lunes, 22 de octubre de 2012

Más allá de lo intangible



Estudiantes venía de una mini rachita positiva. Los triunfos ante Quilmes, Racing y Arsenal, interrumpidos solo por una derrota en Mendoza, agregado a la gran irregularidad de un torneo poco sólido, pusieron durante la semana en boca de algunos jugadores la palabra “ilusión”. Por supuesto, los sueños hay que sustentarlos, y Estudiantes está mucho más cerca de buscar la clasificación a la Libertadores, como pidió la Gata Fernández, que de atreverse a campeonar. Porque en la cancha, ayer, jugó contra un Boca 75 minutos anodino y no atinó a atreverse adentro de la cancha.

No se trata de un juicio de valor. El Pincha buscó su negocio en una cancha estadísticamente imposible: intentó el triunfo (de los dos, el que más lo hizo), pero sin arriesgar. Las imágenes finales de un Estudiantes innecesariamente tirado atrás, regalando la mitad de cancha y pateando tiros libres a un área desierta sirven no sólo como parcial explicación de la andanada de Boca sobre la hora, sino como testamento de que lo que buscó Estudiantes con fruición fue no perder. No es que falte tesón o convicción, sino que este equipo no se la cree, no tiene esa osadía propia de los equipos destinados a la grandeza.
Por supuesto que el fútbol argentino da para cualquier cosa, y en rigor, el último campeón con destino de grandeza de nuestro fútbol quizás haya sido el Pincha de Sabella modelo 2010. Y antes, quizás habría que retroceder hasta 2006, al equipo de Simeone. Antes y después se reprodujeron campeones fabricados en una rachita de triunfos y la falta de convicción de los demás. Hoy el Pincha está en ese pelotón falto de piripipí para convencerse y, en los minutos finales, arrasar en lugar de ser arrasado. En esos minutos donde gobierna la desesperación y el desorden, se hacen los campeones: en esos goles sobre la hora, cuando ya nadie más cree. Sin dudas el tanto en Quilmes levantó la moral de muchos en este sentido; pero el empate en La Bombonera acomodó a Estudiantes en el pelotón de los que buscan sumar puntos en lugar de campeonar.
El ánimo y el ánima de Estudiantes, en rigor, no interesan. Porque desde el juego, el equipo de Cagna da mejores explicaciones, sobre todo, acerca de las dos estadísticas que más importan en el fútbol: en los rubros goles a favor y goles en contra, Estudiantes tiene lo que se merece. La suerte no lo ha ayudado demasiado, y tampoco lo ha castigado en demasía. Hace varias fechas encontró la defensa titular: Estudiantes ha recibido 9 goles en el torneo y solo 3 en las últimas 6 fechas, sumándose a la tendencia del no-gol que aqueja al fútbol argentino. Ha conseguido cimentar esta humilde muralla, en gran parte, en detrimento de su ataque. Pero a la manta corta hay que agregarle varios asteriscos.
El problema principal de Estudiantes en ataque surge de las bandas. Los carrileros no son ni laterales ni volantes, y si en el esquema de Sabella ello suponía sorpresa y apoyo al ataque, hoy lo único que genera es incertidumbre. Jara tiene vocación ofensiva, pero está atado a su carril y casi ni participa del juego en cancha rival. Iberbia, más atlético, marca con voluntad y se libera en ataque, pero tira centros indignos de su enjundia. Los dos marcan algo, desbordan poco, centran mal y sorprenden nada. No modifican la ecuación, siendo que posicionalmente su función es justamente esa: aparecer por sorpresa, ser la rueda de auxilio por las bandas, pisar el área a espaldas de los laterales rivales.
Ayudados en su tarea de convertir a Estudiantes en un equipo de ataque sumamente predecible está el fútbol de Román Martínez. Por posición y capacidad, debería conducir el equipo hacia rumbos novedosos. Pero insiste en el pase lateral y en el trotecito, en reemplazo del pase punzante y el pique para desmarcarse. Martínez, sin embargo, no es el eje de todos los males: señalado por muchos simplemente por ser el nuevo, y por las expectativas irrisorias generadas en torno a su llegada, ha hecho bastante más que varios por el equipo, incluyendo pisar el área por sorpresa, clave en el cerrado fútbol argentino. Su cuota de gol, en un equipo sin variantes, no es nada despreciable. Juega, además, lejos de la zona de influencia, incómodo de tan distante que ve el arco.
El caso opuesto a Martínez es Zapata. Toda la semana hubo que escuchar los pedidos por Duvan que desoían las advertencias del DT: Zapata, sin pretemporada, no está para jugar 90 minutos. En ese contexto, la entrada de un referente de área fuerte y rápido explota las agotadas defensas rivales en los segundos tiempos y sigue siendo una excelente variante. El problema, en el fondo, no es si Duvan o no Duvan: es como darle a este equipo no solo el dominio de la pelota, que suele ostentar, sino la capacidad de generar peligro con la pelota en su poder.
Y aquí la encrucijada: para darle más juego a Estudiantes, la solución más lógica parecería ser la reconversión del equipo al 442, un esquema considerado más prolijo pero menos sorpresivo. Volver a Iberbia a su función lateral, donde sobre sus hombros no pesan absurdas responsabilidades ofensivas (o reemplazarlo en ese rol por Ré), y jugar con Angeleri (o el propio Ré) de lateral por derecha. Entonces sí, en el medio, existe la chance de jugar con línea de 4 o con un rombo que libere a Román Martínez y lo acerque a la zona de influencia: cerca del área, cerca de la Gata y los delanteros, tampoco caerían sobre él absurdas obligaciones de quite de balón y traslado demasiado prolongado (lejos de romper líneas, su andar parsimonioso, tan lejos del área, frena los ataques). El esquema, además, posibilitaría jugar con dos volantes reales por las bandas (Gelabert y Jara picarían en punta, pero también andaban en una época por allí Modón, Silva y González, demasiado relegados como para mantener motivación) con la posibilidad de atacar más de lo que deben defender y la chance de formar sociedades en ofensiva hasta ahora ausentes por la distancia que separa las líneas.
El problema con el cambio de esquema es básicamente, que implica tocar la defensa. Sin lugar a dudas el punto alto de Estudiantes, aún con distracciones y sofocones, desmantelar lo que funciona va contra la base propia del manual de cualquier técnico. Entonces empieza el rompecabezas: si desarmamos el tridente ofensivo, ¿podemos jugar con cuatro en el medio y cambiar los carrileros por jugadores de mayor potencial ofensivo? Es una idea arriesgada: Estudiantes, así, marcaría con un hombre menos y muy abierto en defensa por la falta de jugadores en las bandas.
La búsqueda es mucho más compleja de lo que este presente algo tranquilo permite entrever. Pero reside allí justamente el rol del técnico: ofrecer las soluciones concretas en la cancha para que la fe, ese intangible que tienen los campeones, no sea solamente discursiva, un cuentito lindo que se dice en los medios para quedar bien o en los partidos para motivar a los jugadores. Para que lo intangible se vuelva todo lo tangible que puede ser: cuando eso sucede, cuando los equipos sienten que tienen razones para confiar, confían. Y, cuando quedan 10 minutos y hay un tiro libre, van a cabecear al área con todo y con fe. A veces sale, y a veces no. A veces la confianza era menos fundada de lo que se creía. Lo cierto es que sin fe no hay destino de gloria. Porque, como decía Cortázar, sin fe no ocurre nada de lo que debería ocurrir, y con fe, casi siempre, tampoco.

martes, 16 de octubre de 2012

De regreso a octubre: revolución y refundación de Estudiantes de La Plata



El vestuario en silencio. Para el partido faltaba todavía. Don Osvaldo había indicado salir antes y repartir flores entre la gente, como lo hizo en Atlanta. Para que no pase lo que pasó contra Palmeiras. Los tiempos se acortaban, la tensión crecía. ¿Cómo manejar un grupo de leones que está por salir a jugarse el destino, la historia? 

En esas cosas pensaba, 38 años y un día más tarde, Sebastián. Lo rodeaban varios compañeros, que lo buscaban con la mirada, que le pedían con los ojos la palabra sabia que los sacara del nerviosismo. El líder no levantaba la vista, no todavía. Pensaba en los cuentos de su papá, en el vestuario inglés, en el destino. Quería transmitirlo, pero no encontraba las palabras. También él estaba nervioso: era su primer clásico.
Lo que no sabía Sebastián es que 38 años y un día antes, no había nervios sino expectativa: después de todo, Don Osvaldo ya había anunciado el resultado en el pizarrón, y él sabía todo. Faltaba jugar la partida de ajedrez diseñada por el Gran Maestro y recibir el premio: la eternidad. Miedos hay siempre, pero nunca tan pocos como en aquel vestuario de Old Trafford. Eran hombres que iban a la espera de su destino.
Sebastián quería que los suyos se dieran cuenta de que ellos también eran amos de su destino. El comienzo había sido complicado y este era el momento de dejar de ser el grupo simpaticón con la historia del regreso del hijo en el suplemento dominical. El capitán seguía escondiendose del aliento fácil: no quería que sus compañeros se sintieran cómodos, sino que hubiera tensión, que los chicos enfrentaran sus miedos y se hicieran hombres que buscan su destino. La Pantera, con la sequía; el Principito, la promesa que hacía implosión en lugar de estallar; Marcos, demasiado peinado para ser defensor; el Flaco y el Chapu, acostumbrados a una vida obrera sin alegrías. Había que movilizarlos, sacarlos de esa conformidad. No había que hablar y tranquilizar: si algo le había enseñado su viejo, sus historias y el mítico Don Osvaldo de los relatos, es el valor del silencio.
Don Osvaldo entraba al vestuario 38 años antes. Tampoco dijo nada, no había nada para decir. Todos sabían lo que tenían que hacer en la cancha, y todos sabían lo que habían ido a buscar. Eran hombres madurados por las batallas americanas. Entonces entró el presidente. El sí quería hablar: pero no para tranquilizar, sino para movilizar. Quería pinchar a los leones, tirarles del pelo. Habló: "A Estudiantes nadie se lo llevará por delante. Estudiantes de La Plata permanecerá fiel a la mística casi religiosa de su destino imponderable". Y siguió: “Si cada uno se convence”, dijo, “de dejarlo todo por el de al lado, con la pelota y con los pies, pero por sobre todo con el corazon y la cabeza, ustedes le pueden ganar a cualquiera no tengo dudas. Mientras te quede una gota de energía nadie, nadie se va a llevar por delante a tus compañeros.".

Quien habló en el vestuario de Sebastián no fue él, o el técnico: fue Al Pacino. El Cholo también decidió despertar a los jugadores, tras el palpable nerviosismo que se había vivido en la semana. Todos sabían que la pequeña levantada quedaría en la nada si se perdía ese partido. Y eso significaba que las ilusiones de dar pelea se reforzarían o morirían ese día. Muy en el fondo, en ese lugar donde van los pensamientos que quieren olvidarse, que no quieren pensarse y que sin embargo se intuyen constantemente a pesar de las distracciones, todos sabían que ese era el encuentro bisagra. Entonces, el Cholo los reunió a todos. Las palabras suyas, las que había pronunciado todo el semestre con mayor o menor éxito, ya no servían, ya pecaban de repetitivas: ahora tenía que hablar Tony D’Amato, el entrenador de los Tiburones de Miami. Y dijo: “Ya no se qué decir. Todo se reduce al partido de hoy: o sanamos como equipo, o nos desmoronamos. Centímetro a centímetro. Jugada a jugada. Podemos desmoronarnos, y que nos rompan el orto, o podemos luchar para volver a la luz. Y este equipo peleamos por cada centímetro. En este equipo nos desgarramos por ese centímetro. Nos aferramos con las uñas a ese centímetro. ¡Porque sabemos que, al final, serán esos centímetros los que harán la diferencia entre ganar y perder! En cualquier pelea, el tipo dispuesto a morir por ese centímetro es el que va a ganarse ese centímetro. Pero yo no puedo obligarlos a que lo hagan. Tienen que mirar al tipo al lado suyo, mirar sus ojos y ver un tipo dispuesto a pelear ese centímetro con ustedes. Van a ver a un tipo que se va a sacrificar por el equipo, porque sabe que cuando sea necesario ustedes van a hacer lo mismo. Eso es un equipo, caballeros, así que o sanamos hoy, como equipo, o morimos como individuos”.

Sebastián seguía en silencio, mientras algunos lloraban y la mayoría se levantaba de las sillas, dispuestos a atravesar la pared con tal de entrar a la cancha. Las imágenes de Scarface habían despertado a varios. Sebastián ya sabía lo que tenía que decir para que sus leones hambrientos salieran a comerse la cancha. Pero se lo guardó para el tunel.
Treinta y ocho años antes, caminaban por el tunel los once jugadores de Estudiantes que jugarían, instantes después, contra el Manchester United de George Best y Bobby Charlton. Hace rato oían el vociferar iracundo del público inglés, que los acusaba de bárbaros, animales. Tampoco los sorprendieron los monedazos y los escupitajos. Era una guerra. Ellos repartían flores, y luego darían una lección de fútbol. “Ganó el mejor”, reconoció el DT del Manchester Matt Busby, quien pidió perdón por los “pecados y críticas” de los suyos. La prensa extranjera también se rindió a los pies de Estudiantes: solamente acá se miraba de soslayo la victoria, la victoria que cambió para siempre el modo en que se juega a la pelota. Ya no más dictadura de los poderosos, con sus billeteras fastuosas: el trabajo, el estudio y la organización se levantaban y no solo cumplían un papel simpático, digno, sino que se coronaban, en la cuna del fútbol, ante un silencio profundo, reverencial, que replicaba, un 16 de octubre de 2006, el capitán, camino a la cancha.
Estudiantes era campeón del Mundo un 15 de octubre de 1968. Casi cuatro décadas más tarde, los hombres que encontraron su destino aquel día serían homenajeados en la víspera de un clásico, despertando un fuego imposible de apagar en el centro del cuerpo de uno de los hijos de los héroes de Old Trafford: Juan Sebastián Verón supo ese día claramente, como nunca antes, por qué había vuelto a Estudiantes, y no era a recibir aplausos exactamente.
Pero aún entonces, en el túnel, continuó, casi con disfrute, en un silencio intimidatorio. Esperó. Terminó de medir las palabras y siguió esperando: sus compañeros se reunían a su alrededor. Pibes ellos, todavía faltos del roce que sólo dan las batallas. Pero emocionados, temblorosos de exitación nerviosa, deseosos de jugar ese clásico. Ahora sí hablaría su líder: no para tranquilizarlos, sino, al contrario, para obligarlos a enfrentar sus miedos. El había vuelto para ver a Estudiantes campeón otra vez, para sacarlo de esa comodidad de mitad de tabla, para obligarlo a tomar las riendas de su destino de grandeza, para recordarle su ADN místico. Para salir campeones: era el objetivo, pero hasta ahora nadie creía verdaderamente en ello. Entonces, en ese torbellino de emociones que era el túnel previo al clásico que pasaría a la eternidad y plantaría la semilla de una campaña inigualable, dijo el capitán: “Estos son los partidos que hay que ganar si queremos ser campeones”.
Y Estudiantes, otra vez, fabricó su destino.


lunes, 15 de octubre de 2012

Se7en




Aquel Estudiantes era un asesino serial. El primer Estudiantes místico que le tocara a la generación joven, el primer León voraz, hambriento, nació una tarde de octubre. Unos meses antes había llegado Simeone al banco, y su impronta laburante y áspera gustó al hincha: el Cholo arañó la hasaña en su primer partido, enmudeciendo el Morumbí con una actuación muy por encima de la que el realismo gris de aquellos días permitía soñar, y cayó sólo en los penales. La carta de presentación fue agridulce: la derrota significaba que el ídolo, Juan Sebastián Verón, que volvía a su hogar, no podría ser parte de la Libertadores de aquel año. Sin dudas, semifinales con Verón era medio título.

Tras aquel buen encuentro, Simeone encontró varios inconvenientes en el armado. Un Sosa anodino no encontraba cancha por izquierda. Galván no aparecía, no pisaba el área, era más minino de departamento que Pantera. En los cuatro partidos desde la 4ta a la 7ma fecha, Estudiantes sumó un punto, y los rumores empezaron. Aquel partido con Independiente, en Quilmes, ganado con bastante esfuerzo, significó un punto de partida y compromiso para el Pincha. Vinieron otras dos victorias. Pero aquello era una rachita, nada más: nadie esperaba el despertar de la bestia que aconteció el 15 de octubre.

En algo creía ya ese equipo, algo de lo que el resto del mundo todavía no se había percatado y que finalmente edificaría uno de los batacazos deportivos más epopéyicos del deporte: todavía eran los días del Boca de Basile, que le había metido 4 a Estudiantes el torneo pasado y 2, haciéndole precio, hacía unas fechas nomás. Ese algo lo hizo palabra el emblema: “Estos son los partidos que hay que ganar si queremos salir campeones”, dijo Juan Sebastián Verón en el túnel según reveló por la noche Fútbol de Primera, casi a modo anecdótico, sin imaginar que se trataba de una frase premonitoria, de un discurso de esos que ofrece no una persona sino el destino. Aquel grupo se había juramentado el título tras el golpe en San Pablo, y fue esa resolución la que lo salvó de la autodestrucción unas fechas antes. Pero el mundo, y los propios hinchas, seguían pensando en Estudiantes como el simpático equipo que repatrió a Verón. Sólo los jugadores pensaban en ganar el título; solo el plantel pensaba el partido como una plataforma a la gloria, y no solo como una fiesta que se celebra un par de veces al año.

Bueno, terminó siendo ambas. Porque Estudiantes, exacerbado por las palabras de Al Pacino, renació en aquel partido: aparecieron los once tipos dispuestos a morir por ganar un metro. Apareció el equipo que metería diez triunfos al hilo, aparecieron el hambre y el coraje, y, ese día, todos nos dimos cuenta de que éramos parte de algo más grande. Aquel equipo era un asesino serial, dueño de una voracidad sin fin, y aquel fue su primer acto. Varsky comentaría tras el sexto y los desmanes de los desesperados hinchas triperos, que intentaban frenar la grosera goleada, que Estudiantes probablemente apretaría el freno por consideración: enseguida vino el séptimo. Olave quiso asesinar a Caldera antes de agarrar la pelota. Pasó de largo en una escena que pinta el grado de desconcierto provocado por la histórica felpeada, y fue el séptimo nomás. Antes de aquel tanto, cuando Lugüercio hizo el sexto, el relator había perdido la cuenta y cantó el quinto. Decir que fueron 7 pero podrían haber sido más resultaría casi una parodia si no fuera realidad: más paródico resulta escuchar a los primeros cantando que ellos no abandonan, cuando todos recordamos los intentos de destruir las instalaciones con tal de frenar la paliza y, por supuesto, las palabras de Teté. Galván despertó, apareció Sosa, Caldera, padre de los Triperos, metió un triplete y se abrazo con un incrédulo Verón, y el descomunal Tanque Panzer que era ese Pavone, imparable, y el gol del hincha Lugüercio, fueron los nombres en el tanteador. Arriba, decía Estudiantes 7 Gimnasia 0.

martes, 9 de octubre de 2012

Messi suspende el tiempo

El primer tanto de Messi en el superclásico no será recordado. Gol de rebotero en un clásico empatado y sin el picante de la era Guardiola, quedará inmediatamente opacado por el segundo tanto, tremendo tiro libre al ángulo, y será sepultado entre los 265 goles que realizó en su carrera en Barcelona.

Barcelona perdía 1 a 0 y llegó tocando al borde del área. Pedro envió un centro y empezaron los rebotes. La pelota se desvió dos veces, mientras en el área jugadores de uno y otro equipo buscaban la pelota y ésta decidía cambiar de dirección a su antojo. Ingobernable, dejaba en ridículo a los planteles millonarios, expuestos en su humana torpeza, en su falta de gracia. A mil revoluciones, víctimas del nerviosismo que se vive en un clásico cada vez que la pelota merodea el área, los defensores trataban de sacarla como fuera y los del Barsa de empujarla como sea. La pelota le rebotó a Xabi Alonso como si fuera un objeto inánime. Xavi Hernández quedó mirando como la pelota lo superaba, mientras Pepe, tiempista reconocido, saltó absolutamente a destiempo por exagerar la vehemencia y terminó en el suelo. Todos, torpes, tensos, acertaban solo al aire.

Pero mientras todos quedaban hipnotizados por la pelota, clavados a contrapié contrariados por los rebotes, Messi siempre supo dónde iba a terminar la pelota. Fantasmal, evitó el barullo y se deslizo directamente allí, al encuentro de su amiga en el borde del área chica. Logró lo imposible y domó el balón, que picó mansito junto a él, sin siquiera tocarlo. Casillas realizó el último gesto torpe de la jugada e intentó desesperado tapar el tiro inminente: todo en milésimas, Lío esperóel fin del movimiento desarticulado de Iker, que terminó sentado en el piso, y tocó despacito al gol, como si se tratara de un entrenamiento.

Alrededor, un tendal de jugadorescomo soldados caídos, derrotados por el caprichoso andar de la pelota, atestiguaba que no se trataba de un partido amistoso sino de una guerra en la que, mientras todos se apresuran a desesperarse, Messi, un natural, ni se inmuta. A veces ve todo tan claro que parece jugar en cámara lenta; y cuando alrededor todos entran en el vicio del apuro apocalíptico y él la agarra, el efecto se magnifica e, incluso, parece suspender el tiempo.

viernes, 7 de septiembre de 2012

El fútbol y la ciencia, enemigos a muerte

El furcio del Pincha, que dejó ir al chico del momento, funciona como evidencia de una cultura futbolera que sigue rigiéndose según las apariencias 
Publicado en Diario El Día


Cuenta la historia que, cuando Ñewell's, en el error más grande de su historia, dejó ir a Lionel Messi tras negarse a afrontar los costos del tratamiento del chiquilín, viajaron con su familia hacia Capital Federal buscando nuevos inversores para el futuro de la Pulga. Messi se probó en River, pero no quedó: por petiso, por endeble, los mismos motivos que llevaron a Estudiantes a descartar al chico del momento, Luciano Vietto, autor de tres goles para Racing el lunes ante San Martín de San Juan, en su cuarto partido en primera. La irrupción de Vietto generó la apresurada frustración de varios hinchas del Pincha, cansados de que los chicos de la cantera pierdan terreno y busquen, al igual que el dinero de las arcas albirrojas, nuevos destinos.

Pero no solo en el futbol permanecen estos prejuicios. El libro y filme “Moneyball” retrata cómo la apariencia física produjo en el béisbol profesional estadounidense, durante décadas, la contratación de galanes, aptos para cumplir el rol de los héroes, y la marginación de los “raros”, aquellos que no encajan en el perfil tradicional, sin importar sus actuaciones concretas. El prejuicio con que contrataban jugadores en el béisbol norteamericano, cuenta la historia, permitió a Billy Beane, el manager de los Athletics de Oakland, conseguir con el presupuesto más bajo de la liga el record histórico de 20 victorias consecutivas con un equipo conformado por los descartes ajenos.

En la NBA, a pesar de su minucioso sistema de selección de juveniles a través de un seguimiento estadístico de los jugadores de los torneos universitarios y las ligas menores, le dieron la espalda a Jeremy Lin. Asiático, petiso y sin una condición atlética que maravillara, el norteamericano de descendencia taiwanesa era todo lo contrario al jugador tradicional de básquet NBA, aún tras la apertura de la liga hacia los jugadores FIBA de Europa y el resto de América que comenzara en 2002, tras la aleccionadora derrota del Dream Team ante Argentina. Tras años sin ver juego, Lin protagonizó este año la más explosiva aparición cuando los dos bases de los Knicks sufrieron lesiones que le permitieron saltar al escenario grande: de desconocido a héroe, encarnación del sueño americano, Lin promedió casi 25 puntos por partido durante sus primeros 10 encuentros como titular, y además hizo 38 en la visita de los Lakers, horas después de que Kobe Bryant negara estar impresionado por sus actuaciones.

LOS PREJUICIOS DEL FUTBOL
Los casos de Oakland y Lin obligaron a un replanteo sobre el modo en que se captan talentos en el deporte, al poner en evidencia la fuerte dominación de la subjetividad y sus prejuicios en los procesos de selección. El mismo panorama comienza a hacerse evidente en el fútbol europeo lentamente, a partir de la aparición de varios entrenadores que provienen de fuera del fútbol y realizan un enfoque marcado por las estadísticas y el dato frío (Arsene Wenger, Rafa Benítez y José Mourinho, entre otros). Por supuesto, sus miradas fueron resistidas hasta que comenzaron a dar réditos dentro de la cancha.
El libro “Soccernomics” (“¡El fútbol es así!” en su edición española), escrito por el periodista Simon Kuper y el economista Stefan Szymanski, resultó pionero en los estudios estadísticos del fútbol, analizando desde los mercados de pase hasta las probabilidades en las definiciones por penales. Pero lo más interesante que evidenció “Soccernomics” fue justamente la existencia de un conjunto de saberes establecidos en el mundo del fútbol que no tienen explicación racional ni dan resultado, desde la contratación de técnicos por su pasado como jugadores hasta la marginación de cierto tipo de futbolistas por su apariencia. El libro expuso la discriminación que se hizo durante décadas en Inglaterra al futbolista negro, considerado falto “garra”, y también la inconsciente preferencia de los ojeadores por los rubios, sencillamente porque se destacan sobre la mayoría morocha. “Los clubes eligen técnicos y jugadores que encajen en el rol que se espera de ellos”, explican Kuper y Szymanski acerca de la predilección por los técnicos blancos y trajeados y otros prejuicios. Si el club fracasa contratando personas que encajan el perfil superficial, no queda tan expuesto como si falla al arriesgarse con la contratación de un jugador chueco, como Garrincha, petiso, como Messi, o gordo, como el Beto Márcico. A pesar de la creencia de que se trata de un mundo superprofesional y supereficiente, el fútbol habita un reino mágico paralelo a la razón científica.
Los hallazgos de Kuper y Szymanski pueden sin dudas ayudar a volver más eficiente el proceso fuertemente subjetivo de la selección de juveniles, basado en la adjudicación de facultades místicas de los captadores de talento, generalmente asociadas sencillamente a su pasado como futbolistas. “El haber jugado al fútbol no le puede dar respaldo a una persona para decir ‘éste sí, éste no’”, afirmaba ayer Miguel Ignomiriello, responsable de formar la Tercera que Mata, alimento esencial del equipo albirrojo campeón del mundo en 1968.
Resulta curioso como, en Argentina, se dio un primer paso hacia cierto ordenamiento, pero resultó un paso en falso: hace ya varios años que el fútbol argentino viene privilegiando en sus inferiores al jugador de biotipo fuerte, en consecuencia con el camino que, se cree, va tomando el deporte, hacia un juego predominante físico, darwiniano, donde gana el más fuerte. Los seleccionadores de Estudiantes desestimaron a Vietto justamente bajo estas razones.
Se trata, sencillamente, de la construcción de un nuevo prejuicio de apariencia científica que atenta contra la diversidad que hace a un deporte de once funciones por equipo: si aún es demasiado pronto para catalogar el caso Vietto como un furcio de las inferiores pinchas, el ninguneo a Messi y el exilio de varios jugadores que la rompen afuera, desde el petiso Conca hasta el extraño lungo Barcos, sirven como evidencia de que algo anda mal. A la inversa, en Europa han comenzado a desandar el camino del prejuicio y a buscar la diversidad. Lo que se pide es el tipo de jugador que no surge naturalmente, el talentoso y escurridizo jugador latino que equilibre la fortaleza física de los equipos del viejo continente con algo de sutileza picaresca. Se lo busca en las canteras ajenas de la lejana Sudamérica, o en las inferiores de las viejas colonias. Compuesto básicamente por jugadores de descendencias árabes y africanas, campeonó Francia en 1998, un equipo que apenas un año después era descalificado por los franceses, que nunca lo sintieron como propio; y Alemania hizo podio en 2010 con un joven seleccionado que respetó su esencia de tanques y mediocampistas potentes con Klose y Schweinsteiger, pero agregó picante con jugadores como el turco Ozil o Thomas Muller.
CONTRA EL RIGOR
El fútbol criollo, sin embargo, presidido por la noción de que no hay nada que aprender, combate el avance de las ciencias. Mientras todos los deportes han permitido paulatinamente el ingreso del análisis científico al servicio de la victoria, nuestro fútbol sigue rechazando la estadística, y renegando contra las “mezquinas” jugadas preparadas, los videos y hasta la preparación física. La tecnología para ayudar a los árbitros sigue prohibida, y de hecho los espectadores se regocijan cuando los jugadores “se chamuyan” al árbitro o caen fusilados en el área mientras sus compañeros reclaman que el defensor vaya preso y lamentan la temprana muerte del centroforward: la falta de rigor en la aplicación del reglamento es una muestra más de la falta de orden que constituye, para alegría de los hinchas, el fútbol.
Es que quizás en cierta falta de rigor reside el placer del futbolero, el placer de discutir durante eternidades cada jugada; y también incluso el placer mismo del fútbol, que en su caos irreductible científicamente permite, aunque sea cada tanto, batacazos imposibles en los deportes superprofesionales y cientifizados, que han reducido la sorpresa al mínimo para maximizar la eficiencia. Al final es como dice el Billy Beane de Hollywood: ¿como no ser románticos con el deporte? Así como la ceguera de cientos de ojeadores NBA permitió el heroico surgimiento de Jeremy Lin, la desorganización en el fútbol, sobre todo del criollo, permite, a cuestas de olvidar todo posible progreso, que de vez en cuando los pobres le ganen a los ricos, la esencia misma del atractivo del deporte rey: su capacidad para asombrarnos y apasionarnos.


miércoles, 29 de agosto de 2012

La cleptocracia del fútbol, protegida

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La situación era ya obscena de lo evidente. El gobierno salavaba con sus crecientes millones año tras año al fútbol, que se volvía a endeudar con una velocidad pasmosa. El salvataje inicial, que volvía las cuentas de los clubes a cero, duró un suspiro: para fines de 2009 los clubes habían vuelto a su deuda inicial y en algunos casos hasta la habían aumentado, utilizando el dinero del salvataje para continuar con negocios turbios y el vaciado de los clubes que, por perseguir la figurita de moda y el título que todo lo tape, perpetuaban el círculo vicioso de la adquisicón compulsiva de jugadores, muchos por meses apenas y sin ningún beneficio económico por mostrarlos. No hace falta, en definitiva, ser economista para entender que si un club endeudado trae media docena de jugadores se endeudará más. No hace falta ser un especialista tampoco para comprender que se llega así a una rueda difícil de detener.

El dinero estatal llegó hace ya tres años con pocos hilos atados hasta recientemente. El libre albedrío de AFA continuó, y también las políticas de seguridad deportiva. Cuesta creer que fue la simple eclosión de absolutamente todo lo que llevó al Estado a tomar intervención activa en su inversión deportiva mayoritaria. Pero seguramente la obscenidad de las triangulaciones de este mercado de pases (especialmente el caso Botinelli, que quedó libre y llegó a River sin embargo desde un club uruguayo, llevándose buena tarasca por la maniobra) y las constantes bataholas entre barras tuvieron que ver con la reacción tardía del gobierno nacional.

Todo sugiere, sin embargo, que se trata no solo de decisiones tardías sino superficiales, pour la gallerie: mientras la AFIP investiga apenas los pases de este año y sigue sin meterse demasiado en las cuentas de los clubes, ya comienzan a destrabarse varios casos a partir del pago voluntario de los impuestos que quisieron eludir los protagonistas (jugadores, clubes y representantes que eligieron inscribirse en los paraísos uruguayos y chilenos, donde no hay casi retención impositiva; no se trata en verdad de un delito, como ya afirmó el juez de la causa penal).

En materias de seguridad, el Aprevide, reemplazante del terrible Coprosede que afrontó numerosas causas de complicidad en hechos de violencia, es hasta ahora un cambio de nombre que no propone políticas nuevas y sigue con los mismos y obsoletos sistemas que solo resaltan la connivencia de los infinitos policías destinados a custodiar los encuentros para con los barras. Su debut no pudo haber sido peor: hubo una oleada de incidentes inédita para un inicio de campeonato que incluyó a River, Chicago, Belgrano, Independiente y, claro, el estallido de la interna de Boca en pleno camino a Santa Fe.

Ante el pico de violencia, el gobierno pidió “un listado de barras” a los clubes. Con este pedido se salva rostro y se evita hablar del espinoso tema de la ligazón entre barras y política: es sabido, e incluso ha sido capturado en imágenes (por ejemplo, todos recuerdan a Bebote, jefe del Rojo, tirando tiros en aquel acto peronista de 2008), que los barras son durante la semana punteros políticos y que éstos, muy seguido, bancan sus viajes a cambio de banderas que no hacen sino evidenciar el vínculo. El organismo debutante, en tanto, sigue sin hacerse cargo de su trabajo y se dedica meramente a atribuir multitudinarios y futiles operativos para los encuentros en lugar de a investigar: porque, es claro, la responsabilidad del tema barras es una cuestión, como cualquier problema delictivo, de la que se tiene que encargar la policía, a lo sumo con las directivas de un organismo especializado como pretende ser el Aprevide. En lugar de ello se pone el peso en la complicidad de los dirigentes: está claro que son amigotes, pero no tienen ninguna responsabilidad de velar por la seguridad ciudadana o investigar y destapar la mafia de las hinchadas si no lo desean. En todo caso, ellos deberían ser investigados: por la Justicia y, quedó dicho, por la AFIP: porque en el juego del dinero que se lava y las comisiones que se pasan por debajo de la mesa, también están metidos los barras.

La cuestión es que el beneficio de las triangulaciones va más allá de la irregularidad de los pases que investiga la AFIP. Los jugadores, en absoluto inocentes, quedan libres adrede ante la tentativa chance de aprovechar un pase ficticio y llevarse muchísimo más dinero que si el pase lo realizara un club real y tocara sólo un porcentaje. Los equipos venden, por supuesto, con menor carga impositiva. Pero además las instituciones aprovechan la absoluta irregularidad de estos pases para equilibrar balances (River compró a Bottinelli a 2 millones, pero pagará 500 mil dólares en unos días para evitar incluir el monto total en el balance de la temporada), recibir porcentajes (el jugador libre se lleva gran cantidad del dinero del pase ficticio y reparte el resto entre el club que presta su nombre y, claro, representantes y dirigentes cómplices) y asentar valores ficcionales por pases (un jugador libre e inscripto en un club ficcionalmente puede ser adquirido por menos plata de la que se dice, permitiendo así lavar dinero). Se trata, además de un grave perjuicio para los clubes con la finalidad de engordar las billeteras propias, de un enriquecimiento ilícito que la AFIP no parece perseguir: va detrás del dinero de los impuestos y la fuga de dólares, la agenda principal del gobierno nacional para afrontar la crisis. Toda intención positiva de controlar un organismo corrupto y putrefacto queda desvirtuada al evidenciarse los motivos ocultos detrás de las medidas mediáticamente simpáticas pero en absoluto profundas tomadas por el gobierno.

Al insistir en proteger esa isla de legislaciones paralelas que constituye el fútbol nuestro, seguramente el tema se archive en un par de semanas: el sueño de ir a fondo contra las fraudulentas administraciones que vacían nuestro fútbol y se aprovechan de las asociaciones sin fines de lucro para lucrar ellos se desvanecerá. Por supuesto que deseamos que no sea así: pero el fútbol se constituye cada vez más en un universo paralelo que escapa a todo control. La triangulación en el fútbol lleva décadas, y luego de tres años de Fútbol para Todos, la intervención llegó solamente cuando los intereses recaudadores de Nación se notificaron de la atroz fuga de divisas que representaba el mercado de pases: no se puede ser tan bienpensante como para obviar esta evidente verdad. Tampoco se puede evitar pensar, por ende, que las señales de que, finalmente, “todo pasará”, son señales de que todo ha cambiado para que nada cambie: la cleptocracia del fútbol argentino sigue siendo protegida desde arriba. Contra el poderoso fútbol (y sus poderosos hombres) nadie osa ir: ojalá estemos equivocados.

martes, 28 de agosto de 2012

Estudiantes se busca


Tras sinuosas cuatro fechas, Estudiantes parece estancado. Fueron cuatro fechas donde se alternaron buenas con malas, ilusiones con decepciones, pero donde a fin de cuentas el equipo de Cagna no terminó de despegar. Ayer jugaba un muy buen primer tiempo cuando un contraataque de Colón mostró la fragilidad del Pincha y cambió el partido. El pecado original que parece determinar el andar del albirrojo en este torneo parece ser cierta ingenuidad táctica defensiva, que deja demasiada cancha y que ni siquiera el veloz Angeleri, el experimentado Chavo o la prestación constante de Ré pueden resolver.

Pero tampoco es que Estudiantes se desprotege a cuesta de un ataque voraz: lleva cuatro goles en cuatro partidos, promedio que lo obliga, al menos, a defenderse fuerte para ganar y, por supuesto, a no cometer las ingenuidades de los dos partidos de local: pelotas paradas cerca del área, manos, marcas laxas y distraidas... Hemos analizado esto hace un par de semanas, cuando tirar el offside en mediacancha con Desábato y Alayes de centrales le costó el partido ante un equipo que, diga lo que diga la historia, es de flojito para abajo, como demostró su paupérrimo encuentro ante San Lorenzo, otro candidatazo a la nada. La victoria en Boedo sigue valiendo tres puntazos, pero la mejoría de aquel encuentro no fue la pintada: el rival hizo lo suyo y el Pincha tuvo la pelota, pero nunca fue peligroso.

Lo mismo ocurrió anoche, donde tras un primer tiempo de bastante movilidad, combinaciones riquísimas y la constante insinuación de peligro, Estudiantes registraba solo dos jugadas de peligro. Colón, con la mitad, tenía un gol. Terminaría con dos goles habiendo pateado dos veces al arco. Además de una verdadera bestia negra, el Sabalero es en verdad largamente el mejor rival que ha enfrentado Estudiantes esta temporada, como lo demuestra su posición en la tabla... y tampoco (con un partido entresemana en el lomo, es cierto) hizo demasiado en el estadio Ciudad: el torneo está para el que más rápido cierre filas y, mancomunado, se crea capaz de quedarse con todo y robe los puntos que el resto despilfarra falto de convicción.

Es cierto que vale la intención de juego que muestra el equipo de Cagna. También que Román Martínez (ausente ayer por el destape de las triangulaciones) aportó algunas pinceladas nomás, Jara sigue verde y Braña aún continúa atado a su rol de marca, lejos de aquellos partidos exquisitos de la era Sabella: sobre ellos reposa la ilusión de volver más voluminoso el juego pincha. Además, el nuevo esquema ubica a Iberbia de lateral-volante, y con voluntad no se tiran buenos centros (del otro lado Jara sufre en el retroceso y en su irregularidad se nota su juventud). El ataque parece funcionar pero en tres cuartos de cancha agota sus variantes y se reduce a la inspiración de la Gata, la voluntad y enorme eficacia de Carrillo y el inesperado nivel alto de Núñez: ayer ellos gestaron el empate. El equipo espera la recuperación de Duvan, que tampoco es Batistuta y además está bien cubierto por el magdalenense: el problema parece estar en el funcionamiento, demasiado estático y dependiente de arrestos individuales. El esquema no terminó de solucionar los problemas defensivos pero los mejoró notablemente respecto al encuentro con River; como contrapunto, ofensivamente ofrece poco esta táctica que precisa de bandas profundas con hambre de área.

La gente mostró ayer una saludable paciencia. El hincha genérico, y hay pocos hinchas más sabedores de fútbol (el que se juega en las canchas, no en los diarios) que el de Estudiantes, veía ayer como el Pincha caía por segunda vez en cuatro fechas, las dos veces como local, y aún así empujó a un equipo que, tras el primer gol colonista, perdió paulatinamente la brújula y terminó yendo hacia adelante solo por ímpetu, sin argumentos. Empató sobre el final, pero un penal tonto de Desábato, que no modifica las conclusiones, lo dejó sin nada.

Pero el público, aún así, entendió la realidad: la transición pos Verón será dura. Estudiantes busca rellenar el enorme vacío futbolístico dejado por la Brujita no a partir de una figura mesiánica sino desde el esfuerzo colectivo: saludable superación. Es un equipo honesto, humilde, laburador, que escucha a un DT que tampoco miente y busca soluciones sin orgullos nocivos. Pero todavía no las encuentra, y tampoco encuentra Estudiantes su lugar en el torneo: la segunda derrota de local deja a los de Cagna inmersos en la irregular medianía general. El Pincha quiere sacar la cabeza del barro de mitad de tabla, pero todavía le falta. Quizás el equipo se termine de armar en estas fechas: pero si no lo hace, no debe ser motivo para la desesperación sino para mostrar paciencia y esperar resultados a un plazo más largo que 19 caprichosas fechas, coherencia que viene escaseando en los recientes proyectos futbolísticos de Estudiantes.

domingo, 19 de agosto de 2012

La conjura de los necios


Por Pedro Garay para Solos Contra Todos

Martín Caparrós, siempre entusiasmado con la polémica, no obró como lo que dicen que es. La facilidad con la que elaboró una red conceptual alrededor del fútbol asombra por lo retrógrado y caduco de sus interpretaciones. Caparrós reprodujo un discurso que ya no solo atrasa sino que cansa, enarbolado por vegestorios que siguen robando espacio gracias a sus trayectorias pero que nada comprenden de un fútbol que ha mutado y ya no puede reducirse a la alegre improvisación de los artistas del campo, románticos gambeteadores que nunca existieron más que en la nostalgia. Con prepotente seguridad y sobresimplificación ignorante este supuesto pensador prefirió declamar antes que debatir y pensar.

Desmontemos el discurso de Caparrós (volcado, como no podía ser de otra manera, en Olé), un compendio de los lugares comunes que rodean una visión conservadora y elitista del fútbol que proviene del siglo pasado. Los artistas que miran fútbol han durante años romantizado el deporte. En su absoluta aversión del “resultado”, mala palabra y sinónimo según ellos de una capitalización pecaminosa del juego puro, han pasado a defender la vereda del lirismo deportivo y a rechazar de pleno cualquier escuela tacticista. “No sé bien que hacen los técnicos”, opinó Caparrós sin ponerse colorado, pronunciando más un deseo, el de un fútbol que pertenezca a los jugadores “puros” (una idea explorada en películas románticas que datan de hace medio siglo, como El Crack y Pelota de trapo) y en el que el entorno no tenga nada que ver. Así se construyó durante décadas la dicotomía que gobierna las interpretaciones del fútbol en Argentina.

Podríamos generalizar y decir que estos artistas son en el fondo amantes de las formas antes que del contenido, y por eso prefieren piruetas improductivas a equipos sólidos: lo que resulta contradictorio es que, progresistas como dicen ser todos los artistas -y en verdad son un puñado solamente- llaman miedo a las labores colectivas, capaces de sublevarse a la jerarquía de las billeteras que rige el fútbol mundial, mucho más rebeldes y anticapitalistas que un gambetista autómata que se pierde en su propio deseo de ser mejor que todos. Iremos más allá: ¿a quién favorecen las piruetas? Al espectaculo, eso que dicen estos bienpensantes “pide la gente” pero que en realidad piden los esponsores, que atraen con sus montajes de 3 minutos de taquitos el consumo de los televidentes: no son hinchas sino consumidores de un futbol irreal y magico que se juega en una Europa ficticia donde hay partidos del Real Madrid y el Barcelona nomás, porque quien sabe quienes juegan -y como se juegan- los demas partidos.

Para Caparrós, en este fútbol jugadoril diez jugadores nada tienen que hacer, porque todo depende de Messi. Y contra Messi tampoco hay nada que hacer: el Mundial, si comprendemos esto según Caparrós, ya está ganado. Que bufones han resultado, entonces, desde Pekerman hasta el propio Guardiola, incapaz de ganar la Liga o la Champions la temporada pasada con el mago que puede solo, ¡y con otros diez magos más!.

Si Messi, cuyo peso en la Selección nadie duda, ni siquiera el mismo Pachorra, que lo resalta una y otra vez, se lesiona, el plan de juego (la labor del DT, le recordamos a Caparrós, que dice no saber cuál es) sería basicamente entrar en pánico, en lugar de ejecutar algún plan B ensayado. De hecho, ante Alemania el equipo de Sabella no fue un concierto messiánico como ante Brasil: un Messi apagado, que incluso erró un penal, acompañó una buena labor ofensiva de Argentina, con variantes en los pies de otros cracks. El análisis del partido que realizó Caparrós fue necio, cesgado, además de oportunista: aprovechó una victoria de la cual podían adueñarse sus enemigos “bilardistas” (por no haber sido 100% responsabilidad de la Pulga) para criticarlos.

Esta visión jugadorista e individualista esconde una creencia mucho más grave para un pensador progresista: la idea del don. Los pensadores románticos del fútbol, entre los cuales se encuentran tipos de la talla intelectual de Eduardo Galeano y Osvaldo Bayer, construyen un mundo futbolístico que depende de lo que se trae desde la cuna. Nada más aristocrático que este modo de pensar donde la “movilidad social” está impedida por la jerarquía natural. Los clubes chicos no tienen nada que hacer: los grandes jugadores buscarán jugar en los clubes grandes desde pequeños, y los cracks que se críen en los clubes de barrio serán inevitablemente robados por los tiburones con billetera pesada. Si en el fútbol ganasen siempre los que tienen los mejores jugadores, ganarían siempre los que más plata tienen: no habría sorpresa, eso que dicen hace al fútbol el deporte más apasionante; pero no habría, además, esperanza.

Pero el fútbol ha encontrado el modo de rebelarse a este determinismo. Por supuesto, quienes vieron desafiado su reino atacaron este modo de juego que imponía el colectivo como modo de disimular las falencias individuales: los clubes grandes fueron los primeros en declamar contra este estilo de juego mecanizado y físico, y llegaron a la opinión popular a través de la insistencia mediática, que perdía clientes con cada triunfo de Estudiantes, Chacarita y los demás sublevados. No se trata de ninguna paranoia: allí están los diarios de la época para constatar el ataque feroz que se le realizó al equipo de Zubeldía por profundizar lo planteado por el Racing campeón del mundo, que sin embargo no recibía ningún aluvión de críticas por su juego.

Tras este repaso breve de las ideas reproducidas por Caparrós, pasemos ahora sí a plantear un debate serio: por ser serio, tendrá necesariamente que despojarse de las categorías dicotómicas y fáciles con que se analiza mediáticamente el fútbol. “Bilardismo” y “menottismo” ya no corren: nadie puede ser tan ingenuo como para no trabajar la pelota parada o pensar a quien hay que marcar; y nadie puede negar que hay jugadores que rompen todos los esquemas. El Barcelona, por cierto, no pertenece a ninguna de las dos escuelas, y de hecho ningún equipo lo ha hecho más que en el bello e impoluto discurso: la realidad siempre es mucho más gris y sin dudas que la labor intelectual no consiste en poner etiquetas tranquilizadoras sino en plantear las muchas ambigüedades y los muchos prejuicios que se esconden detrás de las categorías del sentido común.

Bilardo. Bilardo es, después de todo, el concepto (porque Caparrós no habla de Bilardo técnico real sino de “bilardismo”, ficción mediática) que lleva al bigotudo pensador a ningunear a Sabella (y a todos los técnicos). Bilardo, según Caparrós, ganó un campeonato del mundo teniendo miedo. Su simplificación carece de memoria: este pais, con Maradona, con Messi y con Batistuta, quedó afuera de todo siempre desde que Bilardo dejó su cargo. Recontra fue al frente con Diegote como DT y Messi en cancha: se comió cuatro.

El miedo del que habla Caparrós es un concepto machista: es miedo a “ir al frente”. Caparrós continúa la reproducción de lugares comunes: si uno es inferior en el juego, debe “ir al frente” igual. Basicamente, ser un boludo, en lugar de buscar, a través de la inteligencia, estrategias alternativas para alcanzar la victoria. Y alternativa no tiene por qué ser inferior, y mucho menos, moralmente inferior (es decir, cagona): en definitiva, si desjerarquizamos los valores del fútbol y dejamos de ubicar la habilidad (la gambetita) en lo más alto de la escala, se puede ser mejor que otro (¡menos mal!) aún si uno es inferior en la capacidad de sorprender con magia, a través de la inteligencia y el trabajo para suplir las falencias y neutralizar al oponente técnicamente superior a través del colectivo. Se  valorizarían así no solo los diferentes estilos sino también los diferentes jugadores, que abandonan su rol súbdito y se vuelven valiosos en sí mismos, y empezaría a disolverse la teoría messiánica, la dependencia del crack que nos salvará. Sin embargo, al poner primero en el orden jerárquico del fútbol el don natural, jugar en equipo, pensar el partido tácticamente y demás “aberraciones” es de “antifútbol”. En el fútbol individualista y de machos de Caparrós, que existe solo en las ficciones, el deporte tiene lugar solo para mensurar la masculinidad, en definitiva.

En el fútbol real, en tanto, Barcelona patea los corners cortos porque no tiene jugadores altos. Planifica los partidos en la semana, y logró muchos más títulos con Guardiola que con Rijkaard, el anterior entrenador, que contó con Messi además de Ronaldinho y varios otros cracks: queda claro que el entrenador pesa. El mejor equipo de todos los tiempos enfrentó alguna vez a un equipo de Sabella: jugó la final del Mundial de Clubes de 2009 ante un Estudiantes con un equipo casi muleto, que lo venció durante 88 minutos, empató en los 90 y perdió por la mínima solo en tiempo suplementario ante un equipo que contaba con un presupuesto mil veces superior. Dos años más tarde, el Santos de Neymar “fue al frente”: se comió cuatro.

En el fútbol real han ocurrido cosas bizarras, como que Bilardo conformara un equipo ultraofensivo que consiguiera, tras una temporada deslumbrando rivales y soportando las críticas increíblemente ciegas de los medios capitalinos (otra vez, a mirar los diarios), el título Metropolitano del 82. Aquel equipo se paró con un inédito tridente de volantes ofensivos en media cancha: nada de doble cinco, nada de picapiedras, en aquel equipo monopolizaban la pelota, tiki va tiki viene, el habilidoso Bocha Ponce, el Mago Trobbiani, proveniente de Boquita, y, claro, Alejandro Sabella, crack absoluto de aquel equipo. Solamente marcaba Miguel Russo.

¿Cómo comprender semejante locura? Recordando la frase de Rinus Michels, el entrenador de Holanda durante el Mundial de 1974: “Fútbol total es lo que practicaba Zubeldía en Estudiantes”. Aquella Holanda, La Naranja Mecánica, practicaba un pressing feroz que culminaba con todo el equipo (así de extremo, como evidencian los muchos videos) llegando a mitad de cancha y dejando en offside a todos los rivales. Por los mismos atributos, la ferocidad física y la trampa del offside, el equipo de Zubeldía sigue hoy siendo denostado, mientras Holanda es el estandarte del romanticismo del fútbol. Por cierto, el fútbol que hoy practica Barcelona es heredero directo de la escuela holandesa, a través de Cruyff, quien fuera entrenador del Barsa y de Guardiola, a quien hizo debutar en 1990, y el ideador de ese proyecto de fútbol con sede en La Masía.

Pero no repitamos los errores de consagrar una visión de fútbol como la única visión y no hablemos más de “fútbol real”: no se trata sino de otra construcción. Desmitifiquemos, eso sí, las miradas  absolutamente prejuiciosas que han causado tanto retraso en nuestro fútbol y que han favorecido que se considere no planificar y no trabajar como valores positivos. El bilardismo es una religión que, es cierto, practican algunos fundamentalistas que curiosamente reproducen ideas que no reflejan en absoluto la complejidad del legado de Bilardo y su maestro, Osvaldo Zubeldía. El menottismo, su contraparte, prefiere taparse los ojos, siempre cascarrabias y criticón de nuestro fútbol y recordando una edad de oro que nunca fue. Son construcciones que ya no sirven para analizar el fútbol, que lo reducen, lo asfixian. Quienes repiten estos discursos son consumidores de narrativas y, obviamente, de lo que esas narrativas dicen de ellos: que son progresistas, que son líricos. No son amantes del fútbol, no buscan desentrañar el juego sino reducirlo a categorías que los vuelvan superiores como personas.

Queda claro que por más que uno vea 40 años fútbol, como dijo haber hecho Caparrós como constatación de su capacitación futbolística (vía twitter), no se sabe de fútbol: si no todos seríamos técnicos. Bueno, así pensamos de hecho acá, prepotentes, necios, eternos reproductores de los mismos estereotipos, siempre mirando el futbol con una mirada cesgada, que de antemano divide todo en una dicotomia que convierte a Sabella en bilardista solo por haber jugado y dirigido a Estudiantes. Sabella, quien en 2010 paró un equipo que defendía con cinco pero atacaba, gracias a sus laterales que eran volantes, con siete (¡da doce!); Sabella, que ese mismo año, antes de que todos lo criticaran por ser ultraconservador y se quedara con el título (la historia siempre se repite porque no se rompe el círculo vicioso de la interpretación maniquea), armó un equipo con (tome nota) Clemente Rodríguez, Marcos Angeleri, José Sosa, Enzo Pérez, Leandro Benítez, Juan Sebastián Verón, Gastón Fernández, Mauro Boselli y Braña pa' que marque un poco.

Sabella no sufre de esa necesidad de demostrar que es el más macho de la cuadra: él también quiere jugar con Agüero, Messi e Higuaín arriba, pero primero debe buscar una estructura que sostenga, que equilibre el equipo, una tarea ardua pero, en definitiva, su trabajo, señor Caparrós. Equilibrio es el concepto clave en el diccionario sabelliano: la búsqueda de un fútbol que sea profundo sin desprotegerse. Un ideal, es cierto, pero también un concepto hermanador que evidentemente no comprenden quienes, cuarenta años después, siguen asfixiando el fútbol con las mismas categorías caducas: evidentemente, el deporte predilecto de los argentinos no es el fútbol sino la discusión.

No es que Caparrós no sepa nada de fútbol. Caparrós elige interpretar el fútbol desde una óptica voluntariamente reducida: si todos miramos el fútbol forzosamente desde la subjetividad e intentamos corrernos de nuestros prejuicios para aprender, Caparrós elige ver el fútbol desde una perspectiva impuesta de antemano. Entonces, ya no mira lo que sucede en la cancha, lo que ha sucedido en la cancha desde que se instauraron las categorías de bilardismo y menottismo. El fútbol para él es uno, estanco durante décadas, un fútbol en el que todo depende de la genialidad de un jugador que es mejor que el resto, hagan lo que hagan los demás: en ese fútbol existe un solo rol, ser crack, el romántico que le gana a toda la miseria. El resto de los roles en el fútbol son reducidos a la nada, lo cual refleja un desconocimiento (voluntario, como quedó dicho) del juego. Esta epifanía del señor Caparrós acerca de lo único que importa en el fútbol (“complacer al Mostro”)  se le ha escapado, aparentemente, a los miles de idiotas que viven del fútbol, que contratan técnicos e intentan entrenar a lo largo y ancho del planeta.

Lo grave es que esta mirada se vuelve moral, el escenario donde se libra una batalla entre el bien, defendido por seres superiores (los intelectuales “progre” del fútbol que ningunean cualquier interpretación del juego que no sea abstracta y filosófica), y el mal: sólo que el bien es, desde esta óptica, un fútbol individualista, determinista, elitista y machista. Nuestra concepción del fútbol reproduce hoy estas valiosas ideas.

miércoles, 15 de agosto de 2012

La edificación de la paciencia

La mano de Sabella empieza a notarse. Durante los últimos cinco ciclos Argentina mostró casi siempre un momento de boludismo total y cayó en la tentación de “ir para adelante” y “ganar de guapos”. La falta de inteligencia le costó caer 0-5 con Colombia, perder ante Rumania en el 94,  quedar afuera en primera ronda por ser el menos vivo del grupo de la muerte (¡pero atacando siempre!) y, por supuesto, comernos cuatro ante este mismo equipo teutón con el que jugamos hoy, antecedente último en los enfrentamientos. La llegada de Sabella implica un intento por volver a ganar por inteligencia, que no es sinónimo de miedo sino de planificación y lógica.

Por supuesto, el gen argentino desdeña el pensamiento y el proyecto. En el primer tiempo, reconocidos periodistas pedían por las redes sociales “más ataque” y reclamaban que, tras la expulsión del golero alemán, no se notaba el 11 contra 10. Querían salir a matar al rival a costa de quedar descubiertos abajo ante un ataque sumamente dinámico y peligroso, y con una defensa claramente en proceso de construcción.
El partido del equipo albiceleste había sido bueno hasta entonces: resistió sin desesperar el inicio arrollador alemán, y cuando pasó el temblor Argentina comenzó a tener la pelota y a apretar. La superioridad argentina produjo el penal que rompió el partido: Messi lo erró, pero la expulsión modificó todo. Los argentinos reclamaban por Twitter ir pal frente: Argentina apostó a mantener el equilibrio y ganarlo por decantación. ¿Para qué atacar desenfrenadamente si la Selección gana por peso específico arriba?

Así fue. La paciencia argentina permitió no solo desgastar al equipo rival, sino evitar que los alemanes se metan atrás, lo cual hubiera resultado letal debido a las pocas alternativas de centro de la Selección: cuenta con un solo jugador más o menos alto, y no tiene wings puros ni laterales ofensivos. Con Argentina parada en el medio, Alemania tuvo la chance de salir: llegaron algunas chances, producto de la falta de solución del problema lateral, e incluso un tanto. Pero con cancha abierta, y el ingreso del Kun para explotar los espacios, lo de los argentinos rondó el festín. Fueron tres tantos, pero podrían haber sido cuatro o cinco fácilmente. Treinta minutos más tarde de que se dijera que no se notaba la diferencia y que la única manera de llegar al gol era gracias a un regalo rival, Argentina, absolutamente superior contra los pronósticos de los impacientes, bailaba en Frankfurt.

Por supuesto, es una victoria valorable pero no deja de ser un encuentro amistoso jugado con dos o tres días de entrenamientos y marcado por una expulsión, que deja además algunas alarmas en defensa. Pero lo valorable es que Argentina comienza a tener una identidad: paciente y cada vez más fuerte como equipo, se empieza a formar una selección dura, que por lo menos no perderá por boludismos.

domingo, 12 de agosto de 2012

TST: modas, anacronismos, errores

Para Solos Contra Todos

El ataque de Estudiantes no preocupa. Al menos, no tanto: cuando apremió el resultado y apareció la necesaria rebeldía, el equipo demostró que tiene nombres e ideas para vulnerar a cualquiera. La sociedad Fernández-Martínez, el desnivel esporádico de Núñez y lo que sume Jara, Hoyos o quien sea el elegido generó durante algunos pasajes del segundo tiempo triangulaciones profundas que desnudaron las limitaciones del rival e incluyeron un gol anulado y un mano a mano marrado por la Gata al borde del área chica. Solamente hace falta esperar que se sostenga paulatinamente la intensidad durante más pasajes y que, con el correr de los partidos, el ataque levante vuelo.

Pero lo del Pincha atrás preocupa al talibán albirrojo: ¿cómo va a tirar el achique Estudiantes? Producto de la moda barcelonesa, que volvió al sistema retro del achique en mitad de cancha inventado por la Naranja Mecánica, cada vez más equipos se paran en mitad de cancha. Ayer ya se intuía desde el primer tiempo que la defensa se paraba demasiado adelantada, demasiado al límite, para colmo marcando demasiado la línea, tentando el pase que rompa con el offside, exponiéndose así a cualquier pelotazo y pagando caro cualquier error. En el segundo tiempo pago lo insinuado: una pelota profunda dejó solísimo a Funes Mori. Gol. Volvió, 10 minutos después, a quedar mano a mano, producto de un error en una entrega: el sistema deja en evidencia cualquier falencia en el manejo y Estudiantes pagó un mal pase con un gol en contra. En ambas, los centrales le miraron el número al 9 de River, que es rápido pero no es ningún Pájaro Caniggia. Estudiantes defendió ingenuamente, avisando desde el minuto 0 que tiraría un achique de otra época, que dejaba un vacío defensivo imposible de cubrir para sus lentos centrales, básicamente invitando a que le hagan lo que le hicieron. Y tras los dos goles, siguió transitando la misma línea.
Lo que más preocupa es que Estudiantes no tiene los jugadores para ejecutar el sistema. Ayer corrieron 50 metros Desábato y Alayes, contra Funes Mori, ligero y fuerte. Con dos centrales de porte pero lentos, sumados a un lateral aguerrido pero falto de velocidad como Ré, se impone esperar cerca del área, fajarse, obligar a centros fácilmente rechazables… y no pararse tan arriba. Jugar con veteranos de guerra que nunca fueron rápidos tirando el achique es suicidio. Si el manual del DT lo insta a continuar tozudo transitando este peligroso y perezoso modo de jugar, que prefiere evitar las confrontaciones antes que fajarse y que resulta bastante simple romper, bueno, deberá considerar al menos pasar a Angeleri al centro de la defensa, el único apto para este tipo de esquemas de mano a mano.
Ningún sistema es, en verdad, anti-Estudiantes: la historia albirroja se caracteriza por la utilización de todos los esquemas según corresponda a los partidos y a las cualidades de los jugadores. Lo de ayer fue una mala lectura del partido y también de la materia prima, aunque algunos argumentarán que para que este tipo de defensa engrane hay que, como con el ataque, dejar correr los partidos. A priori, esta también parecería ser un análisis erróneo: Alayes y Desábato, dos maestros del despeje de cabeza, están sin embargo condenados a errar algún pase dejando solo a algún pescador, y, mano a mano ante un pelotazo que rompa el offside, a correr futilmente desde atrás y ser espectadores de lujo de los goles recibidos.

martes, 31 de julio de 2012

Cuento chino



Incomprensible ir a buscar al Chino Luna. Nadie niega sus credenciales, o que esté hecho para jugar en Estudiantes con su tozudo estilo y contundente definición. El tema es la incoherencia entre palabras y actos, entre proyectos y realidades: el Chino Luna no es un gasto necesario, en un momento donde, hemos ya ahondado en el tema, lo necesario es medir cada gasto y comprar con inteligencia.

No es inteligente comprar a Duvan Zapata y, por una lesión que le demandará tres o cuatro fechas, traer a un jugador grande que seguramente cobrará un contrato caro sobre su pase elevado y en dólares. La erogación por Zapata es inteligentísima, un jugador joven con futuro en el Viejo Continente; taparlo después de invertir en él, un acto que roza la estupidez.

No es inteligente armar un equipo con Zapata como titular y un buen suplente como Carrillo, que sin explotar tiene condiciones sobradas para relevar al colombiano, para, a la primera lesión de Duvan traer un jugador que los tape a ambos. No es inteligente desde la economía, y mucho menos desde el mensaje: a Carrillo le están diciendo sin decirle que, aunque meta goles y corra, permanecerá segundón como uno de esos arqueros eternamente suplentes.

¿Acaso no era el mensaje que había que desacelerar el gasto? Al final, todos los proyectos terminan siendo presos de la necesidad de campeonar. Estudiantes, un club que se vanagloria justamente de su inventiva para sacarle diamantes a las piedras, mejorar planteles con el trabajo y la táctica y comprar jugadores menospreciados para hacerlos brillar, hace varios mercados de pases viene operando con la lógica de los demás equipos: armar el mejor equipo posible, tentados como chicos ante cada ofrecimiento de crapulosos representantes, y después ver qué se hace con el buraco que deja en las arcas. Al semestre que viene, préstamo, cómodas cuotas y la pelota sigue rodando hasta que te vacían el club. Las palabras de esta dirigencia al iniciar su mandato indicaban un cambio de rumbo en esta histeria consumista: los actos, aunque al menos hayan conseguido disminuir el plantel y hasta vender a un jugador (¡aleluya!), siguen con la misma lógica.

El Chino Luna, gran jugador, no es necesario en este plantel. Lo necesario es hacerse la idea de que, quizás, Estudiantes no esté en principio para pelear el campeonato sino para realizar una necesaria transición. En el nivel actual del fútbol argentino, y con los referentes místicos y la calidad que hay en el plantel, eso no implica que, en efecto, no se termine conformando un equipo para campeonar: pero campeonar no debe ser el objetivo a la hora de formar el plantel, el objetivo debe ser equilibrar al club. El DT flamante, que pidió a Luna, debía ser contratado bajo esta premisa: los dirigentes, en todo caso, deberían haber dejado claras las prioridades. Pero entra un poco de platita y ya hay que gastarla.

viernes, 27 de julio de 2012

Los olímpicos: la Celeste vuelve a los Juegos


Como es habitual, la pelota comenzó a rodar antes de que se inauguren las Olimpíadas. Ayer fue el turno de las mujeres; hoy jugó la Celeste, que vuelve al torneo tras 84 años, dos medallas doradas y un reguero de fútbol y leyendas.

Para VAVEL.com



Uruguay defenderá hoy, al volver a un torneo olímpico de fútbol por primera vez desde Amsterdam 1928, un invicto de 84 años. Allá cuando no existían los mundiales de fútbol y una incipiente FIFA catalogaba a los torneos disputados en Olimpíadas como “campeonatos del mundo”, cuando la profesionalización del fútbol no había vedado la participación de los grandes cracks en los Juegos, la gloriosísima Celeste de la década del 20 fue el primer equipo sudamericano en participar del fútbol olímpico, en 1924, y desde el espectacular debut hasta haber concretado su segunda medalla dorada consecutiva en 1928, no paró de ganar: fueron 9 triunfos y un solo empate, ante Argentina en la primera final del 28. Coronó un proceso de ensueño con el título conseguido en el primer campeonato mundial de la historia, disputado en el legendario estadio Centenario de Montevideo.

LA PRIMERA VUELTA OLIMPICA

El torneo de fútbol de los Juegos Olímpicos de París 1924 implicaron la primera participación de Sudamerica en medio del debate que había invadido los medios rioplatenses por entonces. La dicotomía de aquellos días continúa viva hoy: el futbol estaba en sus orígenes ligado al carácter disciplinario del deporte en la modernidad, un fútbol de escuela que habían traído los ingleses a nuestros países, un fútbol fuertemente físico, mecanizado y con hincapié en la eficiencia; la llegada del fútbol de amague y gambeta del Río de La Plata permitió poner en escena las batallas discursivas de la era. La aparición de aquel Uruguay, con su desfachatez sudamericana de un futbol jugado al margen de las escuelas, en los potreros, rompió todos los esquemas y ubicó al fútbol sudamericano, fuertemente subestimado, en el mapa mundial.

Uruguay sería el campeón, pero casi no llega a París. Su federación vivía momentos turbulentos que incluían la desafiliación de Peñarol de la liga y, por ende, la participación de jugadores del Manya en la Selección estaba vedada. Fruto de ello, muchos de los jugadores ocupaban puestos que desconocían, distintos a los que frecuentaban en sus equipos, al punto del absurdo en el caso de Pedro Petrone, laureado delantero de la Celeste que jugaba en Charley de arquero.

Aún así, Uruguay consiguió el Sudamericano de 1923 disputado en su tierra (repetiría al año entrante y en 1926, sin participar en 1925 y cediendo el título en manos de su vecino, hermano y picante rival, Argentina, en 1927 y 1929) y entonces, un alto dirigente de Nacional de Montevideo, entonces, se vio obligado a cumplir su promesa: si campeonaban, Atilio Narancio había juramentado llevar a la Celeste a los Olímpicos. Pero Uruguay no tenía afiliación olímpica y la federación no tenía fondos para encarar el costoso viaje: algunos insisten que incluso intentó en realidad frustrar el viaje a los Juegos Olímpicos, convencida del papelón que se venía.
Pero Narancio hipotecó su casa para cumplir y el presidente de Nacional, Numa Pesquera, firmó un cheque en blanco, permitiendo así el viaje soñado para el grupo de jóvenes uruguayos (a pesar de lo cual la gira bañada de gloria le resultó deficitaria a la AUF: finalmente fue el Estado quien se encargaría de las deudas).

De sueños poco tuvo la travesía: el larguísimo viaje fue realizado en un buque económico, en tercera clase. “Muchachos, van treinta minutos y nos quedan treinta días”, recuerdan las crónicas que dijo Zingone, resignado, intentando calmar al ruidoso e inquieto grupo uruguayo.
Nueve partidos jugados y nueve ganados. Veinte goles a favor y sólo dos en contra en el campeonato olímpico de fútbol de 1924. Es el inicio de un  proceso del fútbol uruguayo que muchos no dudan en llamar glorioso. “Pero cantábamos siempre, reíamos, comentábamos con gracia nuestra propia miseria”, recuerda Andrés Mazzali, portero del seleccionado.

La Celeste arribó a España para la gira previa, solo para enterarse que tal gira no existía: el delegado que había partido hacia Europa antes que la Selección con el fin de concretar tales esfuerzos nada había conseguido. Apenas jugaron un improvisado partido en Vigo que sirvió como única preparación tras 30 días, y a París. Europa no se tomaba en serio a los sudamericanos: en Vigo rechazaron el “desleal” juego de amagues y le auguraban un futuro negro a los charrúas en la competencia real, cuando estos hijos irreverentes enfrentasen a los padres del deporte.

Tantos fueron los inscriptos para aquel torneo que Uruguay se vio obligado a disputar una ronda desempate ante Checoslovaquia para pasar a la fase principal. Los periódicos europeos de la época se lamentaban que el equipo realizara tan largo viaje para encontrarse con los checos y volverse. En la previa, la imagen de incompetencia del novedoso seleccionado sudamericano se fortaleció: cuenta la leyenda que, conscientes de que el equipo europeo había enviado un espía a su práctica, los uruguayos se dedicaron una mañana a patear el suelo, enredarse los pies y tirar la pelota lejos. El ninguneo continuó cuando previo al partido se izó la bandera uruguaya al revés y se tocó una marcha brasileña en lugar del himno oriental, errores bizarros que, lamentablemente, no se circunscriben al carácter fuertemente amateur de la organización de aquellos días (ayer nomás, Corea del Norte sufrió el himno y bandera de su vecino y enemigo político, Corea del Sur, cuando el fútbol femenino enfrentaba a Colombia; las jugadoras se negaron a salir y las Olimpíadas sufrieron su primer retraso y su primer bochorno).

Uruguay respondió a todo, con un tremendo siete a cero. La Celeste se convertía en una sensación de a noche a la mañana. El torneo, además, fue un verdadero paseo para los orientales: 3-0 a Estados Unidos, 5-1 a Francia, apenas 2-1 en semis a Países Bajos y un contundente 3-0 para cerrar la hazaña y conseguir la medalla dorada. Veinte goles a favor y sólo dos en contra: los europeos conocían y se arrodillaban ante las gambetas y las paredes que su juego, fuertemente frontal y físico, desconocía. En el estadio Colombes, la consagrada Celeste saludó al público de cada sector, enamorado del juego charrúa, inaugurando la tradición conocida como “vuelta olímpica”.

ENEMIGOS INTIMOS

El fútbol rioplatense era entonces de una fuerte rivalidad típica de los hermanos que se ayudan, se felicitan y se quieren ganar. Argentina había perdido el Sudamericano del 23, pero había ganado en 1921 y peleaba habitualmente los primeros puestos del torneo con Uruguay: infló el pecho y pidió jugar contra los campeones olímpicos. La expectativa fue tal que el partido, pautado para el 28 de septiembre, tuvo que reprogramarse debido a que la cantidad de público desbordó el predio de Sportivo Barracas provocando la invasión forzosa de la cancha. Nació así el alambrado olímpico para impedir el ingreso del público, cuando finalmente se disputó el partido.

Acorde a la argentinidad, aquel triunfo se recuerda como una verdadera epopeya. Los uruguayos eran la verdadera atracción y antes del partido realizaron una nueva vuelta olímpica para saludar a la gente,  pero cayeron por 2 a 1 con un golazo de Onzari: tiró desde el corner y entró. El gol a los olímpicos fue con el tiempo rebautizado, sencillamente, gol olímpico. Por supuesto, tras la victoria los argentinos realizaron su propia vuelta olímpica.

Lo que omite la historia argentina son las revanchas por los puntos: el empate en el Sudamericano de fin de aquel año coronó campeón al equipo charrúa y camino al título continental de 1926, Uruguay despachó a los argentinos por 2 a 0. Por supuesto, lo más importante estaba por venir.

En medio de esta rivalidad, llegaron a los juegos de 1928 de Amsterdam los dos equipos, entre palmadas en la espalda y deseos de buenaventura entre ambos teams. Lo importante parecía ser por aquellos días enaltecer el fobal rioplatense, mostrarle a los europeos que aquello de 1924 no era casualidad, que había un nuevo y digno modo de jugar al fútbol, que se jugaba a orillas del mundo, allá lejos en Sudamérica. El objetivo fue alcanzado con éxito. Argentina se floreó en su camino a la final, con un 11 a 2 espectacular sobre Estados Unidos, un 6-3 a Bélgica en cuartos y la goleada a Egipto por 6-0 en semis. Uruguay tuvo en el camino a varias potencias europeas que le dificultaron el camino, pero aún así le sobró: 2-0 a Países Bajos, 4-1 a Alemania y un ajustado 3-2 a Italia para alcanzar la final destinada. Era Argentina-Uruguay, por la medalla dorada. En el centro de la escena, el duelo de cracks: Manuel “Nolo” Ferreira, el capitán olímpico para los argentinos; el excéntrico Héctor “El Mago” Scarone, para los charrúas.

La primera final, puro nervio, terminó en empate. Petrone abrió el marcador a los 23 y Ferreira empató a los 5 del segundo tiempo. Tras 30 minutos de suplementario, se llegó al desempate a jugarse 3 días después, el 13 de septiembre. Arrancó ganando Uruguay, pero empató una Argentina con hambre que cascoteaba el rancho charrúa. Pero la defensa fue impenetrable esa tarde y, a 15 del final, apareció el fantasmal Scarone. “El Gardel del fútbol”, que se había negado repetidas veces a aceptar contratos en Europa para continuar defendiendo la camiseta olímpica celeste y seguía trabajando en el correo para subsistir, recibió su pase a la historia de parte de Tito Borjas. “¡Tuya, Héctor!”, gritó Tito, inmortalizando la frase, hoy parte de la jerga uruguaya, para siempre. Scarone tiró y Uruguay volvió a dar la vuelta olímpica.

Tras los durísimos choques las cosas no quedaron bien entre los hermanos rioplatenses. Carlos Gardel, el mítico Zorzal Criollo “anclao” entre las dos orillas, intentó conciliar las partes y los invitó a un cabaret parisino. Se sentaron intercalados, un argentino y un uruguayo, para promover la camaradería: todo terminaría muy mal, por supuesto. Alcohol, recriminaciones y cargadas: en el medio de la velada Orsi estaba a punto de irse a las manos, cuando Gardel, todavía empeñado en hermanar a los equipos, invitó al extremo argentino a subirse al escenario. Orsi era un eximio violinista, aceptó la propuesta y pidió prestado el instrumento. Pero mientras se acoplaba con maestría a la ejecucación de un tango en París, las fieras estallaron en una tangana generalizada. Andrade, que se había pasado la velada cruzando reproches con Orsi por un pisotón vengativo, aprovechó la confusión generalizada y se tiró sobre Orsi: rápido de reflejos, el argentino estrelló el violín ajeno en la cara de Andrade. El instrumento era nada menos que un carísimo Stradivarius y el argentino tuvo que huir, esa misma noche, de Europa, para no afrontar los imposibles costos.

La saga charrúa tuvo su lógica conclusión en el Mundial de 1930 disputado en Uruguay. Los rioplatenses de ambas orillas jugaron un magnífico fútbol y alcanzaron una nueva final. En un impresionante partido, Uruguay arrancó ganando, lo dio vuelta Argentina y luego los charrúas, empujados por su gente, viraron otra vez el tanteador. Sobre el final, decoraron el resultado: fue 4-2 para los gloriosos olímpicos.

“Gracias al fútbol nos conocieron en el mundo. ¡Cuando ganamos las Olimpíadas, en París, la gente no podía creer que un país tan chiquito, que casi no estaba en los mapas, saliera campeón!”, recordaba el escritor uruguayo Mario Benedetti. Nacía el mito del fútbol de potrero, pícaro y gambeteador, gigante en las adversas. “Una manera propia de jugar al futbol iba abriéndose paso, mientras una manera propia de bailar se afirmaba en los patios milongueros. Los bailarines dibujaban filigranas, floreándose en una sola baldosa, y los futbolistas inventaban su lenguaje en el minúsculo espacio donde la pelota no era pateada sino retenida y poseída, como si los pies fueran manos trenzando el cuero. Y en los pies de los primeros virtuosos criollos, nació el toque: la pelota tocada como si fuera guitarra, fuente de música”, romantiza el escritor uruguayo Eduardo Galeano: los uruguayos cambiaron el fútbol mundial, para siempre.

domingo, 22 de julio de 2012

Amor: la abnegación de los que vuelven a la aventura extrema del fútbol argentino



Hay uno, supuestamente ejemplar y románticamente moral, que se fue sin que lo echen, en plena definición. Otro, romántico hasta la locura, paradigma del progresismo, que arma escandaletes donde está. Pero hay otros, por suerte. Que dien menos y hacen más. Maxi Rodríguez deja el Liverpool a pesar de los ruegos de su entrenador, con 31 años y mucha carrera por delante, no de última o descartado: en su plenitud, buscando aportar. Se suma al Ñewell's del Tata Martino, que se jugó por el corazón cuando tenía chances de dirigir varios seleccionados, y se volvió para Rosario a jugar en la cancha que lleva el nombre de otro.

Son las cosas lindas, absolutamente excepcionales no importa que cuento cuenten desde los medios, de este fútbol subdesarrollado y pobre, pero la contracara es evidente: el empobrecido y explotado mercado argentino necesita de estos gestos de extremo desinterés material para jerarquizarse. La ingenuidad invitaba a pensar que el apoyo estatal y el crecimiento del fútbol brasileño de cara a 2014 potenciarían nuestro fútbol: la inescrupulosidad para manejar fondos en connivencia con representantes de sí mismos y la absoluta falta de control desde AFA, que amenaza siempre con sus inhibiciones que nada inhiben y sus promesas de castigos a quienes adeuden, acabaron con los 600 millones de la Nación con la voracidad de un ratón asiático; el país vecino, en tanto, se encarga de aprovechar la necesidad de vender para no fundir de los clubes criollos y se llevan lo bueno para jerarquizarse ellos. Brasil se llevó la Libertadores en 2010, 2011 y 2012, para colmo con tres equipos diferentes; la liga que se arma este año será realmente espectacular, y muestras claras de sus intenciones de volverla espectáculo global es como, de a poco, empezamos a ver más y más partidos del fútbol carioca por nuestras pantallas.
Se trata una vez más de chances desaprovechadas. El funcionamiento profundo del fútbol argentino, no solo sus dirigentes corruptos sino la desesperación colectiva y mediática en torno al deporte, y por supuesto también los inescrupulosos que aprovechan para mover espejitos de colores de acá para allá, provocan una vez más que nuestro fútbol siga viviendo rehén de la tele y la exportación de materia prima. Cuando se piden proyectos a largo plazo, pocas veces se toma en cuenta la realidad económica y estructural de nuestro fútbol, que camina lentamente hacia el apocalipsis de la privatización. El vaciamiento sistemático de los clubes ya estuvo en los 90 a punto de desembocar en los gerenciamientos, pero los hinchas salvaron lo autóctono de nuestro fútbol. Pero con los vecinos invirtiendo dólares privados en su fútbol, ¿cómo competir? Las vitrinas internacionales quedarán vacías como los fondos utilizados en superficiales esfuerzos de jerarquizar los equipos. Y entonces, ya sucede hoy con San Lorenzo, no solo dirigentes sino los propios hinchas buscan al salvador dólar y entregan las llaves del club.
Quizás lo de Racing parece, en el contexto, ingenioso: contrato varios jugadores libres y de nivel, erogando muy poco dinero. ¿Qué sucederá cuando, sin embargo, tenga que pagar sus sueldos? ¿Y si campeonan como pagarán los premios? El fútbol nuestro vive en un estado de perpetuo endeudamiento, apostando a que los éxitos deportivos tapen las deudas hasta que toque dejar la dirigencia. Mientras tanto, todos se llevan vueltitos y comisiones, claro. Nadie sale empobrecido de la dirigencia de un club.
No parece existir plan alguno en el fútbol argentino. Ni de los altos dirigentes, ni de los clubes. Todo se reduce al efectismo, a la contratación lujosa, al título aislado. Y luego el sálvese quien pueda: clubes que hipotecan todo después de ganar (como botón de muestra, Banfield y Huracán terminaron en la B inmediatamente después de campañas exitosas), y otros que apuestan a que la AFA salve una vez más a todos y tome cautivos los votos de las próximas elecciones. Algunos, peor, se la juegan en el mercado de pases previo a su partida de la dirigencia y le dejan el quilombo, la deuda declarada y la no declarada, que suele doblarla, al pobre sucesor.
Este funcionamiento vicioso sólo engrandece el amor (¿qué es el amor sino estos gestos de absoluta abnegación?) de Maxi Rodríguez y al Tata Martino. Hay que animarse a venir al fútbol argentino: una aventura cada vez más parecida a dirigir en Bombasí, aquel perdido país africano recuperado por Fontanarrosa en Area 18, que jugaba en un estadio sobre un volcán en erupción.

miércoles, 18 de julio de 2012

El modelo de los crotos: hacia una política de las incorporaciones





Estudiantes cerró su gran compra del mercado: se aseguró (previo descarte bostero) la llegada de Román Martínez, eximio jugador e idóneo reemplazante del irreemplazable Verón. Andújar es imposible, Mercado se va, Cellay entrena con Boca en medio de una gran incógnita y la Gata, al parecer, sigue. Con prolijidad, se mueven los dirigentes para reforzar la defensa (bien apuntado Pellerano, valioso el posible retorno de Alayes y Angeleri) y quizás traer algún volante más, dado que Carbonero parece haberse encaprichado con no volver (ya hablaremos de esto más adelante).
Ahora, ¿debe Estudiantes buscar algo más que lo señalado? No seamos ingenuos ni para un lado ni para otro: de clasificar a la Sudamericana, el actual plantel (sobre todo contando que varios de los que trotan por City Bell no serán tenidos en cuenta) no cuenta con recambio asentado, y si bien hay varios pibes que asoman, no dejan de ser chicos en formación; por el otro lado, Estudiantes está hoy fuertemente endeudado, por lo que quizás conviene continuar la depuración, desistir de traer más refuerzos y enfocarse en un sólo torneo, con el otro sirviendo para mostrar a los pibes.

El ejemplo a seguir es el de los crotos. El de All Boys, Arsenal, Unión, que con poco hacen mejores campañas que nosotros. No se trata de crear un compendio de picapiedras sino de bucear antes de comprar, de comprar barato y vender caro, de descubrir uno y no que descubran los demás y te lo vendan. En los mercados de pases reside una porción grande del éxito posterior en el fútbol de mercado de hoy: quien compra nombres compra caro, compra marca. Así ha hecho Estudiantes durantes los últimos mercados de pases, queriendo asegurar calidad a precios altísimos. La apuesta era más segura que traer, digamos, pibes de la B Nacional, pero mucho más cara y, finalmente, inefectiva. ¿Hace cuánto no hace Estudiantes un gran negocio?

Trajo a Nelson Benítez, que se fue sin dejar un peso y perdonando una deuda. Un sueldo alto durante dos años que dejan ni plata ni rendimiento. Ni hablar de José Luis Fernández, a préstamo de Europa, o de Coria. Mercado, una inversión alta pero al menos rendidora, se va dejando casi lo mismo que lo que costara: Estudiantes lo mejoró y a cambio, nada. Algo similar a lo que ocurrió con el uruguayo Díaz. Enzo Pérez y su paso fugaz acrecentaron la deuda y nada más. En el medio, ante tanta partida, el tirito para rejerarquizar al Pincha: en una movida verdaderamente humeante fueron a buscar a Sosita. A José lo dejó ir la dirigencia anterior a Ucrania por no poner los dos palos que pedían, una inversión que asomaba perfecta desde el lado de la calidad deportiva, la pertenencia y la economía (lo venidmos a cuatro veces más, y encima tiene valor de reventa). Ahora, si bien algunos medios desinformaron que Sosa no era tenido en cuenta, el pibe la rompe, es capitán y piden 10 palos para rescindir. Otra vez se perdió un negocio.

Ni que hablar lo que pasó con Carbonero: el colombiano llegó a Argentina, quería mimos y se encontró con un club turbulento, algunos chiflidos y mucho banco. Alma sensible, no le gustó, y cuando campeonó con Arsenal creyó que era justicia divina. Bueno, Carbonero que juegue donde quiere: no nos rasguemos las vestiduras por un muchacho que dista de ser Van Basten. Lo lógico es que dejara plata pero... ¿qué hay en ese misterioso y complejo contrato? Que mal se han portado los dirigentes que ni siquiera podemos vender a un jugador que tiene contrato con la institución.

Malos negocios por doquier resultaron en algunos momentos que recordaron, por la cantidad de aves de paso, a lo peor de los 90. Se llega hasta acá producto de un proceso largo, lleno de especulaciones sobre si quienes se beneficiaban con este proceso de vaciamiento eran representantes oscuros o dirigentes inescrupulosos (el club, seguro que no). Hoy el plantel tiene jugadores grandes conviviendo con pibes verdecitos. No hay hoy futbolistas en su momento justo de madurez futbolística.

Además de la impericia dirigencial y de varios chanchullos, hay que resaltar el papel de la histeria que corre en el fútbol argentino: un día necesitamos pelear con 10 refuerzos, al otro tienen que jugar 10 pibes. No hay que desvalorizar los mercados de pases y depender 100% de la cantera, tampoco comprar doce tipos en euros: hay que buscar bien, buscar prolijo. Bucear el mercado, dejar de mirar tanto a las figuritas, buscar pibes en otras categorías, en otros países. No traer a Kalinski: el negocio con el pibe de CASLA era antes de que se fuera de Quilmes, ahora te venden a dos palos a un muchacho del montón. Y sobre todo, no traer por traer, no traer por nombre, por tentación; menos por sugerencia de terceros... Estudiantes debe volver a edificar su inteligencia, construir una oficina seria que siga a potenciales incorporaciones desde inferiores, que rastree por el mundo, que mire fútbol: sólo desde allí puede aventajar, sobre todo en estas épocas de vacas flacas, a las poderosas billeteras de capital federal.