sábado, 5 de julio de 2014

Cruzó el Rubicón

Veinticuatro años, un montón, una vida sin Argentina en semifinales. Dos generaciones enteras de futbolistas llegaron hasta ese límite, hasta cuartos nada más. Esta Selección, que crece y crece, se rebeló a esa marca ominosamente presente como una condena: con gol de Higuaín cuando el partido amanecía y gracias a la contención esmerada de los peligros que suponía el rival, sacó a Bélgica y se metió en semis, después de cinco mundiales.

Arrancó derecha la cosa para Argentina, con espacios para circular la pelota, Messi enchufado y, demás, tras un desvío fortuito, un tremendo bombazo de Higuaín, volea de aire sin detener el balón, para sacudir las redes y la mufa que rodeaban al nueve argento. Así lo gritó, otro desahogo más en la historia de Argentina en el Mundial, otro jugador que aparece en el momento justo. Argentina, casi desde el vestuario, se ponía arriba.

Hubo un retroceso en el campo, sí, pero un retroceso estratégico, que apuntaba a liberar espacios para los delanteros y, a la vez, contener a Bélgica, rapidita desde De Bruyne y Hazard. A los cracks belgas les rodearon la manzana y los esfumaron de la cancha, forzando, como tantas veces hacen con Argentina, a que tengan la pelota los que no deben. Con Biglia y Masche en el centro, y la entrega para el retroceso de Lavezzi, casi volante, la Selección no solo controlaba la trama del partido, sino también conseguía las mejores aproximaciones.

De una habilitación deliciosa, de hecho, que lanzó perfecto Messi desde detrás de mitad de cancha, llegó una de las más peligrosas para Argentina: Fideo enganchó ante Kompany, pero el del City no se comió el amague y tapó el disparo. En la caída, Di María sufrió un tirón y tuvo que salir de la cancha: el jugador ideal para el partido dejaba la cancha y le llenaba la cola de preguntas a más de uno.

Pero Argentina siguió con el plan. Ordenadito, bien agrupado, le copó los espacios en defensa a Bélgica, ahora con un jugador más, porque Enzo Pérez, adentro por Fideo, fue un colaborador más en la recuperación. Con siete jugadores dispuestos al overol, Mascherano no fue obligado a la actuación épica y Argentina conseguía, por primera vez, el equilibrio tan mentado.

El partido, por más sufrimiento que hayamos sentido, siguió por esas vías, controladito, sin chances para una Bélgica atrapada en la telaraña. Llegaron rápido los cambios cantados del equipo europeo, entraron Lukaku y Mertens y comenzaron los bochazos largos para pasar por arriba una media cancha que la Albiceleste controlaba.

Argentina retrocedía cada vez más, producto de los nervios y de la presión del rival, y también, con Messi y Lavezzi cansados e Higuaín muy lejos, terminó el partido jugando muy largo, lógica consecuencia del trajín del encuentro. A pesar de todo, las dos llegadas más claras fueron para la Albiceleste: deliciosa contra de Higuaín que aprovechó el arrastre de marcas de Pérez para encarar, tiró un caño y disparó al travesaño, cuando corrían 30 del segundo tiempo; y luego, en el descuento, escapada de Messi mano a mano y, ante las dudas y las piernas pesadas de la Pulga, el lucimiento de Courtois.



Y se fue el partido y llegó la celebración. La Selección jugó su primer gran encuentro en Brasil, sufrió solo por el resultado corto, y sobre todo: Argentina fue un equipo confiable (gran tarea de la zaga central y también de Basanta, contenido pero oficioso) y, como con Suiza, apareció el hambre que sirve para superar los problemas y cohesionar las voluntades. El equipo, como le gusta mucho a Sabella, preocupó en ataque sin despreocuparse de la marca, se desdobló con emotiva solidaridad, y corrió y corrió y corrió, hasta romper ese límite en que los años habían encasillado a la Albiceleste: chau cuartos, dijo, y sigue de largo, quiere aprovechar el envión.

Un Mundial sin James



Brasil pudo contra sí mismo: porque salió a comerselo, salió a correr la cancha para no tener que pensar, y con abanderados bastante impensados como Fernandinho y David Luiz, arrolló un buen rato del encuentro a Colombia. En ventaja desde el minuto 10, aparecieron con el cansancio las dudas de la Verdeamarelha, pero Colombia estaba en su propio laberinto, sufriendo demasiado el roce sin sanción arbitral que proponía Brasil. Y así, los de Scolari siguen, y jugarán los siete encuentros en casa.

Quien no sigue es James Rodríguez. Cuando Colombia perdió a Falcao en la previa del Mundial, muchos de los que lo vaticinaban como potencial sorpresa se llamaron a silencio: el Tigre era más que la máxima figura, y no emergía del grupo conducido por Pekerman un jugador capaz de cambiar el tono de los partidos con un arranque. ¿Rodríguez? Un nene, solo 22 años y sin demasiado roce en el campo internacional, relegado hasta el momento a las ligas menores. Hoy, ese nene se va del Mundial goleador y con un pase tasado por Monaco en 75 millones de euros.

Rodríguez fue señalado por Pekerman, ante la baja de Falcao, para conducir los hilos no solamente futbolísticos sino también los hilos del destino. Y el primer encuentro le costó: James, ese talento que había deslumbrado en Banfield para luego perderse en las ligas no televisadas del mundo, ese crack que aparecía en los encuentros de Eliminatorias y pintaba caras, ese pibito lució sin su desfachatez habitual. No tuvo, en aquel debut ante Grecia un gran encuentro: apenas marcó un tanto y dio dos asistencias.

Un señor jugador, el colombiano con cara de bebé: a los arranques de habilidad sumó panorama y pausa para hacerse dueño del equipo. Y que es el panorama, después de todo, que imaginar los mismos huecos para el pase profundo que para la gambeta.

Tras aquel encuentro inicial, James estalló todos los pronósticos. Neymar se apagaba, CR7 sufría, Lucho Suárez mordía, y apenas Messi y Robben ejercían lo que se esperaba de ellos. Rodríguez superaba todo lo imaginable, y conducía a una desfachatada selección cafetera hacia octavos primero, y luego a cuartos, tras vencer sin oposición a Uruguay. El equipo de Pekerman era cosa seria, y lejos de la indisciplina de otras selecciones colombianas, éste incorporaba mesura e inteligencia a esa natural desmesura de talento y vértigo. Rodríguez encarnaba el ideal del equipo de José: talento al servicio del equipo.

El Mundial se queda sin uno de sus mejores jugadores, uno de esos que hacen que la gente se levante de las butacas, de los que cambia los partidos. En su encuentro final sufrió patadas y una marca férrea de una selecciçón brasileña cuyo plan A no era pasársela a Neymar sino anular a James: todo un reconocimiento, replicado en el cierre del encuentro cuando media selección verdeamarelha fue, rendidos al talento, a consolar su angustia y ofrecerle un abrazo. Estarían ellos también tristes: hay jugadores que vuelan, contienen el aliento de multitudes e invitan a soñar con imposibles.

martes, 1 de julio de 2014

La rebelión



¡Gol carajo! ¡Gol la puta madre! ¡Gritalo carajo gol carajo gol!...

Todo, desde el minuto 118 hasta el 120+4, es descontrol puro. Los jugadores se vuelven montaña. Festejan eufóricos, desahogo y alivio por evitar los penales. Gritan un rato larguísimo y el juez adiciona tres minutos en castigo: tres más, los mismos tres que sumó a los segundos 45, una locura.

Y vos, y yo y todos, nos agarramos los pelos, el izquierdo ya dolorido, nos dislocamos los dedos haciendo cosas alquímicas que no comprendemos del todo. Y vos, y yo y todos, nos tiramos al piso abatidos por la angustia: Dzemaili cabecea al palo y después el balón le rebota… y sale. No podemos más. Terminalo, le gritás al televisor. En la tele no te oyen y le dan tiro libre a Suiza, ahí a centímetros del área, penal con barrera con ya tres y pico de adicional, ¿qué te pasa Eriksson? La FIFA puso un árbitro UEFA y te parece que ahora todo cierra, imaginás una conspiración mientras se prepara Shaqiri, el bueno de ellos, y tarda una eternidad, gestando paros cardíacos a lo largo y a lo ancho de nuestro país.

Patea Shaqiri.

Pega en la barrera.

Pita el pirata sueco.

*********

Todo tiembla. Todo suda. Porque antes hubo un partido frustrante, dificilísimo, una prueba en la cual Argentina sacó pecho y dio muestra de que, más allá de que los jugadores estén tocados, más allá del esquema, del rival, hay hambre. Argentina venció a Suiza 1-0, con gol de Di María en el minuto 119. Argentina se venció a sí mismo, primero que nada.

Porque Suiza vino con el libreto bien estudiado y le pasó la pelota (literalmente, casi) a Argentina: los de rojo esperarían bien agrupaditos apostando a la contra, la fórmula para encontrar espacios en este Mundial donde todos estudian como achicarlos. El mismo planteo que hiciera Irán, que, más allá de los aciertos del rival, desnudó el nivel bajo de los delanteros argentinos.

La Suiza de Hittfield replicó, apostando a la velocidad traviesa de Shaqiri en la contra: y bastante complicó con esta fórmula en la primera etapa, donde Argentina sufrió, volvió a ser ese equipo rendido ante las telarañas del rival, rehén de la estrategia ajena, incapaz de plantear las condiciones. Los europeos, esperando y saliendo, llegaron más que la Albiceleste de Sabella.

Lo lógico: los de camiseta roja trataron que los buenos de celeste y blanco no se asociaran. Cortó el circuito de juego desde Gago, atrapó a Messi en un mar de piernas, cortó con falta los vuelos iniciales de Di María y, sin circulación rápida, Argentina tocaba de forma horizontal y dependía demasiado de la subida de los laterales para sorprender. No son Rojo ni Zabaleta quienes deben salvar a Argentina.

El fútbol es fútbol y ajedrez, y el ajedrez ha complicado a más de uno que sólo pensó en el fútbol y ha discutido al menos las viejas jerarquías futboleras: hoy, cualquiera puede ganarle a cualquiera en un partido. Pero también, el fútbol es actitud: cuando la cosa viene torcida uno puede elegir acompañar la caída o rebelarse: Argentina traía en este Mundial más aceptación de la mala que rebeldía, pero la cosa fue distinta en la segunda etapa. Los de Sabella salieron a ganar: como con Nigeria, con más movilidad y predisposición, aunque duela cada metro recorrido, la cosa cambia. El segundo tiempo fue todo argentino: la pelota paseó por el campo suizo sin que los rojos la tocaran, inofensiva, sí, pero al menos esbozando algo del equilibrio imaginado por Pachorra.

Ahora, ante el abrumador dominio de la posesión por parte de Argentina, fue Suiza el que aceptó el rol que proponía su rival. Ahora sí, Argentina imponía condiciones: la contra de los europeos quedó casi desactivada, demasiado largo el rival, demasiado partido, ocupados 9 de sus 11 jugadores en marcar detrás del círculo central. Las intentonas aisladas del rival, además, eran desactivadas por un feroz Mascherano, el jugador argentino del Mundial, el jefe, el sólo el equilibrio; y por Marcos Rojo, de enorme torneo y hoy jugando un partido de emotivo despliegue, de esos que desgarran el corazón: siempre el jugador que más corre, esta vez terminó en una pierna, acalambrado, pero sin haber errado una sola jugada, en ataque y defensa.

La aglomeración de gente provocó que, aún corriendo y buscando, Argentina no pudiera: la presión, el reloj, el rival también, claro, fueron todos condimentos de una Selección que buscaba pero no encontraba. No aparecían, además, Di María y Messi, las cartas de la victoria que tenían mil hombres encima, a pesar de que Sabella los cambiara de punta. Empujaba pero sin poder atinar, como a ciegas. El suplementario que aparecía en el horizonte apuró las decisiones y se fue el partido en nervios y desaciertos.

Los 30 minutos extra son una de las instancias más difíciles y crueles de jugar. Un gol en contra es casi condena, y muchos, agarrotados, comienzan a firmar los penales. Suiza, que por haber hecho menos gasto estaba más entero, se mostró, tras alguna prueba tibia, dispuesto a hacer todo para llegar a esa instancia. Y Argentina… no podía más. Ya estaban Basanta y Palacios en cancha, pero el segundo, que ilusiona por su velocidad y su capacidad para encontrar el hueco, no tenía espacio para desarrollar su velocidad, ni socios a esa altura para aunque sea arrastrar una marca.

Y entonces, Di María: desaparecido en todo el torneo, quien asomaba como un potencial Messi bis venía decepcionando. Pero en los 30 finales fue él el que tomó la lanza, el que cargó la responsabilidad, el que quiso ganar más que nadie. Encaró y encaró, y descubrió que el rival también estaba muerto y agarrotado, y siguió encarando. Todas, claro, terminaban mal. Una pierna, un cruce, un foul, evitaban el gol. Parecía que no había modo.

Lo horca marcaba 119. Suiza tocaba en el fondo, saliendo sin apuro, esperando el pitazo. Palacios presionó, y con bastante fortuna se la llevó: premio al mérito de ir a buscar una pelota que no traía consecuencias, el jugador del Inter levantó la cabeza y se dio cuenta que Suiza estaba quebrado, los mediocampistas salían al ataque y los defensores comenzaban un panicoso retroceso. Para colmo, Messi venía de frente, levantando vuelo como no había podido hacer en todo el encuentro, absorbido por Behrami-Inler, el doble cinco suizo.

Palacios controló la pelota y pasó a La Pulga. Messi corrió contra la defensa suiza que volvía sobre sus pasos, la peor forma de marcar al rosarino. Aunque, claro, salirle al cruce a Messi, en pleno vuelo, con espacios, es fórmula para el ridículo: el central suizo lo intentó, el 10 lo pasó fácil y el lateral Rodríguez no supo si tomar a Lío o a Di María.

Porque Fideo venía, por derecha, como una tromba: el último pique. Y Messi, inteligente y generoso, esperó un segundo a que lo tomara la marca y entonces pasó al jugador del Real, que pisó el área sin marca, tocó de zurda al segundo palo y venció, al fin, tras una vida de parir, a Diego Benaglio. Un gol que vale oro.

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Es la hora del grito. Argentina fue el único de los dos que se rebeló a la narrativa empatada del encuentros, a los penales, y por eso, por insistir cuando otros desisten, ganó, con épica de la que se cuentan las grandes historias. Jugó, además, su mejor encuentro, sobre todo a partir del segundo tiempo, y ante el rival más fuerte que le ha tocado en el Mundial. Ganó la partida de ajedrez, ganó el duelo de paciencia y también el encuentro de fútbol: y así, sufriendo porque si no no vale, está en cuartos.


sábado, 28 de junio de 2014

Demasiada presión



Dos centímetros hubo de diferencia. Un centímetro sobró en el remate de Pinilla, luego también en el de Jara. Y chau pichi: dos centímetros determinaron que Chile no diera un batacazo que fue a toda hora posible.

Por supuesto que el equipo de Sampaoli cayó por otras cuestiones. Penó en cada pelota parada en defensa y desaprovechó todas en ataque, y, demostrando eso que algunos llaman “falta de jerarquía” (que es, meramente, falta de experiencia, falta de ser el equipo banca, falta de sentirse obligados a la victoria), no olió sangre cuando tenía para ganarlo en tiempo regular y dejó crecer a Brasil que, al menos, pudo alejar al rival de su arco en los 20 finales y luego en tiempo suplementario. Además, claro, penó en los penales y desperdició a un Brasil errático desde los doce pasos, consumido por el terror.

Claro que las piernas también juegan su rol y el fútbol de Chile siempre se desgasta por su propia estrategia explosiva. Y claro que es muy difícil jugar ante Brasil, ante Brasil local, como para no sufrir también el desgaste mental, el desgaste de la presión, y luego tener que patear penales, la parte más angustiante del fútbol. Aún con todo esto, la Roja lo pudo ganar, en la última y en otras, mucho más que Brasil, que también tuvo sus chances: en un partidazo, Chile desnudó a un Brasil que no solo ha dado muy poco sino que, además, se lo nota apesadumbrado por la presión, 500 millones esperando un título que son 500 millones de kilos encima.

Los palos, ese azar, marcaron el partido: pero el cuento del encuentro debe contarse desde la presión. La presión de uno y de otro. La presión, tantas veces ninguneada por el cómodo espectador, que trata de maricones a los jugadores y después sucumbe al nerviosismo en un casados versus solteros. la presión, hecha carne en Brasil, que juega sin su soltura legendaria, en Neymar, en Oscar, en Dani Alves, incapaces de hilvanar algo coherente, en cada pelotazo que salía de los centrales buscando algún rebote fortuito. Hecha carne también en Chile, que jugó valiente pero se quedó, pensando en no desprotegerse, pensando en el cansancio y en el retroceso, cuando tuvo el partido. Los dos equipos terminaron los 120 bartoleándola sin sentido, sin estrategia, buscando, simplemente, sacarse el compromiso de encima.

Es muy difícil el mundial: en el primer encuentro a suerte y verdad, tuvimos una primera etapa intensa, con mucho atrevimiento de ambos, y luego… cien mil hectopascales haciendo fuerza hacia abajo, achanchando el partido, alejándolo del vértigo. Y luego los penales, error tras error, incluso algunos que terminaron adentro, como el del chileno Díaz.

Demasiada presión hay en este deporte: demasiado depende de una victoria. Demasiado significa una copa del mundo, y más en casa. Brasil pasó, zafó, y dejó la sensación de que es de papel, de que se cae, tarde o temprano. Pero bancó la parada y a los tumbos está en cuartos. Chile, en tanto, se fue dejando un grato recuerdo, el de un equipo que fue más que sus partes, solidario y comprometido, un equipo que bailó con la más fea y salió indemne. Pero también se va con el sabor amargo de lo que podría haber sido: una de esas sensaciones que suelen servir de aprendizaje.

miércoles, 25 de junio de 2014

Golpe a golpe, Argentina está en octavos

Argentina es esto: furia y genialidad ofensiva, todavía a media máquina porque Di María, Higuaín y Agüero siguen sin aparecer; pero muchísimos problemas abajo, siempre mano a mano por la falta de volantes por las bandas. En el golpe por golpe, la Selección fue esperablemente más que Nigeria y lo venció 3 a 2 para pasar primero, con puntaje ideal, a los octavos.

Pero más allá de los peligros del 433, esta fue otra Argentina. Liberada de la presión de clasificar para evitar el bochorno y tras juramentarse los delanteros mayor movilidad, los de Sabella comenzaron a puro furor, toque y toque en tres cuartos, volviendo locos a los defensores nigerianos que todavía no podían acomodarse. Messi, como imparable comodín, conectaba con Agüero, Di Maria, Higuain, sus amigos de la ofensiva, y Argentina llegaba enseguida al gol: iban 2 minutos cuando, tras un remate del Fideo que derivó en el poste, la Pulga le dio duro y arriba y gol argentino.

Muchos imaginaban espacios y goleada, pero no: porque el saldo de esta vorágine inicial no fue victoria sino empate, con las Aguilas Verdes encontrando el empate solo dos minutos después. Zabaleta, mano a mano contra Musa, esperó demasiado y el zarpazo del veloz delantero nigeriano terminó en super gol.
Uno a uno en cinco minutos. Nigeria agrupada, menos ingenua de lo que sugerían los análisis previos, y saliendo rápido “a lo Irán”. Argentina, más paciente y algo más picante que lo usual, pero incapaz de romper el cerco. Así transcurrió gran parte del primer tiempo, hasta que Messi.

LA REVANCHA.
El Señor Diez se paró, el balón quieto levemente al costado derecho del área, esperando el impacto. Tiró Messi. Tapó, con vuelo aguilar, Enyeama. “¡Enyeama!”, pensó la Pulga lleno de odio. Hijo de su madre, el mismo tipo que hizo maravillas para que no pudiera marcar en el duelo mundialista anterior, aquel de 2010. Enyeama comenzaba a convertirse en pesadilla, otra vez.

El gol tempranero, que había roto aquel hechizo del Ellis Park, era un gol inútil, de dos minutos de algarabía y volver a fojas cero. Messi hace goles no para las estadísticas o para demostrar, sino para ganar.
Pasaron unos minutos y la férrea defensa nigeriana volvía a raspar: otra vez esperaba la brazuca, sobre el césped del Beira-Río, el impacto de Lionel. Tiró la Pulga, un calco. Esta vez, Enyeama no llegaría: espectador privilegiado de cómo la pelota ingresaba en el ángulo, corrió sabiendo fútil estirarse y puteó en colores a quien supo subyugar. Este Messi no es aquel: este supera los obstáculos y es hoy la principal razón por la cual podemos, con algún argumento, ilusionarnos.

El gol llegó en el minuto final de la primera etapa: Argentina, cosa del azar, pegaba en los minutos asesinos, claves, en esos que dejan nocaut al rival. Pero Nigeria no había acusado el golpe primero y tampoco acusó el segundo cross de Messi. Y en apenas un instante de la segunda etapa, otra vez Musa, otra vez arrancando por derecha, encontraba el empate con una definición exquisita que culminó una rápida contra. Argentina perdió la pelota y Nigeria corrió contra una defensa que no sólo luce abierta y desacoplada, sino que rara vez recibe más ayuda del medio que la que ofrece el incansable Mascherano.

Seguramente se relamían en algunos medios, agazapados ante la chance de la crítica y de titular “Qué pizza nos comimos”. Pero Argentina encontró el modo. Sin ser coherentes con la narrativa el partido, no hubo salvación messiánica, ni siquiera combinación entre los de arriba: fue córner y rodillazo de Marcos Rojo al gol.

Sí. Marcos Rojo. Al que mandaron a comprar garotos. Rojo, el más parejo de la Selección, bancando como puede el retroceso, siempre solo contra dos, y, aemás, desdoblándose en ataque con generosidad y corrección. El jugador que más corrió con Irán tuvo su premio cuando el balón buscó su pierna para clavarse en el arco de Enyama.

Con el 3 a 2 en el marcador, y con el primer puesto casi en el bolsillo (Nigeria debía ganar), Argentina retrocedió, una doble apuesta que abrió los huecos para la contra. Ya estaba afuera Agüero, notablemente tocado en este Mundial, y Pachorra decidió que la presencia de Messi, la carta, era demasiado riesgosa ante los cruces de los africanos que no mermaban en su intensidad. Pudo ampliar Argentina de contra, también sufrió en alguna ocasión (Zabaleta taparía a Muza lo que parecía el replay del primer tanto) pero, en definitiva, esto es Argentina.

El paso al frente es notorio: más movilidad, más conexión entre las líneas, triunfo más convincente, con espacios Argentina volvió a mostrar, como en la previa al Mundial, que es letal. El golpe por golpe es una apuesta. La apuesta que quieren los jugadores, que reconocieron luego que para hacer funcionar el esquema tienen que retroceder: en este sentido, son varios los jugadores que parecen bajos para realizar este desdoblamiento: sin físico, nivel o confianza, parecen más preparados para quedarse en su quintita que para solidarizarse en el retroceso.


Pero todo esto quedará para el análisis en una semana de seis días hasta el primer duelo a suerte o verdad. Mientras tanto, a pesar de las críticas, a pesar de los cruces públicos, a pesar de los medios que fogonean el malestar, fracasistas que apuestan a la derrota: a pesar de todo, con puntaje ideal, Argentina pasó la primera prueba. Otros están comprando suvenires en el free shop.

sábado, 21 de junio de 2014

Un triunfo messiánico

Iba para empate: Irán, con la lógica pero muy bien ejecutada idea de marcar a los buenos, proponía empate clavado y hasta pudo haber metido alguna pepa de contra. Iba para empate porque Argentina todavía no muestra temple para la adversidad, se frustra muy rápido ante las telarañas esperables del Mundial (¿o esperábamos que Bosnia e Irán nos atacaran?). Iba para empate porque el reloj daba la hora. No fue empate por Messi: y en un punto, todo análisis partiendo de ese punto resulta absurdo. Argentina ganó solamente porque tiene a Messi.

Porque iban ya 91 minutos cuando la Pulga hizo lo que mandaba el partido: enganchar y patear. Irán, aplicado, marcó durante todo el encuentro con dos o tres tipos a los cuatro fantásticos, cortó el circuito que suelen ejecutar en el borde del área y los raspó cuando fue necesario. Apenas un par de paredes hilvanaron los de arriba, luego absorbidos por los persas una y otra vez. Con las dos líneas de cuatro paraditas en el borde del área, el partido pedía tiros desde afuera que nunca llegaron.

En lugar de eso, Argentina trató de ser prolija pero se pasó de parsimoniosa. Irán dejó que toquen Mascherano, Rojo, Zabaleta. Sin los intérpretes adecuados para el traslado, y con los que debían tomar la pelota perdidos entre iraníes, la circulación de balón se tornó lenta y predecible. La Selección abrió la pelota, mandó centros, buscó por el medio y chocó y, en definitiva, siempre perdió. Y se frustró.

En el Mundial del contraataque, Irán fue perfecto. Tuvo más chances netas que Argentina, incluso, desactivadas por el cuestionado Sergio Romero, saliendo de contra ante una Selección Argentina a la que el retroceso le costó mucho. Gago, evidentemente lejos de su esplendor físico, no podía bajar, como sucedió con Bosnia. La otra autopista fue la espalda de Zabaleta, que también lució lento y anduvo impreciso arriba y abajo. De hecho, hizo un penalazo tras dormirse una buena siesta ante el muy molesto delantero iraní Dejagah. El árbitro, por suerte, no lo dio.

Allí hay gran parte de la explicación de un nuevo partido desesperante de Argentina: las individualidades, las que tienen que pesar contra este tipo de equipos, las que tienen que hacer la diferencia en el mano a mano, andan mal. Gago y Zabaleta son dos casos; pero también es notable el desencuentro entre Agüero e Higuaín y la pelota, distanciados como una ex pareja. Si ellos no aparecen para alivianar la asfixia que proponen los equipos ante Argentina, todo recae en la magia de Messi.

Y esta vez, Messi apareció. Messiánico, para fieles y detractores: Messi es creer o reventar. También él había tenido un flojo partido, sin encontrar su lugar en la cancha, paseándose entre las dos líneas de Irán primero, luego por derecha, luego retrocediendo para tomar contacto con el balón y luego, de nuevo, cerca del área. Nunca se sintió cómodo, y cuando la Pulga no está cómodo se nota en su lenguaje corporal: mirada cabizbaja, piernas quietas y la enorme sensación de que no está metido en el partido.

Gran trabajo hizo Irán para generar esto, en Messi y el resto: consciente de sus limitaciones, fue el que impuso las condiciones y, lejos de ser amarrete, era quien más arriesgaba al proponer el juego tan cerca de su área. Se exponía, sabía Irán, a lo que sucedió en el minuto 91. Y son las reglas del juego: Irán fue más equipo, Irán impuso la narrativa del encuentro, y Messi, con hacer las cosas bien una sola vez, rompió toda la lógica.

El triunfo agónico contra el más débil del grupo, deja, por supuesto, un millón de nuevas dudas en este país de cuarenta millones de técnicos. Hasta mi tía se animó a tirar consejos (y acertó, pidiendo que pateen desde afuera, por favor) y así será el resto del Mundial. Jugar así, con un país insoportable atrás, es difícil: pero Argentina superó una semana difícil y está en octavos.Quizás ahora los melones se acomoden andando.

El matagigantes: razones para un batacazo


Nadie. Nadie contaba con Costa Rica. Algunos, con ese afán de distinción, tiraban a Honduras como potencial sorpresa. Otros, replicando lo que se viene charlando, hablan de Bégica. Nadie tenía a los Ticos: convidados de piedra en un grupo con tres campeones mundiales, eran el extra, el equipo del que todos se alimentarían, al que dejarían en cero. La derrota de Uruguay fue, por ello, sinónimo de siamo fuori: no había chances de que los centroamericanos repitieran la hazaña. Todos, todos, calculamos que en el grupo de la muerte, pasaría el que más goles le hiciera a Costa Rica: pero pasó Costa Rica, y mandará a casa a dos campeones mundiales, con Inglaterra afuera y Uruguay e Italia jugándose en el último partido mano a mano la clasificación. Un encuentro para alquilar balcones: desde las alturas no hay chances de ser afectado por las chispas.

El extra del grupo D mirará todo esto tranquilo, ya instalado en octavos: y de pasar primero, tendría un cruce accesible, ante el segundo del grupo de Colombia que saldrá de Japón, Costa de Marfil y Grecia.

Por supuesto, poco crédito para el vencedor: como la humillación inicial fue para Uruguay, ahora son los italianos los castigados por no poder vencer al débil equipo tico. ¿Débil? El fútbol se resiste a ver una realidad de varias jerarquías agonizando por el paso del tiempo y el trabajo de los rivales. El fútbol sostiene sus grandes narrativas, sus “equipos grandes”, pero cada vez más sólo se sostienen en lo discursivo.

Ya viene sucediendo hace rato, con equipos que dan la sorpresa aunque luego no están preparados porque ni ellos mismos confían en su potencial. Ellos mismos se desmoronan ante las leyendas y las casacas: pero hace rato, las camisetas solas no alcanzan. Costa Rica, si no es la primera, es sin dudas el sumum de esta tendencia de los márgenes a atrevérseles, cada vez más, a los países del centro del mundo futbolístico.

Y con armas de esas que se dicen nobles. Porque hemos discutido, desde este espacio, infinitas veces el absurdo concepto de nobleza en la elección de la estrategia, la idiotez de moralizar las formas de juego y de castigar, para colmo, a los pobres por adoptar estrategias que podrían llegar a permitirles vencer a los poderosos. Pero Costa Rica trasciende esta dicotomía porque, lejos de ser un equipo pragmático y especulador, juega como lo han hecho los grandes protagonistas, hasta el momento, del mundial.

Los Ticos, con la Azzurra como ante la Celeste, consiguieron frustrar al rival. Una defensa bien plantada y un generoso bloque de medios que presiona desde media cancha complicó la circulación de ambos equipos. Costa Rica obligó a Italia a jugar con los que menos saben, a revolearla por momentos, y para colmo, los que realizaban la presión alta luego retrocedían para colaborar en defensa: la convicción en escribir la historia, el entendimiento profundo y visceral de su plan de juego, y de sus limitaciones, construyen un vínculo profundo que se refleja en su arma más poderosa, la solidaridad física, no solo verbal.

Pero todo esto, sin la bola: con la pelota, los Ticos jugaron como el equipo más experimentado, manejando los tiempos, tocando de primera en el medio para clarificar y provocar el adelantamiento de la línea italiana y luego jugando profundo y rápido con sus delanteros. A través de la contra, Costa Rica marcó sus 4 tantos en la Copa del Mundo y se instaló en octavos.
Costa Rica fue el mejor con y sin pelota. Y con menos posesión, fue el que impuso las condiciones de juego, ante una Italia preso de su telaraña como un novato. Justo Italia, quien supo ser maestro del bochazo. Pero esta Italia, de la mano de Cesare Prandelli, cambió su estilo histórico privilegiando la posesión, a contramano del mundo que decidió que era hora de juego vertical, algo que además aplauden desde los palcos dorados los directivos FIFA, uno de los motivos por el cual hay tantos goles en este Mundial.

martes, 17 de junio de 2014

Los designios de las estrellas



Cuando, humanos, reconocemos que al fin y al cabo, por más planificación que pongamos a nuestra tarea, siempre seremos esclavos de los caprichosos designios de las estrellas, no nos referimos a estas estrellas: las que llevaron al entrenador de la Selección, Alejandro Sabella, hombre de conocimiento profundo y vasto palmarés, a reconocer “pour la gallery” el “error” de probar un esquema. Claro que habla de un hombre inteligente para el manejo grupal, que prefiere bajar el copete a que se le retoben los pingos. Pero más dice de ciertas costumbres argentinas, eternamente messiánicas.

Sabella intentó ante Bosnia parar el polémico dibujo con cinco defensores: como dijo en la previa, un esquema no define una predisposición defensiva u ofensiva, como demostró Holanda, metiendole 5 al vigente campeón parado igual. Y nadie puede sostener que Robben y Messi (o el propio Di María) no son lanzados en velocidad similares, o que Agüero no es capaz de definir con la misma clase que Van Persie.

Pero la cosa no anduvo. En primera instancia, quizás haya sido efectivamente una mala decisión: sin juego por las bandas, Agüero y Messi quedaron muy lejos de todo. Rojo tiene decisión pero no tanta resolución, Zabaleta se mostró poco dispuesto a recorrer toda la banda, y para colmo Maxi y Di María brillaron por ausencia y regalaron el mediocampo. La pelota, se sabía, no iba a ser monopolio argentino, que se paraba para salir rápido: pero directamente no pudo recuperarla la Selección de Pachorra, que se puso arriba enseguida con un gol de la providencia y luego se dedicó a mirar a los bosnios correr y chocar y marrar.

Quizás haya sido una elección demasiado cautelosa de Pachorra, conocido por ser precavido. Que haya sido un error táctico, de todos modos, es sumamente relativo, sobre todo teniendo en cuenta la poca prestancia de los jugadores a jugar con este esquema tildado de amarrete por la prensa que, sin conocimiento sistemático del juego, siempre midiendo con esa vara del café, dice que Holanda es máquina devota del ataque y Argentina pijotera (un planteo igual al que se hacía respecto a Mourinho, tildado de ultradefensivo, y el Bayern o el Real de Ancelotti, que jugaban de contra pero eran equipos espectaculares a los ojos de los medios). Lo único cierto es que el esquema no funcionaba: y qué porcentaje del errar se debió a cuestiones estratégicas, y cuánto a la falta de voluntad del equipo, es difícil de determinar.

Todos, sin embargo, vimos lo mismo: un primer tiempo con un equipo prematuramente mufado, desactivando las contras por autoboicot, chocando y luego sin correr la pelota. Messi y Agüero desentendidos del juego, solo dos para luchar contra toda una defensa. Una primera etapa frustrante de ver y jugar: un claro mensaje al entrenador, no con palabras sino con actos. Sabella, entonces, se subordinó a la voluntad del grupo: decidió darle el gusto a Messi y puso a sus tres amigos en cancha.

Las estadísticas hablan del toque-toque con Gago. El gol muestra la relevancia de Higuaín para arrastar marcas y devolver paredes. Argentina, en efecto, lució más frondoso en ataque, llegó con más jugadores y también, fue notorio, con mayor vigor. Efectivamente, ataca mejor con el tandem Messi-Aguero-Higuaín-Di Maria-Gago.

Pero el retroceso, como había pensado Pachorra en la previa, sufrió en consecuencia: con Bosnia sin nada que perder, quemando los papeles que lo mandaban a aguantar y yendo hacia el ataque, fueron varias las aproximaciones del rival, que siguió pasando la zona media con frecuencia, ante la atenta mirada de los volantes albicelestes. Y llegó el gol: la máxima sabelliana del equilibrio, que pergeñara el modelo 5-3-2, no apareció en todo el partido. El equipo atacó mal a costa de defender bien y viceversa, y el Profesor se fue preocupado al predio del Mineiro.

Los análisis pospartido (de medios y jugadores) minimizan el hecho de que el segundo tiempo, con el equipo que quiere “la gente”, no pasó del empate con una Bosnia que asomaba más compleja en la previa que en la cancha. Los análisis pospartido también minimizaron nuestro messianismo, la sensación de ser siempre rehenes del humor de los líderes. Porque pasó casi desapercibido que ese “mensaje” desde dentro de la cancha, en aquella primera etapa, rozó la extorsión: en un Mundial, ¡en un Mundial!, Argentina regaló un tiempo en lugar de intentar hacer lo posible y, puertas adentro, plantear la posibilidad de un cambio.

La cuestión se volvió más grave cuando, lejos del “puertas adentro”, terminó volviéndose sumamente pública, con cada jugador declarando ante cualquier micrófono estar más cómodos atacando con los Fantásticos: “hicimos cosas que no estamos acostumbrados”, tiró el habitualmente casetero y aburrido Messi en conferencia de prensa, y completó, “somos Argentina y no tenemos que pensar en quien tenemos enfrente”. La frase de Messi, pensada, voz de capitán, minimiza la planificación y es una afrenta al entrenador (y a su rol) que, conciliador, buscó rápidamente asumir una supuesta culpa por aquel primer tiempo y mantener contenta a la estrella que, pensamos todos, guarda la clave de nuestro destino mundialista.

La frase de Messi nada parece haber aprendido de aquel Alemania 4 - Argentina 0.

El debut dejó a muchos con un sabor amargo por ver sus esperanzas, excitadas en la previa por el chauvinismo futbolero patriota (siempre somos los mejores), chocar contra la realidad del Mundial donde nadie improvisa, la realidad de Messi apagado, la de un equipo con apenas unos días de laburo. El debut dejó a unos pocos, además, con el sabor amargo de, una vez más, ver como el potencial de un equipo se erosiona fruto del juego de poderes, de caudillos y de caprichos en el que podríamos ser tranquilamente campeones del mundo. La culpa, Bruto, no yace en nuestras estrellas, sino en nosotros mismos.

sábado, 14 de junio de 2014

De contra nomás: apuntes para un debate



Holanda, hermoso Holanda: el país neurótico de fútbol, que en un sueño lycnheano pergeñó gracias a una insalubre obsesión el fútbol moderno, el verdadero rey sin corona. El subcampeón del mundo llegó calladito a Brasil, con el mundo concentrado en Alemania y Brasil, y de arranque demostró ser una cofradía que desparrama fútbol y actitud. En 2010 la Naranja era el archienemigo, su planteo para muchos mancillando la historia, simplistas que piensan que la pierna fuerte no es compatible con el buen juego. Holanda llegó a aquella final tras raspar y pasar a Brasil,convidado de piedra a la fiesta que debía ser toda española.

La historia, adepta al cuentito maniqueo, ha olvidado rápido que aquel partido debió ganarlo el combinado holandés, que tuvo dos claras de gol antes de que, en suplementario, el equipo español concretara su destino gracias a Iniesta. Y aquel Holanda de estilo abucheado es bastante similar a este: se agrupa, defiende fuerte y sale de contra con el mismo trío de velocistas. Sneijder, rápido de arriba (no jugó bien ante España), el dúctil Van Persie y Arjen Robben, que corrió a 37 kilómetros por hora para dejar en ridículo a Piqué y a Casillas y abrochar el 5-1 final.

Pero volvamos a aquellos días del primer mundial africano. El 2010 es recordado como el Mundial que consagró para la historia el estilo que hace énfasis en la posesión de pelota. Por aquellos días el Barcelona paseaba a todos y si bien la traducción de aquel equipo cosmopolita en selección fue bastante deslucida (España arrancó perdiendo y nunca fue una tromba), le alcanzó al equipo de moda para consagrarse rey del mundo.

En rigor, en Sudáfrica, como en toda competencia, hubo tantos estilos como equipos, e incluso de los cuatro primeros sólo España hacía ese juego de toque y pausa. Pero las narrativas son así, simplifican y reducen, y todos sabemos que la historia la escriben los que ganan.

Este Mundial va camino a ser, en contraposición, el de las transiciones supersónicas. El Barcelona fue destronado por su archinémesis el Real en la Champions y por el Aleit del Cholo en el ámbito local, ambos utilizando el vértigo como principal arma. “No me interesa la posesión”, decía Simeone en días de devoción culé. Hoy ha probado el éxito de su forma de juego.

La posesión debe ser profunda o no será más que una caricia: desde varios ejes ha llegado esta alternativa vertical. Holanda fue denostado por su planteo “especulativo” en la final de Sudáfrica y hoy es celebrado por meterle cinco al campeón: más allá del exitismo que dicta las opiniones, han cambiado los tiempos y los paradigmas.

Todo es, desde ya, relativo a los jugadores que interpreten el sistema y a lo aceitado que esté: ningún modelo garantiza nada. Pero si bien este cambio no quiere decir que el campeón será verticalista, o que ganarán sólo quienes se agrupen y salgan de contra, sí quiere decir que estamos todos en peligro: asombra, asusta la intensidad con que juegan algunos equipos, la fruición de correr la cancha como velocistas, la precisión en velocidad, la fuerza del bloque, el derroche de entrega física, la efectividad de los centros, los pases y los disparos en movimiento. Lo de Holanda, punto máximo del arte que, en dos días de competencia, lo han mostrado ya, con mayor o menor retroceso en el campo, Colombia, México, Chile, Italia, Inglaterra... La clave, imaginada en sueños por el Loco Bielsa, es ser un vértigo luminoso de pases y desmarques hacia el arco rival, siempre hacia el arco rival.

El Bayern, el Madrid, Holanda: todo es moda, y todas las modas se van como vinieron, pero la intensidad con que se juega hace pensar en una nueva dimensión del fútbol, un punto del cual no se vuelve, como ha sucedido en el tenis o en el basquet, donde ya no existe jugar pausado, donde ya no existe no poner el físico en el juego.


¿Qué pasará en Argentina, nostálgico país amante de los lentos y que sigue pensando que el pasado fue una gloria eterna (aunque ganamos dos copas del mundo “solamente”, una ilegítima)? ¿Seguiremos sosteniendo la dicotomía de jugar o correr, cuando en casi todos lados se hacen ambas?


¿Quién dice que es fácil?


El resultado deja un 3-1 que indigna. Indigna en su injusticia, porque Brasil, ese candidatazo que iba a golear a todos, a duras penas pudo ser coherente y fue puro empuje e individualismo. Indigna más, claro, porque Croacia hizo su partido y el árbitro torció el rumbo con ese penal que vio sólo él. Una sanción vergonzosa, sumada a la faltita sobre Julio Cesar que decidió sancionar y que terminaba en gol croata, difícil de pensar como un accidente, mera inocencia. Un inicio negro para la credibilidad del Mundial.

Deja muy poco para el análisis, entonces, el encuentro, desnaturalizado por la inclinación de la cancha. “Digno igual”, dicen algunos de Croacia. ¿Digno? En todo caso, una dignidad nada sorpresiva: quienes pensaban que Brasil iba a apabullar a los croatas poco sabe de fútbol. La joven patria de los Balcanes siempre muestra esa sangre guerrera y ese orgullo por la nación conseguida a fuerza de lucha. Así llegó a ser tercero en su mundial debut.

Los pueblos de esa problemática zona, además, siempre han tenido buenos deportistas y mucha pasión. De ningún modo iba a haber paseo verdeamarelho: debut mundialista y la presión agregada de la localía. Cuando Marcelo empujó el balón contra su propia área, fue el despertar de esta ilusión, tan carioca, que auguraba que todo sería fácil.

Y también fue un alerta para el resto de los equipos. No existen ya los cuadros fáciles: todos estudian, hay videos de todo y estrategias posibles para, aún en desventaja de jerarquía, anular al rival. El análisis prepartido suele perogrullar las verdades, dar por sentado jerarquías que, cuando menos, hay que ratificar partido a partido, con mucho cuidado. El encuentro de hoy, clara muestra, tuvo al perdedor siguiendo un plan de juego más pensado que el ganador. Brasil no tuvo ideas, y sí azar, en el primer tanto, mala ejecución de Neymar, y mucha política en el segundo. El tercero, donde apareció la individualidad que separa a los grandes equipos de los trabajadores, apenas decoró.

Las individualidades tendrán su peso, claro, como siempre. Pero ya no habrá, por mero peso específico, goleadas estruendosas: ya no hay equipos entregados, todos vienen a molestar. Todos, además, tienen cuadros formados por jugadores que se desempeñan en el centro del mundo futbolístico, Europa, y hasta cuentan con la ventaja de que muchos son desconocidos y descuidados.

Ojo, entonces. Nada faltó para el batacazo, apenas que el árbitro no estuviera influenciado (siendo bienpensante, claro), por el clima festivo de la previa. Este Brasil no es campeón cantado, tendrá que remar bastante (lo que más tiene, parece, es personalidad), no podrá depender de ayudines siempre y por ende, el Mundial será abierto. El Mundial arranca con una mancha negra y una advertencia: no hay nada fácil, menos en un torneo así, donde juegan tanto los sentimientos, la ansiedad, los nervios. Menos en el panorama actual del fútbol, donde ya no hay inocencia.

domingo, 25 de mayo de 2014

Detrás del 1-4



No se aplica aquí la ominosa “no nos comamos el verso”, en este caso del Real Madrid: justo campeón el equipo de Franco, del poder; el que saca en la tapa a su chico estrella a pesar de que ni la tocó, hizo el cuarto de penal y se quitó la casaca para salir en la foto; el equipo compró a un buen jugador a un precio imposible y que casi vende al que ayer estuvo entre las figuras (Fideo, crack de cracks: huevo, inteligencia y muchísimo fútbol). Justo campeón porque a pesar de todo esto, es una tromba de fútbol, vendaval intensísimo que todo lo arrasa.

Ahora, ese equipazo no pasó por encima al Aleti, y no es esta una lección del fútbol de posesión (que de hecho no practican los de Ancelotti) sobre el pragmatismo: porque este equipo Colchonero del hacedor de sueños y mística Cholo Simeone, que viene de romper la hegemonía insoportable del Barsa y el Merengue en la Liga y de yapa metió esta final, que ganó durante 92 minutos con todos, absolutamente todos los indicadores estadísticos en duda: posesión, pases completados, tiros al arco, tiros libres.

Y no lo ganaba de casualidad: el gol a favor llega por error, pero el Real, a pesar de su supremacía en los números, no generaba más que cosquillas a Courtois. Pasaron los minutos y el puro empuje de los de la Casa Blanca metió en un arco al Aleti, que lejos de su versión semifinal ya no tenía, entre los caídos en las batallas previas, la carga de los partidos del año y el desgaste mental de una final, piernas para salir de contra. Y sin ese peligro, los de Ancelotti se instalaron en cancha colchonera buscando el milagro.

El milagro llegó, pero podría no haber llegado: no fue fruto de la presión, del cansancio, de la superioridad física (que sí fue el motivo por el cual, en el suplementario, se floreó Goliat), sino de una pelota parada, la ultimísima jugada del partido. El golpe fue duro, y la sensación que se llevó el Aleti es que, siendo un equipo más corto, le terminó pesando un año donde peleó todo lo que jugó. También, por supuesto, correr detrás de la pelota le comió las piernas: pero no es argumento suficiente para comprender cómo llegó al empate el equipo de las diez orejonas.

La frase persiste en su vigencia: “La posesión no me interesa para nada”, había dicho el Cholo Simeone, y cuánta razón tenía, si con un equipo valuado en unos 80 millones de euros (8 veces menos que su rival) le quitó la Liga a dos equipos con jugadores de 100 palos y otros que ni valor tienen, y llegó a una final de Champions que no alcanzaron Barcelona, Bayern Munich o los Manchesters. Ese equipo, esa cofradía de hombres forjados místicamente por el que no negocia el sacrificio, esos tipos podrían, tranquilamente, haberse llevado la orejona: un minuto fatal con mucho olor a destino fue verdugo del sueño, y el tsunami del suplementario termina desluciendo una temporada brillante.


Y también ofreciendo explicaciones inválidas: los números respaldan la interpretación de que al fútbol se juega con pelota, pero con pelota no hubiera habido partido (además, claro, tampoco el Merengue jugó durante toda la temporada con el balón sino, como ahora se estila en Europa, saliendo de contra: estilo en el que Simeone es, al menos en esta nueva era, pionero). En lugar de afano, pegó en el palo de ser una nueva película para el director hollywoodense en que se ha convertido Diego Pablo Simeone, hacedor de filmes berretísimos de esos donde los buenos son los humildes y vencen al villano imposible. Es que el tipo invita a soñar, a creer en las hazañas: quizás esta derrota sea el epílogo de otro final pochoclero y feliz.

sábado, 10 de mayo de 2014

No será el último adiós



Fiesta. Una fiesta total: Estudiantes, dentro y fuera del campo, armó una despedida de casa ideal para el Idolo, Juan Sebastián Verón, metiendo baile en la tribuna y también sobre el césped, y trepando a la punta, porque lucha nunca deja de dar el León. Fueron tres los goles en un partido curiosamente tranquilo para el Pincha, acostumbrado al sufrimiento y la paridad: porque lo pudo abrir rápido, como ante Colón, y entonces un partido que asomaba aparejo mutó a ideal para el local.

Amanecía el partido y mientras Estudiantes jugaba su habitual fútbol que hace eje en la subida por las bandas, San Lorenzo, con equipo alternativo, avisaba que iba a ofrecer resistencia: Romagnoli, en cámara lenta pero con la claridad de los cracks, viejo némesis del León, conducía el toque de primera del equipo de Bauza que encontraba con facilidad, a espaldas de Correa y Auzqui, a hombres libres.

Pero todo lo planificado por el Patón se vino abajo cuando, trascurridos solo cinco minutos, el Pincha se puso en ventaja: tras una habitual pared Auzqui-Jara y centro a Carrillo, el 9 pateó sobre la marca y la pelota le cayó, en el borde del área, a Correa; el Tucu le dio como un crack, hermoso agarrarla así, llenarse el pie y ponerla en el ángulo. Primero en Primera para Correíta, y primero para el Pincha cuando los jugadores todavía se acomodaban.

A partir de ahí todo cambió. Los de Pellegrino se entusiasmaron y pasaron por encima a un San Lorenzo que se dejaba presionar y parecía perdido: acusaba el golpe del gol. Y vaya si lo acusaba, que parado en ataque dividió un pase hacia el último hombre. Carrillo, atento y haciendo gala de sus cualidades fuera del área, anticipó, corrió 30 metros, enganchó ante la marca y, cuando salió Alvarez a achicar, tiró al medio a Franco Jara. El cordobés había acompañado la jugada y solo tuvo que empujar hacia el gol para completar el jugadón de su compañero, una dupla cada vez más letal. Iban, solamente, doce minutos.

Y desde ahí, calco de Santa Fe, Estudiantes buscó planchar el partido. Pudo haber metido alguno más, seguro, tuvo chances con Correa, Carrillo y Jara, una jugada preparada de tiro libre que tapó el golero de Boedo y también un lindo corner olímpico del Once, aunque también en algún momento pudo recibir algún golcito para el susto y por distraído. Pero, básicamente, el partido parecía jugarse con los dos esperando que los minutos pasen.

Por supuesto, Franco Jara jamás juega en esa tónica y, mientras Estudiantes afianzaba el toque-toque para que corran las agujas del reloj y San Lorenzo se deshacía en intrascendencia y errores de manejo, mérito todo de un equipo muy enchufado y muy entero físicamente, bueno, en ese momento en el que todo pasaba lejos de los arcos, Jara interceptó un pase atrás calco del segundo tanto del encuentro (¿estudio del DT sobre dónde presionar?) y se metió en el área. Mano a mano, no perdonó: 3-0, habitual bailecito y gran celebración del equipo, que supo que el encuentro estaba listo, que podía respirar, que los puntitos estaban en casa.

Y entonces, el marco se llevó puesto el partido: sobraron los minutos finales, sobre todo luego de que Pellegrino, con el partido cocinado, decidiera sacar al Pelado para la ovación, más relevante, el resguardo físico: el público se entregó con una ovación atronadora hacia la Brujita en su último partido en casa, y el griterío no paró hasta el final. Se mezclaron en las emociones la victoria, la retirada del Preponderante y la punta porque, con la Brujita en cancha, imposible no soñar, imposible: él plantó la semilla que resembró la fe cuando volvió allá en 2006, entonces cómo no creer.

Tras el pitazo, una nueva ovación hizo lagrimear a Verón, que se quedó un rato en cancha despidiéndose de los suyos, de los que lo banca siempre, cuando tantas veces el mundo se empeñó en defenestrarlo en ningunearlo. No pudo terminar sus declaraciones, los ojos colorados, el club que es su vida diciéndole un adiós que todos, hasta los que gritamos hasta la disfonía para retribuirle algo, sabemos que es un hasta lueguito.

Ahora ya es sábado por la noche, tiempo para disfrutar la fiesta bárbara que armó el Pincha, contando anécdotas del Pelado entre amigos pincharratas y sabiendo que el Pincha hizo lo que tenía que hacer. Y que quiere más.

martes, 6 de mayo de 2014

Los desequilibrios

En esta última semana se volvió a encender la alarma financiera. Primero, la historieta d ellos 21 pasajes: Estudiantes, para visitar a Colón en Santa Fe, decidió viajar en avión, pero, presuntamente por un accionar lento de los dirigentes, solo consiguió 21 boletos. El resultado: cuatro integrantes del cuerpo técnico viajaron en combi al estadio sabalero. Y luego, hoy, en conferencia de prensa, varios periodistas llevaron a Pellegrino, pretendido por Boca, Racing, Vélez y quien sabe quién más, a reconocer la deuda de los sueldos que tiene el club con él y su equipo: recién cobraron febrero.

Por supuesto, a Pellegrino, como a cualquier protagonista, no le sacaron nada que no quisiera decir: cierto malestar se trasluce de que estas dos situaciones hayan visto la luz pública, y tiene mucho que ver con el modo en que la CD comunica, muchas veces negándose a la autocrítica. Pero, de modo más profundo, más allá de los roces propios del trabajo cotidiano en un ámbito de presiones extremas, los problemas suscitados tienen que ver con la crisis de fondo que ha definido, en definitiva, el presente deportivo del club: la situación financiera.

Problema heredado pero también sin solución en los años de gestión Lombardi, la falta de pago de sueldos de jugadores, cuerpo técnico y empleados dominó los titulares durante este semestre. Estudiantes abrió el año en medio de un paro de sus trabajadores y largos céspedes sin cortar. Los jugadores, en tanto, cobraron el aguinaldo de diciembre bien entrado el año: ¿falta de planificación de parte de la CD?

Sin dudas, por un lado, se especuló con la posibilidad de endeudarse, una práctica común en el fútbol argentino: siempre se debe y se va pagando a medida que entra dinero, en el caso de Estudiantes, a medida que llegaban las cuotas por Zapata. Pero evidentemente, en esta política de deudas y parches, hubo un cálculo demasiado arriesgado, y se terminó precisando de los dineros europeos casi con desesperación: hasta se especuló con vender, a menor precio, la deuda que Napoli mantiene con Estudiantes.

Es parte de una forma de hacer política en el fútbol criollo: hoy, con el dólar a 10 y los clubes queriendo mantener la misma competitividad de cuando el dólar estaba a 3, se trabaja más que nunca a través de deudas y promesas incumplidas. Es imposible para un club competir con los clubes más modestos del Viejo Continente, e incluso la vecina Brasil supone un paraíso para muchos jugadores argentinos. Para retener o contratar, se firman jugosos contratos que nunca se terminan de pagar, y se pagan préstamos en mil cuotas generalmente atrasadas. Casi ningún club llega a salvarse con la venta de los pibes, que se van muy jóvenes, antes de explotar. Todos deben, y mucho: nadie busca adecuarse a la nueva realidad económica, porque implicaría una fuerte desinversión en materia deportiva (lo visible); todos eligen endeudarse y que se encargue la comisión entrante del pasivo.

En este sentido, esta conducción se caracterizó por el sentido común: asumió en rojo, resultado de las travesuras de Filipas al intentar conseguir un último campeonato, y desaceleró el gasto operativo y también deportivo, deshaciéndose de varios contratos costosos y apostando al piberío. Pero nunca pudo asumir sus deudas y dejó de ser aquel paraíso de mediados de la década pasada, cuando los jugadores venían a Estudiantes porque sabían que era sinónimo de club ordenado.

La deuda con el plantel implica entonces una importante derrota para el club, en tanto se había posicionado como destino tentador económica y deportivamente, condición que perdió en los últimos años. El Pincha ha vuelto a ser un club mediano, que lucha para que dineros más abultados y más reales no le roben lo que le costó conseguir: en este caso, el cuerpo técnico.

El problema es que el dinero no está. Entra y se hacen frente a las deudas del pasado, pero nunca aparece lo suficiente como para volver a cero. Y el dinero no está porque tampoco Estudiantes asumió la necesidad de adecuarse a la nueva realidad económica y perder toda competitividad: aún enfatizando en la necesidad económica de jugar con lo que el club tiene, siempre se apostó por dos o tres refuerzos de nombre y sueldo alto. Patito Rodríguez, Jara, Olivera: tanto dirigentes como entrenador estuvieron siempre de acuerdo en que si bien la idea de fondo era apostar por los baratos juveniles, había que traer un par de tipos para no perder toda competitividad.

Es que el fútbol es hoy en Argentina para equilibristas: lo financiero y lo futbolístico son enemigos que hay que intentar conciliar a través de ingenierías cada vez más complejas y, a menudo, directamente mentiras, promesas de pagos que no se sabe cuando llegarán, promesas de refuerzos que se saben imposibles. La difícil situación de Estudiantes conlleva esta encrucijada: la necesidad de cuidar al cuerpo técnico y la falta de dinero para hacerlo.

Este cuerpo técnico merece ser cuidado. Ha sido absolutamente funcional al proyecto a largo plazo, caminado la línea planteada por la dirigencia con un perfil bajo digno de Estudiantes, obedeciendo la desinversión y poniendo a los pibes en cancha aún poniendo en riesgo su laburo porque, ¿cuántas veces, cuando no se dieron los resultados, algún desaforado pidió la cabeza de Pellegrino? La transición costó un perú, y tras mucho tiempo ha podido el Estudiantes post-Sabella verse en los primeros lugares. Pellegrino ha potenciado el patrimonio del club, y si no se desarma lo construido su legado será muy palpable, desde lo deportivo y lo económico, en el futuro.

Ahora vienen de Capital a buscarlo y Estudiantes vuelve a estar en una posición de absoluta desventaja para negociar: debe plata, y mucho no puede prometer. Las marquesinas de los clubes grandes, más allá de que sus presentes sean grises y sus realidades económicas igual de magras, tientan a cualquiera. ¿Cómo competir? Si no hay oro en las arcas, hay que ofrecer otras cosas. Si no se puede cuidar al entrenador desde lo económico, la franqueza al respecto y el cuidado simbólico de su laburo (es decir, unos buenos mimos) no estarían nada mal.

jueves, 24 de abril de 2014

La refundación Verón

Veinte años. Veinte que son más de treinta, porque se sabe que te criaste pateando por el country, atado a una pelota por el destino, por ese lazo de la mística, de la familia. Lógico que te duelan el cuerpo y el alma de tanto andar, Pelado: veinte años de pura cuesta arriba, nunca un ratito de pendiente para disfrutar de la inercia. Si cuando debutaste, un 24 de abril de 1994 (1-0 a Mandiyú para esperanzar con la permanencia), nos estábamos yendo a la B. Tenías 19 pirulos y cuatro meses después sufrías el descenso, como un hincha todavía.
 
Así arrancaba la carrera del tipo que daría la vuelta al mundo descociéndola, vistiendo las casacas más prestigiosas: Juan Sebastián Verón se iba al descenso, el infierno del fútbol argentino, para resurgir 12 meses después convertido en crack. Actor principal en un equipo estelar que ganó el duro torneo de punta  a punta, el juvenil Verón jugó seis meses más y después salvó al club no con sus pies sino con los dólares de su venta. Aquel Estudiantes no podía evitar el éxodo de esa pegada única, de esa forma quirúrgica de golpear el balón.
 
Pero vos sabías que ibas a volver. Tu grandeza no está en los títulos, está antes: cuando el Inter te tiró nosecuántos millones y vos te quisiste pegar la vuelta a unas canchas donde te escupen, te putean, te ningunean, te infaman (aunque sospechamos te gusta tanto como a nosotros), para salir campeón con el club de tu vida. Cuando salir campeón, convengamos, era una utopía, cosa del pasado.
 
Verón cambió esa mentalidad desprovista de fe. Verón resembró la semilla de la mística. Verón tiró en el túnel que había que ganar para salir campeón cuando quedaba medio torneo, y sus compañeros escucharon primero incrédulos, cómodos en el rol del simpático perseguidor, y después hambrientos: ese día los vecinos se comieron siete, y desde entonces Estudiantes perdió solamente un clásico.
 
Y Verón salió, contra todo pronóstico, pura manifestación de fe, campeón, de la manera más fílmica que se puede ser campeón: desde atrás, contra todos, el punto dándole vuelta el partido al candidato, para que se cumpla la profecía y el Pelado festeje con su papá, la Bruja, en cancha, un abrazo de una decena de estrellas.
 
Lo que siguió es historia: el partido en el Mineirao es una de las grandes gestas mundiales del fútbol, le pese a quien le pese, así como también la dolorosa final ante el Barcelona y el campeonato rastrojero. Y la historia también recordará con amor tu última etapa, la pedagógica, la cabeza y las espaldas de una necesaria renovación, el puntal para que los chicos crezcan, el que con cada pique de cincuenta metros, con cada partido infiltrado, los obliga a dejar de remolonear, aturdidos por sus nuevos sueldos y sus nuevos autos, los obliga a correr y meter porque así es Estudiantes.
 
Pero la historia está en los libros. Antes de la historia, hubo un acto, secreto, imperceptible: la refundación de la fe, el renacimiento de la mística, la invitación a creer en que todo se puede y, más que nada, el desafío de intentar ser tan grandes como obliga el legado de las generaciones pasadas. Eso fue Verón para Estudiantes: el jugador más preponderante de la historia del club porque, cuando ya todos, incluso nosotros, creían que aquellas noches coperas habían sido accidentales, generacionales, vino un tipo, dejando de lado fastuosos dineros, para enseñarnos que no, que la herencia sigue viva, que Estudiantes es una esencia inexplicable de gloria que se transmite de generación en generación.

martes, 15 de abril de 2014

Causas y azares

Las dos fechas que se jugaron pegaditas implicaron el paso entre la primera mitad del torneo y la segunda. Buen momento para ensayar un balance, parcial, incompleto, pero que busca salir del análisis ciclotímico, esquizo, del partido a partido: una costumbre del hinchismo que a menudo genera histeria y visión túnel.

Y al apuntar al gran panorama, lo que queda fuera del análisis es, por ejemplo, la labor de la defensa en el alocado 3-3 vs. Racing: si bien ha sido un puntal del ciclo Pellegrino (contrario a lo que prejuician quienes lo acusan de “europeo”) también ha repetido algunas de sus fallas, particularmente la marca en la pelota parada (desordenada y apuntalada por las individualidades) y la transición ataque-defensa. Aparentemente superado durante 10 fechas, este último problema reapareció por una noche, en el Cilindro de Avellaneda: Estudiantes marcó demasiado adelantado, sus laterales ya volantes y Desábato y Schunke para trabajar contra tres “rapiditos” cada vez que se perdía la pelota.

Pero en líneas generales el elenco pincharrata ha mostrado una cara mucho más sólida que la del torneo pasado. La gran deuda sigue siendo el gol, siendo que el arco de Rulli parece protegido y que Estudiantes no sólo tiene la pelota y busca los espacios, sino que sabe a lo que juega y, más importante, cree en ello. Tras la pretemporada, el cambio de actitud en la cancha ha sido notable, muestra de un entendimiento más profundo de lo pretendido por Pellegrino.

Y sin embargo, a pesar de disponer de la pelota casi siempre, Estudiantes sigue siendo algo inofensivo. Ya no se ve el equipo por momentos abúlico de tanto tocar, pero sí aparece, sobre todo cuando el rival se cierra, un conjunto sin demasiadas alternativas en ataque. El gol pasa habitualmente por asistir a los delanteros: de sus 10 tantos a favor, 8 los marcaron delanteros (cinco de Carrillo, uno para Olivera, Rodríguez y Jara) y uno fue en contra. Apenas un gol tienen entre los cuatro defensores y los cuatro mediocampistas pincharratas: Román Martínez a Belgrano, con algo de suerte pero gracias a la habitual vocación del volante a pisar el área.

Allí, el argumento principal para sostenerlo en el equipo aún por sobre Rodríguez, que ya varias veces ha pedido cancha con sus actuaciones. El equipo necesita de ambos: la vocación de Martínez para el gol y la facilidad de Rodríguez (también de Correa) para quebrar las defensas, sin dudas el gran debe del ataque de Estudiantes, predecible y por lo tanto fácil de controlar. La acusación principal del hincha remite a este exceso de prolijidad, que seguramente tiene que ver un poco con cierta mecanicidad dictada desde el banco, y otro tanto por la juvenilia tímida que puebla el once inicial y a la que le cuesta la rebeldía.

A pesar del toque y desmarque constante en tres cuartos de cancha, entonces, Estudiantes termina las jugadas siempre del mismo modo: centraliza demasiado sus goles. Una dependencia curiosa, si se tiene en cuenta lo duro que ha sido el post-Duvan para el club. La venta fue necesaria y aún hoy el Pincha paga deudas con las cuotas que llegan desde Italia, oxígeno transmutado alquímicamente en euros. Pero su partida implicó una desjerarquización notable, reflejada en el hecho de que, cuando Guido Carrillo marcó su tercer tanto en este torneo, recién entonces alcanzó al colombiano como goleador del ciclo Pellegrino.

El magdalenense empieza a acompañar sus enormes condiciones con el necesario gol de goleador. Lleva cinco en el torneo (segundo detrás de Zárate entre los artilleros) y aún cuando no tenga el instinto asesino de Zapata, su trabajo al servicio del equipo, el aguantarla, el hacer de salida, el pivotear, lo vuelven invaluable. La dupla que han montado con Franco Jara quizás ofrezca poco gol, pero le sobra sudor.

Hasta aquí las causas que explican el andar correcto del joven Estudiantes de Pellegrino, sus virtudes y su techo, y la sensación de grandeza no concretada (o por concretar, más bien). Pero el fútbol, en general analizado livianamente, es adicto a este tipo de narrativas explicativas sencillas que dejan de lado matices puntuales que cambian la ecuación. El azar, uno de ellos, ha influido particularmente en estos últimos encuentros para Estudiantes.

No es una palabra que le caiga bien al hincha. Después de todo, aquello que ha sido librado al azar merece castigar al equipo por no haberlo trabajado: la marca del club es la obsesión por no dejar detalle sin explorar. Pero con técnico y equipo jóvenes, algunas cosas, naturalmente, se escapan: los goles recibidos sobre la hora, una constante del ciclo, han llegado en las últimas jornadas básicamente por errores propios (Belgrano) y aciertos ajenos (Vélez, Racing), y se ha adjudicado a la incapacidad del piberío de cerrar los partidos. No puede negarse, sin embargo, la cuota de azar que envió los tiros de Correa y Campi adentro y no al satélite natural de este planeta Tierra, como es habitual.

Y solamente sin ese tanto del juvenil de Vélez, Estudiantes hoy tendría 20 unidades y sería escolta de Colón en lugar del equipo de Liniers. Ni hablar si uno de los mil tiros que ante Olimpo dieron en palos y trastes hubiese ido adentro. De nueve puntos, Estudiantes sacó tres, jugando bien y, sobre todo, buscando con coherenciaparadojas del fútbol argentino, el Estudiantes que sacó nueve de nueve en las primeras tres jornadas jugaba bastante menos que éste, y prueba de ello luego de aquellos tres encuentros se desinfló y recién pudo volver a la victoria en el clásico, en la octava fecha.

El fútbol criollo tiene estas cosas. El puntero arrancó el año inhibido por sus deudas, del primero al sexto hay tres puntos de distancia y nadie hace goles, y entonces las explicaciones se vuelven mucho menos potables, mucho más conjeturales. Pura teoría. El fútbol nuestro hoy se decide, no por el gran trabajo previo a los partidos sino por la falta de laburo y de jerarquía, en detalles que parecen casuales: el azar juega muchas veces un rol importante. En este panorama, Estudiantes trabaja y ambiciona otra cosa. La juventud de su plantel y DT,  la desjerarquización propia de la situación institucional, hacen que estos sueños queden aún en quimeras. Pero, al menos, tras varias temporadas de aspiraciones cortas de vista, el club en conjunto tiene una estrategia a largo plazo.