, el portugués André Vila Boas, tampoco jugó nunca de modo profesional, arrancando su periplo como observador para Robson y asistente de Mou, para conseguir con jóvenes 21 años el cargo de entrenador de la selección nacional de Islas Vírgenes. Rafa Benítez, uno de los DTs más intelectuales del juego, quien aplica matemáticas y hasta ajedrez al análisis del deporte, jugó de modo amateur. Brendan Rogers, hoy DT de Liverpool y el encargado del ascenso de la sensación de la Premier, Swansea, jugó hata que una lesión lo detuvo a los 20 años. Arsene Wenger es otro caso testigo: de carrera irrelevante, se transformó tras 12 partidos en primera en un entrenador loado por el economista Stefan Szymanski y el periodista Simon Kuper por su uso de las estadísticas para contratar jugadores mediante recursos limitados y tomar decisiones que mejoran la calidad del juego. El Loco Bielsa, en Argentina, es el ejemplo de lo que hoy se busca en Europa: no tanto una carrera consagratoria o un estatus de ídolo, sino una planificación integral del juego, obsesiva, científica.
Pero en Argentina preferimos la endogamia, no abrir el juego y continuar con la creencia de que el fútbol, arte misterioso, es un conocimiento que no se puede aprender sino dentro de la cancha, por osmosis y experiencia. La apelación a la magia como solución es una característica saliente del pensamiento mesiánico argentino, y más cuando de fútbol se trata: la epítome de ese modo de operar ha sido, sin dudas, la convocatoria de Maradona, un DT sin lauros y con muchos papelones en su haber, para dirigir al seleccionado de cara al Mundial 2010. Una apelación a la mística vacía de contenido, basada en juntar al más grande con su heredero como si de una fórmula alquímica se tratara.
El regreso de Biancho y Díaz son síntomas de la falta de ideas en el fútbol argentino: sin estudio, abonados al cuentito mágico y folclórico de que el trabajo destruye la inspiración y la mecanización aburre, se recae siempre en soluciones mágicas y se espera, en definitiva, la salvación de alguna inspiración individual (ya sea en la cancha o desde el banco de suplentes). No implica que vayan a fracasar (son, después de todo, técnicos vivos con experiencias muy positivas en su haber) pero sí explican la boludez de echar a Falcioni, el único DT que logró domar el vestuario y conseguir resultados en los últimos 5 años en Boca: pero el coro, jugadores e hinchas, pedía a gritos su destitución, y los dirigentes, por no enfurecerlos, siempre esclava de la caprichosa dictadura digitada desde los medios, prefirió darles el gusto. Vuelven Carlos Bianchi y Ramón Díaz. Vuelven a salvar a sus clubes.

domingo, 20 de enero de 2013

El fútbol argentino, enfermo de grondonismo




¿Para qué existen los seleccionados juveniles? Tienen poco de formativo, dados los plazos cada vez más cortos en que juegan los torneos, tiempos siempre presionados por los equipos que los ceden. 

Sólo durante los días de Pekerman pudo Argentina conformar un equipo con cierto sustento y una coherencia a lo largo del tiempo, producto de un proyecto que buscaba lidiar justamente con un sistema que atenta contra el largo plazo, a través de la selección temprana de una base de juveniles y la transmisión de ciertos valores y modos de juego a ese grupo.

Tampoco ofrecen roce internacional. Las selecciones a menudo se componen de jugadores ya profesionales, algunos incluso pateando en Europa. También, en el otro extremo, suelen rellenar el plantel varios ilustres desconocidos (un tal Messi estuvo ausente, por ejemplo, en el Sub 17 de 2003). En definitiva, lejos de ofrecer un fútbol colectivo de alto nivel, se depende de dos o tres talentos precoces, a menudo también ellos luego desaparecidos del mapa futbolístico (para repasar el mapa de figuras que luego hicieron papa en Primera, nada mejor que revisar En una baldosa). Sin dudas en Argentina una de las problemáticas en este aspecto es el trabajo disperso de los seleccionadores, poco metódico, basado más en videos, intuiciones, conejos, favores y el inflador mediático que en las caminatas por céspedes remotos, la observación profunda y datos mensurables.

El espectáculo de los torneos juveniles existe, sencillamente, porque es rentable: una especie de hipermercado de promesas al que se acercan agentes, dirigentes, clubes y esponsors en busca de baratas. Escribió Ernesto, hace unos días, en La Redó: “FIFA organiza cada dos años mundiales juveniles en lo que sería más bien un encuentro de multinacionales que se juntan a darle una mano a federaciones afiliadas que esperan estos eventos para asomar un poco la cabeza. Toda la maquinaria de sponsors de la entidad madre del fútbol mundial llega a un país determinado y configura una entelequia que tiene el tinte de campeonato mundial, disfrazado con que estos pibes son el futuro y demás estratagemas para vender el certamen. De formativo no tiene nada, las selecciones más importantes van todas con jugadores profesionales que por lo general ya tienen un buen fogueo en alguna primera división. En otros casos se los acerca al mundo del juvenil a quienes están realizando una carrera en el exterior tal vez como miedo a que más tarde se lo sople alguna federación. Finalmente, se trata de una gran convención de representantes con dirigentes donde se arma una gran barata y empiezan a repartirse videos con grandes jugadas de determinados jugadores, como si fuera una feria de la promesa a vender, a ver donde se coloca a tal o cual. Lo deportivo en un mundial juvenil queda en un segundo plano, casi no se ven grandes equipos, los pibes de hoy se interesan muy poco por el fútbol y están llamados a ir a cumplir, destacarse para asegurarse una venta o un buen contrato y poco más que ello.”

Ante este panorama no es de extrañar, entonces, que la parada haya sido copada por Grondona, sus hijos y algunos obsecuentes útiles. Bajo la consigna de desembarcar a la generación del 86 en la Selección, imaginando una transmisión por ósmosis de la mística de aquel equipo, ocuparon cargos clave en el presente y el futuro del fútbol argentino con amigos sin demasiado en sus currículum, y generalmente, sin nada en cuanto a manejo de juveniles, trabajo completamente distinto a la dirección técnica.
Trobbiani no tiene demasiada culpa. Allegados a Mandrake dicen que laburó como pocos; los detractores de este modelo improvisado dicen que convocó, como hicieron predecesores y contemporáneos a él, a través de videos que le acercaban. Sea cual sea la verdad, lo cierto es que el DT del Sub 20 estaba lejos de ser idóneo para el puesto. Entre sus trabajos figura apenas un modesto antecedente en el mundo juvenil, la coordinación de las divisiones juveniles del Hércules en 2005, y una serie de trabajos menores como entrenador. Las situaciones de Perazzo, quien no clasificó al equipo a Londres, y Lemme, actual DT del Sub 17, son similares. 

Desde AFA, con Julio Grondona como responsable, más allá de ese tibio intento de deslindarse (“Ya estoy grande, no puedo estar en todo, del Sub 20 se encarga Humbertito”) y su hijo Humbertito, a quien Don Julio puso en un puesto crucial con la única credencial de ser su prole, desarrollaron tras la salida de Pekerman en 2006 un sistema casi mafioso, basado en dádivas y favoritismos. Uruguay, en tanto, calcó el modelo de José, hoy exitoso DT en Colombia, y sacó agua de las piedras. Argentina no siembra en el desierto: a pesar del modelo grondonista de juveniles, la Selección sólo pasó algunos papelones mayúsculos. Muy pocas federaciones trabajan con algún método en el nivel amateur, y muy pocos países cuentan con la cultura futbolística que existe en cada rincón de nuestro país. Pero el “proyecto” de Grondona atenta contra las chacnes de éxito, las disminuye notablemente. Al ubicar como seleccionadores a personas sin capacitación en la captación de talentos, construye cimientos frágiles para el resto del edificio. Sin un proceso piramidal como el que edificó Pekerman, o como La Masía, que marque una línea desde la primera juventud en adelante, y con técnicos sin lauros a cargo, que poco aportan a potenciar los talentos, Argentina afronta los torneos juveniles dependiendo exclusivamente de sus individualidades, que muchas veces van a estos torneos preocupados por una lesión que los retrase en su llegada a primera, o pensando en mostrarse para ser vendidos al fútbol europeo.

La Argentina juvenil queda entonces presa de la suerte. Un grupo complicado, un par de partidos donde las estrellitas no se hallen y chau. Para colmo, cansados de ser cenicientas durante la era Pekerman, un fenómeno que también atañe a los seleccionados mayores, el resto de los equipos americanos ha desarrollado buenos proyectos de fútbol base que comienzan a dar sus frutos. Los rivales, antes aficionados de notable verdor, hoy son ya jugadores profesionales, e incluso hay algunos “europeos”. En este sentido, este proyecto grondoniano, dominado por la improvisación y el laissez faire, representa una absoluta subestimación del resto de los equipos, y también un insulto a lo que estereotípicamente se piensa como “la cultura del 86”.

La eliminación del Mundial Sub-20 no afecta la salud del fútbol argentino. Se trata de un resultado coyuntural que en nada incide en el futuro de la Selección mayor, que funciona, lamentablemente, aparte, sin articulación con los juveniles, y que se nutre con lo que producen no los seleccionados juveniles sino los clubes, que viven en gran parte de la venta de jugadores. Según un informe publicado en el diario Perfil, la venta al exterior se ha mantenido, aunque eso quizás no hable tanto dela demanda de futbolistas argentinos sino de la apertura de nuevos mercados europeos, asíaticos y hasta americanos. De todos modos, sin caer en cegueras nacionalistas, Argentina sigue produciendo materia prima codiciada y permanece entre los países importantes del mundo futbolístico, más allá de un crecimiento de los países periféricos y muy por encima, por ejemplo, de su posición en el mapa geopolítico del mundo.

Quizás no haya que caerle a este seleccionado. Jugadores y hasta el DT son meros eslabones en una cadena suelta en la matriz. La eliminación no constituye una vergüenza, una mancha para el prestigio de las selecciones, sino sencillamente un resultado futbolístico fruto del azar y consecuencia de los desmanejos de un ciclo que se agota. El verdadero peligro para la salud y el prestigio del fútbol argentino es Grondona, su permanencia en el poder, desobediente a la necesidad de recambio, y demasiado culpable de descalabros, corrupciones y muertes como para continuar esgrimiendo el lema del anillo. En la corte de un Grondona debilitado y alejado, según sus propias declaraciones, de la toma de decisiones, sus bufones y secuaces se congracian con él esperando la repartija las migajas del poder que alguna vez acumuló de modo mafioso y monopolizó orgulloso. Hipnotizados por el anillo, atentan, en su conspiración por empoderarse, contra el fútbol argentino, y descuidan por armar alianzas y posicionarse mediante amiguismos, el bien preciado, el fruto de millonarios ingresos de marketing y la fuente de orgullo de Don Julio: la selección argentina.


viernes, 14 de diciembre de 2012

Poder, política y porvenir


Para Solos Contra Todos



Verón regresó al club y sin hacer nada ya se nota su presencia. Rápidamente las declaraciones de la semana pasada del Chapu Braña en relación a sus dudas por renovar quedaron atrás, se vuelve a encaminar una extensión del contraro de la Gata Fernández y hasta Justo Villar, quien muchos hinchas ningunean, reconoció sentir cierto contento por la presencia de su ex compañero, cuya primera función es sin dudas restablecer el puente entre dirigentes y jugadores. Como director de fútbol su función diferirá de aquella que desempañaran Azconzábal y Romeo, pues estos solamente se encargaban del fútbol profesional: la idea de la Brujita es una reforma integral del fútbol todo, base y primera. Sin embargo, con el proyecto de juveniles, principal argumento para el desembarco de menor, aún en elaboración, y el desplazamiento de Pachamé, responsable del fútbol joven como ganador del concurso realizado a principios de año, todavía envuelto en un manto de dudas, el primer trabajo de Verón ha sido y será apaciguar las aguas y volver a dar voz a los futbolistas, que sienten que esta comisión, entre tanto campeonato económico, ha realizado esfuerzos insuficientes para mantenerlos con la casaca pincha. Incluso, dice el off, insuficientes de manera voluntaria.


La llegada de Verón se da, entonces, en un contexto más engorroso que el primer párrafo. El manejo de la CD al respecto, prácticamente echando sin echar a Pachamé a través de los medios, realizando el anuncio de la llegada de Verón sin dejar en claro cual sería el destino del volante campeón del mundo, ha sido por lo menos irrespetuoso, pero sobre todo contradictorio: meses nomás hace que se anunció el famoso concurso para dejar de poner amigos e hijos de vecino en un cargo tan fundamental como el manejo de los juveniles; hoy, sin concurso y con un proyecto aún crudo, asume Verón. Que Pachamé haya ganado, como se dijo en aquellos días, por pura chapa, es difícil discutirlo: su trabajo este año, complicado por cuestiones de salud, no resultó sino una continuación de las políticas erráticas, del laissez faire, que fueron lentamente secando el semillero. Pero resulta difícil discutir también esta imposición del proyecto Verón sobre uno elegido en un marco de supuesta elección estudiada: cortar un proceso pensado a largo plazo, a meses de comenzado, no parece haber provocado demasiado resquemor en la Comisión Directiva, aún si fue en perjuicio de una gloria absoluta como Pacha. Es sencilla la razón de este atropello: la cúpula gana mucha paz, puertas afuera con los socios (y con el propio Verón, quien se había convertido en un fuerte crítico del gobierno de Lombardi) y puertas adentro con los jugadores, gracias a la llegada de la Brujita.

La movida tiene mucho de político, pero no debe quedar reducida al provecho a corto plazo que la sede extrae de la vinculación de la Brujita al grupo de trabajo. Ese pensar dicotómico propio de los relatos construidos por la política, que determina el mundo pincharrata dividido en un hemisferio veronista y un hemisferio antiveronista, termina por aniquilar los argumentos y el pensamiento crítico: en rigor, el proyecto de Pachamé asomaba como poco novedoso y deficiente para revertir el déficit canterano, mientras que el de Verón, aunque sin garantías ni documentos que respalden la idoneidad de la Brujita y su proyecto para el área del fútbol juvenil, resulta al menos una idea ambiciosa que apunta no solo a terminar con el déficit sino a edificar a largo plazo una cantera que le de a Estudiantes una ventaja sobre las poderosas billeteras de los demás equipos. Ideas para vencer las desventajas genéticas de ser un equipo provinciano con dificultades para conseguir fondos y, por ende, contratar jugadores: “Hay que darle una vuelta más al fútbol, como hizo Zubeldía”, dijo Verón en su presentación, y hacia allí apunta su proyecto.

Estudiantes cambió el fútbol una vez. Hermanó la inteligencia en la cancha con la inteligencia en los escritorios, y construyó desde la nada un equipo que desafió todos los límites. Un equipo chico le ganó en Inglaterra al más poderoso del mundo y fue rey. La reproducción y recreación de las ideas de Zubeldía viven en el club y garantizaron que los éxitos, aunque espaciados, continuaran: pero Estudiantes tuvo muchas más dificultades para proseguir por la senda dirigencial de Mangano. El modelo futbolístico le dio a Estudiantes una ventaja sobre sus rivales, aún rehenes de la oscuridad mágica que rodea al fútbol; el modelo dirigencial, en cambio, a menudo reprodujo los vicios de los dirigentes argentinos: desde lo estructural, Estudiantes perdió esa ventaja de pensar más allá.

Valga una aclaración: ese “gran negocio” que supuestamente es el fútbol, es conveniente solo para futbolistas y representantes. Los clubes de todo el mundo penan para pagarle a sus jugadores, temen campeonar por el pago de premios y, año tras año, son obligados por hinchas, medios y urgencias a comprar una decena de jugadores que vendan camisetas, entradas y que quizás lleven al ansiado y temido campeonato. En Argentina la situación se reproduce pero de una manera más lastimosa: los dos o tres refuerzos de calidad se los disputan por cifras que no pueden pagar dos o tres clubes, y el resto vende lo bueno para traer mucho a préstamo, terminando con el patrimonio del equipo. En seis meses, el equipo pierde a sus futbolistas prestados y se ve en la obligación, otra vez, de conseguir barato y a préstamo algo para tirar en la cancha. Un círculo vicioso que sirve para explicar someramente las deudas estratosféricas de los clubes de acá y allá.

En este contexto, fueron varios los ilustres presidentes que consiguieron acompañar procesos deportivos exitosos con viveza y, como explicó Verón en la conferencia de prensa, capitalizar los éxitos. La comisión directiva que concluyó el año pasado su mandato, sin embargo, tuvo un año final donde hizo todo para descapitalizar, por el afán de conseguir un último trofeo, y se fue dejando un rojo apabullante que obligó a la CD a retrasar el inicio de sus proyectos en carpeta para emparchar varias áreas del club. Con más intenciones que obras hasta el momento, Lombardi se embarca ahora en una doble caza de la ballena blanca: avanza a paso lento con el estadio, deuda identitaria de la década pasada, y se sube ahora a una revolucionaria transformación en el fútbol base, a través de la cual intentará, como Zubeldía, como propone Verón, cambiar las reglas de juego y volver a ubicar a Estudiantes, contra todo pronóstico y contra la lógica actual del fútbol, en lo más alto.

Las ideas de Verón implican en primera instancia la costrucción temprana de una identidad futbolística e ideológica del juvenil: tomado de las ideas de La Masía y de Borussia Dortmund, cambiaría completamente el paradigma imperante al dejar de necesitar de figuras caras y ajenas al club, suplidas por lo producido que, aunque no fuera de calibre crack, conocería a la perfección las ideas de juego del equipo de primera, replicada en cada práctica de las divisiones inferiores de cuarta a novena. La adaptación sería así más fácil que actualmente, donde muchos tocan primera pero pocos se establecen. Como segunda herramienta, aparece la formación conceptual en el fútbol de los chicos, que hoy, en todos los clubes, se dedican solo a jugar sin entender, algo que atenta contra el ADN pincharrata. Esta educación teórica acabaría con un divorcio de décadas entre las ideas y las acciones en el fútbol, a la vez que daría a los cientos de chicos que no llegan a jugar en primera la chance de comenzar una temprana carrera como técnicos: Verón propone el fortalecimiento de esta posibilidad al plantear que el club debe generar no solo sus propios jugadores, sino también sus propios técnicos y dirigentes, capacitados también para caminar la misma vía pretendida en el proyecto.

Se trata de una idea integral, cuya complejidad la volverá de efecto lento y la convertirá en víctima de obstáculos, sobre todo de miradas que resisten el cambio de paradigma. La primera oposición ya ha surgido en el vox populi: la cuestión de las formas no es un tema menor, ya que la profesionalización de diversas áreas, propuesta por Lombardi primero y por Verón puntualmente en el tema fútbol, constituye un divorcio inevitable con el modelo social que tienen los clubes en Argentina. No es un gerenciamiento, como proponen los apocalípticos de siempre, intencionalmente, buscando construir siempre los bandos pro y anti. Las bases del modelo veroniano, es cierto, son el fútbol europeo, privado y cada vez más similar a las franquicias norteamericanas, y el proyecto llevado a cabo por Pepe Sánchez en el basquet de Estudiantes de Bahía (hoy Weber Bahía), que separó de hecho su operativa social de su operativa profesional. Las razones para defender este cambio de paradigma son entendibles, cuanto menos: manejar presupuestos millonarios con personal que muchas veces ni siquiera está capacitado ha resultado muchas veces peligroso para los clubes y, casi siempre, poco efectivo y nada lucrativo. Sin embargo, puntualmente, no se han planteado reformas mayores en la estructura y mucho menos una tercerización de las tareas en casi ningún aspecto ni de parte de Lombardi ni de parte de Verón: Estudiantes continúa siendo un club donde el socio tiene la última palabra.

Los cambios, de todos modos, siempre generan desconfianza. El viejo modelo asociacionista es defendido sin dudas con cierto romanticismo folclórico y requiere de una actualización; la actualización no tiene por qué implicar una privatización, ni, por supuesto, debe implicarla. La justificada desconfianza del sector privado, de manejos muchas veces corruptos, de compromiso laxo con la institución y sobre todo de cierta presencia carroñera en la década del noventa, ha sin lugar a dudas frenado la aplicación de rigor profesional en áreas que van desde el marketing, altamente deficiente en el fútbol argentino, hasta el manejo del fútbol juvenil, y estos sectores han recaído en las manos de personas de la cúpula, o cercanos a los altos dirigentes, o ex jugadores, que han mostrado interés, pero que han demostrado ser menos que idóneos. La discusión, como se ve, es de una complejidad tal que obliga a un debate mucho más serio que el planteado por el presidente a través de los medios, y es en esa puja, en el equilibrio entre el club social y el fútbol profesional, que se decidirá el porvenir de Estudiantes, su nueva fisonomía. Hasta ahora, sin embargo, han primado por sobre el debate las luchas de poder que desvelan a todos y las divisiones políticas que desgarran el club: el famoso puterío.

A Verón no se le deben dar las llaves de Estudiantes: sus ideas no son indiscutibles ni mucho menos, y su inexperiencia en el área dirigencial y la pasada asociación con Miguel Pires, causante de varios dolores de cabeza, invitan a controlar sus procederes. Pero esto es otra cosa, y no deben mezclarse los tantos solo con el fin de desprestigiar. Verón intenta construir un club aggiornado a los tiempos: los primeros pasos que anunció son absolutamente alentadores, y lejos de privatizar el área juvenil proponen construir, realísticamente, científicamente, una cantera que abastezca los equipos y las arcas del club. Se aplaude, además, que el período en que se constituyó en un obstáculo al crecimiento, criticando desde afuera, haya sido corto, y se ovaciona que, con todo para perder, haya asumido una enorme responsabilidad por sus ganas de llevar a Estudiantes a lo más alto. Se trata de algo mucho más coherente con su personalidad que esos meses de rencillas mediáticas: Ahab, el eterno romántico, el de la mirada torva y sangrante en plena final libertadora, encontró su nuevo desafío: revolucionar el fútbol contra, una vez más, ciertos prejuicios romanticones.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Rastrojero y después


Para Solos Contra Todos



Un 12 de diciembre Estudiantes conseguía un título puro ADN Pincha: sin delantero de área, con un esquema pergeñado desde la necesidad y perseguido por un equipo mediático y lujoso, se recuperó de su subcampeonato anterior con un título que tuvo todos los visos de una elegía. Porque el capitán sufría dolor cada vez que pisaba y no podía completar los partidos, porque el equipo se había desarmado, porque todos envejecían. Y porque, finalmente, aquel fue el último campeonato de Sabella.

Las razones concretas de la salida abrupta de Pachorra, en plena pretemporada, nunca fueron develadas, pero mediante las pistas uno puede darse una idea bastante concreta de lo que sucedió: fueron dos mercados de pases donde se hizo oídos sordos a los pedidos del DT campeón de la Libertadores y el Apertura, donde le acercaron jugadores que no quería y donde a raíz de algunos reclamos suyos se generaron problemas con algunos de los referentes. Sabella, cansado de ser subestimado por la dirigencia y viendo que en puerta había un conflicto con los jugadores, deseosos de cobrar sus premios, confiados en que su capacidad no necesitaba refuerzos y algo frustrados por la danza del DT en torno a la firma del contrato seis meses antes, dio el portazo antes que pelearse con sus jugadores o agachar la cabeza.

Caro costó aquel juego de poder entre dirigentes, jugadores y DT: Sabella, integral para el proyecto futbolístico a largo plazo de Estudiantes, orgulloso de su herencia pincharrata y generador de mística en el vestuario, el hombre que comprometió a la Gata, el técnico que creó a Fernández y Rojo (las grandes ventas del club en los últimos años), ingenioso para superponerse a los obstáculos y obsesivo para pensar el fútbol, la partida de Sabella dejó un vacío muy difícil para llenar. Primero se pensó que el origen de todo era Verón y sólo Verón, y se pensó que cualquier técnico novato podía ser moldeado por la Brujita en un DT ganador: así llegó y se fue Eduardo Berizzo, así pasaron también los interinatos interesantes de Azconzábal y Zucarelli. El siguiente reflejo fue, como si de una fórmula se tratara, buscar a una gloria del club para recrear la mística: así llegó y se fue un hombre de los pergaminos de Russo. Entretanto, Estudiantes, que ya en 2011 estaba en un claro proceso de desgaste y envejecimiento, desperdició tiempo valioso para comenzar su necesaria transición.

Son dos años de aquel título ejemplar, que convirtió un plantel corto y desarmado en 45 puntos campeones y un equipo hambriento y comprometido. Un campeonato donde las críticas de afuera y de algunos de dulce paladar de puertas adentro surgieron de todos lados en las malas, atacaron desde posiciones agazapadas con sonrisas sádicas. Una historia para cerrar una era gloriosa. Estudiantes afronta ahora otro proceso: Cagna es el DT elegido, y por suerte mantenido durante un campeonato entero, para llevar adelante una transición que pinta aburrida, desprovista de épica, pero que debe constituirse en nueva semilla. Los procesos a largo plazo son valiosos y deseables, pero también deben llevar consigo metas cortas, que mantengan a socios y jugadores comprometidos. La enseñanza de Sabella, que edificó un equipo campeón donde no había plantel, donde abundaban las lesiones y donde el perseguidor asomaba feroz. El Rastrojero, todo un símbolo de los ideales de Estudiantes, debe guiar el camino: lento, pero seguro.

martes, 11 de diciembre de 2012

El año de la madurez de Messi

Publicado en Diario El Día


Corren 25 minutos de la primera etapa y Messi acaba de recibir un taco displicente de Iniesta para enviar en un zurdazo cruzado la pelota a la red: se trata de su segundo tanto en el encuentro ante Betis, y el gol número 86 en los 66 partidos que lleva disputados en 2012. Muy tranquilo, busca a sus compañeros y sus compañeros lo buscan: sonríe y celebra sobriamente entre abrazos y felicitaciones. Se acaba de convertir en el jugador que más goles ha convertido en un año, superando el record sideral de Gerd Müller, pero para la Pulga se trata solamente de un día más en la oficina.

Todo en Messi, en sus formas, en su andar, muestran maduración. Nacido en el Barcelona que operaba bajo la estrella divertida de un Ronaldinho que iniciaba su decadencia de fiestas y trasnoches, fue primero el mimado y luego la figura, el eje. Siempre consentido, incluso en sus excesos juveniles en la gambeta y en la individualidad, Lío fue mutando bajo la conducción de Guardiola. Cambió primero de posición, para transformarse lentamente en un comodín. Pero también mejoró su dieta y aprendió, gracias a Pep y su sistema de explotación de la Pulga, a racionar sus energía y explotar en los momentos definitorios. Hoy juega donde lo necesita el equipo y hace lo que pide la jugada. Es goleador voraz y asistidor ochentoso a la vez. Y ya no es la estrella, sino el líder: la conciencia de las responsabilidades que conlleva un gran poder son la causa de este cambio.
Messi declara distinto: atrás quedaron los días de declaraciones suspiradas y caseteras, y hoy, más analítico y menos obvio, hasta se atreve a bromear con una celebridad que antes resistía: “Lo rompí para que no se hable más del record”, tiró ayer entre risas, lejos de ese chico demasiado tímido para el estrellato y que parecía abrumado por su propia grandeza y necesitaba de la contención de todos. La paternidad parece haberle sentado bien; la capitanía en la Selección, aún mejor.
Porque Messi pasó en el equipo nacional de atribulado niño demasiado pendiente de los medios y la gente, a un convencido capitán. La designación de Sabella leyó perfectamente la maduración del crack, y le otorgó una responsabilidad para aumentar su compromiso y confianza. Siempre se dijo que la hora de Messi en Argentina había llegado, pero ningún entrenador le había prestado su real confianza a quien es sin dudas el jugador más determinante del fútbol: siempre relegado al rol de solista, aislado del juego en equipo, recayendo el liderazgo en hombres de menor peso y mayor edad, seguramente ni siquiera el propio Messi habrá querido en aquellos días esas responsabilidades. Lo cierto es que bajo la órbita de Pekerman, Basile, Maradona y Batista, Messi nunca operó “como en el Barcelona”: siempre fue un jugador aparte de todo.
Ahora, en Barcelona y en Buenos Aires, en cancha hay otro Messi. Competitivo desde siempre, hoy se reconoce líder, se hace cargo de su descendencia alienígena, su capacidad interestelar para practicar un fútbol a años luz del resto, y abandona las costumbres autistas de las que ha sido acusado por más de un biógrafo para gritar, alentar, enfurecerse: este Señor Messi hasta ha dejado de lado cierta juvenilia en los peinados. Entra a la cancha con el gesto adusto y juega absolutamente comprometido: lejos del autismo gambetista de los primeros días, Lío se calienta. Y cuando se enoja, mejora. Todo responde a una reinvención: de vanidoso solista a solidario engranaje del equipo que defiende, de la causa con la cual se identifica.
Messi no marcó goles en el Mundial de 2010 ni en la Copa América 2011. Pero terminó el año pasado con 9 goles de selección y este año logró 12 tantos con la albiceleste. Ayer marcó dos veces en 25 minutos y se sacó de encima un récord que algunos consideran pertenece a una era anterior: Lío hizo terrenales los números estratosféricos de Müller. Lo que antes lo apesadumbraba, sus días con la Selección, su estrellato, hoy son para él desafíos. Messi, como los grandes, juega contra la historia. Y con apenas 25 años, todos los títulos a nivel club en su vitrina e, inminentemente, dueño del cuarto Balón de Oro de su carrera, solamente le falta levantar un trofeo.


miércoles, 5 de diciembre de 2012

Misiones y lecciones



Da la sensación de que el torneo quiere arrancar antes de tiempo las vacaciones, porque todos, los buenos y los malos, ya cerraron la persiana y quieren irse de viajecito, algunos con las metas cumplidas y la promesa de un disfrute sin preocupaciones y otros, sencillamente, para dejar atrás el año de falsas promesas. Estudiantes, de una irregularidad con pisos de pobreza conceptual y modestos techos y, a la vez, el primer Estudiantes que tiene, desde 2010, más o menos claro el rumbo que busca (salga o no), se encuentra en el pelotón de los primeros, los que se van del Inicial hechos y satisfechos: por fin, luego de una serie de amagues desafortunados, parece en camino de superar el shock de perder a Sabella y a Verón y consiguió loables 27 puntos.

Lo hizo con un paradójico aprovechamiento y desaprovechamiento de la irregularidad del fútbol argentino: sumó más puntos de los que sugerían el presente institucional y algunos medios apocalípticos, pero también quedó la sensación de que, aún en transición, perdió la chance de arrimar de modo tonto. Nunca dejó de correr, pero dejó escapar muchos puntos de local, muchos contra equipos accesibles, muchos por los famosos errores boludos y varios sobre la hora. Para colmo, contra los equipos que sabían a qué jugaban, Estudiantes demostró estar a la altura: un empate en cero con Vélez y otro con Lanús demostraron que, aunque falto de juego, el equipo de Cagna podía emparejar sus falencias a partir de orden y sudor.

Se trata sin dudas del punto de partida que debe elegir el DT: la defensa, aún con sus altibajos, fue el puntal de los 27 puntos del Pincha (con tres por disputarse) y, si consigue (quizás refuerzos mediante) que el esquema con tres abajo no signifique que por las bandas se dejen agujeros o no se ataque, Estudiantes se volverá decididamente peligroso. De esta falta puntual se habla hace ya rato, y Estudiantes, desequilibrado, tendrá que comenzar a subsanar el desequilibrio y conseguir más volumen en defensa y en ataque, mayor elasticidad, más acompañamiento, que equivale a posesiones más sorpresivas que a la fórmula del desborde y el centro a la que terminó apelando mucho Cagna: su equipo terminó por encima de la media a fuerza de individualidades y empuje, pero así como dio la sensación de que no le faltó demasiado para pelear, tampoco nada le sobró.

Las explicaciones de que Estudiantes se haya quedado a mitad de camino entre el apocalipsis vaticinado y la gloria soñada, en un fútbol sin procesos y por ende sin demasiada lógica, pueden encontrarse, primero, en los demás, en la irregularidad del resto; pero también en la propia irregularidad de Estudiantes. No estuvo tan dada, como se sugiere rápido, por la famosa transición: es un hecho que desde la cúpula se apuesta al largo plazo, que han aparecido algunos pibes y que se apuesta a que sigan surgiendo. Pero también es cierto que en Estudiantes jugaron tipos que de nenes no tienen nada, y no pocos: Villar, Desábato, Schunke, Ré, Martínez, Braña, Gelabert, la Gata, incluso Núñez e Iberbia, suman mucha experiencia y también varias batallas por la gloria. La transición tiene algo de mito, y en todo caso tiene más sentido hablar de un plantel corto por elección, sin más recambio que el de los juveniles y con muchos pibes con un verdor o condiciones que los hacen más aptos de acompañantes que de componentes diferenciales de la ecuación (de ello se trata el famoso plan de reestructuración del fútbol juvenil que propone Juan Sebastián Verón). Vélez, por ejemplo, arrancó el torneo envuelto en dudas y en medio de una marcada transición: con aportes de sus refuerzos (pocos y claves) y gracias al piberío, que comenzó nervioso y terminó pintando caras, fue campeón.

Es que en el fútbol argentino no hace falta sino algo de coherencia para campeonar. Y no hace falta, tampoco, ir a un ejemplo tan moralista como el equipo de Liniers, la Cenicienta del fútbol argentino: Belgrano sacó agua de las piedras y es el escolta con mucho menos que Estudiantes y varios, a fuerza de orden y convicción; Lanús, con un poco más que el Pirata pero sin ser diferente a una decena de planteles de primera, fue animador rescatando puntitos con viveza y aprovechando las oportunidades. Ninguno, ni siquiera Vélez, descolló más que por algunos momentos donde, en rigor, también ayudaron las limitaciones de los rivales.

Cagna buscó el equipo y si bien aún no lo encuentra, ha perfilado bastante lo que quiere: alentador de cara al año que viene, tanto como su perfil bajo, un requerimiento en estos tiempos de transición que precisa de paciencia, y también como el hecho de que Estudiantes, al fin, terminó un torneo con el mismo entrenador con el que lo comenzó. Este acomodamiento de las piezas a la realidad se pretende como el piso, los pilares de lo que se pretende construir. El próximo objetivo no debiera ser buscar el campeonato, que de todos modos puede llegar con un poco de suerte, sino el retorno del Pincha al plano continental: un escenario ideal para, además de volver a prestigiar a la institución a nivel deportivo, dar rodaje a más pibes y buscar, mediante una maduración sin presiones, a esos jóvenes capaces de marcar la diferencia. Pensar que los diferentes pueden surgir del mercado de pases es un error, un pensamiento de equipo grande e incluso de equipo grande de otra época, que es necesario corregir. El negocio deportivo y económico, se sabe pero no se ejecuta, está en la producción propia.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Contra los murmullos a Román Martínez

Para Solos Contra Todos


Román Martínez sufre al hincha de manual. Al parecer algunos creyeron que llegaba el sustituto de Verón, y subidos a la nube del “bombo” no pudieron soportar después la frustración al ver en la cancha a un jugadorlejos de la brillante conducción del ex capitán. El ex Tigre llegó con demasiado cartel, y la decepción, ante tanta propaganda, fue inevitable: el hincha sigue dulce como si Estudiantes no hubiese entrado hace un par de años en una complicada meseta entre el recambio y los manotazos que intentan una resurrección que, a base de golpes de mercado consistentemente desacertados, sigue sin darse.

Entonces, lo que paga Martínez no es su nivel que, lejos de ser malo, transita por los mismos carriles que los del resto del equipo: intermitente, lo de Román se entiende mucho más si tenemos en cuenta que se trata de un puesto creativo que tiende a las lagunas (quien sostenga 45 minutos el quiebre constante de las defensas rivales será un crack y estará en Europa) y, claro, que es un jugador en pleno proceso de adaptación a sus compañeros y a un club que, para colmo, no brinda una base estable de esas que facilitan la aclimatación. Martínez rinde a veces por encima y a veces por debajo del resto, pero lejos de dar lástima ha brindado varias muestras ya de su pegada, de su llegada al área y de su facilidad para encontrar huecos para filtrar pases: abrió su historia en el arco con el Pincha ante San Lorenzo; un gol de 9 del jugador había permitido el triunfo pincha ante Arsenal; con Quilmes fue él quien abrió la cuenta de un partido que debió terminar 1-0, pero por esas cosas del fútbol terminó terminando 2-1. El sábado, con su seco zapatazo marca Martínez, cuarto gol con la albirroja, solucionó un partido que venía muy cuesta arriba. Es el goleador del Pincha junto a Duvan Zapata.

¿Por qué, entonces, el ensañamiento con Román Martínez? La respuesta es, sencillamente, por ser el nuevo. Edificado durante el mercado de invierno como el mesías, el salvador y otros rótulos siempre nocivos, paga ahora los platos rotos de una nueva temporada que arrancó con pretensiones poco realistas. Los hinchas lo murmullan porque no pueden chiflar a otros experimentados del plantel, blindados por años de gloria. Naturalmente, además, los hinchas prefieren a los jugadores del club como Iberbia o Núñez, y protegen a los chicos. Así que Martínez queda marcado como el responsable. Siempre en la derrota, nunca en la victoria. Ayer se regaló un golazo en el momento exacto en que empezaba a ser superado por el nerviosismo.



El hincha de Estudiantes es uno de los más sabedores y desmitificadores del fútbol. Sin embargo, sufre de visceral odio por la tibieza, y algunos jugadores juegan a un ritmo desacelerado que nubla la percepción del hombre de tablón: en seguida el pincharrata le endilga a ese tipo de jugadores el dañino mote de pechofrío, piden el cambio aunque más no sea por su sobrino que juega en infantiles y murmuran frustrados ante cada pase errado. Sólo los grandes jugadores exquisitos, esos que además de técnica poseen un carácter fuerte, sobreviven al hostigamiento. Román Martínez, de grandísima técnica y tranco creado para ser puteado, posee una mentalidad centrada que promete en algún futuro pedido de disculpas de parte de la grey pincharrata. En este apresuramiento el hincha de Estudiantes, único en su desmitificador conocimiento del deporte, se parece al resto de las hinchadas, nerviosas y rápidas para la puteada.


Por ahora, sin embargo, Román Martínez permanece preso de la misma confusión que acecha por momentos al resto. Arranca lejos del arco, se le obliga a retroceder y queda así cansado y a gran distancia de su zona de influencia. Pasa gran parte del encuentro sin encontrar la pelota, le pasa por arriba, por los costados y Román acompaña al trote. El esquema lo condena a la intrascendencia, a asumir un rol secundario que no le queda. Estudiantes, en tanto, adolesce de creatividad de tres cuartos de cancha en adelante, cae siempre en el argumento del centro y gana por individualidades que salvan las papas. Fue Duvan el sábado, pero tendrá sus encuentros: Diego Cagna debe trabajar, en este sentido, para crear mayores variantes de ataque. Su problema parece ser encontrar un equipo equilibrado, y resultado de su miedo a la manta corta es que Román ha permanecido atado al círculo central durante estas 14 fechas.

El problema asoma profundo y complejo, con solución a la vista recién para 2013. Pero igual paga Román, es lo más fácil: el hincha ha mostrado una paciencia y un reconocimiento del momento ejemplares, pero a veces vuelve a caer la histeria y putea, porque comienza todo análisis viciado por aspiraciones irrealistas acerca de las posibilidades del club y sus individualidades. Hasta ahora, la postura del hincha de manual, que es también la de la mayoría de

l fútbol argentino, habla de procesos y recambios pero exige contrataciones y resultados. Y se vuelve loco cuando las contrataciones no dan el resultado esperado, que es obviamente salir campeones del universo, obligando así, al año siguiente, a una nueva catarata de contrataciones infladas en expectativa y precio, alimentando el círculo vicioso del fútbol en detrimento de las acuciantes arcas del propio club.

viernes, 2 de noviembre de 2012

¿Por qué no investiga el periodismo deportivo?

Texto de la ponencia de Ezequiel Fernández Moores en el congreso de Colpin en Bogotá, del 12 al 15 de octubre de 2012.
Recuerdo un primer aviso que recibí en 1982. La dictadura militar de mi país iniciaba su declive. Investigué con dos colegas el mundial de fútbol de 1978. Un mundial que se jugó en medio del horror. En el Estadio de River se festejaban goles. Y en la ESMA, a solo 700 metros, se torturaba gente. El trabajo cuestionó no solo a la dictadura. Apuntó también a empresas, iglesia y políticos que se sumaron alegremente a ese carnaval insensato. La radio solo se enojó y quiso censurar cuando tocamos el rol de cierta poderosa prensa que gritaba goles en medio de elogios al dictador Videla.

Ya en democracia, un tema central durante dos décadas fue el de los contratos esclavos de televisión que cedía Julio Grondona, presidente de la Asociación de Fútbol Argentino desde 1979. El contrato era con el grupo de prensa más poderoso de mi país. Tres jueces amenazaron investigar esos contratos, que incluían a sociedades fantasmas y paraísos fiscales del Caribe. Los tres jueces, curiosamente, sufrieron cámaras ocultas de la prensa. Se descubrió que habían sido deshonestos en otras causas y tuvieron que renunciar.

¿Y cómo pedirle a la prensa que investigara esos contratos? Nadie se investiga a sí mismo.

Intervino el congreso. Lo hizo –me consta porque seguí muy de cerca ese tema–, después de resistir a fuertes presiones. Grondona ya rompió ese contrato. El fútbol ahora es transmitido por la TV pública y por todos los canales que quieran tomar las imágenes. Ahora sí la prensa investiga el contrato. Ya no está el citado grupo empresario de prensa de por medio. Ahora es el Estado.

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La sociedad prensa-deporte para la explotación comercial del espectáculo nos complicó. Nos redujo al rol de misioneros. Propalamos la fe, no la podemos explicar. Alguien dijo alguna vez que las misiones de la prensa eran tres (informar, educar, entretener) y que informar es comprometido, educar es aburrido y solo nos queda entretener.

Bien, el periodismo deportivo casi fue concebido inicialmente para entretener. Un show para aliviar las noticias más duras de la politica y la economía. Y que precisa sí o sí del ídolo. El ídolo tiene ráting, vende zapatillas, es apolítico y, en general, no cuestiona. Además, es renovable.

La prensa precisa del ídolo más que los niños. Si no surge un nuevo ídolo, lo inventamos. Para tener sus palabras y sus imágenes hay que negociar con agentes, representantes, relacionistas públicos y corporaciones de la industria. Eso no es periodismo. Es márketing.

El colega británico David Walsh hizo periodismo. Fue uno de los poquísimos periodistas que investigó a Lance Armstrong cuando el rey del tour de Francia era un intocable. Se convirtió en un paria. Sus colegas lo dejaron solo. Ahora que sabemos que Lance Armstrong se dopaba, es fácil. Todos somos David Walsh. Ahora todos estamos decepcionados.

El tramposo fue el ídolo. ¿Por qué no pedirle también controles antidoping a los organizadores del espectáculo, que exigen al ídolo hasta su última gota de sangre para que vaya siempre más alto, más lejos y más fuerte? Tampoco hay controles antidoping para la prensa. Los periodistas estamos invictos. Tenemos la ventaja de hablar siempre con el resultado puesto. Vendemos primero resaltando la épica. Y, si estalla el escándalo, moralizamos luego hablando de ética.

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Lucio, Jens Weinreich, finalmente hoy ausente; el gran Andrew Jennings; el uruguayo Ricardo Gabito, baleado cuando investigó al empresario Paco Casal; Gustavo Veiga y Gustavo Grabia en mi país; la organización danesa Play The Game: conocidos o no, tenemos numerosos colegas que hacen periodismo y que investigan. ¡Cómo no admirar a Juca Kfouri quien siempre ha informado sobre los trapos sucios del mandato récord de Teixeira en la CBF! Pero todos sabemos que otros medios poderosos fueron socios de Teixeira. Siempre lo protegieron. He visto este año un formidable trabajo de la Espn sobre irregularidades en la construcción de estadios del mundial 2014. Tengo derecho a desconfiar en cambio de otras denuncias de corrupción. Dicen que defienden los intereses del pueblo brasileño. Parecen cuidar más los negocios de la FIFA.
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Nuevas tecnologías: son una herramienta formidable. Pero han precarizado condiciones de trabajo. Algunas empresas aprovechan para sacarse de encima a los periodistas más veteranos. A los que escriben noticias, no chimentos. A los que suelen leer más libros que Facebook. A los que proponen dudas en lugar de vender certezas. A los que se niegan a “flexibilizarse”. A los que después de un partido privilegian la crónica al tuit. A los que eligen “decirlo bien antes que decirlo primero”, como dice el colega colombiano German Castro Caicedo. A los que se oponen a que su nuevo jefe sea un gerente de márketing. “Esta gente –me dice otro colega que resiste desde Barcelona- trata como basura lo que yo amo”.

Es cierto, muchos otros se han prestado dócilmente al papel de bufones. Lucen combativos gritando tonterías en polémicas televisivas. Sé que son el hazmerreir esos debates en los que el periodista deportivo habla con un tono de gravedad impostada, como si de su palabra dependiera el futuro de la humanidad y solo está diciendo si es mejor el 4-3-3 o el 4-4-2. Pero en defensa de algunos apasionados colegas quiero decir que no sería tan despectivo con el periodismo deportivo. Los errores de nuestros infantiles pronósticos sobre si ganará Boca o ganará River, sin que nadie se ofenda, producen menos daños que muchos pronósticos económicos, formulados por periodistas formados en las mejores universidades. Y el show ya no es patrimonio exclusivo del periodismo deportivo. Hoy, con canales de noticias las 24 horas y los punto.com, casi todas las noticias gritan, lloran y sangran, aunque no quieran gritar, llorar ni sangrar.
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Investigar, sabemos, es remover basura, es ensuciarse, es arriesgarse. Es quemarse noches enteras. Pero la investigación, por sacrificios que imponga, tiene mucho de virtuoso. Y lo cotidiano, no puedo dejar de decirlo, está siendo algo más miserable. Trabajamos, en general, para empresas que dicen representar la libre expresión, pero que dependen cada vez más del poder financiero global. Difundimos la opinión de analistas o consultoras que pontifican y no aclaramos quiénes les pagan, trabajamos en empresas que, en buena hora, vigilan a las democracias, pero que, en muchos casos, ni siquiera permiten la libertad sindical de sus periodistas y no responden críticas. Porque cualquier crítica, justa o no, es un ataque a la libertad de prensa. ¿Disculpas por nuestros errores o manipulaciones? No, eso sucede en la tele.
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Vivimos estos años cambios politicos y sociales en la región. Como todo cambio, genera conflictos. Muchos de nuestros medios, especialmente los más poderosos, parecen haber tomado posición en ese conflicto. En algunos países, hay que decirlo, hasta han apoyado o alentado golpes de estado, como ya lo hicieron en los 70. Recuerdo un grafitti que por algo se hizo célebre y que apareció en el barrio de San Telmo en pleno estallido de 2001 en mi país: “Nos mean y los diarios dicen que llueve”. Creo que hoy, por suerte, nos es más facil llamar a la orina, orina y a la lluvia, lluvia. Investigamos a nuestros gobiernos creo que como nunca antes. Es algo extraordinario. Pero antes, hay que decirlo, los que en muchos casos nos ataban las manos no eran exactamente los gobiernos. En los 90, la Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires hizo una encuesta entre nosotros, los periodistas. Más del 70 por ciento afirmó que las trabas a nuestro trabajo no las ponían los gobiernos. Las ponían nuestros propios patrones.

No soy ingenuo. Los gobiernos, del color que fuere, casi siempre quieren controlar a la prensa. Y, justificándose en esta batalla actual, cometen numerosos atropellos. No es fácil trabajar en medio de esta batalla entre el poder político y el poder económico. El poder, por naturaleza, suele ser obsceno. Suele manejarse con las leyes de la selva. Recuerdo el debate que se produjo cuando supimos que un referente como Kapuscinski había tal vez alterado algunos datos para mejorar sus crónicas. No fue lo mejor haber cambiado algunos árboles de lugar. Pero el maestro polaco, hay que decirlo, nunca se equivocó a la hora de contarnos cómo era la selva.