martes, 17 de junio de 2014

Los designios de las estrellas



Cuando, humanos, reconocemos que al fin y al cabo, por más planificación que pongamos a nuestra tarea, siempre seremos esclavos de los caprichosos designios de las estrellas, no nos referimos a estas estrellas: las que llevaron al entrenador de la Selección, Alejandro Sabella, hombre de conocimiento profundo y vasto palmarés, a reconocer “pour la gallery” el “error” de probar un esquema. Claro que habla de un hombre inteligente para el manejo grupal, que prefiere bajar el copete a que se le retoben los pingos. Pero más dice de ciertas costumbres argentinas, eternamente messiánicas.

Sabella intentó ante Bosnia parar el polémico dibujo con cinco defensores: como dijo en la previa, un esquema no define una predisposición defensiva u ofensiva, como demostró Holanda, metiendole 5 al vigente campeón parado igual. Y nadie puede sostener que Robben y Messi (o el propio Di María) no son lanzados en velocidad similares, o que Agüero no es capaz de definir con la misma clase que Van Persie.

Pero la cosa no anduvo. En primera instancia, quizás haya sido efectivamente una mala decisión: sin juego por las bandas, Agüero y Messi quedaron muy lejos de todo. Rojo tiene decisión pero no tanta resolución, Zabaleta se mostró poco dispuesto a recorrer toda la banda, y para colmo Maxi y Di María brillaron por ausencia y regalaron el mediocampo. La pelota, se sabía, no iba a ser monopolio argentino, que se paraba para salir rápido: pero directamente no pudo recuperarla la Selección de Pachorra, que se puso arriba enseguida con un gol de la providencia y luego se dedicó a mirar a los bosnios correr y chocar y marrar.

Quizás haya sido una elección demasiado cautelosa de Pachorra, conocido por ser precavido. Que haya sido un error táctico, de todos modos, es sumamente relativo, sobre todo teniendo en cuenta la poca prestancia de los jugadores a jugar con este esquema tildado de amarrete por la prensa que, sin conocimiento sistemático del juego, siempre midiendo con esa vara del café, dice que Holanda es máquina devota del ataque y Argentina pijotera (un planteo igual al que se hacía respecto a Mourinho, tildado de ultradefensivo, y el Bayern o el Real de Ancelotti, que jugaban de contra pero eran equipos espectaculares a los ojos de los medios). Lo único cierto es que el esquema no funcionaba: y qué porcentaje del errar se debió a cuestiones estratégicas, y cuánto a la falta de voluntad del equipo, es difícil de determinar.

Todos, sin embargo, vimos lo mismo: un primer tiempo con un equipo prematuramente mufado, desactivando las contras por autoboicot, chocando y luego sin correr la pelota. Messi y Agüero desentendidos del juego, solo dos para luchar contra toda una defensa. Una primera etapa frustrante de ver y jugar: un claro mensaje al entrenador, no con palabras sino con actos. Sabella, entonces, se subordinó a la voluntad del grupo: decidió darle el gusto a Messi y puso a sus tres amigos en cancha.

Las estadísticas hablan del toque-toque con Gago. El gol muestra la relevancia de Higuaín para arrastar marcas y devolver paredes. Argentina, en efecto, lució más frondoso en ataque, llegó con más jugadores y también, fue notorio, con mayor vigor. Efectivamente, ataca mejor con el tandem Messi-Aguero-Higuaín-Di Maria-Gago.

Pero el retroceso, como había pensado Pachorra en la previa, sufrió en consecuencia: con Bosnia sin nada que perder, quemando los papeles que lo mandaban a aguantar y yendo hacia el ataque, fueron varias las aproximaciones del rival, que siguió pasando la zona media con frecuencia, ante la atenta mirada de los volantes albicelestes. Y llegó el gol: la máxima sabelliana del equilibrio, que pergeñara el modelo 5-3-2, no apareció en todo el partido. El equipo atacó mal a costa de defender bien y viceversa, y el Profesor se fue preocupado al predio del Mineiro.

Los análisis pospartido (de medios y jugadores) minimizan el hecho de que el segundo tiempo, con el equipo que quiere “la gente”, no pasó del empate con una Bosnia que asomaba más compleja en la previa que en la cancha. Los análisis pospartido también minimizaron nuestro messianismo, la sensación de ser siempre rehenes del humor de los líderes. Porque pasó casi desapercibido que ese “mensaje” desde dentro de la cancha, en aquella primera etapa, rozó la extorsión: en un Mundial, ¡en un Mundial!, Argentina regaló un tiempo en lugar de intentar hacer lo posible y, puertas adentro, plantear la posibilidad de un cambio.

La cuestión se volvió más grave cuando, lejos del “puertas adentro”, terminó volviéndose sumamente pública, con cada jugador declarando ante cualquier micrófono estar más cómodos atacando con los Fantásticos: “hicimos cosas que no estamos acostumbrados”, tiró el habitualmente casetero y aburrido Messi en conferencia de prensa, y completó, “somos Argentina y no tenemos que pensar en quien tenemos enfrente”. La frase de Messi, pensada, voz de capitán, minimiza la planificación y es una afrenta al entrenador (y a su rol) que, conciliador, buscó rápidamente asumir una supuesta culpa por aquel primer tiempo y mantener contenta a la estrella que, pensamos todos, guarda la clave de nuestro destino mundialista.

La frase de Messi nada parece haber aprendido de aquel Alemania 4 - Argentina 0.

El debut dejó a muchos con un sabor amargo por ver sus esperanzas, excitadas en la previa por el chauvinismo futbolero patriota (siempre somos los mejores), chocar contra la realidad del Mundial donde nadie improvisa, la realidad de Messi apagado, la de un equipo con apenas unos días de laburo. El debut dejó a unos pocos, además, con el sabor amargo de, una vez más, ver como el potencial de un equipo se erosiona fruto del juego de poderes, de caudillos y de caprichos en el que podríamos ser tranquilamente campeones del mundo. La culpa, Bruto, no yace en nuestras estrellas, sino en nosotros mismos.

sábado, 14 de junio de 2014

De contra nomás: apuntes para un debate



Holanda, hermoso Holanda: el país neurótico de fútbol, que en un sueño lycnheano pergeñó gracias a una insalubre obsesión el fútbol moderno, el verdadero rey sin corona. El subcampeón del mundo llegó calladito a Brasil, con el mundo concentrado en Alemania y Brasil, y de arranque demostró ser una cofradía que desparrama fútbol y actitud. En 2010 la Naranja era el archienemigo, su planteo para muchos mancillando la historia, simplistas que piensan que la pierna fuerte no es compatible con el buen juego. Holanda llegó a aquella final tras raspar y pasar a Brasil,convidado de piedra a la fiesta que debía ser toda española.

La historia, adepta al cuentito maniqueo, ha olvidado rápido que aquel partido debió ganarlo el combinado holandés, que tuvo dos claras de gol antes de que, en suplementario, el equipo español concretara su destino gracias a Iniesta. Y aquel Holanda de estilo abucheado es bastante similar a este: se agrupa, defiende fuerte y sale de contra con el mismo trío de velocistas. Sneijder, rápido de arriba (no jugó bien ante España), el dúctil Van Persie y Arjen Robben, que corrió a 37 kilómetros por hora para dejar en ridículo a Piqué y a Casillas y abrochar el 5-1 final.

Pero volvamos a aquellos días del primer mundial africano. El 2010 es recordado como el Mundial que consagró para la historia el estilo que hace énfasis en la posesión de pelota. Por aquellos días el Barcelona paseaba a todos y si bien la traducción de aquel equipo cosmopolita en selección fue bastante deslucida (España arrancó perdiendo y nunca fue una tromba), le alcanzó al equipo de moda para consagrarse rey del mundo.

En rigor, en Sudáfrica, como en toda competencia, hubo tantos estilos como equipos, e incluso de los cuatro primeros sólo España hacía ese juego de toque y pausa. Pero las narrativas son así, simplifican y reducen, y todos sabemos que la historia la escriben los que ganan.

Este Mundial va camino a ser, en contraposición, el de las transiciones supersónicas. El Barcelona fue destronado por su archinémesis el Real en la Champions y por el Aleit del Cholo en el ámbito local, ambos utilizando el vértigo como principal arma. “No me interesa la posesión”, decía Simeone en días de devoción culé. Hoy ha probado el éxito de su forma de juego.

La posesión debe ser profunda o no será más que una caricia: desde varios ejes ha llegado esta alternativa vertical. Holanda fue denostado por su planteo “especulativo” en la final de Sudáfrica y hoy es celebrado por meterle cinco al campeón: más allá del exitismo que dicta las opiniones, han cambiado los tiempos y los paradigmas.

Todo es, desde ya, relativo a los jugadores que interpreten el sistema y a lo aceitado que esté: ningún modelo garantiza nada. Pero si bien este cambio no quiere decir que el campeón será verticalista, o que ganarán sólo quienes se agrupen y salgan de contra, sí quiere decir que estamos todos en peligro: asombra, asusta la intensidad con que juegan algunos equipos, la fruición de correr la cancha como velocistas, la precisión en velocidad, la fuerza del bloque, el derroche de entrega física, la efectividad de los centros, los pases y los disparos en movimiento. Lo de Holanda, punto máximo del arte que, en dos días de competencia, lo han mostrado ya, con mayor o menor retroceso en el campo, Colombia, México, Chile, Italia, Inglaterra... La clave, imaginada en sueños por el Loco Bielsa, es ser un vértigo luminoso de pases y desmarques hacia el arco rival, siempre hacia el arco rival.

El Bayern, el Madrid, Holanda: todo es moda, y todas las modas se van como vinieron, pero la intensidad con que se juega hace pensar en una nueva dimensión del fútbol, un punto del cual no se vuelve, como ha sucedido en el tenis o en el basquet, donde ya no existe jugar pausado, donde ya no existe no poner el físico en el juego.


¿Qué pasará en Argentina, nostálgico país amante de los lentos y que sigue pensando que el pasado fue una gloria eterna (aunque ganamos dos copas del mundo “solamente”, una ilegítima)? ¿Seguiremos sosteniendo la dicotomía de jugar o correr, cuando en casi todos lados se hacen ambas?


¿Quién dice que es fácil?


El resultado deja un 3-1 que indigna. Indigna en su injusticia, porque Brasil, ese candidatazo que iba a golear a todos, a duras penas pudo ser coherente y fue puro empuje e individualismo. Indigna más, claro, porque Croacia hizo su partido y el árbitro torció el rumbo con ese penal que vio sólo él. Una sanción vergonzosa, sumada a la faltita sobre Julio Cesar que decidió sancionar y que terminaba en gol croata, difícil de pensar como un accidente, mera inocencia. Un inicio negro para la credibilidad del Mundial.

Deja muy poco para el análisis, entonces, el encuentro, desnaturalizado por la inclinación de la cancha. “Digno igual”, dicen algunos de Croacia. ¿Digno? En todo caso, una dignidad nada sorpresiva: quienes pensaban que Brasil iba a apabullar a los croatas poco sabe de fútbol. La joven patria de los Balcanes siempre muestra esa sangre guerrera y ese orgullo por la nación conseguida a fuerza de lucha. Así llegó a ser tercero en su mundial debut.

Los pueblos de esa problemática zona, además, siempre han tenido buenos deportistas y mucha pasión. De ningún modo iba a haber paseo verdeamarelho: debut mundialista y la presión agregada de la localía. Cuando Marcelo empujó el balón contra su propia área, fue el despertar de esta ilusión, tan carioca, que auguraba que todo sería fácil.

Y también fue un alerta para el resto de los equipos. No existen ya los cuadros fáciles: todos estudian, hay videos de todo y estrategias posibles para, aún en desventaja de jerarquía, anular al rival. El análisis prepartido suele perogrullar las verdades, dar por sentado jerarquías que, cuando menos, hay que ratificar partido a partido, con mucho cuidado. El encuentro de hoy, clara muestra, tuvo al perdedor siguiendo un plan de juego más pensado que el ganador. Brasil no tuvo ideas, y sí azar, en el primer tanto, mala ejecución de Neymar, y mucha política en el segundo. El tercero, donde apareció la individualidad que separa a los grandes equipos de los trabajadores, apenas decoró.

Las individualidades tendrán su peso, claro, como siempre. Pero ya no habrá, por mero peso específico, goleadas estruendosas: ya no hay equipos entregados, todos vienen a molestar. Todos, además, tienen cuadros formados por jugadores que se desempeñan en el centro del mundo futbolístico, Europa, y hasta cuentan con la ventaja de que muchos son desconocidos y descuidados.

Ojo, entonces. Nada faltó para el batacazo, apenas que el árbitro no estuviera influenciado (siendo bienpensante, claro), por el clima festivo de la previa. Este Brasil no es campeón cantado, tendrá que remar bastante (lo que más tiene, parece, es personalidad), no podrá depender de ayudines siempre y por ende, el Mundial será abierto. El Mundial arranca con una mancha negra y una advertencia: no hay nada fácil, menos en un torneo así, donde juegan tanto los sentimientos, la ansiedad, los nervios. Menos en el panorama actual del fútbol, donde ya no hay inocencia.

domingo, 25 de mayo de 2014

Detrás del 1-4



No se aplica aquí la ominosa “no nos comamos el verso”, en este caso del Real Madrid: justo campeón el equipo de Franco, del poder; el que saca en la tapa a su chico estrella a pesar de que ni la tocó, hizo el cuarto de penal y se quitó la casaca para salir en la foto; el equipo compró a un buen jugador a un precio imposible y que casi vende al que ayer estuvo entre las figuras (Fideo, crack de cracks: huevo, inteligencia y muchísimo fútbol). Justo campeón porque a pesar de todo esto, es una tromba de fútbol, vendaval intensísimo que todo lo arrasa.

Ahora, ese equipazo no pasó por encima al Aleti, y no es esta una lección del fútbol de posesión (que de hecho no practican los de Ancelotti) sobre el pragmatismo: porque este equipo Colchonero del hacedor de sueños y mística Cholo Simeone, que viene de romper la hegemonía insoportable del Barsa y el Merengue en la Liga y de yapa metió esta final, que ganó durante 92 minutos con todos, absolutamente todos los indicadores estadísticos en duda: posesión, pases completados, tiros al arco, tiros libres.

Y no lo ganaba de casualidad: el gol a favor llega por error, pero el Real, a pesar de su supremacía en los números, no generaba más que cosquillas a Courtois. Pasaron los minutos y el puro empuje de los de la Casa Blanca metió en un arco al Aleti, que lejos de su versión semifinal ya no tenía, entre los caídos en las batallas previas, la carga de los partidos del año y el desgaste mental de una final, piernas para salir de contra. Y sin ese peligro, los de Ancelotti se instalaron en cancha colchonera buscando el milagro.

El milagro llegó, pero podría no haber llegado: no fue fruto de la presión, del cansancio, de la superioridad física (que sí fue el motivo por el cual, en el suplementario, se floreó Goliat), sino de una pelota parada, la ultimísima jugada del partido. El golpe fue duro, y la sensación que se llevó el Aleti es que, siendo un equipo más corto, le terminó pesando un año donde peleó todo lo que jugó. También, por supuesto, correr detrás de la pelota le comió las piernas: pero no es argumento suficiente para comprender cómo llegó al empate el equipo de las diez orejonas.

La frase persiste en su vigencia: “La posesión no me interesa para nada”, había dicho el Cholo Simeone, y cuánta razón tenía, si con un equipo valuado en unos 80 millones de euros (8 veces menos que su rival) le quitó la Liga a dos equipos con jugadores de 100 palos y otros que ni valor tienen, y llegó a una final de Champions que no alcanzaron Barcelona, Bayern Munich o los Manchesters. Ese equipo, esa cofradía de hombres forjados místicamente por el que no negocia el sacrificio, esos tipos podrían, tranquilamente, haberse llevado la orejona: un minuto fatal con mucho olor a destino fue verdugo del sueño, y el tsunami del suplementario termina desluciendo una temporada brillante.


Y también ofreciendo explicaciones inválidas: los números respaldan la interpretación de que al fútbol se juega con pelota, pero con pelota no hubiera habido partido (además, claro, tampoco el Merengue jugó durante toda la temporada con el balón sino, como ahora se estila en Europa, saliendo de contra: estilo en el que Simeone es, al menos en esta nueva era, pionero). En lugar de afano, pegó en el palo de ser una nueva película para el director hollywoodense en que se ha convertido Diego Pablo Simeone, hacedor de filmes berretísimos de esos donde los buenos son los humildes y vencen al villano imposible. Es que el tipo invita a soñar, a creer en las hazañas: quizás esta derrota sea el epílogo de otro final pochoclero y feliz.

sábado, 10 de mayo de 2014

No será el último adiós



Fiesta. Una fiesta total: Estudiantes, dentro y fuera del campo, armó una despedida de casa ideal para el Idolo, Juan Sebastián Verón, metiendo baile en la tribuna y también sobre el césped, y trepando a la punta, porque lucha nunca deja de dar el León. Fueron tres los goles en un partido curiosamente tranquilo para el Pincha, acostumbrado al sufrimiento y la paridad: porque lo pudo abrir rápido, como ante Colón, y entonces un partido que asomaba aparejo mutó a ideal para el local.

Amanecía el partido y mientras Estudiantes jugaba su habitual fútbol que hace eje en la subida por las bandas, San Lorenzo, con equipo alternativo, avisaba que iba a ofrecer resistencia: Romagnoli, en cámara lenta pero con la claridad de los cracks, viejo némesis del León, conducía el toque de primera del equipo de Bauza que encontraba con facilidad, a espaldas de Correa y Auzqui, a hombres libres.

Pero todo lo planificado por el Patón se vino abajo cuando, trascurridos solo cinco minutos, el Pincha se puso en ventaja: tras una habitual pared Auzqui-Jara y centro a Carrillo, el 9 pateó sobre la marca y la pelota le cayó, en el borde del área, a Correa; el Tucu le dio como un crack, hermoso agarrarla así, llenarse el pie y ponerla en el ángulo. Primero en Primera para Correíta, y primero para el Pincha cuando los jugadores todavía se acomodaban.

A partir de ahí todo cambió. Los de Pellegrino se entusiasmaron y pasaron por encima a un San Lorenzo que se dejaba presionar y parecía perdido: acusaba el golpe del gol. Y vaya si lo acusaba, que parado en ataque dividió un pase hacia el último hombre. Carrillo, atento y haciendo gala de sus cualidades fuera del área, anticipó, corrió 30 metros, enganchó ante la marca y, cuando salió Alvarez a achicar, tiró al medio a Franco Jara. El cordobés había acompañado la jugada y solo tuvo que empujar hacia el gol para completar el jugadón de su compañero, una dupla cada vez más letal. Iban, solamente, doce minutos.

Y desde ahí, calco de Santa Fe, Estudiantes buscó planchar el partido. Pudo haber metido alguno más, seguro, tuvo chances con Correa, Carrillo y Jara, una jugada preparada de tiro libre que tapó el golero de Boedo y también un lindo corner olímpico del Once, aunque también en algún momento pudo recibir algún golcito para el susto y por distraído. Pero, básicamente, el partido parecía jugarse con los dos esperando que los minutos pasen.

Por supuesto, Franco Jara jamás juega en esa tónica y, mientras Estudiantes afianzaba el toque-toque para que corran las agujas del reloj y San Lorenzo se deshacía en intrascendencia y errores de manejo, mérito todo de un equipo muy enchufado y muy entero físicamente, bueno, en ese momento en el que todo pasaba lejos de los arcos, Jara interceptó un pase atrás calco del segundo tanto del encuentro (¿estudio del DT sobre dónde presionar?) y se metió en el área. Mano a mano, no perdonó: 3-0, habitual bailecito y gran celebración del equipo, que supo que el encuentro estaba listo, que podía respirar, que los puntitos estaban en casa.

Y entonces, el marco se llevó puesto el partido: sobraron los minutos finales, sobre todo luego de que Pellegrino, con el partido cocinado, decidiera sacar al Pelado para la ovación, más relevante, el resguardo físico: el público se entregó con una ovación atronadora hacia la Brujita en su último partido en casa, y el griterío no paró hasta el final. Se mezclaron en las emociones la victoria, la retirada del Preponderante y la punta porque, con la Brujita en cancha, imposible no soñar, imposible: él plantó la semilla que resembró la fe cuando volvió allá en 2006, entonces cómo no creer.

Tras el pitazo, una nueva ovación hizo lagrimear a Verón, que se quedó un rato en cancha despidiéndose de los suyos, de los que lo banca siempre, cuando tantas veces el mundo se empeñó en defenestrarlo en ningunearlo. No pudo terminar sus declaraciones, los ojos colorados, el club que es su vida diciéndole un adiós que todos, hasta los que gritamos hasta la disfonía para retribuirle algo, sabemos que es un hasta lueguito.

Ahora ya es sábado por la noche, tiempo para disfrutar la fiesta bárbara que armó el Pincha, contando anécdotas del Pelado entre amigos pincharratas y sabiendo que el Pincha hizo lo que tenía que hacer. Y que quiere más.

martes, 6 de mayo de 2014

Los desequilibrios

En esta última semana se volvió a encender la alarma financiera. Primero, la historieta d ellos 21 pasajes: Estudiantes, para visitar a Colón en Santa Fe, decidió viajar en avión, pero, presuntamente por un accionar lento de los dirigentes, solo consiguió 21 boletos. El resultado: cuatro integrantes del cuerpo técnico viajaron en combi al estadio sabalero. Y luego, hoy, en conferencia de prensa, varios periodistas llevaron a Pellegrino, pretendido por Boca, Racing, Vélez y quien sabe quién más, a reconocer la deuda de los sueldos que tiene el club con él y su equipo: recién cobraron febrero.

Por supuesto, a Pellegrino, como a cualquier protagonista, no le sacaron nada que no quisiera decir: cierto malestar se trasluce de que estas dos situaciones hayan visto la luz pública, y tiene mucho que ver con el modo en que la CD comunica, muchas veces negándose a la autocrítica. Pero, de modo más profundo, más allá de los roces propios del trabajo cotidiano en un ámbito de presiones extremas, los problemas suscitados tienen que ver con la crisis de fondo que ha definido, en definitiva, el presente deportivo del club: la situación financiera.

Problema heredado pero también sin solución en los años de gestión Lombardi, la falta de pago de sueldos de jugadores, cuerpo técnico y empleados dominó los titulares durante este semestre. Estudiantes abrió el año en medio de un paro de sus trabajadores y largos céspedes sin cortar. Los jugadores, en tanto, cobraron el aguinaldo de diciembre bien entrado el año: ¿falta de planificación de parte de la CD?

Sin dudas, por un lado, se especuló con la posibilidad de endeudarse, una práctica común en el fútbol argentino: siempre se debe y se va pagando a medida que entra dinero, en el caso de Estudiantes, a medida que llegaban las cuotas por Zapata. Pero evidentemente, en esta política de deudas y parches, hubo un cálculo demasiado arriesgado, y se terminó precisando de los dineros europeos casi con desesperación: hasta se especuló con vender, a menor precio, la deuda que Napoli mantiene con Estudiantes.

Es parte de una forma de hacer política en el fútbol criollo: hoy, con el dólar a 10 y los clubes queriendo mantener la misma competitividad de cuando el dólar estaba a 3, se trabaja más que nunca a través de deudas y promesas incumplidas. Es imposible para un club competir con los clubes más modestos del Viejo Continente, e incluso la vecina Brasil supone un paraíso para muchos jugadores argentinos. Para retener o contratar, se firman jugosos contratos que nunca se terminan de pagar, y se pagan préstamos en mil cuotas generalmente atrasadas. Casi ningún club llega a salvarse con la venta de los pibes, que se van muy jóvenes, antes de explotar. Todos deben, y mucho: nadie busca adecuarse a la nueva realidad económica, porque implicaría una fuerte desinversión en materia deportiva (lo visible); todos eligen endeudarse y que se encargue la comisión entrante del pasivo.

En este sentido, esta conducción se caracterizó por el sentido común: asumió en rojo, resultado de las travesuras de Filipas al intentar conseguir un último campeonato, y desaceleró el gasto operativo y también deportivo, deshaciéndose de varios contratos costosos y apostando al piberío. Pero nunca pudo asumir sus deudas y dejó de ser aquel paraíso de mediados de la década pasada, cuando los jugadores venían a Estudiantes porque sabían que era sinónimo de club ordenado.

La deuda con el plantel implica entonces una importante derrota para el club, en tanto se había posicionado como destino tentador económica y deportivamente, condición que perdió en los últimos años. El Pincha ha vuelto a ser un club mediano, que lucha para que dineros más abultados y más reales no le roben lo que le costó conseguir: en este caso, el cuerpo técnico.

El problema es que el dinero no está. Entra y se hacen frente a las deudas del pasado, pero nunca aparece lo suficiente como para volver a cero. Y el dinero no está porque tampoco Estudiantes asumió la necesidad de adecuarse a la nueva realidad económica y perder toda competitividad: aún enfatizando en la necesidad económica de jugar con lo que el club tiene, siempre se apostó por dos o tres refuerzos de nombre y sueldo alto. Patito Rodríguez, Jara, Olivera: tanto dirigentes como entrenador estuvieron siempre de acuerdo en que si bien la idea de fondo era apostar por los baratos juveniles, había que traer un par de tipos para no perder toda competitividad.

Es que el fútbol es hoy en Argentina para equilibristas: lo financiero y lo futbolístico son enemigos que hay que intentar conciliar a través de ingenierías cada vez más complejas y, a menudo, directamente mentiras, promesas de pagos que no se sabe cuando llegarán, promesas de refuerzos que se saben imposibles. La difícil situación de Estudiantes conlleva esta encrucijada: la necesidad de cuidar al cuerpo técnico y la falta de dinero para hacerlo.

Este cuerpo técnico merece ser cuidado. Ha sido absolutamente funcional al proyecto a largo plazo, caminado la línea planteada por la dirigencia con un perfil bajo digno de Estudiantes, obedeciendo la desinversión y poniendo a los pibes en cancha aún poniendo en riesgo su laburo porque, ¿cuántas veces, cuando no se dieron los resultados, algún desaforado pidió la cabeza de Pellegrino? La transición costó un perú, y tras mucho tiempo ha podido el Estudiantes post-Sabella verse en los primeros lugares. Pellegrino ha potenciado el patrimonio del club, y si no se desarma lo construido su legado será muy palpable, desde lo deportivo y lo económico, en el futuro.

Ahora vienen de Capital a buscarlo y Estudiantes vuelve a estar en una posición de absoluta desventaja para negociar: debe plata, y mucho no puede prometer. Las marquesinas de los clubes grandes, más allá de que sus presentes sean grises y sus realidades económicas igual de magras, tientan a cualquiera. ¿Cómo competir? Si no hay oro en las arcas, hay que ofrecer otras cosas. Si no se puede cuidar al entrenador desde lo económico, la franqueza al respecto y el cuidado simbólico de su laburo (es decir, unos buenos mimos) no estarían nada mal.

jueves, 24 de abril de 2014

La refundación Verón

Veinte años. Veinte que son más de treinta, porque se sabe que te criaste pateando por el country, atado a una pelota por el destino, por ese lazo de la mística, de la familia. Lógico que te duelan el cuerpo y el alma de tanto andar, Pelado: veinte años de pura cuesta arriba, nunca un ratito de pendiente para disfrutar de la inercia. Si cuando debutaste, un 24 de abril de 1994 (1-0 a Mandiyú para esperanzar con la permanencia), nos estábamos yendo a la B. Tenías 19 pirulos y cuatro meses después sufrías el descenso, como un hincha todavía.
 
Así arrancaba la carrera del tipo que daría la vuelta al mundo descociéndola, vistiendo las casacas más prestigiosas: Juan Sebastián Verón se iba al descenso, el infierno del fútbol argentino, para resurgir 12 meses después convertido en crack. Actor principal en un equipo estelar que ganó el duro torneo de punta  a punta, el juvenil Verón jugó seis meses más y después salvó al club no con sus pies sino con los dólares de su venta. Aquel Estudiantes no podía evitar el éxodo de esa pegada única, de esa forma quirúrgica de golpear el balón.
 
Pero vos sabías que ibas a volver. Tu grandeza no está en los títulos, está antes: cuando el Inter te tiró nosecuántos millones y vos te quisiste pegar la vuelta a unas canchas donde te escupen, te putean, te ningunean, te infaman (aunque sospechamos te gusta tanto como a nosotros), para salir campeón con el club de tu vida. Cuando salir campeón, convengamos, era una utopía, cosa del pasado.
 
Verón cambió esa mentalidad desprovista de fe. Verón resembró la semilla de la mística. Verón tiró en el túnel que había que ganar para salir campeón cuando quedaba medio torneo, y sus compañeros escucharon primero incrédulos, cómodos en el rol del simpático perseguidor, y después hambrientos: ese día los vecinos se comieron siete, y desde entonces Estudiantes perdió solamente un clásico.
 
Y Verón salió, contra todo pronóstico, pura manifestación de fe, campeón, de la manera más fílmica que se puede ser campeón: desde atrás, contra todos, el punto dándole vuelta el partido al candidato, para que se cumpla la profecía y el Pelado festeje con su papá, la Bruja, en cancha, un abrazo de una decena de estrellas.
 
Lo que siguió es historia: el partido en el Mineirao es una de las grandes gestas mundiales del fútbol, le pese a quien le pese, así como también la dolorosa final ante el Barcelona y el campeonato rastrojero. Y la historia también recordará con amor tu última etapa, la pedagógica, la cabeza y las espaldas de una necesaria renovación, el puntal para que los chicos crezcan, el que con cada pique de cincuenta metros, con cada partido infiltrado, los obliga a dejar de remolonear, aturdidos por sus nuevos sueldos y sus nuevos autos, los obliga a correr y meter porque así es Estudiantes.
 
Pero la historia está en los libros. Antes de la historia, hubo un acto, secreto, imperceptible: la refundación de la fe, el renacimiento de la mística, la invitación a creer en que todo se puede y, más que nada, el desafío de intentar ser tan grandes como obliga el legado de las generaciones pasadas. Eso fue Verón para Estudiantes: el jugador más preponderante de la historia del club porque, cuando ya todos, incluso nosotros, creían que aquellas noches coperas habían sido accidentales, generacionales, vino un tipo, dejando de lado fastuosos dineros, para enseñarnos que no, que la herencia sigue viva, que Estudiantes es una esencia inexplicable de gloria que se transmite de generación en generación.

martes, 15 de abril de 2014

Causas y azares

Las dos fechas que se jugaron pegaditas implicaron el paso entre la primera mitad del torneo y la segunda. Buen momento para ensayar un balance, parcial, incompleto, pero que busca salir del análisis ciclotímico, esquizo, del partido a partido: una costumbre del hinchismo que a menudo genera histeria y visión túnel.

Y al apuntar al gran panorama, lo que queda fuera del análisis es, por ejemplo, la labor de la defensa en el alocado 3-3 vs. Racing: si bien ha sido un puntal del ciclo Pellegrino (contrario a lo que prejuician quienes lo acusan de “europeo”) también ha repetido algunas de sus fallas, particularmente la marca en la pelota parada (desordenada y apuntalada por las individualidades) y la transición ataque-defensa. Aparentemente superado durante 10 fechas, este último problema reapareció por una noche, en el Cilindro de Avellaneda: Estudiantes marcó demasiado adelantado, sus laterales ya volantes y Desábato y Schunke para trabajar contra tres “rapiditos” cada vez que se perdía la pelota.

Pero en líneas generales el elenco pincharrata ha mostrado una cara mucho más sólida que la del torneo pasado. La gran deuda sigue siendo el gol, siendo que el arco de Rulli parece protegido y que Estudiantes no sólo tiene la pelota y busca los espacios, sino que sabe a lo que juega y, más importante, cree en ello. Tras la pretemporada, el cambio de actitud en la cancha ha sido notable, muestra de un entendimiento más profundo de lo pretendido por Pellegrino.

Y sin embargo, a pesar de disponer de la pelota casi siempre, Estudiantes sigue siendo algo inofensivo. Ya no se ve el equipo por momentos abúlico de tanto tocar, pero sí aparece, sobre todo cuando el rival se cierra, un conjunto sin demasiadas alternativas en ataque. El gol pasa habitualmente por asistir a los delanteros: de sus 10 tantos a favor, 8 los marcaron delanteros (cinco de Carrillo, uno para Olivera, Rodríguez y Jara) y uno fue en contra. Apenas un gol tienen entre los cuatro defensores y los cuatro mediocampistas pincharratas: Román Martínez a Belgrano, con algo de suerte pero gracias a la habitual vocación del volante a pisar el área.

Allí, el argumento principal para sostenerlo en el equipo aún por sobre Rodríguez, que ya varias veces ha pedido cancha con sus actuaciones. El equipo necesita de ambos: la vocación de Martínez para el gol y la facilidad de Rodríguez (también de Correa) para quebrar las defensas, sin dudas el gran debe del ataque de Estudiantes, predecible y por lo tanto fácil de controlar. La acusación principal del hincha remite a este exceso de prolijidad, que seguramente tiene que ver un poco con cierta mecanicidad dictada desde el banco, y otro tanto por la juvenilia tímida que puebla el once inicial y a la que le cuesta la rebeldía.

A pesar del toque y desmarque constante en tres cuartos de cancha, entonces, Estudiantes termina las jugadas siempre del mismo modo: centraliza demasiado sus goles. Una dependencia curiosa, si se tiene en cuenta lo duro que ha sido el post-Duvan para el club. La venta fue necesaria y aún hoy el Pincha paga deudas con las cuotas que llegan desde Italia, oxígeno transmutado alquímicamente en euros. Pero su partida implicó una desjerarquización notable, reflejada en el hecho de que, cuando Guido Carrillo marcó su tercer tanto en este torneo, recién entonces alcanzó al colombiano como goleador del ciclo Pellegrino.

El magdalenense empieza a acompañar sus enormes condiciones con el necesario gol de goleador. Lleva cinco en el torneo (segundo detrás de Zárate entre los artilleros) y aún cuando no tenga el instinto asesino de Zapata, su trabajo al servicio del equipo, el aguantarla, el hacer de salida, el pivotear, lo vuelven invaluable. La dupla que han montado con Franco Jara quizás ofrezca poco gol, pero le sobra sudor.

Hasta aquí las causas que explican el andar correcto del joven Estudiantes de Pellegrino, sus virtudes y su techo, y la sensación de grandeza no concretada (o por concretar, más bien). Pero el fútbol, en general analizado livianamente, es adicto a este tipo de narrativas explicativas sencillas que dejan de lado matices puntuales que cambian la ecuación. El azar, uno de ellos, ha influido particularmente en estos últimos encuentros para Estudiantes.

No es una palabra que le caiga bien al hincha. Después de todo, aquello que ha sido librado al azar merece castigar al equipo por no haberlo trabajado: la marca del club es la obsesión por no dejar detalle sin explorar. Pero con técnico y equipo jóvenes, algunas cosas, naturalmente, se escapan: los goles recibidos sobre la hora, una constante del ciclo, han llegado en las últimas jornadas básicamente por errores propios (Belgrano) y aciertos ajenos (Vélez, Racing), y se ha adjudicado a la incapacidad del piberío de cerrar los partidos. No puede negarse, sin embargo, la cuota de azar que envió los tiros de Correa y Campi adentro y no al satélite natural de este planeta Tierra, como es habitual.

Y solamente sin ese tanto del juvenil de Vélez, Estudiantes hoy tendría 20 unidades y sería escolta de Colón en lugar del equipo de Liniers. Ni hablar si uno de los mil tiros que ante Olimpo dieron en palos y trastes hubiese ido adentro. De nueve puntos, Estudiantes sacó tres, jugando bien y, sobre todo, buscando con coherencia: paradojas del fútbol argentino, el Estudiantes que sacó nueve de nueve en las primeras tres jornadas jugaba bastante menos que éste, y prueba de ello luego de aquellos tres encuentros se desinfló y recién pudo volver a la victoria en el clásico, en la octava fecha.

El fútbol criollo tiene estas cosas. El puntero arrancó el año inhibido por sus deudas, del primero al sexto hay tres puntos de distancia y nadie hace goles, y entonces las explicaciones se vuelven mucho menos potables, mucho más conjeturales. Pura teoría. El fútbol nuestro hoy se decide, no por el gran trabajo previo a los partidos sino por la falta de laburo y de jerarquía, en detalles que parecen casuales: el azar juega muchas veces un rol importante. En este panorama, Estudiantes trabaja y ambiciona otra cosa. La juventud de su plantel y DT,  la desjerarquización propia de la situación institucional, hacen que estos sueños queden aún en quimeras. Pero, al menos, tras varias temporadas de aspiraciones cortas de vista, el club en conjunto tiene una estrategia a largo plazo.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Sangre albirroja

Su cabeza sangra como en aquellos días en que trababa con la cabeza. Y no deja de llenar su boca con un grito desaforado de victoria: alrededor, un millar de enemigos quieren verlo muerto. Por supuesto que se trata del Flaco Alayes.
 
Y es que Estudiantes, el equipo en el cual ahora ocupa un cargo serio, profesional (cualidades habitualmente contrapuestas a la pasión) acaba de marcar un gol a su clásico rival: no van diez minutos y en el silencio de un estadio sólo apto para el público local, se escucha su euforia y el grito de un puñado de camisetas albirrojas en el césped del Bosque.
 
Alayes siempre fue desaforadamente hincha de Estudiantes, como usted, como yo mismo: quizás incluso más. Un sentimiento gutural animaba sus actuaciones con la camiseta albirroja, y sus gritos de gol eran particulamente emotivos. Todavía recuerdo aquella noche en Quilmes ante San Pablo, con el Flaco gritando el 1-0 mano a mano con los hinchas, colgado del alambrado a dos metros del suelo, la Copa del renacer de la mística. La furia y el llanto en el festejo ante Arsenal ese mismo año, fondo de pantalla durante un lustro y parte de lo que le contaré a mis hijos cuando le cuente nuestra historia, bueno, le pone la piel de gallina a cualquiera.
 
No iban 10 minutos, el partido empezaba, no era un tanto sobre la hora. Pero el Flaco, que sabrá usted nunca perdió un clásico, perdió la chaveta, y esto también lo contaré a mi prole: el Flaco Alayes era enfermo por Estudiantes, sus lágrimas en cada final fueron las nuestras, una encarnación alquímica del sentimiento del hincha.
 
No iban 10  minutos cuando Jara esquinó su remate ante el arquero de los vecinos y Alayes, en representación nuestra, los exiliados forzados a mirarlo por la tele, gritó sin importarle nada: se trepó al alambrado como si todavía fuera el seis, o mejor, porque es un hincha más. Su cabeza golpeó contra un hierro, quizás colocado estratégicamente allí por algún local rencoroso. De su sangre brotó como un manantial la sangre: sangre cien por cien albirroja. Y el Flaco siguió gritando.

viernes, 7 de marzo de 2014

Vivir al día

Si el país no estalla en enero y febrero, dicen los que saben, las crisis se planchan: pareciera ser esa la apuesta dirigencial, resistir, resistir y resistir. El verano es una temporada con poco ingreso (apenas la TV del verano, pero sin recaudaciones y con mucho socio que se va de vacaciones) pero mucha erogación, entre la pretemporada que hay que bancar y, por supuesto, los refuerzos.

Con la billetera flaca, numerosos conflictos durmientes emergieron para poner los pelos albirrojos de punta: hubo empleados impagos que se negaron a poner en condiciones el Country; la interminable novela de Duvan Zapata escribió un nuevo capítulo; José Leudo y su agente intentaron escapar por la ventana como la moda en Estudiantes (Vergini, Fernández) lo marca; y, finalmente, el DT Mauricio Pellegrino reconoció que se le adeuda el sueldo desde el año pasado, mientras que el plantel le deben un poco menos porque AFA, ese órgano facilitador de dinero, dealer de favores, mantiene a sus adictos contentos a cambio de favores.

El eje de todo es Duvan: Zapata sigue siendo sinónimo de salvación. El jugador fue vendido de emergencia el año pasado y parecía que el oro que ingresaba a las arcas curaría todo. Pero Napoli paga en cuotas y Estudiantes tenía, para los primeros millones, el dinero comprometido en deudas del pasado. Apenas pudo cancelar los compromisos, que ya estaba asumiendo nuevas deudas: el club vive al día, como un estudiante.

Por Duvan apareció primero un intermediario, oscura figura del fútbol, que, juicio mediante, pide su millonaria comisión por acercar, en teoría, la oferta del Napoli a Estudiantes. Esta versión fue negada por el club, pero Ferreira hizo públicos algunos papeles que sugieren que, al final de todos los juicios, el club deberá afrontar otro gasto millonario. Mientras tanto, Estudiantes aún no había pagado la mitad del pase de Zapata a América de Cali, pero ya lo había vendido: pasados varios meses de promesas y teléfonos descompuestos, también hizo público su reclamo el presidente del club colombiano, exigiendo 1,5 millones que se adeudan de un pase que se hizo en 2,7 millones. Advirtió que acudió a FIFA, con el fantasma de la quita de puntos dando vueltas en el insolvente fútbol argentino, y mientras tanto, ya corren intereses.

Las dos versiones que se manejaron mediáticamente indican que o Estudiantes tiene el dinero pero no puede girarlo por las trabas que rigen en el país, o el club tiene decidido vender los papeles correspondientes a la segunda cuota del pase de 10 millones al Napoli (resignando dinero) para afrontar los compromisos. Y los compromisos son vastos.

Porque ante la presión de América se avivó, por ejemplo, Julián Carmona, presidente de Cafeteros: Leudo, jugador suyo, está en el club a cambio de 500 mil dólares, pero Estudiantes sólo realizó un pago de 250 mil. Cuando las finanzas comenzaron a ahogar al club, apareció Carmona para pedir el resto, o se llevaba al jugador: maniobra similar a la que había facilitado la salida a Vergini y Fernández. Estudiantes, que aún debe casi un millón de dólares a Tigres de México según ordenó el TAS por el caso de la Gata, prefirió primero rescindir con Leudo, sin lugar en el equipo, y cercernar un problema económico y judicial, pero finalmente el exorbitante pedido de 50 mil dólares para liberar al jugador hizo que la CD determine que el colombiano siga en el club.

En medio del cambalache, y tras un primer triunfo que reafirmó el rumbo deportivo, se conoció la situación de plantel y cuerpo técnico, sin sueldo desde hace unos meses. Los protagonistas bancaron el momento y se informó oficialmente que mañana el club se pondrá al día. La procedencia del dinero es un tanto misteriosa, e invita a creer en la teoría de la venta de al menos una parte del porcentaje que resta del pase de Zapata. Lo cierto es que, con tanta deuda, pareciera ser que una vez más el salvador dinero del pase del colombiano servirá apenas para volver a una temporaria deuda cero: ¿y después?

El después es incierto, pero sin estadio propio, con los socios recortando gastos en medio de la crisis económica nacional (sumado a los aumentos constantes de la cuota), la apuesta de Estudiantes pasa por resistir hasta la próxima entrada de dinero: la TV del torneo Inicial y, mucho más, una venta importante tras el fin del torneo, que, en año mundialista, está a la vuelta de la esquina. ¿Se irá Rulli, o Silva, o Correa? ¿Gil Romero? ¿Carrillo? Alguien, quizás más de uno, emigrará casi seguro: aunque los hinchas pongan el grito en el cielo, el club necesita una venta como agua, si quiere comenzar a apostar a futuro, a dejar de vivir al día. Los desafíos serán, claro, no regalar por desesperados y no desarmar el equipo.

Mientras espera a que el tiempo pase, Estudiantes resiste. Y resistiendo, parece ir alcanzando lentamente aguas menos turbulentas. Febrero se extingue, disminuyen estadísticamente las chances de un derrumbe institucional. La tormenta aclara por un ratito, y el alivio de haber llegado a un impasse en las crisis se siente. Pero el cielo sigue nublado, y el pronóstico sigue anunciando altas probabilidades de precipitaciones.

sábado, 1 de marzo de 2014

El valor del ciclo

Quizás Arsenal haya sido el punto más alto en el ciclo Pellegrino. El equipo jugó a una velocidad diferente, lejos de los ataques abúlicos del 2013. Los jugadores no cayeron en pozos de confusión respecto a sus roles, demostrando que el cambio de esquema (del europeo 4-2-3-1 al 4-4-2) permite no solo mayor equilibrio táctico sino también mayor compromiso y comprensión de parte de los intérpretes. Si bien presenta algunas incógnitas (¿puede jugar en este esquema Patricio Rodríguez? ¿Puede Correa hacer la banda? ¿Cuánto puede Estudiantes retener a Silva, zurdo y ahora polivalente?) básicamente el cambio despejó la nube de dudas que ensombrecía el andar del equipo.

El “aburrido” 4-4-2 permitió, paradójicamente, mayor soltura que el 4-2-3-1, diseñado para soltar a los puntas pero que generaba ataques amontonados y algo obvios y lógicos desequilibrios defensivos en los laterales.  El esquema actual, a priori más estático y previsible, dio mayor vuelo tanto individual como colectivo, desde un mayor entendimiento de su tarea:Estudiantes construyó una decena de situaciones de gol y dominó absolutamente el trámite.

Aún así, apenas ganó 1-0, con un gol, de mano, en contra.

Entonces, antes que euforia debe haber cautela. Estudiantes arrastra como legado del pasado la falta de gol, mientras espera el despertar de Carrillo y los goles de Jara. Jugó, además, contra un equipo desconocido: mérito de Estudiantes reducirlo a su mínima expresión, no todos los equipos serán tan sumisos. Arsenal apareció en el estadio Ciudad de La Plata con dos bajas clave (Aguirre y Caraglio) y se lo notó cansado y lento desde el comienzo, todavía en modo pretemporada. El clima y la cancha pesados agigantaron la brecha entre el equipo más fresco y el más golpeado.

A este ítem absolutamente clave para medir las aspiraciones (la falta de gol), se le suman otras dos cuestiones cruciales: resta ver cómo reacciona este equipo prácticamente sub 23 a la adversidad y si consigue un rendimiento sólido a pesar de su inexperiencia. Porque, como es lógico y como se vio en 2013, un equipo que alinea a 7 jugadores juveniles (Rulli, Silva, Jara, Gil Romero, Correa, Auzqui, Carrillo) será propenso a la irregularidad, a actuaciones individuales fluctuantes, a errores. Es parte del momento que atraviesa la institución.

Y sin embargo, es en esta juventud, la que genera incertidumbre respecto a las posibilidades de Estudiantes, donde reside el verdadero valor del ciclo. Asistimos a una refundación al estilo 2003-2005, donde de la mano del Doctor y Merlo se afianzó el futuro, futbolístico y económico, de Estudiantes: en este modelo del fútbol argentino, que vive al día o peor y necesita ventas para equilibrar las finanzas, era un mal negocio seguir trayendo figuritas (muchas veces a préstamo o en condiciones poco claras, como el caso Carbonero) y tapando lo que constituía el patrimonio del club, los juveniles. Paradójicamente, en un fútbol que subsiste (apenas) por los pibes, es moneda corriente que se frene, por necesidad de resultados a corto plazo o desconfianza, el ascenso de los juveniles.

viernes, 28 de febrero de 2014

Un error para desinflar el entusiasmo

Fueron días de euforia que trastocaron sin dudas las prioridades y pusieron al hincha a soñar en grande: a semejantes vuelos, la derrota en la Bombonera resultó un terrible hondazo. Algunos, incluso, se enojaron, pero en rigor, todos lo sabemos, esta es la realidad de Estudiantes y del fútbol argentino: cualquiera puede con cualquiera, incluso el equipo más chueco. De hecho el panorama general del fútbol, que vende hasta la madre buscando subsistir mientras el dólar sube y las esperanzas de formar equipos competitivos bajan, resulta una gran ayuda para el club, que puede formar un equipo competitivo aún alineando pibes con veinte abriles apenas cumplidos.

Se habló de la intrascendencia del ataque de Estudiantes, viejo pecado del ciclo Pellegrino que parecía olvidado tras el despliegue físico ante Arsenal, la victoria inteligente con All Boys y la épica gesta ante Lanús. Pero en rigor, apenas en la primera fecha, ante un equipo que parecía pinchado, pudo Estudiantes generar más de cinco ocasiones de gol; con All Boys y con Lanús fue oportuno para meterla y oportuno para laburar.

Las razones pueden ser varias: algunos rendimientos individuales en las bandas, el lugar problema para el ciclo Pellegrino (pasaron Correa, González, Luna, Rosales, Jara, Rodríguez, Silva…), la salida del zurdo Silva del equipo (Estudiantes perdió salida por izquierda y Goñi no sintió el puesto en ataque), también la presión de la punta, de jugar en la Bombonera ante un Boca que jugó a dientes apretados, con un público tan hostil como el de Estudiantes la fecha pasada…

Pero todo tiene un denominador común: si hablamos del nivel fluctuante de las individualidades, o de sentir la presión del rival o del momento, no hablamos de los veteranos Verón o Desábato, sino de los pibes. Hablamos de Correa, que arrancó para irse al Inter y terminó fantasmal; hablamos de Rosales, improvisado volante por derecha ante Lanús que sostuvo el puesto sin tanto éxito; hablamos de Auzqui y Silva, que se hicieron echar tontamente; de Carrillo, todavía sin el hambre voraz que se le exige a un 9 en Estudiantes.

Pero sacar a los chicos no es una opción: no sólo porque de los suplentes son pocos los que pueden pedir un lugar (apenas, quizás, Patito Rodríguez, más incisivo que Correa en sus intervenciones) sino porque su participación es parte de un plan mayor, más valioso que un resultado, y debe respetarse, sin desesperar por eventuales malos momentos. Y bajo este plan, los resultados serán necesariamente igual de inconstantes que sus intérpretes. Los muchachos tendrán días buenos y malos, sentirán nervios, se agrandarán, se harán echar. Pellegrino, Verón y Desábato, en tanto, intentarán la futil tarea de ponerlos en fila.

Por supuesto, no debe convertirse en una excusa, ser motivo para el conformismo: Estudiantes debe apuntar alto, porque el resto de los equipos, igual de vaciados, algunos jugando Copa, todos con planteles cortos, permiten, al menos, pensar en entrar en la Sudamericana. El entrenador tiene la obligación no solo de ser maestro de estos jóvenes pupilos, de conducir su maduración, de motivarlos a los gritos para que se coman la cancha, sino también de conducirlos adentro de la cancha, buscar más variantes a un ataque por momentos predecible, pedir más juego de primera, aceitar el juego de memoria, para acelerar la transición entre ataque y defensa, aprovechar para ello el pie mágico de Verón, también de trabajar la pelota parada en defensa, que ha traído algunos dolores de cabeza.

Pero una derrota no es motivo para tirarse de los pelos. Menos en la Bombonera, cancha imposible para Estudiantes (ganó 8 de 88 encuentros) aún con equipos maduros y místicos. Seguro, Boca llegaba cabizbajo, buena chance para traerse una victoria que hubiera significado un empellón anímico de los importantes para el purreterío pincharrata. Pero Estudiantes planteó las cosas para aprovecharse del momento, cerradito atrás y jugando con la pelota y la desesperación de su rival.Boca, sencillamente, encontró el gol y desde ahí creció en confianza y se acordó de cómo defender: así suele ser el fútbol argentino, donde las derrotas se explican en pequeños errores.

La derrota deja siempre enseñanzas a quien quiere escucharlas. Al hincha le sirve: para disminuir su euforia y abrazar la idea de que el verdadero valor de este ciclo reside en equilibrar lo deportivo y lo institucional a partir de la promoción de juveniles y de la gestación de su madurez al lado de dos referentes de la mística (Verón y Desábato). Al plantel, en tanto, el golpe le mostró que a Estudiantes, al igual que al resto, no le sobra nada: no se puede dar una ventaja, porque se puede perder en cualquier cancha. Como dijo alguna vez Eduardo Manera, un error es un gol, un gol es un partido y un partido es un campeonato.

Así, entonces, llegamos al primer cuarto del torneo. La seguidilla de durísimos partidos que siguen (Ñewell’s retemplado, el jodido Belgrano en Córdoba y Rafaela previo al clásico de visitante) determinará como se ubica Estudiantes respecto a las copas y a los demás equipos, que seguramente seguirán en la actual línea de dividir puntos. Es temprano todavía en la temporada; más temprano aún es en la vida de este joven equipo cuya historia recién se empieza a forjar.

domingo, 23 de febrero de 2014

Se dice de tí...

“Hoy hubo bidón”, tiró un Verón feliz con sus discípulos en la brujería mística, y picanteó un poco más el clima caldeado que dejó el partido con Lanús. El encuentro del miércoles tuvo todo: polémicas, expulsiones, insultos, grescas y declaraciones subidas de tono, pero un buen porcentaje provino del lado visitante, que la siguió ayer, en las radios y la televisión. La acusación, simplista, retrógrada, era que Estudiantes, como marca su historia, había ganado con trampa.

Antifútbol: fue curioso como empezó a rondar por enésima vez esa palabrita con la que tantos equipos, ante falencias propias, acusan y se martirizan a la vez. Curioso porque el partido fue  intenso y áspero, pero de ninguna manera hizo Estudiantes uso de ardides arteros para vencer. Más allá de la tardanza para alcanzar la pelota (habitual en el fútbol argentino), no hubo una batería de lesionados ficticios, ni patadas para todos, tampoco cambios para ganar tiempo o un constante revoleo fuera del estadio: apenas un equipo que, en desventaja numérica, manejó los tiempos del partido con inteligencia (motivo de orgullo de Verón y todo el pincherío) e hizo un culto de la defensa durante 30 minutos.

Pero “defensa” es una mala palabra en el fútbol argentino, un acto de cobardía, una inmoralidad. “La nuestra”, mito de un fútbol nacional lírico, pura invención e inspiración, envolvió al deporte en un aura mágica lejos de todo intento de explicación y sistematización, y, a la vez, sometió durante mucho tiempo (lo sigue haciendo) a la mediocridad a equipos sin posibilidad de reforzarse con estrellas, que quisieron jugar “lindo” para no ser cobardes adscriptores al antifútbol, y terminaron siendo los simpáticos perdedores de la historia. Los partidos terminaban 6 a 4, 5 a 3, todo muy lindo para el espectáculo: pero los campeones, hasta 1967, fueron cinco, justo los cinco que gozaban del poderío económico para robar canteras ajenas y formar superequipos que dominaban a sus rivales a puro gol (sin escatimar patadas, casi siempre sin sanción). Entonces, apareció Estudiantes.

Zubeldía estaba determinado a cambiar este fútbol sumiso donde los chicos debían permanecer en su lugar: con otras armas que las propuestas por los medios, pensó, podía darse batalla y vencerse a los capitalinos. Pero esas otras armas (organización, defensa, trabajo, equipo) fueron desmanteladas discursivamente: el fútbol se volvió moral, los modos, los estilos, eran “buenos” o “malos” (¿hasta que punto esta mitología nacionalista no es cipaya, un derivado del “civilización y barbarie” que condena las estrategias diseñadas desde los márgenes del mundo?). Y Estudiantes, el atrevido club de La Plata que desafiaba sus límites, estaba del lado de los malos.

¿En serio otra vez esto? Parece ridículo, una pelea dialéctica propia de un pasado superado por cualquiera con dos dedos de frente. Pero siguen allí los negadores, repitiendo sus floridos cuentos de un fútbol mítico hechos de gambetistas fiesteros que no necesitan disciplina, tan grande es su talento natural, tan superiores somos los argentinos. El sentido común alcanza para desbaratar esta mitología argenta que se extiende a otros ámbitos, polarizando hasta la enemistad mortal cualquier actividad.

La historia de Estudiantes no encaja en su modelo anitnómico, la desmiente, la excede, la desarma: “Club que ganó todo jugando al fútbol. Con grandes equipos y una filosofía de vida admirable. Zubeldía revolucionó el fútbol. El equipo de Bilardo era brillante. El de Sabella jugaba bárbaro”, escribió en respuesta a algunos exabruptos del Departamento de Prensa de Lanús el periodista Pablo Gravellone, “muy hincha de All Boys” según su propia biografía.

Pero, a pesar de todo, de los triunfos, de los logros e incluso de algunos reconocimientos pasajeros, siempre que Estudiantes hilvana un par de triunfos vuelve el mito del antifútbol: y nosotros, a esta altura, nos reímos, lo abrazamos, subvertimos el bidonismo y el antifútbol y lo adoptamos como bandera. Como los vikingos, Estudiantes disfruta y celebra, carnavalescamente, subversivamente, su mala fama. No nos interesa justificarnos, defendernos: para que dar explicaciones si, como dice el refrán popular, tus amigos no las necesitan y tus enemigos no las creerán.

Lo bueno es que en el country nadie da bola: lejos de salir al cruce de las declaraciones, el equipo continuó cultivando el bajo perfil guardadito y concentrado en City Bell, esperando el partido que viene sin creerse el cuento del Estudiantes infame (y tampoco el canto de sirena que pone a este Estudiantes en el pedestal: falta muchísimo). Y nosotros deberíamos hacer lo mismo: esta columna debería autodestruirse en 5 segundos. Y que hablen, que sigan hablando. Si ellos son la Patria, yo soy extranjero.

viernes, 7 de febrero de 2014

Sinceramiento

El año comenzó turbulento. Gastón Fernández se fue a jugar al fútbol a Estados Unidos a cambio de la deuda que el club mantenía con él. A Vergini le cayó la ficha y siguió el ejemplo de la Gata para escaparse al Sunderland. El club perdía en los primeros días del año jerarquía y dinero. Los refuerzos altisonantes (Alvaro Pereira el más notable caso) se transformaban rápidamente en nombres terrenales, mientras transcurrían días con empleados en paro y césped largo en el Country. Síndrome del fútbol argentino, el caso Estudiantes: los sueños terminan siendo humo y las contrataciones acaban siendo más que moderadas.

Ninguna dirigencia de los últimos años quiso realizar el trabajo aburrido de balancear las cuentas. Se gastó toda la bonanza y luego se gastó a crédito de futuras bonanzas. La actual CD entró con un mensaje de austeridad, pero fue impotente ante la fragilidad estructural: se encontró con una situación mucho más desesperante de la esperada y probablemente incluso haya diagnosticado, inicialmente, la situación con mayor levedad a la merecida. La idea de que los melones se acomodarían andando sin dudas rondaba en las mentes de Lombardi y los suyos cuando, a mediados de 2013, decidieron postergar la austeridad por intentar ser dirigentes de un equipo campeón y trajeron a Jorge Luna, Patricio Rodríguez, Santiago Vergini y Franco Jara. Nadie quiere hacer el trabajo aburrido.
La situación pareció estallar este verano. La falta de pagos en los sueldos a los empleados, a la espera de los dólares salvadores de la venta de Zapata (la transferencia de último momento fue el primer síntoma de que Estudiantes estaba en verdaderos apuros económicos), y una pretemporada con sólo un refuerzo a 24 horas de arrancar el torneo y con dos fugas a cambio de la deuda, mostraron la impotencia, la debilidad no solo deportiva sino institucional del club ante su deuda. Estudiantes ya no es soberano de su nave.

Forzosamente el club comienza a transitar, tras amagues, marchas y contramarchas, el mentado post-Verón. Un período donde los pichones son todavía pichones (y muchos, irremediablemente, deberán irse antes de explotar) y los refuerzos vienen a sumar antes que a cambiar la ecuación. Estudiantes debe atravesar este momento porque cometió errores gruesísimos en la planificación a largo plazo, apostando descerebradamente por figuritas, desinteresado por la deuda creciente y el déficit operativo, por la desvaloración del club como marca, y también como destino: los sponsors ya no ven al club chico que puso de rodillas al Barcelona, al equipo de Verón; tampoco los jugadores de otros clubes ven esa institución paradisíaca de antaño, de sueldos al día y competitividad garantizada. Estudiantes abandona la elite.

El dinero tiene de rehén el presente y el futuro de Estudiantes, comanda sus decisiones y limita sus proyectos. Pellegrino tiene que convivir con esta situación (habitual, por otro parte, en gran parte del fútbol argentino) y acepta tener que conducir a una cofradía compuesta mayormente por la verde y volátil juvenilia del club.

Pero Estudiantes cuenta todavía con un plantel por encima de la media y bien podría sobrarle, en el desnutrido fútbol criollo, para pelear los primeros puestos; y sin embargo, el equipo no termina de ser equipo, de concretar lo que prometen sus nombres. Un año de conducción de Pellegrino no ha garantizado, en ese sentido, la construcción de una identidad futbolística. Lo visto en la pretemporada  no amerita entrar en pánico (hay esperanza), pero confirma que el equipo no ha evolucionado sino que mantiene las mismas fortalezas y debilidades que lo caracterizaron bajo este DT. El rumbo no termina de esclarecerse: Pellegrino no consigue transmitir su mensaje al equipo, no logra plasmarlo en la cancha.

El verano no alimentó el optimismo de los hinchas; al contrario, fastidió ver la misma cara del equipo, y enojó la derrota en el clásico contra un equipo diezmado (sin su doble cinco titular y sufriendo la lesión de su zaguero comandante en el inicio del juego) pero que, con humildad y coherencia, fue más equipo que Estudiantes. El Pincha parece estancado en un nivel de juego que le traerá victorias y derrotas casi al azar, y que lo vuelve siempre, en su falta de argumentos, rehén de las condiciones que imponga el rival.

Si Estudiantes quiere ser exitoso (esto es, exceder las expectativas reducidas de su contexto) debe reconocer su situación y elaborar estrategias para superarla. El fin de fiesta llegó. Ya no vendrán jugadores de renombre, habrá que conformarse con lo que hay. A partir de ahí, resultará crucial entonces calibrar la mira en los mercados de pases, en lugar de seguir alimentando el desequilibrio del plantel. Además, será fundamental trabajar mucho en la semana para madurar pibes y, sobre todo, conformar un equipo que sepa lo que quiere y como conseguirlo, así sea algo tan simple y conformista como un empate rasposo de visitante.

Lo importante, entonces, es el sinceramiento: no deberá el hincha exigirle al equipo que afrontará el torneo Final 2014 solidez de campeón y juego perfumado. Habrá que esperar apenas magias parciales, bancar la consolidación del piberío y, soñar con el crecimiento de la conducción técnica, seria y trabajadora pero, en la realidad pobretona del fútbol argentino, hasta ahora, estancada en la promesa de mejor fútbol.