sábado, 30 de marzo de 2013

No es lo que hay: un llamado a la cordura

Demasiados técnicos han pasado ya por el club durante estos últimos años como para plantear hipótesis simples para esta crisis que atraviesa Estudiantes. Tampoco, claro, es el Pincha la anomalía: todos los clubes despiden técnicos con pasmosa facilidad, la misma con la cual contratan al sucesor entre los técnicos disponibles y pagables, mientras hablan de proyecto y largo plazo. Por eso, dada la escasa disponibilidad de nombres, son demasiado pobres los técnicos que suenan para suceder, como para imaginar soluciones simples a esta crisis que atraviesa Estudiantes.

Los problemas son varios, profundos y de difícil diagnóstico. Pero, pareciera, lo que requiere urgente solución es la inmediatez, lo futbolístico. El paso al costado de Cagna sirve para dar aire, bríos, a un ciclo que se notaba desgastado aún en sus momentos de juego pasable. Quizás estirar la decisión, por motivos económicos, por falta de convencimiento en los nombres que rondaban, y también por respetar la bandera del "proyecto", haya sido desacertado, teniendo en cuenta que Cagna nunca fue el DT elegido para el largo plazo y la tan mentada transición, sino un técnico que llegó tras la negativa de los señalados por la sede para llevar adelante el proyecto futbolístico. Cagna llegaba con la obligación de demostrar, se construyó un colchón de 28 puntitos el torneo pasado, pero despilfarró su crédito en estas siete fechas.

Las derrotas, y sobre todo su forma desoladora, protagonizadas por un equipo desinflado, atonal, evidenciaron ánimas bajas y, sobre todo, la incapacidad del actual cuerpo técnico de elevarlas. Quizás hayan colaborado los constantes cambiazos y borronazos como única solución, el sufrimiento defensivo de un equipo que se olvidó, a pesar de contar con tres centrales de experiencia, como marcar la pelota parada, la falta de cambio de ritmo, de sorpresa, en el ataque, siempre terminado en centro largo y predecible, siempre lento en la transición, y, claro, la evidente merma física de los segundos tiempos, que provocó las derrotas que más duelen. Cualquier falencia de las muchas que muestran los equipos de Argentina se expone doblemente cuando las cabezas andan gachas, cuando no hay confianza. En siete fechas, Estudiantes fue potenciando cada desgracia con otra desgracia en un suplicio que parecía no tener fin. Un suplicio que dejó sin fuerzas ni respuestas a Cagna y también a sus jugadores, notablemente abrumados por cada gol sufrido.

Los tres puntos en siete fechas parecen empujar, por un lado, a emparchar rápido el fútbol: conseguir alguien que se haga cargo del equipo, que comience a trabajar ya mismo en la remontada, parece obligado. Y sin embargo, en esas condiciones se contrató a Cagna, Berizzo, Sensini, Russo, incluso a Sabella, único de la lista en funcionar. Si Estudiantes apuesta verdaderamente al largo plazo, no debe conformarse con lo que hay en el mercado. Debe apostar por un DT que amerite banca en las difíciles porque es un técnico integral a un proyecto. Repite Verón cada vez que puede que Ferguson pasó sus cuatro años iniciales sin ganar nada en Manchester: Estudiantes necesita su Ferguson, difícil en un fútbol gobernado por la intuición, el amiguismo y la ambición, hermanos del cortoplacismo.

Si ese hombre idóneo no está disponible, debe, necesariamente, esperar tanto tiempo como pueda (es decir, lo que resista el interinato) en busca de su conductor ideal, porque, en definitiva, quien venga enfrentará los mismos problemas de fondo que condenaron a varios entrenadores al fracaso. Sino continuará contratando técnicos incapaces de elevarse de la medianía, aves de paso que durarán lo que duren los resultados circunstanciales, y el volátil ánimo y el compromiso de los jugadores que son directa consecuencia de ellos.


miércoles, 27 de marzo de 2013

La inteligencia valiente




En “Ilíada”, uno de los dos cantos homéricos sobre el mítico pasado de la civilización griega, rigen las leyes de la retribución y el sometimiento a la voluntad de los dioses. Y en su universo de semidioses como Aquiles (que es, después de todo, Brad Pitt El Perfecto), Odiseo, “el de pensamientos complicados”, es considerado un cobarde por sus inteligentes ardides para alcanzar la victoria. Una idea suya acaba con una guerra inútil, entre pueblos hermanos, originada en el orgullo de sus despóticos gobernantes: pero este episodio clave en la historia helénica queda afuera de un canto que se centra en la furia de Aquiles, toda una guerra justificada por venganzas y egocentrismos.

Distinto es el héroe de “Odisea”, protagonizada por un hombre nuevo para un mundo nuevo. El mundo tribal dio lentamente lugar al panhelenismo, que obligaba a la convivencia y la diplomacia. Tres siglos más tarde, la tragedia de Sófocles recuperaría al héroe en “Ajax”, reflejando el cambio del paradigma de héroe que a la vez implicaba un cambio de valores. En medio del auge del panhelenismo, el autor, casi existencialista, quizás iconoclasta y sin dudas apesadumbrado por el silencio de los dioses, ve en el Odiseo de “Ajax”, que obtiene para sí las armaduras del guerrero Aquiles venciendo mediante la sagacidad a la fuerza del homónimo del equipo holandés, el estandarte de una nueva era pluralista: es el paso, también retratado en la “Orestíada” de Esquilo, de la ley del Talión, la retribución personal, de una civilización tribal y guerrera, a una civilización plural, pacifista, a través de la razón. Una transición fuertemente humanista.

El fútbol argentino sigue considerando figuras deleznables, cobardes, a los inteligentes. Sigue negando la existencia de un fútbol pensado, rogando por el nuevo advenimiento de la era del talento puro, sin entrenamientos, mecanizaciones ni otro trabajo más que el hedonismo puro dentro de la cancha. Sigue, también, proponiendo un modelo tribal, polar, de interpretación futbolística, que lleva a la confrontación eterna (la sangre que venga la sangre que venga la sangre) y por ende a la suspensión del tiempo. El pensamiento es un defecto de los mezquinos, nunca el arma de los humildes y de los limitados para superar las limitaciones de su ambiente. El fútbol argentino se niega a cambiar de paradigma de héroe: prefiere los salvadores a los pensadores, los talentosos a los laburantes. Y ha construido un discurso maravilloso alrededor de su particular forma de concebir la justicia y la moral futbolística.

IR AL FRENTE. ¿Por qué se considera cobarde a la inteligencia? Idea propia de la tradición romántica cuchilleril y parte de la vacía cultura del “aguante” neoliberal (porque bancársela, que nada cambia, es de guapo), opera como un discurso pretendidamente popular que obstruye el cambio y evita que, mediante el pensamiento, los menos “favorecidos” por la “naturaleza” igualen el terreno de juego.

Ir al frente es la que va. Quien no lo hace, cagón est; y si gana, además de cagón es sucio, y una amenaza a la “moral”, al “buen gusto”, conceptos aristocráticos todos ellos y que ayudan a mantener el “orden”, a excusar las ventajas. Este discurso permea el fútbol y allí está, como consecuencia, la lucha de los multimedios por establecer (apropiándoselo) un “fútbol que le gusta a la gente” lírico, conservador, hecho a medida de los clubes capitalinos, con grandes billeteras, explotadores de ajenas canteras y capaces de tener en sus filas a jugadores “distintos”. (Nobleza derrotada, el chistecito se les empieza a terminar a medida que los clubes chicos comienzan a negociar sin intermediarios -o con otro tipo de intermediarios- con los clubes de afuera: entonces los clubes “grandes” se transforman, lentamente, en equipos feos, incapaces de competir con el fútbol de las grandes billeteras y, en su propio detrimento, aún creyéndose merecedores de no sé qué, nostálgica fe de tiempos donde los jugadores se morían por vestir sus casacas y los árbitros eran muy susceptibles a cualquier faltita en el área).

Dos partidos sirven como ninguno para explicar hasta qué punto es detrimental este supuesto coraje sin sustento: la Selección, Messi incluido para los cuestionadores, se comió 6 con Bolivia hace 4 años y 4 con Alemania hace un poco menos. Ambos encuentros son los estandartes de los errores y excesos del maradonismo, caudillo que igualaba entrega absoluta al ataque constante, que quería recuperar de la abulia a un equipo obligándolo a ir al frente. Por supuesto, se esconde allí la vieja trampa del orgullo: la necesidad de demostrarse valiente termina mal, privilegia la imagen al objetivo grupal. Pero Maradona nunca creyó en su propio trabajo de técnico, se negó sistemáticamente a otro plan de juego que no fuera apelar a la mística y ninguneó la altura. Maradona era más un motivador casi mágico que un entrenador, en un país que perderse detrás de quienes prometen salvación. 



CONTRA LA CORRIENTE. Existe una contracorriente a esta orgullosa necesidad argentina de ir para adelante. Previo al encuentro con Bolivia dio vuelta por los medios la historia del Seleccionado dirigido por Miguel Ignomiriello que, en 1973, venció en la altura luego de aclimatarse durante ¡40 días!. “El equipo fantasma”, como bautizaron a los hombres que podemos ver en la imagen disfrazados de miembros del Ku Klux Klan, contaba entre sus filas a hombres como Trobiani o Kempes, pero sin dudas el aporte más importante estuvo en el cerebro de Miguel, hombre que forjó la base del Nacional campeón del mundo 1980 y, claro, del Estudiantes campeón de todo. Ignomiriello, en una época donde la dirección técnica se encontraba más menospreciada aún que hoy, derrotó a Bolivia en la altura de La Paz por 1 a 0, encaminando así la clasificación al Mundial del 74. Argentina había disputado tres encuentros por Eliminatorias ante Bolivia como visitante y había caído en dos oportunidades.

Pekerman, quizás homenajeando aquella ocurrencia de Don Miguel pero sin incurrir en los extremos del Viejo Ignomiriello, enfrentó el dilema de jugar en la altura a 4 días de un duelo clave ante Colombia, enviando una semana antes un “equipo B” para aclimatarlo. El conjunto totalmente suplente venció a su par de Bolivia por última vez en eliminatorias por 2 a 1, con goles de Luciano Figueroa y Luciano Galletti, consiguiendo la primera victoria desde 1973 (jugaron dos veces en medio: un empate bien bielsista, 3 a 3 con goles agónicos incluidos, y la famosa derrota por 2 a 1 en el partido del “corte” de Julio Cruz). El historial en La Paz mostraba, antes del partido de ayer, para los ninguneadores de los efectos de la altura, 4 victorias para Bolivia, 1 empate y 3 victorias argentinas ante un equipo que nunca venció a la albiceleste cuando esta fue local. 

Alejandro Sabella, siguiendo similar plan que José Pekerman, cambió casi por completo el equipo que venció cómodo a Venezuela, pero en lugar de realizar la semana previa de aclimatación su herramienta contra la altura fueron unos novedosos tubitos de oxígeno que aumentaron la sensación de guerra que se vivió ayer, y se vive siempre, en La Paz. En un durísimo encuentro, la entrega de los jugadores fue conmovedora y sin dudas lo que más se celebró, antes que el útil punto, fue el carácter de una selección que demostró huevos sin la necesidad de perder la cabeza yendo al frente y regalándose. Lejos estuvo el planteo de Sabella de ser perfecto, y eso que lo podría haber ganado tranquilamente, si un Messi fusilado no hubiera errado un gol que hace con los ojos cerrados habitualmente. Pero depuso el orgullo que obliga al protagonismo y, en una señal de inteligencia instó al equipo a pararse tranquilos atrás, no correr la cancha y explotar la velocidad en la contra.

En absoluto cobarde, el planteo suponía una caminata de 90 minutos por la cornisa, y así expuso el gol de Bolivia. Por unos instantes, desde afuera nos preguntamos que pasaría con el planteo: adentro no hubo dudas. Argentina continuó transitando siempre por el mismo camino, llegando con peligro y empatando el encuentro. Así ocurre cuando un equipo tiene una idea de juego de fondo, y no solamente busca ser el más guapo: eso es identidad. Para jugar de este modo, tan al límite, en condiciones tan adversas, boqueando y corriendo siempre atrás de la pelota, se necesita un compromiso especial del equipo, una convicción y una solidaridad que hace tiempo no se veían, que dista mucho de ser esa entrega vendehumo que termina en expulsión. Esta Selección sabe lo que hace y cree en lo que piensa.

Los muchachos dándole al oxígeno. Misión cumplida

miércoles, 13 de marzo de 2013

Tanta tinta


La cofradía barcelonera revivió




Otra vez se ha incurrido en el eterno error del periodismo deportivo de creerse que su rol es vaticinar en lugar de analizar. Todos dieron por muerto al Barcelona, de insoportable mística ya: este ilustre señor (?) procuró ser ante todo mesurado en sus exposiciones, y de ninguna manera creyó que las tres derrotas consecutivas eran el inicio del “fin de una era”. Pero, de ninguna manera tampoco, imaginaba a este equipo, notablemente alicaído y de terrenal defensa, remontándole al bondi catenaccio milanés un 0-2 y pasando de ronda gracias a una contundencia que parecía de otros tiempos.

En la remontada hay un rol relevante de la suerte: la vuelta arrancó con un gol adentro y el partido irremontable de los dos goles contra la muralla italiana tornaba en casi 90 minutos para marcar un solo tanto. El plan del Milan incluía la desesperación del rival, el caer de la arena dentro del reloj, aparentemente lenta pero implacable, insoportable. Quien fue insoportable fue el Barcelona, que salió de entrada nomás a devorarse al conjunto italiano, con una intensidad olvidada en ataque, donde años y años de planteos defensivos parecían, en los últimos encuentros, haberlo abrumado, frustrado: había mucha posesión pero poca verticalidad en el Barsa que amagó con quedarse afuera de la Champions demasiado temprano. La famosa jaula, esa estrategia defensiva que rodea a Messi de cuatro o cinco rivales, aplastó en la ida la creatividad del Barsa, no lo dejó tocar y pasar, su juego preferido para romper defensas y redes. No demasiado cambió, en términos de táctica, en la vuelta: pero el Barsa recuperó, humillado, el fuego. Salió a defender su historia.


Y aquí aparece el otro actor principal de la serie. Messi. “Es un hombre poseído, ensimismado. Esa cara mete miedo. No parece la de un ídolo de los niños. Es la de un homicida serial”, escribe Juan Pablo Varsky. El también salió a defender su historia: mucho se habló de un Messi apesadumbrado en las semanas que pasaron. Como respuesta, él encabezó la rebeldía a la adversidad. Rompió la jaula cuando pudo, pero alcanzó para que marcara dos goles, participara en varias ocasiones más y terminara enloqueciendo a los rivales. Messi volvió a ser picante, impredecible, esa fiera inmarcable al que no se le puede dar ni un centímetro. Y fue otra vez absolutamente decisivo. Un animal que contó con el apoyo de otro que no quería quedar afuera por nada en el mundo: también Iniesta respondió cuando se lo necesitó con la vergüenza deportiva de los grandes. No marcó, pero hizo absolutamente todo bien.

Y así fue que, otra vez, a las 7 de la tarde hora local, el bando periodístico barcelonista se sentó a gastar tinta en loas al equipo de Vilanova, que para la próxima ronda no necesitará más del whatsapp para dirigir. Se gastará a partir de ahora tanta tinta como cuando parecía eliminado: en todo el mundo parece replicarse la confrontación entre madridistas y barcelonistas que tiñe cada edición de los periódicos españoles. La rivalidad estilística, largamente exagerada, entre el fútbol de La Masía y las ideas de Mourinho, narra una historia atrapante de héroes y antihéroes, pero olvida que, como muchas veces ocurre en las tiras cómicas, la bondad y la maldad son sólo cuestión de perspectiva: como Alan Moore demostró en Watchmen, o Frank Miller con sus oscuras depicciones de Batman, muchas veces superhéroes y villanos ocultan tras relatos color de rosa una moral dual, ideas muy cercanas entre sí. El fútbol exquisito del Barcelona fue replicado, hace un par de semanas, por el equipo de Mourinho: quizás con más vértigo y poder, los merengues le pegaron un baile de aquellos en el mismísimo Camp Nou a los hombres de blaugrana. El juego pragmático de Mou apareció ayer, sobre el final: con el 3-0 consumado, Barcelona estacionó su propio micro en el área, con línea de 5 incluida. Salió de contragolpe y firmó una goleada sobre la hora que hace olvidar que un solo gol del Milan, hasta ese tanto de Alba, lo hubiesen dejado afuera.

Rorschach, uno de los héroes ambiguos de Moore

domingo, 10 de marzo de 2013

Al borde del suicidio

El ciclo de Cagna se termina devorando a sí mismo
Hace un par de semanas nomás, Diego Cagna declaró que a su parecer Estudiantes defendía notablemente mejor con línea de 3 y Angeleri parado de líbero. Aquella sentencia duró apenas siete días: Estudiantes no pudo contar para el choque con Newell’s al Rana Iberbia y la ausencia del lateral utilitario desencadenó un nuevo cambio de esquemas y nombres.

El último volantazo de Cagna dejo al equipo al borde del suicidio: con una línea de 3 mediocampistas habituados a presionar y adelantarse (incluso Braña), Estudiantes dejó un campo a sus espaldas que aprovecharon los rapiditos de Newell’s con envidiable eficiencia, devenida en parte de las comodidades que tuvieron (Desábato y Shunke, dos centrales lentos, tuvieron que encargarse de marcar a los movedizos delanteros de la Lepra) y en parte, claro, de la suerte, que no ha acompañado este inicio de campeonato. El equipo de Martino atacó 6 veces y marcó 4 goles.

Por supuesto, hay responsabilidad individual: el presente de Silva, y en menor medida de Desabato y Shunke, ha tenido mucho que ver con la fragilidad defensiva. En el resto del equipo poco han hecho Braña, Martínez y Fernández (17 fechas sin marcar), los encargados de darle jerarquía al equipo. Pero Cagna no ha logrado, y no parece encaminado a lograr, elevar el nivel de las individualidades, encontrarle la vuelta al equipo, brindarles a sus jugadores comodidades posicionales, certezas desde lo estratégico, para que levanten vuelo: pasó de jugar con un esquema durante todo el verano, buscando asentar un once de memoria, formar sociedades y construir un equipo sólido, a esta versión ciclotímica de Estudiantes, que presenta un equipo diferente cada encuentro y margina a los jugadores que juegan mal, volviéndolos responsables a ellos y no al andamiaje colectivo. Cagna busca, pero ha extraviado claramente el rumbo, el eje. Conduce, en consecuencia de estas circunstancias, un equipo vaciado de ideas, de identidad.

Un equipo, además, notoriamente falto de piernas. El resultado de una pretemporada aparentemente mala es un equipo lento, falto de reacción y que pareciera derretirse en las segundas etapas. Los comienzos del equipo suelen ser interesantes, intensos, profundos en ataque, sólidos y solidarios en defensa. Suelen arrancar bien, los de Cagna, pero luego se diluyen, se quedan sin nafta.: 7 de los 12 tantos que le marcaron fueron en el segundo tiempo.

Tampoco parece Cagna, adentrándonos en la metafísica, capaz de insuflarles mancomunión y espíritu guerrero. De modales parcos, su manejo grupal, quizás más apto para administrar riqueza que para capitanear tormentas, no se vislumbra que en la semana el técnico toque fibras íntimas y conduzca a generar una hermandad fortalecida por la adversidad. El Estudiantes de Cagna, carente de ánima, casi fantasmal, arrancó ganando 4 de sus 5 encuentros (Tigre, San Lorenzo, Colón y Newell’s), y no ganó ninguno: apenas rescató, de esos 12 puntos posibles, 2. Los golpes lo demuelen, lo derrotan antes del límite: Estudiantes se ha transformado en un equipo fácil, con la mandíbula de cristal. Es lógico, por tanto, que flaquee en los momentos donde debe hacerse fuerte, y que continúe recibiendo goles sobre la hora, en lugar de hacerlos o al menos buscarlos.

Es esta percepción la que genera ese olor a fin de ciclo: no se advierte que Cagna pueda revertir el momento desde el juego o desde el ánimo. En apenas 5 fechas parece haber despilfarrado la dignísima campaña del 2012: 27 puntos, por primera vez en el post-Sabella, pero 7 derrotas, que sumadas a las 3 de este año ponen en números rojos la estadística del DT al frente de Estudiantes (8 victorias, 6 empates y 10 derrotas).
En rigor nadie esperaba campañones, a pesar de que la percepción general es que Estudiantes no carece de jerarquía en el nivel que se declara, para excusar la irregularidad, sino que por contrario tiene más que muchos. Pero ante un arranque con 3 derrotas y ninguna victoria, con 12 goles en contra en 5 encuentros, 7 en los últimos 2 partidos, con rivales accesibles y desenlaces descorazonantes, y habiendo sacado 2 puntos de los últimos 18… en los tiempos cortos y algo histéricos del fútbol argentino, con los pocos pergaminos de Cagna y una perceptible falta de comunión, de llegada con el grupo, un buen torneo no alcanza.

Los números son contundentes: el ciclo Cagna se dedicó durante 5 fechas a autodestruirse, a despilfarrar lo edificado, en las últimas dos fechas de los modos más espectaculares, y se encuentra al borde del suicido. Pero Estudiantes no tiene plata para indemnizaciones y debe esperar la decisión del DT, que probablemente se mantenga en el cargo hasta que la evidencia lo aplaste o se produzca el milagro de la revolución. Tarde o temprano, a todas luces, Cagna se convertirá en un DT más que no cumple su contrato, el quinto desde la partida de Sabella (Berizzo, Zuccarelli, Russo y Azconzábal engordan la lista). Es un rubro clave, que en este momento de crisis económica, no permite una nueva falla.

Los nombres mencionados, sin embargo, técnicos jóvenes, accesibles para las arcas del club pero sin demasiados pergaminos, asoman apuestas riesgosas que parecen destinadas a sumarse a la lista mencionada: Estudiantes necesita un técnico capaz de aportar un plus, de potenciar lo que hay, y ya no un administrador de riquezas para un equipo que juega solo. A lo mejor, al traicionar su pasado tacticista e imaginando, ninguneando y expulsando a Sabella, que el equipo volaba en piloto automático, es que Estudiantes perdió la línea. Se urge encontrarla, no elegir entre lo que está disponible sino buscar lo que se precisa.

sábado, 9 de marzo de 2013

El valor de los valores

De Marti Perarnau para Sport

De tanto estrujar el concepto ha terminado por ser irreconocible. Hay gente muy importante en el Barça que lleva años potenciando las facetas más nobles de la actividad deportiva. Desde el director de La Masia hasta el entrenador de los más benjamines son numerosos los maestros que a diario enseñan pautas de comportamiento que entroncan con lo que, de manera general, se denomina “valores del deporte”, tales como competir con nobleza (lo que no limita la intensidad), comportarse con elegancia, ser educado, discreto en la victoria, sobrio en la derrota, comedido en la explotación del ego, solidario con el colectivo y comprensivo con la realidad de que la vida es más amplia y compleja que el propio deporte. Aplicados estos conceptos a diario, el Barça sintió un día que estaba realizando una excelente labor y, aprovechando que también conseguía éxitos sobre el césped, entendió que podía hablar de 'valores' con toda propiedad. Era cierto.

En estos tiempos en que los clubes de fútbol ya son marcas internacionales y corporaciones transnacionales resulta imprescindible no solo poseer iconos reconocibles (Leo Messi), sino conceptos asociados a dicha marca: valores es un concepto espléndido por la carga emocional que conlleva. Buena gente jugando buen fútbol (y ganando). Pero la asociación de marca y concepto está sujeta a dos riesgos: el incumplimiento y el abuso. El Barça ha abusado del concepto hasta la extenuación, empleándolo para todo, del derecho y del revés, como justificante de un patrocinador, de un error o de cualquier arrebato. Estrujado hasta la última gota, el concepto está entrando en el terreno del chascarrillo y no hay peor noticia que esa: quemar tu propio concepto.

Los incumplimientos no ayudan. Explotado el concepto, también resultó visiblemente maltratado, alguna vez sobre el césped y nada menos que por el propio palco, lo que no deja en buen lugar las palabras pues empiezan a parecer huecas porque más que proclamarlos, los valores hay que cultivarlos.

viernes, 8 de marzo de 2013

Teoría poscolonial


Por un instante invade la desolación. Está bien, van 4 fechas, no es para balearse en un rincón. Pero cuando la pelota pica y entra, y es el tercero de Colón, dan ganas.

Estudiantes mejoró notoriamente. Claro, ante un rival muy limitado, atravesando una crisis muy similar a la nuestra y que empató casi sin quererlo, sin ir a buscarlo suicidamente. Lo empató, además, por un exceso de confianza de la defensa, a la cual este año no le sobra como para andar mirando la pelota en vez de siguiendo a los jugadores. Lo empató, claro, por el mal momento del Gori Silva, quien también necesita una buena caga a pedos.

El equipo, otra vez, volvió a demostrar flaqueza en los momentos importantes. Falto de andamiaje colectivo, y también falto de fe en lo que se está jugando, Estudiantes mejoró pero continúa sin ser un equipo que contagie, que insufle esperanzas a partir de su sostenido mejoramiento. Estudiantes va queriendo, pero hoy por hoy su techo no parece lo suficientemente alto con invitar al hincha a creer en un retorno a las Copas. Más bien muestra una versión emparchada de un equipo de mitad de tabla.

El problema es que hoy otro cimbronazo (es decir, un nuevo cambio de técnico, como se rumorea podría devenir de una derrota de local ante Newell’s, que llegará con un mix) resultaría probablemente improductivo, sobre todo sin un reemplazante natural. El problema está desde el inicio: el diagnóstico de jugadores (que siguen pensando en transición, a pesar de tener un muy buen plantel), técnico (de constantes volantazos que modifican solo lo superficial y aciertan y desaciertan en el mismo porcentaje) y dirigentes (que confunden estabilidad con idoneidad a la hora de decidir sobre técnico y jugadores), el diagnóstico de todos falla y lo que decanta es lo que debe decantar por lógica.

Para que Estudiantes contagie de nuevo a sus hinchas, para que vuelva a contar historias de las heroicas, habrá que esperar por una improbable revolución interna: que los gritos de Cagna le lleguen a los jugadores, que los jugadores se decidan a embarcarse en este navío así alcance la ballena blanca o naufrague. Que se termine la tibieza, que se acabe la desconcentración: los volantazos, y también algo de mala suerte, desconciertan, agotan, y deben combatirse para no acostumbrarse a la mediocridad. Para este objetivo, dos peces gordos como Newell’s y Vélez vienen mejor que dos necesitados como fueron San Lorenzo y Colón.

Estudiantes despilfarró el triunfo por su tibieza. Seguro, podrá recaerse en la inconsciencia de Jara al intentar picar lo que era el final del partido, o en la inseguridad de Silva para proteger el arco. Pero al fin y al cabo es el técnico quien debe aportar un contexto que obligue a la concentración y a la seriedad, donde nadie la pique por respeto a sus compañeros y por miedo al conductor, donde nadie se pase los minutos finales del partido “definido” deambulando, esperando el pitazo final (además debe aportar, obviamente, el contexto táctico en el cual los jugadores jueguen cómodos). Cagna, hoy, con sus idas y venidas discursivas y tácticas, no impone esa lógica. Asoma como un guía confundido, y hasta algo débil en su manejo de grupo. Su lectura del partido ante Colón fue desacertada, y ese puesto por puesto de Zapata por Carrillo pareció más el cambio de un técnico que cree que el partido está terminado a una búsqueda por apuntalar lo que el equipo comenzaba a hacer: defender y salir de contra con Auzqui, Núñez y Jara. Con el resultado puesto, la entrada de más volantes a defensores parece imponerse.

Sacar conclusiones semana a semana lleva a una gran ansiedad: se arman relatos con los resultados puestos que quizás nada tienen que ver con lo que sucede en la cancha y terminan empujando a renuncias y despidos apresurados. La salida, hoy, de Cagna, a cuatro fechas del inicio, sería idéntico a uno de los criticados volantazos del DT: un parche a las apuradas, luego de un mal diagnóstico. Sí está claro que el técnico, en lugar de continuar con sus cambios constantes, equivalentes a pasajes de boleta, debe encargarse de concientizar y potencias este equipo. Las excusas se van terminando.

Para que Estudiantes juegue por algo, para que el equipo contagie, y se contagie, para que cuente alguna historia, necesita una revolución de la cual no parece ser capaces varios de estos jugadores conducidos por este DT. Si no no habrá debacle, pero tampoco épica, ni siquiera pequeña, cotidiana, dominguera, como esas victorias de los equipos de 2004 y 2005, que gestaron el glorioso 2006: así se ganará cuando se pueda, cuando se dé, y se perderá con resignación y desconcierto. Estudiantes está en una nueva encrucijada, una más desde la partida de Sabella: en el pasado las resolvió bien. Ultimamente, no.

La máquina anti




Gritos horrorizados. Basanta, pincharrata, picapiedra: sinónimos para quienes se autoadjudican el paladar del pueblo y escriben en prosas decoradas críticas vacías desde la ignorancia absoluta. El tema futbolístico del día es la derrota de Boca, pero hay lugar, siempre, para tirarle un palito a un entrenador que da pocas razones para la crítica: laburante, callado y amparado hasta aquí por los resultados, Sabella los saca de quicio con su procedencia albirroja, renegando para colmo de su lugar de nacimiento, River. Y los molesta con sus convocatorias porque los obliga a trabajar, a investigar.

Pero no todos quieren tomarse el laburo de buscar quien es, realmente, Basanta. La crítica es quizás el lugar fundamental para la humanidad, pero también el refugio de quienes quieren aparentar conocimiento. Quienes critican la convocatoria, ¿cuántos partidos han podido ver del jugador? Figura en México, sus partidos no llegan a la televisión argentina, y difícilmente alguien se cuelgue de internet a ver los partidos de Monterrey. Lo mismo sucede de quienes hablan del presente de Sosa en Ucrania o de Montillo en Cruzeiro. Piden, en su lugar, jugadores como Icardi (lesionado), Insua (sin partidos en el Atlético Madrid), Fazio (de presente irregular), Tino Costa (buscando club). Se trata de nombres que atraviesan presentes complicados pero que son marketineros, suenan bien, a conocedor del fútbol. Pero la selección no debería ser un lugar para dar rodaje: pedirlos, desde los medios, corresponda a una falta de investigación. Otros, por supuesto, gritan desde Capital por los Sanchez Miño, los Ponzio o Lisandro López: presuponen que el fútbol nuestro, al cual vienen a morir jugadores seudoretirados y la descocen, es mejor que ligas de inversiones millonarias, como Ucrania o México. También allí hay ignorancia, pero porque la ideología nubla la interpretación: los argentinos seguimos aferrados al mito de que el fútbol es mejor acá, en el potrero, sin disciplina táctica y con el césped raído. También seguimos bastante permeables a lo que vuelcan día tras día los medios capitalinos sobre los clubes de esa ciudad, convirtiendo a pibes con 2 partidos en cracks de 20 palos.

De todos modos los jugadores listados han estado en la órbita sabelliana, que todavía tiene que convocar a los futbolistas del medio local (pedirlos hoy como crítica a supuestos olvidos representa o un error o, sencillamente, una difamación). Incluso, hubo cierto contento cuando se supo que Sabella miraba a Orban: de pasado en River, nadie discutió las pocas credenciales del jugador hoy en Tigre. El ruido proviene muy claramente desde un sector de la prensa, bienpensante y enojada eternamente con Estudiantes por la falsa caracterización que se ha realizado desde el 68 en delante de la escuela pincharrata. Los mismos medios le hicieron el juego y le dedicaron tapas y páginas a la labia lírica de Basile y Batista.

Por ello cuando convoca a Basanta la ignorancia arrogante de Capital se sorprende y pone el grito en el cielo: ¡otro pincha más! ¿Sabrán que Sabella nunca lo tuvo a Basanta en Estudiantes, que emigró a México en 2008? ¿Qué critican, además, exactamente? Entre los convocados están los nombres indispensables, y el resto, después de todo, es bastante relativo (Argentina no clasificará o dejará de hacerlo si se convoca a Insúa en lugar de Basanta) y pertinente a la labor del entrenador. Por otro lado, si el DT decide que, con un colchoncito de puntos, es hora de probar en la zona que más insegura se ve, la defensa, ¿qué hay de denostable en la decisión?

La tapa de noviembre de Un Caño
ninguneando el laburo de Pachorra
El sector aludido de la prensa, compuesto por medios disímiles como Clarín y la revista Un Caño, han criticado severamente el andar defensivo y la Messi-dependencia. Antes, pedían hacer eje a Messi a toda costa, “para que juegue como en Barcelona”. Cuando Sabella consiguió hacer que la Pulga juegue por lo menos en niveles altos con la celeste y blanca, el discurso se dio vuelta. ¿Y si se enferma Messi? La persecución ya roza el absurdo cuando, luego de meses de críticas atroces a la defensa, se critica la convocatoria de un nuevo jugador para probar en la línea. Estos periodistas parecen no saber que hay decenas de buenos jugadores argentinos, y que es la labor del entrenador probar y elegir acorde a sus conocimientos y preferencias. Pero, de nuevo, estos periodistas parecen no saber muchas cosas, o quizás se harán los tontos y elegirán continuar siendo eterna oposición, máquina anti: criticar, después de todo, es bastante fácil. Con un poco de ruido vacío se queda bien, sobre todo cuando el criticado tiene tan dudosas credenciales como pertenecer a la estirpe pincharrata.

domingo, 3 de marzo de 2013

Piloto automático



Este artículo no se propone hacer leña del árbol caído: Barcelona, ese sequoia del fútbol, seguramente se mantendrá en pie tras esta racha adversa, aunque quizás con menos esplendor, abastecido por esa cuna de identidad que es La Masía. Pero lo cierto, lo que confirman las derrotas sufridas en manos del Milan y el Real Madrid, es que hace rato ya que atraviesa una crisis de recambio que empezó, incluso, antes de la salida de Guardiola, y precipitó su salida, abrumado ante la perspectiva de modificar un grupo que le había dado tanto y ahora, entre el paso del tiempo y el agotamiento mental, necesitaba modificaciones.


Aún así, con la copia (Roura) de la copia (Tito) de Pep en el banco, la jerarquía individual culé y la inteligencia de sus jugadores, adquirida entre los días de La Masía y la conducción de Guardiola, consiguieron disimular brillantemente un andar colectivo que se desvencijaba de a poquito. El trabajo entresemana se nota, siempre, en el juego sin pelota, y el Barsa de Vilanova y Roura fue perdiendo, si no los conceptos, sí la ejecución de su fútbol integral, el que lo llevó a la cúspide de la historia del fútbol. El primer pecado de este Barcelona es su mal retroceso: los defensores, acostumbrados a jugar bien adelantados, sufren las crecientes pelotas perdidas y quedan muy expuestos, mano a mano. Hoy se logra cortar más el juego de pases del Barcelona, por disminución en la intensidad y la fluidez pero también porque los rivales se avivan. La jerarquía y potencia de sus delanteros sobra en la Liga, pero la falta de equilibrio le ha costado al Barsa su jerarquía europea: en Champions, cada gol concedido paga y la teoría de “hacer más goles que el otro” se torna una apuesta peligrosa. Cualquier equipo agrupado atrás y rápido para la contra desbarata la invencibilidad culé y desnuda falencias defensivas y hasta cierta desidia de los jugadores para romper los cercos de modo creativo: los delanteros, frustrados por momentos ante el marcaje férreo, parecen repetir jugadas de manual que las buenas defensas suelen leer e interceptar. Las combinaciones son copia de las que se practicaban en la era Guardiola, se repiten como esas fórmulas que en los viejos juegos de fútbol te permitían hacer goles (pararse delante de los arqueros, por ejemplo, en el FIFA 96), como si el equipo funcionara en piloto automático, con correcciones realizadas por Whats App.

La crisis le llegó en el peor momento: fueron 3 partidos, pero uno lo dejo al borde de la eliminación en la competencia más importante, otra lo dejó afuera de la Copa del Rey y la tercera, en manos de los suplentes del Madrid, fue, simplemente, el retorcerse de un puñal en la herida y la confirmación de que no se trata de una racha sino de una crisis. Si bien si un equipo, en toda la historia, pudo dejar de preocuparse por el rival con argumentos, ese fue el Barcelona, también siempre sufrió los planteos que lo enjaularon, sobre todo a nivel europeo, cuando la cosa se vuelve a suerte o verdad: allí están las eliminaciones de las Champions 2010 y 2012 como testimonios. La figura del antifútbol del rival como justificación moral de las derrotas, suscitada por sus legionarios, sirvió nada más que para negar un problema latente. Barcelona, amparado en estas ideas, salió a jugar como siempre ante Milan y Madrid, facilitándoles los espacios como sin prever el juego del rival, en un claro fallo estratégico del equipo del DT virtual. En tanto, ni Milan ni Real Madrid hicieron su trabajo, explotaron las falencias del Barsa pero sin abandonar la voluntad de jugar y ganar: Allegri y Mourinho, simplemente, hicieron un planteo que tuvo en cuenta al rival, contaban con los jugadores ideales para su ejecución (defensores fuertes, delanteros veloces) y así consiguieron terminar no con el Barsa, pero sí con el mito del equipo que se maneja a control remoto desde un helicóptero. El fútbol de ellos propone terminar con dicotomías añejas, que ya no sirven para analizar el fútbol, y con la moralización de los estilos de juego: lo hace jugando un fútbol que es ofensivo o defensivo según el rival y el momento; lo hace también al demostrar que Barcelona no es mágico, fruto del talento único de una generación de cracks, sino hijo del trabajo a muy largo plazo, de la inteligencia de su conductor que lejos de encorsetar la habilidad para potenciar el colectivo, hace estallar la habilidad por medio del colectivo. “Acaso lo importante no sea la libertad en sí, sino saber qué hacer con ella”, escribe Ramiro Martín en su libro sobre Messi, de próxima salida.

Lo que cae, pues, no es tanto el Barcelona como ciertos mitos que lo rodean. Lo que cae es la idea de que sin un orden y trabajo se puede conformar un gran equipo. Hizo falta que el Barsa extrañara a Pep para que el fútbol se diera cuenta que casi nada sucede por arte de magia. Si mirando al Barcelona elegimos creer en lo mágico, hoy nos desayunamos que para que surja la magia se necesita mucha, pero mucha, practica.

jueves, 28 de febrero de 2013

Quimera



El estadio torna, lentamente, quimera que amenaza con existir. Las dificultades judiciales no cesan y se suman a los problemas económicos, cuya solución, mediante “ingeniería económica” y “recursos extraordinarios” (es decir, con ingenio y sin comprometer las arcas o el patrimonio), fue el caballito de batalla electoral de la actual sede. Las promesas electorales vuelven a hacerse sobre el bidet: el club compromete directamente el patrimonio al ofrecer, como parte de pago, porcentajes de futuras transacciones de jugadores juveniles. Lejos de tratarse de un ingenioso recurso sino normal proceder del endeudado mundo futbolístico que se vuelve cada vez más rehén del sector privado, la propuesta revela por enésima vez el estado delicado de la economía del club, incapaz de encarar la construcción del estadio con recursos generados por fuera del presupuesto: porque, finalmente, Estudiantes compromete los ingresos a futuro de venta de jugadores, los únicos ingresos gruesos que es capaz de obtener por fuera de esponsoreo y televisión (que ya no alcanzan para achicar la deuda), ingresos que además son clave en el nuevo proyecto futbolístico que apunta a sanear el club, futbolísticamente y económicamente, desde el fútbol juvenil. Además, claro, se corre el peligro de sufrir la presión de los terceros en el futuro para realizar transferencias prematuras, quemando las etapas lógicas en el desarrollo de los chicos y privando al club de disfrutarlos lo suficiente.
Por supuesto, no representa ningún Apocalipsis. En el club ya juegan jugadores, algunos juveniles, con pases pertenecientes a terceros: la realidad del fútbol hoy es que luego del intento de penetración sin consentimiento que se hiciera a fines de los 90, el reino de lo privado ha conseguido lubricar la zona para ingresar con el permiso de los supuestos protectores. Ideologías aparte, el fútbol millonario de hoy difícilmente puede sobrevivir sin los aportes de terceros, y esa supervivencia se hace, muchas veces, a cuesta de los intereses de los clubes, que ven estrellas fugaces lucirse por instantes con su camiseta para luego verlo partir casi sin beneficios. Se trata de un vaciamiento sistemático que debería recibir oposición férrea, indiscutible, hasta legislativa, para evitar un ya palpable empobrecimiento de clubes y del fútbol argentino todo. El caso de los porcentajes en Estudiantes no es entonces más que un síntoma de un fútbol enfermo, demasiado endeudado para ser soberano: una raya más al tigre.
Se vuelve polémica la columna: ¿vale todo con tal de hacer el estadio? El presidente Lombardi empuja para hacer el estadio. Es demasiado apresurado decir que lo hace “a toda costa”, pero sí está claro que está dispuesto a resignar, a volver grises, algunas de las propuestas que había declamado en su bella pancarta electoral. El socio debe permanecer a la vigilia: no embelesarse con la quimera del estadio, que tantos dolores de cabeza ha causado a tantos clubes, y proteger, primero, a la institución. Las quimeras, no debe olvidarse, tienen tres cabezas y vomitan fuego.

sábado, 23 de febrero de 2013

El paciente está complicado



El eufemismo médico que titula esta opinión le calza perfecto a Estudiantes: poco puede decirse de su porvenir, pero es difícil ser optimista. EL diagnóstico sigue errándose, las elecciones previas al partido siguen siendo apresuradas, impulsivas, y así Estudiantes sigue sin rumbo.
La falta de fe en los planes del DT ya se hace palpable dentro de la cancha: uno tras otro se suceden los goles sobre la hora, ya desde el torneo anterior, evidenciando que aún en aquellos momentos, hoy lejanos, donde la defensa engranaba y se ofrecía como el mejor argumento para sostener al equipo, que Estudiantes se calza el overol, decide jugar a dientes apretados, morder y defender la valla, pero no solo por errores tácticos está lejos de conseguirlo. Las distracciones defensivas en cada balón detenido son claras, el mal momento de Silva inobjetable, pero falta también cierto compromiso colectivo para defender lo ganado.
Por supuesto que, además, el equipo juega al fútbol a kilómetros cada jugador del siguiente; que Cagna, de volantazo en volantazo para demostrar no se qué autoridad, no sólo no da en la tecla sino que le quita confianza a los jugadores, que cambian de posición, entran y salen y nunca pueden afianzarse individualmente o colectivamente. Sufren más los encargados de la creación, que con sólo correr no consiguen nada: sin sociedades de apoyo, quedan reducidos a maniobras individuales excepcionales. Y son apuntados por el DT cuando el equipo no funciona al fútbol, en lo que es un clásico mal diagnóstico que confunde síntoma con causa de la enfermedad.
Los 28 puntos del Inicial 2012 fueron el argumento más importante para darle continuidad al ciclo Cagna, que nunca pudo sostener en el tiempo los pocos momentos de vuelo futbolístico asociado. Gran parte de la cosecha se debe al gran momento que tuvo Duvan Zapata, hoy algo desinflado, y a una defensa que hoy luce desconocida. Cagna, en estas tres fechas, ha decidido cambiar, a veces por lesiones, varias veces el formato de la línea defensiva: 3 con Angeleri, 3 con Desábato, 4 con Angeleri de lateral. Al buscar la solución la disuelve, por no darle a la línea de atrás tiempo para el acople: esta desnaturalización la ejerce el técnico en todas las líneas, sacando y poniendo a Román Martínez, el chivo expiatorio también de los hinchas que hacen bullying sobre el nuevo (para colmo de un estilo poco remunerado por el pincharrata), moviendo a Gelabert, usando a Iberbia de lateral-volante. El torneo no es lugar para experimentar: Cagna se pasó toda la pretemporada ensayando un esquema con un once inicial, y antes del arranque empezó a cambiar. El momento para buscar era en el verano, y no ahora, sobre la marcha y a los parches.
Tras criticar públicamente a los jugadores (y pedir disculpas, en una movida que generó primero el rencor en el vestuario y luego el desrespeto, al retractarse) Cagna continuó culpando a sus jugadores del mal andamiaje: el peso de la falta de creación recayó en Martínez y Fernández, relegados, y durante los encuentros el DT solo apostó al cambio puesto por puesto, leyendo no una falla estructural sino malas actuaciones individuales. Entre tanta movida, el plantel continúa lógicamente sumido en el malhumor y el mal nivel individual: sin jugadores capaces de cambiar la ecuación (no lo son, hoy por hoy, Zapata, Martínez, Fernández, Núñez, Auzqui o Jara), el Pincha depende de lo que regalen la suerte o el rival.
Que Cagna es un DT que labura no cabe duda. Que sus cambios de parecer constante hacen mella en el equipo, cada vez más descreído del objetivo, también parece claro. Sus volantazos, más que mostrar carácter para conducir, desvelan un desconcierto. Los jugadores, mientras se suman las frustraciones dentro de la cancha, dudan, descreen del rumbo señalado por el conductor. Y este descreimiento es fatal.
Por cierto, el empate sobre la hora de San Lorenzo se basó más en una distracción defensiva, difícil de entrenar en la semana aunque reveladora en cuanto al grado de compromiso, que en un mal partido o en mala actitud de los jugadores. El equipo ha decidido recomponerse, y sufrió, sencillamente, la consecuencia de depender más del azar que de sí mismo. Y no tanto, como se declamó al unísono en una campaña para sacarse la presión tras el mal comienzo, de una supuesta falta de jerarquía: el fin del champagne es real, la fiesta se terminó, pero en el fútbol argentino este equipo tiene más plantel que muchos y mucho más para dar. Debería pensar en entrar en las copas antes que en echar al DT y sumar puntitos para el futuro. Ambiciones así de frustradas tampoco aportan al entusiasmo grupal de un equipo que quiere vestirse siempre de contendiente y le terminan faltando cinco pal peso.
El desenlace de la salud del paciente depende, básicamente, de su capacidad de lucharla. Cagna y Estudiantes deben pelear, partido a partido y semana a semana, por ser algo mejor que esto. No deben intentar emparchar esta versión deslucida, lo cual llevará nuevamente a una irregularidad insoportable, sino dar un salto de calidad. Imposible conseguirlo en dos o tres fechas, pero sí en cinco: pero para eso, se necesita que todos los marineros estén a bordo de un barco que atravesará mares peligrosos, rumores de renuncias y despidos, jugadores relegados. Si perseveran los egos mancillados de esas situaciones, el barco naufragará inevitablemente; si las dificultades hacen la unión, estaremos ante otro Estudiantes, un equipo capaz de contagiar y esperanzar.

jueves, 7 de febrero de 2013

Cuando se pifia el diagnóstico...

Cagna evalúa cambiar. Trabajó durante toda la pretemporada con un equipo pero, falto de reflejos, parece decidido a probar en el primer encuentro del año por los puntos y no en los cuatro amistosos de pretemporada. El equipo no terminaba de cerrar aún tras sus tres victorias en los partidos de preparación pero, como suele suceder, fue la derrota ante su gente con San Lorenzo la que encendió las alarmas.

Cagna determinó el ingreso de Leonardo Jara por Román Martínez: Jara pasará a la derecha, y Gelabert, tras seis meses, jugará en su puesto predilecto. El correntino ha mostrado frescor en sus arranques y más vértigo que Gelabert, que es un jugador más cerebral: a priori el enroque debería ser positivo.
Pero, ¿cuánto puede cambiar las cosas Jara? Hace unos meses publicamos una columna de opinión sobre la falsa culpabilidad que recaía sobre Román Martínez: era el responsable de todos los males, en lugar de un eslabón más de una cadena deficiente. El problema de fondo continúa: Estudiantes ataca con absoluta previsibilidad, marcando goles solo por errores ajenos o iluminaciones que, en el actual plantel, no son tan habituales. Y se recae, en la tribuna y en el banco de suplentes, en un jugador o en un esquema como problema.
Estudiantes atacó el año pasado con un esquema que permitía jugar con tres delanteros, y que resultó en definitiva en un equipo con muchísimos problemas para defender los costados. El pasaje a un 442 implicó reforzar las bandas, cubiertas ahora por un lateral y un volante, pero debería implicar a la vez una profundización del problema en ataque de Estudiantes, es decir, de lo previsible de sus ataques, que son prolijos pero lentos y abusan de la apertura y el centro. Román Martínez, en este sentido, no pudo cambiar el ritmo, pero toda la responsabilidad recayó siempre sobre él. Gelabert, además, es un jugador de similar tranco, y la posición de ambos en cancha, al lado de Braña, los aleja del área, lugar donde Martínez, con su pegada y su pase entre líneas, ha causado, aunque más no sea esporádicamente, real daño.
El cambio de esquema responde a la vez a la vuelta de Angeleri y Ré, que permiten la conformación de una línea de 4 sin improvisar (recordemos que Modón no es del paladar de Cagna, que no contó durante la temporada anterior con un lateral/volante derecho), y a una predilección del DT por el 442, sistema táctico caracterizado por su solidez y que gracias a la versatilidad de sus jugadores opera como base a infinitas variantes durante el partido: armar línea de 3 adelantando a Angeleri, jugar con tres delanteros cambiando un volante por un punta, jugar con enganche. Siendo que el funcionamiento defensivo (con línea de 3) fue de lo mejor del equipo en la segunda parte de 2012, y que la falencia principal durante ese período fue la falta de sorpresa, el cambio de esquema puede resultar, en realidad, un error.
Cagna diagnostica además que la ejecución falla por un solo jugador, Martínez. Clave, sí, Román es un eje fantasma por momentos. Incómodo y todo, aportó poco fútbol pero mucho gol, pidiendo por favor que se lo adelante en cancha, enganchando a Fernández y Zapata y corriendo del equipo a un mimado de Cagna, Núñez. La disposición táctica condiciona la ejecución pero no la determina: Martínez, en medio de su adaptación, de los murmullos y la incomodidad, se dejó abrumar y probablemente sea esa actitud frustrada la que lleva a Cagna a sacarlo, incluso para despertarlo y protegerlo.
La cuestión es que el diagnóstico vuelve a recaer en un solo jugador, y no en el funcionamiento global, en la disposición táctica, en el modo en que se practica la ejecución, en que se forman las sociedades aún ausentes tras seis meses de Román. Martínez merece tomarse un respiro de la titularidad, pero no ser señalado como el culpable de todos los males. Cagna erra al cambiar de esquema a días del inicio, luego de practicar con el 442 todo el verano: error obvio, parche improvisado que revela además la falta de variantes practicadas en la pretemporada. Se queda en timidez, al insistir con jugadores parejos, quizás rendidores y dúctiles, pero que no cambian la ecuación, y marginando a aquellos que tienen el talento para romper defensas en un fútbol cerrado y en un equipo demasiado lento en la transición defensa-ataque. Y al marginarlos, al dejar en el banco a Román, al insistir con sacar a la Gata, erra también al recargar las tintas en los ejecutores individuales y no en la ejecución colectiva: se descarga así de la responsabilidad de hacer sentir cómodos a los ejecutores y conseguir un fútbol que fluya, y entonces se desentiende de la búsqueda de soluciones estructurales. Cuando se falla el diagnóstico, cuando no se ve el problema, difícil que la cura sea la adecuada.

domingo, 3 de febrero de 2013

Nostalgias



El fútbol argentino, como el cine de Hollywood, ha perdido la inventiva y anda de remake en remake, añorando tiempos que imagina mejores. Vuelven cracks rotos y apaleados en ignotas ligas, y vuelven con todo un cuento detrás sobre la imposibilidad del jugador de seguir viviendo sin el club de sus amores, que justifica los sueldos dolarizados que perciben en los seis meses que se quedan a préstamo. Vuelven por esa cosa conservadora del fútbol argentino, de creer que todo tiempo pasado fue mejor, que los pibes de ahora no tienen sangre. Vuelven para remediar la crisis de identidad que atraviesan todos los clubes, compuestos por un batallón de jugadores a préstamo, un puñado de tipos que llegan de otros clubes y alguno nacido en la cuna, que es lo suficientemente malo como para no ser transferido a un futuro mejor. Vuelven con el aval de todos, porque son los héroes de la infancia, porque siempre se vuelve al primer amor.

Igual de efectista resulta el retorno, anunciado en los medios hasta el cansancio, de los DTs que supieron dar gloria a los devaluados equipos capitalinos. Primero regresó Gallego a Independiente; luego desembarcaron Ramón y Bianchi en River y Boca. Todos tienen en común un rico palmarés que les da una envidiable espalda para afrontar la tormenta, y además una caudillesca confianza en sí mismos, un aire de que nada puede salir mal con ellos arriba del barco, necesaria para levantar los alicaídos ánimos de los equipos de Capital Federal.

Ocurre que el saco de técnicos se agota pronto. Los dirigentes meten la mano en la bolsa de los técnicos jóvenes, jugadores retirados recientemente, si les parece que el momento pide frescura. La nueva camada de entrenadores, muy atractiva desde los discursos y el marketing y saludable aire fresco al desfile de entrenadores demasiado viejos para comulgar con las nuevas generaciones de jugadores y sin ideas novedosas, no ha resultado demasiado efectiva. U entonces, con el fracaso de un ciclo consumado, los dirigentes apuestan, entonces, a lo “seguro”, toman decisiones sin importar los costos económicos que los salve de la crítica: meten en la bolsa de los históricos, de pasado lejano en el verde césped, larga trayectoria generalmente irregular como técnicos pero, generalmente, cierta identificación con los colores o los momentos de gloria. No se busca nunca por fuera de estas opciones existentes, creándose una red de técnicos que van pasando de un club a otro, pidiendo trabajo en sus meses de desempleo en los canales de cable.
En Europa, mientras tanto, hace rato se abandonó el mandato de contratar ex jugadores y se amplió el criterio de búsqueda: Mourinho, por ejemplo, es profesor de educación física especializado en ciencia del deporte, y arribó al fútbol grande como intérprete de Bobby Robson en Sporting Lisboa, Porto y su odiado Barcelona, donde ya era más que un mero traductor. Su supuesto sucesor, el portugués André Vila Boas, tampoco jugó nunca de modo profesional, arrancando su periplo como observador para Robson y asistente de Mou, para conseguir con jóvenes 21 años el cargo de entrenador de la selección nacional de Islas Vírgenes. Rafa Benítez, uno de los DTs más intelectuales del juego, quien aplica matemáticas y hasta ajedrez al análisis del deporte, jugó de modo amateur. Brendan Rogers, hoy DT de Liverpool y el encargado del ascenso de la sensación de la Premier, Swansea, jugó hata que una lesión lo detuvo a los 20 años. Arsene Wenger es otro caso testigo: de carrera irrelevante, se transformó tras 12 partidos en primera en un entrenador loado por el economista Stefan Szymanski y el periodista Simon Kuper por su uso de las estadísticas para contratar jugadores mediante recursos limitados y tomar decisiones que mejoran la calidad del juego. El Loco Bielsa, en Argentina, es el ejemplo de lo que hoy se busca en Europa: no tanto una carrera consagratoria o un estatus de ídolo, sino una planificación integral del juego, obsesiva, científica.
Pero en Argentina preferimos la endogamia, no abrir el juego y continuar con la creencia de que el fútbol, arte misterioso, es un conocimiento que no se puede aprender sino dentro de la cancha, por osmosis y experiencia. La apelación a la magia como solución es una característica saliente del pensamiento mesiánico argentino, y más cuando de fútbol se trata: la epítome de ese modo de operar ha sido, sin dudas, la convocatoria de Maradona, un DT sin lauros y con muchos papelones en su haber, para dirigir al seleccionado de cara al Mundial 2010. Una apelación a la mística vacía de contenido, basada en juntar al más grande con su heredero como si de una fórmula alquímica se tratara.
El regreso de Biancho y Díaz son síntomas de la falta de ideas en el fútbol argentino: sin estudio, abonados al cuentito mágico y folclórico de que el trabajo destruye la inspiración y la mecanización aburre, se recae siempre en soluciones mágicas y se espera, en definitiva, la salvación de alguna inspiración individual (ya sea en la cancha o desde el banco de suplentes). No implica que vayan a fracasar (son, después de todo, técnicos vivos con experiencias muy positivas en su haber) pero sí explican la boludez de echar a Falcioni, el único DT que logró domar el vestuario y conseguir resultados en los últimos 5 años en Boca: pero el coro, jugadores e hinchas, pedía a gritos su destitución, y los dirigentes, por no enfurecerlos, siempre esclava de la caprichosa dictadura digitada desde los medios, prefirió darles el gusto. Vuelven Carlos Bianchi y Ramón Díaz. Vuelven a salvar a sus clubes.

domingo, 20 de enero de 2013

El fútbol argentino, enfermo de grondonismo




¿Para qué existen los seleccionados juveniles? Tienen poco de formativo, dados los plazos cada vez más cortos en que juegan los torneos, tiempos siempre presionados por los equipos que los ceden. 

Sólo durante los días de Pekerman pudo Argentina conformar un equipo con cierto sustento y una coherencia a lo largo del tiempo, producto de un proyecto que buscaba lidiar justamente con un sistema que atenta contra el largo plazo, a través de la selección temprana de una base de juveniles y la transmisión de ciertos valores y modos de juego a ese grupo.

Tampoco ofrecen roce internacional. Las selecciones a menudo se componen de jugadores ya profesionales, algunos incluso pateando en Europa. También, en el otro extremo, suelen rellenar el plantel varios ilustres desconocidos (un tal Messi estuvo ausente, por ejemplo, en el Sub 17 de 2003). En definitiva, lejos de ofrecer un fútbol colectivo de alto nivel, se depende de dos o tres talentos precoces, a menudo también ellos luego desaparecidos del mapa futbolístico (para repasar el mapa de figuras que luego hicieron papa en Primera, nada mejor que revisar En una baldosa). Sin dudas en Argentina una de las problemáticas en este aspecto es el trabajo disperso de los seleccionadores, poco metódico, basado más en videos, intuiciones, conejos, favores y el inflador mediático que en las caminatas por céspedes remotos, la observación profunda y datos mensurables.

El espectáculo de los torneos juveniles existe, sencillamente, porque es rentable: una especie de hipermercado de promesas al que se acercan agentes, dirigentes, clubes y esponsors en busca de baratas. Escribió Ernesto, hace unos días, en La Redó: “FIFA organiza cada dos años mundiales juveniles en lo que sería más bien un encuentro de multinacionales que se juntan a darle una mano a federaciones afiliadas que esperan estos eventos para asomar un poco la cabeza. Toda la maquinaria de sponsors de la entidad madre del fútbol mundial llega a un país determinado y configura una entelequia que tiene el tinte de campeonato mundial, disfrazado con que estos pibes son el futuro y demás estratagemas para vender el certamen. De formativo no tiene nada, las selecciones más importantes van todas con jugadores profesionales que por lo general ya tienen un buen fogueo en alguna primera división. En otros casos se los acerca al mundo del juvenil a quienes están realizando una carrera en el exterior tal vez como miedo a que más tarde se lo sople alguna federación. Finalmente, se trata de una gran convención de representantes con dirigentes donde se arma una gran barata y empiezan a repartirse videos con grandes jugadas de determinados jugadores, como si fuera una feria de la promesa a vender, a ver donde se coloca a tal o cual. Lo deportivo en un mundial juvenil queda en un segundo plano, casi no se ven grandes equipos, los pibes de hoy se interesan muy poco por el fútbol y están llamados a ir a cumplir, destacarse para asegurarse una venta o un buen contrato y poco más que ello.”

Ante este panorama no es de extrañar, entonces, que la parada haya sido copada por Grondona, sus hijos y algunos obsecuentes útiles. Bajo la consigna de desembarcar a la generación del 86 en la Selección, imaginando una transmisión por ósmosis de la mística de aquel equipo, ocuparon cargos clave en el presente y el futuro del fútbol argentino con amigos sin demasiado en sus currículum, y generalmente, sin nada en cuanto a manejo de juveniles, trabajo completamente distinto a la dirección técnica.
Trobbiani no tiene demasiada culpa. Allegados a Mandrake dicen que laburó como pocos; los detractores de este modelo improvisado dicen que convocó, como hicieron predecesores y contemporáneos a él, a través de videos que le acercaban. Sea cual sea la verdad, lo cierto es que el DT del Sub 20 estaba lejos de ser idóneo para el puesto. Entre sus trabajos figura apenas un modesto antecedente en el mundo juvenil, la coordinación de las divisiones juveniles del Hércules en 2005, y una serie de trabajos menores como entrenador. Las situaciones de Perazzo, quien no clasificó al equipo a Londres, y Lemme, actual DT del Sub 17, son similares. 

Desde AFA, con Julio Grondona como responsable, más allá de ese tibio intento de deslindarse (“Ya estoy grande, no puedo estar en todo, del Sub 20 se encarga Humbertito”) y su hijo Humbertito, a quien Don Julio puso en un puesto crucial con la única credencial de ser su prole, desarrollaron tras la salida de Pekerman en 2006 un sistema casi mafioso, basado en dádivas y favoritismos. Uruguay, en tanto, calcó el modelo de José, hoy exitoso DT en Colombia, y sacó agua de las piedras. Argentina no siembra en el desierto: a pesar del modelo grondonista de juveniles, la Selección sólo pasó algunos papelones mayúsculos. Muy pocas federaciones trabajan con algún método en el nivel amateur, y muy pocos países cuentan con la cultura futbolística que existe en cada rincón de nuestro país. Pero el “proyecto” de Grondona atenta contra las chacnes de éxito, las disminuye notablemente. Al ubicar como seleccionadores a personas sin capacitación en la captación de talentos, construye cimientos frágiles para el resto del edificio. Sin un proceso piramidal como el que edificó Pekerman, o como La Masía, que marque una línea desde la primera juventud en adelante, y con técnicos sin lauros a cargo, que poco aportan a potenciar los talentos, Argentina afronta los torneos juveniles dependiendo exclusivamente de sus individualidades, que muchas veces van a estos torneos preocupados por una lesión que los retrase en su llegada a primera, o pensando en mostrarse para ser vendidos al fútbol europeo.

La Argentina juvenil queda entonces presa de la suerte. Un grupo complicado, un par de partidos donde las estrellitas no se hallen y chau. Para colmo, cansados de ser cenicientas durante la era Pekerman, un fenómeno que también atañe a los seleccionados mayores, el resto de los equipos americanos ha desarrollado buenos proyectos de fútbol base que comienzan a dar sus frutos. Los rivales, antes aficionados de notable verdor, hoy son ya jugadores profesionales, e incluso hay algunos “europeos”. En este sentido, este proyecto grondoniano, dominado por la improvisación y el laissez faire, representa una absoluta subestimación del resto de los equipos, y también un insulto a lo que estereotípicamente se piensa como “la cultura del 86”.

La eliminación del Mundial Sub-20 no afecta la salud del fútbol argentino. Se trata de un resultado coyuntural que en nada incide en el futuro de la Selección mayor, que funciona, lamentablemente, aparte, sin articulación con los juveniles, y que se nutre con lo que producen no los seleccionados juveniles sino los clubes, que viven en gran parte de la venta de jugadores. Según un informe publicado en el diario Perfil, la venta al exterior se ha mantenido, aunque eso quizás no hable tanto dela demanda de futbolistas argentinos sino de la apertura de nuevos mercados europeos, asíaticos y hasta americanos. De todos modos, sin caer en cegueras nacionalistas, Argentina sigue produciendo materia prima codiciada y permanece entre los países importantes del mundo futbolístico, más allá de un crecimiento de los países periféricos y muy por encima, por ejemplo, de su posición en el mapa geopolítico del mundo.

Quizás no haya que caerle a este seleccionado. Jugadores y hasta el DT son meros eslabones en una cadena suelta en la matriz. La eliminación no constituye una vergüenza, una mancha para el prestigio de las selecciones, sino sencillamente un resultado futbolístico fruto del azar y consecuencia de los desmanejos de un ciclo que se agota. El verdadero peligro para la salud y el prestigio del fútbol argentino es Grondona, su permanencia en el poder, desobediente a la necesidad de recambio, y demasiado culpable de descalabros, corrupciones y muertes como para continuar esgrimiendo el lema del anillo. En la corte de un Grondona debilitado y alejado, según sus propias declaraciones, de la toma de decisiones, sus bufones y secuaces se congracian con él esperando la repartija las migajas del poder que alguna vez acumuló de modo mafioso y monopolizó orgulloso. Hipnotizados por el anillo, atentan, en su conspiración por empoderarse, contra el fútbol argentino, y descuidan por armar alianzas y posicionarse mediante amiguismos, el bien preciado, el fruto de millonarios ingresos de marketing y la fuente de orgullo de Don Julio: la selección argentina.


viernes, 14 de diciembre de 2012

Poder, política y porvenir


Para Solos Contra Todos



Verón regresó al club y sin hacer nada ya se nota su presencia. Rápidamente las declaraciones de la semana pasada del Chapu Braña en relación a sus dudas por renovar quedaron atrás, se vuelve a encaminar una extensión del contraro de la Gata Fernández y hasta Justo Villar, quien muchos hinchas ningunean, reconoció sentir cierto contento por la presencia de su ex compañero, cuya primera función es sin dudas restablecer el puente entre dirigentes y jugadores. Como director de fútbol su función diferirá de aquella que desempañaran Azconzábal y Romeo, pues estos solamente se encargaban del fútbol profesional: la idea de la Brujita es una reforma integral del fútbol todo, base y primera. Sin embargo, con el proyecto de juveniles, principal argumento para el desembarco de menor, aún en elaboración, y el desplazamiento de Pachamé, responsable del fútbol joven como ganador del concurso realizado a principios de año, todavía envuelto en un manto de dudas, el primer trabajo de Verón ha sido y será apaciguar las aguas y volver a dar voz a los futbolistas, que sienten que esta comisión, entre tanto campeonato económico, ha realizado esfuerzos insuficientes para mantenerlos con la casaca pincha. Incluso, dice el off, insuficientes de manera voluntaria.


La llegada de Verón se da, entonces, en un contexto más engorroso que el primer párrafo. El manejo de la CD al respecto, prácticamente echando sin echar a Pachamé a través de los medios, realizando el anuncio de la llegada de Verón sin dejar en claro cual sería el destino del volante campeón del mundo, ha sido por lo menos irrespetuoso, pero sobre todo contradictorio: meses nomás hace que se anunció el famoso concurso para dejar de poner amigos e hijos de vecino en un cargo tan fundamental como el manejo de los juveniles; hoy, sin concurso y con un proyecto aún crudo, asume Verón. Que Pachamé haya ganado, como se dijo en aquellos días, por pura chapa, es difícil discutirlo: su trabajo este año, complicado por cuestiones de salud, no resultó sino una continuación de las políticas erráticas, del laissez faire, que fueron lentamente secando el semillero. Pero resulta difícil discutir también esta imposición del proyecto Verón sobre uno elegido en un marco de supuesta elección estudiada: cortar un proceso pensado a largo plazo, a meses de comenzado, no parece haber provocado demasiado resquemor en la Comisión Directiva, aún si fue en perjuicio de una gloria absoluta como Pacha. Es sencilla la razón de este atropello: la cúpula gana mucha paz, puertas afuera con los socios (y con el propio Verón, quien se había convertido en un fuerte crítico del gobierno de Lombardi) y puertas adentro con los jugadores, gracias a la llegada de la Brujita.

La movida tiene mucho de político, pero no debe quedar reducida al provecho a corto plazo que la sede extrae de la vinculación de la Brujita al grupo de trabajo. Ese pensar dicotómico propio de los relatos construidos por la política, que determina el mundo pincharrata dividido en un hemisferio veronista y un hemisferio antiveronista, termina por aniquilar los argumentos y el pensamiento crítico: en rigor, el proyecto de Pachamé asomaba como poco novedoso y deficiente para revertir el déficit canterano, mientras que el de Verón, aunque sin garantías ni documentos que respalden la idoneidad de la Brujita y su proyecto para el área del fútbol juvenil, resulta al menos una idea ambiciosa que apunta no solo a terminar con el déficit sino a edificar a largo plazo una cantera que le de a Estudiantes una ventaja sobre las poderosas billeteras de los demás equipos. Ideas para vencer las desventajas genéticas de ser un equipo provinciano con dificultades para conseguir fondos y, por ende, contratar jugadores: “Hay que darle una vuelta más al fútbol, como hizo Zubeldía”, dijo Verón en su presentación, y hacia allí apunta su proyecto.

Estudiantes cambió el fútbol una vez. Hermanó la inteligencia en la cancha con la inteligencia en los escritorios, y construyó desde la nada un equipo que desafió todos los límites. Un equipo chico le ganó en Inglaterra al más poderoso del mundo y fue rey. La reproducción y recreación de las ideas de Zubeldía viven en el club y garantizaron que los éxitos, aunque espaciados, continuaran: pero Estudiantes tuvo muchas más dificultades para proseguir por la senda dirigencial de Mangano. El modelo futbolístico le dio a Estudiantes una ventaja sobre sus rivales, aún rehenes de la oscuridad mágica que rodea al fútbol; el modelo dirigencial, en cambio, a menudo reprodujo los vicios de los dirigentes argentinos: desde lo estructural, Estudiantes perdió esa ventaja de pensar más allá.

Valga una aclaración: ese “gran negocio” que supuestamente es el fútbol, es conveniente solo para futbolistas y representantes. Los clubes de todo el mundo penan para pagarle a sus jugadores, temen campeonar por el pago de premios y, año tras año, son obligados por hinchas, medios y urgencias a comprar una decena de jugadores que vendan camisetas, entradas y que quizás lleven al ansiado y temido campeonato. En Argentina la situación se reproduce pero de una manera más lastimosa: los dos o tres refuerzos de calidad se los disputan por cifras que no pueden pagar dos o tres clubes, y el resto vende lo bueno para traer mucho a préstamo, terminando con el patrimonio del equipo. En seis meses, el equipo pierde a sus futbolistas prestados y se ve en la obligación, otra vez, de conseguir barato y a préstamo algo para tirar en la cancha. Un círculo vicioso que sirve para explicar someramente las deudas estratosféricas de los clubes de acá y allá.

En este contexto, fueron varios los ilustres presidentes que consiguieron acompañar procesos deportivos exitosos con viveza y, como explicó Verón en la conferencia de prensa, capitalizar los éxitos. La comisión directiva que concluyó el año pasado su mandato, sin embargo, tuvo un año final donde hizo todo para descapitalizar, por el afán de conseguir un último trofeo, y se fue dejando un rojo apabullante que obligó a la CD a retrasar el inicio de sus proyectos en carpeta para emparchar varias áreas del club. Con más intenciones que obras hasta el momento, Lombardi se embarca ahora en una doble caza de la ballena blanca: avanza a paso lento con el estadio, deuda identitaria de la década pasada, y se sube ahora a una revolucionaria transformación en el fútbol base, a través de la cual intentará, como Zubeldía, como propone Verón, cambiar las reglas de juego y volver a ubicar a Estudiantes, contra todo pronóstico y contra la lógica actual del fútbol, en lo más alto.

Las ideas de Verón implican en primera instancia la costrucción temprana de una identidad futbolística e ideológica del juvenil: tomado de las ideas de La Masía y de Borussia Dortmund, cambiaría completamente el paradigma imperante al dejar de necesitar de figuras caras y ajenas al club, suplidas por lo producido que, aunque no fuera de calibre crack, conocería a la perfección las ideas de juego del equipo de primera, replicada en cada práctica de las divisiones inferiores de cuarta a novena. La adaptación sería así más fácil que actualmente, donde muchos tocan primera pero pocos se establecen. Como segunda herramienta, aparece la formación conceptual en el fútbol de los chicos, que hoy, en todos los clubes, se dedican solo a jugar sin entender, algo que atenta contra el ADN pincharrata. Esta educación teórica acabaría con un divorcio de décadas entre las ideas y las acciones en el fútbol, a la vez que daría a los cientos de chicos que no llegan a jugar en primera la chance de comenzar una temprana carrera como técnicos: Verón propone el fortalecimiento de esta posibilidad al plantear que el club debe generar no solo sus propios jugadores, sino también sus propios técnicos y dirigentes, capacitados también para caminar la misma vía pretendida en el proyecto.

Se trata de una idea integral, cuya complejidad la volverá de efecto lento y la convertirá en víctima de obstáculos, sobre todo de miradas que resisten el cambio de paradigma. La primera oposición ya ha surgido en el vox populi: la cuestión de las formas no es un tema menor, ya que la profesionalización de diversas áreas, propuesta por Lombardi primero y por Verón puntualmente en el tema fútbol, constituye un divorcio inevitable con el modelo social que tienen los clubes en Argentina. No es un gerenciamiento, como proponen los apocalípticos de siempre, intencionalmente, buscando construir siempre los bandos pro y anti. Las bases del modelo veroniano, es cierto, son el fútbol europeo, privado y cada vez más similar a las franquicias norteamericanas, y el proyecto llevado a cabo por Pepe Sánchez en el basquet de Estudiantes de Bahía (hoy Weber Bahía), que separó de hecho su operativa social de su operativa profesional. Las razones para defender este cambio de paradigma son entendibles, cuanto menos: manejar presupuestos millonarios con personal que muchas veces ni siquiera está capacitado ha resultado muchas veces peligroso para los clubes y, casi siempre, poco efectivo y nada lucrativo. Sin embargo, puntualmente, no se han planteado reformas mayores en la estructura y mucho menos una tercerización de las tareas en casi ningún aspecto ni de parte de Lombardi ni de parte de Verón: Estudiantes continúa siendo un club donde el socio tiene la última palabra.

Los cambios, de todos modos, siempre generan desconfianza. El viejo modelo asociacionista es defendido sin dudas con cierto romanticismo folclórico y requiere de una actualización; la actualización no tiene por qué implicar una privatización, ni, por supuesto, debe implicarla. La justificada desconfianza del sector privado, de manejos muchas veces corruptos, de compromiso laxo con la institución y sobre todo de cierta presencia carroñera en la década del noventa, ha sin lugar a dudas frenado la aplicación de rigor profesional en áreas que van desde el marketing, altamente deficiente en el fútbol argentino, hasta el manejo del fútbol juvenil, y estos sectores han recaído en las manos de personas de la cúpula, o cercanos a los altos dirigentes, o ex jugadores, que han mostrado interés, pero que han demostrado ser menos que idóneos. La discusión, como se ve, es de una complejidad tal que obliga a un debate mucho más serio que el planteado por el presidente a través de los medios, y es en esa puja, en el equilibrio entre el club social y el fútbol profesional, que se decidirá el porvenir de Estudiantes, su nueva fisonomía. Hasta ahora, sin embargo, han primado por sobre el debate las luchas de poder que desvelan a todos y las divisiones políticas que desgarran el club: el famoso puterío.

A Verón no se le deben dar las llaves de Estudiantes: sus ideas no son indiscutibles ni mucho menos, y su inexperiencia en el área dirigencial y la pasada asociación con Miguel Pires, causante de varios dolores de cabeza, invitan a controlar sus procederes. Pero esto es otra cosa, y no deben mezclarse los tantos solo con el fin de desprestigiar. Verón intenta construir un club aggiornado a los tiempos: los primeros pasos que anunció son absolutamente alentadores, y lejos de privatizar el área juvenil proponen construir, realísticamente, científicamente, una cantera que abastezca los equipos y las arcas del club. Se aplaude, además, que el período en que se constituyó en un obstáculo al crecimiento, criticando desde afuera, haya sido corto, y se ovaciona que, con todo para perder, haya asumido una enorme responsabilidad por sus ganas de llevar a Estudiantes a lo más alto. Se trata de algo mucho más coherente con su personalidad que esos meses de rencillas mediáticas: Ahab, el eterno romántico, el de la mirada torva y sangrante en plena final libertadora, encontró su nuevo desafío: revolucionar el fútbol contra, una vez más, ciertos prejuicios romanticones.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Rastrojero y después


Para Solos Contra Todos



Un 12 de diciembre Estudiantes conseguía un título puro ADN Pincha: sin delantero de área, con un esquema pergeñado desde la necesidad y perseguido por un equipo mediático y lujoso, se recuperó de su subcampeonato anterior con un título que tuvo todos los visos de una elegía. Porque el capitán sufría dolor cada vez que pisaba y no podía completar los partidos, porque el equipo se había desarmado, porque todos envejecían. Y porque, finalmente, aquel fue el último campeonato de Sabella.

Las razones concretas de la salida abrupta de Pachorra, en plena pretemporada, nunca fueron develadas, pero mediante las pistas uno puede darse una idea bastante concreta de lo que sucedió: fueron dos mercados de pases donde se hizo oídos sordos a los pedidos del DT campeón de la Libertadores y el Apertura, donde le acercaron jugadores que no quería y donde a raíz de algunos reclamos suyos se generaron problemas con algunos de los referentes. Sabella, cansado de ser subestimado por la dirigencia y viendo que en puerta había un conflicto con los jugadores, deseosos de cobrar sus premios, confiados en que su capacidad no necesitaba refuerzos y algo frustrados por la danza del DT en torno a la firma del contrato seis meses antes, dio el portazo antes que pelearse con sus jugadores o agachar la cabeza.

Caro costó aquel juego de poder entre dirigentes, jugadores y DT: Sabella, integral para el proyecto futbolístico a largo plazo de Estudiantes, orgulloso de su herencia pincharrata y generador de mística en el vestuario, el hombre que comprometió a la Gata, el técnico que creó a Fernández y Rojo (las grandes ventas del club en los últimos años), ingenioso para superponerse a los obstáculos y obsesivo para pensar el fútbol, la partida de Sabella dejó un vacío muy difícil para llenar. Primero se pensó que el origen de todo era Verón y sólo Verón, y se pensó que cualquier técnico novato podía ser moldeado por la Brujita en un DT ganador: así llegó y se fue Eduardo Berizzo, así pasaron también los interinatos interesantes de Azconzábal y Zucarelli. El siguiente reflejo fue, como si de una fórmula se tratara, buscar a una gloria del club para recrear la mística: así llegó y se fue un hombre de los pergaminos de Russo. Entretanto, Estudiantes, que ya en 2011 estaba en un claro proceso de desgaste y envejecimiento, desperdició tiempo valioso para comenzar su necesaria transición.

Son dos años de aquel título ejemplar, que convirtió un plantel corto y desarmado en 45 puntos campeones y un equipo hambriento y comprometido. Un campeonato donde las críticas de afuera y de algunos de dulce paladar de puertas adentro surgieron de todos lados en las malas, atacaron desde posiciones agazapadas con sonrisas sádicas. Una historia para cerrar una era gloriosa. Estudiantes afronta ahora otro proceso: Cagna es el DT elegido, y por suerte mantenido durante un campeonato entero, para llevar adelante una transición que pinta aburrida, desprovista de épica, pero que debe constituirse en nueva semilla. Los procesos a largo plazo son valiosos y deseables, pero también deben llevar consigo metas cortas, que mantengan a socios y jugadores comprometidos. La enseñanza de Sabella, que edificó un equipo campeón donde no había plantel, donde abundaban las lesiones y donde el perseguidor asomaba feroz. El Rastrojero, todo un símbolo de los ideales de Estudiantes, debe guiar el camino: lento, pero seguro.