jueves, 24 de abril de 2014

La refundación Verón

Veinte años. Veinte que son más de treinta, porque se sabe que te criaste pateando por el country, atado a una pelota por el destino, por ese lazo de la mística, de la familia. Lógico que te duelan el cuerpo y el alma de tanto andar, Pelado: veinte años de pura cuesta arriba, nunca un ratito de pendiente para disfrutar de la inercia. Si cuando debutaste, un 24 de abril de 1994 (1-0 a Mandiyú para esperanzar con la permanencia), nos estábamos yendo a la B. Tenías 19 pirulos y cuatro meses después sufrías el descenso, como un hincha todavía.
 
Así arrancaba la carrera del tipo que daría la vuelta al mundo descociéndola, vistiendo las casacas más prestigiosas: Juan Sebastián Verón se iba al descenso, el infierno del fútbol argentino, para resurgir 12 meses después convertido en crack. Actor principal en un equipo estelar que ganó el duro torneo de punta  a punta, el juvenil Verón jugó seis meses más y después salvó al club no con sus pies sino con los dólares de su venta. Aquel Estudiantes no podía evitar el éxodo de esa pegada única, de esa forma quirúrgica de golpear el balón.
 
Pero vos sabías que ibas a volver. Tu grandeza no está en los títulos, está antes: cuando el Inter te tiró nosecuántos millones y vos te quisiste pegar la vuelta a unas canchas donde te escupen, te putean, te ningunean, te infaman (aunque sospechamos te gusta tanto como a nosotros), para salir campeón con el club de tu vida. Cuando salir campeón, convengamos, era una utopía, cosa del pasado.
 
Verón cambió esa mentalidad desprovista de fe. Verón resembró la semilla de la mística. Verón tiró en el túnel que había que ganar para salir campeón cuando quedaba medio torneo, y sus compañeros escucharon primero incrédulos, cómodos en el rol del simpático perseguidor, y después hambrientos: ese día los vecinos se comieron siete, y desde entonces Estudiantes perdió solamente un clásico.
 
Y Verón salió, contra todo pronóstico, pura manifestación de fe, campeón, de la manera más fílmica que se puede ser campeón: desde atrás, contra todos, el punto dándole vuelta el partido al candidato, para que se cumpla la profecía y el Pelado festeje con su papá, la Bruja, en cancha, un abrazo de una decena de estrellas.
 
Lo que siguió es historia: el partido en el Mineirao es una de las grandes gestas mundiales del fútbol, le pese a quien le pese, así como también la dolorosa final ante el Barcelona y el campeonato rastrojero. Y la historia también recordará con amor tu última etapa, la pedagógica, la cabeza y las espaldas de una necesaria renovación, el puntal para que los chicos crezcan, el que con cada pique de cincuenta metros, con cada partido infiltrado, los obliga a dejar de remolonear, aturdidos por sus nuevos sueldos y sus nuevos autos, los obliga a correr y meter porque así es Estudiantes.
 
Pero la historia está en los libros. Antes de la historia, hubo un acto, secreto, imperceptible: la refundación de la fe, el renacimiento de la mística, la invitación a creer en que todo se puede y, más que nada, el desafío de intentar ser tan grandes como obliga el legado de las generaciones pasadas. Eso fue Verón para Estudiantes: el jugador más preponderante de la historia del club porque, cuando ya todos, incluso nosotros, creían que aquellas noches coperas habían sido accidentales, generacionales, vino un tipo, dejando de lado fastuosos dineros, para enseñarnos que no, que la herencia sigue viva, que Estudiantes es una esencia inexplicable de gloria que se transmite de generación en generación.

martes, 15 de abril de 2014

Causas y azares

Las dos fechas que se jugaron pegaditas implicaron el paso entre la primera mitad del torneo y la segunda. Buen momento para ensayar un balance, parcial, incompleto, pero que busca salir del análisis ciclotímico, esquizo, del partido a partido: una costumbre del hinchismo que a menudo genera histeria y visión túnel.

Y al apuntar al gran panorama, lo que queda fuera del análisis es, por ejemplo, la labor de la defensa en el alocado 3-3 vs. Racing: si bien ha sido un puntal del ciclo Pellegrino (contrario a lo que prejuician quienes lo acusan de “europeo”) también ha repetido algunas de sus fallas, particularmente la marca en la pelota parada (desordenada y apuntalada por las individualidades) y la transición ataque-defensa. Aparentemente superado durante 10 fechas, este último problema reapareció por una noche, en el Cilindro de Avellaneda: Estudiantes marcó demasiado adelantado, sus laterales ya volantes y Desábato y Schunke para trabajar contra tres “rapiditos” cada vez que se perdía la pelota.

Pero en líneas generales el elenco pincharrata ha mostrado una cara mucho más sólida que la del torneo pasado. La gran deuda sigue siendo el gol, siendo que el arco de Rulli parece protegido y que Estudiantes no sólo tiene la pelota y busca los espacios, sino que sabe a lo que juega y, más importante, cree en ello. Tras la pretemporada, el cambio de actitud en la cancha ha sido notable, muestra de un entendimiento más profundo de lo pretendido por Pellegrino.

Y sin embargo, a pesar de disponer de la pelota casi siempre, Estudiantes sigue siendo algo inofensivo. Ya no se ve el equipo por momentos abúlico de tanto tocar, pero sí aparece, sobre todo cuando el rival se cierra, un conjunto sin demasiadas alternativas en ataque. El gol pasa habitualmente por asistir a los delanteros: de sus 10 tantos a favor, 8 los marcaron delanteros (cinco de Carrillo, uno para Olivera, Rodríguez y Jara) y uno fue en contra. Apenas un gol tienen entre los cuatro defensores y los cuatro mediocampistas pincharratas: Román Martínez a Belgrano, con algo de suerte pero gracias a la habitual vocación del volante a pisar el área.

Allí, el argumento principal para sostenerlo en el equipo aún por sobre Rodríguez, que ya varias veces ha pedido cancha con sus actuaciones. El equipo necesita de ambos: la vocación de Martínez para el gol y la facilidad de Rodríguez (también de Correa) para quebrar las defensas, sin dudas el gran debe del ataque de Estudiantes, predecible y por lo tanto fácil de controlar. La acusación principal del hincha remite a este exceso de prolijidad, que seguramente tiene que ver un poco con cierta mecanicidad dictada desde el banco, y otro tanto por la juvenilia tímida que puebla el once inicial y a la que le cuesta la rebeldía.

A pesar del toque y desmarque constante en tres cuartos de cancha, entonces, Estudiantes termina las jugadas siempre del mismo modo: centraliza demasiado sus goles. Una dependencia curiosa, si se tiene en cuenta lo duro que ha sido el post-Duvan para el club. La venta fue necesaria y aún hoy el Pincha paga deudas con las cuotas que llegan desde Italia, oxígeno transmutado alquímicamente en euros. Pero su partida implicó una desjerarquización notable, reflejada en el hecho de que, cuando Guido Carrillo marcó su tercer tanto en este torneo, recién entonces alcanzó al colombiano como goleador del ciclo Pellegrino.

El magdalenense empieza a acompañar sus enormes condiciones con el necesario gol de goleador. Lleva cinco en el torneo (segundo detrás de Zárate entre los artilleros) y aún cuando no tenga el instinto asesino de Zapata, su trabajo al servicio del equipo, el aguantarla, el hacer de salida, el pivotear, lo vuelven invaluable. La dupla que han montado con Franco Jara quizás ofrezca poco gol, pero le sobra sudor.

Hasta aquí las causas que explican el andar correcto del joven Estudiantes de Pellegrino, sus virtudes y su techo, y la sensación de grandeza no concretada (o por concretar, más bien). Pero el fútbol, en general analizado livianamente, es adicto a este tipo de narrativas explicativas sencillas que dejan de lado matices puntuales que cambian la ecuación. El azar, uno de ellos, ha influido particularmente en estos últimos encuentros para Estudiantes.

No es una palabra que le caiga bien al hincha. Después de todo, aquello que ha sido librado al azar merece castigar al equipo por no haberlo trabajado: la marca del club es la obsesión por no dejar detalle sin explorar. Pero con técnico y equipo jóvenes, algunas cosas, naturalmente, se escapan: los goles recibidos sobre la hora, una constante del ciclo, han llegado en las últimas jornadas básicamente por errores propios (Belgrano) y aciertos ajenos (Vélez, Racing), y se ha adjudicado a la incapacidad del piberío de cerrar los partidos. No puede negarse, sin embargo, la cuota de azar que envió los tiros de Correa y Campi adentro y no al satélite natural de este planeta Tierra, como es habitual.

Y solamente sin ese tanto del juvenil de Vélez, Estudiantes hoy tendría 20 unidades y sería escolta de Colón en lugar del equipo de Liniers. Ni hablar si uno de los mil tiros que ante Olimpo dieron en palos y trastes hubiese ido adentro. De nueve puntos, Estudiantes sacó tres, jugando bien y, sobre todo, buscando con coherencia: paradojas del fútbol argentino, el Estudiantes que sacó nueve de nueve en las primeras tres jornadas jugaba bastante menos que éste, y prueba de ello luego de aquellos tres encuentros se desinfló y recién pudo volver a la victoria en el clásico, en la octava fecha.

El fútbol criollo tiene estas cosas. El puntero arrancó el año inhibido por sus deudas, del primero al sexto hay tres puntos de distancia y nadie hace goles, y entonces las explicaciones se vuelven mucho menos potables, mucho más conjeturales. Pura teoría. El fútbol nuestro hoy se decide, no por el gran trabajo previo a los partidos sino por la falta de laburo y de jerarquía, en detalles que parecen casuales: el azar juega muchas veces un rol importante. En este panorama, Estudiantes trabaja y ambiciona otra cosa. La juventud de su plantel y DT,  la desjerarquización propia de la situación institucional, hacen que estos sueños queden aún en quimeras. Pero, al menos, tras varias temporadas de aspiraciones cortas de vista, el club en conjunto tiene una estrategia a largo plazo.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Sangre albirroja

Su cabeza sangra como en aquellos días en que trababa con la cabeza. Y no deja de llenar su boca con un grito desaforado de victoria: alrededor, un millar de enemigos quieren verlo muerto. Por supuesto que se trata del Flaco Alayes.
 
Y es que Estudiantes, el equipo en el cual ahora ocupa un cargo serio, profesional (cualidades habitualmente contrapuestas a la pasión) acaba de marcar un gol a su clásico rival: no van diez minutos y en el silencio de un estadio sólo apto para el público local, se escucha su euforia y el grito de un puñado de camisetas albirrojas en el césped del Bosque.
 
Alayes siempre fue desaforadamente hincha de Estudiantes, como usted, como yo mismo: quizás incluso más. Un sentimiento gutural animaba sus actuaciones con la camiseta albirroja, y sus gritos de gol eran particulamente emotivos. Todavía recuerdo aquella noche en Quilmes ante San Pablo, con el Flaco gritando el 1-0 mano a mano con los hinchas, colgado del alambrado a dos metros del suelo, la Copa del renacer de la mística. La furia y el llanto en el festejo ante Arsenal ese mismo año, fondo de pantalla durante un lustro y parte de lo que le contaré a mis hijos cuando le cuente nuestra historia, bueno, le pone la piel de gallina a cualquiera.
 
No iban 10 minutos, el partido empezaba, no era un tanto sobre la hora. Pero el Flaco, que sabrá usted nunca perdió un clásico, perdió la chaveta, y esto también lo contaré a mi prole: el Flaco Alayes era enfermo por Estudiantes, sus lágrimas en cada final fueron las nuestras, una encarnación alquímica del sentimiento del hincha.
 
No iban 10  minutos cuando Jara esquinó su remate ante el arquero de los vecinos y Alayes, en representación nuestra, los exiliados forzados a mirarlo por la tele, gritó sin importarle nada: se trepó al alambrado como si todavía fuera el seis, o mejor, porque es un hincha más. Su cabeza golpeó contra un hierro, quizás colocado estratégicamente allí por algún local rencoroso. De su sangre brotó como un manantial la sangre: sangre cien por cien albirroja. Y el Flaco siguió gritando.

viernes, 7 de marzo de 2014

Vivir al día

Si el país no estalla en enero y febrero, dicen los que saben, las crisis se planchan: pareciera ser esa la apuesta dirigencial, resistir, resistir y resistir. El verano es una temporada con poco ingreso (apenas la TV del verano, pero sin recaudaciones y con mucho socio que se va de vacaciones) pero mucha erogación, entre la pretemporada que hay que bancar y, por supuesto, los refuerzos.

Con la billetera flaca, numerosos conflictos durmientes emergieron para poner los pelos albirrojos de punta: hubo empleados impagos que se negaron a poner en condiciones el Country; la interminable novela de Duvan Zapata escribió un nuevo capítulo; José Leudo y su agente intentaron escapar por la ventana como la moda en Estudiantes (Vergini, Fernández) lo marca; y, finalmente, el DT Mauricio Pellegrino reconoció que se le adeuda el sueldo desde el año pasado, mientras que el plantel le deben un poco menos porque AFA, ese órgano facilitador de dinero, dealer de favores, mantiene a sus adictos contentos a cambio de favores.

El eje de todo es Duvan: Zapata sigue siendo sinónimo de salvación. El jugador fue vendido de emergencia el año pasado y parecía que el oro que ingresaba a las arcas curaría todo. Pero Napoli paga en cuotas y Estudiantes tenía, para los primeros millones, el dinero comprometido en deudas del pasado. Apenas pudo cancelar los compromisos, que ya estaba asumiendo nuevas deudas: el club vive al día, como un estudiante.

Por Duvan apareció primero un intermediario, oscura figura del fútbol, que, juicio mediante, pide su millonaria comisión por acercar, en teoría, la oferta del Napoli a Estudiantes. Esta versión fue negada por el club, pero Ferreira hizo públicos algunos papeles que sugieren que, al final de todos los juicios, el club deberá afrontar otro gasto millonario. Mientras tanto, Estudiantes aún no había pagado la mitad del pase de Zapata a América de Cali, pero ya lo había vendido: pasados varios meses de promesas y teléfonos descompuestos, también hizo público su reclamo el presidente del club colombiano, exigiendo 1,5 millones que se adeudan de un pase que se hizo en 2,7 millones. Advirtió que acudió a FIFA, con el fantasma de la quita de puntos dando vueltas en el insolvente fútbol argentino, y mientras tanto, ya corren intereses.

Las dos versiones que se manejaron mediáticamente indican que o Estudiantes tiene el dinero pero no puede girarlo por las trabas que rigen en el país, o el club tiene decidido vender los papeles correspondientes a la segunda cuota del pase de 10 millones al Napoli (resignando dinero) para afrontar los compromisos. Y los compromisos son vastos.

Porque ante la presión de América se avivó, por ejemplo, Julián Carmona, presidente de Cafeteros: Leudo, jugador suyo, está en el club a cambio de 500 mil dólares, pero Estudiantes sólo realizó un pago de 250 mil. Cuando las finanzas comenzaron a ahogar al club, apareció Carmona para pedir el resto, o se llevaba al jugador: maniobra similar a la que había facilitado la salida a Vergini y Fernández. Estudiantes, que aún debe casi un millón de dólares a Tigres de México según ordenó el TAS por el caso de la Gata, prefirió primero rescindir con Leudo, sin lugar en el equipo, y cercernar un problema económico y judicial, pero finalmente el exorbitante pedido de 50 mil dólares para liberar al jugador hizo que la CD determine que el colombiano siga en el club.

En medio del cambalache, y tras un primer triunfo que reafirmó el rumbo deportivo, se conoció la situación de plantel y cuerpo técnico, sin sueldo desde hace unos meses. Los protagonistas bancaron el momento y se informó oficialmente que mañana el club se pondrá al día. La procedencia del dinero es un tanto misteriosa, e invita a creer en la teoría de la venta de al menos una parte del porcentaje que resta del pase de Zapata. Lo cierto es que, con tanta deuda, pareciera ser que una vez más el salvador dinero del pase del colombiano servirá apenas para volver a una temporaria deuda cero: ¿y después?

El después es incierto, pero sin estadio propio, con los socios recortando gastos en medio de la crisis económica nacional (sumado a los aumentos constantes de la cuota), la apuesta de Estudiantes pasa por resistir hasta la próxima entrada de dinero: la TV del torneo Inicial y, mucho más, una venta importante tras el fin del torneo, que, en año mundialista, está a la vuelta de la esquina. ¿Se irá Rulli, o Silva, o Correa? ¿Gil Romero? ¿Carrillo? Alguien, quizás más de uno, emigrará casi seguro: aunque los hinchas pongan el grito en el cielo, el club necesita una venta como agua, si quiere comenzar a apostar a futuro, a dejar de vivir al día. Los desafíos serán, claro, no regalar por desesperados y no desarmar el equipo.

Mientras espera a que el tiempo pase, Estudiantes resiste. Y resistiendo, parece ir alcanzando lentamente aguas menos turbulentas. Febrero se extingue, disminuyen estadísticamente las chances de un derrumbe institucional. La tormenta aclara por un ratito, y el alivio de haber llegado a un impasse en las crisis se siente. Pero el cielo sigue nublado, y el pronóstico sigue anunciando altas probabilidades de precipitaciones.

sábado, 1 de marzo de 2014

El valor del ciclo

Quizás Arsenal haya sido el punto más alto en el ciclo Pellegrino. El equipo jugó a una velocidad diferente, lejos de los ataques abúlicos del 2013. Los jugadores no cayeron en pozos de confusión respecto a sus roles, demostrando que el cambio de esquema (del europeo 4-2-3-1 al 4-4-2) permite no solo mayor equilibrio táctico sino también mayor compromiso y comprensión de parte de los intérpretes. Si bien presenta algunas incógnitas (¿puede jugar en este esquema Patricio Rodríguez? ¿Puede Correa hacer la banda? ¿Cuánto puede Estudiantes retener a Silva, zurdo y ahora polivalente?) básicamente el cambio despejó la nube de dudas que ensombrecía el andar del equipo.

El “aburrido” 4-4-2 permitió, paradójicamente, mayor soltura que el 4-2-3-1, diseñado para soltar a los puntas pero que generaba ataques amontonados y algo obvios y lógicos desequilibrios defensivos en los laterales.  El esquema actual, a priori más estático y previsible, dio mayor vuelo tanto individual como colectivo, desde un mayor entendimiento de su tarea:Estudiantes construyó una decena de situaciones de gol y dominó absolutamente el trámite.

Aún así, apenas ganó 1-0, con un gol, de mano, en contra.

Entonces, antes que euforia debe haber cautela. Estudiantes arrastra como legado del pasado la falta de gol, mientras espera el despertar de Carrillo y los goles de Jara. Jugó, además, contra un equipo desconocido: mérito de Estudiantes reducirlo a su mínima expresión, no todos los equipos serán tan sumisos. Arsenal apareció en el estadio Ciudad de La Plata con dos bajas clave (Aguirre y Caraglio) y se lo notó cansado y lento desde el comienzo, todavía en modo pretemporada. El clima y la cancha pesados agigantaron la brecha entre el equipo más fresco y el más golpeado.

A este ítem absolutamente clave para medir las aspiraciones (la falta de gol), se le suman otras dos cuestiones cruciales: resta ver cómo reacciona este equipo prácticamente sub 23 a la adversidad y si consigue un rendimiento sólido a pesar de su inexperiencia. Porque, como es lógico y como se vio en 2013, un equipo que alinea a 7 jugadores juveniles (Rulli, Silva, Jara, Gil Romero, Correa, Auzqui, Carrillo) será propenso a la irregularidad, a actuaciones individuales fluctuantes, a errores. Es parte del momento que atraviesa la institución.

Y sin embargo, es en esta juventud, la que genera incertidumbre respecto a las posibilidades de Estudiantes, donde reside el verdadero valor del ciclo. Asistimos a una refundación al estilo 2003-2005, donde de la mano del Doctor y Merlo se afianzó el futuro, futbolístico y económico, de Estudiantes: en este modelo del fútbol argentino, que vive al día o peor y necesita ventas para equilibrar las finanzas, era un mal negocio seguir trayendo figuritas (muchas veces a préstamo o en condiciones poco claras, como el caso Carbonero) y tapando lo que constituía el patrimonio del club, los juveniles. Paradójicamente, en un fútbol que subsiste (apenas) por los pibes, es moneda corriente que se frene, por necesidad de resultados a corto plazo o desconfianza, el ascenso de los juveniles.

viernes, 28 de febrero de 2014

Un error para desinflar el entusiasmo

Fueron días de euforia que trastocaron sin dudas las prioridades y pusieron al hincha a soñar en grande: a semejantes vuelos, la derrota en la Bombonera resultó un terrible hondazo. Algunos, incluso, se enojaron, pero en rigor, todos lo sabemos, esta es la realidad de Estudiantes y del fútbol argentino: cualquiera puede con cualquiera, incluso el equipo más chueco. De hecho el panorama general del fútbol, que vende hasta la madre buscando subsistir mientras el dólar sube y las esperanzas de formar equipos competitivos bajan, resulta una gran ayuda para el club, que puede formar un equipo competitivo aún alineando pibes con veinte abriles apenas cumplidos.

Se habló de la intrascendencia del ataque de Estudiantes, viejo pecado del ciclo Pellegrino que parecía olvidado tras el despliegue físico ante Arsenal, la victoria inteligente con All Boys y la épica gesta ante Lanús. Pero en rigor, apenas en la primera fecha, ante un equipo que parecía pinchado, pudo Estudiantes generar más de cinco ocasiones de gol; con All Boys y con Lanús fue oportuno para meterla y oportuno para laburar.

Las razones pueden ser varias: algunos rendimientos individuales en las bandas, el lugar problema para el ciclo Pellegrino (pasaron Correa, González, Luna, Rosales, Jara, Rodríguez, Silva…), la salida del zurdo Silva del equipo (Estudiantes perdió salida por izquierda y Goñi no sintió el puesto en ataque), también la presión de la punta, de jugar en la Bombonera ante un Boca que jugó a dientes apretados, con un público tan hostil como el de Estudiantes la fecha pasada…

Pero todo tiene un denominador común: si hablamos del nivel fluctuante de las individualidades, o de sentir la presión del rival o del momento, no hablamos de los veteranos Verón o Desábato, sino de los pibes. Hablamos de Correa, que arrancó para irse al Inter y terminó fantasmal; hablamos de Rosales, improvisado volante por derecha ante Lanús que sostuvo el puesto sin tanto éxito; hablamos de Auzqui y Silva, que se hicieron echar tontamente; de Carrillo, todavía sin el hambre voraz que se le exige a un 9 en Estudiantes.

Pero sacar a los chicos no es una opción: no sólo porque de los suplentes son pocos los que pueden pedir un lugar (apenas, quizás, Patito Rodríguez, más incisivo que Correa en sus intervenciones) sino porque su participación es parte de un plan mayor, más valioso que un resultado, y debe respetarse, sin desesperar por eventuales malos momentos. Y bajo este plan, los resultados serán necesariamente igual de inconstantes que sus intérpretes. Los muchachos tendrán días buenos y malos, sentirán nervios, se agrandarán, se harán echar. Pellegrino, Verón y Desábato, en tanto, intentarán la futil tarea de ponerlos en fila.

Por supuesto, no debe convertirse en una excusa, ser motivo para el conformismo: Estudiantes debe apuntar alto, porque el resto de los equipos, igual de vaciados, algunos jugando Copa, todos con planteles cortos, permiten, al menos, pensar en entrar en la Sudamericana. El entrenador tiene la obligación no solo de ser maestro de estos jóvenes pupilos, de conducir su maduración, de motivarlos a los gritos para que se coman la cancha, sino también de conducirlos adentro de la cancha, buscar más variantes a un ataque por momentos predecible, pedir más juego de primera, aceitar el juego de memoria, para acelerar la transición entre ataque y defensa, aprovechar para ello el pie mágico de Verón, también de trabajar la pelota parada en defensa, que ha traído algunos dolores de cabeza.

Pero una derrota no es motivo para tirarse de los pelos. Menos en la Bombonera, cancha imposible para Estudiantes (ganó 8 de 88 encuentros) aún con equipos maduros y místicos. Seguro, Boca llegaba cabizbajo, buena chance para traerse una victoria que hubiera significado un empellón anímico de los importantes para el purreterío pincharrata. Pero Estudiantes planteó las cosas para aprovecharse del momento, cerradito atrás y jugando con la pelota y la desesperación de su rival.Boca, sencillamente, encontró el gol y desde ahí creció en confianza y se acordó de cómo defender: así suele ser el fútbol argentino, donde las derrotas se explican en pequeños errores.

La derrota deja siempre enseñanzas a quien quiere escucharlas. Al hincha le sirve: para disminuir su euforia y abrazar la idea de que el verdadero valor de este ciclo reside en equilibrar lo deportivo y lo institucional a partir de la promoción de juveniles y de la gestación de su madurez al lado de dos referentes de la mística (Verón y Desábato). Al plantel, en tanto, el golpe le mostró que a Estudiantes, al igual que al resto, no le sobra nada: no se puede dar una ventaja, porque se puede perder en cualquier cancha. Como dijo alguna vez Eduardo Manera, un error es un gol, un gol es un partido y un partido es un campeonato.

Así, entonces, llegamos al primer cuarto del torneo. La seguidilla de durísimos partidos que siguen (Ñewell’s retemplado, el jodido Belgrano en Córdoba y Rafaela previo al clásico de visitante) determinará como se ubica Estudiantes respecto a las copas y a los demás equipos, que seguramente seguirán en la actual línea de dividir puntos. Es temprano todavía en la temporada; más temprano aún es en la vida de este joven equipo cuya historia recién se empieza a forjar.

domingo, 23 de febrero de 2014

Se dice de tí...

“Hoy hubo bidón”, tiró un Verón feliz con sus discípulos en la brujería mística, y picanteó un poco más el clima caldeado que dejó el partido con Lanús. El encuentro del miércoles tuvo todo: polémicas, expulsiones, insultos, grescas y declaraciones subidas de tono, pero un buen porcentaje provino del lado visitante, que la siguió ayer, en las radios y la televisión. La acusación, simplista, retrógrada, era que Estudiantes, como marca su historia, había ganado con trampa.

Antifútbol: fue curioso como empezó a rondar por enésima vez esa palabrita con la que tantos equipos, ante falencias propias, acusan y se martirizan a la vez. Curioso porque el partido fue  intenso y áspero, pero de ninguna manera hizo Estudiantes uso de ardides arteros para vencer. Más allá de la tardanza para alcanzar la pelota (habitual en el fútbol argentino), no hubo una batería de lesionados ficticios, ni patadas para todos, tampoco cambios para ganar tiempo o un constante revoleo fuera del estadio: apenas un equipo que, en desventaja numérica, manejó los tiempos del partido con inteligencia (motivo de orgullo de Verón y todo el pincherío) e hizo un culto de la defensa durante 30 minutos.

Pero “defensa” es una mala palabra en el fútbol argentino, un acto de cobardía, una inmoralidad. “La nuestra”, mito de un fútbol nacional lírico, pura invención e inspiración, envolvió al deporte en un aura mágica lejos de todo intento de explicación y sistematización, y, a la vez, sometió durante mucho tiempo (lo sigue haciendo) a la mediocridad a equipos sin posibilidad de reforzarse con estrellas, que quisieron jugar “lindo” para no ser cobardes adscriptores al antifútbol, y terminaron siendo los simpáticos perdedores de la historia. Los partidos terminaban 6 a 4, 5 a 3, todo muy lindo para el espectáculo: pero los campeones, hasta 1967, fueron cinco, justo los cinco que gozaban del poderío económico para robar canteras ajenas y formar superequipos que dominaban a sus rivales a puro gol (sin escatimar patadas, casi siempre sin sanción). Entonces, apareció Estudiantes.

Zubeldía estaba determinado a cambiar este fútbol sumiso donde los chicos debían permanecer en su lugar: con otras armas que las propuestas por los medios, pensó, podía darse batalla y vencerse a los capitalinos. Pero esas otras armas (organización, defensa, trabajo, equipo) fueron desmanteladas discursivamente: el fútbol se volvió moral, los modos, los estilos, eran “buenos” o “malos” (¿hasta que punto esta mitología nacionalista no es cipaya, un derivado del “civilización y barbarie” que condena las estrategias diseñadas desde los márgenes del mundo?). Y Estudiantes, el atrevido club de La Plata que desafiaba sus límites, estaba del lado de los malos.

¿En serio otra vez esto? Parece ridículo, una pelea dialéctica propia de un pasado superado por cualquiera con dos dedos de frente. Pero siguen allí los negadores, repitiendo sus floridos cuentos de un fútbol mítico hechos de gambetistas fiesteros que no necesitan disciplina, tan grande es su talento natural, tan superiores somos los argentinos. El sentido común alcanza para desbaratar esta mitología argenta que se extiende a otros ámbitos, polarizando hasta la enemistad mortal cualquier actividad.

La historia de Estudiantes no encaja en su modelo anitnómico, la desmiente, la excede, la desarma: “Club que ganó todo jugando al fútbol. Con grandes equipos y una filosofía de vida admirable. Zubeldía revolucionó el fútbol. El equipo de Bilardo era brillante. El de Sabella jugaba bárbaro”, escribió en respuesta a algunos exabruptos del Departamento de Prensa de Lanús el periodista Pablo Gravellone, “muy hincha de All Boys” según su propia biografía.

Pero, a pesar de todo, de los triunfos, de los logros e incluso de algunos reconocimientos pasajeros, siempre que Estudiantes hilvana un par de triunfos vuelve el mito del antifútbol: y nosotros, a esta altura, nos reímos, lo abrazamos, subvertimos el bidonismo y el antifútbol y lo adoptamos como bandera. Como los vikingos, Estudiantes disfruta y celebra, carnavalescamente, subversivamente, su mala fama. No nos interesa justificarnos, defendernos: para que dar explicaciones si, como dice el refrán popular, tus amigos no las necesitan y tus enemigos no las creerán.

Lo bueno es que en el country nadie da bola: lejos de salir al cruce de las declaraciones, el equipo continuó cultivando el bajo perfil guardadito y concentrado en City Bell, esperando el partido que viene sin creerse el cuento del Estudiantes infame (y tampoco el canto de sirena que pone a este Estudiantes en el pedestal: falta muchísimo). Y nosotros deberíamos hacer lo mismo: esta columna debería autodestruirse en 5 segundos. Y que hablen, que sigan hablando. Si ellos son la Patria, yo soy extranjero.

viernes, 7 de febrero de 2014

Sinceramiento

El año comenzó turbulento. Gastón Fernández se fue a jugar al fútbol a Estados Unidos a cambio de la deuda que el club mantenía con él. A Vergini le cayó la ficha y siguió el ejemplo de la Gata para escaparse al Sunderland. El club perdía en los primeros días del año jerarquía y dinero. Los refuerzos altisonantes (Alvaro Pereira el más notable caso) se transformaban rápidamente en nombres terrenales, mientras transcurrían días con empleados en paro y césped largo en el Country. Síndrome del fútbol argentino, el caso Estudiantes: los sueños terminan siendo humo y las contrataciones acaban siendo más que moderadas.

Ninguna dirigencia de los últimos años quiso realizar el trabajo aburrido de balancear las cuentas. Se gastó toda la bonanza y luego se gastó a crédito de futuras bonanzas. La actual CD entró con un mensaje de austeridad, pero fue impotente ante la fragilidad estructural: se encontró con una situación mucho más desesperante de la esperada y probablemente incluso haya diagnosticado, inicialmente, la situación con mayor levedad a la merecida. La idea de que los melones se acomodarían andando sin dudas rondaba en las mentes de Lombardi y los suyos cuando, a mediados de 2013, decidieron postergar la austeridad por intentar ser dirigentes de un equipo campeón y trajeron a Jorge Luna, Patricio Rodríguez, Santiago Vergini y Franco Jara. Nadie quiere hacer el trabajo aburrido.
La situación pareció estallar este verano. La falta de pagos en los sueldos a los empleados, a la espera de los dólares salvadores de la venta de Zapata (la transferencia de último momento fue el primer síntoma de que Estudiantes estaba en verdaderos apuros económicos), y una pretemporada con sólo un refuerzo a 24 horas de arrancar el torneo y con dos fugas a cambio de la deuda, mostraron la impotencia, la debilidad no solo deportiva sino institucional del club ante su deuda. Estudiantes ya no es soberano de su nave.

Forzosamente el club comienza a transitar, tras amagues, marchas y contramarchas, el mentado post-Verón. Un período donde los pichones son todavía pichones (y muchos, irremediablemente, deberán irse antes de explotar) y los refuerzos vienen a sumar antes que a cambiar la ecuación. Estudiantes debe atravesar este momento porque cometió errores gruesísimos en la planificación a largo plazo, apostando descerebradamente por figuritas, desinteresado por la deuda creciente y el déficit operativo, por la desvaloración del club como marca, y también como destino: los sponsors ya no ven al club chico que puso de rodillas al Barcelona, al equipo de Verón; tampoco los jugadores de otros clubes ven esa institución paradisíaca de antaño, de sueldos al día y competitividad garantizada. Estudiantes abandona la elite.

El dinero tiene de rehén el presente y el futuro de Estudiantes, comanda sus decisiones y limita sus proyectos. Pellegrino tiene que convivir con esta situación (habitual, por otro parte, en gran parte del fútbol argentino) y acepta tener que conducir a una cofradía compuesta mayormente por la verde y volátil juvenilia del club.

Pero Estudiantes cuenta todavía con un plantel por encima de la media y bien podría sobrarle, en el desnutrido fútbol criollo, para pelear los primeros puestos; y sin embargo, el equipo no termina de ser equipo, de concretar lo que prometen sus nombres. Un año de conducción de Pellegrino no ha garantizado, en ese sentido, la construcción de una identidad futbolística. Lo visto en la pretemporada  no amerita entrar en pánico (hay esperanza), pero confirma que el equipo no ha evolucionado sino que mantiene las mismas fortalezas y debilidades que lo caracterizaron bajo este DT. El rumbo no termina de esclarecerse: Pellegrino no consigue transmitir su mensaje al equipo, no logra plasmarlo en la cancha.

El verano no alimentó el optimismo de los hinchas; al contrario, fastidió ver la misma cara del equipo, y enojó la derrota en el clásico contra un equipo diezmado (sin su doble cinco titular y sufriendo la lesión de su zaguero comandante en el inicio del juego) pero que, con humildad y coherencia, fue más equipo que Estudiantes. El Pincha parece estancado en un nivel de juego que le traerá victorias y derrotas casi al azar, y que lo vuelve siempre, en su falta de argumentos, rehén de las condiciones que imponga el rival.

Si Estudiantes quiere ser exitoso (esto es, exceder las expectativas reducidas de su contexto) debe reconocer su situación y elaborar estrategias para superarla. El fin de fiesta llegó. Ya no vendrán jugadores de renombre, habrá que conformarse con lo que hay. A partir de ahí, resultará crucial entonces calibrar la mira en los mercados de pases, en lugar de seguir alimentando el desequilibrio del plantel. Además, será fundamental trabajar mucho en la semana para madurar pibes y, sobre todo, conformar un equipo que sepa lo que quiere y como conseguirlo, así sea algo tan simple y conformista como un empate rasposo de visitante.

Lo importante, entonces, es el sinceramiento: no deberá el hincha exigirle al equipo que afrontará el torneo Final 2014 solidez de campeón y juego perfumado. Habrá que esperar apenas magias parciales, bancar la consolidación del piberío y, soñar con el crecimiento de la conducción técnica, seria y trabajadora pero, en la realidad pobretona del fútbol argentino, hasta ahora, estancada en la promesa de mejor fútbol.

viernes, 28 de junio de 2013

La Bestia


Ver a Verón, el marciano pelado, abría bocas de la admiración. Pero ver a Braña, al Chapu, al emblema del juego humilde y sacrificado, abrumaba por la emoción que, siempre, sin falta, causaba.

¿Qué haremos sin el Chapu, el corazón de todo? Porque el Chapu se va. El hombre que cambió lo que el hincha de Estudiantes, siempre exigente en términos de entrega, entiende por “dejar la vida”. Par ideal de la Brujita, que si encontró su mejor fútbol de veterano en Estudiantes, no fue solamente por una cuestión de identificación: fue porque a su lado corría, metía, recuperaba y entregaba con gran criterio un Animal, con cada una de las letras y con toda la carga semántica del sustantivo en el club: Braña, bestia pura del fútbol, era la bestia de la mítica tapa de un matutino porteño que decía “Sabella y las bestias” cuando, allá por 2010, Estudiantes conseguía su última corona hasta la fecha.

Fue el mejor jugador de aquel torneo: cuando entregamos al plantel "Rastrojero", la revista homenaje a aquel campeón, los propios jugadores nos reclamaron la ausencia del Chapu manejando la camioneta en la tapa, junto a la Bruja y Sabella. Aquel torneo increíble que disputó, desdoblándose para, en ausencia de Verón, jugar de Chapu y de Brujita, coronó un 2010 que, varias veces, me tuvo al borde de las lágrimas: aquel gol a Juan Aurich, claro, el partido con River en Quilmes en el torneo Clausura, también, ese despliegue extraterrestre, encarnación del sentimiento del hincha en el verde césped, su callado liderazgo, fútbol antes que palabras, y su esfuerzo constante por mejorar y aprender, insignia pincharrata desde los tiempos de Zubeldía, lo convirtieron a partir de aquel año en uno de los número 5 más increíbles que haya dado el fútbol, un perro de presa capaz de mover la pelota y los tiempos con un panorama veroniano y algunos momentos directamente sobrenaturales.

Pero no siempre fue Braña esta enormidad de jugador: arribó muy joven y muy quilmeño al club en 2004, cuando todavía era un ocho de marca y compartía un mediocampo temible con Bastía y Meléndez. Pero el Chapu, pronto corrido al medio del campo, fue ganándose a puro correr un lugarcito entre los titulares: todavía terrenal, pero ya con su marca registrada del sacrificio, Braña se ganó muy rápido el corazón de los hinchas, particularmente sensibles a las gestas hechas de barridas aguerridas y trabadas con el alma.

Fue clave en la gesta del 2006, y aunque todavía era catalogado como la rústica contraparte del Capitán en mitad de cancha, ya era algo más. Ese algo más fue en la increíble Copa Libertadores 09, y también en Dubai. Aquellas actuaciones le insuflaron de una confianza para manejar la pelota, que lo transformaron. De bestia a crack: tras aquellos años de crecimiento al lado de la Brujita, con Simeone y con Sabella, Braña se supo gran jugador.

Por esas cosas de la vidriera pincharrata, siempre mal considerada, no consiguió nunca una oferta concreta por su pase. Tampoco le permitió el éxodo el hecho de haber conformado una de las mejores duplas de mediocampistas de la historia del fútbol argentino. Estudiantes, sapiente de lo que tenía, lo tentó una y otra vez para quedarse a vivir en el club.


Otra vez nos emociona el Chapu, parte viviente de la leyenda de Estudiantes de La Plata, merecedor de mucho más que aplausos y ovaciones: su partida duele pero, realizada con total transparencia, no ofende. El Chapu quiere probar alguna otra experiencia antes de colgar los timbos pero, como él mismo dijo, será el inexorable destino, su ligazón metafísica, inquebrantable, con los colores y los valores del club, lo que con el tiempo lo volverá a encontrar con Estudiantes de La Plata. Será hasta entonces. Cuando, no cabe duda, el Chapu nos vuelva a emocionar.

domingo, 23 de junio de 2013

El futuro llegó


Belgrano tiene muy claras las ideas, y el gol tempranero le facilitó todo: Melano empujó una pelota que envió Velasquez, que apareció solito a espaldas de un Modón titularisimo en ataque pero caótico en el retroceso, a menudo imantado por la pelota. Modón está en la lista no oficial de prestables, pero aún con sus desobediencias tácticas, propias de un jugador que pasó su vida de juvenil como volante, jugó más que el Angeleri lateral. Porque, por caso, mandó el exquisito centro que cabeceó Carrillo para el gol, una conexión madie in Inferiores para sellar el empate que dejaría a Estudiantes con 48 puntos en la temporada. Y así, llegó el día: el Pincha arrancará, por primera vez desde la temporada 2003-2004, con una campaña sub-50 en el lomo.

Fueron varios los momentos que anunciaron este desenlace y que pedían a gritos transición y seriedad sumapuntos: pero curiosamente este momento indeseable llega en medio de un prometedor presente. Hay un técnico con ganas de hacer escuela, firme defensor del cerrojo en el arco propio y con cifras alentadoras no solo teniendo en cuenta el estado en que tomó el equipo, sino en cualquier circunstancia. Hay, además, un equipo comprometido con el entrenador, con su laburo serio, obsesivo y de punta.

Pero sobre todo porque en un panorama donde el futuro asomaba complicado, florece promisoriamente la juventud. Modón y Carrillo, claro, que quizás busquen sumar partidos en otro lugar; pero además, la seguridad de vuelo andujariano de Rulli, la fortaleza y valentía de Silva, de gran pegada, el coraje del sucesor de Chapu, Gil Romero (que ayer jugó un ratito nomás), el habilidoso y despreocupado vértigo que le imprime Correa al ataque: de ese círculo surgió ayer la arrasadora media hora de Estudiantes que abarcó los últimos 15 del primer tiempo y el primer cuarto de hora del segundo. Cada vez más afianzados, ellos serán parte de la columna vertebral del futuro inmediato, apuntalados, claro, por los gritos de Desábato, y, si los planetas se alinean, por un doble cinco de los mejores de la historia: si sigue Braña y vuelve Verón, Estudiantes enfrentará finalmente el proceso de transición como debería, los viejitos ordenando y los pibitos rompiéndola.

Por supuesto que no todo es un prado colorido en el porvenir: los 98 puntos que acumula Estudiantes obligan a no resbalar desde este instante. No será responsabilidad solamente del equipo o el entrenador: los dirigentes deberán apuntar con mucho cuidado los refuerzos, cuidandose del despilfarro pero buscando una necesaria jerarquización, y con el agregado de tener en consideración el presente de los pibes, para no volver a taparlos en la oscuridad. Porque el futuro son ellos, y el futuro ya llegó. Y llegó bastante mejor que lo que, hace apenas meses, imaginaban en calle 53.

martes, 11 de junio de 2013

¿No se mancha?

Hasta las baldosas sabían que el partido estaba suspendido por un muerto y un herido de gravedad, producto de un enfrentamiento entre facciones de la barra brava y la Policía. Pero los relatores de Fútbol Para Todos seguían haciendo su mejor esfuerzo por mostrarse anodadados por el tiempo que tardaban en salir de los vestuarios los jugadores. ¿Estarían aplicándose productos para el cabello?

Otra vez, mientras tanto, los hinchas esperaban pacientes, rehenes por enésima vez del accionar represivo de la Policía y las constantes luchas de poder en el seno de verdaderas organizaciones mafiosas como son las barras bravas, que protegen los políticos y los dirigentes del fútbol. Cada vez menos gente defiende el supuesto folclore que aportan los cabecillas de las tribunas, porque cada vez es más evidente que se trata de un discurso vacío que protege sus actividades criminales ilegítimas. Podremos analizar su legitimidad barrial, su surgimiento en el marco de la disolución de identidades locales de los noventa, su rol como defensores de los hinchas ante los abusos o vacíos estalaes-policiales, pero se torna cada vez más evidente que detrás de las narrativas sociológicas y folcóricas se esconden tipos que lucran con las diversas changas que permite el fútbol, desde venta de choripanes y estacionamiento hasta pases de jugadores. Y que se matan entre sí por el botín, con el guiño de una Policía que participa del negocio.

Y los hinchas siguen yendo, a pesar de que son manoseados y golpeados por una Policía que permite el ingreso de cientos de hinchas sin entrada y sin cacheo ante sus ojos. Siguen yendo, cuando pueden morir por una bala perdida, en medio de un enfrentamiento entre facciones, el único tipo de pelea entre barras hoy en día, terminado el romanticismo de “correr al otro”. Van, se comen una suspensión, y van de nuevo el finde que viene. Les ponen la AFA Plus y ellos la pagan: una absurda medida cuyas ganancias irán a parar al bolsillo de algún funcionario y que continúa con la política de hacer en la superficie pero negar el problema de fondo. Vender humo y que nada cambie, porque, en rigor, no hay ningún interés político en que estos “hinchas apasionados”, como se los llamó alguna vez desde el oficialismo, tengan que rendir cuentas que incluyen, claro, punterismo, seguridad privada para funcionarios, aguante en actos políticos y hasta un gremio de hinchas patrocinado por el kirchnerismo en la víspera del Mundial 2010. Mucha menos intención, como demuestra el sugestivo silencio de FpT mientras se determinaba la suspensión de Estudiantes-Lanús, hay de revisar los organismos de seguridad, los operativos costosos y futiles, la obvia connivencia entre las barras y la Policía.

En la misma línea que AFA Plus, persecutoria de los hinchas, está la disolución del Coprosede, demasiado sucio ya tras perder todas las batallas posibles y demostrarse una y otra vez su connivencia en hechos de violencia (uno de los cuales sucedió en el mismo escenario que el encuentro de anoche: por Copa Libertadores, la Policía y los organismos de seguridad abrieron puertas que permitieron que una facción de la barra cruzara de tribuna y baleara a Sergio Chans). En su lugar surgió el Aprevide, que es, básicamente, el mismo organismo con la misma política. Su participación se reduce a determinar horarios ridículos “para mayor seguridad” (ayer lunes se jugó, por esos motivos, a las cinco de la tarde), y pedir operativos multitudinarios que resultan, cada vez que hay problemas, absolutamente impotentes. A veces son impotentes por falta de preparación, tanto logística (no puede ser que mil operativos armados sean abrumados por treinta sujetos y no tengan otra alternativa, otra herramienta, que la represión: que sean incapaces de prevenir y contener a pesar de su entrenamiento y su armamento) como en la inteligencia: mientras los medios advierten durante días la posibilidad de enfrentamiento entre barras (que además siempre recrudece cuando se terminan los torneos y se produce la repartija de lo recaudado que, encima, aumenta si se pelea por algo) la Policía parece no anoticiarse nunca. Por supuesto, estas distracciones ocurren muchas veces porque los operativos son impotentes porque quieren, socios de las barras en muchos chanchuyos barriales, amigotes. Los hinchas de Estudiantes recuerdan, recientemente, la liberación de una zona aledaña a la cancha de All Boys en Floresta que provocó un enfrentamiento entre parcialidades.

Pero no fue éste el caso: fue la Policía la causante del balazo mortal, que habría intervenido acorde a la costumbre en la disputa de modo represivo y habría ejecutado al barra de Lanús.Los líderes de la hinchada de Lanús fueron quienes desalojaron, antes de la suspensión, la tribuna visitante, pero en un nuevo error del operativo, la Policía permitió que llegaran al Hospital de Gonnet, donde se hallaba el muerto. Obivamente, se produjeron graves incidentes también allí.

Por supuesto, culpables no hay nunca, nadie se hace cargo a pesar de las toneledas de plata, dineros públicos incluso, invertidos en organismos y en operativos que a todas luces nada modifican, nunca, pero que sirven para la foto. Y ante los incidentes, nunca recae la responsabilidad en ellos: se utiliza a las barras como chivo expiatorio, demonio que surge de la nada, y no como un síntoma de una sociedad corrupta y de una voluntad política nula de solucionar los problemas concretos que permitió el crecimiento desmedido de un negocio criminal bajo su tutela. Mucho menos se los piensa como seres humanos: si son barras, parece disolverse el repudio por la muerte, parece ser motivo suficiente para tirar.

Esta notable negación del problema de fondo lleva a la continua aplicación de medidas vendehumo: se cierran los estadios en los clásicos, en la Primera B no se permite público visitante, se obliga a los hinchas a empadronarse o a dejar los encendedores en casa... Siempre parches, siempre claudicaciones, la Provincia acaba de determinar, tras una semana de terror, que las dos últimas fechas se jugarán sin público visitante, cuando los incidentes de los últimos años no vienen siendo causados por los choques de hinchadas sino por internas de barras. Se criminaliza al hincha y no se persigue al criminal. Y, además, claro, se suspenden encuentros: fueron dos este fin de semana (Estudiantes-Lanús y Velez-All Boys) y, en esta época de descensos y campeonatos, de histeria y guita en juego, suelen multiplicarse.

¿El show debe continuar? La suspensión del partido, molesta para mucha gente, en definitiva es incuestionable: ningún partido debería jugarse cada vez que se produce una muerte por el fútbol. Además, se corría riesgo real de que todo se pudra: el fallecido era cabecilla de la barra y el culpable, un policía. Pero, sin medidas reales para contener la violencia, resulta casi irónico parar un partido, que, treinta minutos después, se juegue otro y la atención vire, convenientemente, a otro lugar y que, como medida para solucionar la cuestión, se prohiba a los hinchas concurrir a los espectáculos deportivos: se trata de una concesión que demuestra la incapacidad de los organismos de seguridad de organizar un encuentro y de una medida mentirosa, con el único objetivo de llegar al fin del torneo y que todo pase, como reza el lema oficial de Julio Grondona.

El partido se suspende, pero la transmisión sigue, esperando hasta la hora del pase con Rosario, donde juega Newell's. Y en medio de toda esta producción de Fútbol Para Todos, claro, aparece, increíblemente, la publicidad de AFA Plus, la supuesta solución a todos los males. Los medios oficiales se hacen los desentendidos, no hablan (no pueden) de los abusos, ineficiencias o complicidades del operativo, de la falta de decisión política para solucionar la violencia en el fútbol, y, lo antes posible, otra vez, todo se disuelve en el aire televisivo. Rueda la pelota, sale el puntero a la cancha, sigue el show.

lunes, 27 de mayo de 2013

Oasis, espejismos y horizontes



Allí está el oasis, el alivio: no importa si es real o no. Espejismo o realidad, consuelo físico o anímico, el oasis es de todos modos un consuelo temporario, porque luego de bebida el agua o imaginado el reposo, la realidad del desierto que queda por caminar se impone. El oasis funciona, como el horizonte, para seguir caminando.

Estudiantes encontró en el inicio la era Pellegrino un necesario oasis. Tras una cosecha deshidratada quedó en medio del desierto, sacando cuentas y envuelto en dudas. El nuevo DT tocó un par de cositas, interpeló al equipo con mucho laburo semanal y consiguió una versión prolija de Estudiantes, que no se regala atrás como antaño, que aprendió a regular los partidos y que consigue encontrar, algo, fugazmente, a sus creadores. Machacando sobre la preponderancia de estos pilares, el equipo consiguió nada menos que 10 puntos sobre los 15 que tuvieron en el banco al flamante entrenador.

Enseguida comenzaron los delirios, propios del viajante en el desierto, los espejismos: Estudiantes era una maravilla y había, de repente, que sumar para clasificar a la Copa Sudamericana, un torneo ingrato para el club que, en este momento, traería nada más que dolores de cabeza en forma de lesiones, equipos alternativos y derrotas en el torneo que, la temporada entrante, le tiene que importar al club. Antes que pensar en el disfrute y la celebración, Estudiantes tiene que salir del desierto.

Y ese es el tema, justamente: la sumatoria de puntos calmó las sulfuradas gargantas, el infierno acuciante, el pánico del desierto sin fin. Pero aún no sale de las arenas ardientes: lejos está Estudiantes de correr, menos de volar bajito. Hilvanó un par de victorias a puro pragmatismo, pero nada le sobra y todo le costará. Argentinos llegó a La Plata con cinco derrotas al hilo y un compendio de juveniles y suplentes, en medio de un caos institucional que amenaza con incendiar todo y mandarlo a la B. Con un planteo modosito, maniató al equipo de Pellegrino y, si acertaba la que la suerte le dio, podría hasta haber ganado.

Porque mucho le falta a Estudiantes: defiende mejor (encontró un arquero que responde cuando lo llaman y hace rato no le marcan), funcionan los relevos, no queda mal parado, pero tampoco es una garantía; ataca mejor, se junta, busca por adentro y por afuera, pero en general no encuentra y sigue siendo predecible como contracara al orden hallado. Ayer fue la imagen viva de como la impotencia se termina convirtiendo en desidia: tras un primer tiempo de búsqueda paciente, el Pincha terminó jugando al gol azaroso y hasta perdió la pelota, por apresurado y harto, contra un equipo que no quería tenerla. Apenas Correa aportó rebeldía ante el empate clavado, en un equipo donde, otra vez, varios de los grandes agudizaron las dudas sobre su continuidad: Benítez fue tibio, Martínez demasiado errático, y la Gata coronó una media hora de flotación intrascendente con una expulsión boba que, además, privó a Estudiantes de una última jugada.

Pellegrino heredó un plantel caído física y anímicamente, repleto de jugadores con signos de pregunta respecto a su futuro y chiquilines de notable verdor, y consiguió torcer el destino inexorable de este torneo: perder este tipo de partidos. Hoy sumó un poroto que dejó a varios soñadores disconformes, pero que sirve para seguir caminando hacia el horizonte: el final del torneo. No es un “paso atrás” sino un paso más de este Estudiantes que no está para grandes pasos, y que puede tanto ganar (ahora sí) como empatar o perder, dependiendo todavía en gran parte (pero cada vez menos, parece) del alineamiento de los planetas.

Nada de copas o demás ilusiones: en estas cuatro fechas, el único objetivo debe ser sumar, como sea y lo que sea, y terminar este torneo Inicial de la mejor manera posible. La única utilidad de los oasis, pequeños triunfos en medio de un presente acuciante, debe ser la de motivar para terminar, de una buena vez, esta accidentada y sufrida travesía y comenzar un nuevo capítulo.

domingo, 26 de mayo de 2013

La corporación del fútbol contra el júbilo

San Martín de San Juan acababa de marcar el desnivel en un encuentro duro en que unos jugaban por la punta y los otros, los sanjuaninos, por mantenerse con vida en primera. El festejo se desató alocado, como sucede cuando los equipos tienen pocas oportunidades para celebrar, cuando cada gol vale oro. El festejo es, después de todo, la consumación del fútbol, el momento único de descontracturarse, el momento sin reglas ni tiempo. Por supuesto, hacia ese lugar anárquico y gutural fueron las reglas.

Terminada la celebración, el autor del tanto, Damián Ledesma, recibió una segunda amarilla, acusado de sacarse la camiseta, y se fue de la cancha en un momento clave para los sanjuaninos, y también para otros equipos interesados, como, por caso, estos chicos de Independiente. El jugador se había levantado la casaca pero no se la había quitado, por lo cual, en primera instancia, la sanción del árbitro resultó apresurada, descontextualizada, una sanción demasiado celosa de una regla banal, que no tuvo en cuenta momentos ni lugares, ni siquiera matices. Las críticas fueron acompañadas por las teorías conspirativas que, naturalmente, surgen cerca de junio cada año, y en contrapartida surgieron las voces que cargaron las tintas en la soncera y la inconsciencia del pobre Ledesma.

No sabemos si la corporación del fútbol (AFA, árbitros -que son de AFA- y medios) ayuda o no a Independiente, el club de Don Julio que, por ser uno de los grandes de capital, atrae gran cantidad de telespectadores. Tras años de fútbol todos hemos visto afanos, a veces sutiles amonestaciones que te sacan un jugador el próximo partido o faltitas que te inclinan la cancha, a veces groseras omisiones: sabemos entonces que algún ayudín seguramente habrá, aunque hasta aquí no le ha funcionado demasiado bien al equipo de Avellaneda. La cuestión, de todos modos, es puramente especulativa gracias a los “códigos” del fútbol, esos que Ezequiel Fernández Moores ha igualado con razón a la omertá (la ley del silencio de las mafias). No interesa, por ende, desarrollarla.

La situación de Ledesma revela, sin embargo, otro manejo apenas velado del fútbol. La reglamentación que devino en la expulsión del jugador de San Martín fue sancionada en 2004 por FIFA, en principio, para poner límite al festejo desmedido, a la “excesiva muestra de júbilo”. Una sanción disciplinaria injusta, exagerada, pero esperable en un deporte donde vuelan las patadas y los árbitros expulsan jugadores cuando los insultan.

Ahora, la regla 12 (Faltas e incorrecciones), dentro de la cual se incluyó la sanción que discutimos, habla, muy específicamente, del tema camiseta. El “festejo desmedido” por, digamos, colgarse de los alambrados o gritarle el gol a la hinchada ajena, queda abarcado por la ley, por su espíritu, primando como en todo el reglamento el criterio arbitral a la hora de definir qué es desmedido y qué no. Pero lo mismo no ocurre en cuanto al festejo con quita de camiseta (?), situación ante la cual la FIFA obliga a amonestar: la reglamentación de una situación tan particular dentro de un reglamento más bien acotado y librado mayormente a la interpretación de las situaciones parece, en principio, arbitraria, ortiva, un castigo caprichoso a una situación inofensiva. Por supuesto, toda regla tiene un alto grado de arbitrariedad: si el deporte reglamenta que uno no debe atarse los cordones dentro de la cancha, hacerlo es necesariamente irresponsable o inconsciente. Sin embargo, esta regla no es tan arbitraria como parece, y tiene su origen en la infame alianza entre fútbol, medios y empresas.

El gol es el momento de gloria pero, también, de exposición del futbolista. Por ello los festejos con bailecito, máscaras y dedicatorias que pululan por el mundo: es el instante donde todas las cámaras enfocan al jugador, donde lo vuelven protagonista absoluto. En este momento de pico de rating, a algunos locos se les ocurría, gran osadía, sacarse la camiseta que, además de la marca del club, promociona una tercera marca, la empresa patrocinadora, que se quedaba de ese modo sin tapa de diario, sin espacio en los noticieros, en fin, sin la razón de existencia de esta publicidad no tradicional.


Las empresas patrocinadoras, en general, suelen pertenecer a conglomerados que aglutinan medios y otras empresas: la causa de uno es la causa de todos, y cuando las costumbres del fútbol confrontan con los financistas del deporte, quienes tienden a cambiar son las costumbres del fútbol. Los ejemplos abundan, desde los números en las camisetas hasta el intento fallido de agrandar los arcos. La regla número 12 del reglamento de la Federación Internacional de Fútbol Asociado es uno de estos ejemplos que revela, a las claras, como las reglamentaciones, en el fútbol como en todos los deportes, no se decretan por el bien del juego, sino por el bien del espectáculo.

lunes, 20 de mayo de 2013

Manipulaciones


¨El instrumento básico para la manipulación de la realidad
es la manipulación de las palabras.
Si tú puedes controlar el significado de las palabras
puedes controlar a la gente que utiliza esas palabras¨
Philip Dick


Se sucedieron en un fin de semana y sólo son 2 de los tantos que podríamos transcribir. La cantidad de conceptos vacíos de contenido real que se tiran al aire en muchas transmisiones de fútbol es difícil de cuantificar. Ya habíamos analizado en ¨Bian Lian¨ un texto lleno de ¨romanticismo¨ del Angel del Descenso y la idea a partir de aquí es exponer esos ¨conceptos¨ manipuladores de la realidad que hacen ciertos protagonistas y periodistas (o pseudo en algún que otro caso) a la hora de expresarse en un medio de comunicación. Lo hacen con mucho humo y verborragia en sus formas, combo ideal para que una buena porción de gente compre.

En este caso el que nos regala un par de tweets insólitos es ¨Gambetita¨Latorre. A propósito de la clasificación (en el 4to lugar) del Arsenal de Inglaterra a la Champions League, el ahora maratonista (¿qué paradoja no?) dijo lo siguiente:

Diego Latorre ‏@dflatorre4h
Arsenal se clasifica nuevamente a la Champions League. Gracias Wenger por resistir a los embates del capitalismo. 16ta temporada consecutiva

No vamos a opinar de Wenger en este posteo, no viene al caso aunque mucho podríamos decir de él. El punto en cuestión es la utilización de esa frase como ¨gancho¨; de esas que enamoran a más de un despistado:¨Gracias por resistir los embates del capitalismo¨. ¡Paaaaaaa! ¿Estamos en presencia de la reencarnación del Che?

Lo más curioso es que se refiere al DT-Manager de un Club que entre otras cosas construyó su estadio firmando un convenio con Emirates por 100 millones de libras esterlinas. Un club que es una Sociedad Anónima con las acciones divididas entre ricos empresarios, entre ellos Alisher Usmanov, un ruso sospechado de negocios turbios tras la caída de la URSS. Que como la mayoría de los clubes ingleses tiene en sus filas jugadores de muchas nacionalidades diferentes (es decir, una liga basada en la idea que se puede comprar lo mejor de cada país). Y lo más lindo que es que Diegote celebra en otro tweet que en esta temporada haya tenido un superávit de 50 millones. Ergo, vendría a ser un club capitalista modelo. Notable.

Pero no queda ahí. El tipo, que el fin de semana se leyó ¨El Príncipe¨ de Maquiavelo, en la primera de cambio te mandó esto en la red del pajarito:

Diego Latorre ‏@dflatorre4h
El Arsenal es un ejemplo de convicciones en esta época en la que no importan los medios para llegar al fin.

Efectista como pocas, es una de las típicas frases que suelen usar los mentirottistas a la hora de analizar fútbol. Una frase que repiten como loros los periodistas amigos del DT ¨Campeón¨ en la Dictadura. Y una frase que nunca han desarrollado con argumentos e ideas. Porque dando a entender que hay ¨otros¨ que llegan al fin por medios ¨no valorables¨, deberían contarle a la gente de qué equipos están hablando. Dar ejemplos, nombres. Pero su cobardía es tal que ni siquiera se animan a decir de frente eso que sienten (porque en el fondo es una barrabasada, lógicamente) y mucho menos cuando entrevistan a esos DT´s de esos equipos a los que suponemos aluden con estas ridiculeces.

Para finalizar y en sintonía con la manipulación que hacen de los hechos según la conveniencia, los invitamos a leer la columna de Martín Caparrós en el Diario Olé. Está referida al empate (y clasificación) de su equipo en Brasil. Recordemos que este señor escribió lo siguiente con respecto a SABELLA: ¨El mostro está felí¨. Allí decía entre otras cosas que ¨el bilardismo es esa forma de pensar el fútbol con el miedo a perder como centro de todo¨. Y también que ¨nunca entendí bien qué es lo que hacen los técnicos¨, para luego decir... ¨Aparentemente, tonterías: nada que no pudiera hacer cualquiera¨.

Pero como esta gente es una fuente inagotable de incoherencia, ahora parece que al tratarse de su equipo la vara cambia. Columna que a su vez demuestra, una vez más, lo que tantas veces hemos dicho: que los equipos juegan para sus hinchas. Que a esos hinchas lo que más les importa es ganar, sea con un 4-3-3 o con un 4-4-1-1 (como su club la semana pasada) y que la percepción del espectáculo que tengan los neutrales, a los que compiten y a sus simpatizantes les preocupa tanto como el precio de la papa en Burundi.

Lean y saquen sus conclusiones. Sólo como adelanto les dejamos una frase de esas que resumen todo, como si de golpe ahora simpatizara con ese supuesto ¨bilardismo¨ que tanto criticaba: ¨Otra vez uno de esos partidos absolutos, donde lo que importa no es ver fútbol: es ver pasar el tiempo. Son minutos lentos, laboriosos: minutos como son los minutos cuando sólo queremos que se pasen.¨