Para Solos contra todos
Todo mal. Uno sale del laburo, se toma un micrito para ir a ver al Pinchita, que va ultimo y juega con el ultimo un lunes a las siete de la tarde. Y uno llega a Quilmes y la policía lo hace volver hasta Berazategui, sin demasiados motivos para modificar la habitual uta mas que algun calculo mas realizado por los muchachos del operativo.
Llegas, te apretujas haciendo cola, pasas tres cacheos, te hace un gol del Rorro y esto acaba de empezar. Y entonces, para terminarla, te suspenden el partido porque hay 10 tarados que lo único que fueron a hacer fue suspender el partido para mostrar su poder. Quieren parte de la torta, quieren entradas, quieren que se levante el derecho de admisión. Se hacen pasar por hinchas, pero quedo demostrado ayer que les interesa mas lo propio que el club.
Toda la movida que hiciste para llegar a la cancha un lunes, y en 10 minutos ellos resuelven que te vayas. Encima, saltan y se te rien en la cara, regodeándose en lo hecho, vanagloriándose de su poder, burlándose de todo el estadio que se queda sin voz no por alentar sino por putearlos.
Y que hace la policía? La policía en el futbol sigue estando del alambrado para afuera. Mirando. Aunque los cientos de efectivos nunca ven nada, como las miles de cámaras. Por supuesto, la policía, contratada para garantizar la seguridad, no puede garantizarla ante una actitud “sorpresiva” , muy novedosa, como que diez tipos quieran suspender un partido tirando bombas de estruendo. Para que están, entonces? Para que se pagan operativos absolutamente inflados, con una cantidad de efectivos fastuosa (que además, son efectivos que no están en otros lugares), si 750 efectivos no pueden sino mirar como 10 tipos tiran bombas y suspenden un partido? Para que existe ese organismo absurdo, denominado CoProSeDe, en teoría creado para organizar la seguridad en los espectáculos deportivos? Resulta ya irrisorio que exista este organismo, que no trabaja con inteligencia previa, que nunca previene ninguno de los choques que se ven venir o situaciones absolutamente premeditadas como la que ayer ocurrió en Quilmes. Se trata de un organismo absolutamente nominal, careta, creado por los dirigentes de nuestro futbol y nuestra política para dar la sensación de que se trabaja en seguridad.
Los operativos del CoProSeDe
Pero todo es una mentira. Los operativos del CoProSeDe son todos iguales: muchos efectivos controlando la nada misma, haciendo mil y un cacheos, empujando y toreando al hincha comun, familiero, que deja encendedores y paraguas en la puerta. Mientras, las policías regionales, y el propio organismo de seguridad deportiva (todos recordamos el balazo al uruguayo que conto con la complicidad de Ruben Perez, el director del CoProSeDe, quien ordeno que se abrieran las puertas para que la barra fuera a realizar el ataque), están en general entongados con las barras. Entonces, mientras el hincha comun sufre “el operativo”, que no es sino una fachada para la televisión, los barras pasan caminando, tranquilos, sin hacer cola, sin hacer cacheos. Con armas, con fuegos artificiales, palos, con lo que sea.
El CoProSeDe es una entidad absolutamente podrida, que vive de cobrar operativos innecesariamente caros y que nunca previene ninguna de las tragedias que, ahora, vienen ocurriendo cada vez con mas frecuencia. El nombre del juego es platita, y nadie quiere quedarse afuera, ni siquiera estos barras que han pactado con el organismo para controlarse y controlar a los demás. Los barras son como patovicas empleados por el CoProSeDe, que, como los patovicas, de vez en cuando piden permiso al jefe para empezar alguna tangana. Y entonces, la comisaria del lugar o directamente el CoProSeDe liberan la zona y se arma en serio. A Estudiantes le sucedió en un partido con All Boys del año pasado, y también en aquel partido mencionado con Nacional. Pero sucede todo el tiempo en el fútbol argentino. Los lazos entre barras, policía y CoProSeDe, y la complicidad de estos en numerosos hechos de violencia mafiosa, son irrefutables y muy íntimos. El CoProSeDe no hace su trabajo de garantizar la seguridad, aunque mediante la fachada de seguridad convierte a los clubes en rehenes de sus estrafalarios e inflexibles pedidos de guita. Y para colmo, el organismo de Perez, demasiado sospechado, agudiza esa sensación que tenemos cada vez más los hinchas, de ser rehenes de unos pocos que hacen lo que se les da la gana, impunemente.
La reacción
Hace rato que está cansado el hincha de Estudiantes. Enorgullece su reacción, su indignación. También la de los jugadores, que pusieron la cara, que no se desentendieron, que incluso se pelearon con la mafia barra. La línea que camina el club es clara y muy loable, pero como dijo el presidente Lombardi, es imposible no pagar por la determinación de cortar los recursos a la barra si no hay resoluciones de fondo en el futbol. Porque el problema es mucho mayor, y viene de arrastre: a las barras las dejaron crecer, mirando para otro lado, sin lidiar nunca de frente con el tema, como ayer hiciera el corajudo Verón, a quien extrañaremos profundamente.
Y entonces cual es la solución? La solución verdadera no puede nunca provenir del club, dado que como hemos descripto las barras trabajan con la venia de la policía y el CoProSeDe, y hasta que no se termine esta sociedad nefasta nada podrá hacerse verdaderamente más que tomar medidas-parche. Pero algo se podría esbozar más allá de las saludables medidas de negar entradas y admisión a los barrabravas, como por ejemplo contratar seguridad privada que trabaje independientemente de la policía de los mil cacheos que nunca para al tipo que lleva el arma. No mucho más, en verdad. Mientras tanto, no quedará otra que retrasarse siempre que uno va a la cancha, mirando impotente la parodia de operativo policial que te lleva por el camino más largo, te para, te revisa el micro y después pasa lo que pasó ayer. No quedará otra que resistir la voluntad del CoProSeDe, siempre poniendo partidos en horarios absurdos, no quedará otra que resistir el manoseo, las colas, la violencia innecesaria contra el pobre tipo que deja todo para ver al Pincha. Y no quedará otra que seguir aguantando estoicamente a estos hijos de puta que, mientras tanto, pasan tranquilos con un arsenal bombas y te suspenden el partido porque no les dan sus entradas.
martes, 22 de noviembre de 2011
Impotencia en el reino del terror
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jueves, 17 de noviembre de 2011
La última de Pires
Para Solos Contra Todos
¿Qué esperábamos? La movida que muchos celebramos, también la supimos podrida. Y fue, nada más y nada menos, la movida que le dio poder a ese sujeto que se llama Miguel Pires, que nadie sabe bien que hace en el club.
¿Qué esperábamos? La movida que muchos celebramos, también la supimos podrida. Y fue, nada más y nada menos, la movida que le dio poder a ese sujeto que se llama Miguel Pires, que nadie sabe bien que hace en el club.
Pires ha traído varios buenos jugadores al club, es innegable. También ha hecho lo suyo para que otros no lleguen, favoreciendo así a sus representados: bajó de lo Pillud por Mercado, trabó lo de Licht, y se le dan méritos por tantos negociados turbios que uno no quiere decir más para no meter la pata. En tanto la relación sea meramente comercial, estará en Estudiantes no caer en las tretas de un tipo que, lógicamente, quiere ganarse el mango.
Pero cuando hace un año trajo a la Gata al club sin que tuviéramos que poner un peso, nadie dijo demasiado. Era evidente que estamos participando de una movida rara. El deseo del jugador debe ser respetado, desde ya: la Gata la pasaba mal en México y quería pegar la vuelta, y la burocracia del fútbol no debería ofrecer tanta traba. Después de todo, hecha la ley, hecha la trampa: las legislaciones de FIFA obligan que tras una rescisión el jugador debe esperar hasta el mercado de pases siguiente para integrarse a un equipo, pero de la mano de Pires, la Gata lo hizo inmediatamente. Los dirigentes de Estudiantes, en lugar de entablar una conversación con sus pares de Tigres, palmearon en la espalda al turbio mercader. Le debían un gran favor, de esos que no se olvidan. Pires había metido el pie en la puerta.
Desde entonces, Pires se integró al equipo de decisiones de Estudiantes. Presionó más allá de lo que deberían haberlo dejado, pero con la venia de Verón (hoy, dicen, algo arrepentido) y tras la muestra de amistad mostrada en el caso de la Gata, probablemente se haya vuelto poderoso naturalmente. Su twitter refleja descaradamente esta situación, insultando a varios dirigentes que lo cuestionan, e insiste desde esa plataforma constantemente en remarcar la deuda que tiene el club con él, que, dice, trae negocios de primera, expeditivos, a la institución. Varios de estos negocios de primera han resultado verdaderas pesadillas: hoy, por ejemplo, Nelson Benítez, pagado en euros, está colgado y tiene contrato por dos años más. Un invendible. De los que llegaron este semestre, José Luis Fernández, también prestado con dinero europeo, está ya marginado. La mayoría de los once refuerzos de este semestre llevan su rúbrica como representante o intermediario, en un fabuloso negocio en el que algún alto dirigente, sabiéndose de salida, ha hecho también un gran negocio con porcentajes de venta y alguna coima.
Y de pronto, en medio de un presente desolador al que nos hemos acostumbrado, surge el temita de la Gata. Cuatro meses parado, más 600.000 dólares. Y no faltará un boludo que diga que lo pagamos barato. Es cierto, el valor de Fernández es mucho mayor (Tigres pedía 1.200.000), más allá de que el jugador se depreciará con su inactividad de cuatro meses. El tema pasa por otro lado: Estudiantes pagó la llegada de la Gata con un favor adeudado a Pires, quien exprimió el favor hasta las últimas consecuencias. Mientras tanto, el supuesto favor volvió como un muerto vivo para morder a Estudiantes en el culo. Pero ¿qué podía esperarse? ¿No era evidente que esto iba a pasar? ¿O por un momento imaginamos que éramos los más vivos de la cuadra?
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jueves, 10 de noviembre de 2011
Se enciende una alarma
Para Solos Contra Todos
Ha transcurrido un tiempo prudencial para que el amor (por un tipo del club, en el que uno depositaba sus esperanzas) y del fracaso (de su ciclo, al que no le cabe otro adjetivo) no distorsionen el necesario balance que debe hacerse de este fin de ciclo de Russo, que tiene olor a cierre de una era.
El ciclo culminó como uno desea, con claridad y caballerosidad de ambas partes, pero la sentencia de Russo en su despedida sonó fuerte y clara: Estudiantes necesita terminar con su ansiedad de conseguir resultados en el corto plazo. “Ansiedad” fue el término utilizado acertadamente por Miguel: Estudiantes perdió la memoria como institución, y lo que supo ser cantera y apuesta al largo plazo hoy es improvisación en todo sentido. ¿Cuál es la política de Estudiantes, de su comisión anterior y de ésta? ¿Gastar poco, porque el club no cuenta con recursos? ¿O contratar once tipos a préstamo, vaciando virtualmente al club de dinero y patrimonio? La decisión de contratar a Martino (hoy caída) parecía ir en esta vía contradictoria de bajar el billete que hiciera falta con tal de intentar campeonar, sobre todo tras las clarísimas declaraciones de Lombardi aludiendo a la situación económica y el necesario desacelere que precisan las arcas del club.
De todas maneras, el pronóstico de Russo suena un tanto hipócrita: su apuesta fue claramente cortoplacista, su deseo era ganar el torneo o la copa y fue él quien orquestó, con los dirigentes salientes y quizás algún empresario involucrado donde no debe, la extraordinaria erogación de dinero que realizó Estudiantes para contratar nada menos que once tipos (cuando Filipas y Russo habían acordado en seis). El balance de 2011, que se inició con el comando deslucido de Berizzo y contó con un momento de lucidez, aquel interinato de Suárez con los pibes preparándose para jugar el semestre siguiente, se adelanta entonces naturalmente: fue un año donde hubo una política horrible de incorporaciones, en el cual Estudiantes se pareció a San Lorenzo e Independiente, eternamente cambiando medio plantel, sin ningún tipo de plan a largo plazo y cada vez más vaciado por los “intermediarios” que hacen negocios a través del club. En otras palabras, a Estudiantes le ofrecieron negocios supuestamente maravillosos y mientras los intermediarios se llevaban su tajada, Estudiantes vaciaba sus arcas para traer tipos por seis meses, a veces lesionados, a veces sin fútbol, a veces gordos. Los ejemplos sobran.
No se trata de minimizar las causas futbolísticas detrás de la debacle del ciclo Russo: está claro que el equipo debería estar más arriba por nombres propios, más allá de quienes se lesionaron o no rindieron como prometieron. Pero Russo nunca encontró un equipo, cambió constantemente a los jugadores y desmoralizó con sus pruebas a medio plantel. Equivocó cambios, marginó jugadores importantes como la Gata o Benítez solo para dar lugar a quienes había traído él, y se suicidó siempre defensivamente a cambio de un premio ofensivo generalmente nulo. Los jugadores, desconcentrados, probablemente sin demasiadas ganas de jugarse la vida para salvarle el pellejo (notable lo de Benítez en el último partido: pretender que un jugador sistemáticamente marginado de los once te salve las papas era ridículo desde la previa), se mandaron las mil y una y siempre hubo que remar contra la corriente. Son ídolos de la institución, pero con Verón alejado y un tanto cansado, se nota un vacío de liderazgo que alguien deberá asumir. Por otro lado, es común que en los finales de ciclo los jugadores grandes quieran ser más caudillos que líderes, quieran mandar antes que dar el ejemplo, y una coexistencia armónica y voraz como aquella del plantel del 2009 resulta prácticamente inconseguible. Pasan los años, para todos, desgastan, agotan.
Se termina un ciclo raro, corto, absolutamente descorazonador y que plantea muchas interrogantes profundas acerca de la actualidad de este plantel, de las políticas económicas de la comisión entrante y del proyecto a largo plazo. La única certeza que parece haber quedado, en esta maraña donde uno no sabe bien quien va a jugar el año que viene y, sobre todo, quien merece jugar, mucho menos quien va a dirigir, es que para estar últimos, Estudiantes podría haber comenzado ya la transición profunda necesaria como el agua. Que los pibes jueguen con Verón, que Desábato le marque el camino a Sarulyte, que Braña cague a pedos a Auzqui y Hoyos, que Boselli le enseñe algunos trucos a Carrillo. Y que finalmente Estudiantes recupere su cantera y, de la mano de los pibes, gaste menos y venda más. Un camino lógico, clarísimo, hacia una refundación que se impone.
A Estudiantes todo le cuesta doble. El éxito parece haberlo confundido, parece haberle hecho seguir pasos atolondrados en intentos vanos por conseguir éxitos rápidos, en lugar de apostar, como marca su historia, a procesos largos y coherentes. El 2011 es la alarma que necesitaba este Estudiantes menemista, al borde del vaciado institucional, para volver a cuidar esa línea tan pincharrata para alcanzar la gloria. Estudiantes necesita, de cara al 2012, un proyecto no sólo deportivo, como pedirá el hincha y el periodismo con su ansiedad desmemoriada, sino un proyecto integral, sostenido en el largo plazo más allá de los nombres propios.
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lunes, 7 de noviembre de 2011
Contraculturalidad
Fue agotador escuchar esta semana hablar de los dos entrenadores más políticamente correctos en el fútbol. Hablamos, claro, de Guardiola y Bielsa, quien se enfrentaban por primera vez al comando de sus respectivos equipos, el colectivo superhéroe del Barcelona y los orgullosos vascos del Athletic Bilbao. La prensa se hizo un festín elogiando a quienes contra la corriente del fútbol supuestamente moderno y aburrido defienden la pelota. Los DTs se encargaron de fogonear esta andanada de prensa bienpensante y elogiosa, al elogiarse mutuamente jugando en el límite entre la cortesía y la exageración. “Bielsa es un entrenador distinto a todos. Admiro su valentía para ir a ganar todos los partidos, entrene un equipo peor, más grande o más pequeño”, dijo Guardiola para que los babosos anotaran felices de oir las palabras que tanto querían oir. Bielsa, más locuaz y articulado a la hora de hablar, fue más allá: “Los medios y las herramientas que utiliza son contraculturales y revolucionarias dentro del fútbol contemporáneo. Este Barcelona es especial no por los resultados ni por su sistema táctico. En una época como la actual en la que los números son emblema, Barcelona emite mensajes de mayor consistencia que van a perdurar en la memoria de los que queremos al fútbol por la manera en que ha decidido atacar y defender”.
Está bien, le damos la derecha a Marcelo en un par de cuestiones. Barcelona es, efectivamente, un equipo que juega para la historia, que da la sensación de “fin del fútbol”. Su fútbol se lo han apropiado los liricistas, pero tiene mucho de sistemático y también una intensidad sin pelota que requiere de una preparación física superlativa. El tiempo de posesión le da aire a un equipo que, sin pelota, se parece bastante a los de Marcelo Bielsa, una tromba de presión hacia delante. Todo nace con Cruyff y la escuela del Ajax, dirán algunos, pero no hay que olvidar que la mezcla naranja mucho tiene de los esquemas de Helenio Herrera y el Estudiantes de Zubeldía, al que se acusaba de hacer trampa, simplemente, por marcar sin tregua. Sí, la presión en Argentina es marca registrada de los muchachos del antifútbol.
No entremos en terrenos pantanosos, porque está claro a esta altura de la existencia de este blog que no creemos en el discurso ficticio que divide al fútbol del antifútbol, a la defensa del ataque y no se cuantas otras mentiras. Tampoco lo creen Guardiola, sin dudas, y Bielsa, quien de tanto en tanto se confunde y cree que suicidarse en defensa para atacar es valiente. La historia de siempre: los periodistas compran, los espectadores también, y todos vitorean el partido de ida y vuelta que propuso el Bilbao de Bielsa. Eso, al parecer, es fútbol.
Comencemos por separar las aguas: si los muchachos de Bielsa no creyeran en él, no hubiesen corrido como corrieron. El sistema de Bielsa, que recuerda al sistema que Paul Westhead utilizara en básquet, no permite parar. La intensidad que transmiten sus jugadores, envalentonados, los convierte en un temible oponente. “Jugamos contra bestias”, dijo Guardiola tras el empate en 2 que protagonizaron en la Catedral ambos equipos. Sin jugar así, es probable que un equipo modesto como el Bilbao jamás hubiera llegado a estar cerca de ganarle al Barcelona.
Sin embargo, no puede soslayarse que en el minuto 79, a diez del final, el Athletic convirtió el tanto que debió ser el de la victoria. Pero ningún equipo de Bielsa comprenderá jamás que aguantar un resultado no es cobardía, como a menudo no es valentía, sino imprudencia, ir siempre para adelante. En efecto, algo olvidado por las entusiastas crónicas del día después, el Bilbao tenía todo para ganarlo y lo dejó escapar, por no amucharse atrás. Lo que hubiera sido una victoria increíble se convirtió en un empate numéricamente insignificante.
¿Y por qué entonces se fue tan contento Bielsa, y también los vascos? Naturalmente, en primera instancia, porque sacarle dos puntitos al Barsa, aunque sea en casa propia, es una verdadera proeza en este fútbol absolutamente polarizado donde todo se reduce a dos equipos. Pero, en segundo lugar, el sentimiento de bienestar se debe a las palmadas en la espalda recibidas por medios y por los propios rivales, quien no pararon de elogiar a los albirrojos. Entonces, el equipo vasco durmió tranquilo y feliz, reconfortado en la aprobación de los demás. “Bielsa también fue contracultural”, escribió Claudio Mauri en relación al planteo del Bilbao. En la nota, el periodista desarrolla brevemente un concepto interesante: efectivamente, el planteo de Bielsa no es el que acostumbra a resolver el Barcelona, que tuvo que traspirar. Pero esta inusualidad dista de ser contracultural: ya la han practicado, por caso, el Manchester o el Arsenal contra el Barcelona, cuando pudieron. Los resultados han sido idénticos o peores a los de Mourinho, a quien el autor de la nota muestra como un empedernido loser frente a los catalanes, cuando es en verdad el único contracultural en este lío, bancando las opiniones contrarias hasta de su propia prensa partidaria por sus planteos, que sin embargo son los que mejor han funcionado contra el invencible equipo blaugrana.
Y he aquí el quid del asunto: ¿por qué no aguantan atrás los equipos de Bielsa, cuando todo indica que deben hacerlo? La respuesta es, sencillamente, porque queda mal. El mundo ve con feos ojos el arte de la defensa, y Bielsa necesita que los medios le recuerden que el es un hombre de principios, que morirá con la suya.
Pero esta postura, que en otros ámbitos sería considerada necia e ingenua, es lo que convierte, finalmente, a Bielsa en un técnico que, a pesar de su probada capacidad y su conocimiento vasto, nunca alcanza el verdadero batacazo. Su sistema no propone real peligro al status quo, no es verdaderamente rupturalista, verdaderamente valiente, sino valiente para las cámaras de televisión. Es cierto que desde aquí es simple juzgar, pero siempre hemos tenido en claro que dar espectáculo no es un deber moral sino que es una imposición televisiva, que necesita goles y emociones para atraer inversores y justificar la plata gastada año tras año en los derechos. Creer en el deber moral de dar un espectáculo no se cansa de traicionar a Bielsa, que siempre termina cayendo de la misma manera, “con honor” pero con poca inteligencia para manejar el resultado. El valor espectáculo no es un valor deportivo, mucho menos moral; es un valor televisivo, económico, impuesto por quienes ponen la plata y entonces intentan distorsionar los discursos y las acciones del fútbol para atraer televidentes y anunciantes. Los mismos que quisieron agrandar los arcos y que, mundial tras mundial, imponen pelotas más ingobernables para que haya más goles.
Está bien, le damos la derecha a Marcelo en un par de cuestiones. Barcelona es, efectivamente, un equipo que juega para la historia, que da la sensación de “fin del fútbol”. Su fútbol se lo han apropiado los liricistas, pero tiene mucho de sistemático y también una intensidad sin pelota que requiere de una preparación física superlativa. El tiempo de posesión le da aire a un equipo que, sin pelota, se parece bastante a los de Marcelo Bielsa, una tromba de presión hacia delante. Todo nace con Cruyff y la escuela del Ajax, dirán algunos, pero no hay que olvidar que la mezcla naranja mucho tiene de los esquemas de Helenio Herrera y el Estudiantes de Zubeldía, al que se acusaba de hacer trampa, simplemente, por marcar sin tregua. Sí, la presión en Argentina es marca registrada de los muchachos del antifútbol.
No entremos en terrenos pantanosos, porque está claro a esta altura de la existencia de este blog que no creemos en el discurso ficticio que divide al fútbol del antifútbol, a la defensa del ataque y no se cuantas otras mentiras. Tampoco lo creen Guardiola, sin dudas, y Bielsa, quien de tanto en tanto se confunde y cree que suicidarse en defensa para atacar es valiente. La historia de siempre: los periodistas compran, los espectadores también, y todos vitorean el partido de ida y vuelta que propuso el Bilbao de Bielsa. Eso, al parecer, es fútbol.
Comencemos por separar las aguas: si los muchachos de Bielsa no creyeran en él, no hubiesen corrido como corrieron. El sistema de Bielsa, que recuerda al sistema que Paul Westhead utilizara en básquet, no permite parar. La intensidad que transmiten sus jugadores, envalentonados, los convierte en un temible oponente. “Jugamos contra bestias”, dijo Guardiola tras el empate en 2 que protagonizaron en la Catedral ambos equipos. Sin jugar así, es probable que un equipo modesto como el Bilbao jamás hubiera llegado a estar cerca de ganarle al Barcelona.
Sin embargo, no puede soslayarse que en el minuto 79, a diez del final, el Athletic convirtió el tanto que debió ser el de la victoria. Pero ningún equipo de Bielsa comprenderá jamás que aguantar un resultado no es cobardía, como a menudo no es valentía, sino imprudencia, ir siempre para adelante. En efecto, algo olvidado por las entusiastas crónicas del día después, el Bilbao tenía todo para ganarlo y lo dejó escapar, por no amucharse atrás. Lo que hubiera sido una victoria increíble se convirtió en un empate numéricamente insignificante.
¿Y por qué entonces se fue tan contento Bielsa, y también los vascos? Naturalmente, en primera instancia, porque sacarle dos puntitos al Barsa, aunque sea en casa propia, es una verdadera proeza en este fútbol absolutamente polarizado donde todo se reduce a dos equipos. Pero, en segundo lugar, el sentimiento de bienestar se debe a las palmadas en la espalda recibidas por medios y por los propios rivales, quien no pararon de elogiar a los albirrojos. Entonces, el equipo vasco durmió tranquilo y feliz, reconfortado en la aprobación de los demás. “Bielsa también fue contracultural”, escribió Claudio Mauri en relación al planteo del Bilbao. En la nota, el periodista desarrolla brevemente un concepto interesante: efectivamente, el planteo de Bielsa no es el que acostumbra a resolver el Barcelona, que tuvo que traspirar. Pero esta inusualidad dista de ser contracultural: ya la han practicado, por caso, el Manchester o el Arsenal contra el Barcelona, cuando pudieron. Los resultados han sido idénticos o peores a los de Mourinho, a quien el autor de la nota muestra como un empedernido loser frente a los catalanes, cuando es en verdad el único contracultural en este lío, bancando las opiniones contrarias hasta de su propia prensa partidaria por sus planteos, que sin embargo son los que mejor han funcionado contra el invencible equipo blaugrana.
Y he aquí el quid del asunto: ¿por qué no aguantan atrás los equipos de Bielsa, cuando todo indica que deben hacerlo? La respuesta es, sencillamente, porque queda mal. El mundo ve con feos ojos el arte de la defensa, y Bielsa necesita que los medios le recuerden que el es un hombre de principios, que morirá con la suya.
Pero esta postura, que en otros ámbitos sería considerada necia e ingenua, es lo que convierte, finalmente, a Bielsa en un técnico que, a pesar de su probada capacidad y su conocimiento vasto, nunca alcanza el verdadero batacazo. Su sistema no propone real peligro al status quo, no es verdaderamente rupturalista, verdaderamente valiente, sino valiente para las cámaras de televisión. Es cierto que desde aquí es simple juzgar, pero siempre hemos tenido en claro que dar espectáculo no es un deber moral sino que es una imposición televisiva, que necesita goles y emociones para atraer inversores y justificar la plata gastada año tras año en los derechos. Creer en el deber moral de dar un espectáculo no se cansa de traicionar a Bielsa, que siempre termina cayendo de la misma manera, “con honor” pero con poca inteligencia para manejar el resultado. El valor espectáculo no es un valor deportivo, mucho menos moral; es un valor televisivo, económico, impuesto por quienes ponen la plata y entonces intentan distorsionar los discursos y las acciones del fútbol para atraer televidentes y anunciantes. Los mismos que quisieron agrandar los arcos y que, mundial tras mundial, imponen pelotas más ingobernables para que haya más goles.
Contra el "que se vayan todos"
Para Solos Contra Todos
Y se fue Berizzo, que hoy reaparece en los programas de TV y radiales, convocado por un sector del periodismo que algo de malintencionado tiene: llamarlo hoy que Estudiantes está último en la tabla constituye una especie de mojada de oreja a la decisión de echar al Toto, de considerarlo único culpable, cáncer necesitado de extirpación para volver a la salud.
Y algo de cierto hay en este juego periodístico, puesto que Estudiantes cortó a un entrenador en definitiva sustancialmente opuesto a aquello considerado con ambigüedad la escuela pincharrata, y más puntualmente al estilo que había fijado en sus alumnos Don Alejandro Sabella. Hoy Toto habla por tevé resaltando que según su modo de ver las cosas, el equipo debe adaptarse a las necesidades del DT y no al revés, defendiendo por elevación su intento de cambiar la fisonomía de un equipo funcional, con todas las quejas y choques que aquello provocó.
Y en su lugar realizó Estudiantes una apuesta fuerte desde lo económico, pero absolutamente coherente desde lo futbolístico: trajo a Miguel Angel Russo, un hombre absolutamente probado, ganador, inteligente, de sangre albirroja pura y varias páginas de gloria en la historia pincha. Pero Estudiantes sigue penando, y anda ahora peor que con aquel timorato, vueltero comando de Berizzo, que nunca terminó de decidir un rumbo. Quizás le faltó tiempo, pero el fútbol, como cualquier trabajo remunerado como el deporte profesional y con tanto en juego, depende lógicamente de los resultados.
Lo que se vuelve indisimulable en este enroque es sin dudas que no es sólo la cabeza del equipo la culpable de este 2011 nefasto. El análisis siguiente que realiza el gritón de radio es que los jugadores no ponen huevo, son crotos, etc. Este análisis, equivalente al famoso “que se vayan todos” que se corea en las tribunas y se llegó a corear en ámbitos políticos, no sirve en absoluto. Ningunear a los campeones de esta generación es no sólo una falta de respeto; además carece absolutamente de realidad. Lo cierto es que hay jugadores clave, de esos que uno espera que tripulen en la tormenta, con niveles bajos, rendimientos verdaderamente sorprendentes, a los que se suman los nuevos, que desconcertados por una realidad distinta a la que imaginaban y faltos de fútbol, no han mostrado demasiado. Y tampoco negaremos que por momentos, desde afuera, ha dado la sensación de que liderazgo se ha confundido con caudillismo, un hecho que sucede con todo ciclo glorioso a medida que se aproxima a su fin: los grandes que exigen respeto, los nuevos y su frescura irrespetuosa, los técnicos atrapados entre imponer su plan y sus jugadores, y el plan y los jugadores de los líderes…
Si Berizzo por momentos permitió que le armen el equipo, de Russo no puede decirse lo mismo: mandó al banco a la Gata, un preferido del público y de los referentes, por varios partidos, y hoy juega pero sale siempre; tampoco tuvo problemas en darle banco a un histórico como Boselli en el partido contra Racing, donde, contrario al pensamiento generalizado, considero que se hizo un planteo correcto con un hombre menos y que el cambio de Boselli tenía sentido por el gran recorrido que le da al equipo el Rayo Fernández, vs. un Mauro notablemente mufado y desgastado. Algo de lo que pretende Russo comienza lentamente, muy lentamente, a verse en la cancha, aunque también es evidente que no termina de haber feeling con el plantel, y que en definitiva eso marca la diferencia entre un equipo que juega convencido y uno que hace el trabajo que le indican.
Uno imaginaba un par de victorias que ayudaran a convencer, pero ya nos encontramos en la fecha catorce, últimos, y las probabilidades indican que, salvo una seguidilla de victorias improbables, el DT dejará su cargo en diciembre, dejando un legado de unos diez jugadores a préstamo traídos por él, varios inutilizables, una economía que no permite realizar incorporaciones para suplantar las incorporaciones fallidas y una nula promoción de juveniles. Hoy el plantel de Estudiantes tiene poco material propio, por lo cual la situación pos-junio es todavía más alarmante: sin Verón, sin Boselli, sin Cellay, sin Coria, y con otros probables éxodos, Estudiantes se enfrentará con un vacío en su plantel impensado hace un año atrás. Jugará con un equipo que mezclará los últimos partidos de los históricos que sobrevivan, con las primeras armas de los chiquitos que han sobrevivido este año y medio a pura incorporación, a puro tapón a los jugadores de inferiores. Algo, algo más profundo que un técnico o que un grupo de jugadores, se hizo mal.
En el medio de los ciclos de Berizzo y Russo hubo un momento de lucidez: el interinato de Luis Suárez permitió que algunos pibes demuestren que son igual o más que muchos refuerzos que se acercaban al club tras un esfuerzo económico que terminó colocando al club en una situación de desacelere forzado, y no estratégico. Porque en aquel entonces parecía el plan más sensato: dedicar el último año en cancha de Verón a la formación de los líderes del futuro, que son también apuestas económicas. Sin embargo, aquel plan se desvaneció en el medio de un mercado de pases demasiado osado para una comisión que salía: contratar un DT del calibre de Russo y traer los once refuerzos que llegaron a apenas un par de meses del fin de su mandato es sin lugar a dudas una locura, desde la coherencia de los proyectos pero sobre todo desde lo económico. Esta comisión pasará buena parte de su mandato tapando los agujeros dejados por un mes de caprichos dirigenciales, caprichos que le negaron al DT campeón de América tantas veces que dio el portazo que hoy se lamenta más que nunca.
Hoy, entonces, Estudiantes se ve forzado a desacelerar su rumbo. El mercado de pases de verano verá partir a muchos y llegar a pocos. Sin Verón y quizás con nuevo técnico, el tema del liderazgo en un momento tan caliente resulta una interrogante mayúscula. Hay que tomar conciencia de estas realidad y bancar el inicio de un nuevo ciclo. Pero sobre todo hay que aprender: Estudiantes necesita un proyecto de fondo, un proyecto institucional antes que deportivo. El espasmódico y menemista modo de contratar, a puro préstamo, que ha caracterizado a la institución en este último tiempo, es propia de equipos como San Lorenzo, que campeonato tras campeonato pretenden romper el mercado gastando euros en traer jugadores por unos meses, siempre en mal estado y sin compromiso, para terminar endeudándose ante la falta de éxitos y convertirse, en definitiva, en clubes encubiertamente manejados por capitales privados.
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miércoles, 12 de octubre de 2011
El boxeador
Por Fabián Casas
martes, 4 de octubre de 2011
¿Qué pasa con Estudiantes?
Para Solos Contra Todos
Esa es la pregunta que surge hoy en la mente de cada pincharrata. Algunos la reprimen, evitan la charla futbolera, se resignan a resistir en silencio estos momentos impensados meses atrás, evitan pensar siquiera en los problemas del presente, y cada vez que el presente irrumpe inevitable se distraen con pavadas. Otros no pueden evitar hablar del mundo del fútbol, porque por algo el mundo es redondo como una pelota (bueno, es medio una pelota de rugby, pero eso no viene al caso): se concentran entonces en las penurias de nuestros primos o esos odiosos millonarios que se creen todavía los dueños de todo, para que nuestro querido deporte no se vuelva deprimente hasta transformarse en tópico prohibido. Son estrategias para lidiar con el orgullo mancillado. El tercer estereotipo (después de todo, cualquier obsesivo del fútbol ejecuta una mezcla caprichosa e inconstante de estos procedimientos evasivos) es aquel que intenta buscar la explicación. Algunos se conforman con una explicación simplista, otros buscan una compleja, hecha de secretos y rumores: de cualquier manera se trata de ficciones creadas para dar sentido al caos.
Por supuesto que esta tercer estrategia será el enfoque: quienes nos llamamos a nosotros mismos con cierta arrogancia “escritores” (raza poco professional, poco trabajadora y, en verdad, incomprobable) vivimos justamente creando ficciones buscando aliviar y aclarar y acallar. Aunque muchas veces este trabajo ocurra en el universo mental y no en el papel, procedemos siempre de modo racionalizador, ordenador.
Por ende, tras esta larga y autoindulgente introducción, tratemos de desentrañar que le ocurre a nuestro querido club. Hoy lo que pareció ser una demostración de orgullo, de fuerza, de pincharratez rebelde a la adversidad, la semilla para empezar de nuevo (nos referimos a la épica victoria contra Argentinos) ya quedó en el pasado, catalogada como uno de esos partidos memorables en las épocas de mediocridad que vivimos hoy como si se tratara de un sueño extraño donde nos fuerzan a revivir un pasado superado. Argentinos es un equipo pésimo, al cual Estudiantes le permitió marcar tres goles. Luego llegaron Boca y Belgrano, derrotas una vez más, y de modo cada vez más preocupante, autoinducidas por un equipo acostumbrado a perder y sabotearse. Ayer se conformó con un empate ante un equipo perdido, puteado y entregado. Una vez más tuvo todo para ganarlo y no sólo no supo manejar el pleito lejos del experto cerrador de matches que fuera antaño: y otra vez hubo que asistir a un gol del rival convertido tras un error infantil. Lleva apenas seis puntos en 10 partidos, no despega del fondo y dilapida su abultado promedio sin aprovecharlo para hacer una necesaria transición.
Los dedos siempre apuntan al DT. Los errores de Russo son a esta altura notables, comenzando por la disposición táctica suicida, sin equilibrio, donde atacar siempre significa quedar mano a mano en defensa. Para colmo, en varios encuentros quedó de último Desábato, algo que evidentemente es difícil de obviar y que llevó a los rivales a ponerle un ligerito al lado que, sin necesidad de jerarquía, le complicó la vida tirándola larga. Desábato ha perdido timing para compensar su falta de velocidad, comete errores partido tras partido y hasta parece desbocado, pero suplantarlo en su rol por Cellay sólo significó reemplazar al autor del error grosero: si el Samurai venía flojo, lejos de sus cruces de tiempista europeo, acusando su inactividad boquense, lo que hizo con Belgrano, aquel primer gol complementado por ese cruce flojísimo en el segundo, terminó de poner nerviosos a jugadores, técnico e hinchas. Estudiantes atrás, así parado y con los niveles individuales que viene mostrando, es un colador.
No sería tan terrible si esta entrega (en el mal sentido) fuera en pos de una ofensividad abrumadora. Los nombres individuales sugieren que Estudiantes debería ser, de hecho, capaz de producir chances y mover las redes. Una vez más, el combo: los nombres, muchos sin fútbol, cargando lesiones o demasiado verdes, no producen lo que se espera de ellos, pero la estructura en nada los ayuda. El ataque del equipo es predecible, lateral, lento y dependiente del desborde de dos laterales para nada virtuosos, uno de ellos con un problema alevoso para cubrir sus espaldas que colabora con el desequilibro señalado. Desbordes que terminan en centros hacia una referencia de área ausente, con Boselli lesionado y la extraña marginación de dos interesantes proyectos como Carrillo y Zapata. El colombiano entró ayer con un minuto de adicionado por jugar, casi para hacer tiempo, cuando en todo el partido uno notó que Colón se cerraba y que se necesitaban variantes más allá de las gambetas verticales que entregaron a cuentagotas Coria y la Gata y las triangulaciones entre ellos que seguimos esperando. Nunca tuvo el equipo pincha la posibilidad de centrar, la presencia de un jugador que preocupe a los defensores, que se faje en el área y evite el escalonamiento en la marca de los mediapuntas. Los cambios de Russo parecen siempre inofensivos o tardíos, y hasta ahora nunca acertó y torció el rumbo con sus lecturas. Para colmo, el constante cambio de nombres en ofensiva (por lesión o decisión táctica) no ayuda a clarificar un modo confuso de atacar: en 10 fechas se han sucedido una alarmante cantidad de esquemas, los equipos no se han repetido e, incluso, muchas veces los jugadores no han jugado en el mismo puesto dos partido seguidos.
El técnico no parece encontrar el camino, y si bien dispone de un abanico de variantes, es cierto que las lesiones han minado el plantel y que muchos de los recién arribados se encuentran muy por debajo del umbral de lo aceptable, física y futbolísticamente. Para ellos, para colmo, la transición se ha complicado gracias a los resultados, que siempre complican la adaptación y el compromiso. Los históricos no dan demasiado buen ejemplo, con un Verón ausente como en aquellos días de cruces con Simeone, con Desábato demasiado errático, con el Chino casi marginado, con la Gata alternando entre titular y suplente, con Cellay demasiado distraído y lejos de su nivel. Braña, por supuesto, no puede con su gigante corazón, pero no alcanza. Nadie puede cuestionar a estos gigantes coronados de gloria, al menos sin entrar en la tierra de las suspicacias que siempre se levantan con algo de malicia y algo de ingenuidad, imaginando un mundo de carmelitas descalzas que se ensucia con los lógicos desacuerdos en un grupo de cuarenta tipos, a los que se les da demasiada trascendencia en los malos momentos. Sin embargo el nivel de los líderes ciertamente no alienta a la rebeldía que necesita Estudiantes, y parecen por momentos cansados de tantos problemas, tantos rumores, tantas presiones, tanto liderazgo, algo resignados. Se trata, claro, de una lectura absolutamente subjetiva.
Un poco más objetivo es pensar que este escenario era posible, a pesar del buzón que compramos muchos hinchas después del Apertura 2010: ya por entonces el equipo tenía problemas de edad, de rendimiento y de recambio. Estudiantes cuenta con un plantel grande, que debe comenzar con urgencia a imaginar el cambio de mando, que debe contar ya con sangre fresca y comprometida con la causa. La política de refuerzos de este semestre, absolutamente farolera, destinada a satisfacer al DT, a los hinchas y a algún empresario, sin tomar en consideración las consecuencias económicas, no tomó en cuenta este escenario, trajo once tipos nuevos, varios con un signo de interrogación gigante pero obviado por los dirigentes, y los juntó con seis o siete tipos cansados, tocados. Tras la ida de Sabella, para colmo, el equipo no encontró un líder unánime, de esos que conducen al equipo hacia la muerte por la victoria. Claro que Verón puede hacer la parte, pero implica un esfuerzo que no le permite enfocarse en jugar y le genera una presión que no debería tener, y críticas que no quiere recibir por hacerse cargo. El rol de técnico es del técnico, y sin ánimo de entrar en la zona del rumor malintencionado, resulta claro que hay poca onda con el entrenador y sus proyectos.
Estudiantes dilapida puntos, prestigio y dinero en contar con un equipo de jugadores de renombre que no le generan dividendos. Y se trata de un despilfarro porque el retroceso no es una estrategia, una elección, sino el hijo no deseado de una estrategia: se podría haber alcanzado el mismo desempeño, o un desempeño mejor, con lo que hay en casa, con los grandes liderando a los pibes, con un refuerzo estelar en lugar de once tipos caros con demasiadas dudas sobre presente, ganas, adaptación, etc. A esta altura, la marginación constante de juveniles en pos de darle oportunidades a José Luis Fernández, Coria o Mariano González (los últimos dos con crédito abierto, por cierto), equivale a lo que se hizo en su momento con los Peñalba/Pereyra/Barrientos, puro nombre, mucho billete y nada de resultado, y tiene toda la pinta de ser un mal negocio. Económico y futbolístico.
Estos argumentos resultan bastante claros, objetivos y convincentes. Pero cualquiera con memoria no puede olvidarse que, si bien estos algunos de los errores señalados son los que llevaron a perder esos puntos, se podrían haber ganado tranquilamente, sin distracciones infantiles, con un poco de suerte, los partidos con Ñewell’s, San Lorenzo, Independiente, San Martín, incluso hasta se podría haber pasado de ronda con Arsenal. Conjeturas, seguro, pero imaginando un poco, con esos triunfos quizás el equipo encontraría motivaciones acorde a sus aspiraciones. El entusiasmo es tan contagioso como la resignación y, más concentrado y más tranquilo, el equipo seguramente hubiese ido mejorando sus problemas y no estaría como lo tenemos hoy, empantanado, esperando que alguien de sentido a todo como quien espera a Godot.
No hay verdad en esta versión de los hechos del Apertura 2011: la respuesta tranquilizadora, que sintetice todo, que clarifique todo, que solucione todo al menos en nuestras cabezas obsesionadas, sobrepensantes y tristes, no existe. Tampoco importa tener la razón, o discutir por horas si yo tengo razón o si aquel que tiene “la posta” gracias a su contacto super confidencial (el kiosquero) es quien tiene la respuesta: nadie la tiene. La realidad, mucho más compleja que una columna de opinión o que cualquier opinión, seguramente ofrece una complicada mezcla de lo planteado aquí, con algunos ingredientes íntimos y obviados, con cuestiones individuales que nunca desentrañaremos, en fin. Esto es sencillamente un ejercicio de reflexión que intenta, a ciegas, no darle la espalda al problema, que lo confronta, que sueña con restaurar los problemas con la conciencia de que, en realidad, es algo mucho más difícil, una cuesta empinada como un tobogán. Apenas un intento de punto de partida, mirando siempre para adelante, esperando aprender de errores pasados, esperando que las conclusiones, las soluciones y las alternativas que surjan de la reflexión y el debate lleven a repensar modos que no han funcionado y sobre todo, ayuden a remontar este barrilete de ilusiones rotas. Aunque cueste, aunque se haga a oscuras, sin mucha idea de lo que se está haciendo, hay que tener fe en que Estudiantes, con laburo, con esfuerzo y con reflexión, va a volver a volar.
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sábado, 17 de septiembre de 2011
La quijotesca universal
Don Quijote inventó a sus amigos y a sus enemigos a partir de lo que tenía alrededor, un ambiente rural, empobrecido, lejos de la épica a la que aspiraba. Rasgo común en el ser humano, la construcción de un discurso que dé sentido al mundo (y, en particular, el sentido que creemos querer, un sentido positivo) es la locura ordinaria de todo ser humano, que convierte molinos de viento en reos enemigos sin percatarse de la operación.
Es que el ser humano necesita una causa y toda causa necesita un enemigo. Este se convierte en maldad pura y ante la maldad pura no se mide en general lo que se dice o hace. Así podemos comprender las conductas absolutamente sacadas de ciertos técnicos, periodistas o hinchas. Las dicotomías han edificado los relatos occidentales durante milenios ya, un legado maniqueísta difícil de torcer que invita a la irreflexión como forma de vida, como forma de conformar una identidad fuerte. El enemigo generalmente no es el opuesto real sino un opuesto construido a través de simplismos dicotomizantes, y es a menudo considerado enemigo por ser una amenaza: desde la conquista de América han operado estas formas de justificación. Se sataniza al enemigo, se lo defenestra moralmente, para justificarse el odio y la conquista.
Curiosamente en el fútbol, muchos odiadores rematan su perorata seudofilosófica mediante la cual justifican de la bilis que les nace al sentir el orden amenazado, refiriénsose al deporte como “solo un juego”. Al intentar defender su idea lúdica del juego, la niegan, porque niegan que las derrotas (el resultado), las trampas, la picardía y la inteligencia sean parte del juego. Para ellos estos aspectos son moralmente repudiables: convierten así a lo que es, en efecto, solo un juego, en algo más, en una cuestión moral. Edifican una causa más grande que el deporte (como modo de prestigiarse a sí mismos, de justificar su actividad), una causa moral que debe defenderse del enemigo malvado, el anti-causa: nace así el término “antifútbol”, que margina prácticas que son parte del deporte pero que dentro de esta ideología moralizante no deberían formar parte del fútbol. Se expulsa del fútbol modos de jugar y apreciar, se los niega, porque no son aceptables “moralmente”. Y la moral está lejos de ser algo natural y dado: se trata de una construcción que perpetua el orden.
El fútbol no tiene implicancias morales. La pacatez burguesa es la autora de esa idea de que “se debe jugar como se debe vivir”, a pesar de la enorme hipocresía que implica que las frases sean proferidas por comerciantes de la opinión y que, en verdad, resulta muy cuestionable que se deba vivir de cierta manera, y mucho más de la manera liberalista que implican sus modos del fútbol: espectáculo, individualismo, inspiración.
El enemigo es una construcción. Si en la primera parte del Quijote los enemigos del hidalgo eran los hitos y las personas que iba hallando (es decir, distorsionaba sus realidades hasta convertirlas en enemigos), en la segunda parte el autor propone un giro genial, cuatro siglos antes de la metaficción como forma común de la literatura: allí los enemigos de Don Quijote son los lectores de la primera parte que salen a su encuentro. La pelea del hidalgo pasa a ser una pelea absolutamente ficticia, sin basamento real alguno: pura construcción desde el discurso, desde el relato. Se evidencia de este modo el procedimiento del enemigo imaginario al llevárselo al extremo. El enemigo, la dicotomía, no existe. Ninguna dicotomía es natural, siempre se construye desde el discurso con objetivos concretos. No es casualidad que, por las mismas prácticas se diga que un equipo es astuto y otro sucio. Pero las dicotomías, allí reside su poder, siempre tienen la apariencia de naturalidad. Cuando desembarcaron los españoles en América el otro fue considerado bárbaro y aniquilado. Esa es la forma dicotómica por excelencia, que lleva a la negación y exterminio del otro. Una práctica para nada civilizada.
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viernes, 16 de septiembre de 2011
El fin de la infancia
La infancia es un lugar mágico de tótems y fantasias, de dioses e ilusiones. Un lugar del que hasta el adulto más cínico no se desprende nunca, que moldea su modo de ser y vivir, sus decisiones y opiniones, desde un lugar profundo, desconocido hasta para uno mismo.
El paso a la adultez ha sido retratada, casi unánimemente, como la pérdida de las ilusiones y la mutación hacia un ser desencantado, obligadamente cínico y, por ende, tramposo, hipócrita, amoral.
El fútbol es la niñez, sin dudas, para la mayoría (sin dudas, para el lector del blog). Son inseperables los picados de los recuerdos de recreos, cumpleaños y fines de semana, los goles casi míticos, legendarios para la narrativa propia, que se hacen gambeteando a todos los rivales, o delante de una chica, ese “primer gol” al que hacía referencia Osvaldo Soriano. Sin dudas que en el fútbol profesional se refugia esa magia que se cree perdida en el adulto: “suspensión of desbelief”, suspensión de la incredulidad, del cinismo, término proveniente de la crítica literaria que describe perfectamente el mundo mágico en el que uno se sumerge temporalmente y por momentos gracias al fútbol.
Y alrededor de esta noción se ha edificado una estética del fútbol, de lo que el fútbol debería ser y de ningún modo, en estos tiempos de adultez y profesionalismo, puede ser. El fútbol, es cierto, es uno de los últimos refugios de la magia, de la sorpresa, de la maravilla. Los milagros ocurren en lugares inesperados, dando lugar así a la justificación adulta del seguimiento obsesivo de fútbol: se persigue la magia, siempre elusiva, se persigue la confirmación de las creencias de niño enterrados con una risita descreída por el adulto. Como ya cada vez menos las artes, cuna de aventuras devenida discusión autoindulgente y críptica, encerradas en sí mismas y orgullosas del más inteligente y adulto cinismo, el fútbol, y muchos deportes, quizás por la pureza de la práctica (de objetivos claros, concretos) en oposición a la corruptibilidad del discurso (siempre tendiente a la ambigüedad y la doble moral), protegen ese último halo de magia en este mundo descreído.
Poetas y periodistas, y una creciente gama de técnicos sobreeducados, se juramentan la protección de esta infancia que ya se les fue una vez y construyen todo un aparato teórico-estético alrededor de las magias futbolísticas. Nace allí la corriente liricista, siempre combativa y necesitada de creer que el fútbol es el refugio de lo sobrenatural, de lo maravilloso. Empieza el reino de la improvisación, de la negativa al laburo, a la sistematización. Se eleva allí al deporte a la categoría de Arte, con mayúscula: lo sublime, lo intocable, lo puro, lo milagroso.
Pero estos milagros del fútbol son excepción (de allí inclusive su valor) y no basamento del fútbol. Entonces los líricos van a las canchas a ver un fútbol mitológico que rara vez encuentran, dedicándose el resto del tiempo a denostar el deporte, su creciente avaricia, lo aburrido que resulta (lo cual es lógico en su perspectiva: esperan malabares individualistas y se encuentran con despejes). No buscan en el fútbol sino la satisfacción de sus deseos insatisfechos y la confirmación de que esconde una recompensa espiritual, de que eleva el alma.
El fútbol, lo sabe quien ha jugado el juego más allá del picado con amigos, es competencia, un término que sin dudas horroriza a los inocentes poetizadotes del fútbol. La competencia divide, es cierto, pero lo hace bajo reglas estrictas e igualitarias. No se trata de un enfrentamiento encarnizado (como el que protagonizan los defensores de la magia con sus detractores) sino una noble lucha sin excusas dialécticas, con reglas claras y resultados mesurables. La competencia une más que lo que divide: no solo a los rivales, que aún desde el más profundo deseo de victoria se respetan lo suficiente como para enfrentarse, medirse, no sentirse superiores; une más que nada a los compañeros, que se embarcan en una lucha no por conseguir el lujo más bonito sino por alcanzar la victoria, hombro con hombro, junto a sus compañeros.
Allí reside la verdadera belleza del fútbol. No en el gesto individual, no en la reminiscencia de magias e infancias perdidas, sino en la hermanación, en la unión como modo de combate. El fútbol refleja la fuerza colectiva de la gente.
Pero esa fuerza, en tiempos (como acaso han sido la mayoría de los tiempos) de un cinismo burgués y perezoso que todo lo corroe, ha perdido su fuerza porque ya nadie cree en ella. Los poetas se amparan de este mundo sin fe ni esperanza en magias y mitos; los tiburones se alimentan de la desunión. En definitiva, todos son individualistas, preocupados por su bienestar antes que por el de la sociedad. Si de todos modos, piensan cuando piensan, esa batalla está perdida.
De chico nadie quiere ser el defensor con oficio, todos el crack. Luego uno va creciendo y aprende que quizas el mejor modo de servir al equipo (y por ende al rendimiento propio) es ocupando otra posicion, jugando otro rol. Y es entonces donde empieza a apreciar a jugadores distintos del crack. Empieza a comprender mas profundamente y a apreciar el futbol en su totalidad, no solo la magia. No se trata de una transicion hacia el cinismo, sino de una comprensión del carácter colectivo y solidario del juego, de una superación de los individualismos por la causa conjunta.
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jueves, 15 de septiembre de 2011
Relatos
Todo ser humano, nadie está exento, estructura el mundo a partir de un sistema de símbolos: se nos transmite de modo naturalizado pero no “natural”, a partir de la educación, la publicidad y los medios de comunicación. A partir de estos símbolos tejemos un relato que los unifica en un sistema: el hombre totemiza, deifica y sataniza aspectos de la vida según este relato. Lo curioso es que dado el alto grado de mixtura de ideas a través de la globalización y el avance de la masividad virtual, además del peso de muchos siglos de historia narrados de modo unificado pero que en realidad incluyen guerras, conquistas y sumisiones (es decir, intercambio e imposición de ideas), este relato se ha vuelto esquizofrénico, contradictorio, un pastiche de ideas legadas que acomodamos como podemos y que muchas veces hace ruido, aunque en verdad la mayoría del tiempo vivimos creyendo lo que creemos sin más cuestionamiento.
El fútbol, como cualquier parte de nuestra cultura, está atravesado por el relato (o más bien los relatos: la noción de un relato unificado, un sistema de creencias único, es parte del relato; en verdad cada relato es personal, atravesado por circunstancias e ideas acordes a la circunstancia social e individual particular de cada sujeto, y la creencia en un relato unificado lleva a los cotidianos malentendidos). En principio la sociedad condena al fútbol, en su constante aspiración burguesa hacia el aristocracismo elevado (parte de los relatos diseminados por la clase dominante son destinados sin nada de inocencia a creer en la superioridad de lo inútil: lo Bello, la representación máxima de lo aristocrático, el fin más elevado de la mente, no es más que un juego de formas que distrae y desarma la amenaza del pensamiento). Sin embargo, no condena el deporte en general: apreciar el tenis, por ejemplo, da cierto prestigio, un aire de refinamiento que proviene de la altura de un juego tradicionalista, pretendidamente impoluto. Esta concepción del fútbol como deporte masivo lleva a los analistas del deporte a la obligación de elevarlo de categoría para no quedar ellos mismos atrapados en los barros de la masividad.
El modo de dar prestigio al fútbol es, por supuesto, volviéndolo una de las formas del arte. Surge de este discurso con naturalidad una concepción extrañísima, que determina que el fútbol debe tratarse de la belleza y no del resultado. Esta operación desnaturaliza el deporte, que en cualquiera de sus manifestaciones se trata de la persecución del resultado y no de la forma por la forma. Volveremos a esta noción más tarde.
El periodista prestigia el deporte para prestigiarse a sí mismo. Su pluma se vuelve barroca para explicitar que un escritor de fútbol puede escribir bello porque hay belleza en el fútbol, sucio deporte de masas. Toda una legión de estos periodistas defienden un ideal errado, confuso, proveniente de uno de los relatos más poderosos del occidentalismo: el catolicismo. El periodista siente culpa, necesita justificarse y se vuelve así bienpensante, inofensivo, defensor de lo que es supuestamente (socialmente) bueno para la moral. Pero el sistema de juego defendido favorece claramente a los tiburones del deporte, que saquean canteras ajenas con sus billeteras engordadas por el pacto con los medios de comunicación, que los vuelve vidrieras en el sentido comercial del término. De ese código surge el martirio del artista incomprendido, el deportista habilidoso al que por talentoso no se le pide constancia y esfuerzo. Y se repudia al que lo marca, al que intenta lo mejor para los suyos: se llama a este tipo de jugador un destructor del juego, olvidando que para jugar hay que recuperar (y obviando, claro, que todo equipo tiburón tiene un par de estos para darle libertad a los talentosos que robaron de otros clubes).
Otro código dominante se entrecruza en este relato: el código romántico. El romanticismo es una escuela sumamente autodestructiva, negativa, individualista y nihilista en su forma verdadera, que depende puramente del talento natural y la inspiración para alcanzar lo anhelado. Sin embargo se la recibe de modo positivo, se defiende de modo bienpensante esa debilidad del torturado artista romántico (el futbolista incomprendido, el mártir) y se lo vuelve ejemplar: lo cual resulta curioso, porque al resaltar su pureza y su talento, lo que se halaga es su incapacidad para cambiar el estado de cosas más que a partir de un “gesto bello y fugaz”, inútil y momentáneo, y su condición de elegido para realizar ese gesto en vano, lo cual resulta en la marginación de la posibilidad mínima de escapatoria de la gran mayoría de la gente.
La elevación del fútbol se realiza entonces a partir de resaltar los fugaces momentos de inspiración individual, en lugar de centrarse en el aspecto colectivo, solidario y esforzado. Como podrá discernirse claramente, se trata de nociones legadas de la aristocracia, que desde sus castillos enseñan la inutilidad del arte como valor positivo, como fin elevado.
Pero el periodista bienpensante imagina que su forma de pensar es la forma “buena” de pensar: lo bueno y lo bello se han naturalizado como una igualdad, y por lo tanto, lo que no corresponde a su modo moralmente “bueno” (por supuesto, una construcción social) se vuelve moralmente “malo”… y feo. Las injusticias soportadas por muchos equipos que hacían del valor colectivo y esforzado el centro de su modo de ejecutar el fútbol se deben a este prejuicio. Que no se debe sino a un equívoco provocado por siglos de distorsión de las creencias. El concepto de bello y bueno nace en la cuna del mundo occidental, en Grecia, pero su connotación es absolutamente distinta a la adoptada por el sentido común a partir de la traducción de la idea que hicieran los románticos. En Grecia, la palabra techné designaba lo que hoy llamamos arte, solo que no se trataba para ellos de un modo de crear basado en la inspiración y el talento sino en los métodos racionales involucrados en la creación de un objeto o la culminación de una meta. Arte era entonces un conjunto de técnicas racionales, destinadas a la creación: no se trataba del concepto glorificado que nos llega hoy. Y si es la técnica lo que hace al arte, que lo bello sea lo bueno adquiere un significado distinto: lo artístico, lo bello, es lo bien hecho, técnicamente. Una concepción bastante más racional que la que heredamos erróneamente.
Volvemos entonces a un concepto esbozado en las líneas anteriores: el deporte como persecución del resultado y no de la forma. En la Antigua Grecia esta diferenciación no hubiera existido, pues la persecución de la técnica perfecta implicaba la persecución del resultado. El atletismo, el más antiguo de los deportes, parece haber heredado esta noción con mayor justeza: la forma de ir más rápido, de correr más alto, es constantemente atenerse a los fundamentos básicos del quehacer, a la técnica, que sufre la contaminación de los vicios personales, los cuerpos siempre inarmónicos, la fatiga y la presión sicológica. Pero la noción se ha distorsionado y llega al conjunto de creencias comunes (lo que Platón llamó la doxa) oponiendo forma pura de resultado. La forma es inútil, y solo la aristocracia puede permitirse la persecución de lo inútil; por ende se trata de un quehacer elevado. Por el contrario, se considera que el resultado es banal, se lo convierte en puro exitismo en lugar de considerarlo un método para medir el mejoramiento personal y grupal, el premio lógico a un esfuerzo aplicado en un área.
Pierre Bourdieu se refería a la doxa como “la experiencia mediante la cual el orden natural y social del mundo aparece como evidente en sí mismo”. Al ser evidente, el orden se naturaliza: la doxa limita así las posibilidades de pensar fuera del orden. El orden es social y determina que ciertas conductas son impropias de ciertas clases, y al naturalizarse el orden social se petrifica al mismo tiempo que fija el sentido de pertenencia a una clase particular. La doxa futbolera petrifica el orden mediante los relatos románticos y católicos ya analizados, que llevan a la individualización de un deporte colectivo, a la defenestración moral del trabajo y el esfuerzo y a la concepción naturalizada de un orden lógico donde el estéticamente vistoso (que siempre es el club grande, que puede permitirse el paladar negro) es superior al estéticamente desinterasado, al esforzado, al sucio.
Este es el universo moral que de manera simplista intentan traspolar los periodistas bienpensantes, enviados de los multimedios. Se trata de un relato, como ha quedado visto, sumamente contradictorio, que pretende que “lo que quiere la gente” es en realidad un orden petrificado que favorece a una minoría, y cree también en la ejemplaridad de este tipo de fútbol aristocrático, preocupado (falsamente, por supuesto: todos los hemos visto chillar al encadenarse dos derrotas seguidas) por la estética, por el espectáculo, y no por el resultado. El espectáculo es, como la estética, ajeno al deporte, aunque se haya naturalizado, porque los esponsors pagan mucho y quieren ver chilenas y tacos, que es parte integral de éste. El periodista reproduce la lógica cuando, al hablar de juego, habla de gambetas: que no se vea una gambeta es sinonimo de jugar mal, y no de defender bien, marginando a la defensa del juego, negando uno de los dos aspectos fundamentales del juego. Existe claramente un entramado económico detrás de la diseminación del relato.
Estos periodistas bienpensantes no son amantes del fútbol real, concreto, el de las técnicas para alcanzar la victoria (y la lógica polución de la realidad sobre la perfección inalcanzable): son consumidores de una mitología creada alrededor del fútbol que eleva lo que es de paladar masivo (es decir, lo que nos gusta con culpa a una mayoría). El deseo de justificarse en las prácticas que los hermanan socialmente a las clases bajas los lleva a consumir estos relatos con fruición, con desesperación, sin reflexión, y a convertirse en defensores acérrimos de la doxa. En definitiva, aman la mitología del fútbol por el prestigio que les da defender un ideal puro, políticamente correcto, elevado.
El fútbol, como cualquier parte de nuestra cultura, está atravesado por el relato (o más bien los relatos: la noción de un relato unificado, un sistema de creencias único, es parte del relato; en verdad cada relato es personal, atravesado por circunstancias e ideas acordes a la circunstancia social e individual particular de cada sujeto, y la creencia en un relato unificado lleva a los cotidianos malentendidos). En principio la sociedad condena al fútbol, en su constante aspiración burguesa hacia el aristocracismo elevado (parte de los relatos diseminados por la clase dominante son destinados sin nada de inocencia a creer en la superioridad de lo inútil: lo Bello, la representación máxima de lo aristocrático, el fin más elevado de la mente, no es más que un juego de formas que distrae y desarma la amenaza del pensamiento). Sin embargo, no condena el deporte en general: apreciar el tenis, por ejemplo, da cierto prestigio, un aire de refinamiento que proviene de la altura de un juego tradicionalista, pretendidamente impoluto. Esta concepción del fútbol como deporte masivo lleva a los analistas del deporte a la obligación de elevarlo de categoría para no quedar ellos mismos atrapados en los barros de la masividad.
El modo de dar prestigio al fútbol es, por supuesto, volviéndolo una de las formas del arte. Surge de este discurso con naturalidad una concepción extrañísima, que determina que el fútbol debe tratarse de la belleza y no del resultado. Esta operación desnaturaliza el deporte, que en cualquiera de sus manifestaciones se trata de la persecución del resultado y no de la forma por la forma. Volveremos a esta noción más tarde.
El periodista prestigia el deporte para prestigiarse a sí mismo. Su pluma se vuelve barroca para explicitar que un escritor de fútbol puede escribir bello porque hay belleza en el fútbol, sucio deporte de masas. Toda una legión de estos periodistas defienden un ideal errado, confuso, proveniente de uno de los relatos más poderosos del occidentalismo: el catolicismo. El periodista siente culpa, necesita justificarse y se vuelve así bienpensante, inofensivo, defensor de lo que es supuestamente (socialmente) bueno para la moral. Pero el sistema de juego defendido favorece claramente a los tiburones del deporte, que saquean canteras ajenas con sus billeteras engordadas por el pacto con los medios de comunicación, que los vuelve vidrieras en el sentido comercial del término. De ese código surge el martirio del artista incomprendido, el deportista habilidoso al que por talentoso no se le pide constancia y esfuerzo. Y se repudia al que lo marca, al que intenta lo mejor para los suyos: se llama a este tipo de jugador un destructor del juego, olvidando que para jugar hay que recuperar (y obviando, claro, que todo equipo tiburón tiene un par de estos para darle libertad a los talentosos que robaron de otros clubes).
Otro código dominante se entrecruza en este relato: el código romántico. El romanticismo es una escuela sumamente autodestructiva, negativa, individualista y nihilista en su forma verdadera, que depende puramente del talento natural y la inspiración para alcanzar lo anhelado. Sin embargo se la recibe de modo positivo, se defiende de modo bienpensante esa debilidad del torturado artista romántico (el futbolista incomprendido, el mártir) y se lo vuelve ejemplar: lo cual resulta curioso, porque al resaltar su pureza y su talento, lo que se halaga es su incapacidad para cambiar el estado de cosas más que a partir de un “gesto bello y fugaz”, inútil y momentáneo, y su condición de elegido para realizar ese gesto en vano, lo cual resulta en la marginación de la posibilidad mínima de escapatoria de la gran mayoría de la gente.
La elevación del fútbol se realiza entonces a partir de resaltar los fugaces momentos de inspiración individual, en lugar de centrarse en el aspecto colectivo, solidario y esforzado. Como podrá discernirse claramente, se trata de nociones legadas de la aristocracia, que desde sus castillos enseñan la inutilidad del arte como valor positivo, como fin elevado.
Pero el periodista bienpensante imagina que su forma de pensar es la forma “buena” de pensar: lo bueno y lo bello se han naturalizado como una igualdad, y por lo tanto, lo que no corresponde a su modo moralmente “bueno” (por supuesto, una construcción social) se vuelve moralmente “malo”… y feo. Las injusticias soportadas por muchos equipos que hacían del valor colectivo y esforzado el centro de su modo de ejecutar el fútbol se deben a este prejuicio. Que no se debe sino a un equívoco provocado por siglos de distorsión de las creencias. El concepto de bello y bueno nace en la cuna del mundo occidental, en Grecia, pero su connotación es absolutamente distinta a la adoptada por el sentido común a partir de la traducción de la idea que hicieran los románticos. En Grecia, la palabra techné designaba lo que hoy llamamos arte, solo que no se trataba para ellos de un modo de crear basado en la inspiración y el talento sino en los métodos racionales involucrados en la creación de un objeto o la culminación de una meta. Arte era entonces un conjunto de técnicas racionales, destinadas a la creación: no se trataba del concepto glorificado que nos llega hoy. Y si es la técnica lo que hace al arte, que lo bello sea lo bueno adquiere un significado distinto: lo artístico, lo bello, es lo bien hecho, técnicamente. Una concepción bastante más racional que la que heredamos erróneamente.
Volvemos entonces a un concepto esbozado en las líneas anteriores: el deporte como persecución del resultado y no de la forma. En la Antigua Grecia esta diferenciación no hubiera existido, pues la persecución de la técnica perfecta implicaba la persecución del resultado. El atletismo, el más antiguo de los deportes, parece haber heredado esta noción con mayor justeza: la forma de ir más rápido, de correr más alto, es constantemente atenerse a los fundamentos básicos del quehacer, a la técnica, que sufre la contaminación de los vicios personales, los cuerpos siempre inarmónicos, la fatiga y la presión sicológica. Pero la noción se ha distorsionado y llega al conjunto de creencias comunes (lo que Platón llamó la doxa) oponiendo forma pura de resultado. La forma es inútil, y solo la aristocracia puede permitirse la persecución de lo inútil; por ende se trata de un quehacer elevado. Por el contrario, se considera que el resultado es banal, se lo convierte en puro exitismo en lugar de considerarlo un método para medir el mejoramiento personal y grupal, el premio lógico a un esfuerzo aplicado en un área.
Pierre Bourdieu se refería a la doxa como “la experiencia mediante la cual el orden natural y social del mundo aparece como evidente en sí mismo”. Al ser evidente, el orden se naturaliza: la doxa limita así las posibilidades de pensar fuera del orden. El orden es social y determina que ciertas conductas son impropias de ciertas clases, y al naturalizarse el orden social se petrifica al mismo tiempo que fija el sentido de pertenencia a una clase particular. La doxa futbolera petrifica el orden mediante los relatos románticos y católicos ya analizados, que llevan a la individualización de un deporte colectivo, a la defenestración moral del trabajo y el esfuerzo y a la concepción naturalizada de un orden lógico donde el estéticamente vistoso (que siempre es el club grande, que puede permitirse el paladar negro) es superior al estéticamente desinterasado, al esforzado, al sucio.
Este es el universo moral que de manera simplista intentan traspolar los periodistas bienpensantes, enviados de los multimedios. Se trata de un relato, como ha quedado visto, sumamente contradictorio, que pretende que “lo que quiere la gente” es en realidad un orden petrificado que favorece a una minoría, y cree también en la ejemplaridad de este tipo de fútbol aristocrático, preocupado (falsamente, por supuesto: todos los hemos visto chillar al encadenarse dos derrotas seguidas) por la estética, por el espectáculo, y no por el resultado. El espectáculo es, como la estética, ajeno al deporte, aunque se haya naturalizado, porque los esponsors pagan mucho y quieren ver chilenas y tacos, que es parte integral de éste. El periodista reproduce la lógica cuando, al hablar de juego, habla de gambetas: que no se vea una gambeta es sinonimo de jugar mal, y no de defender bien, marginando a la defensa del juego, negando uno de los dos aspectos fundamentales del juego. Existe claramente un entramado económico detrás de la diseminación del relato.
Estos periodistas bienpensantes no son amantes del fútbol real, concreto, el de las técnicas para alcanzar la victoria (y la lógica polución de la realidad sobre la perfección inalcanzable): son consumidores de una mitología creada alrededor del fútbol que eleva lo que es de paladar masivo (es decir, lo que nos gusta con culpa a una mayoría). El deseo de justificarse en las prácticas que los hermanan socialmente a las clases bajas los lleva a consumir estos relatos con fruición, con desesperación, sin reflexión, y a convertirse en defensores acérrimos de la doxa. En definitiva, aman la mitología del fútbol por el prestigio que les da defender un ideal puro, políticamente correcto, elevado.
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miércoles, 14 de septiembre de 2011
El Mundial olvidado
Por Ezequiel Fernández Moores para canchallenaLos italianos, piamonteses y emilianos que construían la represa de Barda del Medio, rechazaron la propuesta de jugar el Mundial. Por un lado, los alemanes eran demasiado buenos. Por otro, si bien los italianos se jactaban de los títulos de 1934 y 1938, tampoco los querían reconocer de modo oficial. Para ellos, obreros antifascistas, esos Mundiales eran victorias de Mussolini. También vivían en la zona ingleses que alargaban el ferrocarril, curas y obreros polacos, intelectuales franceses, almaceneros españoles, guaraníes que podían representar a Paraguay, argentinos que avanzaban hacia Tierra del Fuego y mapuches. Una noche de juerga en un prostíbulo de Zapala bastó para quebrar la oposición italiana. El Mundial se convirtió en un hecho. Una compensación menor para una Argentina que, según registros oficiales, había pedido a la FIFA en 1939 la sede del Mundial de 1942. Hitler la había solicitado en 1936, feliz tras la experiencia de los Juegos Olímpicos de Berlín. La FIFA demoró la respuesta, hasta que estalló la Guerra y canceló el torneo, que recién se retomó en 1950 en Brasil. En 1942 el mundo seguía en guerra. En la Argentina gobernaba Ramón Castillo, La Máquina de River iniciaba su leyenda y en la Patagonia, según las memorias de Casimiro Soriano, se jugó un Mundial. Fue un torneo anárquico, con arcos de medidas aproximadas y sin redes, incidentes de arma blanca, piedrazos y el hijo de Buth Cassidy como árbitro.
La historia fascinó a Lorenzo Garzella y Filippo Macelloni. Los cineastas italianos, que hicieron documentales sobre Diego Maradona, Roberto Baggio y otros grandes cracks para La Gazzetta dello Sport, además de films de contenido social sobre inmigración o explotación de menores en Asia, profundizaron el relato. Su film, una investigación liderada por el periodista y sociólogo Sergio Levinsky, incluye entrevistas con João Havelange, Víctor Hugo Morales y Osvaldo Bayer, entre otros. "El mito está conectado con el misterio", les dice Jorge Valdano. Hallaron el esqueleto de Guillermo Sandrini, abrazado a su cámara de 16 milímetros y con rollos de película. Sandrini, un fotógrafo de casamientos, había sido contratado por Vladimir Otz, un aristócrata de origen balcánico, iluminista y pacifista, cuyos dineros ayudaron a organizar el Mundial. Autores en 2010 del documental Rimet. La increíble historia de la Copa del Mundo, Garzella-Macelloni sabían muy bien que la verdadera Copa de la FIFA permaneció en los años 40 escondida debajo de la cama de Ottorino Barassi. El secretario de la Federación italiana y vice de la FIFA la ocultó para que no se la llevara el invasor nazi. El film cuenta que fue vista en la Patagonia. En sus memorias, el tío de Soriano dice que el partido más duro fue la semifinal que Alemania, con sus jugadores con cascos, ganó a Italia, que apeló al uso de alfileres y pimienta. Cassidy explicó antes del juego que no era bueno mezclar al fútbol con la política. Pero nazis alemanes y antifascistas italianos jugaron a matar o morir, y el árbitro debió recurrir al revólver. El Mundial olvidado devela a su vez que la final, arruinada por un aluvión, terminó en realidad con triunfo de los Mapuches sobre los alemanes. El gol decisivo estaba en el rollo de Sandrini.
"El Mundial nunca fue reconocido oficialmente por la FIFA", dice, textual, un extenso cable que una de las agencias de noticias más importantes del mundo trasmitió la semana pasada, tras la presentación de Venecia. "Sacando a la luz esas imágenes, los autores de esta cinta pretenden que nunca más quede en el olvido ya no sólo la celebración de este torneo, sino tampoco el nombre de su vencedor, un combinado mapuche que consiguió recoger el trofeo instantes antes de que el agua arrasara con todo y ocultara su triunfo", agrega el cable. Lo publicaron al día siguiente diarios de México, Perú, España y también de la Argentina. Algunos medios agregaron palabras y datos que dramatizaron la injusticia. Hubo lectores que reaccionaron por la Web. "Buena historia para el mundo futbolístico, especialmente el sudamericano... ¿Perú participó en ese certamen?", pregunta, por ejemplo, un aficionado de ese país. Perú no jugó. No lo hizo porque el Mundial de 1942 es un formidable delirio del Gordo Soriano en el cuento El hijo de Buth Cassidy. Garzella-Macelloni lo llevaron al cine a través de un falso documental ("mockumentary"). El resto corrió a cargo de algunos periodistas distraídos. Donde quiera que ande, el Gordo Soriano, que murió en 1997, está a pura carcajada.
"Queríamos que la leyenda, la memoria y la fantasía se confundieran, que cada uno trazara sus propios límites, que experimentaran con la percepción", me cuenta Garzella desde Italia. Garzella, hincha de Inter, admira al Gordo Soriano, igual que los integrantes de la selección de escritores italianos, que forman desde 2001 el "Osvaldo Soriano Football Club". "El hijo de Buth Cassidy" de Soriano siguió su itinerario dirigiendo en la altura de La Paz y en la Amazonia. Y murió acribillado en Texas, haciendo el camino inverso al de su padre. A Garzella le fascinó el falso Mundial de 1942. "Mantuvimos hasta el final el lenguaje riguroso del documental y la primera parte es más que creíble, pero luego todo se hace un poco surrealista. Un árbitro que dispara, un arquero y un ejecutante que se juegan el amor de una mujer en un penal? Tan absurdo que, creíamos, no quedarían dudas. Pero encontramos mucha gente crédula, incluidos periodistas. Evidentemente -sigue Garzella- hoy la forma vale más que el contenido. Y esto es un dato interesante, y preocupante, para reflexionar." Colegas de medios que publicaron como cierta la noticia siguen sorprendidos cuando les relato la historia. "Moderen las carcajadas", pide uno, el primero que avisó del papelón. "Sí, leí diarios mexicanos que se tragaron la historia como real. Un amigo holandés me preguntó, y yo le dije que no sabía bien", me dice Levinsky, actor improvisado, y que todavía se recuerda remando nervioso en un bote de goma en la Carhué inundada, porque se hacía de noche. El film, me confiesa Garzella, sufrió numerosas amenazas de cancelación por falta de fondos. La última escena, que fue girada gracias al último dinero personal que les quedaba en el cajero, casi termina en desgracia cuando el caballo enfureció y arrojó al piso al actor, que en realidad era un asistente de la dirección. Bien de Soriano. Todavía recuerdo el día en que Eduardo Galeano vino a casa buscando precisiones para su hermoso libro El fútbol a sol y sombra. Tuve que aclararle que no era cierto que José Sanfilippo había sido el máximo goleador en la historia del fútbol argentino, que sólo un fana de San Lorenzo podía engañarlo así. "¿Quién te dijo eso?", le pregunté. Y me respondió riendo: "El hijo de puta del Gordo Soriano".
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martes, 13 de septiembre de 2011
El hambre
Son seis finales seguidas las que pierde Rafa Nadal con Djokovic. Pero es cierto lo que el mismo admite: su andar este año ha sido excelente, salvo por algunos momentos de sufrimiento físico, y si hubiera vencido en, digamos, el 50% de las finales que perdió con Nole, tendría los títulos para probarlo. Además de perder 6 con Nole ha perdido apenas 5 partidos, algunos de ellos bastante disminuido físicamente (dos a principio de año, uno difícil de creer contra Dodic). Pero contra su archinémesis no puede.
¿Es Djokovic tanto mejor que Nadal, que no puede vencerlo ni siquiera una vez, sin importar superficie o circunstancia? Djokovic es un jugador más talentoso que Nadal, y notablemente más completo. Pero Nadal ha enfrentado –y vencido- a este tipo de jugadores consistentemente (incluimos a Federer) gracias a su mentalidad y concentración. Nadal es la competición pura, todo lo hace para ganar, no conoce otra forma de competir y hay allí una gran nobleza que se trasluce en su absoluta humildad al declarar, para nada contradictoria con la confianza en sí mismo que tiene el mallorquín.
Lo que pareciera suceder es una cuestión, simplemente, de hambre. Djokovic quiere vencer a Rafa, su contendiente por el dominio mundial. Quiere hacer historia. Llegar al número uno es difícil, pero más difícil es mantenerse en ese sitial de presión y responsabilidad: todos quieren ganarte. Djokovic es el ejemplo de esa lógica: en ascenso, convencido de su objetivo como un león que acecha a su presa, se comió a todos. Ha tenido una temporada arrolladora y es el número uno indiscutido. Pero aún no ha sufrido el desgaste de la defensa del título. Todo es nuevo, todo es conquista para él, nada es defensa. El hambre en Nole es notable, mientras que esta temporada hemos visto a un Rafa cansino, disminuido por su enemigo a una versión pensante, racionalizadora, de lo que supo ser un verdadero vendaval que no dejaba nada a su paso.
Lo sabe Roger Federer. El mejor de la historia sufrió el huracán Rafa y perdió final tras final sabiendo que era el mejor tenista de ambos. Federer parecía invencible, pero fue vencido por un joven voluntarioso aún en su plenitud. Hoy ya comienzan a notarse algunos rasgos de su declive: Roger no parece poder mantener la intensidad y la concentración en el mismo nivel y durante el mismo tiempo que antaño. El problema no es físico sino síquico, de satisfacción: juega un tenis menos ambicioso, menos interesado en la historia que ya hizo, y más relajado. Aún así, aún perdiendo más a menudo, pierde poco y es el 3 del mundo. Ya le ganó a Nole en aquel Rolanga donde le hizo un favor a su amigo Nadal, con quien se admiran mutuamente tras años de rivalidad y competición acérrima. Y en este US Open lo tuvo nocaut. Los propios lapsus de Federer perdieron aquel partido en el que se vio que si las desconcentraciones contra otro jugador no importaban, contra Nole eran letales. Federer perdió por segunda vez en su carrera tras ir dos set arriba.
Lo curioso de aquella semi fue que Djokovic se vio seriamente maniatado por Federer, algo que nunca se vio cuando el serbio juega con Rafa, que vence al suizo regularmente hace un lustro. La meta de Nole es Rafa, a él se preparó para vencer: allí reside una posible explicación. Federer es una sorpresa en el camino entre cazador y cazado, un animal imponente al que nadie prestó atención por mirar la lucha principal.
La otra semi Rafa la pasó caminando, como todo el torneo. A pesar de su notable fastidio por el rigor físico que viene sufriendo, Rafa tuvo un torneo espectacular. No ganó partidos con chapa, no tuvo complicaciones: se vio al Nadal hambriento de antaño. En la final lo esperaba Nole, y todo parecía indicar que no era el escenario que Nadal temía, sino el que buscaba.
Pero la final, a pesar de ser una maravillosa demostración de técnica, a pesar de una enorme paridad punto por punto, a pesar de una notable agresividad de Nadal, a pesar de que el español cometió menos errores no forzados, fue inexorablemente encaminándose para Nole. Escribió Doble Mixto al respecto:
"Djokovic es el mejor, entre otras cosas, porque doma a Nadal, quien era el mejor hasta que el serbio se proclamó el mejor. Es parte de un año donde todo cambió. Los resultados le dan sentido a todo lo que se pueda decir.
"El serbio podría haber implementado el mismo régimen de entrenamiento o alimenticio, pero sin victorias nada tendría el mismo valor. Ya no se ahoga. Ahora gana rallies de 30 pelotas jugados a máxima intensidad. Y así hace pasar a Nadal o a Federer.
"Su devolución (nadie le quebró ¡11 veces el saque a Nadal en Grand Slams!), el revés paralelo, su flexibilidad para patinar en cemento, la potencia de piernas para llegar a casi todas, toma de decisiones correctas, suscriben a su éxito.
"Nole construye su reinado sobre victorias y más victorias. Triunfos consagratorios, en partidos increíbles. Cómo revirtió a Federer en semifinales, cómo dominó a Nadal en la final. Como lo hizo en otros seis partidos por el título contra el español, que resignado y con más ganas de llorar que de otra cosa, dijo en la premiación: “Lo que hiciste este año probablemente sea imposible de repetir”, Rafa Nadal."
El serbio ejerce ya sobre Rafa un dominio sicológico, lo somete con su sola presencia, lo lleva a la duda y la presión constantes. Lo mismo le sucedía a Federer con el joven Rafa. A lo mejor se trate sencillamente del instinto de supervivencia latente, que huele el peligro del depredador hambriento: si la especie Nadal fue depredadora de Federer, el espécimen Nole es el depredador natural de Nadal. Es el modo en que funcionan las cosas: siempre hay alguien más joven, más rápido, más fuerte.
Este año está perdido para Rafa: tuvo un US Open increíble, jugando con agresividad y convicción, pero en la final, a pesar de jugar un tenis maravilloso, se vio reducido a la derrota aún antes de que ésta se concrete. Habrá que ver cómo el serbio maneja la presión de cara al año que entra (de seguro su desfachatez le vendrá a mano) y cómo se prepara Nadal, el deportista con mentalidad más arrasadora del mundo, para con fuerzas renovadas arremeter contra lo que le quitaron.
Un equipo estático
Para Solos contra todos
Recientemente ensayamos un análisis, siempre subjetivo y siempre limitado, de la situacion institucional complice de este año de nefastos resultados. Intentamos marginar de los argumentos a aquello que fuera puramente futbolístico: la crisis 2011 (porque no debe olvidarse que todo el año ha sido pobre) tiene para nosotros raices mas profundas. Consideramos que la apuesta deportiva, incluso, podría haber sido exitosa, pero tarde o temprano decantaría en la crisis a la que hoy asistimos impávidos. La apuesta deportiva, sin embargo, no ha funcionado. Y tiene que ver, claro, que los refuerzos son tipos que vienen de estar parados, son muchos, y no son pincharratas. Tiene que ver también, claro, con Miguel Angel Russo, que ha armado tras varios meses un Estudiantes que la tiene y toca pero, predecible, sin cambio de ritmo, no lastima, y que para colmo de males, se regala abajo con la misma ingenuidad que la de aquel equipo del ingenuo bielsista Eduardo Berizzo. Los enormes huecos que dejan las espaldas de los defensores en los retrocesos hace largo rato deberían haber sido advertidos y corregidos.
Pero Russo, el responsable más obvio, no es el principal culpable. En el Estudiantes de hoy por hoy, de jugadores europeos y nombres rutilantes, no hay reacción. No hay reacción anímica, para sobreponerse a los golpazos que sufre, para rebelarse a las adversidades, y también al sistema cuando el rival le agarra la mano. Hay en lugar de ello una mansa entrega: la costumbre de perder. Pero la falta de reacción no es solo espiritual, es también y sobre todo física. Ya habíamos planteado, tras el match con Arsenal en el Viaducto, que cuando cada pelotazo cruzado lastima tanto como lastima a Estudiantes, la responsabilidad de los defensores no puede soslayarse: que una pelota flotante cruce el ancho del campo y encuentre rivales sin marca implica una distracción gigante, un desentendimiento de la jugada hasta que la jugada ya se desarrolló. Los defensores de Estudiantes reaccionan tarde: empiezan a correr cuando ya les ganaron las espaldas, llegan tarde a los cruces (Cellay vive al borde de la expulsión, por ejemplo), pierden las marcas por mirar embobados la pelota… en definitiva, cualquier delantero de los muchos y mediocres que ofrece nuestro fútbol se le aviva y anticipa al defensor pincha. Marcarle a Estudiantes es demasiado fácil: una presión muy difícil de sobrellevar para los jugadores, sobre todo en estos momentos, la inminencia del gol. Y sabe el Pincha porque lo predica: un equipo se arma de atrás hacia delante, porque una defensa sólida tranquiliza a volantes y delanteros, les permite dedicarse a lo suyo sin desesperación. Los constantes goles que le hacen a este Estudiantes siestero son palazos a la confianza en revertir el partido, y, peor, la situación general.
La quietud del equipo también se nota en el mediocampo: mientras uno porta la pelota, no hay jugadores que dibujen diagonales, que se desmarquen y se lleven marcas, que pidan desesperados la pelota. Mas bien pareciera que nadie quiere la redonda: todos la esperan paraditos en su lugar. El juego se lateraliza lógicamente y se vuelve lento y predecible, sobre todo en un futbol sin espacios como el nuestro, sobre todo cuando vas un gol abajo. La explosión no puede depender de una gambeta mágica de Carbonero, Gonzalez o Fernandez, porque si no hay compañía que tire una pared o se lleve una marca, se obliga al jugador que encara a una de Maradona. También para marcar hay demasiada quietud, demasiada obediencia posicional, muy poco despliegue: los laterales por ende eligen permanecer por lo general en sus lugares, y cuando acompañan, al no haber relevos, regalan la espalda. Ni Braña solo podría cubrir el amplio terreno a las espaldas de un mediocampo que, para colmo, suele perder la pelota lanzado en ataque, facilitando la contra al rival.
Estudiantes es un equipo notablemente cansino. Camina la cancha. Hasta sus delanteros parecen desganados: Boselli define con notable frustración, pero a su estado anímico se suma su quietud. Se retrasa poco, siempre le ganan en el aguante, pica casi nada, no anticipa nunca y define siempre clavado en la tierra. Hasta ha llegado ha cabecear con la flexibilidad que podría demostrar yo en el área, sin mover los pies, sin torcer el tronco, esperando dirigir la pelota solo con el parietal. El resultado de tan desganada definición fue uno de los tantos goles increíbles errados. La Gata le sirvió ayer otro, que volvió a marrar ya sin fe en sí mismo o en la vida: Mauro se quiere matar, y es uno de los grandes responsables de este momento. Fernández, por su parte, es uno de los pocos rebeldes: sin compañía y lejos de descollar, intenta en un contexto donde todos se esconden y algo encuentra siempre. Increiblemente reemplazado por Russo durante un par de encuentros, desplazó al mimado Carbonero ayer y fue de lo mejorcito. Aún así, la Gata también sufre de este desgano colectivo: tuvo el 1-0 pero por esperar la pelota y no buscarla, terminó enredado en su propia definición. Del saque de arco vino el 0-1 y empezó otra vez la historia del Estudiantes sufriente.
En el tenis, si un jugador se traslada dando pocos pasos largos y desesperados, en lugar de muchos pasitos cortitos que permiten ajustar mejor la posición, se trata de una señal inequívoca de su cansancio. Al golpear sin acomodarse adecuadamente las bolas suelen ir afuera: algo así le pasa a Estudiantes, que ni en ataque ni en defensa hace los pasos de ajuste necesarios para estar siempre “detrás de la pelota”, es decir, alerta, atento, anticipando la jugada. ¿Falta de actitud? ¿De convicción? ¿Problemas físicos? ¿Anímicos? Quizás se trate de un coctel, un mal trago en el cual los ingredientes se potencian. Son ciertos los desaciertos de Russo (la notable soledad de Martínez, Castaño y Cachete ayer, a espaldas de un mediocampo inexistente, constituye un garrafal error en la lectura; imaginar un partido con un Estudiantes protagonista no puede implicar desproteger a los mejores del rival), pero contra una pifia monumental como la del Chavo, una siesta como la que duerme Cellay en el gol del Chino Luna, o una desidia general para entorpecer al rival como la que aconteció en el tercer gol de Tigre (desidia que alcanzó hasta la estirada del Gori Silva) no hay trabajo en la semana que resista. Y tampoco hay levantada anímica posible.
Estudiantes debe juramentarse concentración, convicción, intensidad. No porque se lo deban al club, tampoco para proteger al DT: simplemente deben jurarse entre ellos, compañeros y amigos, que su entrega no será en vano, que ellos van a hacer todo lo posible para valorizar el esfuerzo del otro (y todo lo posible implica no regalar el partido en 30 minutos). Solo un pacto de solidaridad absoluta, propio del ADN más profundo del club, puede conseguir el cimbronazo que necesita Estudiantes para, por lo menos, abandonar el piso de la tabla y empezar a pensar en alguna otra cosa.
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domingo, 11 de septiembre de 2011
Caretas
La revista Caras y Caretas trajo en su edición del mes de agosto un extenso dossier sobre el fútbol argentino. La nota principal describe muy a vuelo de pájaro la historia del fútbol argentino de la pluma de Pablo Llonto, prestigioso periodista de larga e impecable trayectoria.
La nota firmada por Llonto es sencillamente un resumen de los hechos trascendentes, con cierta bajada de línea “nacional y popular”, como es esperable de una publicación (y de un periodista) alineada al oficialismo. Y bajo la aparentemente inofensiva apariencia de mera sinopsis, este intento de llevar agua para el molino propio termina por confundir las ideas e ideologías: básicamente Llonto refiere en un par de oportunidades a nuestra forma de juego, nacional y popular, como esa forma aristocrática, de las buenas costumbres, la inspiración romántica y la belleza plástica, impulsada por el menottismo, convencida de que el entrenamiento, en lugar de apuntalar al talento, lo asfixia. Pensamiento mágico y poco ejemplar (ya advertía Osvaldo Zubeldía sobre los campeones que no trabajan).
Los argentinos somos entonces quienes “bailamos en fútbol”, quienes apostamos por “la gambeta, el toque y la velocidad” como forma de juego y como forma moral, artística, de ser. Por supuesto, no se hace mención a que aquella forma de pensar el fútbol llevó a que, confrontado el mito con la realidad del fútbol en 1958, resultó aquello no ser más que chauvinismo argentino. Cabe la pregunta, además, de cómo es que puede considerarse “popular” una forma jugadorista, individualista, donde la unión no hace la fuerza sino que lo hace el talento, la predisposición natural que de natural no tiene nada: el talento, cualidad que no se entrena, es naturalmente discriminatoria.
Los argentinos somos entonces quienes “bailamos en fútbol”, quienes apostamos por “la gambeta, el toque y la velocidad” como forma de juego y como forma moral, artística, de ser. Por supuesto, no se hace mención a que aquella forma de pensar el fútbol llevó a que, confrontado el mito con la realidad del fútbol en 1958, resultó aquello no ser más que chauvinismo argentino. Cabe la pregunta, además, de cómo es que puede considerarse “popular” una forma jugadorista, individualista, donde la unión no hace la fuerza sino que lo hace el talento, la predisposición natural que de natural no tiene nada: el talento, cualidad que no se entrena, es naturalmente discriminatoria.
Llonto, para colmo, dedica sus líneas al Mundial 78 (y el juvenil del 79), a las que se suma una columna firmada por el sobre los campeones de aquel Mundial, a distanciarlo de la coyuntura política del momento. Lógicamente, menciona las sospechas de arreglos y doping, pero sin analizarlas demasiado las califica de meros trascendidos. Luego, con la misma liviandad, califica al equipo campeón del 86 y a aquel subcampeón conformado por verdaderos troncos voluntariosos unidos y motivados por un objetivo común, como estandartes del “vale todo”, “en condiciones de poner en práctica las peores mañas”. Esto no lo considera un trascendido, claro, mientras se encarga de negar los méritos de un equipo que logró lo que ninguno (campeonato y subcampeonato mundial) al reducir sus estrategias a meras artimañas (como si fuera possible alcanzar tales logros con pequeñeces). A Llonto lo seguimos en Un Caño y cada vez que puede alude de la misma manera a lo que el llama "bilardismo", que reduce a una única dimensión, la del exitismo, y al hacerlo la conecta a todos los males del fútbol. No hace falta aclarar que las enseñanzas de la escuela pincharrata, desvirtuadas incluso desde el fanatismo de sus propios hinchas, son distintas: el resultadismo no es sino la búsqueda del objetivo (el resultado) mediante todas las posibilidades y facetas tácticas y técnicas del juego, lo cual implica un estudio profundo e integrador del deporte más allá de las fórmulas fáciles y las escuelas.
El periodista continúa su defenstración moral: considera que si bien la dicotomía está de algún modo superada (y lo está, o mejor dicho nunca existió, siempre y cuando no se caigan en los reduccionismos en los que incurre el autor) explica “formas distintas de sentir no sólo el fútbol, sino también la vida”. Este tipo de traspolaciones de la vida al deporte, tan comunes en los líricos, se alimenta de ingenuos o malintencionados reduccionismos morales. Pero entremos en la discusión: el periodista peronista Pablo Llonto, ¿no considera que si hay una forma válida en el fútbol para dar ejemplo a la vida, esa es la forma de la escuela de Bilardo, que enseña que el esfuerzo colectivo supera las diferencias “naturales”? Al parecer, en lugar de hacer esta consideración, elige caer en el mismo lugar común, ignorante, en el que cayó recientemente José Samano de El País, esa opinión común y maniquea que, impulsada desde los medios de comunicación, defensores de intereses hegemónicos y, a esta altura, mentalmente moldeados para defender esos intereses desde la ingenuidad, se alimenta de leyendas (de “trascendidos”) para evitar la rebelión de los menos poderosos desde el esfuerzo, el trabajo, la solidaridad. Desde los inicios del tiempo, vale agregar, la amenaza a lo establecido fue reducido a un ente malvado, peligroso, criminal.
El periodista continúa su defenstración moral: considera que si bien la dicotomía está de algún modo superada (y lo está, o mejor dicho nunca existió, siempre y cuando no se caigan en los reduccionismos en los que incurre el autor) explica “formas distintas de sentir no sólo el fútbol, sino también la vida”. Este tipo de traspolaciones de la vida al deporte, tan comunes en los líricos, se alimenta de ingenuos o malintencionados reduccionismos morales. Pero entremos en la discusión: el periodista peronista Pablo Llonto, ¿no considera que si hay una forma válida en el fútbol para dar ejemplo a la vida, esa es la forma de la escuela de Bilardo, que enseña que el esfuerzo colectivo supera las diferencias “naturales”? Al parecer, en lugar de hacer esta consideración, elige caer en el mismo lugar común, ignorante, en el que cayó recientemente José Samano de El País, esa opinión común y maniquea que, impulsada desde los medios de comunicación, defensores de intereses hegemónicos y, a esta altura, mentalmente moldeados para defender esos intereses desde la ingenuidad, se alimenta de leyendas (de “trascendidos”) para evitar la rebelión de los menos poderosos desde el esfuerzo, el trabajo, la solidaridad. Desde los inicios del tiempo, vale agregar, la amenaza a lo establecido fue reducido a un ente malvado, peligroso, criminal.
Este modo de apreciar el fútbol lleva a Llonto a consideraciones extrañas, como por ejemplo valorar la derrota mundialista vs. Italia en el 78 porque… “en aquel equipo no había picapiedras” (?). Se deslinda el resultado del deporte, y se lo valora a partir de una moral subjetiva y, como hemos visto, perjudicial para quienes menos tienen. Argentina necesitó de una sospechosa victoria contra Perú para pasar de ronda, pero aquello de amoral, claro, no tiene nada.
La operación se completa con dos columnas: mientras que la columna de Bilardo habla sobre cábalas (es decir, lo reducen a él mismo a una especie de loco) la de Cappa, lugarteniente de Menotti, habla, por supuesto, del “fútbol que le gusta a la gente”, ese invento que adjudican al pueblo pero que en realidad, como siempre sucede que las cosas se hacen “por el pueblo”, es en beneficio de unos pocos clubes grandes.
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