Duro golpe para el Pincha: la exigencia iba subiendo y subiendo en la Copa Sudamericana y los de Pellegrino habían respondido en cada ocasión y, en rigor, volvieron a responder esta noche, maniatando durante gran parte al mejor equipo del fútbol sudamericano. No alcanzó: River, un River coraje como pocas veces se ha visto, se enchufó un ratito, encontró los goles (porque 29 invictos no se alcanzan sin un poco de estado de gracia) y se llevó una victoria que le allana el camino hacia las semis.
Porque dos goles de visitante y una victoria es muy difícil de remontar, y porque, en realidad, River es un espejo de Estudiantes, sólo que con jugadores que ya son veteranos de guerra aunque todavía no peinan canas. Allí gran parte de la explicación: con planteos muy similares que hacen un culto del balón, del toque de primera y del uso del ancho de la cancha, y con problemas en el retroceso, Estudiantes impuso durante buena parte del partido su dominio, su toque, la cancha se le hizo ancha a River y los problemas en defensa fueron del visitante.
Así, por lo menos, durante toda la primera etapa, porque incluso en luego de que el árbitro obviara penalazo a Román Martínez, que determinó la salida del volante y la desconcentración generalizada, River no pudo más que insinuar peligro: Estudiantes lo ataba en mitad de cancha con gran presión, y salía rápido con un Correa muy picante, aunque con poca compañía.
El elenco de Pellegrino se iba tranquilo al entretiempo, con el cero en el arco, y en la última encontró gran premio: Vera presionó a Funes Mori, que se equivocó, la canchereó un poco y perdió, y el yorugua le rompió el arco. Había aparecido poco, pero el hambre primal del delantero fue lo que terminó rompiendo el partido.
O eso parecía: porque tras una primera etapa donde el Pincha había hecho todo y había reducido a River a la nada, donde el mejor equipo del torneo estaba ocupado y preocupado en el León… se terminaron las piernas.
Y también apareció el River peleador, el River que por excepcional vez asoma copero, caliente, con solidez y temple para remontar los varios obstáculos que se le vienen presentando ahora que ya la frescura se va terminando, los equipos le toman la mano y el cansancio hace su juego.
Bueno, ese River, mezcla de actitud y suerte provocada, encontró un gol rápido y cuando parecía que el tanto de Vera insinuaba una historia favorable, todo se desmoronó. Estudiantes perdió la pelota durante diez, quince minutos, el rival empujó un poco y, planetas alineados y todo eso, encontró el 2 a 1 con un tanto en contra.
Reaccionó Estudiantes, que nada tiene que recriminarse: fue al frente, tuvo un par de chances (tremenda tapada de Barovero abajo a Carrillo) pero, aunque haya ganado el ping pong, el partido psicológico fue de River: a equipos iguales, equipos espejos, ganó el que más aprovechó el rato que tuvo y, se sabía, River tiene mucho picante, mucha capacidad para ser efectivo, y el Pincha no tanto.
La revancha asoma complicada, un llamado a hacer historia como la que hizo el Millonario, primer equipo en vencer a Estudiantes de visitante por copas internacionales. La tarea para los jóvenes pupilos de Pellegrino es, una vez más, un desafío a crecer de golpe: devolverles el favor y hacer historia en ese esquivo Monumental. Difícil, aunque con el gustito de lo difícil y con la certeza de que River es mortal, y que no siempre va a ligar todo.
jueves, 30 de octubre de 2014
Le pegaron justo
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jueves, 23 de octubre de 2014
De los pies de Carrillo a las manos de Navarro: una victoria mística
Era la tormenta final: las nubes negras se acumulaban en el horizonte burlándose de los planes con esos dos goles de Peñarol que rompían todos los esquemas, y de repente estabas afuera de todo con dos meses de competencia por delante.
Ya se comenzaba, incluso, a olfatear cierto fastidio del hincha: seguro que hay banca al proyecto, pero en fútbol, al final, todo se determina por el resultado, y quedar tan prematuramente fuera de competencia, contra un equipo que en La Plata asomaba mortal, y estar al borde de la goleada tras los primeros 45 minutos del partido disputado en el sagrado Centenario uruguayo, bueno, no iba a calar bien entre la grey.
Y ciertamente en aquella primera etapa hubo mucho verdor como para fastidiarse: demasiadas imprecisiones de mediacancha para arriba, otra vez Estudiantes pecando de su falta de conducción futbolística, responsabilizando para la tarea a un adolescente como Correa y a un talento individual como Martínez.
Y Peñarol, honrando su temple de años, olfateaba rápido que la versión que presentaba el Pincha en su visita a Uruguay, intentando meterse en cuartos de la Sudamericana, era un boceto amilanado del equipo que le ganó en La Plata. El Manya impuso las condiciones esta vez, empujando, casi prepoteando, a Estudiantes hacia la sumisión.
No había respuestas de la visita mientras Zalayeta y Pacheco hacían lo que querían desde el círculo de mitad de cancha, sin oposición más que un correr desordenado que solo resaltaba la claridad veterana con que Peñarol manejaba el pleito. Era la antítesis del encuentro de la semana pasada, los de Pellegrino desbordados una y otra vez por los de Fosati, que, encima, en 20 minutos, con el primer tanto del encuentro, le quemaban los papeles a Pellegrino: Tony Pacheco mandaba una falta tan tonta como la del gol del empate en La Plata al corazón del área, Hilario quedaba a mitad de camino y Viera, ganándole el salto a Schunke la mandaba al fondo.
La idea de todos era evitar que el local abra el marcador: parte del plan Vera-Carrillo tenía como función tapar los centros defensivos, mientras Ezequiel Cerruti, de lo más desequilibrante del Pincha, esperaba en el banco a que los minutos le coman la cabeza al equipo oriental para entrar y, ante una defensa jugada en ataque, aprovechar los espacios y las piernas cansadas del rival.
Pero nada de eso pasó: el primer gol decretó que los pergaminos había que archivarlos y que Cerruti ingresaría pronto, sí, pero ante una defensa que, como toda zaga uruguaya, hace bandera de cerrar la persiana en la victoria con todas las mañas posibles, disfruta del roce junto a su público, celebra, goza de cada despeje a la tribuna.
Y encima, tras un primer tiempo sin reacción, con tiempo de descuento en el reloj, Peñarol ponía el segundo, que sonaba como un clavo sobre el ataúd: el pibe Rodríguez, que venía de jugar con la Celeste y que se mueve a velocidad europea, tomó una pelota en el área y con simpleza, enganchaba y le rompía el arco a Hilario.
Dos a cero abajo al descanso. Urgía la reacción, pero el golpe era duro y la charla del vestuario apenas lograba despabilar una reacción futil del Pincha, que le hacía el juego a Peñarol pasando al ataque y dejando espacios para la contra de Rodríguez. Estudiantes fue con amor propio, Peñarol se defendió con suficiencia veterana y otra vez parecía que los viejos uruguayos le tiraban la chapa a los pibes del León, como en el partido de la semana pasada cuando los de Pellegrino tuvieron las acciones y Peñarol casi se lleva un empate.
El partido se iba, se iba sin que Estudiantes construyera demasiadas chances en ataque: un cabezazo de Román en el área, un tiro de afuera de Correa… el Pincha tiraba, previsible, al área, para que despejen los centrales uruguayos y el público local se levante en éxtasis.
Encima, Hilario salvaba al Pincha de la goleada. Parecía la tormenta final, el cierre de la temporada para el León.
Y entonces Carrillo. No será el chico de la tapa, por lo que pasó después, pero cada día ratifica su condición de capitán. No es goleador hambriento pero sí un servidor del equipo y en Uruguay apareció cuando Estudiantes no aparecía: una bocha dividida cerca del área le quedó y Guido no dudó, tiró fuerte y abajo y venció a Migliore, en una jugada que parecía aislada, la nada misma, y que subvertía violentamente la trama del partido.
Porque la cosa, hace un ratito, estaba cocinada, y ahora había que ir a penales. Y Peñarol comenzaba a sentirlo, lentamente yéndose de su rol de veterano compuesto, perdiendo ante la convicción Pincharrata en el destino místico, en que se podía ganarlo. Incluso, pudo llevárselo en los 90, pero Román marró dentro del área lo que hubiera sido el empate.
Fue empate, pero en el global: dos encuentros a la altura de la historia de los equipos, dos encuentros bien raspados, dos aprendizajes a fuego para el joven equipo de Pellegrino, que fue puesto a verdadera prueba en esta Copa Sudamericana. Primero tuvo que jugarse casi el semestre en los primeros dos partidos ante el vecino; después le tocó uno de los equipos más orgullosos del fútbol latino, y definir afuera, y que le empaten de local en un partido donde estaba para golear, y, claro, arrancar 2-0 abajo y con olor a que todo concluye al fin.
Y, ante semejante examen, los chicos sacaron chapa: era el escenario para sucumbir y que sobrevengan dos meses de críticas, o para torear al rival y rebelarse a la narrativa del partido. Mística, la llaman, sobrevolando el Centenario.
Pero, con todo, ahora había que patear los penales. El Pincha no se complicó y le pegó fuerte a todo, aprendiendo la lección de Huracán; y el que tembló, contra los pronósticos, fue el veterano Peñarol, y el que, gigante, se aprovechó de las dudas, fue Hilario Navarro, el héroe.
Tres penales atajó el uno, y el marrado por Israel Damonte, único de la serie que no convirtió el Pincha, quedó en anécdota a tal punto que Estudiantes pateó sólo cuatro penales. Arrancó Cerruti fuerte, empató Orteman con clase, y tras aquella ejecución Hilario cerró el arco. Carrillo hizo caso al DT, que en la ronda dijo que si había dudas, había que prender mecha, y el arquero Pincha comenzó su cita con la gloria yendo a su derecha para tapar a Núñez y Estoyanoff. Damonte erraba y le ponía suspenso a la cosa, pero Rosales tiraba como crack y la presión, 3 a 1, recaía en el Japo Rodríguez: o convertía, o Peñarol se despedía.
Hilario sabe que tapó dos, y mete bidón: se saca los guantes para atarse los cordones, y luego se los pone lento, buscando nerviosear al rival. En el aire, se olfateaba la preocupación de las decenas de miles e hinchas manyas, y la expectativa de los miles que cruzaron el charco para armar un festival en la Colombes.
El Japo mira, aparentemente tranquilo. Navarro hace sus saltitos europeos previos a todo penal. Sabe que irá a la derecha, allí fue en los dos que tapó. Rodríguez sabe que sabe. ¿Cambia? ¿O tira a la derecha porque Navarro sabe que sabe que sabe? Dicen las estadísticas que, en momentos de definición, los pateadores buscan seguro: cruzado. Y Rodríguez es zurdo: así que la pelota va a la izquierda.
Y Navarro, en estado de gracia, también: espectacular volada y piel de gallina hecha grito, y montonera y felicidad para Estudiantes, que tras años de descalabros ha conseguido comenzar la crianza del equipo que quiere ser heredero de la mística. Estudiantes se mete en cuartos de una Sudamericana que viene teniendo cruces de Libertadores para el León, lo cual explica que haya durado, de alguna manera: brava la parada, bravísimo Estudiantes, el piberío que quiere crecer. ¡Y ahora viene River, la máquina! Cada partido, un desafío más alto, más peligroso, para Estudiantes: sarna con gusto, dicen, no pica, y como le gustan al Pincha las difíciles…
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miércoles, 15 de octubre de 2014
Aprendizaje copero
Todo es aprendizaje para este juvenil Estudiantes: los golpes de la Copa Argentina y la goleada con Racing, el anémico segundo tiempo y el empate de un partido para golear, la frustración de la gente en el cierre del encuentro, y la bronca del final, aunque era bronca que Peñarol apagaba con suficiencia, porque de esa bronca que parecía inconsecuente, pataleo tardío, llegó el 2 a 1 con el que el Pincha le ganó a Peñarol. Porque esa bronca, aunque todavía juvenil, desordenada y puro bufido, es la semilla del renacimiento del Estudiantes copero.
¿Exagero? En el análisis tan coyuntural del fútbol argentino, los resultados malos y el magro juego habían traído una andanada de críticas al equipo, exageradas a todas luces si se mira el proceso y el progreso. Por supuesto, Estudiantes arrastra hace rato problemas tácticos a los que suma falta de rebeldía e inconsistencia producto de un liderazgo ausente. Y todo eso también lo llevó al Unico hoy cuando, tras un primer tiempo brillante, de toque y toque y cinco jugadas netas de gol, apenas se fue 1 a 0 arriba.
Producto, además, de una jugada individualísima de Correa, cada día más decisivo, quien corrió 20 metros y, como no le salían, tiró un viandazo al ángulo. Golazo.
Pero en el segundo tiempo apareció el otro Estudiantes: el anémico. El que no se sabe de quién es, si de Pellegrino, de Román Martínez, de Correa o de nadie. Ese Estudiantes salió a jugar un partido que creyó liquidado, producto de las enormes limitaciones de Peñarol, pero que no sólo no estaba terminado (ni mucho menos: la historia del Manya es historia grande) sino que era una historia que necesitaba más goles y la decisión de matar al convaleciente.
En lugar de eso, el Pincha, con su tibieza, le dio vida al rival: ni siquiera hizo demasiado Peñarol, pero los viejos saben, huelen sangre, y si el Manya no tiene la frescura de los pibes de Estudiantes, tiene toda la madurez que al verde pellegrinaje le falta. Tiro libre de mil metros (falta tonta) y, cuando no pasaba nada pero en el aire se respiraba algo raro, Estoyanoff la mandó a guardar, cortesía también de Hilario Navarro que no pudo volver de su pasito al medio. Y después, claro, la línea de 5 y la por momento abúlica y descomprometida prolijidad del León chocando contra los experimentados de Peñarol.
El 1 a 1 era fatal. Los hinchas, que empujaban y empujaban, comenzaron a fastidiarse. Las críticas, acertadas algunas pero injustas igual, arreciaban. Impaciencia: este es un proceso positivo que, sin ser irreflexivo, debe ser sostenido desde la tribuna. Y así lo demostró el piberío. Con un poco de suerte, sí, porque el penal de Peñarol a Aguirregaray, minuto 94, quemó todos los papeles que hablaban de experiencia y saber aguantar un resultado y que se yo.
Pero también con mucho huevo. Porque cuando las papas quemaron, y Peñarol plantó su 541 y encima, de contra, volvía a exponer los problemas de retroceso del Pincha como hiciera Racing, Correa la pidió y le pegaron de lo lindo, y cuando hubo que patear el penal, Carrillo, que hace una semana erró mansito en la definición contra Huracán, agarró la pelota. Huevos. 2 a 1. Y a gritar.
El Pincha perdonó, perdonó, perdonó, de acuerdo a una de sus características salientes, más allá de las repeticiones positivas y negativas, de este Pincha made in Pellegrino: la clemencia, la falta de instinto asesino. Estudiantes, como en el cierre del torneo anterior, erró como no se debe errar en Copa (Auzqui, Carrillo, Correa) y ni siquiera erigió en figura al arquero de ellos. Simplemente le erró al arco.
Pero entonces Estudiantes se rebeló ante esa narrativa que lo condena a entusiasmar y a no cumplir con las expectativas. Puede ser que el penal ganado por Aguirregaray sea un error del rival y nada más, que nada tenga que ver Estudiantes en esto: elijo pensar lo contrario. Elijo pensar que, aunque ciertos patrones se repiten exasperantes, el Pincha aprende, los chicos crecen y, aunque se haya sacrificado mucho para estar acá, hay con qué ilusionarse.
¿Exagero? En el análisis tan coyuntural del fútbol argentino, los resultados malos y el magro juego habían traído una andanada de críticas al equipo, exageradas a todas luces si se mira el proceso y el progreso. Por supuesto, Estudiantes arrastra hace rato problemas tácticos a los que suma falta de rebeldía e inconsistencia producto de un liderazgo ausente. Y todo eso también lo llevó al Unico hoy cuando, tras un primer tiempo brillante, de toque y toque y cinco jugadas netas de gol, apenas se fue 1 a 0 arriba.
Producto, además, de una jugada individualísima de Correa, cada día más decisivo, quien corrió 20 metros y, como no le salían, tiró un viandazo al ángulo. Golazo.
Pero en el segundo tiempo apareció el otro Estudiantes: el anémico. El que no se sabe de quién es, si de Pellegrino, de Román Martínez, de Correa o de nadie. Ese Estudiantes salió a jugar un partido que creyó liquidado, producto de las enormes limitaciones de Peñarol, pero que no sólo no estaba terminado (ni mucho menos: la historia del Manya es historia grande) sino que era una historia que necesitaba más goles y la decisión de matar al convaleciente.
En lugar de eso, el Pincha, con su tibieza, le dio vida al rival: ni siquiera hizo demasiado Peñarol, pero los viejos saben, huelen sangre, y si el Manya no tiene la frescura de los pibes de Estudiantes, tiene toda la madurez que al verde pellegrinaje le falta. Tiro libre de mil metros (falta tonta) y, cuando no pasaba nada pero en el aire se respiraba algo raro, Estoyanoff la mandó a guardar, cortesía también de Hilario Navarro que no pudo volver de su pasito al medio. Y después, claro, la línea de 5 y la por momento abúlica y descomprometida prolijidad del León chocando contra los experimentados de Peñarol.
El 1 a 1 era fatal. Los hinchas, que empujaban y empujaban, comenzaron a fastidiarse. Las críticas, acertadas algunas pero injustas igual, arreciaban. Impaciencia: este es un proceso positivo que, sin ser irreflexivo, debe ser sostenido desde la tribuna. Y así lo demostró el piberío. Con un poco de suerte, sí, porque el penal de Peñarol a Aguirregaray, minuto 94, quemó todos los papeles que hablaban de experiencia y saber aguantar un resultado y que se yo.
Pero también con mucho huevo. Porque cuando las papas quemaron, y Peñarol plantó su 541 y encima, de contra, volvía a exponer los problemas de retroceso del Pincha como hiciera Racing, Correa la pidió y le pegaron de lo lindo, y cuando hubo que patear el penal, Carrillo, que hace una semana erró mansito en la definición contra Huracán, agarró la pelota. Huevos. 2 a 1. Y a gritar.
El Pincha perdonó, perdonó, perdonó, de acuerdo a una de sus características salientes, más allá de las repeticiones positivas y negativas, de este Pincha made in Pellegrino: la clemencia, la falta de instinto asesino. Estudiantes, como en el cierre del torneo anterior, erró como no se debe errar en Copa (Auzqui, Carrillo, Correa) y ni siquiera erigió en figura al arquero de ellos. Simplemente le erró al arco.
Pero entonces Estudiantes se rebeló ante esa narrativa que lo condena a entusiasmar y a no cumplir con las expectativas. Puede ser que el penal ganado por Aguirregaray sea un error del rival y nada más, que nada tenga que ver Estudiantes en esto: elijo pensar lo contrario. Elijo pensar que, aunque ciertos patrones se repiten exasperantes, el Pincha aprende, los chicos crecen y, aunque se haya sacrificado mucho para estar acá, hay con qué ilusionarse.
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sábado, 4 de octubre de 2014
La famiglia desunita
Siempre en familia, se dijo, al menos de las puertas para afuera. Con disidencias, como en toda familia, pero con algo más importante en común, la ley primera de estar unidos porque los de afuera son devoradores. Y entonces, hasta la fecha, la mayoría de las elecciones transcurrían en silencio, sin estruendos. La oposición era muchas veces sólo nominal, siempre se buscaba la unidad y a partir de sumar voces, aunque sean disidentes, se intentaba trabajar a largo plazo, con la lista oficialista renovandose y continuando.
Así, por ejemplo, se sucedieron Valente, Alegre, Abadie, Filipas y Lombardi, que no son parte de un mismo grupo y una misma idea de club, pero que sí forman parte de la misma línea evolutiva del oficialismo. Nombres propios, importantes, de la historia del club, que eligieron por voluntad propia correrse para no dañar al club con disputas insustanciales, sin por eso marginarse de la política del club o dejar de afirmar su disidencia.
Hoy, cuando ese modelo es adoptado por clubes como Vélez y Lanús, en Estudiantes estalla el conflicto de manera pública y provocando un desagradable divorcio entre dos glorias del club que desvirtúa y personaliza todo debate serio sobre el proyecto de club de los próximos tres años.
La campaña de las listas, de hecho, no sólo nunca intentó la unidad que el mismísimo Doctor Bilardo, candidato a vice por la Lista 1 y 57, pidió a gritos. Además, lejos de intentar imponerse con las ideas, desde ambos lados se esgrimían acusaciones de todo tipo. Que este es un sin códigos, que arregló con aquel, que este no quiere la cancha, que aquel te funde con la cancha, que robó, que es un mentiroso, que se viene el fraude...
Fue una campaña demasiado pública y demasiado sucia para la historia del club. Por supuesto que son tácticas de guerra de dos bandos que creen tener la razón, uno porque efectivamente equilibró y encaminó un club a la deriva y estableció un plan de acción coherente que fundó una nueva era, el otro que está convencido de que hay que profundizar un modelo profesional de gestión que, por falta de recursos o de voluntad, quedó a medio camino.
Pero, en rigor, los modelos lejos están de ser irreconciliables: si ayer nomás eran parte de lo mismo. Entonces la sensación que tienen varios hinchas es que los dos candidatos, contra la lógica pincharrata de que la unión hace la fuerza, eligieron no deponer su voluntades individuales de manejar el club (por convicción propia, claro, no por ambición desmedida) en pos de la unidad, con el objetivo de no pelearnos entre nosotros.
Esos hinchas, los que no quieren elegir entre Bilardo y Verón (porque, como quedó dicho, la campaña quedó reducida, entre acusaciones, a una pelea mano a mano), no irán a votar, desinformados por tanto cruce mediático, alienados por el corazón partido entre dos glorias.
Es entendible. Pero también son justamente ellos quienes deberían ir a votar: no los talibanes de uno u otro bando que hace rato decidieron con quien van sin escuchar motivos, que entregan el club por ciego fanatismo sin saber a qué proyecto se lo dan.
Es difícil la elección. Pero es a la vez la lógica conclusión de dos corrientes que se vienen gestando en silencio en el club, dos generaciones en una lucha, hasta hoy subterránea, que tiene la misma cuota de convicción en sus ideas (en ideas tradicionales por un lado, en ideas modernas por otro) que de afán de poder y protagonismo.
Pero bueno, a desdramatizar: nos gustaría que todo se resuelva en diálogo, pero a veces las confrontaciones ayudan a crecer y siempre, siempre, es mejor una distancia sincerada que una unión forzada. Tampoco, a fin de cuentas, se trata Estudiantes de no poder disentir y discutir: como dice Walter Vargas, una cosa es la familia y otra la mafia. Y, de todos modos, a no pensar que el divorcio de la famglia es definitivo. La política, incluso en la de Estudiantes, como se vio en esta campaña, no tiene mucha memoria y el que pierda de los ídolos, probablemente, se verá ligado a la vida del club en el corto plazo.
Para votar, entonces, recuerde: llevar carnet, llevar DNI, luego de que la lista de la oposición advirtiera un posible fraude, y, ante todo, olvidar los nombres propios y votar los proyectos, las ideas y los equipos: porque al final no son los hombres sino los equipos los que llevan a la gloria, ¿o no enseña eso el club?
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miércoles, 1 de octubre de 2014
El tour por Argentina arrancó con victoria
Ese segundo tiempo: para ponerlo en cuadrito. No fue una tromba, Estudiantes, pero en ese segundo tiempo tuvo todo tan claro que pareció un equipo que no necesita arrasar, que gana por decantación. Porque era obvio, clarito, lo que había que hacer: pelota a espaldas de esa defensa de Independiente que invita. Pero en el primer tiempo la última puntada siempre quedaba un poquito atrás, un poquito adelante, un poquito embarullada, y parecía que se venía el fastidio cuando, acierto de Pellegrino mediante, entró el pibe Cerutti y rompió el partido.
El primer tiempo ni merece contarse: dos equipos que, supuestamente, “proponen”, “van al frente” y demás pavadas (todos quieren ganar, a su manera) pero que, en definitiva, veían como sus intenciones bonitas se ahogaban en la mediocridad. Nada por aquí, nada por allá y a tomar agua, con una certeza: Independiente, al que venden como una máquina donde juega “La Pulga” Mancuello, defiende tan adelante como cuando vino a La Plata. Es por ahí.
Y así lo entendió Román Martínez, quien, en evidente decisión del entrenador, jugaba casi detrás de la línea de mitad de cancha, buscando meter el bochazo. En la primera etapa las imprecisiones habían frustrado al Pincha: en la segunda, Román encendió la lámpara y fue el conductor que siempre decimos necesita este joven Estudiantes.
Primero habilitó delicioso a espaldas de la defensa a Correa, quien en un mano a mano definió medio al tobul y tapó Rodríguez. Luego, el gol, pero antes, Independiente tenía su única llegada ¡Raro! Para ser un equipo que propone… y encima fue un autoboicot de Estudiantes, que queriendo salir prolijo terminó entregando el balón para Riaño, que la picó por encima de Navarro pero Schunke, atentísimo, llegó a despejar antes de que la pelota pase la línea.
Si entraba, era para matarse: un partido que estaba tan claro, un equipo que marca tan adelantado y evidencia tanto los huecos estratégicos… La suerte favoreció al León y, acto seguido, Pellegrino hizo saltar en la cancha a Cerutti, que revolucionó todo. Paradito casi de volante, partía de más atrás, evitando el offside y aprovechando para ganar en velocidad: gran movida desde el banco, y el ex Olimpo respondió. Román le tiró un delicioso pase desde atrás de media cancha y, cuando el Ruso salía a cortar, pim, por arriba y a otra cosa.
Iban 30 y ya faltaba poco. Independiente no había llegado nunca y, apurado y con Estudiantes retrasado y metiendo volantes, difícilmente iba a encontrar el hueco ahora. Pero, parado de contra, la mesa estaba servida: y tras algunas insinuaciones, le pegaron a Damonte cuando ganaba en la presión y Cerruti, de tiro libre, rompió el travesaño.
En rigor, pareció gol del pibe. Los árbitros se hicieron los sotas, con tanta mala suerte para ellos que, curiosamente, quienes se quedaron como reclamando fueron los del Rojo, y Vera, siempre con ese hambre primordial de gol, aprovechó y con gran simpleza tocó el rebote, con la cabeza, a la red.
Partido liquidado. Fue 2-0 para el Pincha, que pasó así a cuartos de Copa Argentina y empieza un interesante tour por el país. Viaja a Bahía, obligado a poner suplentes y casi casi a despedirse (por segunda o tercera vez) de un torneo que, claramente, ya no es más prioridad sino laboratorio de pruebas de pibes. Y después, Formosa, con Huracán. ¿Independiente? Al igual que River, su viaje por Copa Argentina le quedó re cerquita del partido por el torneo.
¡Qué casualidad! Hay olor a que los equipos grandes empiezan a pisar fuerte en la descabezada AFA. Nada que ver con la crónica del partido (aunque sí de las que vendrán, porque habrá que explicar por qué Estudiantes pone once suplentes), pero en semana electoral, el manoseo es para tomar nota…
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miércoles, 17 de septiembre de 2014
¡Estudiantes, carajo!
Las palabras emanan mezcladas con puteadas: ¡vamos Estudiantes la re puta madre! ¡Vamos carajo la concha de la lora! ¡Gritalo conmigo, carajo! Si esto queda para la historia, el cruce internacional y no se qué. Decían que el gol de visitante, que la presión. Decían que el brujo… En el fútbol, señores, se habla jugando.
Y jugó, jugó, y cómo jugó: Estudiantes le ganó a su clásico rival porque fue mucho más. Nunca pareció sentir los nervios, jugó al compás de su gente, desbordó siempre al vecino y si apenas pudo abrir el encuentro en el segundo tiempo, fue por esas cosas del fútbol. Primero Monetti la sacó de adentro y después tapó un cabezazo terrible a bocajarro. Del rival, ni noticias: preocupado por luchar antes que por meter el famoso gol, veía a Silva allá lejos y hace tiempo.
Así, le solucionó medio partido al Pincha, que se fue al descanso sabiendo que era cuestión de meterla. Las opciones, además, estaban, porque desde el desequilibrio de Correa, el acompañamiento por los laterales y los insoportables Vera-Carrillo Estudiantes siempre insinuaba. Y además, iba pal frente con fe: sin miedo, con convicción de equipo veterano, sabiendo que un gol sellaba las cosas.
Y tanto va el pájaro… que en exquisita combi entre Correíta, cada vez más cerca del jugador que creemos que es, y Rosales, salió el centro para el uruguayo Vera. ¿Con qué le dio? Qué se yo, puso el cuerpo, el brazo, todo, y entró. Gritalo con todo, dale, grítalo de nuevo. GOL, carajo, GOL.
Y chau pichi.
Porque después vino “el resto del partido”: el lento goteo hasta cantar victoria, el nervio del hincha, esperando el pitazo final, el temple de los jugadores para no entrar en la vorágine que quería el vecino y jugar el partido que convenía. Alguno dirá que el resto del partido sobró: el rival lanzado en ataque con sus armas, pocas pero nobles, tirando pelotazos que siempre complican al León, amenazando primero con Vegetti y Bou (tuvo una clarita) y después incluso con los centrales en el área y Monetti en media cancha. De contra, claro, casi llega varias veces: la tuvo Cerutti desde media cancha sin arquero y la tuvo Aguirregaray, solo en una salida de corner contra el uno de ellos.
Pero lo más destacable no fue el tino del Pincha para sacar todo, bancar la parada y encima estar cerca de aumentar: lo mejor fue la inteligencia de los chicos, pibes de 20 años, para saber que los clásicos se cierran con un gol a favor, que la pelota se revolea y que después se festeja. Una clase de veteranía, de cabeza fría y corazón caliente, dio un plantel que incluso acá se ha dicho que le falta crecer. Bueno, vaya aprendizaje: los clásicos, y los partidos coperos, hay que ganarlos. Lección mística número uno, aprendida.
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miércoles, 6 de agosto de 2014
La revolución del 67
Las imágenes son borrosas, en blanco y negro, filigrana fotográfica color sepia verdadero, por el tono que ha teñido las páginas de las revistas que pasan de una generación en otra. ¿Video? En la prehistoria de la TV, apenas se pueden intuir algunos golazos de la Bruja en el ciclo Zubeldía entre las rayas del tracking y el temblor de las cámaras. Y entonces, lo que crece es la leyenda de la revolución de agosto del 67.
Se transmite de boca en boca, de generación en generación: cualquier Pincharrata sabe de la relevancia de este acontecimiento primigenio, fundacional para la institución y para la historia del fútbol argentino. Mucho se distorsiona, claro, pero hay una verdad profunda que no se puede deformar. Porque aquel 6 de agosto Estudiantes le pegó un baile de novela a Racing, le metió tres pepas al favorito equipo de José y se llevó a casa el Metropolitano, el primer torneo en 37 años de profesionalismo que iba para un club que no era Boca, River, Racing, Independiente o San Lorenzo.
Los dos equipos finalistas, Racing y Estudiantes, llegaban con lo justo. Tres días antes la Acadé había sacado del torneo a su clásico rival en tiempo suplementario, mientras que Estudiantes había visto surgir desde dentro suyo la mística fundacional al volver de un 1-3 ante Platense, con un hombre menos, y terminar venciendo 4-3 para alcanzar la final. Ese día, cuenta la leyenda, cuentan los abuelos, los jugadores se miraron y se juramentaron, de modo silencioso como hacen los grandes hombres, que ese título sería suyo.
En la final no hubo equivalencias. Madero, de tiro libre, Verón y Ribaudo anotaron su nombre en la historia y Estudiantes apabulló contra todo pronóstico a Racing, forjando el nacimiento de la primera sublevación del fútbol argentino contra los reyes. Estudiantes, el regicida, seguiría cortando cabezas coronadas y asquerosas en su opulencia, pero sobre todo pavimentaría el camino para que todos se animen a abandonar la pasividad con que se jugaba contra los capitalinos (¡si hasta Don Osvaldo contaba los “secretos” del campeón para que se aviven!). Por eso, al día de hoy, permanece el club más odiado del fútbol argentino, y uno de los más odiados a nivel mundial. Por irreverente y revolucionario.
Hasta aquel día, tan fundacional en su historia como el 4 de agosto de 1905, Estudiantes era un simpático equipo, un hueso duro de roer particularmente en su fortaleza de 57 y 1, pero poco más. Aquel torneo implicó una sublevación tal al orden hegemónico que, necesariamente, corrió sangre. Los reyecitos del fútbol no iban a permitir semejante impertinencia. Comenzó entonces la campaña contra Estudiantes: ¿o vamos a pensar que Racing ganó la Intercontinental sin pegar patadas? Empezaron los mitos, la diseminación de idiotas ideologías sobre nuestra natural forma de jugar, la moralización del fútbol. Estudiantes fue el malo, expulsado del deporte porque aquello que jugaban no era fútbol. Era antifútbol: el trabajo era ninguneado por mecanizante, y las mañas se volvían trampas. El camino a la gloria no era de rosas, ya lo había vaticinado Don Osvaldo. Era de sangre, de sudor, de lágrimas. Aquel día, Estudiantes comprendió que estaba verdaderamente, profundamente, solo contra todos.
Se transmite de boca en boca, de generación en generación: cualquier Pincharrata sabe de la relevancia de este acontecimiento primigenio, fundacional para la institución y para la historia del fútbol argentino. Mucho se distorsiona, claro, pero hay una verdad profunda que no se puede deformar. Porque aquel 6 de agosto Estudiantes le pegó un baile de novela a Racing, le metió tres pepas al favorito equipo de José y se llevó a casa el Metropolitano, el primer torneo en 37 años de profesionalismo que iba para un club que no era Boca, River, Racing, Independiente o San Lorenzo.
Los dos equipos finalistas, Racing y Estudiantes, llegaban con lo justo. Tres días antes la Acadé había sacado del torneo a su clásico rival en tiempo suplementario, mientras que Estudiantes había visto surgir desde dentro suyo la mística fundacional al volver de un 1-3 ante Platense, con un hombre menos, y terminar venciendo 4-3 para alcanzar la final. Ese día, cuenta la leyenda, cuentan los abuelos, los jugadores se miraron y se juramentaron, de modo silencioso como hacen los grandes hombres, que ese título sería suyo.
En la final no hubo equivalencias. Madero, de tiro libre, Verón y Ribaudo anotaron su nombre en la historia y Estudiantes apabulló contra todo pronóstico a Racing, forjando el nacimiento de la primera sublevación del fútbol argentino contra los reyes. Estudiantes, el regicida, seguiría cortando cabezas coronadas y asquerosas en su opulencia, pero sobre todo pavimentaría el camino para que todos se animen a abandonar la pasividad con que se jugaba contra los capitalinos (¡si hasta Don Osvaldo contaba los “secretos” del campeón para que se aviven!). Por eso, al día de hoy, permanece el club más odiado del fútbol argentino, y uno de los más odiados a nivel mundial. Por irreverente y revolucionario.
Hasta aquel día, tan fundacional en su historia como el 4 de agosto de 1905, Estudiantes era un simpático equipo, un hueso duro de roer particularmente en su fortaleza de 57 y 1, pero poco más. Aquel torneo implicó una sublevación tal al orden hegemónico que, necesariamente, corrió sangre. Los reyecitos del fútbol no iban a permitir semejante impertinencia. Comenzó entonces la campaña contra Estudiantes: ¿o vamos a pensar que Racing ganó la Intercontinental sin pegar patadas? Empezaron los mitos, la diseminación de idiotas ideologías sobre nuestra natural forma de jugar, la moralización del fútbol. Estudiantes fue el malo, expulsado del deporte porque aquello que jugaban no era fútbol. Era antifútbol: el trabajo era ninguneado por mecanizante, y las mañas se volvían trampas. El camino a la gloria no era de rosas, ya lo había vaticinado Don Osvaldo. Era de sangre, de sudor, de lágrimas. Aquel día, Estudiantes comprendió que estaba verdaderamente, profundamente, solo contra todos.
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lunes, 4 de agosto de 2014
La Hermandad
Orgullosos los hinchas de Estudiantes inflan el pecho: viste camisas rojas y blancas al trabajo, se saludan con efusividad y se palmean la espalda mientras repasan algunos de los capítulos gloriosos del novelón de la vida del club. “¿Te acordás…?” Es 4 de agosto, fecha patria: hace 109 años nacía Estudiantes de La Plata, en una zapatería que ocuparon un grupo de jóvenes emprendedores que querían jugar a la pelota.
Nada, dirán, muy diferente a lo que hacen otros clubes: todo equipo se cree especial y se enorgullece de sus colores, y a lo sumo estos pinchas son excesivamente orgullosos y efusivos, como si fueran parte de una logia secreta, demasiado celosos de su pasado, militantes de la camiseta. ¿Qué se creerán estos platenses, ese clubcito sin cancha?, piensan los de la Argentina rica, que ahora le piden más plata a la TV para buscar volver a abrir la brecha entre los opulentos y los pobres.
Y contra esa jerarquía se rebeló Estudiantes. Porque Estudiantes nació un 4 de agosto y vivió una época maravillosa de la mano de Los Profesores, pero su narrativa está inexorablemente signada por esa subversión que comandó Don Osvaldo Zubeldía. De allí en más, cambió el fútbol argentino, para siempre.
El primer equipo de los denominados chicos en ser campeón por fuera de los capitalinos. Tricampeón de América en épocas de pujante y bravo fútbol sudamericano, por encima de Racing, Peñarol, Nacional, Independiente, todos campeones del mundo. Y campeón del mundo también el cuadrazo de Zubeldía, claro: porque, ¿te acordás?, la Bruja metiendo el cabezazo en el segundo palo, como enseñó Don Osvaldo, como siguen haciendo los equipos hoy. Y te decían que hacías trampa, Estudiantes: envidiaban tu éxito hecho de humildad y laburo, sin estrellas ni declaraciones, sin luminarias, el triunfo de la prepotencia del trabajo; tenían pánico moral ante tu ascenso, la irrupción de un fútbol sin sumisión a la histórica realeza del deporte, un modo de jugar el juego peligroso para la cómoda elite que se da cita en Buenos Aires.
Zubeldía cambió todo. Su discípulo, Carlos Salvador Bilardo, llevaría a Estudiantes a revivir la gloria en los ochenta y luego conduciría, otra vez ante mucha oposición (y amenazas de muerte, atentados, intentos de golpe…) a la Selección al título del mundo. Y luego a un subcampeonato mundial, una de las historias más emotivas del fútbol: una épica que replicó Alejandro Sabella, otro de la escuela.
Y la historia siguió, porque Estudiantes, cofradía contra todos, es ante todo hermandad, familia, un conjunto edificado con el sólo propósito de defender contra el enemigo y enseñar al nuevo miembro de la familia algo etéreo, inasible, valores, modos de ser. De allí, inevitablemente, surge la mística: eso que tiene Estudiantes en los momentos donde cuenta, porque no defiende un resultado, o un plantel, ni siquiera una camiseta. Estudiantes es mucho más: lo que se defiende, colgados del travesaño, si hace falta, señores, es la familia.
Por supuesto que hubo descalabros y miserias. Por supuesto que la historia no debe ser sólo de aburrida gloria, como la de los capitalinos, una vida sin sobresaltos: de los errores se aprende y son el condimento de las historias que les contamos a nuestros hijos. A esta generación le tocó vivir, joven, el descenso, y luego, le contarán a su prole pincharrata, vieron volver al Pelado, que no es otro que el hijo de la Bruja (la familia no es cuento), el que la descocía en la B, para volver a soñar con gloria. Y el club, el que descendió y transitaba inocuo por la Primera a comienzos de siglo, se refundaba una vez más y, contra todas las opiniones expertas, los pronósticos y también, una vez más, contra los medios que desde 50 kilómetros volvían a entrar en panicoso estado, volvía a poner de rodillas al mundo. (La Mística no es cuento).
Y entonces… ¿Cómo no va a ser el hincha de Estudiantes orgulloso de su pasado? Si Estudiantes, señores, es un pedazo enorme de la historia del fútbol argentino, que no puede contarse soslayando las insistentes subversiones del equipito de La Plata contra la adversidad. Se contará la historia, muchas veces obviando cosas, por supuesto, ninguneando logros, otras veces no, otras veces reconociendo lo que significa nuestro club. Pero, por suerte, la Mística no podrán contarla nunca: no entra en los libros, no es posible volcarla al lenguaje, está más allá de las palabras. Eso se transmite acá, en casa, de generación en generación.
Brindemos, entonces: aprovechemos la excusa del aniversario (una razón para contar anécdotas entre amigos, como todo cumpleaños) para acordarnos de la Bruja y de su hijo, de Osvaldo y del Doctor, de Los Profesores, de Sabella, de los Animals de Old Trafford, del partido con Platense, el 3 a 3 con Gremio, el 4 a 3 al Sporting, el gol de la Brujita al Palmeiras, el 7 a 0… Brindemos, querido hermano pincharrata, por 109 años de mística.
Nada, dirán, muy diferente a lo que hacen otros clubes: todo equipo se cree especial y se enorgullece de sus colores, y a lo sumo estos pinchas son excesivamente orgullosos y efusivos, como si fueran parte de una logia secreta, demasiado celosos de su pasado, militantes de la camiseta. ¿Qué se creerán estos platenses, ese clubcito sin cancha?, piensan los de la Argentina rica, que ahora le piden más plata a la TV para buscar volver a abrir la brecha entre los opulentos y los pobres.
Y contra esa jerarquía se rebeló Estudiantes. Porque Estudiantes nació un 4 de agosto y vivió una época maravillosa de la mano de Los Profesores, pero su narrativa está inexorablemente signada por esa subversión que comandó Don Osvaldo Zubeldía. De allí en más, cambió el fútbol argentino, para siempre.
El primer equipo de los denominados chicos en ser campeón por fuera de los capitalinos. Tricampeón de América en épocas de pujante y bravo fútbol sudamericano, por encima de Racing, Peñarol, Nacional, Independiente, todos campeones del mundo. Y campeón del mundo también el cuadrazo de Zubeldía, claro: porque, ¿te acordás?, la Bruja metiendo el cabezazo en el segundo palo, como enseñó Don Osvaldo, como siguen haciendo los equipos hoy. Y te decían que hacías trampa, Estudiantes: envidiaban tu éxito hecho de humildad y laburo, sin estrellas ni declaraciones, sin luminarias, el triunfo de la prepotencia del trabajo; tenían pánico moral ante tu ascenso, la irrupción de un fútbol sin sumisión a la histórica realeza del deporte, un modo de jugar el juego peligroso para la cómoda elite que se da cita en Buenos Aires.
Zubeldía cambió todo. Su discípulo, Carlos Salvador Bilardo, llevaría a Estudiantes a revivir la gloria en los ochenta y luego conduciría, otra vez ante mucha oposición (y amenazas de muerte, atentados, intentos de golpe…) a la Selección al título del mundo. Y luego a un subcampeonato mundial, una de las historias más emotivas del fútbol: una épica que replicó Alejandro Sabella, otro de la escuela.
Y la historia siguió, porque Estudiantes, cofradía contra todos, es ante todo hermandad, familia, un conjunto edificado con el sólo propósito de defender contra el enemigo y enseñar al nuevo miembro de la familia algo etéreo, inasible, valores, modos de ser. De allí, inevitablemente, surge la mística: eso que tiene Estudiantes en los momentos donde cuenta, porque no defiende un resultado, o un plantel, ni siquiera una camiseta. Estudiantes es mucho más: lo que se defiende, colgados del travesaño, si hace falta, señores, es la familia.
Por supuesto que hubo descalabros y miserias. Por supuesto que la historia no debe ser sólo de aburrida gloria, como la de los capitalinos, una vida sin sobresaltos: de los errores se aprende y son el condimento de las historias que les contamos a nuestros hijos. A esta generación le tocó vivir, joven, el descenso, y luego, le contarán a su prole pincharrata, vieron volver al Pelado, que no es otro que el hijo de la Bruja (la familia no es cuento), el que la descocía en la B, para volver a soñar con gloria. Y el club, el que descendió y transitaba inocuo por la Primera a comienzos de siglo, se refundaba una vez más y, contra todas las opiniones expertas, los pronósticos y también, una vez más, contra los medios que desde 50 kilómetros volvían a entrar en panicoso estado, volvía a poner de rodillas al mundo. (La Mística no es cuento).
Y entonces… ¿Cómo no va a ser el hincha de Estudiantes orgulloso de su pasado? Si Estudiantes, señores, es un pedazo enorme de la historia del fútbol argentino, que no puede contarse soslayando las insistentes subversiones del equipito de La Plata contra la adversidad. Se contará la historia, muchas veces obviando cosas, por supuesto, ninguneando logros, otras veces no, otras veces reconociendo lo que significa nuestro club. Pero, por suerte, la Mística no podrán contarla nunca: no entra en los libros, no es posible volcarla al lenguaje, está más allá de las palabras. Eso se transmite acá, en casa, de generación en generación.
Brindemos, entonces: aprovechemos la excusa del aniversario (una razón para contar anécdotas entre amigos, como todo cumpleaños) para acordarnos de la Bruja y de su hijo, de Osvaldo y del Doctor, de Los Profesores, de Sabella, de los Animals de Old Trafford, del partido con Platense, el 3 a 3 con Gremio, el 4 a 3 al Sporting, el gol de la Brujita al Palmeiras, el 7 a 0… Brindemos, querido hermano pincharrata, por 109 años de mística.
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viernes, 1 de agosto de 2014
Lo que queda
A un mes del Mundial se cumplió el segundo aniversario de la muerte del amor de su vida, que, resultó ser, no era la pelota o el poder, sino su mujer. Don Julio luego tuvo que sufrir los siete encuentros del torneo y el disgusto de una derrota que hubiese significado el corolario a su carrera. Demasiadas vidas vividas para que ese corazón de 82 años, que en el mediodía del 30 de julio dijo basta para mí, y se fue a descansar, a buscar a su Nélida.
“Todo pasa”, ironizaron ciertos medios: la frase se volvía en contra del dueño del fútbol argentino durante 35 años, más que la democracia. El hombre que se llevó bien siempre con el poder, y eso implicó los extraños timonazos que dio el fútbol durante su gestión. Mutaba con una habilidad de enganche según las circunstancias, y así sobrevivió nueve presidencias (algunas de las cuales incluso intentaron correrlo: desde Alfonsín hasta este gobierno de Cristina Fernández de Kirchner).
Asi también llegó a Suiza, sin hablar inglés, desde Sarandí: desde la ferretería y el club del barrio, hasta la vicepresidencia del mundo. El manejo del fútbol, más en Argentina, es un difícil arte entre los negocios y la política en el cual la ley en general obtura, obstaculiza: en ese mundo Grondona consiguió, a menudo contra la ley o al menos en áreas muy grises de la legislación, edificar una AFA fuerte, una Selección ordenada y campeona del Mundo, un predio de primer orden en Ezeiza, un fútbol base serio y ganador hasta sus últimos años y, por supuesto, una carrera política que podría, si no hubiera permanecido fiel a Blatter, haberlo llevado a la presidencia de FIFA. Si fue el hombre fuerte de Sudamérica en la organización que comandaba su socio suizo, es porque recordó siempre que el poder no es de uno sino que a uno se lo dan: todo quien lo conoció reconoce que pocos sabían de los recovecos del enorme país futbolero como Don Julio. También por ello supo mecerse al compás del color político que le tocara al país en cada momento.
La cuestión de la televisación, clave en el fútbol del siglo XXI, marca sin dudas su más relevante giro: el fútbol argentino, hace rato en una crisis económica mezcla de manejo sin escrúpulos de los dirigentes y una posición socioeconómica que dificulta, casi imposibilita, competir con otros mercados, estaba por 2009 en un rojo llamativo. Los clubes debían 500 millones a la AFA y más a otros acreedores: la TV privada, socia de Grondona durante ya dos décadas, desde que comenzara en los 90 una fructífera relación con Carlos Avila y su multimedios, no ofrecía más de 150. El gobierno nacional puso 600 sobre la mesa, el rojo quedó anulado y el fútbol, bajo la consigna de que se trata de una parte de la cultura nacional, pasó a transmitirse para todos.
El rojo, por supuesto, renació con furor al siguiente año: los clubes necesitan jugadores, los jugadores piden dólares y si no se van a otras ligas, cualquiera. Entre la histeria del medio por conseguir un puñado de puntos, los éxodos masivos y, claro, las innumerables cometas que cada pase conlleva (intermediarios, muchas veces los propios dirigentes, además de plata para el jugador, el club, el representante, la familia…), los cuadros se endeudaron sin remedio. Hubo amenazas de controles desde la AFIP (uno de los organismos a los que los clubes adeudan por millones), y también, como siempre, de AFA, que tiene la responsabilidad de obligar que los presupuestos se cumplan desde 1999. Pero nada sucedió, como siempre: la pelota sigue rodando y el fútbol argentino camina lento pero certero hacia la atomización de su liga de primera. Argentina tendrá, sin control sobre los clubes y también leyes para evitar el éxodo de la juventud y organizar el fútbol base, rápidamente una liga como la uruguaya o la colombiana, un mercado de exportación de materia prima. El modelo agroexportador, se sabe, lleva inevitable al fracaso.
Pensar entones que la muerte de Don Julio significará un cambio profundo resulta difícil de creer. El modelo seguirá siendo el mismo. La cúpula de AFA es la misma, la que levantó la mano siempre a favor de Grondona, por convicción o porque sus clubes dependían, para subsistir, del dinero que hábilmente adelantaba Don Julio de los derechos por TV que acapara AFA: la maniobra base con la que estableció su corte adicta. Difícilmente quien asuma se proponga, como establecen las reglas, obligar a los descensos de aquellos clubes que no cumplan con sus obligaciones económicas. Difícil imaginar un cambio de conducta, además, de este grupo de dirigentes criados en un edificio, el de Viamonte, donde pesan más las reglas no escritas que las escritas.
Nada cambiará, solo que quizás ahora, en poco tiempo, Don Julio se extrañado.
Porque no habrá fin de fiesta: llegará alguien, imitador o, más difícilmente, opositor, que apelará otra vez a este sistema caudillesco para gobernar, sólo que sin las alianzas forjadas por años de artesanal trabajo por Grondona. Crecerá la oposición, seguramente, pero también propondrá una figura, nunca un equipo. Los clubes grandes aprovecharán el vacío para volver a discutir los derechos de TV, esos que acapara AFA, planteando que en otros países los clubes negocian por separado. Tampoco el poder política forzará un cambio: nadie pedirá el disparate de que se investigue su propia mano de obra, las barras bravas, y todos buscarán el modo de aliarse a la AFA para que ese preciado botín político que es el fútbol siga aliado al poder, un matrimonio por conveniencia. Surgirán estas y otras peleas por unos pesos, por un poco de poder: con el Rey muerto, el problema no es quien ocupará el trono, sino como evitar que todo se desmorone.
En sus últimos años avisó Don Julio, harto ya del fútbol, de las críticas constantes, de que nunca se viera lo bueno: avisó que sería extrañado. Y no quedan dudas: Grondona será extrañado cuando su reino devenga en una pelea entre tribus, cuando su castillo de naipes de imposible altura, su Estado construido en base a alianzas y dependencias, favores y obsecuencia, sostenido por su hábil figura, se derrumbe. Se ha ido Grondona, y queda una historia que no puede ser contada desde el blanco y negro, una historia de gloria y oscuridad imbrincadas hasta volverse indistinguibles. También queda esta enorme crisis que parece el comienzo de un apocalipsis de esos que el fútbol argentino siempre sobrevive, pero que algún día no sobrevivirá. Y el barco sin su capitán.
martes, 15 de julio de 2014
Herederos de la mística: a 5 años del Mineirazo
El global está igualado en uno y el encuentro comienza a extinguirse, cuando la pelota se eleva sobre el área y el delantero vuela sobre la oposición para estampar la furibunda desigualdad. Quien celebra incrédulo no es Mauro Boselli sino Ramón Lentini. No estamos en el Mineirao, sino en el Estadio Ciudad. No hemos aún alcanzado las traicioneras mieles de una final, esa instancia de ilusiones que pueden volverse contra uno. “Casualidad”, dirán muchos, ese gol de un juvenil que escribió su nombre en la historia y luego se esfumó, para pasar con pena a la primera fase de la Copa Libertadores 2009.
“Mística”, sostendremos nosotros, convencidos aún en aquel segundo encuentro, todavía pre-Libertador. Mística que es a la vez sudor mancomunado, la creencia profunda, genética, del poder de la hermandad, y sangre legada, inexorable destino de gloria.
Nadie creía en el ejército del Pelado. Pero puertas adentro había un juramento de venganza, tras la fallida final de la Sudamericana en 2008. Desde aquel visceral sentimiento revanchista se puede ya ver la voluntad de los hombres y el legado heroico de la historia: también los muchachos de Zubeldía juramentaron revancha tras perder el torneo de 1967 invictos, y tras caer en 1969 ante el Milan quisieron una Copa más; también hubo promesa en aquel vestuario de San Pablo, en 2006, cuando por penales el local nos dejó afuera de una Copa donde ya se vislumbraba el despertar de un destino adormecido.
Costó, por supuesto: tras aquel título de 2006, la mesa parecía servida para volver al plano internacional, pero los bizarros calendarios de AFA empujaron el regreso a la Libertadores, ese primer amor al que siempre se vuelve, para 2008. Para entonces, el núcleo 2006 había mutado, las relaciones en el vestuario no eran las mejores y el equipo terminó cayendo, en casa, ante el futuro campeón.
Llegó Astrada al banco, que conduciría a esta nueva generación a su primera final internacional, para luego, en plena Libertadores 2009, perder su ascendencia sobre el grupo. La clasificación de Estudiantes se complicaba, había rumores de trompadas en el vestuario y, otra vez, nadie creía en Estudiantes. Ultimo en el torneo local, era evidente que pronto se caería en la Libertadores y se quedaría sin nada. Para colmo, Astrada dejaba el cargo y la dirigencia apostaba fuerte, muy fuerte, a un tipo casi desconocido para el piberío: llegaba Alejandro Sabella para realizar sus primeras armas como entrenador, tras una vida como jugador y otra como ayudante de campo de Passarella.
Y entonces, la barca comenzó a enderezarse: el doble comando Verón-Sabella apeló a la historia para sacar al equipo de sus rencillas improductivas y enfocarlos en su chance de hacer historia. Como una vacuna, la mística fue inoculada y lentamente el torrente sanguíneo del plantel fue absorbiendo no solo conceptos, ideas de juego, sino convicción en que se podía: y el convencimiento hace leones de gatitos pero, además, es un componente clave para la táctica, el motor para que el equipo esté concentrado (porque “un error es un gol...”), para que los relevos se realicen aún sin energías para dar más. Estudiantes, el del orden y el corazón para fundar milagros y construir leyendas, el de la historia que parece siempre inverosímil, siempre una película yanqui de las malas, empezaba a florecer.
Pasaron las fases, con sufrimiento, pasó Libertad, pasó Defensor Sporting, pasó Nacional, copamos Uruguay, cada vez más grande la certeza, como vez más gigante el olor a hazaña, cada vez más cerca esa hermosura de trofeo. Llegó Cruzeiro, el temible, y todos, con Don Alejandro, alérgicos. Pero era lógico: las épicas no se escriben con batallas finales facilongas, contra monstruitos imaginarios. A las finales, como a las ideas, como a la mística, hay que ponerle el cuerpo detrás.
Como prueba allí está esa imagen ícono, poster del film “Estudiantes de La Patria: la leyenda continúa”: Verón, el veterano capitán que podría estar jugando para algún equipo de Islas Caimán y juntando pepitas de oro, se rompe el pómulo y mira, torvo, a su enemigo. Le quieren marcar el terreno, quieren hacerle sentir el rigor, pero ¡pobres! no saben a qué monstruo de hambre primordial despiertan, no saben que sueño de la infancia lo empujó a volver a sus pagos, no saben de la mística y su pelado primogénito. Su actuación en ambos encuentros, una solución mística de cerebro y tesón, pone la piel de gallina de sólo recordarla. Desde el terreno conducía el capitán; desde le banco comandaba el general, El Magno, pedía el imposible: bajar la estrella del cielo, cosas de enamorados, imposibles que Estudiantes vuelve posibles, probables.
¿Aún si te vas 0-0 de tu cancha, si visitás la inexpugnable cancha del Cruzeiro? ¿Aún si podrías haberlo, incluso, perdido? ¿Aún si, Pincha cabulero, te hacen entrar por la Puerta 13? ¿Aún si, en encuentro parejo, tras haber neutralizado a tu rival gracias a la alquímica mente de Sabella, te clavan un gol producto de un disparo imperfecto que roza en el azar? Ah, que bárbaro: los cohetes se agotaban otra vez de los comercios, como en 2008, cuando muchos platenses apostaron al fracaso y al estruendo gozador. Ya los medios te dan por muerto: ¿qué vas a hacer, Estudiantes?
Y entonces, sólo entonces, sólo cuando quedó establecida la imposibilidad absoluta de alcanzar la hazaña, entonces, como confiaban las miles de almas que viajaron a Belo Horizonte con plena seguridad en este conjunto imbuido de la mística que atestiguaron abuelos y padres, que contaron a sus hijos; solo entonces, acudió el León a su cita con la historia.
Primero la Gata, empujando un centro enroscado de Cellay, tras pase inverosímil de Verón: el festejo, brazos abiertos, lágrimas de emoción y algarabía generalizada en cancha y en tribuna, a la retina de la historia del fútbol. El Pincha empataba, ¿no era que no se podía?
Después, Boselli: más rosca imposible al centro del Pelado, rosca de cinco décadas de laboratorio, y el cabezazo de Mauro, arriba, contra todos, como Estudiantes, contra todo. Pim, pum, gol: el Pincha arriba, ¿no era que no se podía?
Con el 2 a 1, iban a tener que matar a los jugadores para hacer un gol: ellos, que habían ya producido en masa banderitas que anunciaban su tricampeonato, terminaban vencidos en su propia casa. Seguro, metieron un tiro en el travesaño que, usted y yo sabemos, lo sacaron para afuera el Ruso y Don Osvaldo: porque eso también es mística. Dirán ojete, siempre la palabra que los no iniciados pronuncian para explicar tanta mística, pero el destino también se construye con el pasado que empuja al corazón a latir más fuerte, que se encarna con el jugador y lo vuelve enorme, invencible, en la adversidad.
“Somos la gloria”, pronunció hace cinco años, lagrimeando, el reproductor y reinventor de la mística, mientras el portador genético del pasado se abrazaba en el césped del Mineirao en una foto para la historia. Andújar, Desábato, Alayes, Schiavi, Cellay, Ré, Díaz, Angeleri, Braña, Verón, Pérez, Benítez, Fernández, Boselli, Calderón, Iberbia, Albil, Salgueiro… Hace cinco años son gloria: pasado místico pero no historia muerta, pasado que crece en el tiempo como leyenda y se encarna en los pibes albirrojos, esos que todavía juegan en el Country, y los empuja a volverse enormes ante la adversidad. La historia no es para los libros: en Estudiantes, la historia es siempre semilla de nuevas historias. La historia vive en nosotros.
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lunes, 14 de julio de 2014
Nuestra Italia 90
El lenguaje no alcanza, apenas consigue arañar la superficie: Argentina siente un desgarrarse el alma, un esfuerzo gladiador en vano, vuelto sangre y cenizas en un instante, una distracción fatal como cuando uno cruza la calle mirando hacia el lado incorrecto. Así, así fue el tanto de Gotze para el triunfo alemán, en tiempo suplementario. Y ahora algunos ponen máscaras de sonrisa y tiran petardos, algunos incluso se exceden y tiran piedras y la policía, que también es Argentina, contesta: porque estamos todos más que calientes, porque ese gol será pesadilla de cuatro años.
Alemania es campeón del mundo, y justo: el mejor equipo del torneo, el de proyecto más coherente, formado allá tras la salida de Klinsman. Low, el actual entrenador, era su mano derecha y formó este grupo que ahora lleva dos mundiales, ocho años, jugando de la misma manera. Un ADN, además, que hoy, desde el Bayer Munich y los equipos que han sabido imitar el nuevo modelo, domina el mundo.
Esta Copa es entonces como aquella de 2010 de España, la frutilla en el postre de un proceso planificado: todo lo contrario al equipo argentino, que tuvo tres entrenadores desde el Mundial pasado, además de estar siempre atravesado por la improvisación y la polémica. AFA es insoportable, y también los medios argentinos, que comenzaron buscando cortarle la cabeza al entrenador y hoy lo aplauden. Por todo, seguramente el mejor técnico argentino de los últimos 24 años, Alejandro Sabella, no seguirá en el cargo.
El Magno: responsable de esta final, comenzó escuchando algunos pedidos demasiado públicos de los jugadores y terminó acomodando el equipo a lo que pretendía. Solidaridad, inteligencia, equilibrio, claves del equipo también ayer para contener a los incontenibles germanos: Alemania tuvo una de cabeza en el primer tiempo, y poco más. Aproximaciones, varias, posesión, toda: pero Sabella sabía que aquello era lo que convenía. Que la tenga el equipo de Low, pero sin espacios.
Y entonces hay que hablar, otra vez, de Mascherano. El sólo merece la Copa, y sin lugar a dudas ha sido el mejor jugador del Mundial, el líder de una manada que se sobrepuso a todo tipo de dificultades. Faltaron Di María, Agüero, Higuain, por lesión, tres de los cuatro fantásticos: el otro terminó el torneo con el motor fundido. Masche corrió por todos. Ayer, fue otra vez pulmón y cerebro, el guía de una defensa que nunca se desordenó y minimizó a Alemania, el temible, el del 7 a 1 al vecino rencoroso.
El plan funcionaba: pero los de arriba no. Porque, al revés que lo que se esperaba, el déficit del Mundial fueron los que jugaban solos. Messi pagó una temporada de patadas, y también le peso, ayer, ser el único capaz de conducir a la victoria; Di María se lesionó cuando mejor estaba; Agüero, seis lesiones el año, nunca fue; Higuaín jugó mejor para el equipo que para sí mismo, y nunca alimentó con goles su confianza. Ayer, cuando tenía todo para romperle el arco tras garrafal error en la salida germana, le perdonó la vida al rival. Luego le anularon un gol.
Es que Argentina era mucho más. Esperaba y salía, y con los de arriba todavía frescos y un gran depsliegue de Lavezzi, acumuló chances e insinuaciones. A las dos de Higuaín, hay que agregarle un mano a mano de Messi y otro de Palacio. Todos erraron su cita con la historia, y mucho tuvo que ver el pulso. La Selección podría haber recibido colaboración para marcar si el árbitro hubiese cobrado un alevosísimo penal de Neuer a Higuaín: el arquero salió a lo bonzo y estrelló su rodilla contra la mandíbula del Pipita. El árbitro se disfrazó de Codesal y marcó ¡tiro libre para Alemania! Y la afición local celebró.
Con el correr de los minutos Argentina comenzó a sentir los dos alargues jugados y el estado físico general, que nunca fue bueno. Alemania seguía fresco, andá a saber que toman allá en los feed lots de Berlín, y comenzaba a preocupar. Sabella se la jugó y metió a Agüero para que juegue a espaldas de Schwensteiger, y a Palacio, para jugar de contra: ambos le sumaron preocupación pero le quitaron peso al ataque. Y entonces, la Selección comenzó a jugar en zona de milagros.
Y no hubo mesianismo que nos salve: Alemania encontró una, de la mano de dos que saltaron del banco (Schurle y Gotze), la mandó a guardar cuando el reloj decían que ya eran penales menos cinco, y chau pichi, a llorar al Obelisco. No hubo mesianismo, pero, quizás, sea para mejor: Alemania no tuvo al mejor jugador del Mundial porque fueron un bloque para la victoria, y Argentina, esta Argentina que supo armar, contra viento y marea, contra presiones y lesiones, Alejandro Sabella, tampoco tuvo a una estrella determinante y fulgurante, sino que jugó, ganó y perdió, como equipo.
Como equipo. Hace rato que en la Selección no se sentía esa palabra: decir, siempre, para la gilada; concretarla, pocas veces en muchos años. Acá hubo cofradía, manada de bestias, siempre al borde, siempre acalambrados hasta el alma, heridos por todos lados, cansados de tanto nadar contra la corriente. No alcanzó: y ahora nuestra generación tiene su Italia 90, y recordará con amor, no hay otra palabra, las corridas del Masche, las atajadas de Chiquito, a Rojo, la puta madre, ¡a Rojo rompiéndola!, a Biglia enyesado, al Pipita clavándola contra Bélgica, al Messi líder y volador de la primera fase, al Fideo y ese gol agónico con Suiza. Fue hermoso, después de todo, durar todo el Mundial tras tantos años. Pero ahora hay que bancarse este dolor: faltan cuatro años, el futuro es incierto, y el presente duele con la certeza de que se escapó por nada.
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miércoles, 9 de julio de 2014
Las manos de Chiquito, el corazón de todos: Argentina en la final
Los penales eran una condena. Argentina había buscado y buscado, los jugadores habían dejado el cuero, todos mallugados, bendados, golpeados, las piernas atadas ya: pero, en un verdadero encuentro de ajedrez, donde los equipos se neutralizaron y cada movimiento estratégico desde el banco fue correspondido con un cambio del rival, en esa partida mental pero también física, porque cada centímetro regalado era una opción de peligro, y porque había que tener orden y paciencia en una semifinal del mundo, con las revoluciones a dos millones por hora, bueno, en esos 120 minutos de tensión extrema, la Selección de Sabella no pudo encontrar el hueco y se encontró en los penales.
Los penales: allí asustaba Holanda, que en cuartos había pasado también desde los doce pases, con Van Gaal cambiando al arquero para la definición y Krul yendo siempre para el lado correcto. Para colmo, la Naranja no había marrado ni uno, y sus pateadores, fríos y letales como el acero, prometían repetir.
Y con todo esto cruzándose por la cabeza de cada hincha, allá y acá, con todos puteando y morfando uña y buscando calma en alguna costumbre, pateó Vlaar y tapó Chiquito: enorme tapada del golero, yendo hacia su izquierda con confianza, esperando al pateador, agrandándose, conciente de su rol para la historia. Tapando nada más y nada menos que el primer penal.
Y Argentina tomo la posta que sugería el arquero y pateó, todos y cada uno de sus tiros, de modo brillante, confiado. Apenas Maxi Rodríguez, tan feroz pateador, tuvo alguna duda y recibió el guiño de la historia. Si la metía pasaba a la final, ¡a la final!, Argentina, y tiró, y Cilessen tapó, pero la violencia del remate provocó que se le colara y después ya no recuerdo mucho más.
Antes, hubo un encuentro. Un encuentro jugado con enorme disciplina de parte de los dos, con jugadores como Sneijder y Lavezzi, de vocación ofensiva, prestándose solidarios al retroceso, partes indispensables de los mecanismos de neutralización de los dos equipos. En esa tironeo por ver quién se quedaba en la cama del partido con la manta corta que es el fútbol, quien conseguía taparse y quedarse con todo, quien conseguía desnivelar sin desprotegerse, Argentina estuvo más cerca, e incluso, mientras tuvo piernas, fue el que más propuso. Volvió a mostrar una evolución, como en cada encuentro de la ronda final: cada vez más sólido, llega a la final lejos de aquella imagen de los primeros encuentros donde los roles parecían confusos y los intérpretes no parecían sentirse cómodos.
Hoy Argentina, Argentina equipo, con Messi absolutamente rodeado, sin Di María, sin Agüero por bastante tiempo, Argentina grupo, Argentina pandilla que se revela contra las adversidades y se entrega por el de al lado, se metió en la final: se viene el monstruo alemán y la final será un clásico de copas del mundo... pero eso lo empezaremos a pensar mañana.
Los penales: allí asustaba Holanda, que en cuartos había pasado también desde los doce pases, con Van Gaal cambiando al arquero para la definición y Krul yendo siempre para el lado correcto. Para colmo, la Naranja no había marrado ni uno, y sus pateadores, fríos y letales como el acero, prometían repetir.
Y con todo esto cruzándose por la cabeza de cada hincha, allá y acá, con todos puteando y morfando uña y buscando calma en alguna costumbre, pateó Vlaar y tapó Chiquito: enorme tapada del golero, yendo hacia su izquierda con confianza, esperando al pateador, agrandándose, conciente de su rol para la historia. Tapando nada más y nada menos que el primer penal.
Y Argentina tomo la posta que sugería el arquero y pateó, todos y cada uno de sus tiros, de modo brillante, confiado. Apenas Maxi Rodríguez, tan feroz pateador, tuvo alguna duda y recibió el guiño de la historia. Si la metía pasaba a la final, ¡a la final!, Argentina, y tiró, y Cilessen tapó, pero la violencia del remate provocó que se le colara y después ya no recuerdo mucho más.
Antes, hubo un encuentro. Un encuentro jugado con enorme disciplina de parte de los dos, con jugadores como Sneijder y Lavezzi, de vocación ofensiva, prestándose solidarios al retroceso, partes indispensables de los mecanismos de neutralización de los dos equipos. En esa tironeo por ver quién se quedaba en la cama del partido con la manta corta que es el fútbol, quien conseguía taparse y quedarse con todo, quien conseguía desnivelar sin desprotegerse, Argentina estuvo más cerca, e incluso, mientras tuvo piernas, fue el que más propuso. Volvió a mostrar una evolución, como en cada encuentro de la ronda final: cada vez más sólido, llega a la final lejos de aquella imagen de los primeros encuentros donde los roles parecían confusos y los intérpretes no parecían sentirse cómodos.
Hoy Argentina, Argentina equipo, con Messi absolutamente rodeado, sin Di María, sin Agüero por bastante tiempo, Argentina grupo, Argentina pandilla que se revela contra las adversidades y se entrega por el de al lado, se metió en la final: se viene el monstruo alemán y la final será un clásico de copas del mundo... pero eso lo empezaremos a pensar mañana.
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sábado, 5 de julio de 2014
Cruzó el Rubicón
Veinticuatro años, un montón, una vida sin Argentina en semifinales. Dos generaciones enteras de futbolistas llegaron hasta ese límite, hasta cuartos nada más. Esta Selección, que crece y crece, se rebeló a esa marca ominosamente presente como una condena: con gol de Higuaín cuando el partido amanecía y gracias a la contención esmerada de los peligros que suponía el rival, sacó a Bélgica y se metió en semis, después de cinco mundiales.
Arrancó derecha la cosa para Argentina, con espacios para circular la pelota, Messi enchufado y, demás, tras un desvío fortuito, un tremendo bombazo de Higuaín, volea de aire sin detener el balón, para sacudir las redes y la mufa que rodeaban al nueve argento. Así lo gritó, otro desahogo más en la historia de Argentina en el Mundial, otro jugador que aparece en el momento justo. Argentina, casi desde el vestuario, se ponía arriba.
Hubo un retroceso en el campo, sí, pero un retroceso estratégico, que apuntaba a liberar espacios para los delanteros y, a la vez, contener a Bélgica, rapidita desde De Bruyne y Hazard. A los cracks belgas les rodearon la manzana y los esfumaron de la cancha, forzando, como tantas veces hacen con Argentina, a que tengan la pelota los que no deben. Con Biglia y Masche en el centro, y la entrega para el retroceso de Lavezzi, casi volante, la Selección no solo controlaba la trama del partido, sino también conseguía las mejores aproximaciones.
De una habilitación deliciosa, de hecho, que lanzó perfecto Messi desde detrás de mitad de cancha, llegó una de las más peligrosas para Argentina: Fideo enganchó ante Kompany, pero el del City no se comió el amague y tapó el disparo. En la caída, Di María sufrió un tirón y tuvo que salir de la cancha: el jugador ideal para el partido dejaba la cancha y le llenaba la cola de preguntas a más de uno.
Pero Argentina siguió con el plan. Ordenadito, bien agrupado, le copó los espacios en defensa a Bélgica, ahora con un jugador más, porque Enzo Pérez, adentro por Fideo, fue un colaborador más en la recuperación. Con siete jugadores dispuestos al overol, Mascherano no fue obligado a la actuación épica y Argentina conseguía, por primera vez, el equilibrio tan mentado.
El partido, por más sufrimiento que hayamos sentido, siguió por esas vías, controladito, sin chances para una Bélgica atrapada en la telaraña. Llegaron rápido los cambios cantados del equipo europeo, entraron Lukaku y Mertens y comenzaron los bochazos largos para pasar por arriba una media cancha que la Albiceleste controlaba.
Argentina retrocedía cada vez más, producto de los nervios y de la presión del rival, y también, con Messi y Lavezzi cansados e Higuaín muy lejos, terminó el partido jugando muy largo, lógica consecuencia del trajín del encuentro. A pesar de todo, las dos llegadas más claras fueron para la Albiceleste: deliciosa contra de Higuaín que aprovechó el arrastre de marcas de Pérez para encarar, tiró un caño y disparó al travesaño, cuando corrían 30 del segundo tiempo; y luego, en el descuento, escapada de Messi mano a mano y, ante las dudas y las piernas pesadas de la Pulga, el lucimiento de Courtois.
Y se fue el partido y llegó la celebración. La Selección jugó su primer gran encuentro en Brasil, sufrió solo por el resultado corto, y sobre todo: Argentina fue un equipo confiable (gran tarea de la zaga central y también de Basanta, contenido pero oficioso) y, como con Suiza, apareció el hambre que sirve para superar los problemas y cohesionar las voluntades. El equipo, como le gusta mucho a Sabella, preocupó en ataque sin despreocuparse de la marca, se desdobló con emotiva solidaridad, y corrió y corrió y corrió, hasta romper ese límite en que los años habían encasillado a la Albiceleste: chau cuartos, dijo, y sigue de largo, quiere aprovechar el envión.
Arrancó derecha la cosa para Argentina, con espacios para circular la pelota, Messi enchufado y, demás, tras un desvío fortuito, un tremendo bombazo de Higuaín, volea de aire sin detener el balón, para sacudir las redes y la mufa que rodeaban al nueve argento. Así lo gritó, otro desahogo más en la historia de Argentina en el Mundial, otro jugador que aparece en el momento justo. Argentina, casi desde el vestuario, se ponía arriba.
Hubo un retroceso en el campo, sí, pero un retroceso estratégico, que apuntaba a liberar espacios para los delanteros y, a la vez, contener a Bélgica, rapidita desde De Bruyne y Hazard. A los cracks belgas les rodearon la manzana y los esfumaron de la cancha, forzando, como tantas veces hacen con Argentina, a que tengan la pelota los que no deben. Con Biglia y Masche en el centro, y la entrega para el retroceso de Lavezzi, casi volante, la Selección no solo controlaba la trama del partido, sino también conseguía las mejores aproximaciones.
De una habilitación deliciosa, de hecho, que lanzó perfecto Messi desde detrás de mitad de cancha, llegó una de las más peligrosas para Argentina: Fideo enganchó ante Kompany, pero el del City no se comió el amague y tapó el disparo. En la caída, Di María sufrió un tirón y tuvo que salir de la cancha: el jugador ideal para el partido dejaba la cancha y le llenaba la cola de preguntas a más de uno.
Pero Argentina siguió con el plan. Ordenadito, bien agrupado, le copó los espacios en defensa a Bélgica, ahora con un jugador más, porque Enzo Pérez, adentro por Fideo, fue un colaborador más en la recuperación. Con siete jugadores dispuestos al overol, Mascherano no fue obligado a la actuación épica y Argentina conseguía, por primera vez, el equilibrio tan mentado.
El partido, por más sufrimiento que hayamos sentido, siguió por esas vías, controladito, sin chances para una Bélgica atrapada en la telaraña. Llegaron rápido los cambios cantados del equipo europeo, entraron Lukaku y Mertens y comenzaron los bochazos largos para pasar por arriba una media cancha que la Albiceleste controlaba.
Argentina retrocedía cada vez más, producto de los nervios y de la presión del rival, y también, con Messi y Lavezzi cansados e Higuaín muy lejos, terminó el partido jugando muy largo, lógica consecuencia del trajín del encuentro. A pesar de todo, las dos llegadas más claras fueron para la Albiceleste: deliciosa contra de Higuaín que aprovechó el arrastre de marcas de Pérez para encarar, tiró un caño y disparó al travesaño, cuando corrían 30 del segundo tiempo; y luego, en el descuento, escapada de Messi mano a mano y, ante las dudas y las piernas pesadas de la Pulga, el lucimiento de Courtois.
Y se fue el partido y llegó la celebración. La Selección jugó su primer gran encuentro en Brasil, sufrió solo por el resultado corto, y sobre todo: Argentina fue un equipo confiable (gran tarea de la zaga central y también de Basanta, contenido pero oficioso) y, como con Suiza, apareció el hambre que sirve para superar los problemas y cohesionar las voluntades. El equipo, como le gusta mucho a Sabella, preocupó en ataque sin despreocuparse de la marca, se desdobló con emotiva solidaridad, y corrió y corrió y corrió, hasta romper ese límite en que los años habían encasillado a la Albiceleste: chau cuartos, dijo, y sigue de largo, quiere aprovechar el envión.
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Un Mundial sin James
Brasil pudo contra sí mismo: porque salió a comerselo, salió a correr la cancha para no tener que pensar, y con abanderados bastante impensados como Fernandinho y David Luiz, arrolló un buen rato del encuentro a Colombia. En ventaja desde el minuto 10, aparecieron con el cansancio las dudas de la Verdeamarelha, pero Colombia estaba en su propio laberinto, sufriendo demasiado el roce sin sanción arbitral que proponía Brasil. Y así, los de Scolari siguen, y jugarán los siete encuentros en casa.
Quien no sigue es James Rodríguez. Cuando Colombia perdió a Falcao en la previa del Mundial, muchos de los que lo vaticinaban como potencial sorpresa se llamaron a silencio: el Tigre era más que la máxima figura, y no emergía del grupo conducido por Pekerman un jugador capaz de cambiar el tono de los partidos con un arranque. ¿Rodríguez? Un nene, solo 22 años y sin demasiado roce en el campo internacional, relegado hasta el momento a las ligas menores. Hoy, ese nene se va del Mundial goleador y con un pase tasado por Monaco en 75 millones de euros.
Rodríguez fue señalado por Pekerman, ante la baja de Falcao, para conducir los hilos no solamente futbolísticos sino también los hilos del destino. Y el primer encuentro le costó: James, ese talento que había deslumbrado en Banfield para luego perderse en las ligas no televisadas del mundo, ese crack que aparecía en los encuentros de Eliminatorias y pintaba caras, ese pibito lució sin su desfachatez habitual. No tuvo, en aquel debut ante Grecia un gran encuentro: apenas marcó un tanto y dio dos asistencias.
Un señor jugador, el colombiano con cara de bebé: a los arranques de habilidad sumó panorama y pausa para hacerse dueño del equipo. Y que es el panorama, después de todo, que imaginar los mismos huecos para el pase profundo que para la gambeta.
Tras aquel encuentro inicial, James estalló todos los pronósticos. Neymar se apagaba, CR7 sufría, Lucho Suárez mordía, y apenas Messi y Robben ejercían lo que se esperaba de ellos. Rodríguez superaba todo lo imaginable, y conducía a una desfachatada selección cafetera hacia octavos primero, y luego a cuartos, tras vencer sin oposición a Uruguay. El equipo de Pekerman era cosa seria, y lejos de la indisciplina de otras selecciones colombianas, éste incorporaba mesura e inteligencia a esa natural desmesura de talento y vértigo. Rodríguez encarnaba el ideal del equipo de José: talento al servicio del equipo.
El Mundial se queda sin uno de sus mejores jugadores, uno de esos que hacen que la gente se levante de las butacas, de los que cambia los partidos. En su encuentro final sufrió patadas y una marca férrea de una selecciçón brasileña cuyo plan A no era pasársela a Neymar sino anular a James: todo un reconocimiento, replicado en el cierre del encuentro cuando media selección verdeamarelha fue, rendidos al talento, a consolar su angustia y ofrecerle un abrazo. Estarían ellos también tristes: hay jugadores que vuelan, contienen el aliento de multitudes e invitan a soñar con imposibles.
martes, 1 de julio de 2014
La rebelión
¡Gol carajo! ¡Gol la puta madre! ¡Gritalo carajo gol carajo gol!...
Todo, desde el minuto 118 hasta el 120+4, es descontrol puro. Los jugadores se vuelven montaña. Festejan eufóricos, desahogo y alivio por evitar los penales. Gritan un rato larguísimo y el juez adiciona tres minutos en castigo: tres más, los mismos tres que sumó a los segundos 45, una locura.
Y vos, y yo y todos, nos agarramos los pelos, el izquierdo ya dolorido, nos dislocamos los dedos haciendo cosas alquímicas que no comprendemos del todo. Y vos, y yo y todos, nos tiramos al piso abatidos por la angustia: Dzemaili cabecea al palo y después el balón le rebota… y sale. No podemos más. Terminalo, le gritás al televisor. En la tele no te oyen y le dan tiro libre a Suiza, ahí a centímetros del área, penal con barrera con ya tres y pico de adicional, ¿qué te pasa Eriksson? La FIFA puso un árbitro UEFA y te parece que ahora todo cierra, imaginás una conspiración mientras se prepara Shaqiri, el bueno de ellos, y tarda una eternidad, gestando paros cardíacos a lo largo y a lo ancho de nuestro país.
Patea Shaqiri.
Pega en la barrera.
Pita el pirata sueco.
*********
Todo tiembla. Todo suda. Porque antes hubo un partido frustrante, dificilísimo, una prueba en la cual Argentina sacó pecho y dio muestra de que, más allá de que los jugadores estén tocados, más allá del esquema, del rival, hay hambre. Argentina venció a Suiza 1-0, con gol de Di María en el minuto 119. Argentina se venció a sí mismo, primero que nada.
Porque Suiza vino con el libreto bien estudiado y le pasó la pelota (literalmente, casi) a Argentina: los de rojo esperarían bien agrupaditos apostando a la contra, la fórmula para encontrar espacios en este Mundial donde todos estudian como achicarlos. El mismo planteo que hiciera Irán, que, más allá de los aciertos del rival, desnudó el nivel bajo de los delanteros argentinos.
La Suiza de Hittfield replicó, apostando a la velocidad traviesa de Shaqiri en la contra: y bastante complicó con esta fórmula en la primera etapa, donde Argentina sufrió, volvió a ser ese equipo rendido ante las telarañas del rival, rehén de la estrategia ajena, incapaz de plantear las condiciones. Los europeos, esperando y saliendo, llegaron más que la Albiceleste de Sabella.
Lo lógico: los de camiseta roja trataron que los buenos de celeste y blanco no se asociaran. Cortó el circuito de juego desde Gago, atrapó a Messi en un mar de piernas, cortó con falta los vuelos iniciales de Di María y, sin circulación rápida, Argentina tocaba de forma horizontal y dependía demasiado de la subida de los laterales para sorprender. No son Rojo ni Zabaleta quienes deben salvar a Argentina.
El fútbol es fútbol y ajedrez, y el ajedrez ha complicado a más de uno que sólo pensó en el fútbol y ha discutido al menos las viejas jerarquías futboleras: hoy, cualquiera puede ganarle a cualquiera en un partido. Pero también, el fútbol es actitud: cuando la cosa viene torcida uno puede elegir acompañar la caída o rebelarse: Argentina traía en este Mundial más aceptación de la mala que rebeldía, pero la cosa fue distinta en la segunda etapa. Los de Sabella salieron a ganar: como con Nigeria, con más movilidad y predisposición, aunque duela cada metro recorrido, la cosa cambia. El segundo tiempo fue todo argentino: la pelota paseó por el campo suizo sin que los rojos la tocaran, inofensiva, sí, pero al menos esbozando algo del equilibrio imaginado por Pachorra.
Ahora, ante el abrumador dominio de la posesión por parte de Argentina, fue Suiza el que aceptó el rol que proponía su rival. Ahora sí, Argentina imponía condiciones: la contra de los europeos quedó casi desactivada, demasiado largo el rival, demasiado partido, ocupados 9 de sus 11 jugadores en marcar detrás del círculo central. Las intentonas aisladas del rival, además, eran desactivadas por un feroz Mascherano, el jugador argentino del Mundial, el jefe, el sólo el equilibrio; y por Marcos Rojo, de enorme torneo y hoy jugando un partido de emotivo despliegue, de esos que desgarran el corazón: siempre el jugador que más corre, esta vez terminó en una pierna, acalambrado, pero sin haber errado una sola jugada, en ataque y defensa.
La aglomeración de gente provocó que, aún corriendo y buscando, Argentina no pudiera: la presión, el reloj, el rival también, claro, fueron todos condimentos de una Selección que buscaba pero no encontraba. No aparecían, además, Di María y Messi, las cartas de la victoria que tenían mil hombres encima, a pesar de que Sabella los cambiara de punta. Empujaba pero sin poder atinar, como a ciegas. El suplementario que aparecía en el horizonte apuró las decisiones y se fue el partido en nervios y desaciertos.
Los 30 minutos extra son una de las instancias más difíciles y crueles de jugar. Un gol en contra es casi condena, y muchos, agarrotados, comienzan a firmar los penales. Suiza, que por haber hecho menos gasto estaba más entero, se mostró, tras alguna prueba tibia, dispuesto a hacer todo para llegar a esa instancia. Y Argentina… no podía más. Ya estaban Basanta y Palacios en cancha, pero el segundo, que ilusiona por su velocidad y su capacidad para encontrar el hueco, no tenía espacio para desarrollar su velocidad, ni socios a esa altura para aunque sea arrastrar una marca.
Y entonces, Di María: desaparecido en todo el torneo, quien asomaba como un potencial Messi bis venía decepcionando. Pero en los 30 finales fue él el que tomó la lanza, el que cargó la responsabilidad, el que quiso ganar más que nadie. Encaró y encaró, y descubrió que el rival también estaba muerto y agarrotado, y siguió encarando. Todas, claro, terminaban mal. Una pierna, un cruce, un foul, evitaban el gol. Parecía que no había modo.
Lo horca marcaba 119. Suiza tocaba en el fondo, saliendo sin apuro, esperando el pitazo. Palacios presionó, y con bastante fortuna se la llevó: premio al mérito de ir a buscar una pelota que no traía consecuencias, el jugador del Inter levantó la cabeza y se dio cuenta que Suiza estaba quebrado, los mediocampistas salían al ataque y los defensores comenzaban un panicoso retroceso. Para colmo, Messi venía de frente, levantando vuelo como no había podido hacer en todo el encuentro, absorbido por Behrami-Inler, el doble cinco suizo.
Palacios controló la pelota y pasó a La Pulga. Messi corrió contra la defensa suiza que volvía sobre sus pasos, la peor forma de marcar al rosarino. Aunque, claro, salirle al cruce a Messi, en pleno vuelo, con espacios, es fórmula para el ridículo: el central suizo lo intentó, el 10 lo pasó fácil y el lateral Rodríguez no supo si tomar a Lío o a Di María.
Porque Fideo venía, por derecha, como una tromba: el último pique. Y Messi, inteligente y generoso, esperó un segundo a que lo tomara la marca y entonces pasó al jugador del Real, que pisó el área sin marca, tocó de zurda al segundo palo y venció, al fin, tras una vida de parir, a Diego Benaglio. Un gol que vale oro.
*********
Es la hora del grito. Argentina fue el único de los dos que se rebeló a la narrativa empatada del encuentros, a los penales, y por eso, por insistir cuando otros desisten, ganó, con épica de la que se cuentan las grandes historias. Jugó, además, su mejor encuentro, sobre todo a partir del segundo tiempo, y ante el rival más fuerte que le ha tocado en el Mundial. Ganó la partida de ajedrez, ganó el duelo de paciencia y también el encuentro de fútbol: y así, sufriendo porque si no no vale, está en cuartos.
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