Por Fabián Casas
miércoles, 12 de octubre de 2011
El boxeador
martes, 4 de octubre de 2011
¿Qué pasa con Estudiantes?
Para Solos Contra Todos
Esa es la pregunta que surge hoy en la mente de cada pincharrata. Algunos la reprimen, evitan la charla futbolera, se resignan a resistir en silencio estos momentos impensados meses atrás, evitan pensar siquiera en los problemas del presente, y cada vez que el presente irrumpe inevitable se distraen con pavadas. Otros no pueden evitar hablar del mundo del fútbol, porque por algo el mundo es redondo como una pelota (bueno, es medio una pelota de rugby, pero eso no viene al caso): se concentran entonces en las penurias de nuestros primos o esos odiosos millonarios que se creen todavía los dueños de todo, para que nuestro querido deporte no se vuelva deprimente hasta transformarse en tópico prohibido. Son estrategias para lidiar con el orgullo mancillado. El tercer estereotipo (después de todo, cualquier obsesivo del fútbol ejecuta una mezcla caprichosa e inconstante de estos procedimientos evasivos) es aquel que intenta buscar la explicación. Algunos se conforman con una explicación simplista, otros buscan una compleja, hecha de secretos y rumores: de cualquier manera se trata de ficciones creadas para dar sentido al caos.
Por supuesto que esta tercer estrategia será el enfoque: quienes nos llamamos a nosotros mismos con cierta arrogancia “escritores” (raza poco professional, poco trabajadora y, en verdad, incomprobable) vivimos justamente creando ficciones buscando aliviar y aclarar y acallar. Aunque muchas veces este trabajo ocurra en el universo mental y no en el papel, procedemos siempre de modo racionalizador, ordenador.
Por ende, tras esta larga y autoindulgente introducción, tratemos de desentrañar que le ocurre a nuestro querido club. Hoy lo que pareció ser una demostración de orgullo, de fuerza, de pincharratez rebelde a la adversidad, la semilla para empezar de nuevo (nos referimos a la épica victoria contra Argentinos) ya quedó en el pasado, catalogada como uno de esos partidos memorables en las épocas de mediocridad que vivimos hoy como si se tratara de un sueño extraño donde nos fuerzan a revivir un pasado superado. Argentinos es un equipo pésimo, al cual Estudiantes le permitió marcar tres goles. Luego llegaron Boca y Belgrano, derrotas una vez más, y de modo cada vez más preocupante, autoinducidas por un equipo acostumbrado a perder y sabotearse. Ayer se conformó con un empate ante un equipo perdido, puteado y entregado. Una vez más tuvo todo para ganarlo y no sólo no supo manejar el pleito lejos del experto cerrador de matches que fuera antaño: y otra vez hubo que asistir a un gol del rival convertido tras un error infantil. Lleva apenas seis puntos en 10 partidos, no despega del fondo y dilapida su abultado promedio sin aprovecharlo para hacer una necesaria transición.
Los dedos siempre apuntan al DT. Los errores de Russo son a esta altura notables, comenzando por la disposición táctica suicida, sin equilibrio, donde atacar siempre significa quedar mano a mano en defensa. Para colmo, en varios encuentros quedó de último Desábato, algo que evidentemente es difícil de obviar y que llevó a los rivales a ponerle un ligerito al lado que, sin necesidad de jerarquía, le complicó la vida tirándola larga. Desábato ha perdido timing para compensar su falta de velocidad, comete errores partido tras partido y hasta parece desbocado, pero suplantarlo en su rol por Cellay sólo significó reemplazar al autor del error grosero: si el Samurai venía flojo, lejos de sus cruces de tiempista europeo, acusando su inactividad boquense, lo que hizo con Belgrano, aquel primer gol complementado por ese cruce flojísimo en el segundo, terminó de poner nerviosos a jugadores, técnico e hinchas. Estudiantes atrás, así parado y con los niveles individuales que viene mostrando, es un colador.
No sería tan terrible si esta entrega (en el mal sentido) fuera en pos de una ofensividad abrumadora. Los nombres individuales sugieren que Estudiantes debería ser, de hecho, capaz de producir chances y mover las redes. Una vez más, el combo: los nombres, muchos sin fútbol, cargando lesiones o demasiado verdes, no producen lo que se espera de ellos, pero la estructura en nada los ayuda. El ataque del equipo es predecible, lateral, lento y dependiente del desborde de dos laterales para nada virtuosos, uno de ellos con un problema alevoso para cubrir sus espaldas que colabora con el desequilibro señalado. Desbordes que terminan en centros hacia una referencia de área ausente, con Boselli lesionado y la extraña marginación de dos interesantes proyectos como Carrillo y Zapata. El colombiano entró ayer con un minuto de adicionado por jugar, casi para hacer tiempo, cuando en todo el partido uno notó que Colón se cerraba y que se necesitaban variantes más allá de las gambetas verticales que entregaron a cuentagotas Coria y la Gata y las triangulaciones entre ellos que seguimos esperando. Nunca tuvo el equipo pincha la posibilidad de centrar, la presencia de un jugador que preocupe a los defensores, que se faje en el área y evite el escalonamiento en la marca de los mediapuntas. Los cambios de Russo parecen siempre inofensivos o tardíos, y hasta ahora nunca acertó y torció el rumbo con sus lecturas. Para colmo, el constante cambio de nombres en ofensiva (por lesión o decisión táctica) no ayuda a clarificar un modo confuso de atacar: en 10 fechas se han sucedido una alarmante cantidad de esquemas, los equipos no se han repetido e, incluso, muchas veces los jugadores no han jugado en el mismo puesto dos partido seguidos.
El técnico no parece encontrar el camino, y si bien dispone de un abanico de variantes, es cierto que las lesiones han minado el plantel y que muchos de los recién arribados se encuentran muy por debajo del umbral de lo aceptable, física y futbolísticamente. Para ellos, para colmo, la transición se ha complicado gracias a los resultados, que siempre complican la adaptación y el compromiso. Los históricos no dan demasiado buen ejemplo, con un Verón ausente como en aquellos días de cruces con Simeone, con Desábato demasiado errático, con el Chino casi marginado, con la Gata alternando entre titular y suplente, con Cellay demasiado distraído y lejos de su nivel. Braña, por supuesto, no puede con su gigante corazón, pero no alcanza. Nadie puede cuestionar a estos gigantes coronados de gloria, al menos sin entrar en la tierra de las suspicacias que siempre se levantan con algo de malicia y algo de ingenuidad, imaginando un mundo de carmelitas descalzas que se ensucia con los lógicos desacuerdos en un grupo de cuarenta tipos, a los que se les da demasiada trascendencia en los malos momentos. Sin embargo el nivel de los líderes ciertamente no alienta a la rebeldía que necesita Estudiantes, y parecen por momentos cansados de tantos problemas, tantos rumores, tantas presiones, tanto liderazgo, algo resignados. Se trata, claro, de una lectura absolutamente subjetiva.
Un poco más objetivo es pensar que este escenario era posible, a pesar del buzón que compramos muchos hinchas después del Apertura 2010: ya por entonces el equipo tenía problemas de edad, de rendimiento y de recambio. Estudiantes cuenta con un plantel grande, que debe comenzar con urgencia a imaginar el cambio de mando, que debe contar ya con sangre fresca y comprometida con la causa. La política de refuerzos de este semestre, absolutamente farolera, destinada a satisfacer al DT, a los hinchas y a algún empresario, sin tomar en consideración las consecuencias económicas, no tomó en cuenta este escenario, trajo once tipos nuevos, varios con un signo de interrogación gigante pero obviado por los dirigentes, y los juntó con seis o siete tipos cansados, tocados. Tras la ida de Sabella, para colmo, el equipo no encontró un líder unánime, de esos que conducen al equipo hacia la muerte por la victoria. Claro que Verón puede hacer la parte, pero implica un esfuerzo que no le permite enfocarse en jugar y le genera una presión que no debería tener, y críticas que no quiere recibir por hacerse cargo. El rol de técnico es del técnico, y sin ánimo de entrar en la zona del rumor malintencionado, resulta claro que hay poca onda con el entrenador y sus proyectos.
Estudiantes dilapida puntos, prestigio y dinero en contar con un equipo de jugadores de renombre que no le generan dividendos. Y se trata de un despilfarro porque el retroceso no es una estrategia, una elección, sino el hijo no deseado de una estrategia: se podría haber alcanzado el mismo desempeño, o un desempeño mejor, con lo que hay en casa, con los grandes liderando a los pibes, con un refuerzo estelar en lugar de once tipos caros con demasiadas dudas sobre presente, ganas, adaptación, etc. A esta altura, la marginación constante de juveniles en pos de darle oportunidades a José Luis Fernández, Coria o Mariano González (los últimos dos con crédito abierto, por cierto), equivale a lo que se hizo en su momento con los Peñalba/Pereyra/Barrientos, puro nombre, mucho billete y nada de resultado, y tiene toda la pinta de ser un mal negocio. Económico y futbolístico.
Estos argumentos resultan bastante claros, objetivos y convincentes. Pero cualquiera con memoria no puede olvidarse que, si bien estos algunos de los errores señalados son los que llevaron a perder esos puntos, se podrían haber ganado tranquilamente, sin distracciones infantiles, con un poco de suerte, los partidos con Ñewell’s, San Lorenzo, Independiente, San Martín, incluso hasta se podría haber pasado de ronda con Arsenal. Conjeturas, seguro, pero imaginando un poco, con esos triunfos quizás el equipo encontraría motivaciones acorde a sus aspiraciones. El entusiasmo es tan contagioso como la resignación y, más concentrado y más tranquilo, el equipo seguramente hubiese ido mejorando sus problemas y no estaría como lo tenemos hoy, empantanado, esperando que alguien de sentido a todo como quien espera a Godot.
No hay verdad en esta versión de los hechos del Apertura 2011: la respuesta tranquilizadora, que sintetice todo, que clarifique todo, que solucione todo al menos en nuestras cabezas obsesionadas, sobrepensantes y tristes, no existe. Tampoco importa tener la razón, o discutir por horas si yo tengo razón o si aquel que tiene “la posta” gracias a su contacto super confidencial (el kiosquero) es quien tiene la respuesta: nadie la tiene. La realidad, mucho más compleja que una columna de opinión o que cualquier opinión, seguramente ofrece una complicada mezcla de lo planteado aquí, con algunos ingredientes íntimos y obviados, con cuestiones individuales que nunca desentrañaremos, en fin. Esto es sencillamente un ejercicio de reflexión que intenta, a ciegas, no darle la espalda al problema, que lo confronta, que sueña con restaurar los problemas con la conciencia de que, en realidad, es algo mucho más difícil, una cuesta empinada como un tobogán. Apenas un intento de punto de partida, mirando siempre para adelante, esperando aprender de errores pasados, esperando que las conclusiones, las soluciones y las alternativas que surjan de la reflexión y el debate lleven a repensar modos que no han funcionado y sobre todo, ayuden a remontar este barrilete de ilusiones rotas. Aunque cueste, aunque se haga a oscuras, sin mucha idea de lo que se está haciendo, hay que tener fe en que Estudiantes, con laburo, con esfuerzo y con reflexión, va a volver a volar.
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sábado, 17 de septiembre de 2011
La quijotesca universal
Don Quijote inventó a sus amigos y a sus enemigos a partir de lo que tenía alrededor, un ambiente rural, empobrecido, lejos de la épica a la que aspiraba. Rasgo común en el ser humano, la construcción de un discurso que dé sentido al mundo (y, en particular, el sentido que creemos querer, un sentido positivo) es la locura ordinaria de todo ser humano, que convierte molinos de viento en reos enemigos sin percatarse de la operación.
Es que el ser humano necesita una causa y toda causa necesita un enemigo. Este se convierte en maldad pura y ante la maldad pura no se mide en general lo que se dice o hace. Así podemos comprender las conductas absolutamente sacadas de ciertos técnicos, periodistas o hinchas. Las dicotomías han edificado los relatos occidentales durante milenios ya, un legado maniqueísta difícil de torcer que invita a la irreflexión como forma de vida, como forma de conformar una identidad fuerte. El enemigo generalmente no es el opuesto real sino un opuesto construido a través de simplismos dicotomizantes, y es a menudo considerado enemigo por ser una amenaza: desde la conquista de América han operado estas formas de justificación. Se sataniza al enemigo, se lo defenestra moralmente, para justificarse el odio y la conquista.
Curiosamente en el fútbol, muchos odiadores rematan su perorata seudofilosófica mediante la cual justifican de la bilis que les nace al sentir el orden amenazado, refiriénsose al deporte como “solo un juego”. Al intentar defender su idea lúdica del juego, la niegan, porque niegan que las derrotas (el resultado), las trampas, la picardía y la inteligencia sean parte del juego. Para ellos estos aspectos son moralmente repudiables: convierten así a lo que es, en efecto, solo un juego, en algo más, en una cuestión moral. Edifican una causa más grande que el deporte (como modo de prestigiarse a sí mismos, de justificar su actividad), una causa moral que debe defenderse del enemigo malvado, el anti-causa: nace así el término “antifútbol”, que margina prácticas que son parte del deporte pero que dentro de esta ideología moralizante no deberían formar parte del fútbol. Se expulsa del fútbol modos de jugar y apreciar, se los niega, porque no son aceptables “moralmente”. Y la moral está lejos de ser algo natural y dado: se trata de una construcción que perpetua el orden.
El fútbol no tiene implicancias morales. La pacatez burguesa es la autora de esa idea de que “se debe jugar como se debe vivir”, a pesar de la enorme hipocresía que implica que las frases sean proferidas por comerciantes de la opinión y que, en verdad, resulta muy cuestionable que se deba vivir de cierta manera, y mucho más de la manera liberalista que implican sus modos del fútbol: espectáculo, individualismo, inspiración.
El enemigo es una construcción. Si en la primera parte del Quijote los enemigos del hidalgo eran los hitos y las personas que iba hallando (es decir, distorsionaba sus realidades hasta convertirlas en enemigos), en la segunda parte el autor propone un giro genial, cuatro siglos antes de la metaficción como forma común de la literatura: allí los enemigos de Don Quijote son los lectores de la primera parte que salen a su encuentro. La pelea del hidalgo pasa a ser una pelea absolutamente ficticia, sin basamento real alguno: pura construcción desde el discurso, desde el relato. Se evidencia de este modo el procedimiento del enemigo imaginario al llevárselo al extremo. El enemigo, la dicotomía, no existe. Ninguna dicotomía es natural, siempre se construye desde el discurso con objetivos concretos. No es casualidad que, por las mismas prácticas se diga que un equipo es astuto y otro sucio. Pero las dicotomías, allí reside su poder, siempre tienen la apariencia de naturalidad. Cuando desembarcaron los españoles en América el otro fue considerado bárbaro y aniquilado. Esa es la forma dicotómica por excelencia, que lleva a la negación y exterminio del otro. Una práctica para nada civilizada.
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viernes, 16 de septiembre de 2011
El fin de la infancia
La infancia es un lugar mágico de tótems y fantasias, de dioses e ilusiones. Un lugar del que hasta el adulto más cínico no se desprende nunca, que moldea su modo de ser y vivir, sus decisiones y opiniones, desde un lugar profundo, desconocido hasta para uno mismo.
El paso a la adultez ha sido retratada, casi unánimemente, como la pérdida de las ilusiones y la mutación hacia un ser desencantado, obligadamente cínico y, por ende, tramposo, hipócrita, amoral.
El fútbol es la niñez, sin dudas, para la mayoría (sin dudas, para el lector del blog). Son inseperables los picados de los recuerdos de recreos, cumpleaños y fines de semana, los goles casi míticos, legendarios para la narrativa propia, que se hacen gambeteando a todos los rivales, o delante de una chica, ese “primer gol” al que hacía referencia Osvaldo Soriano. Sin dudas que en el fútbol profesional se refugia esa magia que se cree perdida en el adulto: “suspensión of desbelief”, suspensión de la incredulidad, del cinismo, término proveniente de la crítica literaria que describe perfectamente el mundo mágico en el que uno se sumerge temporalmente y por momentos gracias al fútbol.
Y alrededor de esta noción se ha edificado una estética del fútbol, de lo que el fútbol debería ser y de ningún modo, en estos tiempos de adultez y profesionalismo, puede ser. El fútbol, es cierto, es uno de los últimos refugios de la magia, de la sorpresa, de la maravilla. Los milagros ocurren en lugares inesperados, dando lugar así a la justificación adulta del seguimiento obsesivo de fútbol: se persigue la magia, siempre elusiva, se persigue la confirmación de las creencias de niño enterrados con una risita descreída por el adulto. Como ya cada vez menos las artes, cuna de aventuras devenida discusión autoindulgente y críptica, encerradas en sí mismas y orgullosas del más inteligente y adulto cinismo, el fútbol, y muchos deportes, quizás por la pureza de la práctica (de objetivos claros, concretos) en oposición a la corruptibilidad del discurso (siempre tendiente a la ambigüedad y la doble moral), protegen ese último halo de magia en este mundo descreído.
Poetas y periodistas, y una creciente gama de técnicos sobreeducados, se juramentan la protección de esta infancia que ya se les fue una vez y construyen todo un aparato teórico-estético alrededor de las magias futbolísticas. Nace allí la corriente liricista, siempre combativa y necesitada de creer que el fútbol es el refugio de lo sobrenatural, de lo maravilloso. Empieza el reino de la improvisación, de la negativa al laburo, a la sistematización. Se eleva allí al deporte a la categoría de Arte, con mayúscula: lo sublime, lo intocable, lo puro, lo milagroso.
Pero estos milagros del fútbol son excepción (de allí inclusive su valor) y no basamento del fútbol. Entonces los líricos van a las canchas a ver un fútbol mitológico que rara vez encuentran, dedicándose el resto del tiempo a denostar el deporte, su creciente avaricia, lo aburrido que resulta (lo cual es lógico en su perspectiva: esperan malabares individualistas y se encuentran con despejes). No buscan en el fútbol sino la satisfacción de sus deseos insatisfechos y la confirmación de que esconde una recompensa espiritual, de que eleva el alma.
El fútbol, lo sabe quien ha jugado el juego más allá del picado con amigos, es competencia, un término que sin dudas horroriza a los inocentes poetizadotes del fútbol. La competencia divide, es cierto, pero lo hace bajo reglas estrictas e igualitarias. No se trata de un enfrentamiento encarnizado (como el que protagonizan los defensores de la magia con sus detractores) sino una noble lucha sin excusas dialécticas, con reglas claras y resultados mesurables. La competencia une más que lo que divide: no solo a los rivales, que aún desde el más profundo deseo de victoria se respetan lo suficiente como para enfrentarse, medirse, no sentirse superiores; une más que nada a los compañeros, que se embarcan en una lucha no por conseguir el lujo más bonito sino por alcanzar la victoria, hombro con hombro, junto a sus compañeros.
Allí reside la verdadera belleza del fútbol. No en el gesto individual, no en la reminiscencia de magias e infancias perdidas, sino en la hermanación, en la unión como modo de combate. El fútbol refleja la fuerza colectiva de la gente.
Pero esa fuerza, en tiempos (como acaso han sido la mayoría de los tiempos) de un cinismo burgués y perezoso que todo lo corroe, ha perdido su fuerza porque ya nadie cree en ella. Los poetas se amparan de este mundo sin fe ni esperanza en magias y mitos; los tiburones se alimentan de la desunión. En definitiva, todos son individualistas, preocupados por su bienestar antes que por el de la sociedad. Si de todos modos, piensan cuando piensan, esa batalla está perdida.
De chico nadie quiere ser el defensor con oficio, todos el crack. Luego uno va creciendo y aprende que quizas el mejor modo de servir al equipo (y por ende al rendimiento propio) es ocupando otra posicion, jugando otro rol. Y es entonces donde empieza a apreciar a jugadores distintos del crack. Empieza a comprender mas profundamente y a apreciar el futbol en su totalidad, no solo la magia. No se trata de una transicion hacia el cinismo, sino de una comprensión del carácter colectivo y solidario del juego, de una superación de los individualismos por la causa conjunta.
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jueves, 15 de septiembre de 2011
Relatos
Todo ser humano, nadie está exento, estructura el mundo a partir de un sistema de símbolos: se nos transmite de modo naturalizado pero no “natural”, a partir de la educación, la publicidad y los medios de comunicación. A partir de estos símbolos tejemos un relato que los unifica en un sistema: el hombre totemiza, deifica y sataniza aspectos de la vida según este relato. Lo curioso es que dado el alto grado de mixtura de ideas a través de la globalización y el avance de la masividad virtual, además del peso de muchos siglos de historia narrados de modo unificado pero que en realidad incluyen guerras, conquistas y sumisiones (es decir, intercambio e imposición de ideas), este relato se ha vuelto esquizofrénico, contradictorio, un pastiche de ideas legadas que acomodamos como podemos y que muchas veces hace ruido, aunque en verdad la mayoría del tiempo vivimos creyendo lo que creemos sin más cuestionamiento.
El fútbol, como cualquier parte de nuestra cultura, está atravesado por el relato (o más bien los relatos: la noción de un relato unificado, un sistema de creencias único, es parte del relato; en verdad cada relato es personal, atravesado por circunstancias e ideas acordes a la circunstancia social e individual particular de cada sujeto, y la creencia en un relato unificado lleva a los cotidianos malentendidos). En principio la sociedad condena al fútbol, en su constante aspiración burguesa hacia el aristocracismo elevado (parte de los relatos diseminados por la clase dominante son destinados sin nada de inocencia a creer en la superioridad de lo inútil: lo Bello, la representación máxima de lo aristocrático, el fin más elevado de la mente, no es más que un juego de formas que distrae y desarma la amenaza del pensamiento). Sin embargo, no condena el deporte en general: apreciar el tenis, por ejemplo, da cierto prestigio, un aire de refinamiento que proviene de la altura de un juego tradicionalista, pretendidamente impoluto. Esta concepción del fútbol como deporte masivo lleva a los analistas del deporte a la obligación de elevarlo de categoría para no quedar ellos mismos atrapados en los barros de la masividad.
El modo de dar prestigio al fútbol es, por supuesto, volviéndolo una de las formas del arte. Surge de este discurso con naturalidad una concepción extrañísima, que determina que el fútbol debe tratarse de la belleza y no del resultado. Esta operación desnaturaliza el deporte, que en cualquiera de sus manifestaciones se trata de la persecución del resultado y no de la forma por la forma. Volveremos a esta noción más tarde.
El periodista prestigia el deporte para prestigiarse a sí mismo. Su pluma se vuelve barroca para explicitar que un escritor de fútbol puede escribir bello porque hay belleza en el fútbol, sucio deporte de masas. Toda una legión de estos periodistas defienden un ideal errado, confuso, proveniente de uno de los relatos más poderosos del occidentalismo: el catolicismo. El periodista siente culpa, necesita justificarse y se vuelve así bienpensante, inofensivo, defensor de lo que es supuestamente (socialmente) bueno para la moral. Pero el sistema de juego defendido favorece claramente a los tiburones del deporte, que saquean canteras ajenas con sus billeteras engordadas por el pacto con los medios de comunicación, que los vuelve vidrieras en el sentido comercial del término. De ese código surge el martirio del artista incomprendido, el deportista habilidoso al que por talentoso no se le pide constancia y esfuerzo. Y se repudia al que lo marca, al que intenta lo mejor para los suyos: se llama a este tipo de jugador un destructor del juego, olvidando que para jugar hay que recuperar (y obviando, claro, que todo equipo tiburón tiene un par de estos para darle libertad a los talentosos que robaron de otros clubes).
Otro código dominante se entrecruza en este relato: el código romántico. El romanticismo es una escuela sumamente autodestructiva, negativa, individualista y nihilista en su forma verdadera, que depende puramente del talento natural y la inspiración para alcanzar lo anhelado. Sin embargo se la recibe de modo positivo, se defiende de modo bienpensante esa debilidad del torturado artista romántico (el futbolista incomprendido, el mártir) y se lo vuelve ejemplar: lo cual resulta curioso, porque al resaltar su pureza y su talento, lo que se halaga es su incapacidad para cambiar el estado de cosas más que a partir de un “gesto bello y fugaz”, inútil y momentáneo, y su condición de elegido para realizar ese gesto en vano, lo cual resulta en la marginación de la posibilidad mínima de escapatoria de la gran mayoría de la gente.
La elevación del fútbol se realiza entonces a partir de resaltar los fugaces momentos de inspiración individual, en lugar de centrarse en el aspecto colectivo, solidario y esforzado. Como podrá discernirse claramente, se trata de nociones legadas de la aristocracia, que desde sus castillos enseñan la inutilidad del arte como valor positivo, como fin elevado.
Pero el periodista bienpensante imagina que su forma de pensar es la forma “buena” de pensar: lo bueno y lo bello se han naturalizado como una igualdad, y por lo tanto, lo que no corresponde a su modo moralmente “bueno” (por supuesto, una construcción social) se vuelve moralmente “malo”… y feo. Las injusticias soportadas por muchos equipos que hacían del valor colectivo y esforzado el centro de su modo de ejecutar el fútbol se deben a este prejuicio. Que no se debe sino a un equívoco provocado por siglos de distorsión de las creencias. El concepto de bello y bueno nace en la cuna del mundo occidental, en Grecia, pero su connotación es absolutamente distinta a la adoptada por el sentido común a partir de la traducción de la idea que hicieran los románticos. En Grecia, la palabra techné designaba lo que hoy llamamos arte, solo que no se trataba para ellos de un modo de crear basado en la inspiración y el talento sino en los métodos racionales involucrados en la creación de un objeto o la culminación de una meta. Arte era entonces un conjunto de técnicas racionales, destinadas a la creación: no se trataba del concepto glorificado que nos llega hoy. Y si es la técnica lo que hace al arte, que lo bello sea lo bueno adquiere un significado distinto: lo artístico, lo bello, es lo bien hecho, técnicamente. Una concepción bastante más racional que la que heredamos erróneamente.
Volvemos entonces a un concepto esbozado en las líneas anteriores: el deporte como persecución del resultado y no de la forma. En la Antigua Grecia esta diferenciación no hubiera existido, pues la persecución de la técnica perfecta implicaba la persecución del resultado. El atletismo, el más antiguo de los deportes, parece haber heredado esta noción con mayor justeza: la forma de ir más rápido, de correr más alto, es constantemente atenerse a los fundamentos básicos del quehacer, a la técnica, que sufre la contaminación de los vicios personales, los cuerpos siempre inarmónicos, la fatiga y la presión sicológica. Pero la noción se ha distorsionado y llega al conjunto de creencias comunes (lo que Platón llamó la doxa) oponiendo forma pura de resultado. La forma es inútil, y solo la aristocracia puede permitirse la persecución de lo inútil; por ende se trata de un quehacer elevado. Por el contrario, se considera que el resultado es banal, se lo convierte en puro exitismo en lugar de considerarlo un método para medir el mejoramiento personal y grupal, el premio lógico a un esfuerzo aplicado en un área.
Pierre Bourdieu se refería a la doxa como “la experiencia mediante la cual el orden natural y social del mundo aparece como evidente en sí mismo”. Al ser evidente, el orden se naturaliza: la doxa limita así las posibilidades de pensar fuera del orden. El orden es social y determina que ciertas conductas son impropias de ciertas clases, y al naturalizarse el orden social se petrifica al mismo tiempo que fija el sentido de pertenencia a una clase particular. La doxa futbolera petrifica el orden mediante los relatos románticos y católicos ya analizados, que llevan a la individualización de un deporte colectivo, a la defenestración moral del trabajo y el esfuerzo y a la concepción naturalizada de un orden lógico donde el estéticamente vistoso (que siempre es el club grande, que puede permitirse el paladar negro) es superior al estéticamente desinterasado, al esforzado, al sucio.
Este es el universo moral que de manera simplista intentan traspolar los periodistas bienpensantes, enviados de los multimedios. Se trata de un relato, como ha quedado visto, sumamente contradictorio, que pretende que “lo que quiere la gente” es en realidad un orden petrificado que favorece a una minoría, y cree también en la ejemplaridad de este tipo de fútbol aristocrático, preocupado (falsamente, por supuesto: todos los hemos visto chillar al encadenarse dos derrotas seguidas) por la estética, por el espectáculo, y no por el resultado. El espectáculo es, como la estética, ajeno al deporte, aunque se haya naturalizado, porque los esponsors pagan mucho y quieren ver chilenas y tacos, que es parte integral de éste. El periodista reproduce la lógica cuando, al hablar de juego, habla de gambetas: que no se vea una gambeta es sinonimo de jugar mal, y no de defender bien, marginando a la defensa del juego, negando uno de los dos aspectos fundamentales del juego. Existe claramente un entramado económico detrás de la diseminación del relato.
Estos periodistas bienpensantes no son amantes del fútbol real, concreto, el de las técnicas para alcanzar la victoria (y la lógica polución de la realidad sobre la perfección inalcanzable): son consumidores de una mitología creada alrededor del fútbol que eleva lo que es de paladar masivo (es decir, lo que nos gusta con culpa a una mayoría). El deseo de justificarse en las prácticas que los hermanan socialmente a las clases bajas los lleva a consumir estos relatos con fruición, con desesperación, sin reflexión, y a convertirse en defensores acérrimos de la doxa. En definitiva, aman la mitología del fútbol por el prestigio que les da defender un ideal puro, políticamente correcto, elevado.
El fútbol, como cualquier parte de nuestra cultura, está atravesado por el relato (o más bien los relatos: la noción de un relato unificado, un sistema de creencias único, es parte del relato; en verdad cada relato es personal, atravesado por circunstancias e ideas acordes a la circunstancia social e individual particular de cada sujeto, y la creencia en un relato unificado lleva a los cotidianos malentendidos). En principio la sociedad condena al fútbol, en su constante aspiración burguesa hacia el aristocracismo elevado (parte de los relatos diseminados por la clase dominante son destinados sin nada de inocencia a creer en la superioridad de lo inútil: lo Bello, la representación máxima de lo aristocrático, el fin más elevado de la mente, no es más que un juego de formas que distrae y desarma la amenaza del pensamiento). Sin embargo, no condena el deporte en general: apreciar el tenis, por ejemplo, da cierto prestigio, un aire de refinamiento que proviene de la altura de un juego tradicionalista, pretendidamente impoluto. Esta concepción del fútbol como deporte masivo lleva a los analistas del deporte a la obligación de elevarlo de categoría para no quedar ellos mismos atrapados en los barros de la masividad.
El modo de dar prestigio al fútbol es, por supuesto, volviéndolo una de las formas del arte. Surge de este discurso con naturalidad una concepción extrañísima, que determina que el fútbol debe tratarse de la belleza y no del resultado. Esta operación desnaturaliza el deporte, que en cualquiera de sus manifestaciones se trata de la persecución del resultado y no de la forma por la forma. Volveremos a esta noción más tarde.
El periodista prestigia el deporte para prestigiarse a sí mismo. Su pluma se vuelve barroca para explicitar que un escritor de fútbol puede escribir bello porque hay belleza en el fútbol, sucio deporte de masas. Toda una legión de estos periodistas defienden un ideal errado, confuso, proveniente de uno de los relatos más poderosos del occidentalismo: el catolicismo. El periodista siente culpa, necesita justificarse y se vuelve así bienpensante, inofensivo, defensor de lo que es supuestamente (socialmente) bueno para la moral. Pero el sistema de juego defendido favorece claramente a los tiburones del deporte, que saquean canteras ajenas con sus billeteras engordadas por el pacto con los medios de comunicación, que los vuelve vidrieras en el sentido comercial del término. De ese código surge el martirio del artista incomprendido, el deportista habilidoso al que por talentoso no se le pide constancia y esfuerzo. Y se repudia al que lo marca, al que intenta lo mejor para los suyos: se llama a este tipo de jugador un destructor del juego, olvidando que para jugar hay que recuperar (y obviando, claro, que todo equipo tiburón tiene un par de estos para darle libertad a los talentosos que robaron de otros clubes).
Otro código dominante se entrecruza en este relato: el código romántico. El romanticismo es una escuela sumamente autodestructiva, negativa, individualista y nihilista en su forma verdadera, que depende puramente del talento natural y la inspiración para alcanzar lo anhelado. Sin embargo se la recibe de modo positivo, se defiende de modo bienpensante esa debilidad del torturado artista romántico (el futbolista incomprendido, el mártir) y se lo vuelve ejemplar: lo cual resulta curioso, porque al resaltar su pureza y su talento, lo que se halaga es su incapacidad para cambiar el estado de cosas más que a partir de un “gesto bello y fugaz”, inútil y momentáneo, y su condición de elegido para realizar ese gesto en vano, lo cual resulta en la marginación de la posibilidad mínima de escapatoria de la gran mayoría de la gente.
La elevación del fútbol se realiza entonces a partir de resaltar los fugaces momentos de inspiración individual, en lugar de centrarse en el aspecto colectivo, solidario y esforzado. Como podrá discernirse claramente, se trata de nociones legadas de la aristocracia, que desde sus castillos enseñan la inutilidad del arte como valor positivo, como fin elevado.
Pero el periodista bienpensante imagina que su forma de pensar es la forma “buena” de pensar: lo bueno y lo bello se han naturalizado como una igualdad, y por lo tanto, lo que no corresponde a su modo moralmente “bueno” (por supuesto, una construcción social) se vuelve moralmente “malo”… y feo. Las injusticias soportadas por muchos equipos que hacían del valor colectivo y esforzado el centro de su modo de ejecutar el fútbol se deben a este prejuicio. Que no se debe sino a un equívoco provocado por siglos de distorsión de las creencias. El concepto de bello y bueno nace en la cuna del mundo occidental, en Grecia, pero su connotación es absolutamente distinta a la adoptada por el sentido común a partir de la traducción de la idea que hicieran los románticos. En Grecia, la palabra techné designaba lo que hoy llamamos arte, solo que no se trataba para ellos de un modo de crear basado en la inspiración y el talento sino en los métodos racionales involucrados en la creación de un objeto o la culminación de una meta. Arte era entonces un conjunto de técnicas racionales, destinadas a la creación: no se trataba del concepto glorificado que nos llega hoy. Y si es la técnica lo que hace al arte, que lo bello sea lo bueno adquiere un significado distinto: lo artístico, lo bello, es lo bien hecho, técnicamente. Una concepción bastante más racional que la que heredamos erróneamente.
Volvemos entonces a un concepto esbozado en las líneas anteriores: el deporte como persecución del resultado y no de la forma. En la Antigua Grecia esta diferenciación no hubiera existido, pues la persecución de la técnica perfecta implicaba la persecución del resultado. El atletismo, el más antiguo de los deportes, parece haber heredado esta noción con mayor justeza: la forma de ir más rápido, de correr más alto, es constantemente atenerse a los fundamentos básicos del quehacer, a la técnica, que sufre la contaminación de los vicios personales, los cuerpos siempre inarmónicos, la fatiga y la presión sicológica. Pero la noción se ha distorsionado y llega al conjunto de creencias comunes (lo que Platón llamó la doxa) oponiendo forma pura de resultado. La forma es inútil, y solo la aristocracia puede permitirse la persecución de lo inútil; por ende se trata de un quehacer elevado. Por el contrario, se considera que el resultado es banal, se lo convierte en puro exitismo en lugar de considerarlo un método para medir el mejoramiento personal y grupal, el premio lógico a un esfuerzo aplicado en un área.
Pierre Bourdieu se refería a la doxa como “la experiencia mediante la cual el orden natural y social del mundo aparece como evidente en sí mismo”. Al ser evidente, el orden se naturaliza: la doxa limita así las posibilidades de pensar fuera del orden. El orden es social y determina que ciertas conductas son impropias de ciertas clases, y al naturalizarse el orden social se petrifica al mismo tiempo que fija el sentido de pertenencia a una clase particular. La doxa futbolera petrifica el orden mediante los relatos románticos y católicos ya analizados, que llevan a la individualización de un deporte colectivo, a la defenestración moral del trabajo y el esfuerzo y a la concepción naturalizada de un orden lógico donde el estéticamente vistoso (que siempre es el club grande, que puede permitirse el paladar negro) es superior al estéticamente desinterasado, al esforzado, al sucio.
Este es el universo moral que de manera simplista intentan traspolar los periodistas bienpensantes, enviados de los multimedios. Se trata de un relato, como ha quedado visto, sumamente contradictorio, que pretende que “lo que quiere la gente” es en realidad un orden petrificado que favorece a una minoría, y cree también en la ejemplaridad de este tipo de fútbol aristocrático, preocupado (falsamente, por supuesto: todos los hemos visto chillar al encadenarse dos derrotas seguidas) por la estética, por el espectáculo, y no por el resultado. El espectáculo es, como la estética, ajeno al deporte, aunque se haya naturalizado, porque los esponsors pagan mucho y quieren ver chilenas y tacos, que es parte integral de éste. El periodista reproduce la lógica cuando, al hablar de juego, habla de gambetas: que no se vea una gambeta es sinonimo de jugar mal, y no de defender bien, marginando a la defensa del juego, negando uno de los dos aspectos fundamentales del juego. Existe claramente un entramado económico detrás de la diseminación del relato.
Estos periodistas bienpensantes no son amantes del fútbol real, concreto, el de las técnicas para alcanzar la victoria (y la lógica polución de la realidad sobre la perfección inalcanzable): son consumidores de una mitología creada alrededor del fútbol que eleva lo que es de paladar masivo (es decir, lo que nos gusta con culpa a una mayoría). El deseo de justificarse en las prácticas que los hermanan socialmente a las clases bajas los lleva a consumir estos relatos con fruición, con desesperación, sin reflexión, y a convertirse en defensores acérrimos de la doxa. En definitiva, aman la mitología del fútbol por el prestigio que les da defender un ideal puro, políticamente correcto, elevado.
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miércoles, 14 de septiembre de 2011
El Mundial olvidado
Por Ezequiel Fernández Moores para canchallenaLos italianos, piamonteses y emilianos que construían la represa de Barda del Medio, rechazaron la propuesta de jugar el Mundial. Por un lado, los alemanes eran demasiado buenos. Por otro, si bien los italianos se jactaban de los títulos de 1934 y 1938, tampoco los querían reconocer de modo oficial. Para ellos, obreros antifascistas, esos Mundiales eran victorias de Mussolini. También vivían en la zona ingleses que alargaban el ferrocarril, curas y obreros polacos, intelectuales franceses, almaceneros españoles, guaraníes que podían representar a Paraguay, argentinos que avanzaban hacia Tierra del Fuego y mapuches. Una noche de juerga en un prostíbulo de Zapala bastó para quebrar la oposición italiana. El Mundial se convirtió en un hecho. Una compensación menor para una Argentina que, según registros oficiales, había pedido a la FIFA en 1939 la sede del Mundial de 1942. Hitler la había solicitado en 1936, feliz tras la experiencia de los Juegos Olímpicos de Berlín. La FIFA demoró la respuesta, hasta que estalló la Guerra y canceló el torneo, que recién se retomó en 1950 en Brasil. En 1942 el mundo seguía en guerra. En la Argentina gobernaba Ramón Castillo, La Máquina de River iniciaba su leyenda y en la Patagonia, según las memorias de Casimiro Soriano, se jugó un Mundial. Fue un torneo anárquico, con arcos de medidas aproximadas y sin redes, incidentes de arma blanca, piedrazos y el hijo de Buth Cassidy como árbitro.
La historia fascinó a Lorenzo Garzella y Filippo Macelloni. Los cineastas italianos, que hicieron documentales sobre Diego Maradona, Roberto Baggio y otros grandes cracks para La Gazzetta dello Sport, además de films de contenido social sobre inmigración o explotación de menores en Asia, profundizaron el relato. Su film, una investigación liderada por el periodista y sociólogo Sergio Levinsky, incluye entrevistas con João Havelange, Víctor Hugo Morales y Osvaldo Bayer, entre otros. "El mito está conectado con el misterio", les dice Jorge Valdano. Hallaron el esqueleto de Guillermo Sandrini, abrazado a su cámara de 16 milímetros y con rollos de película. Sandrini, un fotógrafo de casamientos, había sido contratado por Vladimir Otz, un aristócrata de origen balcánico, iluminista y pacifista, cuyos dineros ayudaron a organizar el Mundial. Autores en 2010 del documental Rimet. La increíble historia de la Copa del Mundo, Garzella-Macelloni sabían muy bien que la verdadera Copa de la FIFA permaneció en los años 40 escondida debajo de la cama de Ottorino Barassi. El secretario de la Federación italiana y vice de la FIFA la ocultó para que no se la llevara el invasor nazi. El film cuenta que fue vista en la Patagonia. En sus memorias, el tío de Soriano dice que el partido más duro fue la semifinal que Alemania, con sus jugadores con cascos, ganó a Italia, que apeló al uso de alfileres y pimienta. Cassidy explicó antes del juego que no era bueno mezclar al fútbol con la política. Pero nazis alemanes y antifascistas italianos jugaron a matar o morir, y el árbitro debió recurrir al revólver. El Mundial olvidado devela a su vez que la final, arruinada por un aluvión, terminó en realidad con triunfo de los Mapuches sobre los alemanes. El gol decisivo estaba en el rollo de Sandrini.
"El Mundial nunca fue reconocido oficialmente por la FIFA", dice, textual, un extenso cable que una de las agencias de noticias más importantes del mundo trasmitió la semana pasada, tras la presentación de Venecia. "Sacando a la luz esas imágenes, los autores de esta cinta pretenden que nunca más quede en el olvido ya no sólo la celebración de este torneo, sino tampoco el nombre de su vencedor, un combinado mapuche que consiguió recoger el trofeo instantes antes de que el agua arrasara con todo y ocultara su triunfo", agrega el cable. Lo publicaron al día siguiente diarios de México, Perú, España y también de la Argentina. Algunos medios agregaron palabras y datos que dramatizaron la injusticia. Hubo lectores que reaccionaron por la Web. "Buena historia para el mundo futbolístico, especialmente el sudamericano... ¿Perú participó en ese certamen?", pregunta, por ejemplo, un aficionado de ese país. Perú no jugó. No lo hizo porque el Mundial de 1942 es un formidable delirio del Gordo Soriano en el cuento El hijo de Buth Cassidy. Garzella-Macelloni lo llevaron al cine a través de un falso documental ("mockumentary"). El resto corrió a cargo de algunos periodistas distraídos. Donde quiera que ande, el Gordo Soriano, que murió en 1997, está a pura carcajada.
"Queríamos que la leyenda, la memoria y la fantasía se confundieran, que cada uno trazara sus propios límites, que experimentaran con la percepción", me cuenta Garzella desde Italia. Garzella, hincha de Inter, admira al Gordo Soriano, igual que los integrantes de la selección de escritores italianos, que forman desde 2001 el "Osvaldo Soriano Football Club". "El hijo de Buth Cassidy" de Soriano siguió su itinerario dirigiendo en la altura de La Paz y en la Amazonia. Y murió acribillado en Texas, haciendo el camino inverso al de su padre. A Garzella le fascinó el falso Mundial de 1942. "Mantuvimos hasta el final el lenguaje riguroso del documental y la primera parte es más que creíble, pero luego todo se hace un poco surrealista. Un árbitro que dispara, un arquero y un ejecutante que se juegan el amor de una mujer en un penal? Tan absurdo que, creíamos, no quedarían dudas. Pero encontramos mucha gente crédula, incluidos periodistas. Evidentemente -sigue Garzella- hoy la forma vale más que el contenido. Y esto es un dato interesante, y preocupante, para reflexionar." Colegas de medios que publicaron como cierta la noticia siguen sorprendidos cuando les relato la historia. "Moderen las carcajadas", pide uno, el primero que avisó del papelón. "Sí, leí diarios mexicanos que se tragaron la historia como real. Un amigo holandés me preguntó, y yo le dije que no sabía bien", me dice Levinsky, actor improvisado, y que todavía se recuerda remando nervioso en un bote de goma en la Carhué inundada, porque se hacía de noche. El film, me confiesa Garzella, sufrió numerosas amenazas de cancelación por falta de fondos. La última escena, que fue girada gracias al último dinero personal que les quedaba en el cajero, casi termina en desgracia cuando el caballo enfureció y arrojó al piso al actor, que en realidad era un asistente de la dirección. Bien de Soriano. Todavía recuerdo el día en que Eduardo Galeano vino a casa buscando precisiones para su hermoso libro El fútbol a sol y sombra. Tuve que aclararle que no era cierto que José Sanfilippo había sido el máximo goleador en la historia del fútbol argentino, que sólo un fana de San Lorenzo podía engañarlo así. "¿Quién te dijo eso?", le pregunté. Y me respondió riendo: "El hijo de puta del Gordo Soriano".
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martes, 13 de septiembre de 2011
El hambre
Son seis finales seguidas las que pierde Rafa Nadal con Djokovic. Pero es cierto lo que el mismo admite: su andar este año ha sido excelente, salvo por algunos momentos de sufrimiento físico, y si hubiera vencido en, digamos, el 50% de las finales que perdió con Nole, tendría los títulos para probarlo. Además de perder 6 con Nole ha perdido apenas 5 partidos, algunos de ellos bastante disminuido físicamente (dos a principio de año, uno difícil de creer contra Dodic). Pero contra su archinémesis no puede.
¿Es Djokovic tanto mejor que Nadal, que no puede vencerlo ni siquiera una vez, sin importar superficie o circunstancia? Djokovic es un jugador más talentoso que Nadal, y notablemente más completo. Pero Nadal ha enfrentado –y vencido- a este tipo de jugadores consistentemente (incluimos a Federer) gracias a su mentalidad y concentración. Nadal es la competición pura, todo lo hace para ganar, no conoce otra forma de competir y hay allí una gran nobleza que se trasluce en su absoluta humildad al declarar, para nada contradictoria con la confianza en sí mismo que tiene el mallorquín.
Lo que pareciera suceder es una cuestión, simplemente, de hambre. Djokovic quiere vencer a Rafa, su contendiente por el dominio mundial. Quiere hacer historia. Llegar al número uno es difícil, pero más difícil es mantenerse en ese sitial de presión y responsabilidad: todos quieren ganarte. Djokovic es el ejemplo de esa lógica: en ascenso, convencido de su objetivo como un león que acecha a su presa, se comió a todos. Ha tenido una temporada arrolladora y es el número uno indiscutido. Pero aún no ha sufrido el desgaste de la defensa del título. Todo es nuevo, todo es conquista para él, nada es defensa. El hambre en Nole es notable, mientras que esta temporada hemos visto a un Rafa cansino, disminuido por su enemigo a una versión pensante, racionalizadora, de lo que supo ser un verdadero vendaval que no dejaba nada a su paso.
Lo sabe Roger Federer. El mejor de la historia sufrió el huracán Rafa y perdió final tras final sabiendo que era el mejor tenista de ambos. Federer parecía invencible, pero fue vencido por un joven voluntarioso aún en su plenitud. Hoy ya comienzan a notarse algunos rasgos de su declive: Roger no parece poder mantener la intensidad y la concentración en el mismo nivel y durante el mismo tiempo que antaño. El problema no es físico sino síquico, de satisfacción: juega un tenis menos ambicioso, menos interesado en la historia que ya hizo, y más relajado. Aún así, aún perdiendo más a menudo, pierde poco y es el 3 del mundo. Ya le ganó a Nole en aquel Rolanga donde le hizo un favor a su amigo Nadal, con quien se admiran mutuamente tras años de rivalidad y competición acérrima. Y en este US Open lo tuvo nocaut. Los propios lapsus de Federer perdieron aquel partido en el que se vio que si las desconcentraciones contra otro jugador no importaban, contra Nole eran letales. Federer perdió por segunda vez en su carrera tras ir dos set arriba.
Lo curioso de aquella semi fue que Djokovic se vio seriamente maniatado por Federer, algo que nunca se vio cuando el serbio juega con Rafa, que vence al suizo regularmente hace un lustro. La meta de Nole es Rafa, a él se preparó para vencer: allí reside una posible explicación. Federer es una sorpresa en el camino entre cazador y cazado, un animal imponente al que nadie prestó atención por mirar la lucha principal.
La otra semi Rafa la pasó caminando, como todo el torneo. A pesar de su notable fastidio por el rigor físico que viene sufriendo, Rafa tuvo un torneo espectacular. No ganó partidos con chapa, no tuvo complicaciones: se vio al Nadal hambriento de antaño. En la final lo esperaba Nole, y todo parecía indicar que no era el escenario que Nadal temía, sino el que buscaba.
Pero la final, a pesar de ser una maravillosa demostración de técnica, a pesar de una enorme paridad punto por punto, a pesar de una notable agresividad de Nadal, a pesar de que el español cometió menos errores no forzados, fue inexorablemente encaminándose para Nole. Escribió Doble Mixto al respecto:
"Djokovic es el mejor, entre otras cosas, porque doma a Nadal, quien era el mejor hasta que el serbio se proclamó el mejor. Es parte de un año donde todo cambió. Los resultados le dan sentido a todo lo que se pueda decir.
"El serbio podría haber implementado el mismo régimen de entrenamiento o alimenticio, pero sin victorias nada tendría el mismo valor. Ya no se ahoga. Ahora gana rallies de 30 pelotas jugados a máxima intensidad. Y así hace pasar a Nadal o a Federer.
"Su devolución (nadie le quebró ¡11 veces el saque a Nadal en Grand Slams!), el revés paralelo, su flexibilidad para patinar en cemento, la potencia de piernas para llegar a casi todas, toma de decisiones correctas, suscriben a su éxito.
"Nole construye su reinado sobre victorias y más victorias. Triunfos consagratorios, en partidos increíbles. Cómo revirtió a Federer en semifinales, cómo dominó a Nadal en la final. Como lo hizo en otros seis partidos por el título contra el español, que resignado y con más ganas de llorar que de otra cosa, dijo en la premiación: “Lo que hiciste este año probablemente sea imposible de repetir”, Rafa Nadal."
El serbio ejerce ya sobre Rafa un dominio sicológico, lo somete con su sola presencia, lo lleva a la duda y la presión constantes. Lo mismo le sucedía a Federer con el joven Rafa. A lo mejor se trate sencillamente del instinto de supervivencia latente, que huele el peligro del depredador hambriento: si la especie Nadal fue depredadora de Federer, el espécimen Nole es el depredador natural de Nadal. Es el modo en que funcionan las cosas: siempre hay alguien más joven, más rápido, más fuerte.
Este año está perdido para Rafa: tuvo un US Open increíble, jugando con agresividad y convicción, pero en la final, a pesar de jugar un tenis maravilloso, se vio reducido a la derrota aún antes de que ésta se concrete. Habrá que ver cómo el serbio maneja la presión de cara al año que entra (de seguro su desfachatez le vendrá a mano) y cómo se prepara Nadal, el deportista con mentalidad más arrasadora del mundo, para con fuerzas renovadas arremeter contra lo que le quitaron.
Un equipo estático
Para Solos contra todos
Recientemente ensayamos un análisis, siempre subjetivo y siempre limitado, de la situacion institucional complice de este año de nefastos resultados. Intentamos marginar de los argumentos a aquello que fuera puramente futbolístico: la crisis 2011 (porque no debe olvidarse que todo el año ha sido pobre) tiene para nosotros raices mas profundas. Consideramos que la apuesta deportiva, incluso, podría haber sido exitosa, pero tarde o temprano decantaría en la crisis a la que hoy asistimos impávidos. La apuesta deportiva, sin embargo, no ha funcionado. Y tiene que ver, claro, que los refuerzos son tipos que vienen de estar parados, son muchos, y no son pincharratas. Tiene que ver también, claro, con Miguel Angel Russo, que ha armado tras varios meses un Estudiantes que la tiene y toca pero, predecible, sin cambio de ritmo, no lastima, y que para colmo de males, se regala abajo con la misma ingenuidad que la de aquel equipo del ingenuo bielsista Eduardo Berizzo. Los enormes huecos que dejan las espaldas de los defensores en los retrocesos hace largo rato deberían haber sido advertidos y corregidos.
Pero Russo, el responsable más obvio, no es el principal culpable. En el Estudiantes de hoy por hoy, de jugadores europeos y nombres rutilantes, no hay reacción. No hay reacción anímica, para sobreponerse a los golpazos que sufre, para rebelarse a las adversidades, y también al sistema cuando el rival le agarra la mano. Hay en lugar de ello una mansa entrega: la costumbre de perder. Pero la falta de reacción no es solo espiritual, es también y sobre todo física. Ya habíamos planteado, tras el match con Arsenal en el Viaducto, que cuando cada pelotazo cruzado lastima tanto como lastima a Estudiantes, la responsabilidad de los defensores no puede soslayarse: que una pelota flotante cruce el ancho del campo y encuentre rivales sin marca implica una distracción gigante, un desentendimiento de la jugada hasta que la jugada ya se desarrolló. Los defensores de Estudiantes reaccionan tarde: empiezan a correr cuando ya les ganaron las espaldas, llegan tarde a los cruces (Cellay vive al borde de la expulsión, por ejemplo), pierden las marcas por mirar embobados la pelota… en definitiva, cualquier delantero de los muchos y mediocres que ofrece nuestro fútbol se le aviva y anticipa al defensor pincha. Marcarle a Estudiantes es demasiado fácil: una presión muy difícil de sobrellevar para los jugadores, sobre todo en estos momentos, la inminencia del gol. Y sabe el Pincha porque lo predica: un equipo se arma de atrás hacia delante, porque una defensa sólida tranquiliza a volantes y delanteros, les permite dedicarse a lo suyo sin desesperación. Los constantes goles que le hacen a este Estudiantes siestero son palazos a la confianza en revertir el partido, y, peor, la situación general.
La quietud del equipo también se nota en el mediocampo: mientras uno porta la pelota, no hay jugadores que dibujen diagonales, que se desmarquen y se lleven marcas, que pidan desesperados la pelota. Mas bien pareciera que nadie quiere la redonda: todos la esperan paraditos en su lugar. El juego se lateraliza lógicamente y se vuelve lento y predecible, sobre todo en un futbol sin espacios como el nuestro, sobre todo cuando vas un gol abajo. La explosión no puede depender de una gambeta mágica de Carbonero, Gonzalez o Fernandez, porque si no hay compañía que tire una pared o se lleve una marca, se obliga al jugador que encara a una de Maradona. También para marcar hay demasiada quietud, demasiada obediencia posicional, muy poco despliegue: los laterales por ende eligen permanecer por lo general en sus lugares, y cuando acompañan, al no haber relevos, regalan la espalda. Ni Braña solo podría cubrir el amplio terreno a las espaldas de un mediocampo que, para colmo, suele perder la pelota lanzado en ataque, facilitando la contra al rival.
Estudiantes es un equipo notablemente cansino. Camina la cancha. Hasta sus delanteros parecen desganados: Boselli define con notable frustración, pero a su estado anímico se suma su quietud. Se retrasa poco, siempre le ganan en el aguante, pica casi nada, no anticipa nunca y define siempre clavado en la tierra. Hasta ha llegado ha cabecear con la flexibilidad que podría demostrar yo en el área, sin mover los pies, sin torcer el tronco, esperando dirigir la pelota solo con el parietal. El resultado de tan desganada definición fue uno de los tantos goles increíbles errados. La Gata le sirvió ayer otro, que volvió a marrar ya sin fe en sí mismo o en la vida: Mauro se quiere matar, y es uno de los grandes responsables de este momento. Fernández, por su parte, es uno de los pocos rebeldes: sin compañía y lejos de descollar, intenta en un contexto donde todos se esconden y algo encuentra siempre. Increiblemente reemplazado por Russo durante un par de encuentros, desplazó al mimado Carbonero ayer y fue de lo mejorcito. Aún así, la Gata también sufre de este desgano colectivo: tuvo el 1-0 pero por esperar la pelota y no buscarla, terminó enredado en su propia definición. Del saque de arco vino el 0-1 y empezó otra vez la historia del Estudiantes sufriente.
En el tenis, si un jugador se traslada dando pocos pasos largos y desesperados, en lugar de muchos pasitos cortitos que permiten ajustar mejor la posición, se trata de una señal inequívoca de su cansancio. Al golpear sin acomodarse adecuadamente las bolas suelen ir afuera: algo así le pasa a Estudiantes, que ni en ataque ni en defensa hace los pasos de ajuste necesarios para estar siempre “detrás de la pelota”, es decir, alerta, atento, anticipando la jugada. ¿Falta de actitud? ¿De convicción? ¿Problemas físicos? ¿Anímicos? Quizás se trate de un coctel, un mal trago en el cual los ingredientes se potencian. Son ciertos los desaciertos de Russo (la notable soledad de Martínez, Castaño y Cachete ayer, a espaldas de un mediocampo inexistente, constituye un garrafal error en la lectura; imaginar un partido con un Estudiantes protagonista no puede implicar desproteger a los mejores del rival), pero contra una pifia monumental como la del Chavo, una siesta como la que duerme Cellay en el gol del Chino Luna, o una desidia general para entorpecer al rival como la que aconteció en el tercer gol de Tigre (desidia que alcanzó hasta la estirada del Gori Silva) no hay trabajo en la semana que resista. Y tampoco hay levantada anímica posible.
Estudiantes debe juramentarse concentración, convicción, intensidad. No porque se lo deban al club, tampoco para proteger al DT: simplemente deben jurarse entre ellos, compañeros y amigos, que su entrega no será en vano, que ellos van a hacer todo lo posible para valorizar el esfuerzo del otro (y todo lo posible implica no regalar el partido en 30 minutos). Solo un pacto de solidaridad absoluta, propio del ADN más profundo del club, puede conseguir el cimbronazo que necesita Estudiantes para, por lo menos, abandonar el piso de la tabla y empezar a pensar en alguna otra cosa.
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domingo, 11 de septiembre de 2011
Caretas
La revista Caras y Caretas trajo en su edición del mes de agosto un extenso dossier sobre el fútbol argentino. La nota principal describe muy a vuelo de pájaro la historia del fútbol argentino de la pluma de Pablo Llonto, prestigioso periodista de larga e impecable trayectoria.
La nota firmada por Llonto es sencillamente un resumen de los hechos trascendentes, con cierta bajada de línea “nacional y popular”, como es esperable de una publicación (y de un periodista) alineada al oficialismo. Y bajo la aparentemente inofensiva apariencia de mera sinopsis, este intento de llevar agua para el molino propio termina por confundir las ideas e ideologías: básicamente Llonto refiere en un par de oportunidades a nuestra forma de juego, nacional y popular, como esa forma aristocrática, de las buenas costumbres, la inspiración romántica y la belleza plástica, impulsada por el menottismo, convencida de que el entrenamiento, en lugar de apuntalar al talento, lo asfixia. Pensamiento mágico y poco ejemplar (ya advertía Osvaldo Zubeldía sobre los campeones que no trabajan).
Los argentinos somos entonces quienes “bailamos en fútbol”, quienes apostamos por “la gambeta, el toque y la velocidad” como forma de juego y como forma moral, artística, de ser. Por supuesto, no se hace mención a que aquella forma de pensar el fútbol llevó a que, confrontado el mito con la realidad del fútbol en 1958, resultó aquello no ser más que chauvinismo argentino. Cabe la pregunta, además, de cómo es que puede considerarse “popular” una forma jugadorista, individualista, donde la unión no hace la fuerza sino que lo hace el talento, la predisposición natural que de natural no tiene nada: el talento, cualidad que no se entrena, es naturalmente discriminatoria.
Los argentinos somos entonces quienes “bailamos en fútbol”, quienes apostamos por “la gambeta, el toque y la velocidad” como forma de juego y como forma moral, artística, de ser. Por supuesto, no se hace mención a que aquella forma de pensar el fútbol llevó a que, confrontado el mito con la realidad del fútbol en 1958, resultó aquello no ser más que chauvinismo argentino. Cabe la pregunta, además, de cómo es que puede considerarse “popular” una forma jugadorista, individualista, donde la unión no hace la fuerza sino que lo hace el talento, la predisposición natural que de natural no tiene nada: el talento, cualidad que no se entrena, es naturalmente discriminatoria.
Llonto, para colmo, dedica sus líneas al Mundial 78 (y el juvenil del 79), a las que se suma una columna firmada por el sobre los campeones de aquel Mundial, a distanciarlo de la coyuntura política del momento. Lógicamente, menciona las sospechas de arreglos y doping, pero sin analizarlas demasiado las califica de meros trascendidos. Luego, con la misma liviandad, califica al equipo campeón del 86 y a aquel subcampeón conformado por verdaderos troncos voluntariosos unidos y motivados por un objetivo común, como estandartes del “vale todo”, “en condiciones de poner en práctica las peores mañas”. Esto no lo considera un trascendido, claro, mientras se encarga de negar los méritos de un equipo que logró lo que ninguno (campeonato y subcampeonato mundial) al reducir sus estrategias a meras artimañas (como si fuera possible alcanzar tales logros con pequeñeces). A Llonto lo seguimos en Un Caño y cada vez que puede alude de la misma manera a lo que el llama "bilardismo", que reduce a una única dimensión, la del exitismo, y al hacerlo la conecta a todos los males del fútbol. No hace falta aclarar que las enseñanzas de la escuela pincharrata, desvirtuadas incluso desde el fanatismo de sus propios hinchas, son distintas: el resultadismo no es sino la búsqueda del objetivo (el resultado) mediante todas las posibilidades y facetas tácticas y técnicas del juego, lo cual implica un estudio profundo e integrador del deporte más allá de las fórmulas fáciles y las escuelas.
El periodista continúa su defenstración moral: considera que si bien la dicotomía está de algún modo superada (y lo está, o mejor dicho nunca existió, siempre y cuando no se caigan en los reduccionismos en los que incurre el autor) explica “formas distintas de sentir no sólo el fútbol, sino también la vida”. Este tipo de traspolaciones de la vida al deporte, tan comunes en los líricos, se alimenta de ingenuos o malintencionados reduccionismos morales. Pero entremos en la discusión: el periodista peronista Pablo Llonto, ¿no considera que si hay una forma válida en el fútbol para dar ejemplo a la vida, esa es la forma de la escuela de Bilardo, que enseña que el esfuerzo colectivo supera las diferencias “naturales”? Al parecer, en lugar de hacer esta consideración, elige caer en el mismo lugar común, ignorante, en el que cayó recientemente José Samano de El País, esa opinión común y maniquea que, impulsada desde los medios de comunicación, defensores de intereses hegemónicos y, a esta altura, mentalmente moldeados para defender esos intereses desde la ingenuidad, se alimenta de leyendas (de “trascendidos”) para evitar la rebelión de los menos poderosos desde el esfuerzo, el trabajo, la solidaridad. Desde los inicios del tiempo, vale agregar, la amenaza a lo establecido fue reducido a un ente malvado, peligroso, criminal.
El periodista continúa su defenstración moral: considera que si bien la dicotomía está de algún modo superada (y lo está, o mejor dicho nunca existió, siempre y cuando no se caigan en los reduccionismos en los que incurre el autor) explica “formas distintas de sentir no sólo el fútbol, sino también la vida”. Este tipo de traspolaciones de la vida al deporte, tan comunes en los líricos, se alimenta de ingenuos o malintencionados reduccionismos morales. Pero entremos en la discusión: el periodista peronista Pablo Llonto, ¿no considera que si hay una forma válida en el fútbol para dar ejemplo a la vida, esa es la forma de la escuela de Bilardo, que enseña que el esfuerzo colectivo supera las diferencias “naturales”? Al parecer, en lugar de hacer esta consideración, elige caer en el mismo lugar común, ignorante, en el que cayó recientemente José Samano de El País, esa opinión común y maniquea que, impulsada desde los medios de comunicación, defensores de intereses hegemónicos y, a esta altura, mentalmente moldeados para defender esos intereses desde la ingenuidad, se alimenta de leyendas (de “trascendidos”) para evitar la rebelión de los menos poderosos desde el esfuerzo, el trabajo, la solidaridad. Desde los inicios del tiempo, vale agregar, la amenaza a lo establecido fue reducido a un ente malvado, peligroso, criminal.
Este modo de apreciar el fútbol lleva a Llonto a consideraciones extrañas, como por ejemplo valorar la derrota mundialista vs. Italia en el 78 porque… “en aquel equipo no había picapiedras” (?). Se deslinda el resultado del deporte, y se lo valora a partir de una moral subjetiva y, como hemos visto, perjudicial para quienes menos tienen. Argentina necesitó de una sospechosa victoria contra Perú para pasar de ronda, pero aquello de amoral, claro, no tiene nada.
La operación se completa con dos columnas: mientras que la columna de Bilardo habla sobre cábalas (es decir, lo reducen a él mismo a una especie de loco) la de Cappa, lugarteniente de Menotti, habla, por supuesto, del “fútbol que le gusta a la gente”, ese invento que adjudican al pueblo pero que en realidad, como siempre sucede que las cosas se hacen “por el pueblo”, es en beneficio de unos pocos clubes grandes.
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viernes, 9 de septiembre de 2011
La burbuja
Para Contra Todos
Todo empezó con la salida de Sabella. Diez días antes del comienzo del torneo, el técnico del seleccionado se fue por ninguneos varios y dejó un plantel seriamente golpeado desde lo anímico. La CD intentó repetir su acierto y contrató un DT novato, aunque no del riñón, pero Berizzo, por personalidad y capacidad, nunca pudo imponer su idea: se quedó el Toto entre ideas de cambio mal recibidas e ideas conservadoras digitadas por los jugadores. Todo con nefasto resultado: Estudiantes tiró por la borda prestigio, rachas y confianza.
Hasta principios de 2010, la política de los dirigentes había sido clara: no desarmar el plantel pero, a cambio, reforzarse lo mínimo indispensable. Atenerse a esta idea a rejatabla le valió a la CD la enemistad y renuncia de Pachorra, que pidió durante cuatro mercados de pases consecutivos un nueve para su equipo, jugó la final del mundo con un equipo notablemente disminuido respecto al que recibiera en 2009 y sufrió algunos arreglos piresianos. Tras la debacle del Clausura 2011, a meses de las elecciones, muchos apuntaban a la sede. Por primera vez en un lustro, el plantel se desarmaba (producto de políticas de refuerzo de mercados de pases anteriores, concentradas en el préstamo como forma de adquirir, aunque más no sea temporalmente, jerarquía; el aporte de esa jerarquía fue muy poco en relación al gasto). Y se hablaba de fin de ciclo, de necesaria transición. Los dirigentes parecen haber sido influenciados por un clima de decepción y enojo general; decidieron correrse de su política austera y darle a la gente lo que pedía. Incluso hasta podría leerse que, sabiendo que dejarían sus cargos en septiembre, lo hicieron sabiendo pero sin importarles el agujero económico que generaban. Se trató, quedó dicho en este espacio, de una apuesta a refundar un equipo de capa caída y necesitado de transición. También fue apuntado que sin la contratación permanente de Sosa y con demasiados préstamos caros e inevitablemente temporales, la refundación no era tal, sino que apenas se trataba de un manotazo de ahogado, de esos que tiran los equipos capitalinos, por mantenerse en los primeros planos desde el dinero y no desde los procesos. No había transición de experimentados hacia jóvenes, sino meramente la incorporación temporal de sangre de supuesta buena calidad para intentar cerrar un ciclo con éxitos. ¿Y después?
Pero en verdad, la apuesta, en el corto plazo al menos, podría haber salido bien. La jerarquía de los jugadores contratados, una columna vertebral pincha, proba y multicampeona (quizás en la ausencia de su doble 5, corazón y cerebro, pueda explicarse el andar cabizbajo de este equipo hasta la eliminación de la Copa) y la firma de Russo al frente del proyecto invitaba a la ilusión. Los más cautelosos apenas vaticinaban un lógico período de formación y adaptación de los nuevos: nadie imaginó este escenario. En apenas dos meses, Estudiantes está afuera de la pelea grande, habiendo armado un plantel largo para afrontar ambos torneos con el menor desgaste posible. Seriamente comprometido para alcanzar la Libertadores del año que viene, ni siquiera en eso puede pensar el equipo: debe primero encontrar una forma que lo convenza, un par de triunfos que lo estabilicen y, entonces sí, plantear nuevos objetivos que movilicen a los jugadores.
Pero dejemos lo deportivo para otro momento. Lo deportivo, a menudo, suele ser una manifestación de lo institucional. Estudiantes atraviesa un momento de suma confusión, con las elecciones a la vuelta de la esquina, un oficialismo en retirada, cuestionado a pesar de sus éxitos, ningún candidato de peso confirmado, la fantasmal presencia de Pires, la división de aguas que genera Verón entre los dirigentes y, sobre todo, las acusaciones y los miedos de los candidatos y de la oposición acerca de la situación económica del club. Institucionalmente Estudiantes supo estar cerca de un club modelo, pero hoy se ha alejado de su línea tanto histórica como la pertinente a este ciclo. La famosa transición hoy se muestra necesaria: no se vislumbran reemplazos en el largo plazo para los estandartes de la mística en este lustro, que ya peinan canas, arrastran dolores y, lógicamente, rinden menos que ayer. Pero en lugar de incorporar dos o tres buenos jugadores, alguna apuesta y darle lugar a los chicos en este marco de experimentados, al futuro, el club apostó una vez más en traer rellenos. Estudiantes contrató diez jugadores, cuatro más incluso que los que pidió Russo. Algunos ya probaron, como en el pasado Peñalba, Barrientos, Pereyra, no ser más que jugadores de moda, caros y requeridos pero para nada deslumbrantes a la hora de la verdad. Son estos los que evitan que suban a primera los proyectos de grandes jugadores que hay. Porque, a pesar de que, según el propio Filipas, el fútbol juvenil necesita de una autocrítica (y también una inversión constante y profesionales probos a cargo), han surgido valores de la talla de los hermanos Hoyos, Modón o Carrillo, que al menos deberían ser considerados para sumar minutos y demostrar su valía. Un caso emblemático resulta el de Iberbia, que sin que le sobre nada, a puro tesón, se impuso a todos los refuerzos que trajeron para jugar por ese sector a lo largo del año.
El ninguneo de lo propio ha sido una creciente deficiencia (y ha habido acierdo, que no se me malentienda) de este ciclo: la consigna de seguir peleando desde lo deportivo no incluye darle minutos a jóvenes verdosos, a pesar de que la movida hipoteca el futuro, realidad cada vez más notable. ¿Que pasará cuando se retiren las glorias? Para entonces tampoco estarán las aves de paso que hoy pueblan el plantel y cobran en euros. Estudiantes se acerca peligrosamente a esos equipos vaciados, sin patrimonio propio, obligado a desestabilizar su economía para armar un plantel cada seis meses: ha ingresado, luego de coquetear durante dos o tres mercados de pases, en una espiral de erogación de dinero constante e incoherente. Una tierra donde son muchos los que hacen negocios, pero no Estudiantes. La espiral puede llegar a aportar éxitos deportivos amparados en un gasto constante. Sin embargo, la burbuja generada por los éxitos, tarde o temprano, y sobre todo cuando se hilvanan un par de derrotas y se pierden un par de objetivos, estalla.
La salida de Berizzo tuvo un par de fechas que apuntaban al ideal: desacelerar, meter pibes, acompañarlos con las glorias. Con un par de refuerzos, podría haber sido un equipo competitivo Estudiantes. Imprevisible por su juventud, quizás, y no apto para la doble competencia. Pero apostando a un futuro sano. La llegada de Russo implicó apostar fuerte a lo deportivo. Pero aún entonces el DT enviaba un mensaje distinto, claro: no estaba dispuesto a abandoner el sitial que había alcanzado Estudiantes pero, afirmaba, lo que se arme debía subsistir más allá del año. Una consigna también sana, que apostaba al crecimiento sostenido. Tampoco fue ese el camino elegido, en definitiva. Cuando se termine el contrato de Miguel, se irán con él una decena de jugadores, sin contar posibles retiros o ventas.
Nadie quiere abandonar el rumbo deportivo, aunque muchos empiezan a aceptarlo como una necesidad. Quizás no lo sea. De cara a las elecciones, no se ha oído una voz que proponga un plan austero que permita seguir caminando por el camino hoy sinuoso del éxito sin comprometer la economía, como el plantel que armara el Doc y dirigentes en el 82, con un par de chirolas. Hasta ahora la consigna que se impone, sin ninguna explicitación de planes, es la de la casa propia. Caer en esa dicotomía “cancha o equipo” tampoco sería sano. Deben buscarse soluciones que se complementen y, sobre todo, que no pongan en peligro al club.
Zubeldía se alejó sorpresivamente del mando de un plantel desarmado y avejentado, quizás conciente de que se terminaba un ciclo y de no poder llevar a cabo la necesaria transición de sus discípulos. Recientemente el ex presidente Otolina intentó, con fines políticos, manchar la épica presidencia de Mangano al hacer referencia a la deuda que dejó su ciclo. Cierto es que Estudiantes sufrió económicamente luego de aquel período, pero también que quedó un Country y una copa del mundo como parte de nuestro patrimonio. No puede caerse en la ingenuidad de pensar que operar un equipo competitivo en el fútbol argentino es un negocio magnífico: generalmente genera deudas en premios y contrataciones, apenas equilibrables mediante alguna venta salvadora. Los ciclos exitosos conllevan pérdidas lógicas y además, terminan. Esta lección histórica debe servir para no repetir errores del pasado. Es necesario trabajar las metas siempre en ese límite entre el rédito y el endeudamiento potable: Estudiantes no debe abandonar su crecimiento, pero debe realizar sus apuestas dentro de este marco, ser conciente de sus limitaciones como institución y no despilfarrar recursos como si fueran renovables. Se impone un proyecto que involucre lo deportivo pero también el largo plazo, la transición necesaria y las inferiores. Un proyecto que acreciente el patrimonio del club a partir de las inversiones realizadas, en vez de disminuirlo como lo hace cada jugador que viene a préstamo y no deja nada más que pérdidas. Un proyecto que quizás implique desacelerar el crecimiento deportivo para desinflar una hinchada burbuja económica: porque después de todo, tras la apuesta monetaria que implicó el armado de este plantel y también del plantel de inicios de año, hoy, al alcanzarse el límite de la burbuja, Estudiantes desacelera obligadamente.
Todo empezó con la salida de Sabella. Diez días antes del comienzo del torneo, el técnico del seleccionado se fue por ninguneos varios y dejó un plantel seriamente golpeado desde lo anímico. La CD intentó repetir su acierto y contrató un DT novato, aunque no del riñón, pero Berizzo, por personalidad y capacidad, nunca pudo imponer su idea: se quedó el Toto entre ideas de cambio mal recibidas e ideas conservadoras digitadas por los jugadores. Todo con nefasto resultado: Estudiantes tiró por la borda prestigio, rachas y confianza.
Hasta principios de 2010, la política de los dirigentes había sido clara: no desarmar el plantel pero, a cambio, reforzarse lo mínimo indispensable. Atenerse a esta idea a rejatabla le valió a la CD la enemistad y renuncia de Pachorra, que pidió durante cuatro mercados de pases consecutivos un nueve para su equipo, jugó la final del mundo con un equipo notablemente disminuido respecto al que recibiera en 2009 y sufrió algunos arreglos piresianos. Tras la debacle del Clausura 2011, a meses de las elecciones, muchos apuntaban a la sede. Por primera vez en un lustro, el plantel se desarmaba (producto de políticas de refuerzo de mercados de pases anteriores, concentradas en el préstamo como forma de adquirir, aunque más no sea temporalmente, jerarquía; el aporte de esa jerarquía fue muy poco en relación al gasto). Y se hablaba de fin de ciclo, de necesaria transición. Los dirigentes parecen haber sido influenciados por un clima de decepción y enojo general; decidieron correrse de su política austera y darle a la gente lo que pedía. Incluso hasta podría leerse que, sabiendo que dejarían sus cargos en septiembre, lo hicieron sabiendo pero sin importarles el agujero económico que generaban. Se trató, quedó dicho en este espacio, de una apuesta a refundar un equipo de capa caída y necesitado de transición. También fue apuntado que sin la contratación permanente de Sosa y con demasiados préstamos caros e inevitablemente temporales, la refundación no era tal, sino que apenas se trataba de un manotazo de ahogado, de esos que tiran los equipos capitalinos, por mantenerse en los primeros planos desde el dinero y no desde los procesos. No había transición de experimentados hacia jóvenes, sino meramente la incorporación temporal de sangre de supuesta buena calidad para intentar cerrar un ciclo con éxitos. ¿Y después?
Pero en verdad, la apuesta, en el corto plazo al menos, podría haber salido bien. La jerarquía de los jugadores contratados, una columna vertebral pincha, proba y multicampeona (quizás en la ausencia de su doble 5, corazón y cerebro, pueda explicarse el andar cabizbajo de este equipo hasta la eliminación de la Copa) y la firma de Russo al frente del proyecto invitaba a la ilusión. Los más cautelosos apenas vaticinaban un lógico período de formación y adaptación de los nuevos: nadie imaginó este escenario. En apenas dos meses, Estudiantes está afuera de la pelea grande, habiendo armado un plantel largo para afrontar ambos torneos con el menor desgaste posible. Seriamente comprometido para alcanzar la Libertadores del año que viene, ni siquiera en eso puede pensar el equipo: debe primero encontrar una forma que lo convenza, un par de triunfos que lo estabilicen y, entonces sí, plantear nuevos objetivos que movilicen a los jugadores.
Pero dejemos lo deportivo para otro momento. Lo deportivo, a menudo, suele ser una manifestación de lo institucional. Estudiantes atraviesa un momento de suma confusión, con las elecciones a la vuelta de la esquina, un oficialismo en retirada, cuestionado a pesar de sus éxitos, ningún candidato de peso confirmado, la fantasmal presencia de Pires, la división de aguas que genera Verón entre los dirigentes y, sobre todo, las acusaciones y los miedos de los candidatos y de la oposición acerca de la situación económica del club. Institucionalmente Estudiantes supo estar cerca de un club modelo, pero hoy se ha alejado de su línea tanto histórica como la pertinente a este ciclo. La famosa transición hoy se muestra necesaria: no se vislumbran reemplazos en el largo plazo para los estandartes de la mística en este lustro, que ya peinan canas, arrastran dolores y, lógicamente, rinden menos que ayer. Pero en lugar de incorporar dos o tres buenos jugadores, alguna apuesta y darle lugar a los chicos en este marco de experimentados, al futuro, el club apostó una vez más en traer rellenos. Estudiantes contrató diez jugadores, cuatro más incluso que los que pidió Russo. Algunos ya probaron, como en el pasado Peñalba, Barrientos, Pereyra, no ser más que jugadores de moda, caros y requeridos pero para nada deslumbrantes a la hora de la verdad. Son estos los que evitan que suban a primera los proyectos de grandes jugadores que hay. Porque, a pesar de que, según el propio Filipas, el fútbol juvenil necesita de una autocrítica (y también una inversión constante y profesionales probos a cargo), han surgido valores de la talla de los hermanos Hoyos, Modón o Carrillo, que al menos deberían ser considerados para sumar minutos y demostrar su valía. Un caso emblemático resulta el de Iberbia, que sin que le sobre nada, a puro tesón, se impuso a todos los refuerzos que trajeron para jugar por ese sector a lo largo del año.
El ninguneo de lo propio ha sido una creciente deficiencia (y ha habido acierdo, que no se me malentienda) de este ciclo: la consigna de seguir peleando desde lo deportivo no incluye darle minutos a jóvenes verdosos, a pesar de que la movida hipoteca el futuro, realidad cada vez más notable. ¿Que pasará cuando se retiren las glorias? Para entonces tampoco estarán las aves de paso que hoy pueblan el plantel y cobran en euros. Estudiantes se acerca peligrosamente a esos equipos vaciados, sin patrimonio propio, obligado a desestabilizar su economía para armar un plantel cada seis meses: ha ingresado, luego de coquetear durante dos o tres mercados de pases, en una espiral de erogación de dinero constante e incoherente. Una tierra donde son muchos los que hacen negocios, pero no Estudiantes. La espiral puede llegar a aportar éxitos deportivos amparados en un gasto constante. Sin embargo, la burbuja generada por los éxitos, tarde o temprano, y sobre todo cuando se hilvanan un par de derrotas y se pierden un par de objetivos, estalla.
La salida de Berizzo tuvo un par de fechas que apuntaban al ideal: desacelerar, meter pibes, acompañarlos con las glorias. Con un par de refuerzos, podría haber sido un equipo competitivo Estudiantes. Imprevisible por su juventud, quizás, y no apto para la doble competencia. Pero apostando a un futuro sano. La llegada de Russo implicó apostar fuerte a lo deportivo. Pero aún entonces el DT enviaba un mensaje distinto, claro: no estaba dispuesto a abandoner el sitial que había alcanzado Estudiantes pero, afirmaba, lo que se arme debía subsistir más allá del año. Una consigna también sana, que apostaba al crecimiento sostenido. Tampoco fue ese el camino elegido, en definitiva. Cuando se termine el contrato de Miguel, se irán con él una decena de jugadores, sin contar posibles retiros o ventas.
Nadie quiere abandonar el rumbo deportivo, aunque muchos empiezan a aceptarlo como una necesidad. Quizás no lo sea. De cara a las elecciones, no se ha oído una voz que proponga un plan austero que permita seguir caminando por el camino hoy sinuoso del éxito sin comprometer la economía, como el plantel que armara el Doc y dirigentes en el 82, con un par de chirolas. Hasta ahora la consigna que se impone, sin ninguna explicitación de planes, es la de la casa propia. Caer en esa dicotomía “cancha o equipo” tampoco sería sano. Deben buscarse soluciones que se complementen y, sobre todo, que no pongan en peligro al club.
Zubeldía se alejó sorpresivamente del mando de un plantel desarmado y avejentado, quizás conciente de que se terminaba un ciclo y de no poder llevar a cabo la necesaria transición de sus discípulos. Recientemente el ex presidente Otolina intentó, con fines políticos, manchar la épica presidencia de Mangano al hacer referencia a la deuda que dejó su ciclo. Cierto es que Estudiantes sufrió económicamente luego de aquel período, pero también que quedó un Country y una copa del mundo como parte de nuestro patrimonio. No puede caerse en la ingenuidad de pensar que operar un equipo competitivo en el fútbol argentino es un negocio magnífico: generalmente genera deudas en premios y contrataciones, apenas equilibrables mediante alguna venta salvadora. Los ciclos exitosos conllevan pérdidas lógicas y además, terminan. Esta lección histórica debe servir para no repetir errores del pasado. Es necesario trabajar las metas siempre en ese límite entre el rédito y el endeudamiento potable: Estudiantes no debe abandonar su crecimiento, pero debe realizar sus apuestas dentro de este marco, ser conciente de sus limitaciones como institución y no despilfarrar recursos como si fueran renovables. Se impone un proyecto que involucre lo deportivo pero también el largo plazo, la transición necesaria y las inferiores. Un proyecto que acreciente el patrimonio del club a partir de las inversiones realizadas, en vez de disminuirlo como lo hace cada jugador que viene a préstamo y no deja nada más que pérdidas. Un proyecto que quizás implique desacelerar el crecimiento deportivo para desinflar una hinchada burbuja económica: porque después de todo, tras la apuesta monetaria que implicó el armado de este plantel y también del plantel de inicios de año, hoy, al alcanzarse el límite de la burbuja, Estudiantes desacelera obligadamente.
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miércoles, 31 de agosto de 2011
El atleta
Por Ezequiel Fernández Moores
Alarmados por el detector de metales, los agentes de seguridad de Schiphol, el aeropuerto de Amsterdam, frenaron en 2006 a Oscar Pistorius. Encontraron sustancias de explosivos en sus piernas. Sus padres decidieron amputárselas por debajo de las rodillas cuando tenía 11 meses porque Oscar había nacido sin peronés. Los guardias, entonces, le dijeron que querían revisar sus prótesis. Lo esposaron y lo metieron dentro de una celda. Todo comenzó a solucionarse cuando Pistorius recordó que horas antes había estado disparando al blanco con un amigo. Los guardias lo habían confundido con un terrorista. Aún hoy se confunden muchos. Les cuesta definir a Oscar Pistorius como lo que eligió ser: un atleta.
Hay una escena formidable en la Web. Sucedió el 19 de julio pasado en la pista de Lignano, Italia, en un torneo llamado Sport Solidaridad. La carrera, en rigor, fue igual que otras desde que Pistorius fue autorizado a competir con atletas convencionales. Último en los primeros 150 metros. Arrollador en los 100 finales. El tiempo de 45s07 para los 400m lo convirtió en el primer atleta sin piernas clasificado para un Mundial. Al zimbabuense Talkmore Nyongani, uno de los mejores velocistas africanos, no le importó su derrota. Comparte la emoción del público por el triunfo de Pistorius. Un bellísimo gesto deportivo. Abre sus brazos enormes para abrazar al sudafricano. Es tan efusivo que lo tira al piso. Las cuchillas en forma de J que ayudaron a Pistorius a ganar desnudan cierta fragilidad para mantenerlo de pie. Pesan algo más de 2 kilos y cuestan unos 35.000 dólares. La fábrica islandesa Ossur les puso el nombre de Cheetah (guepardo). El animal terrestre más rápido del planeta corre a unos 110 kilómetros por hora, casi tres veces más veloz que Usain Bolt. A diferencia del león, que desperdicia energías, el guepardo se lanza como un muelle. "Es evidente que las prótesis le han dado una ventaja a Pistorius", dice el comentarista de la TV italiana. No todos los rivales son como Nyongani. Algunos dicen que las prótesis deberían llamarse "Cheater" (Tramposo). Sí, ironizó Carlos Arribas hace unos días en El País, es mejor tener fibra de carbono en las piernas en lugar de carne y huesos. Tornillos en lugar de tobillos.
Pistorius representa un símbolo del deporte como ejemplo de superación y de esfuerzo. Pero también el debate sobre si las piernas humanas compiten en igualdad de condiciones contra las cuchillas de fibra de carbono. "Ambas partes tienen razón", me dice Martín Scharples, quien ha llegado a cruzar la meta en alguna carrera con la prótesis en la mano, destrozada. "Si miramos el reglamento, Pistorius no debería correr porque tiene elementos que impulsan. Pero es un atleta extraordinario y compite con convencionales porque quiere demostrar la integración." Coincide Carlos "Beto" Rodríguez, nueve veces campeón de la San Silvestre en su silla de ruedas: "Es supervalorable que Oscar le muestre al mundo convencional lo que puede hacer un deportista paralímpico, pero es cierto que cuando a los 200 metros los demás sienten fatiga muscular Oscar hace prevalecer el elemento mecánico". Así lo estableció, en rigor, la propia Federación Internacional de Atletismo (IAAF). El médico alemán Gert-Peter Bruggermann lo comparó con seis corredores convencionales, usó cámaras de infrarrojos y de video de alta velocidad y plataformas de fuerza. Analizó el almacenamiento y retorno de la energía elástica, cambios de longitud y frecuencia de zancadas, consumo de oxígeno y producción de ácido láctico. Las prótesis -concluyó Bruggermann- le dan a Pistorius una ventaja de un 25 por ciento. Su discapacidad, más aún, le permite correr con ventaja también en Paralímpicos ante rivales que tienen una sola pierna amputada. La IAAF le prohibió correr contra atletas convencionales. "Página infame para el deporte, la ética y la humanidad", editorializó al día siguiente Candido Cannavó, director de La Gazzetta dello Sport.
La determinación y los logros de Pistorius, me dice desde Estados Unidos César Torres, filósofo del deporte, nos obligan a reflexionar sobre algunas cuestiones fundamentales del deporte que se dan frecuentemente por supuestas. "Las nociones de discapacidad, normalidad y justicia." Y llevan al deporte de elite, naturalmente discriminatorio, a pensar en "escenarios deportivos más inclusivos, igualitarios y técnicamente sobresalientes". Pistorius, se sabe, fue finalmente autorizado a correr en el Mundial que se celebra estos días en Daegu. El Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS) consideró "insuficientes" las pruebas de la IAAF. "Analizó las ventajas, pero no las desventajas." Porque las prótesis pueden favorecer la aerodinámica, impulsar y agrandar las zancadas. Pero hacen más lenta la salida y más inestables las curvas. "Oscar -dijo el británico Martyn Rooney, rival suyo- hace cosas que yo jamás podría hacer y yo hago otras que él tampoco podrá nunca." "No se trata de si hay menos producción de ácido láctico o menor consumo de oxígeno. El problema -dijo el ex atleta paralímpico Daniele Bonacini- es cultural, la aceptación de lo diverso." "Una farsa", replica el científico sudafricano Ross Tucker. Y dice que hasta uno de los médicos que analizaron a Pistorius, Peter Weyand, acepta que las prótesis dan al atleta una ventaja de 10 segundos. Según Tucker, "se está abriendo una caja de Pandora. Nike, Adidas y Mizuno harán zapatillas que permitan impulsar como las Cheetah". ¿Acaso la NBA no prohibió el año pasado las zapatillas Concept1 que permitían aumentar el salto hasta 9 centímetros?, recordaron algunos. Otros dijeron que la natación prohibió los bañadores "mágicos" de poliuretano. Recuerdan que el etíope Abebe Bikila ganó corriendo descalzo en los Juegos de Roma 60 y temen que el sudafricano de las prótesis sea el primer campeón biónico en Londres 2012. Citan justamente el final de Blade Runner , uno de los apodos de Pistorius. Cuando el replicante Roy Batty (Rutger Hauer) agoniza tras salvar a Rick Deckard (Harrison Ford) en el año 2019 en Los Angeles, y dice: "Yo he visto cosas que vosotros no creeríais".
"Cuesta aceptar que nos pueda ganar alguien que consideramos inferior", dice Aimee Mullins. Ex atleta paralímpica y jefa de la delegación de Estados Unidos para los Juegos de Londres 2012, Mullins, amputada en sus dos piernas al año de vida, modelo y actriz, desarrolló las prótesis Cheetah mucho antes que Pistorius. El caso del sudafricano es tema de fuerte debate en Londres. Tanni Grey-Thompson, célebre atleta paralímpica británica, teme que sus Juegos pierdan sentido si la gente cree que todos pueden ser como Pistorius. Los Olímpicos, afirma, conceden fama y dinero. "Me gustaría que los medios cubrieran a verdaderos atletas corajudos que no son inspiradores por su discapacidad, sino con su discapacidad", escribe en un foro una nadadora paralímpica de Estados Unidos. La nadadora sudafricana Natalie Du Toit, amputada en una pierna, ya compitió y fue finalista en Pekín 2008 con atletas convencionales y busca su tiempo para Londres 2012. Lo hace sin prótesis alguna. La estadounidense Marla Ruyan, legalmente ciega, corrió sin guía en Juegos Panamericanos y Olímpicos. La primera atleta parapléjica autorizada a competir en Juegos Olímpicos fue la neozelandesa Neroli Fairhall, fallecida en 2006. Había ganado el oro en tiro con arco en los Juegos Paralímpicos de Moscú 80 y fue autorizada a competir en los Olímpicos de Los Angeles 84, en medio de algunas polémicas por su silla de ruedas. Terminó en el puesto 35°. Un periodista le preguntó si tenía ventaja por tirar en posición de sentada. "No sé -respondió Fairhall-, nunca he tirado en posición de pie."
Alarmados por el detector de metales, los agentes de seguridad de Schiphol, el aeropuerto de Amsterdam, frenaron en 2006 a Oscar Pistorius. Encontraron sustancias de explosivos en sus piernas. Sus padres decidieron amputárselas por debajo de las rodillas cuando tenía 11 meses porque Oscar había nacido sin peronés. Los guardias, entonces, le dijeron que querían revisar sus prótesis. Lo esposaron y lo metieron dentro de una celda. Todo comenzó a solucionarse cuando Pistorius recordó que horas antes había estado disparando al blanco con un amigo. Los guardias lo habían confundido con un terrorista. Aún hoy se confunden muchos. Les cuesta definir a Oscar Pistorius como lo que eligió ser: un atleta.
Hay una escena formidable en la Web. Sucedió el 19 de julio pasado en la pista de Lignano, Italia, en un torneo llamado Sport Solidaridad. La carrera, en rigor, fue igual que otras desde que Pistorius fue autorizado a competir con atletas convencionales. Último en los primeros 150 metros. Arrollador en los 100 finales. El tiempo de 45s07 para los 400m lo convirtió en el primer atleta sin piernas clasificado para un Mundial. Al zimbabuense Talkmore Nyongani, uno de los mejores velocistas africanos, no le importó su derrota. Comparte la emoción del público por el triunfo de Pistorius. Un bellísimo gesto deportivo. Abre sus brazos enormes para abrazar al sudafricano. Es tan efusivo que lo tira al piso. Las cuchillas en forma de J que ayudaron a Pistorius a ganar desnudan cierta fragilidad para mantenerlo de pie. Pesan algo más de 2 kilos y cuestan unos 35.000 dólares. La fábrica islandesa Ossur les puso el nombre de Cheetah (guepardo). El animal terrestre más rápido del planeta corre a unos 110 kilómetros por hora, casi tres veces más veloz que Usain Bolt. A diferencia del león, que desperdicia energías, el guepardo se lanza como un muelle. "Es evidente que las prótesis le han dado una ventaja a Pistorius", dice el comentarista de la TV italiana. No todos los rivales son como Nyongani. Algunos dicen que las prótesis deberían llamarse "Cheater" (Tramposo). Sí, ironizó Carlos Arribas hace unos días en El País, es mejor tener fibra de carbono en las piernas en lugar de carne y huesos. Tornillos en lugar de tobillos.
Pistorius representa un símbolo del deporte como ejemplo de superación y de esfuerzo. Pero también el debate sobre si las piernas humanas compiten en igualdad de condiciones contra las cuchillas de fibra de carbono. "Ambas partes tienen razón", me dice Martín Scharples, quien ha llegado a cruzar la meta en alguna carrera con la prótesis en la mano, destrozada. "Si miramos el reglamento, Pistorius no debería correr porque tiene elementos que impulsan. Pero es un atleta extraordinario y compite con convencionales porque quiere demostrar la integración." Coincide Carlos "Beto" Rodríguez, nueve veces campeón de la San Silvestre en su silla de ruedas: "Es supervalorable que Oscar le muestre al mundo convencional lo que puede hacer un deportista paralímpico, pero es cierto que cuando a los 200 metros los demás sienten fatiga muscular Oscar hace prevalecer el elemento mecánico". Así lo estableció, en rigor, la propia Federación Internacional de Atletismo (IAAF). El médico alemán Gert-Peter Bruggermann lo comparó con seis corredores convencionales, usó cámaras de infrarrojos y de video de alta velocidad y plataformas de fuerza. Analizó el almacenamiento y retorno de la energía elástica, cambios de longitud y frecuencia de zancadas, consumo de oxígeno y producción de ácido láctico. Las prótesis -concluyó Bruggermann- le dan a Pistorius una ventaja de un 25 por ciento. Su discapacidad, más aún, le permite correr con ventaja también en Paralímpicos ante rivales que tienen una sola pierna amputada. La IAAF le prohibió correr contra atletas convencionales. "Página infame para el deporte, la ética y la humanidad", editorializó al día siguiente Candido Cannavó, director de La Gazzetta dello Sport.
La determinación y los logros de Pistorius, me dice desde Estados Unidos César Torres, filósofo del deporte, nos obligan a reflexionar sobre algunas cuestiones fundamentales del deporte que se dan frecuentemente por supuestas. "Las nociones de discapacidad, normalidad y justicia." Y llevan al deporte de elite, naturalmente discriminatorio, a pensar en "escenarios deportivos más inclusivos, igualitarios y técnicamente sobresalientes". Pistorius, se sabe, fue finalmente autorizado a correr en el Mundial que se celebra estos días en Daegu. El Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS) consideró "insuficientes" las pruebas de la IAAF. "Analizó las ventajas, pero no las desventajas." Porque las prótesis pueden favorecer la aerodinámica, impulsar y agrandar las zancadas. Pero hacen más lenta la salida y más inestables las curvas. "Oscar -dijo el británico Martyn Rooney, rival suyo- hace cosas que yo jamás podría hacer y yo hago otras que él tampoco podrá nunca." "No se trata de si hay menos producción de ácido láctico o menor consumo de oxígeno. El problema -dijo el ex atleta paralímpico Daniele Bonacini- es cultural, la aceptación de lo diverso." "Una farsa", replica el científico sudafricano Ross Tucker. Y dice que hasta uno de los médicos que analizaron a Pistorius, Peter Weyand, acepta que las prótesis dan al atleta una ventaja de 10 segundos. Según Tucker, "se está abriendo una caja de Pandora. Nike, Adidas y Mizuno harán zapatillas que permitan impulsar como las Cheetah". ¿Acaso la NBA no prohibió el año pasado las zapatillas Concept1 que permitían aumentar el salto hasta 9 centímetros?, recordaron algunos. Otros dijeron que la natación prohibió los bañadores "mágicos" de poliuretano. Recuerdan que el etíope Abebe Bikila ganó corriendo descalzo en los Juegos de Roma 60 y temen que el sudafricano de las prótesis sea el primer campeón biónico en Londres 2012. Citan justamente el final de Blade Runner , uno de los apodos de Pistorius. Cuando el replicante Roy Batty (Rutger Hauer) agoniza tras salvar a Rick Deckard (Harrison Ford) en el año 2019 en Los Angeles, y dice: "Yo he visto cosas que vosotros no creeríais".
"Cuesta aceptar que nos pueda ganar alguien que consideramos inferior", dice Aimee Mullins. Ex atleta paralímpica y jefa de la delegación de Estados Unidos para los Juegos de Londres 2012, Mullins, amputada en sus dos piernas al año de vida, modelo y actriz, desarrolló las prótesis Cheetah mucho antes que Pistorius. El caso del sudafricano es tema de fuerte debate en Londres. Tanni Grey-Thompson, célebre atleta paralímpica británica, teme que sus Juegos pierdan sentido si la gente cree que todos pueden ser como Pistorius. Los Olímpicos, afirma, conceden fama y dinero. "Me gustaría que los medios cubrieran a verdaderos atletas corajudos que no son inspiradores por su discapacidad, sino con su discapacidad", escribe en un foro una nadadora paralímpica de Estados Unidos. La nadadora sudafricana Natalie Du Toit, amputada en una pierna, ya compitió y fue finalista en Pekín 2008 con atletas convencionales y busca su tiempo para Londres 2012. Lo hace sin prótesis alguna. La estadounidense Marla Ruyan, legalmente ciega, corrió sin guía en Juegos Panamericanos y Olímpicos. La primera atleta parapléjica autorizada a competir en Juegos Olímpicos fue la neozelandesa Neroli Fairhall, fallecida en 2006. Había ganado el oro en tiro con arco en los Juegos Paralímpicos de Moscú 80 y fue autorizada a competir en los Olímpicos de Los Angeles 84, en medio de algunas polémicas por su silla de ruedas. Terminó en el puesto 35°. Un periodista le preguntó si tenía ventaja por tirar en posición de sentada. "No sé -respondió Fairhall-, nunca he tirado en posición de pie."
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Pistorius
sábado, 27 de agosto de 2011
Entrada al nuevo fútbol argentino
Por Eduardo Akmar Dakno para canchallena.com
Así como vende talentos, el fútbol argentino debería exportar su inconmensurable habilidad para seguir adelante pase lo que pase. En muchos países envidiarían las salidas que siempre se encuentran aquí. Ejemplos sobran.
Cuatro años después de la muerte de Marcelo Cejas, tras el partido entre Chicago y Tigre, en Mataderos, sin que se haya esclarecido y sin que haya imputados, se archivó el veto a las hinchadas visitantes en la B Nacional, que derivó de ese crimen.
A dos meses del descenso de River ante Belgrano, no hay detenidos ni procesados por los destrozos en el Monumental y en las propiedades vecinas al estadio en Núñez. Menos, por las amenazas al árbitro de ese partido, Sergio Pezzotta, que burdamente no fueron filmadas por el circuito de TV del club.
Muchos de quienes provocaron esos destrozos, como premio, pueden viajar por el país siguiendo a River. Mientras, otra agresión con arma blanca entre socios del club en los quinchos del Monumental acaba de ser denunciada.
Un operativo récord, con 2200 agentes, no pudo garantizar el orden ese 26 de junio. Ahora sí se promete que, con los mismos protagonistas en escena, habrá seguridad.
El descenso de River motivó la injerencia del gobierno nacional. Tanto alteró la estructura del fútbol argentino, el único en el mundo en el que no se disputa simultáneamente ningún partido de primera, amagó con armar un torneo para 38 equipos y acaba de patentar la categoría de hinchas neutrales.
La entrada a este mundo ideal sigue teniendo la misma llave: la impunidad, la improvisación, los cambios espasmódicos, los intereses espurios...
Cuatro años después de la muerte de Marcelo Cejas, tras el partido entre Chicago y Tigre, en Mataderos, sin que se haya esclarecido y sin que haya imputados, se archivó el veto a las hinchadas visitantes en la B Nacional, que derivó de ese crimen.
A dos meses del descenso de River ante Belgrano, no hay detenidos ni procesados por los destrozos en el Monumental y en las propiedades vecinas al estadio en Núñez. Menos, por las amenazas al árbitro de ese partido, Sergio Pezzotta, que burdamente no fueron filmadas por el circuito de TV del club.
Muchos de quienes provocaron esos destrozos, como premio, pueden viajar por el país siguiendo a River. Mientras, otra agresión con arma blanca entre socios del club en los quinchos del Monumental acaba de ser denunciada.
Un operativo récord, con 2200 agentes, no pudo garantizar el orden ese 26 de junio. Ahora sí se promete que, con los mismos protagonistas en escena, habrá seguridad.
El descenso de River motivó la injerencia del gobierno nacional. Tanto alteró la estructura del fútbol argentino, el único en el mundo en el que no se disputa simultáneamente ningún partido de primera, amagó con armar un torneo para 38 equipos y acaba de patentar la categoría de hinchas neutrales.
La entrada a este mundo ideal sigue teniendo la misma llave: la impunidad, la improvisación, los cambios espasmódicos, los intereses espurios...
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lunes, 22 de agosto de 2011
A palabras necias...
Para soloscontratodos.com.ar
Desde España, uno de esos señoritos bienpensantes que tenemos también por acá, horrorizado por el célebre acto barbárico del piquete de ojos de Mourinho, decidió que lo más conveniente sería comparar la agresión con las costumbres que se le adjudican a un equipo sudaca, pobretón y sucio. Sí, el hombre, periodista de El País, abrió el maletín y sacó un par de lugares comunes para pegar en su artículo, de esos añejos, motivados por la envidia del establishment derrocado, de esos que hicieron de Estudiantes de La Plata el representante del antifútbol sin que se necesite comprobar más. Las líneas que nos dedicó José Samano, que seguramente pretendía admiración ante su conocimiento vasto del deporte, lo puso en evidencia como un prejuicioso y, en definitiva, un ignorante.
En seguida el pincherío virtual inundó la casilla del diario con indignadas palabras: el nuestro es un pueblo muy orgulloso de su historia, y sintió en la mención despreocupada del periodista una afrenta no a la fama del club sino a los valores que defiende y, sobre todo, a próceres como Don Osvaldo Zubeldía, sanísimo tipo de una humildad enorme y una moral del trabajo que dignificó un fútbol de vagos, y un cacho de historia del fútbol. Nadie admite su revolución y su legado, porque proviene de los márgenes de la hegemonía argentina y mundial; pero todos practican hoy su fútbol. Todo esto obviaba el ignorante Samano con un par de líneas despreocupadas para cancherear y hacerse el indignado ante cosas que pasan en el fútbol.
Sin embargo, más allá del escozor que genera que un diario de la tirada de El País propague calumnias mitológicas (y ya envejecidas para cualquiera que sepa un poquito de fútbol), a esta altura cabe decir que más que indignarse habría que aceptar un hecho viejo como el fútbol (el ninguneo al club), reírse ante el atraso que promueve parte del periodismo e, incluso, sentir una grata alegría. Después de todo, ¿qué mejor que ser todo lo contrario a lo que el Real Madrid de Samano, ese otro mito de caballerosidad y gloria, es en realidad? No puede creerse que el periodista ignore los lazos franquistas del equipo, que tantos títulos por decreto le dieron. El Real Madrid es la hegemonía rica, corrupta. Ayer y hoy, cuando adeuda cientos de millones en un país en llamas pero cuenta con la protección de los popes. El Real Madrid es todo lo que Estudiantes no quiere ser: un club con más billetera que identidad, con un supuesto paladar negro a costa del robo de las canteras ajenas. Y sobre todo, protegido por el periodismo, que disemina el mito de un Madrid protector de las buenas costumbres, caballero cruzado contra la barbarie, siempre vestido de un impoluto blanco. El mito que el autor de la nota pretende continuar perpetuando no es sino el discurso mediante el cual se sostiene el dominio del Real Madrid y también mediante el cual se maquillan sus muchas miserias: el mito de un fútbol bello y artístico. Por supuesto, en fútbol en el cual los reos muchachos de los pueblos bárbaros de América no pueden ganar, a menos, claro, que utilicen “argucias”.
Si Estudiantes lidió toda la vida contra estos prejuicios, ¿deberían importarle las palabras de este ignorante hombre que aprecia el fútbol desde el panorama del espectáculo de los millones? Aunque sea difícil por momentos medir las reacciones, no debe Estudiantes caer en la trampa, volver a discutir una dicotomía inventada, darle espacio y validez a teorías limitadísimas, mentirosas, tendenciosas. La palabra de los que no son verseros (por caso, Perfumo, jugador de mil batallas, que sabe lo que dice, y que escribió recientemente una nota de desagravio al Pincha de Zubeldía; o el propio Barcelona, que la pasó mal ante un Estudiantes que lo maniató sin “argucias” y con mucha inteligencia) lejos está de ningunear los logros y la riquísima historia de un club rebelde y siempre malentendido. Entonces, a palabras necias, oídos sordos. Porque así es nuestra historia, y así lo seguirá siendo: no vendemos diarios, no tenemos millones de hinchas que definan una elección, no somos una vidriera al mundo y no nos interesa jugar para dar un espectáculo para zares del petróleo y sus novias enfundadas en abrigos de piel. Por eso, nos van a seguir pegando cada vez que asomemos la cabeza, nos va a seguir bastardeando ignorantes que manipulan la opinión de las personas cuando se amenaza el orden de las cosas. Si nos detenemos a pelear cada una de estas batallas, sencillamente, vamos a perder demasiado tiempo en pavadas.
Desde España, uno de esos señoritos bienpensantes que tenemos también por acá, horrorizado por el célebre acto barbárico del piquete de ojos de Mourinho, decidió que lo más conveniente sería comparar la agresión con las costumbres que se le adjudican a un equipo sudaca, pobretón y sucio. Sí, el hombre, periodista de El País, abrió el maletín y sacó un par de lugares comunes para pegar en su artículo, de esos añejos, motivados por la envidia del establishment derrocado, de esos que hicieron de Estudiantes de La Plata el representante del antifútbol sin que se necesite comprobar más. Las líneas que nos dedicó José Samano, que seguramente pretendía admiración ante su conocimiento vasto del deporte, lo puso en evidencia como un prejuicioso y, en definitiva, un ignorante.
En seguida el pincherío virtual inundó la casilla del diario con indignadas palabras: el nuestro es un pueblo muy orgulloso de su historia, y sintió en la mención despreocupada del periodista una afrenta no a la fama del club sino a los valores que defiende y, sobre todo, a próceres como Don Osvaldo Zubeldía, sanísimo tipo de una humildad enorme y una moral del trabajo que dignificó un fútbol de vagos, y un cacho de historia del fútbol. Nadie admite su revolución y su legado, porque proviene de los márgenes de la hegemonía argentina y mundial; pero todos practican hoy su fútbol. Todo esto obviaba el ignorante Samano con un par de líneas despreocupadas para cancherear y hacerse el indignado ante cosas que pasan en el fútbol.
Sin embargo, más allá del escozor que genera que un diario de la tirada de El País propague calumnias mitológicas (y ya envejecidas para cualquiera que sepa un poquito de fútbol), a esta altura cabe decir que más que indignarse habría que aceptar un hecho viejo como el fútbol (el ninguneo al club), reírse ante el atraso que promueve parte del periodismo e, incluso, sentir una grata alegría. Después de todo, ¿qué mejor que ser todo lo contrario a lo que el Real Madrid de Samano, ese otro mito de caballerosidad y gloria, es en realidad? No puede creerse que el periodista ignore los lazos franquistas del equipo, que tantos títulos por decreto le dieron. El Real Madrid es la hegemonía rica, corrupta. Ayer y hoy, cuando adeuda cientos de millones en un país en llamas pero cuenta con la protección de los popes. El Real Madrid es todo lo que Estudiantes no quiere ser: un club con más billetera que identidad, con un supuesto paladar negro a costa del robo de las canteras ajenas. Y sobre todo, protegido por el periodismo, que disemina el mito de un Madrid protector de las buenas costumbres, caballero cruzado contra la barbarie, siempre vestido de un impoluto blanco. El mito que el autor de la nota pretende continuar perpetuando no es sino el discurso mediante el cual se sostiene el dominio del Real Madrid y también mediante el cual se maquillan sus muchas miserias: el mito de un fútbol bello y artístico. Por supuesto, en fútbol en el cual los reos muchachos de los pueblos bárbaros de América no pueden ganar, a menos, claro, que utilicen “argucias”.
Si Estudiantes lidió toda la vida contra estos prejuicios, ¿deberían importarle las palabras de este ignorante hombre que aprecia el fútbol desde el panorama del espectáculo de los millones? Aunque sea difícil por momentos medir las reacciones, no debe Estudiantes caer en la trampa, volver a discutir una dicotomía inventada, darle espacio y validez a teorías limitadísimas, mentirosas, tendenciosas. La palabra de los que no son verseros (por caso, Perfumo, jugador de mil batallas, que sabe lo que dice, y que escribió recientemente una nota de desagravio al Pincha de Zubeldía; o el propio Barcelona, que la pasó mal ante un Estudiantes que lo maniató sin “argucias” y con mucha inteligencia) lejos está de ningunear los logros y la riquísima historia de un club rebelde y siempre malentendido. Entonces, a palabras necias, oídos sordos. Porque así es nuestra historia, y así lo seguirá siendo: no vendemos diarios, no tenemos millones de hinchas que definan una elección, no somos una vidriera al mundo y no nos interesa jugar para dar un espectáculo para zares del petróleo y sus novias enfundadas en abrigos de piel. Por eso, nos van a seguir pegando cada vez que asomemos la cabeza, nos va a seguir bastardeando ignorantes que manipulan la opinión de las personas cuando se amenaza el orden de las cosas. Si nos detenemos a pelear cada una de estas batallas, sencillamente, vamos a perder demasiado tiempo en pavadas.
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domingo, 21 de agosto de 2011
En construcción
Para soloscontratodos.com.ar
Un punto de nueve alarma a cualquier equipo. Mas si, combinado con la racha de arrastre de la era Berizzo, la sumatoria deja un sangriento derroche del prestigio conseguido con muchísimo esfuerzo hecho de rachas cortadas, sei s partidos sin victorias y una sequia de gol que traspasa los limites de lo “normal” y la “suerte”. Las voces empiezan a sonar irritadas por la radio y los foros, los hinchas charlan preocupados y la paciencia se colma. En épocas electorales, se trata además de un combo ideal para manipular votos.
Pero no evadamos el bulto. Es cierto que Estudiantes aun no se halla. Algunas explicaciones pueden encontrarse, efectivamente, en lo que viene de arrastre: un plantel que cambio bruscamente, con la partida de los jugadores a préstamo y la llegada (en mi opinion en demasiada cantidad, innecesariamente: se imponia un plantel corto y concise) de refuerzos que aun se hayan aclimatándose. Estudiantes, se sabia, no la iba a pasar bien en las primeras fechas: poco rodaje, varios jugadores sin futbol, muchas caras nuevas, una fisonomía indefinida en general, a lo cual se sumaba un inicio de torneo con tres rivales de los duros, hacia que en la mente del hincha racional el panorama para el inicio de año no fuera alentador. Sin embargo, siempre el optimismo hace pensar que por más duro que fuera, un triunfo se va a conseguir, y con un empate Estudiantes andaría acomodado, trabajando tranquilo en pos de formar las sociedades que necesita.
Pero la suerte, necesaria en este arranque complicado, le dio la espalda: dejó puntos en Rosario por no convertir las que tuvo (en rigor, fueron pocas, y pudo también perderlo, pero como examen inicial fue aprobado) y no revalidó aquel empate en el Parque Independencia con un triunfo de local. Ante un San Lorenzo timorato, Estudiantes cayó en la doble trampa, se embarulló arriba y se regaló abajo. Dos desconcentraciones le dieron la victoria a los de Boedo, mientras en el arco de enfrente se echaban a perder las pocas chances de gol creadas. Un paso atrás.
En relación a ambos partidos, Estudiantes jugó muy bien ante Independiente. Todavía con problemas de identidad. El esquema sabelliano sirvió para que los laterales, Mercado e Iberbia, pesen más de lo que lo venían haciendo hasta aquí. Estudiantes ganó un poco de frescura en sus ataques, aunque continuó los ataques un tanto lineales y lerdos. Está claro que falta explosión, y si bien la apuesta es Carbonero, el morocho ha dado muestras claras de que está verde: se embarulla, se choca con Mercado, se mufa. Esperan Mariano González, potencialmente menos explosivo, pero criterioso, Galván, José Luis Fernández y Coria: quizás sea la hora de que el joven cafetero entre en los segundos tiempos para cambiar el ritmo, y no arriesgarse a un quemo tempranero. Lo que sí debe empezar a aparecer es una base: la falta de sociedades, el desconocimiento entre los jugadores, el choque de posiciones, desaceleran todo ataque. Estudiantes tiene la pelota, pero siempre juega a dos tiempos: la para, mira, y recién toca. Sin sociedades y sin desequilibrio, es difícil ser profundo, sorpresivo. La convocatoria de medio equipo titular no es un buen dato para la conformación necesaria de un equipo sólido y fluido.
Y sin embargo, aparecieron los primeros indicios de naturalidad en el juego contra Independiente: con uno menos y varios suplentes, es cierto, pero es un dato alentador. La sustancial mejora en el juego, con el cambio de esquema y los asomos de pequeñas sociedades entre Benítez, Iberbia, la Gata y Mercado, no alcanzaron. Todos vieron la mufa increíble que impidió que Estudiantes convierta el sábado, pero el problema viene de antes y Boselli claramente necesita tranquilizarse y, sobre todo, marcar. Con los goles marrados por él, Estudiantes hubiese matizado largamente sus yerros, que ahora se agigantan en la prensa, y también en la cabeza del plantel.
Sin gol en el área del rival, Estudiantes al menos debería asegurarse el cero con su idea cada vez más clara y mejor ejecutada de tener la pelota. Pero le llegan y le hacen daño. Russo marra al dejar de último al Chavo, contra un delantero picante como Pérez y con dos centrales más aptos para la tarea como Cellay y Ré (no se necesitaba altura, sino velocidad). El Chavo quedó pagando porque contra el Negro iba a ser acierto y error, y Villar volvió a dejar dudas. Le patearon cuatro veces y Estudiantes sumó dos derrotas. El Pincha no marca y le marcan fácil. Domina, cada vez de modo más claro, pero falla en los ítems relevantes. Falta esa intensidad que aparece cuando el equipo está verdaderamente concentrado, con el instinto asesino a flor de piel.
Los resultados no acompañan y las declamaciones, siempre fáciles, no tardan en llegar. El torneo no está ni remotamente perdido, con las chances que suele dar al competencia y la doble competencia de los candidatos. Pero es cierto que el arranque es malo, y para colmo asoma en el horizonte una seguidilla de partidos entre los cuales se jugará Estudiantes el pase a octavos de la Sudamericana. Es un mes clave. Los jugadores se percataron. No les gusta no jugar por nada. Con sus dudas a cuestas, se llevó puesto a Independiente. Estudiantes está vivo. Pero todavía le falta crecer.
Un punto de nueve alarma a cualquier equipo. Mas si, combinado con la racha de arrastre de la era Berizzo, la sumatoria deja un sangriento derroche del prestigio conseguido con muchísimo esfuerzo hecho de rachas cortadas, sei s partidos sin victorias y una sequia de gol que traspasa los limites de lo “normal” y la “suerte”. Las voces empiezan a sonar irritadas por la radio y los foros, los hinchas charlan preocupados y la paciencia se colma. En épocas electorales, se trata además de un combo ideal para manipular votos.
Pero no evadamos el bulto. Es cierto que Estudiantes aun no se halla. Algunas explicaciones pueden encontrarse, efectivamente, en lo que viene de arrastre: un plantel que cambio bruscamente, con la partida de los jugadores a préstamo y la llegada (en mi opinion en demasiada cantidad, innecesariamente: se imponia un plantel corto y concise) de refuerzos que aun se hayan aclimatándose. Estudiantes, se sabia, no la iba a pasar bien en las primeras fechas: poco rodaje, varios jugadores sin futbol, muchas caras nuevas, una fisonomía indefinida en general, a lo cual se sumaba un inicio de torneo con tres rivales de los duros, hacia que en la mente del hincha racional el panorama para el inicio de año no fuera alentador. Sin embargo, siempre el optimismo hace pensar que por más duro que fuera, un triunfo se va a conseguir, y con un empate Estudiantes andaría acomodado, trabajando tranquilo en pos de formar las sociedades que necesita.
Pero la suerte, necesaria en este arranque complicado, le dio la espalda: dejó puntos en Rosario por no convertir las que tuvo (en rigor, fueron pocas, y pudo también perderlo, pero como examen inicial fue aprobado) y no revalidó aquel empate en el Parque Independencia con un triunfo de local. Ante un San Lorenzo timorato, Estudiantes cayó en la doble trampa, se embarulló arriba y se regaló abajo. Dos desconcentraciones le dieron la victoria a los de Boedo, mientras en el arco de enfrente se echaban a perder las pocas chances de gol creadas. Un paso atrás.
En relación a ambos partidos, Estudiantes jugó muy bien ante Independiente. Todavía con problemas de identidad. El esquema sabelliano sirvió para que los laterales, Mercado e Iberbia, pesen más de lo que lo venían haciendo hasta aquí. Estudiantes ganó un poco de frescura en sus ataques, aunque continuó los ataques un tanto lineales y lerdos. Está claro que falta explosión, y si bien la apuesta es Carbonero, el morocho ha dado muestras claras de que está verde: se embarulla, se choca con Mercado, se mufa. Esperan Mariano González, potencialmente menos explosivo, pero criterioso, Galván, José Luis Fernández y Coria: quizás sea la hora de que el joven cafetero entre en los segundos tiempos para cambiar el ritmo, y no arriesgarse a un quemo tempranero. Lo que sí debe empezar a aparecer es una base: la falta de sociedades, el desconocimiento entre los jugadores, el choque de posiciones, desaceleran todo ataque. Estudiantes tiene la pelota, pero siempre juega a dos tiempos: la para, mira, y recién toca. Sin sociedades y sin desequilibrio, es difícil ser profundo, sorpresivo. La convocatoria de medio equipo titular no es un buen dato para la conformación necesaria de un equipo sólido y fluido.
Y sin embargo, aparecieron los primeros indicios de naturalidad en el juego contra Independiente: con uno menos y varios suplentes, es cierto, pero es un dato alentador. La sustancial mejora en el juego, con el cambio de esquema y los asomos de pequeñas sociedades entre Benítez, Iberbia, la Gata y Mercado, no alcanzaron. Todos vieron la mufa increíble que impidió que Estudiantes convierta el sábado, pero el problema viene de antes y Boselli claramente necesita tranquilizarse y, sobre todo, marcar. Con los goles marrados por él, Estudiantes hubiese matizado largamente sus yerros, que ahora se agigantan en la prensa, y también en la cabeza del plantel.
Sin gol en el área del rival, Estudiantes al menos debería asegurarse el cero con su idea cada vez más clara y mejor ejecutada de tener la pelota. Pero le llegan y le hacen daño. Russo marra al dejar de último al Chavo, contra un delantero picante como Pérez y con dos centrales más aptos para la tarea como Cellay y Ré (no se necesitaba altura, sino velocidad). El Chavo quedó pagando porque contra el Negro iba a ser acierto y error, y Villar volvió a dejar dudas. Le patearon cuatro veces y Estudiantes sumó dos derrotas. El Pincha no marca y le marcan fácil. Domina, cada vez de modo más claro, pero falla en los ítems relevantes. Falta esa intensidad que aparece cuando el equipo está verdaderamente concentrado, con el instinto asesino a flor de piel.
Los resultados no acompañan y las declamaciones, siempre fáciles, no tardan en llegar. El torneo no está ni remotamente perdido, con las chances que suele dar al competencia y la doble competencia de los candidatos. Pero es cierto que el arranque es malo, y para colmo asoma en el horizonte una seguidilla de partidos entre los cuales se jugará Estudiantes el pase a octavos de la Sudamericana. Es un mes clave. Los jugadores se percataron. No les gusta no jugar por nada. Con sus dudas a cuestas, se llevó puesto a Independiente. Estudiantes está vivo. Pero todavía le falta crecer.
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jueves, 18 de agosto de 2011
El mito de la bondad del Barcelona
¿Por que habrá dejado Mourinho el Inter? Equipo de hombres hermanados, una unión invencible contra todo, sus jugadores lo hubieran seguido hasta sumergirse con él en lava volcánico. Y misteriosamente salir indemnes.
Su paso erróneo, ya discutido en este espacio, no puede ser fruto de una decisión económica: Mou cambió de escuadra porque su obsesión con derrotar al Barcelona lo ciega de las perspectivas. A veces esa obsesión enciende el fuego sagrado, y a veces lo quema todo.
Barcelona es para Mourinho el estandarte de un fútbol bello, elegante, reservado para elegidos, en las antípodas de su concepción socialista del juego, donde todos pueden jugar y donde todos deben jugar de todo. Luego, es también un equipo de insoportable buena imagen, que considera lindante con la hipocresía. Pero todo esto es posterior a la realidad: Mourinho quiere vencer al Barcelona, sencillamente, porque son los mejores, y él apunta a ser el mejor, meta lógica en cualquier deporte. Lejos de la corrección política, Mourinho no siente que tiene que disculparse ante nadie por querer vencer a “los Buenos” y no rendirse ante su superioridad.
Ese hombre desembarcó en el Madrid hace un año ya. Arrancó con una goleada en contra, pero poco a poco fue transmitiendo juego e ideales a sus muchachos. El Real Madrid es hoy el equipo que mejor le juega al Barcelona. Lo hace, curiosamente, con un equipo más barato que el que supo perder siempre contra los culés, en eras pasadas, menos estelar y más utilitario. De hecho, el absoluto individualismo de Cristiano Ronaldo aparece como un problema, por momentos, para el juego del equipo merengue. Mou logró una transformación mental, que acompañó con una revolución táctica que determinó la salida de Valdano y las críticas de los puritanos. Su equipo se llevó la Copa del Rey, pero cayó en todas los demás enfrentamientos. Mourinho dejó de ser la sombra negra del Barcelona, y su figura controversial ahora sirve de inspiración para la banda blaugrana: se lo quieren comer crudo.
Las derrotas se apilaron y la rebeldía del equipo merengue tornó frustración: creyeron en la victoria, solo para seguir siendo derrotados. Hoy Real Madrid es un equipo psicológicamente dominado: no importa cuan bien juegue, cuan controlado esté el partido, el gol ganador, agónico, heroico, siempre lo convierte su eterno rival. Y la frustración para un equipo de tan alto perfil, con un entrenador de tan alto perfil, se vuelve insoportable: el orgullo mancillado deviene en patadas y peleas como último recurso para defender la hombría. Las tanganas muestran el espíritu de fuego del Madrid, pero a la vez la voluntad incinerada, derrotada. El rigor necesario para frenar a los petisos se vuelve impotencia.
La culpa no es de Mou: Real Madrid es un equipo estructuralmente acostumbrado a la victoria fácil, desde la individualidad y no el trabajo. Acostumbrado a la solución crack antes que la solución colectiva. Pero con cracks no alcanza, contra un equipo de cracks que juegan colectivamente. Mourinho intenta de a poco cambiar la política de fichajes del club, derrochadora y marketinera, para instaurar compras más útiles al equipo. Sacar a Valdano del medio fue un triunfo. Pero sigue sin alcanzar.
Es que Barcelona es, lamentablemente para nosotros, el más grande. Se reniega a dejar el uno, cuando todos sabemos que lo fácil es llegar y lo difícil repetir: siempre hay un competidor más joven, más fresco, más ambicioso. Pero el equipo de Guardiola los despacha a todos con claridad. Ya no es joven, pero a los jóvenes y su impulso de frescura los detiene con su sabiduría. Espera los partidos contra el Madrid, para transpirar, para acallar las voces que desde la dicotomía fácil acusan al equipo de lujoso sólo por no ser exigido: ahí aparecen estos insoportables para demostrar que, además, tienen bolas.
Por supuesto, su perfección dista de ser tal: vulnerable futbolísticamente como quedó demostrado, también ellos perdieron la cordura durante varios momentos del partido, provocando y dejándose provocar. La tangana fue mutua, con agresiones físicas hacia Mourinho, hoy otra vez demonizado, pero meramente un actor más en una pelea entre varios. Esto no tuvo demasiada cobertura en los medios, claro: la imagen impoluta del equipo de Guardiola es sagrada para los periodistas, más preocupados para afiliarse al mito del Barcelona superganador y superbueno que por analizar el juego. Esa afiliación no es otra cosa que exitismo, el mismo que consideran amoral en José Mourinho: se adhieren al Barcelona no porque haya tenido la propaganda de Unicef, o porque haya sido un modelo de club, sino porque gana. Su alianza al Barcelona los hace sentirse parte, defensores, de algo valioso, pero es valioso desde que es ganador. Por lo demás, no son realmente aliados, sino instrumentos del Barcelona para diseminar sus hazañas. Nos explayamos.
Recientemente subimos al blog lo que escribiera Varsky sobre la confrontación entre héroes y villanos. Para JPV, gran analista de virtudes y defectos de ambos, se trató meramente de un juego narrativo, pero son muchos los que se toman la villanidad del Real Madrid en serio, incluso en España. Nos obligan a leer que Mourinho mata el fútbol, cuando gracias a él se discute una hegemonía, una tiranía, se equiparan las chances. Para colmo, en estas descripciones del Madrid de Mou suele hacerse referencia al viejo e impoluto Madrid. Pero aquel equipo tenía lazos con el franquismo, y no era otra cosa que un depredador de cracks ajenos. Lo cual nos hace pensar.
Barcelona no es realmente un club modelo. Adeuda millones como cualquier club, aunque pueda pagarlos, y si bien trabaja mucho con el fútbol base, muchos de sus juveniles son jugadores secuestrados de canteras ajenas. También ellos son aves rapaces, colonialistas, que imponen desde la hegemonía un modelo de lo bueno que incluye, por supuesto, un modo “bueno” de jugar al fútbol. Por comparación, los modos que no sean ese, son malos, aunque jugar de ese modo contra el Barcelona lleve inexorablemente a la derrota. El Barcelona, desde el poder económico y deportivo, creó esta fachada de bondad y arte que se torna insoportable porque todos los medios la compran y la diseminan. Es difícil soportar la ceguera voluntaria del periodismo, este miércoles ante las provocaciones mutuas (propias de cualquier duelo picante, para nada censurables), pero también en tantas otras ocasiones (por ejemplo, negar un penal claro como el de Valdes a Cristiano Ronaldo, cuando la repetición ponía en pantalla un manotazo voluntario para frenar al delantero). Desde sus escritorios suscriben a la moral fundada por el Barcelona y puesta por escrito por ellos, y acusan como eclesiásticos el corrimiento de la norma, la anormalidad monstruosa, manipulando la opinión del consumidor. Pronto nadie verá falta en el alevoso penal Victor Valdes a Ronaldo. Al fin y al cabo, se trata no de fútbol sino de espectáculo, de la narrativa que se vende para vender camisetas, entradas y diarios: toda dicotomía es una puesta en escena, un reduccionismo para divertir y distraer, porque ¿a quien entretiene un héroe sin su villano? Mou da el rol a la perfección, es cierto, pero su fútbol lejos está de polucionar el juego, como han afirmado en un ataque de santurrería varios periodistas.
El pase de Mou a Madrid significó un claro retroceso. Se trata nada más y nada menos que volver a tener que construir un equipo, desde cero. Y para colmo, un equipo estructuralmente pecho frío, que viene del lujo y la opulencia. En medio de ese camino, son varios los cachetazos al ego sufridos: la temporada arrancó otra vez con una frustración para el equipo que desembolsa millones y gana cero. ¿Servirá la frustración para apuntalar a un equipo golpeado? Da la sensación de que, de no ser así, será la última temporada de Mourinho al frente del Real.
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