sábado, 30 de junio de 2012

Un balance algo antibielsista del 2011-2012 en Argentina


¿Qué es jugar feo? Nada, es un adjetivo vacío que no vuelca conceptos sobre la práctica. Así desfilan miles de artículos hoy por las páginas de nuestro periodismo: feo, lindo, lúdico, conservador, palabras tiradas al aire sin dar más explicaciones, mediante las cuales los periodistas no analizan sino que toman posturas, se unen a un bando (generalmente el bando bienpensante, progresista, que cree en la belleza como valor primordial del deporte).

Con ese afán contrera y simplificador es que se ha desacreditado al único equipo argentino consistentemente, coherentemente ganador. Campeón con dos fechas de ventaja el año pasado, este año se autodestruyó entre los puteríos típicos de los lugares donde hay poder: en la búsqueda de ser reconocidos dueños de la triple corona, Riquelme, Falcioni y Angelici entablaron una guerra secreta que el crá de Boquita hizo estallar cuando más le convino, antes de la revancha de la Libertadores. El claro boicot terminó en la derrota, pero no por eso cabe menospreciar a un equipo que peleó todo como muy pocos han podido hacerlo: la doble competencia mata las piernas de cualquiera, y con los planteles cortos, de poca jerarquía y mucho viejo que hay en el país, resulta hasta peligroso.

Ahora, el modelo futbolístico de Boca podrá ser del agrado o no del paladar de cada uno: pero no puede decirse que es mal fútbol el que consigue la vigencia y la coherencia que consiguió Boca, el nuevo monarca del fútbol argentino (aunque sin corona). Si la vara del torneo local, comparada con el fútbol europeo, suele considerarse (debido a razones ya tratadas, vinculadas al vaciamiento de nuestro fútbol por parte de los clubes europeos y los dirigentes autóctonos, y no a una intención de juego superior de una sociedad más civilizada como a veces se pretende hacer creer) una vara bajísima, un fútbol horroroso, lo mismo no puede considerarse con tanta facilidad del fútbol sudamericano en su totalidad, sobre todo con Brasil preparándose con gran inversión privada para potenciar su liga y acercarla al nivel europeo, para afrontar su mundial. Boca afrontó el examen continental de buena manera, con un poco de suerte en los cruces pero despachando a Fluminense y trastabillando solo ante un equipo igualito a sí mismo. Por cierto, el cruce contra la ingenuidad bielsista en modo latino volvió a mostrar los límites de un modelo tan fundamentalista, tan negador de una parte integral del juego como es la defensa.

Hemos hablado recientemente acerca de la propensión del periodismo a tomar partida antes que analizar. Boca fue víctima de ese afán de alinearse ideológicamente a bandos (Bourdieu explicaría el capital simbólico que otorga esta operación, que jerarquiza a quien emite una opinión bien considerada por el centro del campo, por la hegemonía). Varios equipos le siguieron el tren en el torneo local, pero jugando una sola competencia. El promocionado Velez volvió a flaquear. Tigre fue puro coraje, pero se quedó en las puertas de la epopeya ante un Arsenal sólido y oportunista. A Ñüls, modelo Martino que de Bielsa nada tiene, le faltó experiencia. Ahora, todos esperaron que Boca caiga, excepto el supuestamente conservador: los de Alfaro despacharon a domicilio a Boquita y liquidaron la cosa en casa. Merecidos campeones, aunque se rían todos y opinen que se trata del triunfo de Grondona. ¿Acaso Tigre no tiene una banca política y económica evidente? Y ya que estamos en el tema Tigre, quien haya visto sus partidos sabrá que su fútbol no era tan lírico como proponen. Cuidó mucho su quintita de visitante, supo pegar de contra y la clave del éxito residió en una defensa ordenada que bancó a los titanes que la rompían arriba.
El bielsismo es la nueva Biblia de muchos, y enceguece a más de uno. El modelo europeo podrá adaptarse a una lógica del espectáculo, pero el modelo latinoamericano, con sus muchísimas carencias económicas, tiene más chances de competir en la arena internacional adoptando modelos más modestos, organizados y aguerridos. All Boys, Unión, Ñewell´s, el campeón Arsenal, Boca y hasta, en un punto, el Tigre de Arruabarrena hicieron mucho con poco.
Las etiquetas son entonces practicamente un capricho que terminan escondiendo una verdad que debiera ser básica en el fútbol: mientras que la idea de proponer siempre sin pensar en el rival parte del orgullo, del machismo y de la ignorancia de creerse siempre superiores, suele triunfar (a veces no, porque hay equipos que gracias a cierto poderío -generalmente económico- son simplemente avasallantes) quien desde la humildad reconoce sus propias falencias, las protege y ataca las del rival. Si el fútbol es, como Panzeri y los defensores de la ludicidad proponen, un juego de engaños y no de mecanicismo, el engaño no debiera implicar simplemente la gambeta; el engaño como estrategia, desde el equipo, es en realidad fundamental. Cuando un equipo A logra que el rival B juegue el partido que A quiere, A lleva las de ganar (después el fútbol, en un partido, derrumba todo análisis; a largo plazo, sin embargo, quien piensa mejor gana más). Muchas veces un equipo se para de contra y te emboca después de defenderse 80 minutos: quienes lo atribuyen a la suerte ningunean la planificación y, en definitiva, ven el fútbol como ellos quieren, idealizado, un juego desorganizado donde todos van para adelante. En verdad, ese fútbol tampoco existe en los potreros: en cualquier juego surgen naturalmente las estrategias de los menos dotados para superponerse a sus deficiencias.
Y si el fútbol argentino, como hemos planteado y plantean todos, es un fútbol vaciado de talento por cuestiones que exceden lo deportivo, para conseguir objetivos, para pelear cosas, para ganar, hay que pensar, y después correr. Cuando hay talento, potenciarlo desde la estructura; cuando no lo hay, seguir el humilde ejemplo de Arsenal, All Boys, y que después los demás digan que el fútbol argentino da asco y que jugó mejor el quinto que uno. Que lo digan, mientras uno juega copas internacionales y disfruta de trofeos en las vitrinas.

MIENTRAS TANTO, EN LA B...

Categoria redescubierta con el tipico entusiasmo folclorista que quiere creer que esa cosa autoctona, pobretona, es mejor, mas genuina, mas vital. El encanto es innegable, y no hacia falta que juegue River para descubrirlo (bueno, en realidad, mediaticamente si). Tambien es innegable que en la B se juega mucho peor, con brio pero con pocas ideas y aun menos “talento” que en Primera (aunque con mas distracciones y mas espacios, y por ende mas goles). La supuesta superemotividad del torneo quedo desmentida cuando, cuatro fechas antes, quedaron matematicamente asegurados los primeros cuatro puestos. El supuesto torneo parejo en el que todos iban para adelante termino siendo un torneo tan monopolizado como el español (curiosamente, otro torneo que se cree emotivo y no lo es), pero lo que es peor, con los predecibles líderes perdiendo puntos en todas las canchas. Las fechas finales fueron una demostración, además, de que jerarquía futbolística no es nada más jugar “lindo” (cosa que ninguno de los cuatro líderes, tampoco River, hizo nunca): Central, River, Instituto y Quilmes se dedicaron a perder puntos, a ceder posiciones, y su fatal incapacidad para ganar cuando había que ganar (por supuesto, en un marco de presiones histéricas) terminó dotando de emoción a un torneo que fue divertido por el morbo de River en la B y nada más.
Los cuatro llegaron a la fecha final con chances de campeonar, pero solamente por su incapacidad de ser equipos, convencidos en un plan antes que dependientes de la mañana de los dos o tres cracks. Apenas Instituto supo a que jugaba (el equipo bielsista que a pesar de su fútbol avasallante terminó en promo después de puntear 35 fechas y seguirá en la B); los demás fueron emotividad en las buenas y nervios en las malas, le tiraron la camiseta a más de uno y terminaron subsistiendo gracias a un plantel con base de primera (es decir, gracias al poder económico).


EPILOGO

El ultimo concepto: todos los torneos, de 19, de 38, de tres temporadas, fueron peleados hasta el final y se definieron por puntitos. Algunos diran que es debido a la naturaleza cambiante y pedorra del fútbol en Argentina, pero no interesa: lo que importa es que se desmoronan año tras año los argumentos contra torneos largos. El torneo corto sigue teniendo un campeon desprestigiado y el largo sigue siendo emotivo. Ahora, el mamarracho de los dos medio-campeones que comenzará desde agosto, una nueva improvisación, ya fue realizada sin éxito en 1991. Duró apenas un añó (el gran Ñuls del joven Bielsa campeona ante Boca, batacazo de esos maravillosos del fútbol) y dejó de existir para que florezcan los torneos cortos, supuestamente democráticos pero en verdad, torneos que si bien nivelan las diferencias adquisitivas reducen la justicia deportiva a una racha y premian el cortoplacismo. ¿Por qué no el modelo más sencillo y transparente? Para colmo, subsisten los modos super largos de definir los promedios (tres temporadas) y por ende se utilizan criterios diferentes para definir la lucha arriba y abajo. ¿El resultado? Obviamente, lo que podría haber ocurrido con Tigre, que no sólo pudo campeonar y descender, sino que en un momento jugaba un desempate por la promoción y otro por el campeonato. ¿Qué va a pasar cuando el equipo que más sume en la temporada no gane ninguno de los dos torneos parciales y quede afuera de la final? La respuesta es obvia: si no es Boca o River, nada.

sábado, 16 de junio de 2012

DIA DE GRACIAS

Para Solos Contra Todos



Verón no vende humo, señores. No dice lo que quieren escuchar los medios, tampoco la gente. Dice lo que piensa. Y se dedica, antes que a decir, a hacer. Llega primero a todos los entrenamientos. Disfruta de la vida en el Country. Ama el club y si hay que jugar con medio tobillo, con la espalda a la miseria, con un dolor tan generalizado que es imposible de puntualizar, se juega así, con coraje, con entrega. La divisa ante todo. Mucho se habla desde afuera, pero la realidad es que sus compañeros lo idolatran. Verón, desde el ejemplo antes que desde el discurso, obliga a terminar con las excusas, obliga a ser mejor. Es un fantasista porque hace los sueños realidad.

Hay toda una bruma triste en el hincha que sabe que se despide el tipo que se bancó todas con tal de llevar al club a la gloria. Pero por eso justamente llegó el día en que, antes que lagrimear, hay que devolver con afecto la revolución pelada: hoy es Día de Gracias. El día para agradecerle al Pelado su amor, al volver contra dólares y consejos al club de su vida. El día para agradecerle que no haya retornado por el aplauso fácil, que haya puesto el cuerpo detrás de la causa hasta inmolarse la salud, que haya puesto el alma a pesar de los retrógradas que envidian y quieren destruir. El día para agradecerle aquel título repleto de genética pincharrata, contra todas las chances, del 2006, año de su regreso. El día para agradecerle su paternidad sobre el vecino, cimentada antes que en el juego superlativo, en una dominación ejercida desde la pertenencia, desde el orgullo, desde el corazón.

Porque es el día para agradecerle a Verón lo que ha construido, que no se limita a edificios de primer mundo o esponsoreo: Verón reconstruyó en Estudiantes esa identidad dispersa tras años de gestiones malas y jugadores de paso. Es ADN Pincha en estado puro, y volvió para volver a encender esa llama en el club, en los hinchas jóvenes, en los jugadores que llegaban o que subían de las inferiores: hoy hay militancia pincharrata nuevamente, desde nosotros, y también desde los jugadores. Verón edificó la pertenencia al club no desde palabras bonitas, sino volviendo a pesar de todo, contra todo, jugando a pesar de todo, contra todo.

¿Cómo no seguir al Capitán Ahab hasta la muerte, entonces? Así lo entendió aquel plantel que comandado por La Brujita alcanzó la gloria en el Mineirao. Otra vez, contra todo, contra 50 mil almas, contra las probabilidades, contra ese gol en contra. Era la saga del destino, era el hijo que levantaba el trofeo que le habían dado al padre porque ya cansaba llevarlo cada año a La Plata. Nuestra Copa. Verón volvió y cumplió un sueño que, cuando llegó, nadie podía siquiera imaginar. Tras 23 años de sequías había cierto acostumbramiento a la medianía: una buena campaña, claro, un torneo local, difícil… Una Copa Libertadores, sencillamente un sueño. Verón volvió y cumplió el sueño de todos, porque creía que era el destino del club. Hoy es el día para agradecerle a Verón querer siempre más.

Verón cambió todo porque cambió la mentalidad. Desde afuera seguían con el chiflido, con el inglés, con el traidor, con el tiki tiki. Que digan lo que quieran. Verón es nuestro, y mientras muchos hablaban el construía. Sus soldados pusieron de rodillas al mejor de la historia, y poco y nada se dijo: sobre todo, que Estudiantes debía haber atacado más. Aquel descomunal esfuerzo se engrandece con el tiempo.

Verón habla poco, elige sus palabras: “El que quiere espectáculo que vaya al teatro”, dijo tras las chicanas del tres veces descendido Cappa. Y con sus pocas palabras y su entrega inclaudicable, el Pelado hizo escuela. En el título del 2010 estuvo más afuera que adentro, y sin embargo fue indispensable: Verón hizo escuela entre sus soldados, escuela pura cepa pincharrata, esa que busca siempre el modo de ganar antes que el modo de agradar, esa que se entrega. Sin excusas, con humildad y solidaridad, el Rastrojero que parecía destartalado fue campeón. Ese título otoñal en su carrera es quizás el premio máximo a lo que construyó, un título en el cual no fue indispensable ya su liderazgo, porque las almas de sus compañeros ya habían sido transformadas, estaban hermanadas destrás de la divisa, como él siempre había querido. No hay un solo tipo que haya jugado con Verón y no haya aprendido algo.

Y sin embargo el tipo se inflitró en aquel torneo hasta quedar incapacitado para jugar de por vida. Y después jugó un año y medio más, para ponerle la espalda a la pálida, para comandar la transición, porque sus compañeros, esos que supuestamente lo odian, le pidieron que siguiera. Verón es enorme, pocos entregan el cuerpo como lo hizo él. Verón dejó todo, todo, pero no el todo mediático, casetero: Verón dejó el tobillo, la espalda, el alma. Me hacés llorar, la gran puta. Hoy es el día para agradecerle a nuestro Juan Sebastián Verón haber resucitado a Estudiantes. Capitán de los sueños, Comandante de corazones, el 11 de mirada hosca hizo lo que nadie creía y nos hizo volver a creer. Plantó una semilla que perdurará por décadas. Hoy sí o sí, la gran puta, nos quedamos todos afónicos recordando, lagrimeando, que ésta, la que todos odian, la que todos quieren tener, es la famosa Bruja que volvió a Estudiantes para ser campeón. Y festejar como un chico que cumple su sueño. Gracias Capitán, gracias eternas por hacernos acordar de qué se trata Estudiantes.

Un ser de otro mundo, de paseo por éste




Se va, viejo. Se retira el Pelado, el Comandante de la Pinchedad, el Capitán. Se retira como siempre, dejando hasta la última gota de sudor, jugando en un tobillo partidos que muchos consideran irrelevantes, corriendo como un pibe, predicándole con el ejemplo al kínder albirrojo que lo acompaña por estas fechas en la formación inicial. Que merecía otro final? Claro que sí. Aquel emotivo pedido de parte de un plantel que, se hablen las pavadas que se hablen, lo banca a muerte, hacía presagiar una despedida con gloria. Pero esos finales quedan para las películas. Creeme igual, viejo, que el adiós al capitán va a ser a pura lágrima, a pura emoción. La Brujita es el hincha adentro de la cancha.

Antes de su año final, marcado por las lesiones y la irregularidad del ciclo, La Brujita cumplió todos nuestros sueños, todas sus promesas. Volvió, y no volvió rengo, sin nada para dar y con mucho por cobrar: volvió pleno, entregó todo, incluso su sueldo, su plata. Quien terminaría siendo, en 2009 y 2010, el mejor jugador de Latinoamérica, llegó allá por 2006, soñando con jugar las semis de la Libertadores que jugara su papá. No pudo ser, pero nada desanimó al tipo, a ese cerebro competitivo, ganador, como todos. En sus primeros seis meses Verón cumplió el sueño de salir campeón.

Hoy quizás, engolosinados, no recordemos lo que significó aquel campeonato: Estudiantes no era campeón desde el 83, y peleaba el descenso desde el 90 casi todos los años. El hincha se había acostumbrado a cierta mediocridad, algo feliz cuando se metían un par de partidos seguidos o se ganaba un clásico, algo triste cuando el club se llenaba de aves de pase que vaciaban las arcas y se iban rápido tras campañas nefastas. En aquellas temporadas de Merlo y Burruchaga, no eran muchos los que creían verdaderamente en pelear un título. Ni siquiera el arribo de Verón le permitía al grueso del hincha soñar: simplemente no era concebible, nos habíamos acostumbrado a ser un club de esos que no pelean, que juegan a lo sumo por entrar en una Copa.

Y entonces volvió, él, el hijo de su padre, el heredero de la mística. Para mostrar un universo diferente de posibilidades, para demostrar que éste era un club grande, un club lleno de tradición y de hambre. Estudiantes volvió a ser un León joven, angurriento, pasó por arriba a todos y forzó aquella épica definición en la cancha de Vélez ante Boca. Cuando el árbitro pitó el final aquella tarde, ¿cuántos creían lo que veían? ¿Cuántos no sabían cómo reaccionar? Estudiantes era campeón. ¿Qué decir de aquella noche en el Mineirao entonces? Todavía hoy me froto los ojos, todavía hoy no lo puedo creer. Verón jugó lesionado la ida, sacrificio común en él por los colores, y se emocionó por primera vez con un título en su vida. Eramos campeones de América, viejo. Era el trofeo del destino, la Copa compartida con la historia, con el pasado, con la familia. La Copa que se vino primero que nada a La Plata, cuando fuimos tricampeones y nos la regalaron por afano, por vagancia, para no seguirla transportando.

¿Qué andaba haciendo el Pelado antes de venir? ¿Vacacionaba en algún club ruso sin jugar? No, señor. La Brujita la rompía en el fútbol italiano, en aquel Inter de los argentinos. En el año antes de tornar al Pincha, levantó la triple corona: Liga, Copa y Supercopa italianas. En 2005, Copa Italia y Supercopa. Cuando Verón anunció su partida a La Plata, tironeaban dirigentes y compañeros. No importaba las sandeces que se dijeran, sus compañeros sabían la verdad: el que se iba era un número uno, un fantasista, un ganador. La Bruja venía de una temporada para el olvido en Chelsea, con una operación que lo tuvo fuera de la cancha y un DT que no lo tenía en cuenta. Su paso por Manchester, antes de pasar a los Blues, fue un poco mejor: mimado por Ferguson en un principio, cómodo en un club ejemplar, Verón alternó brillo y opacidad para levantar su único título Premier, en 2003, y cortar con una sequía personal de 3 años. Pero terminarían cediéndolo al Chelsea: su pase multimillonario y las expectativas generadas le jugarían en contra.

Porque el Verón premier no fue el Verón fantasista del calcio: el que la rompió toda en la Lazio, pero toda toda eh. En 2000 lograba su primera triple corona italiana, algo que en la historia modesta del club romano significó inmediata idolatría para el Pelado. El mejor Verón. Sus pasos anteriores por Parma (con Copa Italia incluida) y sus inicios en Sampdoria habían ya mostrado todo lo que tenía para dar la Brujita, y lo cómodo que se sentía en aquel fútbol férreo, pensado y valiente. El mejor Verón jugó en el mejor Calcio.

El salto a Europa pudo darlo gracias a su breve paso por Boca, inexorable vidriera. Los únicos seis meses argentinos que no pasó en Estudiantes, porque hasta cuando lo llamaron anoticiados de que volvía al país, para tentarlo con jugosos contratos desde los grandes de capital, ni así la Brujita quiso jugar en otro lado que no fuera el Pincha. Aquel que lo vio ascender albirrojo de emoción como un joven talentoso e impertinente en el 95, para emigrar inevitablemente a las grandes avenidas del fútbol. ¡Pero si Verón nunca se fue! Si desde Europa ayudaba al club, si vacacionaba en el Country, su casa desde que su viejo lo ponía a patear mientras entrenaba a los 4 años, desde que se rateaba juvenil del colegio para ir a jugar un rato a la pelota entre la historia viva de Estudiantes. Verón es Estudiantes, Verón llevó la estirpe a pasear por Europa y volvió, cansado ya de crecer él, para hacer crecer al club, para cambiar todo. Más León, viejo, que este tipo secote, talentoso, inteligente y hambriento no hay: gracias Brujita por hacernos grandes con tu fútbol fuori clase. Ya lo dijo Pachorra: “Capaz que Verón es un alienígena…”.

Se va, viejo, se va pero se queda. Se queda para siempre el mito, con nosotros, como enseña que hay que seguir. Y se queda también la persona, para ayudar, para guiar. Siempre estuvo, ¿por qué habría de cambiar?

martes, 12 de junio de 2012

La conspiración de la lluvia



El agua jugó para Rafa Nadal y lo coronó por séptima vez en Roland Garros

Lo ganó la lluvia, cuando parecía que causaba el destronamiento de Rafa en su reino de polvo de ladrillo. En Francia, la lluvia pareció conspirar primero contra Nadal para luego convertirse en la clave de su séptima conquista, historia pura. En la corte francesa de Roland Garros, el Rey Rafa rige hasta sobre el clima.

En el partido jugado el domingo, Nadal dominaba mental y tenísticamente hasta que la lluvia comenzó a frustrarlo. El efecto que aplica a la pelota, ese top indomable que en polvo constituye la base de su reinado, disminuye su eficacia en una cancha mojada, con pelotas mojadas. Pasamos así del banco destruido por el raquetazo de un Djokovic impotente, que estaba dos sets y quiebre a cero en una final que ya todos daban por terminada, a la pelota arrojada por Rafa al juez para demostrarle cómo había aumentado su tamaño por el agua, cuando Nole hilvanó 8 juegos consecutivos, ganó el tercer parcial y se puso 2-0 en el cuarto.

Entonces los jueces decidieron la suspensión del encuentro. Nadal discutió con el juez, exigiendo explicaciones por haber permitido que el juego siguiera durante una hora en medio de la garúa. Pero por más circo que se montara lo supimos todos: el parate constituía un freno a la avanzada del número 1 del mundo. Nadal tendría la chance de calmarse, descansar su físico siempre sobrecargado por su estilo de juego y, sobre todo, de salir a la cancha pensando que bastaba con ganar cinco juegos para llevarse el séptimo trofeo en el Grand Slam francés.

La relación conspirativa entre Nadal y la lluvia no es nueva, se remonta al regicidio de Wimbledon 2008, cuando el entonces Emperador Federer volvió de estar dos sets abajo y parecía destruir la moral de un joven Rafa obsesionado con la pesadilla de la derrota del 2007 en el mismo escenario. Pero entonces la lluvia frenó al más grande de todos y con su sonido íntimo calmó al regicida que sería rey. La lluvia fue la principal aliada del Rey Rafa cuando éste, en la Catedral del tenis, conquistó el trono.

SENTENCIAS DE MUERTE

Ahora, el poder es caprichoso y difícil de controlar, y Roger, dado por muerto en Wimbledon, volvió de la tumba para recuperar su reinado exiliando a un Nadal desgastado. Rafa cayó en desgracia, y los rumores sobre su fin rondaban el reino del tenis. Aquella fue la segunda muerte del español: la primera había acontecido en Wimbledon en 2007, un año antes de su iconoclasta destronamiento. Pero, como afirmó alguna vez el beisbolista más célebre de todos los tiempos, Babe Ruth, “simplemente no puedes vencer a quien nunca se da por vencido”. Rafa fue pronunciado muerto con apresuramiento, volvió de su exilio y recuperó el trono por prepotencia de trabajo.

En el convulsionado reino tenístico no le duró mucho a Rafa el reinado: cuando parecía aplacada la rebeldía de Federer, apareció un nuevo hereje. Novak Djokovic conquistó aliados con su carisma y en una avanzada sensacional aplastó a Nadal  6 veces en 2011 y una más en los albores del 2012 en la batalla de Australia, una de las más grandiosas contiendas que recuerde el deporte. El serbio, con su destreza natural que recuerda a la de Federer el Grande y una fiereza y hambre propias de Nadal el León, era el nuevo rey del tenis. Rafa fue dado por muerto.

Pero, simplemente, no se puede vencer a quien nunca se da por vencido. Nole flaqueó: lo más difícil es mantenerse, requiere de madurez, de constancia, y el joven e inexperto Djokovic, quizás algo satisfecho, quizás algo confiado, se mostró vulnerable. Rafa comenzó a planear su regreso al poder al darse cuenta de que el Rey Bufón no podría repetir la campaña del año anterior. Esperó. Acechó. Con la paciencia de los sabios, preparó el terreno para una batalla clave, en su casa, Roland Garros, donde apenas perdió un encuentro sobre 52. Rompió la racha de derrotas ante Nole y el aura de invencibilidad que se gestaba alrededor, con las victorias de Montecarlo y Roma. Djokovic no era el mismo: hasta pareció que no alcanzaría la batalla prometida, pero el enfrentamiento era cosa destinada. Habló entonces Rafa con su vieja aliada, la lluvia, le ordenó estar atenta: si lo notaba cansado, si lo notaba frustrado, si su rival comenzaba a mejorar, debía conjurar una tormenta que frenara la batalla. Así consiguió Nadal, un lunes, herir de muerte al monarca serbio, que perdió el encuentro con una doble falta y vio frustrada la chance de conseguir los 4 torneos grandes y entrar en un selecto grupo fuera del cual figuran nombres legendarios del tenis: Sampras, Borg, Lendl, Connors… Si ellos no pudieron, ¿por qué habría de serle sencillo a Novak alcanzar la gloria?

Tras la derrota en campo francés, muchos se apresuran a dar por terminada la era Djokovic, obviando que el serbio ha estado en las últimas cuatro finales de majors (todas victorias contra Nadal hasta el lunes) y que, seguramente, recuperará su voracidad con una derrota que necesitaba. Estará herido y vulnerable, pero no hay rivales serios para Nole más allá de Rafa y, en un buen día, Federer. Djokovic sigue siendo el Rey. Un monarca bajo presión que deberá mostrar, en la Catedral del tenis en apenas dos semanas, su grandeza en la adversidad para demostrar que merece un lugar en la historia.  

viernes, 1 de junio de 2012

Zonas libres


A la memoria de Miguel Romano



El antropólogo Eduardo Archetti, a quien hemos mencionado ya un par de veces, proponía dos fundaciones para el fútbol argentino. La fundación inglesa, original, nacida fruto de la inmigración inglesa al país y la subsecuente instalación de schools (institutos que, sin ser privados, se reservaban el derecho de admisión), incluía en su currícula el fútbol como modo de apaciguar a los hormonales jovencitos y enseñarles la necesaria disciplina. Se trataba, en efecto, de un juego más mecánico, más sujeto a pautas, un juego férreo, organizado fuertemente, que hacía hincapié en el trabajo en conjunto. Pero el deporte inglés, con el correr de los años, fue adoptado por las clases populares hasta provocar una transformación total en el juego. El ingreso de la chusma devino en la formación de clubes criollos, por fuera de las schools, y cuando estos se volvieron contendientes serios en los torneos de fútbol, los ingleses se retiraron de la práctica de un deporte copado por las masas a prácticas más elitistas (rugby, hockey).

Esta segunda fundación, fechada en 1913 a partir del primer campeón predominantemente criollo (Racing) y el retiro del campeón emblemático de la era inglesa (Alumni), constituyó una reinvención del estilo de juego: de ser un deporte fuertemente sistemático y colectivo, se transformó en un juego creativo, individualista. Las clases populares se apropiaron del fútbol sobre todo al sacarlo del marco escolar y practicarlo al margen del estado, en los potreros, sitios desregulados que Archetti denominó zonas libres.

El sustento antropológico que Archetti dio al discurso de “la nuestra” (basa sus investigaciones en la narrativa creada por El Gráfico en 1920 y que atraviesa y cesga todo análisis futbolístico en Argentina) quizás haya dejado al margen ciertas características no tan poéticas que resultan de la práctica libre y desregulada: la trampa y cierta propensión a la violencia (después de todo, no hay justicia, por ende hay justicieros) y el carácter fuerte resultante de dicha inclinación, que también son parte del fútbol de zonas libres. El acierto del concepto resulta, sin embargo, revelador, al explicar sin discursos genéticos la fuertísima impronta creativa del fútbol practicado en zonas libres.

Ningún otro deporte se practica en Argentina en zonas libres. Muchos han adoptado ciertas características potrerísticas por osmosis: todos los deportistas han jugado al fútbol además de practicar su disciplina, probablemente con cierta asiduidad; la tradición, el estilo, vale agregar, se reproduce incluso alcanzando a aquellos argentinos que no juegan al fútbol en potreros. Así, nuestros jugadores de hockey, de basquet, de rugby, algunos al menos, muestran de vez en cuando chispazos traducibles como “de potrero” por una interpretación del deporte fuertemente futbolizada (como ejemplifica este artículo). Lejos están en Argentina, sin embargo, los deportes (y también la mayoría del fútbol profesional) de practicar esa variante de potrero, creativa pero fuertemente individualista y desorganizada. Como explica Marcelo Gantman en su reciente libro, “Héroes igual” (que debería ser fundacional hacia una nueva interpretación del juego), alejados de esa lógica folclórica muchos deportes han sido exitosos en Argentina a partir de la organización y el proyecto a largo plazo como modo de apuntalar el talento. La creencia extendida en el país, sin embargo, es que toda forma de sistematización asfixia la creatividad.

EL CASO NBA

Como modo de desmitificar la dicotomía organización/libertad, hablemos un poco del basquet en Estados Unidos. Allí también podríamos identificar dos fundaciones, la primera como deporte legado desde Europa y practicado en claustros académicos, de modo elitista, una práctica de predominancia blanca; la segunda, la refundación popular del basquet que se hizo en los barrios negros de Estados Unidos, que modificaron el modo en que se practicaba el deporte para siempre. Los parques con aros y también los terrenos baldíos reconvertidos en courts debido a iniciativas sociales practicadas en las zonas más pobres dieron el marco libre para la reinvención del deporte al margen del Estado, por fuera de la escuela, la obligación, la reglamentación. Nació un deporte fuerte, dinámico, espectacular, al punto incluso de cambiar las reglas (las volcadas, por ejemplo, eran ilegales hasta que se convirtieron en regla por costumbre, al ser la población negra coptada para jugar al basquet de modo profesional). Ese basquet llevó a Estados Unidos a ser el monarca indiscutido del deporte, hasta que la globalización permitió una igualación, a partir de la imitación y el estudio del estilo norteamericano, por parte de los europeos y sudamericanos, que lentamente comienzan a discutir la hegemonía.

Hubo algunas oportunidades en que se planteó la cuestión del estilo: todos recordamos, por ejemplo, las peleas entre Wesley Snipes y Woody Harrelson en "White men can't jump", una escenificación perfecta de las dos fundaciones del basket yanqui y su hibridación. "Claro que te conozco: preferís verte bien y perder que verte mal y ganar", le espeta el blanco al negro, tras lo cual vemos a Snipes hacer movidas absoluta e innecesariamente faraibas. Bueno, la película también deconstruye la narrativa: Snipes es a la vez showman y practico; Harrelson, el jugador practico en el court, pierde todo lo que gana por ser calentón, por dejarse llevar por el orgullo: por no querer verse mal. No se juega como se es, ni se es de una manera estereotipada. (También, por cierto, deconstruye la idea del macho proveedor...)

El filme resulta perfecto para mostrar las tensiones discursivas que sirven de soporte a estructuras profundas de segregación racial: los cuentitos del estilo blanco y el estilo negro esconden, como hemos repasado multitud de veces, cuestiones sociales (en EE UU, siempre ligadas a la raza) y complotan contra el funcionamiento de las sociedades (en este caso, de la sociedad de los protagonistas, que es, por supuesto, metáfora de la sociedad norteamericana). 

 En el terreno no ficticio también se dio el debate cuando la selección norteamericana que perdió, con estudiantes universitarios como era la costumbre hasta 1992 (el tercer puesto de los colegiales obligó a EE UU a sacar su arsenal), contra su archinémesis soviético por primera vez en la historia olímpica en 1972, eligió un estilo más tradicional, menos veloz y asistemático, de menor goleo, que fue fuertemente cuestionado incluso antes de aquella derrota. Sin embargo, desde siempre ha habido un intento de corregir, por parte del deporte universitario y profesional, los vicios de la zona libre, de encauzar la creatividad en el marco del equipo. Cuando las cosas se vuelven dicotómicas, queda claro, nada funciona.

HIBRIDACION

Si la crianza en los potreros del basket crea un cierto estilo, y la práctica escolástica de predominancia blanca otros, está claro que el basket superprofesional de la NBA opera como una mezcla que, al igual que nos cuenta el mito del crisol de razas, se une en pos del objetivo. Y el objetivo, cuando hay millones de dólares en el medio, no puede ser otro que ganar. El profesionalismo de Argentina, sin embargo, continúa sin resolver las tensiones de los opuestos. Desde la parte física, no se ha planteado nunca discusión acerca de la utilidad de ser fuerte, de la necesidad de entrenar: el deportista estadounidense, sobre todo el de cuna de barro, es un atleta orgullosamente fuerte, y no es sólo una fortaleza de carácter sino una fortaleza física y disciplinar. El futbolista argentino tiene una inclinación mayor a la indisciplina, quizás por la menor profesionalización del deporte (menos dinero en juego) o por una relativización mayor del discurso de la movilidad social (muy fuerte en EE UU con la narrativa del sueño americano); de todos modos, en rigor, los salpicones de indisciplina existen en ambos casos, sólo que el argentino, no sólo el de origen humilde, suele desestimar el entrenamiento y el esfuerzo físico y basar todo en el talento del potrero; la juventud norteamericana, sin embargo, atravesada poderosamente por la necesidad de mejorarse, de trascender los límites (los humanos y los sociales), propia de una nación conquistadora, tiende a fortalecer el cuerpo como modo de defender la unicidad, el talento, como modo de apuntalar las cualidad innatas, de elevarse por sobre el resto.

Desde lo tecnico la diferencia es sutil pero fundamental: el talentoso es la estrella, pero existe una serie de aprendizajes de la estrella y también del equipo para mejorar el rendimiento colectivo. Existe en Estados Unidos un nivel de cientifización del deporte enormemente mayor, en parte porque en Argentina la ciencia está absolutamente divorciada del deporte, y por ende los basquetbolistas sufren correcciones posturales y sobre todo tácticas, tendientes a concientizar al atleta sobre sus obligaciones puntuales en el marco del equipo. A pesar de esto, se suelen formar equipos alrededor del talento: el one man show es algo absolutamente normal, el talento sostenido por el resto del equipo, potenciado por los compañeros. No hay negación del talento a partir de la sistematización, sino que se lo usualemente ubica en el centro del sistema. El equipo, simplemente, facilita su labor y a la vez, lo carga con la obligación de aparecer cuando la bola quema. El talento se haya, sin debate, al servicio del equipo, o se descarta.

ARGENTINA

El fútbol argentino ha extremado su discurso, defendiendo su estilo aún ante la dura realidad de los fracasos internacionales: “la nuestra” es un rasgo de nacionalidad, y es el orgullo patriotero, la soberbia chauvinista argentina, lo que se pone en juego cuando juega la Selección. Marcelo Gantman profundiza en este sentido que esta extremación del discurso ha generado el discurso de los “héroes igual”, aquellos que no logran los objetivos (que no son necesariamente los primeros puestos, sino cumplir ciertas metas pautadas de antemano acorde a las posibilidades reales, no imaginadas desde el orgullo, por el equipo), pero son largamente loados de todos modos. Un discurso conformista que oculta, y en un punto hasta impide, la falta de preparación seria, profesional: el argentino deja todo al azar y a la hazaña heroica contra todas las posibilidades, en lugar de intentar mejorar las posibilidades a través del entrenamiento sistemático, científico, y lo hace porque el discurso folclórico ha corrido el eje del objetivo de todo deporte: si en la alta competencia se participa para alcanzar el éxito, comprendido no solo como campeonar sino también como alcanzar el pico de las posibilidades, en el fútbol argentino se juega para lucir, por lo estético. Y cuando lo estético no es exitoso, es porque el mundo es injusto e inmoral: nunca se plantea la insuficiencia de la preparación, como indica el millar de personas que recibió a la Selección que se comió 4 con Alemania por cabeza dura.

Si el fútbol argentino da este mal ejemplo (al país, en definitiva, si el deporte debe oficiar de modelo), otros deportes en el país, explica Gantman, han sido por el contrario absolutamente edificantes. El basquet argentino no nació en los inexistentes baldíos con aros, pero tampoco en las escuelas: su origen aparece ligado al nacimiento de los clubes sociales, y su práctica fue por ende recreativa antes que disciplinar, pero aún así regulada por una organización madre. El basquet, el segundo deporte del país que supo ser campeón del mundo en 1950, tuvo que esperar hasta 1984 para tener su propia liga profesional, el sueño de su creador León Najnudel. A partir de entonces nació un proceso loable, a largo plazo, que permitió, junto al azar, el nacimiento de la Generación Dorada, elegida recientemente junto a Las Leonas como la mejor selección de la historia del deporte argentino. Sin dudas, se trata de un proceso coherente, pensados, fuertemente organizados, mediante los cuales se captaron los talentos dispersos y se los mejoró mediante el entrenamiento sistematizado y profesionalizado.

La selección argentina juega un basquet fuertemente defensivo y notablemente solidario, lejos del basamento mesiánico de la lógica futbolera argentina. Ha quedado al margen, incontaminado de la dicotomía fagocitadora del fútbol, de la lectura liricista, gracias al exitismo y a cierta ignorancia respecto del deporte (la misma que lee solamente el potrero en el éxito de Ginóbili). No se plantea una oposición insalvable, moral, entre el juego del seleccionado argentino, fuertemente mecanizado, y el estilo creativo y espectacular de los NBA. Mejor. No contaminemos el resto del deporte.


miércoles, 30 de mayo de 2012

El Barcelona post Guardiola

Publicado en El Día

Seguramente, sin Josep Guardiola, el Barcelona seguirá ganando y ocupando las primeras planas de los diarios. La era Messi, además, continúa. Pero, aún exitoso, no ha sido lo mismo el Barcelona con Rijkaard, antes de la llegada al banco de Pep. Tampoco lo será tras su salida, sobre todo en el otoño de algunos jugadores emblema que levantan interrogantes acerca del recambio que presenta el equipo. Probablemente, para alcanzar el nivel exigido por el club, el equipo culé necesite en este mercado de pases una mayor erogación de dinero que en los anteriores, donde alcanzaba con conservar la base.

Y es así. El tiempo pasa para todos. Este Barcelona 2012 ya no era el mismo: había una merma en su intensidad y su hambre, una especie de fatiga no de piernas sino de mentes; también un bajón de algunos de sus jugadores, difícil de notar en el marco de un equipo que gana casi todos sus partidos, pero esencial en esos encuentros finales de la temporada, donde todo es a suerte y verdad.

ESA FATIGA
Guardiola, al anunciar que se bajaba de la conducción de la nave fantástica, habló de esa fatiga, de la necesidad de volver a llenarse. El plantel también necesita ese recambio. Y los cambios de ciclo son dolorosos.

Se esperaba un espectacular enfrentamiento entre los "superhéroes" y los "supervillanos" para poner explosivo fin a una era ya no de un club, sino de la historia del fútbol, pero ambos clubes, Barcelona y Real Madrid, naufragaron. Porque, de un modo distinto al imaginado, el Merengue de Mourinho consiguió su objetivo de desbancar al Barsa: a pura chicana, a puro revuelo mediático, colaboró al desgaste del equipo culé, aunque al terrible costo de agregarse presión a sí mismo. Ninguno de los dos pudo manejar el sobrecargado ambiente que generaron y entonces no hubo cambio de guardia, tampoco defensa de la corona, sino un fútbol cada vez más estresado, atravesado por rumores, presiones y peleas.

En verdad, son estos los factores, al menos los mentales, que evitan sostener a lo largo del tiempo los niveles altísimos que ejecutó el Barcelona. En verdad, llegar es el envión, el salto es puro impulso: mantenerse requiere de paciencia, de jerarquía verdadera, de madurez, y el ciclo del equipo de Guardiola ha dado muestras de esa continuidad, sostenida en gran parte gracias a la coherencia del club, a la sensatez del DT y a la ideología común que mancomunó en las malas a los superamigos. Pero, finalmente, tantos cruces, tantas batallas, y la inacabable lucha fundamentalista, ideológica, no pueden no dejar heridas.

UNO PARA CADA UNO

En las películas deportivas hollywoodenses los ciclos terminan en destinadas confrontaciones. El destino fue más aburrido y deparó una especie de disolución del conflicto: cada uno con su trofeo y a buscar nuevos horizontes.

El clásico seguirá siendo caliente, pero todos huelen que se terminó la dicotomía que luchaba por la hegemonía del fútbol: el juego se ha abierto, el Barcelona se ha mostrado mortal y arrancará la temporada con muchas incógnitas y un sabor amargo. El Real Madrid, mientras tanto, continúa con su cuenta pendiente en el frente europeo. Otros equipos, otras formas, surgen para que el fútbol deje de ser una confrontación maniquea: el Bayer Munich, los de Manchester, la Juve, Chelsea, los equipos de Milan. La próxima Champions probablemente no se imagine tan predecible como esta finalmente no fue.

El ciclo del Barsa, quizás el más brillante de la historia del fútbol, se ha terminado con 14 títulos. Nadie consiguió, en verdad, ser mejor que este Barcelona de Guardiola, que a pesar de algunas derrotas ha sido el único equipo persistentemente ganador. Su última victoria (3-0 sobre el Athletic Bilbao de Bielsa, en la final de la Copa del rey) fue un paseo como los de antaño, ante un equipo que alcanzó el techo de rendimiento posible con el material que disponía y con el planteo por momentos unidimensional (y por momentos altamente emotivo) que propone su entrenador, pero que aún así no fue rival en absoluto: la función final fue una especie de tributo al mejor equipo de la historia, actuada por el mejor equipo de la historia. No será el final antagónico de película imaginado por algún guionista del cine, pero por lo menos fue una despedida feliz para un equipo acostumbrado a la felicidad.

domingo, 20 de mayo de 2012

Chelsea: a true underdog story




Cuando empezaron las semis, Chelsea pagaba 12 a 1 sus chances de doctorarse en Europa. Jugaba contra el todopoderoso Barcelona por semis y, siendo sin dudas el menos rutilante de los cuatro mejores, era tachado por una amplia mayoría. Eran días en los que se suponía que la final era cantada, y que a lo sumo el que tendría problemas sería el Real frente al Bayern, siempre presente en las instancias finales de la Orejona.

El fútbol de alto rendimiento deja muy poco espacio para este tipo de historias: los que más petrodólares bajan se aseguran actuar en los escenarios grandes, y el resto, por más que académicos y seudointelectuales sostengan que se trata de un deporte impredecible (bueno, al menos es el menos predecible), lo mira por tevé. Así de crudo es el fútbol europeo superprofesional y privatizado hace años, pero que en la última década recibió el influjo económico de mafiosos y empresarios interesados en hacer ganancia o hacer negocios. Sus aportes son inversiones que esperan recuperar más fuera de la cancha, en esponsoreos y merchandising (y quien sabe qué tipo de turbios arreglos en pases de jugadores y centrifugado de dineros), aunque por supuesto todo va atado y las grandes competencias son grandes vidrieras donde vender el producto. Sin demasiado lugar para las malas inversiones, la victoria, la gloria, y también la derrota, son valores menos románticos, cada vez más económicos.

Bueno, en el mapa de inversiones grandes para esta temporada, el equipo del magnate ruso Roman Abramovich no figuraba. Hace un par de temporadas que el Chelsea se prepara, como mucho, para el segundo pelotón de una liga que amenaza con volverse igual de polar (en el sentido dicotómico y frío del término) que la liga española: en la isla pirata se florean los Manchesters, preparados para el salto internacional, como entre los ibéricos pasean el Barsa y el Real. El efecto mediático de esta temporada fue traer a una especie de Mourinho (palabra mayor en Londres), Andre Villas-Boas, un viejo ayudante de Mou con similar capacidad labial, una imagen políticamente mas correcta, la misma nacionalidad y un currículo tan ganador. La plantilla, en cambio, apenas se renovó. Mantuvo las bases, dirán los diarios que trataron de viejitos a este Chelsea en una especie de cruzada brancaleonina por la esquiva Champions: esa que Cech, Ashley Cole, Ferry, Lampard y Drogba perdieron en 2008 por penales ante el United, y que les fue negada al quinteto en semis en 2007 (frente a Liverpool) y en 2009 (ante el Barsa); además, desde que Abramovich se hiciera cargo en 2003, el Chelsea metió semis en 2004 con Terry y Lampard, y en 2005, con Cech ya en la portería...

MONEYBALL

Quienes minimizan la victoria del Chelsea realizan una operación sinecdótica al desprestigiar a Roman Abramovich como modo de desprestigiar una victoria alcanzada con un estilo futbolístico que no respetan. El argumento abramovichiano es por ende tendencioso, pero además resulta falaz, al omitir mencionar que todos los clubes grandes europeos son hoy financiados por inversiones provenientes del medio al lejano oriente. El caso inglés, que analizamos recientemente, quizás sea el más resonante, el más evidente en su operatoria, al ser los inversores (Abramovich, QPR, United, City, Liverpool, buscar mas) quienes se hacen cargo de dirigir los destinos de los equipos, controlando fuertemente su inversión y aprovechando también para limpiar dineros obtenidos en la ilegalidad y realizar negocios beneficiosos. Pero en España, con los fondos de inversión cada vez más comprometidos en las finanzas de los clubes, las giras del Madrid por China y el esponsor qatari del Barsa, no se han quedado atrás, como tampoco en Italia, con Berlusconi como caso saliente de un fútbol manejado por los millones turbios de empresarios y figuras públicas.

Bueno. Como los A's de Oakland, los de la película Moneyball, el Chelsea de los pocos refuerzos (Mata como figura saliente), de los viejitos y del DT desconocido que reemplaza a un técinco echado en medio de una crisis futbolística, se encontró en semis entre gigantes de la industria, equipos preparados económicamente para disputar esos cuatro partidos. Y no se achicaron. Quizás porque no tenían nada que perder. Quizás, porque los curtidos guerreros azules tenían todo mucho más clarito que los españoles, que ya jugaban la final antes de vencer a sus rivales y que se presionaban unos a otros desde los medios: las finales, sabían Drogba, Cech, Lampard a base de perderlas, hay que ganarlas. Y la cansada cofradía de los azules jugó sabiendo que estaba ante el canto de cisne de su hermandad: defendió cada centímetro del campo, se fajó en cada centro, nunca se dejó noquear por los golpes: ni siquiera cuando el Napoli le clavó el tercero en Italia y decretó un 1-3 que lo dejaba prácticamente afuera en octavos; ni siquiera cuando el 0-2 en el Camp Nou anunciaba lluvia de goles.

Por supuesto que también tuvo un culo bárbaro. Estuvo muy cerca de quedar afuera tras caer en el San Paoli (en la vuelta metió el gol que lo llevó al alargue a cinco del final), y contra el Barsa fue ayudado no sólo por su inteligencia pragmática sino por los palos. Pero a la suerte el Chelsea le agregó sudor, mucho sudor, y la única herramienta capaz de superar la brecha económica entre los demás finalistas y el “modesto” Chelsea, y convertir a un mediopelo internacional en campeón de Europa por primera vez en su historia: la inteligencia. Mañana algunos diarios quizás no salgan, ofendidos por el despliegue antifutbolístico que inunda el planeta.

UN TAL DI MATTEO

Cuando el Napoli venció al Chelsea 3-1 en la ida de los octavos de Champions, con la Premier ya lejos, el efecto Mou buscado con Villas-Boas ya cansaba. La partida del portugués, en un mundo de inversiones, se volvió lógica. Dejó el cargo y nombraron en su lugar al ignoto Di Matteo: un experimento rarísimo en aquel momento, dejar en el cargo en el otoño de varios estandartes del club al asistente del DT saliente como una especie de DT interino, para terminar la temporada aparentemente sin objetivos de modo decoroso. Pero Di Matteo causó una pronta revolución: apuntó todos los cañones en la Champions, consiguió un milagroso pase en tiempo complementario frente a los italianos y, en silencio, luego de pasar los octavos dando lástima, comenzó a transitar esos cinco últimos partidos donde hasta el que sabe que no puede, cree que puede.

Ahora, casi nada es fruto solo de la casualidad, o de la suerte, o de la improvisación: si no no llegarían siempre los mismos. Y este Chelsea dado por muerto, el de los viejitos piolas, llegó al menos a instancias semifinales en 2004, 2005, 2007, 2008 y 2009. Algo sabían. Di Matteo sentó unas bases humildes, reformulando el equipo para una labor que terminó siendo perfecta para los experimentados blues: aguantar hasta que, con un rival frustrado, llegara la chance. Y la chance llegó. Una y otra vez. Inteligencia y paciencia: la madurez del Chelsea fue el gran arma que supo explotar este tano, que convirtió un grupo desbandado en una manada de panteras acechando en la sombra.

El Chelsea pasó al Benfica con tranquilidad, y luego al Barcelona en aquel partido que derrumbara todo lo esperable. Antes del partido final, se quedó con la FA Cup ante uno de sus rivales más ásperos, Liverpool. La temporada del Chelsea estaba hecha, y muchos imaginaban que si el Barsa no había podido, por impericia y mala fortuna, vulnerar a los de Londres, bueno, la suerte se acabaría ante la poderosa ofensiva del Bayern, los viejitos se conformarían con su copita y demás sandeces.

DE ARCO A ARCO: UN ELEFANTE, UN CASQUITO Y LOS DESTINOS TRAGICOS

Cuando anotó Muller para los alemanes, con apenas 8 minutos de juego restante, llegaron las declamaciones de los moralistas: que no se puede defender tan cerca del arco, que se veía venir, que se lo merecía el Chelsea por su mezquindad. Pero la fórmula del Chelsea parecía clara aún antes del match, donde la única probabilidad de sobrevivir a la final para los de Londres, sin Ramires para colmo, residía en defender y depender de Drogba. Era una estrategia, en verdad, mucho más riesgosa que salir a intercambiar golpe por golpe, perder por dos o tres goles y quedar bien: el Chelsea quería ganar, no le importaba agradar a los esteticistas de siempre. Pero de todos modos, aquello sí parecía el final: el gol del Bayern obligaba al Chelsea a atacar, su mayor deficiencia, y a convertir un gol, otro de sus problemas, en ocho minutos. Fue todo corazón, el Chelsea. Y de un córner, con 88 en el reloj, con la desesperación en el corazón de alemanes e ingleses, llegó el centro para Drogba, el valiente elefante negro que había bancado todo, bajado todo, pivoteado todo, que se las había arreglado para preocupar sin un solo compañero en el radar. Con un cabezazo increíble, girando la cabeza como Linda Blair, clavó el balón en el segundo palo y un puñal en el corazón de los alemanes que coparon el estadio del que era indiscutible local en cancha neutra.

Y entonces comenzó otro cuentito: la increíble historia de Arjen Robben, el hombre condenado a cargar una piedra hasta la cima de la colina, solo para que ésta caiga rodando y haya que volver a empezar. La trágica futilidad de la búsqueda de Robben ya va por su tercer episodio: primero cayó en la final de Champions contra el Inter en 2010 tras buscar alcanzarla durante toda la temporada porque se jugaba en el Bernabeu y buscaba venganza del ninguneo del Madrid; y apenas dos meses más tarde, los mano a mano tremendos errados en la final del mundo con España prácticamente decretaron la derrota de Holanda en la final del mundo. Mucho se habló de aquel equipo español que en verdad lució poco, y poco de los goles claritos marrados por Arjen con mucho frío pectoral. El equipo naranja dependió estratégicamente de Robben, que quedó como pescador esperando el pelotazo del Duende Sneijder; pero, como una especie de anti-clutch-player, Robben pifió las dos chances que tuvo, el partido fue a alargue y Holanda terminó segunda. En esta oportunidad Robben tuvo un penal en tiempo extra para poner un 2-1 que olía definitivo. Y, por supuesto, destino trágico y su mueca desagradable, que parece sonrisa, mediante, atajó Cech.

El del casquito es otro tipo de historia trágica: le tocó una nacionalidad irrelevante y participó sólo de un Mundial, sin pena ni gloria, siendo uno de los dos o tres mejores porteros del mundo. Para colmo en 200, ya tras su única experiencia mundial, un choque de cabezas casi lo mata: le recomendaron abandonar el fútbol, pero el tipo clavó casquito y siguió: “un gladiador”, lo califican sus compañeros, “jugaría hasta con la pierna rota”. Ya con 30 años, Cech olfateaba ésta como una especie de última chance. Pero el checo había responsabilidades claras en el primer tanto, y se tomaba el casquito internamente, sufriendo. Su compañero el elefante negro salvó las papas que se quemaban en la consciencia de Cech, amenazando con perseguirlo por el resto de su vida. Y, ocasión rara en su vida, tuvo revancha, cuando Robben se paró a doce pasos con el alargue ya en juego: le tapó el penal que hubiese decretado la muerte en vida del Chelsea y extendió la dura superviviencia del equipo azul, que siguió bancando hasta los penales la parada, como podía.

El otro que enfrentaba una última chance de conseguir el ansiado trofeo europeo perseguido trágicamente era el gran Didier Drogba. El marfileño, estandarte del coraje, fue el jugador fundamental de este Chelsea amurallado, que dependía de su aguante y su olfato para poder ganar los partidos por medio a cero. Las luchó todas, tuvo su premio a los 88, pero si aquel penal de Robben entraba no hubiera sido héroe ni valiente perdedor, sino villano, porque fue él quien torpemente había derribado a Ribery en su propio área. Cech salvó al marfileño también, al atajar aquel disparo del holandés errante, perseguido eternamente por la fatalidad.

Entre Drogba y Cech, de arco a arco, habían hecho todo lo relevante para el Chelsea. La confrontación final, cuyo resultado suele adjudicarse livianamente a la Diosa Fortuna, tuvo en este caso no tanto una explicación científica como existencial. La heroica resistencia del Chelsea, liderada por el corazón de estos dos viejos guerreros, llevó al cuadro inglés a los penales sabiéndose, ahora sí, por primera vez, en igualdad de condiciones. Ya había estado ahí, con Cech, Lampard, Drogba, Ferry, hacía cuatro años ante el United, había despilfarrado la oportunidad. Esta era su chance, quizás la última: y entonces no dudó. Y la fortuna premió la osadía, como dice el refrán latino: y evaporó los destinos trágicos del marfileño y el checo, redimiéndolos ahora sí definitivamente. Cech tapó el penal a Olic; luego la suerte le guiñó, en el último penal que pateó Shweinsteiger, al dar el balón en el palo. Y entonces era la hora de Drogba, el majestuoso elefante negro. Didier convirtió el definitivo. Le hemos dado muchas vueltas al asunto, pero la Orejona es de ellos porque lo merecían.

martes, 15 de mayo de 2012

Clemente, el hincha que desafió a la dictadura

Por Héctor Sánchez para El Día

Mucho le debe el hincha auténtico de fútbol, el futbolero de alma, al fallecido humorista y dibujante Caloi.

Desde el simple lugar de la resistencia cultural, Caloi encontró en el fútbol el rinconcito desde el cual contestar, fastidiar y desafiar a la mismísima dictadura militar en pleno Mundial 1978, cuando el tema de los papelitos en las canchas dividió las aguas.
Desde unos meses antes del Mundial, cuando los militares creían que tenían todo controlado en cuanto a la organización del máximo certamen de fútbol que se haya disputado en el país, la disputa se presentaba como despareja.
¿Cómo iba a poder una caricatura bastante absurda en su dibujo, un pájaro que no era tal pues no tenía alas, pero tampoco tenía manos y sí dos patitas flacas que lo elevaban apenas del piso y al que le gustaban con locura las aceitunas, ganarle una pulseada a los milicos en un tema tan popular y masivo como el fútbol?

Los voceros de los militares decían que era por una cuestión de prolijidad, que los papelitos que las hinchadas argentinas estaban acostumbradas a tirar al aire cuando su equipo salía al campo de juego podían afear el espectáculo, que de manera tan cuidada y organizada habían montado.
Pero Clemente (Caloi) no bajó sus banderas, ni la bolsa con papelitos que tantos de nosotros hemos llevado a tantas canchas, o en su defecto algún diario doblado bajo el brazo para convertirlo en papelitos, y el conflicto estalló.
Desde los poderosos micrófonos de Radio Rivadavia, el relator José María Muñoz defendía la prohibición, pero ante las críticas y burlas refinadas de no pocos colegas suyos y de muchos futboleros decía: "No estoy contra los papelitos, pero la gente tira también rollos de cinta de papel (los que se usaban y se usan aún en las máquinas registradoras de negocios y oficinas), que adentro tienen un cañito de plástico que puede lastimar".
Clemente tomaba nota de todo eso, y en algún momento llegaría la respuesta.
Con el Mundial ya empezado, Clemente recogió el guante de la prohibición militar y desde los tres o cuatro cuadritos de la tira diaria respondió con lo que tenía: una sonrisa pícara, unos ojos saltones y desafiantes y una lengua picante.
"Tiren papelitos" es la consigna, y el milagro comienza a tomar forma.
En el debut contra Hungría casi no hubo papelitos en la cancha de River; en el segundo partido -ante Francia- la tribuna popular que da a Figueroa Alcorta tiró una buena cantidad de papelitos, que fueron más aún en la derrota contra Italia. Pero fue en Rosario -siempre rebelde, siempre peleadora- en donde los papelitos coparían la parada en los tres partidos de esa fase, en donde la Selección Argentina lograría el pase a la final: una nube de papeles recortados cubrieron el estadio de Rosario Central, el Gigante de Arroyito, contra Polonia, Brasil y Perú.
En la historieta diaria, Clemente, a modo de cronista, daba cuenta de ello y los papelitos que dibujaba Caloi en la historieta también era protagonistas; mientras en laburos, lugares de estudio, mesas de bares y veredas, el guiño al personaje era cosa de todos los días, y era común escuchar un afable "che, ¿viste que hoy la siguió con lo de los papelitos?".

En la final contra Holanda, fotos y filmaciones siguen siendo la prueba irrefutable de cómo un personaje de historieta, al fin y al cabo el alter ego de tanto futbolero apasionado, le ganaba por goleada a la absurda pretensión dictatorial de prohibir los papelitos en la cancha.
Era, si se quiere, un triunfo modesto, humilde, como son muchas épicas populares, pero triunfo al fin y contra enemigos de mucho peso. Y era también una expresión de aliento futbolero de esos que se extrañan, cuando a los papelitos los tirábamos los hinchas genuinos, en lugar de las máquinas del cotillón oficial que la dirigencia aggiornada y cool del fútbol criollo impuso en estos tiempos.
Muchos tendremos ganas entonces de volver a tirar papelitos inocentes pero no tontos, para que debajo de esa nube de festejo de popular no se refugien las porquerías de cualquier barra brava de cualquier club, sino para la despedida de Caloi, el creador de un dibujo inclasificable, ni pájaro ni humano, que supo interpretar la frescura del verdadero hincha de fútbol.

Ciudadanos al poder: chispazos de pasión en un fútbol empetrolado


"One of the most overused words in
sports guys is incredible. I hate
to say it. This is incredible."
(comentarista en Rocky Balboa)

Parte 1
La petrolización del fútbol: hinchas y espectadores

Casi desde su fundación, los clubes de fútbol británicos han sido entidades privadas, lo cual despierta despistadas críticas pero resulta lógico, acorde a su tradición liberal que no ve sentido en que el Estado intervenga en la mayoría de las cuestiones, incluyendo el deporte; sin embargo, la avanzada de los petrodólares en el fútbol inglés provocó algo de alarma: los tradicionales chairmans, millonarios ligados a la comunidad, quedaban desplazados por mafiosos o seres anónimos de exótico origen que dejaban a cargo de su inversión al hijo, sobrino, nieto o cuñado. Pero con este corrimiento de lo local a lo global llegaban billones de libras esterlinas, jugadores estrellas y promesas de campeonatos: fueron muchos los seducidos inmediatamente. La pelicula Looking for Eric, en la que actúa el gran Eric Cantona, ofrece una mirada al mundo de los que se resisten, un reconocimiento breve a quienes resisten románticamente, a aquellos hinchas del Man United que fundaron, tras la compra del equipo por parte del empresario yanqui Malcolm Glazer, un club alternativo denominado FC United of Manchester. También muestra como, aún para ellos, el sentimiento, el amor por el club no cambia aún si los ideales ruegan resistencia. En el filme aparecen los hinchas atrapados por la encrucijada que se forma entre la tradición y el capitalismo global, el fin de las identidades (de hecho, la película trata sobre un obrero sometido sistemáticamente en busca de sí mismo, “Eric”).

El Manchester United es, en esta insistencia por clasificar a los equipos según clases sociales en un mundo que disuelve las diferencias en la masividad, el club de la alta sociedad de Manchester; en contraposición, el equipo históricamente sufriente, el equipo pobre y popular, es el City, el equipo de los obreros. Los citizens fueron durante décadas víctimas de todo tipo de desgracias, de 44 años sin ganar un título, de descensos y vaciamientos, y por supuesto, de las burlas del vecino que siguió siempre en la elite del fútbol y es más que un club, una marca mundial. Recibieron, entonces, los petrodólares de Sheik Manssur como un rescate providencial tras el endeudamiento contraido por el primer ministro tailandes Shinawatra, dueño anterior, y como una posibilidad de crecimiento imposible de otro modo. Y en efecto, el crecimiento del MC fue exponencial, proporcional a las inversiones estrafalarias del Sheik: 2009 los vio decimos, 2010 quintos, 2011 terceros y 2012 campeones.

Los hinchas de los equipos petrolizados no ofrecieron oposición, más allá del caso de FC United, al ingreso de estrafalarias sumas de dineros sospechosos. La federación, por supuesto, avaló el enriquecimiento de su fútbol, su jerarquización internacional de la mano de la llegada de verdaderas figuras del star system futbolero. El fútbol inglés, con su particular y espectacular estilo de juego, anduvo varios años necesitado de rivalidades fuertes, de estrellas convocantes: hace un par de décadas comenzó su proceso de “limpieza” que tomó, como medida principal para dejar fuera de las canchas a los violentos hooligans (si se quiere sobresimplificar, manifestaciones de esa subcultura disconforme, violenta, anti-civilizada, de la Inglaterra industrial) aumentar los tickets. Marginó así al “hincha común”, el de clase media o media baja, que va a la cancha como tradición y como modo de desahogo: el estereotípico protagonista del filme de Ken Loach, el aplastado por la rutina y la frustración. En la cinta, Eric busca elevarse a través del arte del fútbol por sobre su vida mundana: una especie de versión romántica de lo que supone para Norbert Elias el deporte, un modo de escapar a las constricciones de la civilización, de liberar las pulsiones reprimidas.

El plan que marginó al hincha al pub, el único lugar donde una persona de clase media puede ver un partido en comunidad, fue creado tras un trágico accidente en el estadio de Arsenal y la recomendación del célebre informe Taylor de que las canchas sólo permitan hinchas sentados. La medida fue replicada a medias por otros países, pero en Inglaterra redundó en la refacción de todos los estadios desde 1990 a esta parte, y la reducción drástica en la capacidad resultante llevó a la mayoría de los equipos a construir nuevos estadios o planear hacerlo. El fútbol sentado abrió paso a otra noción, el fútbol de teatro, el fútbol deshooliganizado y elitista. Los estrafalarios precios modificaron la audiencia del fútbol y también su naturaleza misma: de hinchas se pasó a espectadores, que asisten a un espectáculo, no a una competencia, donde esperan ver piruetas y astros. Allí está la semilla del concepto de la necesidad de espectáculo en el fútbol: para contentar a quienes, de saco y corbata, asisten a la ópera futbolística a ver a los divos. La movida se completó con la desterritorialización de los equipos, al mudar los estadios tradicionales de sitio, hacia faraónicas obras petrolizadas, monumentales teatros del consumo: Liverpool se mudó de Anfield a Stanley Park, Arsenal de Highbury al Emirates Stadium, bancado por la empresa Emirates, Chelsea y Tottenham planean de cambiar el escenario y el resto de los equipos de la Premier tienen proyectos para modificar sus estadios o mudarse debido al Reporte Taylor. En Estados Unidos, donde el deporte no tiene casi ningún arraigo comunitario (los clubes se mudan constantemente) decía con aguda mirada un fanático de los Yankees sobre la mudanza de su equipo del mítico estadio de los neoyorkinos, que para colmo fue demolido: “”




Parte 2
La redención del City

El City y el United venían cabeza a cabeza. Pero, vaticinio trágico, los ciudadanos permitieron que el United los alcanzara y hasta los pasara, cuando al entrar en la fecha treinta hilvanaron una derrota y dos empates... Y entonces llegó el clásico del 30 de abril, el más picante en mucho tiempo: el City se jugaba la vida, si perdía el United se le iba a seis. Pero, simplemente, lo quiso más: le alcanzó con un cabezazo de Company y la habitual tozudez de los equipos de Mancini y, a falta de solamente 2 fechas, lideraba de nuevo junto a su clásico rival con una diferencia de gol muy superior a la del Man U: dependía, como suele decir la casetera declaración, de sí mismo.

Ambos ganaron sus compromisos de la penúltima fecha y llegaron cabeza a cabeza al final: el empate en puntos coronaba por diferencia de goles al City, pero debía ganar. Enfrentaba al Queens Park Rangers, ascendido la temporada pasada y peleando mano a mano por no descender con Bolton. El ascenso del tradicional QPR en 2011 fue narrado atrozmente por el documental The Four Year Plan, una especie de reality de cuatro años protagonizado por los magnates de la Fórmula 1 Bernnie Ecclestone y Flavio Briatore, además de los empresarios Alejandro Agag y la invisible familia Mittal, que envió a su cuñado Amit Batthia en representación: estos cuatro salvan al QPR de la quiebra absoluta, invierten millonadas y todo con el objetivo del ascenso. Resulta que la bolsa, el premio por ascender, es uno de los premios más grandes del mundo del fútbol. El grupo de los cuatro propone una especie de plan realista que salvará al QPR de la muerte y lo llevará a primera en tres años: el plan que da nombre al film, paródica referencia a un plan económico nazi, resulta gracias al dinero y muy a pesar de Briatore y cía., una especie de colectivo caligulesco donde prima la ignorancia y el capricho. El único que se salva es Batthia, un tipo sensato, inteligentísimo, que de hecho sale tan bien parado que en el cotilleo virtual se ha sugerido que el muchacho es en realidad el dueño de la productora que hizo la película. Si bien esto explicaría el hecho de que tipos como Briatore permitieran ser filmados tomando decisiones absurdas, es incomprobable.

Bueno. El acertado comentario generalizado fue que quienes niegan la emoción en el torneo largo, con todo lo que hay en juego (descensos, copas y, por supuesto, el torneo), están largamente equivocados, creyéndose los mitos proferidos por dirigentes defensores del cortoplacismo como modo de salvaguarse a sí mismos, de no evidenciar su incoherencia dirigencial. Porque la definición de la Premier League, a pesar de la polarización en la lucha de la hegemonía, fue una de las definiciones más épicas que se recuerden. (Mientras tanto, el torneo local, cuyo último vencedor ganó con un par de fechas de sobra, ofrece campeones que luego salen últimos y equipos que pelean descenso y campeonato a la vez; el torneo que se juega de modo largo -el del descenso- mientras tanto, ofrece un atrapante panorama con seis equipos sangucheados en muy pocos puntos).

Los de Rojo visitaban al Sunderland, que ya no peleaba por nada. El QPR arrancaba la fecha un punto arriba del Bolton, pero jugaba contra el candidato. El Manchester City la tenía fácil. Aparentemente. Porque el United arrancaba ganando rápido con gol de Rooney, y la presión pasaba a los estigmatizados hombres de celeste, que se comían uña y dedo con cada vez más fruición a medida que pasaba el tiempo y el gol no llegaba. En cancha del Store, caía Bolton: QPR estaba a salvo por ahora.

Y entonces, en medio de un clima absolutamente tenso, Zabaleta le pegó al bulto y el arquero de los Rangers respondió como el que ataja sin ganas en el fútbol 5: carambola, gol y mucho alivio para el City, que ya se pensaba campeón. Bolton empataba y se salvaba, encima.

Y entonces, el mundo decidió ponerse de cabeza: un error defensivo del City le permitió a Cisse aplicar la ley del ex y empatar. Una gota de sudor frío se deslizó lentamente por la espalda de cada aficionado citizen. Algunos, los optimistas, lo consideraron apenas un escollo más. Todo había sido demasiado fácil, pero había aún cuarenta minutos para conseguir un golcito apenas contra un equipo que había llegado media vez. No había motivo razonable para preocuparse. Más tranquilidad aún le dio al City la expulsión de Barton por pegarle a Tevez. Ya estaba.

Y entonces, a minutos de que QPR quedara con diez, lo imposible: una contra, un centro y, por la espalda, Mackie metía el 1-2 con un cabezazo furibundo que hizo temblar el estadio. Con apenas veinte minutos por jugar, todo fue silencio e incertidumbre. La sequía se extendía irremediablemente otro año más. El reloj consumía los minutos como cigarrillos, con ansiedad, con vicio. De repente, ya iban 90. Bolton ahora caía y descendía irremediablemente. El United ganaba y se consagraba, mientras los hinchas se relamían pensando en las cargadas tremendas del día siguiente. Caía el enésimo centro y Dzeko empataba, pero iban 91 minutos, y con 3 más de recupero, parecía un gol para la estadística, para la burla del destino.

Con apenas noventa segundos en el tiempo de recupero, el City atacó, por primera vez en los últimos cuarenta minutos que fueron cuarenta años, por el centro. Agüero se retrasó para comandar y  profundizó para un Ballotelli que de espaldas hizo lo que pudo en el intento de devolver la pared. La pelota entró al area, atrás el Kun. Tenía el arco, pero antes mil piernas. Amagó, enganchó, amagó. Y le pegó, fuerte y arriba. Y sacudió el mundo. Gol del City. Locura en el banco, en las gradas, locura total, locura de los relatores, locura del mundo. El City era campeón tras 44 años, por diferencia de gol, con un gol a menos de 60 segundos del pitazo final contra un equipo que casi descendió. Fúbol.

El triunfo del City, con todo su irremediable color petróleo, rompio los horribles protocolos de teatro: los hinchas, que pasaron de la tristeza al borde del suicidio (todo con tal de no ir a trabajar al otro dia y recibir las cargadas por una pecheada historia, la enésima para un City que no salia campeón hace 44 años, y encima para darle el titulo a los vecinos) a la alegria mas increible y desmesurada, invadieron el campo entre lagrimas risueñas y saltos añinados por primera vez en un fútbol fuertemente protocolarizado. En ese momento el triunfo fue suyo, se apropiaron del título, del club, de la gloria los hinchas que habían gastado un sueldo en ir a la cancha. Todavia el futbol, a pesar de su globalizacion, sus entradas para ricos y sus despersonalizadas gestiones, sigue siendo, por algunos instantes aunque sea, de la gente, de la comunidad. El fútbol es mucho menos rebelde de lo que se piensa románticamente, mucho más eslabón del sistema que acto contracultural; y sin embargo... como dicen, irónicos primero y resignados al final, en Moneyball: como no ser románticos cuando se habla del fútbol, ¿no?

miércoles, 9 de mayo de 2012

Basta de discriminar: por la diversidad en el fútbol




Cayó el equipo más emotivo de la temporada, un equipo joven, tempestuoso, milagroso y corajudo que dirigidos por un Bielsa en su mejor faceta, la de formador, consiguieron pasar de un simpático anonimato a una final europea.

Pero el argentino tiene una tendencia enfermiza a la antinomia, y enseguida adjudica el triunfo a la trampa, el antifútbol: los de Simeone se defendieron y pegaron de contra mientras los de Bielsa “dignamente” fueron al frente. La realidad, sin embargo, señala algo diferente: porque el equipo del Cholo goleó y pudo haber hecho más de tres, y fue mucho más peligroso que un Bilbao que tuvo un mano a mano (0-2) y un tiro en el travesaño (0-3) ¿y cuanto mas? El Atlético de Madrid salió a la cancha a hacer el juego que más le gusta y más le convenía, y fue el dominador del juego aún sin ser el dominador de la pelota, porque dispuso lo que se hacía en la cancha. Hace unos meses había dicho ya Simeone que la tenencia de pelota no le interesaba, que se trataba de algo estadístico. Lo de ayer fue una demostración de que no existe una sola manera de jugar a la pelota, y mucho menos una forma moralmente superior: no hubo nada indigno en el fútbol del Aleti, que hasta se floreó.

EL PLAN PERFECTO

El Bilbao, en tanto, cayó en la trampa eterna en que cae Bielsa: su juego es de una intensidad feroz pero también predecible, unidimensional. Salió a hacer lo que todos, incluidos DT y jugadores rivales, sabíamos que iba a hacer: dejar jugar al Bilbao como quiere no es malvado, sino tonto. Por supuesto que el juego del Bilbao, sobre todo debido al convencimiento de los dirigidos del Loco, es peligrosísimo aún cuando se conoce el plan de juego: hay que bancar ese ida y vuelta, esa fuerza. Pero esta vez le salió todo redondo al Aleti. El equipo de la capital esperó atrás para pegar de contra con sus letales delanteros, y cuando ya se veía que el plan marchaba, el gol tempranero del Tigre Falcao dispuso un escenario absolutamente favorable para la estrategia del Cholo. El Bilbao se perdió en tres cuartos de cancha, enmarañado entre piernas enemigas, y dejó peligrosamente lejos a su defensa, con mucho campo para Falcao, Diego y la banda del Aleti: también ellos estaban convencidos en el plan perfecto de Simeone, y lo ejecutaron como asesinos impiadosos, como tiburones que huelen sangre, como campeones, que son los que no fallan, los que tienen la mirada altiva cuando no hay margen de error. Fueron tres, pudieron ser más, contra apenas un par de centros bilbainos que más que llevar peligro, lo insinuaron.

El 25 de mayo, como consuelo para ellos y varios de nosotros, habrá revancha para el Bilbao, en la final de la Copa del Rey, nada menos que ante el Barsa: los de Bielsa enfrentarán ahora sí un equipo que intercambiará golpe por golpe garantizando una final reñida con goles y emoción. Con el diario del lunes, los de Bielsa parecen tener más chances ante el blaugrana que ante el Aleti: el equipo de Simeone, bastante ninguneado a pesar del equipazo y un buen andar en la Liga (en parte, por el magnetismo del Loco y los suyos), siempre supo lo que tenía que hacer, porque siempre supo lo que haría el Athletic. Sin dudas a veces la obstinación de Bielsa le juega en contra: su obsesión casi romántica (romántica ahabiana, del barco contra la ballena, no romántica florida) con ir al frente tropieza siempre con este tipo de piedras. Pero mal no le va: al mérito del Loco, que llevó a una banda desconocida a sentirse imbatible, no hace falta adjetivarlo. Y habrá revancha para los bilbaínos que enamoraron con su entrega y conmovieron con su llanto: y no sólo la del 25. Son jóvenes y serán protagonistas.

Hubo un gran campeón y un señor segundo, hubo gloria para uno y honor para otro. Y listo: no hace falta, ante demostraciones de la maravillosa diversidad del fútbol como la de esta final de Liga de Europa, en el día en que han aprobado la ley de identidad de género en el país, discutir argentinidades retrógradas.

martes, 8 de mayo de 2012

Menos discursos y mejores explicaciones



No repitamos conceptos. Estudiantes continúa devorándose a sí mismo, como la serpiente Uroboros. Y ustedes han visto lo ridículo que es cuando un animal intenta comerse la cola? Así está Estudiantes, al borde del mamarracho, recordando con sus internitas, su puerta rotativa de técnicos y un fútbol inmirable al Pincha noventoso.

La CD asumió con promesas de poner el proyecto institucional por sobre el deportivo. No achicó el plantel, contrató jugadores de alto perfil por poco tiempo y confundió a todos con la designación del DT tras la salida de Russo: pasó sin escalas de Martino a Azconzábal, evidenciando que el famoso plan no estaba demasiado delineado. Si la idea era que entre Azconzábal y la Brujita sentaran las bases para el Estudiantes modelo 2012, el intento quedó a mitad de camino, y con un plantel de mucho líder la entrada de los pibes y los resultados fueronr esquebrajando la paz de los vestuarios. No hablaremos de trascendidos, pero lo que queda claro es que el recambio que tendría que haber comenzado ayer, será realizado desde junio por necesidad y urgencia.

Apuntamos recientemente el error de dejar ir a Azconzábal: el apuro por encontrar un DT volvía a dejar en palabras los planes de saneamiento, volvía a ubicar lo deportivo por sobre lo institucional. Cuando lo lógico era terminar el torneo con el Vasco con una bajada de línea clara de cara al futuro del plantel, y preparar así el terreno para un Estudiantes sustentable mientras se buscaba un DT que aceptara las reglas del juego, los dirigentes buscaron nuevamente técnicos antes de imponer las reglas, dejando que venga cualquiera a exigir lo que quisiera: y si piden tres, nueve o quince refuerzos es igual para una dirigencia que busca desesperada el resultado inmediato antes que el largo plazo.

Bueno, caído lo de Pellegrino, por siesta, lo de Sampaoli, por irreverente, y lo de Pelusso, por estar laburando, quedó en evidencia la movida errónea: Estudiantes sacó un interino para meter otro, para colmo con menos experiencia. Ante este panorama que dejaba en evidencia lo impulsivo de algunas decisiones, el manotazo de ahogado: traer al Doctor, su historia, sus espaldas, para acallar las voces disidentes y llevar a cabo la mentada reorganización sin cuestionamientos internos ni externos. Bueno, el gran Carlos Salvador Bilardo, fiel al club de sus amores, se ponía la camiseta contra su cansancio, contra su laburo, contra todo; pero los propios dirigentes que no encuentran la brújula le bajaron el pulgar al glorioso Narigón por rencillas entre ellos. ¿Cuál es el misterioso plan de la comisión? A esta altura, tras varios furcios y un presente complicado, se necesitan menos discursos elevados y más explicaciones concretas.

¿Era pertinente la llegada de Bilardo? Pregunta irrelevante a esta altura: lo que hay que preguntarse es qué pretende esta conducción que bajó a Azconzabal en un ataque de histeria y sin ningún plan, luego tiró nombres como si fueran hinchas hablando por la radio (repasemos: sonaron los novatos Pellegrino, Vivas y Palermo, más Sampaoli, Pelusso y Bianchi: todos pensados sin estudiar trayectorias, costos, ideas o, mas importante, funcionalidad con el club, y descartados en un pestañeo) para finalmente evitar la llegada de Bilardo, arribo que pintaba como esos mesianismos que mal terminan, si, pero también esperanzaba con un 2004 bis, cuando el Doctor limpió rápido y quirúrgico un plantel envenenado por las internas y armó la base del ciclo 2005-2006 que culminó con el título.