miércoles, 29 de agosto de 2012

La cleptocracia del fútbol, protegida

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La situación era ya obscena de lo evidente. El gobierno salavaba con sus crecientes millones año tras año al fútbol, que se volvía a endeudar con una velocidad pasmosa. El salvataje inicial, que volvía las cuentas de los clubes a cero, duró un suspiro: para fines de 2009 los clubes habían vuelto a su deuda inicial y en algunos casos hasta la habían aumentado, utilizando el dinero del salvataje para continuar con negocios turbios y el vaciado de los clubes que, por perseguir la figurita de moda y el título que todo lo tape, perpetuaban el círculo vicioso de la adquisicón compulsiva de jugadores, muchos por meses apenas y sin ningún beneficio económico por mostrarlos. No hace falta, en definitiva, ser economista para entender que si un club endeudado trae media docena de jugadores se endeudará más. No hace falta ser un especialista tampoco para comprender que se llega así a una rueda difícil de detener.

El dinero estatal llegó hace ya tres años con pocos hilos atados hasta recientemente. El libre albedrío de AFA continuó, y también las políticas de seguridad deportiva. Cuesta creer que fue la simple eclosión de absolutamente todo lo que llevó al Estado a tomar intervención activa en su inversión deportiva mayoritaria. Pero seguramente la obscenidad de las triangulaciones de este mercado de pases (especialmente el caso Botinelli, que quedó libre y llegó a River sin embargo desde un club uruguayo, llevándose buena tarasca por la maniobra) y las constantes bataholas entre barras tuvieron que ver con la reacción tardía del gobierno nacional.

Todo sugiere, sin embargo, que se trata no solo de decisiones tardías sino superficiales, pour la gallerie: mientras la AFIP investiga apenas los pases de este año y sigue sin meterse demasiado en las cuentas de los clubes, ya comienzan a destrabarse varios casos a partir del pago voluntario de los impuestos que quisieron eludir los protagonistas (jugadores, clubes y representantes que eligieron inscribirse en los paraísos uruguayos y chilenos, donde no hay casi retención impositiva; no se trata en verdad de un delito, como ya afirmó el juez de la causa penal).

En materias de seguridad, el Aprevide, reemplazante del terrible Coprosede que afrontó numerosas causas de complicidad en hechos de violencia, es hasta ahora un cambio de nombre que no propone políticas nuevas y sigue con los mismos y obsoletos sistemas que solo resaltan la connivencia de los infinitos policías destinados a custodiar los encuentros para con los barras. Su debut no pudo haber sido peor: hubo una oleada de incidentes inédita para un inicio de campeonato que incluyó a River, Chicago, Belgrano, Independiente y, claro, el estallido de la interna de Boca en pleno camino a Santa Fe.

Ante el pico de violencia, el gobierno pidió “un listado de barras” a los clubes. Con este pedido se salva rostro y se evita hablar del espinoso tema de la ligazón entre barras y política: es sabido, e incluso ha sido capturado en imágenes (por ejemplo, todos recuerdan a Bebote, jefe del Rojo, tirando tiros en aquel acto peronista de 2008), que los barras son durante la semana punteros políticos y que éstos, muy seguido, bancan sus viajes a cambio de banderas que no hacen sino evidenciar el vínculo. El organismo debutante, en tanto, sigue sin hacerse cargo de su trabajo y se dedica meramente a atribuir multitudinarios y futiles operativos para los encuentros en lugar de a investigar: porque, es claro, la responsabilidad del tema barras es una cuestión, como cualquier problema delictivo, de la que se tiene que encargar la policía, a lo sumo con las directivas de un organismo especializado como pretende ser el Aprevide. En lugar de ello se pone el peso en la complicidad de los dirigentes: está claro que son amigotes, pero no tienen ninguna responsabilidad de velar por la seguridad ciudadana o investigar y destapar la mafia de las hinchadas si no lo desean. En todo caso, ellos deberían ser investigados: por la Justicia y, quedó dicho, por la AFIP: porque en el juego del dinero que se lava y las comisiones que se pasan por debajo de la mesa, también están metidos los barras.

La cuestión es que el beneficio de las triangulaciones va más allá de la irregularidad de los pases que investiga la AFIP. Los jugadores, en absoluto inocentes, quedan libres adrede ante la tentativa chance de aprovechar un pase ficticio y llevarse muchísimo más dinero que si el pase lo realizara un club real y tocara sólo un porcentaje. Los equipos venden, por supuesto, con menor carga impositiva. Pero además las instituciones aprovechan la absoluta irregularidad de estos pases para equilibrar balances (River compró a Bottinelli a 2 millones, pero pagará 500 mil dólares en unos días para evitar incluir el monto total en el balance de la temporada), recibir porcentajes (el jugador libre se lleva gran cantidad del dinero del pase ficticio y reparte el resto entre el club que presta su nombre y, claro, representantes y dirigentes cómplices) y asentar valores ficcionales por pases (un jugador libre e inscripto en un club ficcionalmente puede ser adquirido por menos plata de la que se dice, permitiendo así lavar dinero). Se trata, además de un grave perjuicio para los clubes con la finalidad de engordar las billeteras propias, de un enriquecimiento ilícito que la AFIP no parece perseguir: va detrás del dinero de los impuestos y la fuga de dólares, la agenda principal del gobierno nacional para afrontar la crisis. Toda intención positiva de controlar un organismo corrupto y putrefacto queda desvirtuada al evidenciarse los motivos ocultos detrás de las medidas mediáticamente simpáticas pero en absoluto profundas tomadas por el gobierno.

Al insistir en proteger esa isla de legislaciones paralelas que constituye el fútbol nuestro, seguramente el tema se archive en un par de semanas: el sueño de ir a fondo contra las fraudulentas administraciones que vacían nuestro fútbol y se aprovechan de las asociaciones sin fines de lucro para lucrar ellos se desvanecerá. Por supuesto que deseamos que no sea así: pero el fútbol se constituye cada vez más en un universo paralelo que escapa a todo control. La triangulación en el fútbol lleva décadas, y luego de tres años de Fútbol para Todos, la intervención llegó solamente cuando los intereses recaudadores de Nación se notificaron de la atroz fuga de divisas que representaba el mercado de pases: no se puede ser tan bienpensante como para obviar esta evidente verdad. Tampoco se puede evitar pensar, por ende, que las señales de que, finalmente, “todo pasará”, son señales de que todo ha cambiado para que nada cambie: la cleptocracia del fútbol argentino sigue siendo protegida desde arriba. Contra el poderoso fútbol (y sus poderosos hombres) nadie osa ir: ojalá estemos equivocados.

martes, 28 de agosto de 2012

Estudiantes se busca


Tras sinuosas cuatro fechas, Estudiantes parece estancado. Fueron cuatro fechas donde se alternaron buenas con malas, ilusiones con decepciones, pero donde a fin de cuentas el equipo de Cagna no terminó de despegar. Ayer jugaba un muy buen primer tiempo cuando un contraataque de Colón mostró la fragilidad del Pincha y cambió el partido. El pecado original que parece determinar el andar del albirrojo en este torneo parece ser cierta ingenuidad táctica defensiva, que deja demasiada cancha y que ni siquiera el veloz Angeleri, el experimentado Chavo o la prestación constante de Ré pueden resolver.

Pero tampoco es que Estudiantes se desprotege a cuesta de un ataque voraz: lleva cuatro goles en cuatro partidos, promedio que lo obliga, al menos, a defenderse fuerte para ganar y, por supuesto, a no cometer las ingenuidades de los dos partidos de local: pelotas paradas cerca del área, manos, marcas laxas y distraidas... Hemos analizado esto hace un par de semanas, cuando tirar el offside en mediacancha con Desábato y Alayes de centrales le costó el partido ante un equipo que, diga lo que diga la historia, es de flojito para abajo, como demostró su paupérrimo encuentro ante San Lorenzo, otro candidatazo a la nada. La victoria en Boedo sigue valiendo tres puntazos, pero la mejoría de aquel encuentro no fue la pintada: el rival hizo lo suyo y el Pincha tuvo la pelota, pero nunca fue peligroso.

Lo mismo ocurrió anoche, donde tras un primer tiempo de bastante movilidad, combinaciones riquísimas y la constante insinuación de peligro, Estudiantes registraba solo dos jugadas de peligro. Colón, con la mitad, tenía un gol. Terminaría con dos goles habiendo pateado dos veces al arco. Además de una verdadera bestia negra, el Sabalero es en verdad largamente el mejor rival que ha enfrentado Estudiantes esta temporada, como lo demuestra su posición en la tabla... y tampoco (con un partido entresemana en el lomo, es cierto) hizo demasiado en el estadio Ciudad: el torneo está para el que más rápido cierre filas y, mancomunado, se crea capaz de quedarse con todo y robe los puntos que el resto despilfarra falto de convicción.

Es cierto que vale la intención de juego que muestra el equipo de Cagna. También que Román Martínez (ausente ayer por el destape de las triangulaciones) aportó algunas pinceladas nomás, Jara sigue verde y Braña aún continúa atado a su rol de marca, lejos de aquellos partidos exquisitos de la era Sabella: sobre ellos reposa la ilusión de volver más voluminoso el juego pincha. Además, el nuevo esquema ubica a Iberbia de lateral-volante, y con voluntad no se tiran buenos centros (del otro lado Jara sufre en el retroceso y en su irregularidad se nota su juventud). El ataque parece funcionar pero en tres cuartos de cancha agota sus variantes y se reduce a la inspiración de la Gata, la voluntad y enorme eficacia de Carrillo y el inesperado nivel alto de Núñez: ayer ellos gestaron el empate. El equipo espera la recuperación de Duvan, que tampoco es Batistuta y además está bien cubierto por el magdalenense: el problema parece estar en el funcionamiento, demasiado estático y dependiente de arrestos individuales. El esquema no terminó de solucionar los problemas defensivos pero los mejoró notablemente respecto al encuentro con River; como contrapunto, ofensivamente ofrece poco esta táctica que precisa de bandas profundas con hambre de área.

La gente mostró ayer una saludable paciencia. El hincha genérico, y hay pocos hinchas más sabedores de fútbol (el que se juega en las canchas, no en los diarios) que el de Estudiantes, veía ayer como el Pincha caía por segunda vez en cuatro fechas, las dos veces como local, y aún así empujó a un equipo que, tras el primer gol colonista, perdió paulatinamente la brújula y terminó yendo hacia adelante solo por ímpetu, sin argumentos. Empató sobre el final, pero un penal tonto de Desábato, que no modifica las conclusiones, lo dejó sin nada.

Pero el público, aún así, entendió la realidad: la transición pos Verón será dura. Estudiantes busca rellenar el enorme vacío futbolístico dejado por la Brujita no a partir de una figura mesiánica sino desde el esfuerzo colectivo: saludable superación. Es un equipo honesto, humilde, laburador, que escucha a un DT que tampoco miente y busca soluciones sin orgullos nocivos. Pero todavía no las encuentra, y tampoco encuentra Estudiantes su lugar en el torneo: la segunda derrota de local deja a los de Cagna inmersos en la irregular medianía general. El Pincha quiere sacar la cabeza del barro de mitad de tabla, pero todavía le falta. Quizás el equipo se termine de armar en estas fechas: pero si no lo hace, no debe ser motivo para la desesperación sino para mostrar paciencia y esperar resultados a un plazo más largo que 19 caprichosas fechas, coherencia que viene escaseando en los recientes proyectos futbolísticos de Estudiantes.

domingo, 19 de agosto de 2012

La conjura de los necios


Por Pedro Garay para Solos Contra Todos

Martín Caparrós, siempre entusiasmado con la polémica, no obró como lo que dicen que es. La facilidad con la que elaboró una red conceptual alrededor del fútbol asombra por lo retrógrado y caduco de sus interpretaciones. Caparrós reprodujo un discurso que ya no solo atrasa sino que cansa, enarbolado por vegestorios que siguen robando espacio gracias a sus trayectorias pero que nada comprenden de un fútbol que ha mutado y ya no puede reducirse a la alegre improvisación de los artistas del campo, románticos gambeteadores que nunca existieron más que en la nostalgia. Con prepotente seguridad y sobresimplificación ignorante este supuesto pensador prefirió declamar antes que debatir y pensar.

Desmontemos el discurso de Caparrós (volcado, como no podía ser de otra manera, en Olé), un compendio de los lugares comunes que rodean una visión conservadora y elitista del fútbol que proviene del siglo pasado. Los artistas que miran fútbol han durante años romantizado el deporte. En su absoluta aversión del “resultado”, mala palabra y sinónimo según ellos de una capitalización pecaminosa del juego puro, han pasado a defender la vereda del lirismo deportivo y a rechazar de pleno cualquier escuela tacticista. “No sé bien que hacen los técnicos”, opinó Caparrós sin ponerse colorado, pronunciando más un deseo, el de un fútbol que pertenezca a los jugadores “puros” (una idea explorada en películas románticas que datan de hace medio siglo, como El Crack y Pelota de trapo) y en el que el entorno no tenga nada que ver. Así se construyó durante décadas la dicotomía que gobierna las interpretaciones del fútbol en Argentina.

Podríamos generalizar y decir que estos artistas son en el fondo amantes de las formas antes que del contenido, y por eso prefieren piruetas improductivas a equipos sólidos: lo que resulta contradictorio es que, progresistas como dicen ser todos los artistas -y en verdad son un puñado solamente- llaman miedo a las labores colectivas, capaces de sublevarse a la jerarquía de las billeteras que rige el fútbol mundial, mucho más rebeldes y anticapitalistas que un gambetista autómata que se pierde en su propio deseo de ser mejor que todos. Iremos más allá: ¿a quién favorecen las piruetas? Al espectaculo, eso que dicen estos bienpensantes “pide la gente” pero que en realidad piden los esponsores, que atraen con sus montajes de 3 minutos de taquitos el consumo de los televidentes: no son hinchas sino consumidores de un futbol irreal y magico que se juega en una Europa ficticia donde hay partidos del Real Madrid y el Barcelona nomás, porque quien sabe quienes juegan -y como se juegan- los demas partidos.

Para Caparrós, en este fútbol jugadoril diez jugadores nada tienen que hacer, porque todo depende de Messi. Y contra Messi tampoco hay nada que hacer: el Mundial, si comprendemos esto según Caparrós, ya está ganado. Que bufones han resultado, entonces, desde Pekerman hasta el propio Guardiola, incapaz de ganar la Liga o la Champions la temporada pasada con el mago que puede solo, ¡y con otros diez magos más!.

Si Messi, cuyo peso en la Selección nadie duda, ni siquiera el mismo Pachorra, que lo resalta una y otra vez, se lesiona, el plan de juego (la labor del DT, le recordamos a Caparrós, que dice no saber cuál es) sería basicamente entrar en pánico, en lugar de ejecutar algún plan B ensayado. De hecho, ante Alemania el equipo de Sabella no fue un concierto messiánico como ante Brasil: un Messi apagado, que incluso erró un penal, acompañó una buena labor ofensiva de Argentina, con variantes en los pies de otros cracks. El análisis del partido que realizó Caparrós fue necio, cesgado, además de oportunista: aprovechó una victoria de la cual podían adueñarse sus enemigos “bilardistas” (por no haber sido 100% responsabilidad de la Pulga) para criticarlos.

Esta visión jugadorista e individualista esconde una creencia mucho más grave para un pensador progresista: la idea del don. Los pensadores románticos del fútbol, entre los cuales se encuentran tipos de la talla intelectual de Eduardo Galeano y Osvaldo Bayer, construyen un mundo futbolístico que depende de lo que se trae desde la cuna. Nada más aristocrático que este modo de pensar donde la “movilidad social” está impedida por la jerarquía natural. Los clubes chicos no tienen nada que hacer: los grandes jugadores buscarán jugar en los clubes grandes desde pequeños, y los cracks que se críen en los clubes de barrio serán inevitablemente robados por los tiburones con billetera pesada. Si en el fútbol ganasen siempre los que tienen los mejores jugadores, ganarían siempre los que más plata tienen: no habría sorpresa, eso que dicen hace al fútbol el deporte más apasionante; pero no habría, además, esperanza.

Pero el fútbol ha encontrado el modo de rebelarse a este determinismo. Por supuesto, quienes vieron desafiado su reino atacaron este modo de juego que imponía el colectivo como modo de disimular las falencias individuales: los clubes grandes fueron los primeros en declamar contra este estilo de juego mecanizado y físico, y llegaron a la opinión popular a través de la insistencia mediática, que perdía clientes con cada triunfo de Estudiantes, Chacarita y los demás sublevados. No se trata de ninguna paranoia: allí están los diarios de la época para constatar el ataque feroz que se le realizó al equipo de Zubeldía por profundizar lo planteado por el Racing campeón del mundo, que sin embargo no recibía ningún aluvión de críticas por su juego.

Tras este repaso breve de las ideas reproducidas por Caparrós, pasemos ahora sí a plantear un debate serio: por ser serio, tendrá necesariamente que despojarse de las categorías dicotómicas y fáciles con que se analiza mediáticamente el fútbol. “Bilardismo” y “menottismo” ya no corren: nadie puede ser tan ingenuo como para no trabajar la pelota parada o pensar a quien hay que marcar; y nadie puede negar que hay jugadores que rompen todos los esquemas. El Barcelona, por cierto, no pertenece a ninguna de las dos escuelas, y de hecho ningún equipo lo ha hecho más que en el bello e impoluto discurso: la realidad siempre es mucho más gris y sin dudas que la labor intelectual no consiste en poner etiquetas tranquilizadoras sino en plantear las muchas ambigüedades y los muchos prejuicios que se esconden detrás de las categorías del sentido común.

Bilardo. Bilardo es, después de todo, el concepto (porque Caparrós no habla de Bilardo técnico real sino de “bilardismo”, ficción mediática) que lleva al bigotudo pensador a ningunear a Sabella (y a todos los técnicos). Bilardo, según Caparrós, ganó un campeonato del mundo teniendo miedo. Su simplificación carece de memoria: este pais, con Maradona, con Messi y con Batistuta, quedó afuera de todo siempre desde que Bilardo dejó su cargo. Recontra fue al frente con Diegote como DT y Messi en cancha: se comió cuatro.

El miedo del que habla Caparrós es un concepto machista: es miedo a “ir al frente”. Caparrós continúa la reproducción de lugares comunes: si uno es inferior en el juego, debe “ir al frente” igual. Basicamente, ser un boludo, en lugar de buscar, a través de la inteligencia, estrategias alternativas para alcanzar la victoria. Y alternativa no tiene por qué ser inferior, y mucho menos, moralmente inferior (es decir, cagona): en definitiva, si desjerarquizamos los valores del fútbol y dejamos de ubicar la habilidad (la gambetita) en lo más alto de la escala, se puede ser mejor que otro (¡menos mal!) aún si uno es inferior en la capacidad de sorprender con magia, a través de la inteligencia y el trabajo para suplir las falencias y neutralizar al oponente técnicamente superior a través del colectivo. Se  valorizarían así no solo los diferentes estilos sino también los diferentes jugadores, que abandonan su rol súbdito y se vuelven valiosos en sí mismos, y empezaría a disolverse la teoría messiánica, la dependencia del crack que nos salvará. Sin embargo, al poner primero en el orden jerárquico del fútbol el don natural, jugar en equipo, pensar el partido tácticamente y demás “aberraciones” es de “antifútbol”. En el fútbol individualista y de machos de Caparrós, que existe solo en las ficciones, el deporte tiene lugar solo para mensurar la masculinidad, en definitiva.

En el fútbol real, en tanto, Barcelona patea los corners cortos porque no tiene jugadores altos. Planifica los partidos en la semana, y logró muchos más títulos con Guardiola que con Rijkaard, el anterior entrenador, que contó con Messi además de Ronaldinho y varios otros cracks: queda claro que el entrenador pesa. El mejor equipo de todos los tiempos enfrentó alguna vez a un equipo de Sabella: jugó la final del Mundial de Clubes de 2009 ante un Estudiantes con un equipo casi muleto, que lo venció durante 88 minutos, empató en los 90 y perdió por la mínima solo en tiempo suplementario ante un equipo que contaba con un presupuesto mil veces superior. Dos años más tarde, el Santos de Neymar “fue al frente”: se comió cuatro.

En el fútbol real han ocurrido cosas bizarras, como que Bilardo conformara un equipo ultraofensivo que consiguiera, tras una temporada deslumbrando rivales y soportando las críticas increíblemente ciegas de los medios capitalinos (otra vez, a mirar los diarios), el título Metropolitano del 82. Aquel equipo se paró con un inédito tridente de volantes ofensivos en media cancha: nada de doble cinco, nada de picapiedras, en aquel equipo monopolizaban la pelota, tiki va tiki viene, el habilidoso Bocha Ponce, el Mago Trobbiani, proveniente de Boquita, y, claro, Alejandro Sabella, crack absoluto de aquel equipo. Solamente marcaba Miguel Russo.

¿Cómo comprender semejante locura? Recordando la frase de Rinus Michels, el entrenador de Holanda durante el Mundial de 1974: “Fútbol total es lo que practicaba Zubeldía en Estudiantes”. Aquella Holanda, La Naranja Mecánica, practicaba un pressing feroz que culminaba con todo el equipo (así de extremo, como evidencian los muchos videos) llegando a mitad de cancha y dejando en offside a todos los rivales. Por los mismos atributos, la ferocidad física y la trampa del offside, el equipo de Zubeldía sigue hoy siendo denostado, mientras Holanda es el estandarte del romanticismo del fútbol. Por cierto, el fútbol que hoy practica Barcelona es heredero directo de la escuela holandesa, a través de Cruyff, quien fuera entrenador del Barsa y de Guardiola, a quien hizo debutar en 1990, y el ideador de ese proyecto de fútbol con sede en La Masía.

Pero no repitamos los errores de consagrar una visión de fútbol como la única visión y no hablemos más de “fútbol real”: no se trata sino de otra construcción. Desmitifiquemos, eso sí, las miradas  absolutamente prejuiciosas que han causado tanto retraso en nuestro fútbol y que han favorecido que se considere no planificar y no trabajar como valores positivos. El bilardismo es una religión que, es cierto, practican algunos fundamentalistas que curiosamente reproducen ideas que no reflejan en absoluto la complejidad del legado de Bilardo y su maestro, Osvaldo Zubeldía. El menottismo, su contraparte, prefiere taparse los ojos, siempre cascarrabias y criticón de nuestro fútbol y recordando una edad de oro que nunca fue. Son construcciones que ya no sirven para analizar el fútbol, que lo reducen, lo asfixian. Quienes repiten estos discursos son consumidores de narrativas y, obviamente, de lo que esas narrativas dicen de ellos: que son progresistas, que son líricos. No son amantes del fútbol, no buscan desentrañar el juego sino reducirlo a categorías que los vuelvan superiores como personas.

Queda claro que por más que uno vea 40 años fútbol, como dijo haber hecho Caparrós como constatación de su capacitación futbolística (vía twitter), no se sabe de fútbol: si no todos seríamos técnicos. Bueno, así pensamos de hecho acá, prepotentes, necios, eternos reproductores de los mismos estereotipos, siempre mirando el futbol con una mirada cesgada, que de antemano divide todo en una dicotomia que convierte a Sabella en bilardista solo por haber jugado y dirigido a Estudiantes. Sabella, quien en 2010 paró un equipo que defendía con cinco pero atacaba, gracias a sus laterales que eran volantes, con siete (¡da doce!); Sabella, que ese mismo año, antes de que todos lo criticaran por ser ultraconservador y se quedara con el título (la historia siempre se repite porque no se rompe el círculo vicioso de la interpretación maniquea), armó un equipo con (tome nota) Clemente Rodríguez, Marcos Angeleri, José Sosa, Enzo Pérez, Leandro Benítez, Juan Sebastián Verón, Gastón Fernández, Mauro Boselli y Braña pa' que marque un poco.

Sabella no sufre de esa necesidad de demostrar que es el más macho de la cuadra: él también quiere jugar con Agüero, Messi e Higuaín arriba, pero primero debe buscar una estructura que sostenga, que equilibre el equipo, una tarea ardua pero, en definitiva, su trabajo, señor Caparrós. Equilibrio es el concepto clave en el diccionario sabelliano: la búsqueda de un fútbol que sea profundo sin desprotegerse. Un ideal, es cierto, pero también un concepto hermanador que evidentemente no comprenden quienes, cuarenta años después, siguen asfixiando el fútbol con las mismas categorías caducas: evidentemente, el deporte predilecto de los argentinos no es el fútbol sino la discusión.

No es que Caparrós no sepa nada de fútbol. Caparrós elige interpretar el fútbol desde una óptica voluntariamente reducida: si todos miramos el fútbol forzosamente desde la subjetividad e intentamos corrernos de nuestros prejuicios para aprender, Caparrós elige ver el fútbol desde una perspectiva impuesta de antemano. Entonces, ya no mira lo que sucede en la cancha, lo que ha sucedido en la cancha desde que se instauraron las categorías de bilardismo y menottismo. El fútbol para él es uno, estanco durante décadas, un fútbol en el que todo depende de la genialidad de un jugador que es mejor que el resto, hagan lo que hagan los demás: en ese fútbol existe un solo rol, ser crack, el romántico que le gana a toda la miseria. El resto de los roles en el fútbol son reducidos a la nada, lo cual refleja un desconocimiento (voluntario, como quedó dicho) del juego. Esta epifanía del señor Caparrós acerca de lo único que importa en el fútbol (“complacer al Mostro”)  se le ha escapado, aparentemente, a los miles de idiotas que viven del fútbol, que contratan técnicos e intentan entrenar a lo largo y ancho del planeta.

Lo grave es que esta mirada se vuelve moral, el escenario donde se libra una batalla entre el bien, defendido por seres superiores (los intelectuales “progre” del fútbol que ningunean cualquier interpretación del juego que no sea abstracta y filosófica), y el mal: sólo que el bien es, desde esta óptica, un fútbol individualista, determinista, elitista y machista. Nuestra concepción del fútbol reproduce hoy estas valiosas ideas.

miércoles, 15 de agosto de 2012

La edificación de la paciencia

La mano de Sabella empieza a notarse. Durante los últimos cinco ciclos Argentina mostró casi siempre un momento de boludismo total y cayó en la tentación de “ir para adelante” y “ganar de guapos”. La falta de inteligencia le costó caer 0-5 con Colombia, perder ante Rumania en el 94,  quedar afuera en primera ronda por ser el menos vivo del grupo de la muerte (¡pero atacando siempre!) y, por supuesto, comernos cuatro ante este mismo equipo teutón con el que jugamos hoy, antecedente último en los enfrentamientos. La llegada de Sabella implica un intento por volver a ganar por inteligencia, que no es sinónimo de miedo sino de planificación y lógica.

Por supuesto, el gen argentino desdeña el pensamiento y el proyecto. En el primer tiempo, reconocidos periodistas pedían por las redes sociales “más ataque” y reclamaban que, tras la expulsión del golero alemán, no se notaba el 11 contra 10. Querían salir a matar al rival a costa de quedar descubiertos abajo ante un ataque sumamente dinámico y peligroso, y con una defensa claramente en proceso de construcción.
El partido del equipo albiceleste había sido bueno hasta entonces: resistió sin desesperar el inicio arrollador alemán, y cuando pasó el temblor Argentina comenzó a tener la pelota y a apretar. La superioridad argentina produjo el penal que rompió el partido: Messi lo erró, pero la expulsión modificó todo. Los argentinos reclamaban por Twitter ir pal frente: Argentina apostó a mantener el equilibrio y ganarlo por decantación. ¿Para qué atacar desenfrenadamente si la Selección gana por peso específico arriba?

Así fue. La paciencia argentina permitió no solo desgastar al equipo rival, sino evitar que los alemanes se metan atrás, lo cual hubiera resultado letal debido a las pocas alternativas de centro de la Selección: cuenta con un solo jugador más o menos alto, y no tiene wings puros ni laterales ofensivos. Con Argentina parada en el medio, Alemania tuvo la chance de salir: llegaron algunas chances, producto de la falta de solución del problema lateral, e incluso un tanto. Pero con cancha abierta, y el ingreso del Kun para explotar los espacios, lo de los argentinos rondó el festín. Fueron tres tantos, pero podrían haber sido cuatro o cinco fácilmente. Treinta minutos más tarde de que se dijera que no se notaba la diferencia y que la única manera de llegar al gol era gracias a un regalo rival, Argentina, absolutamente superior contra los pronósticos de los impacientes, bailaba en Frankfurt.

Por supuesto, es una victoria valorable pero no deja de ser un encuentro amistoso jugado con dos o tres días de entrenamientos y marcado por una expulsión, que deja además algunas alarmas en defensa. Pero lo valorable es que Argentina comienza a tener una identidad: paciente y cada vez más fuerte como equipo, se empieza a formar una selección dura, que por lo menos no perderá por boludismos.

domingo, 12 de agosto de 2012

TST: modas, anacronismos, errores

Para Solos Contra Todos

El ataque de Estudiantes no preocupa. Al menos, no tanto: cuando apremió el resultado y apareció la necesaria rebeldía, el equipo demostró que tiene nombres e ideas para vulnerar a cualquiera. La sociedad Fernández-Martínez, el desnivel esporádico de Núñez y lo que sume Jara, Hoyos o quien sea el elegido generó durante algunos pasajes del segundo tiempo triangulaciones profundas que desnudaron las limitaciones del rival e incluyeron un gol anulado y un mano a mano marrado por la Gata al borde del área chica. Solamente hace falta esperar que se sostenga paulatinamente la intensidad durante más pasajes y que, con el correr de los partidos, el ataque levante vuelo.

Pero lo del Pincha atrás preocupa al talibán albirrojo: ¿cómo va a tirar el achique Estudiantes? Producto de la moda barcelonesa, que volvió al sistema retro del achique en mitad de cancha inventado por la Naranja Mecánica, cada vez más equipos se paran en mitad de cancha. Ayer ya se intuía desde el primer tiempo que la defensa se paraba demasiado adelantada, demasiado al límite, para colmo marcando demasiado la línea, tentando el pase que rompa con el offside, exponiéndose así a cualquier pelotazo y pagando caro cualquier error. En el segundo tiempo pago lo insinuado: una pelota profunda dejó solísimo a Funes Mori. Gol. Volvió, 10 minutos después, a quedar mano a mano, producto de un error en una entrega: el sistema deja en evidencia cualquier falencia en el manejo y Estudiantes pagó un mal pase con un gol en contra. En ambas, los centrales le miraron el número al 9 de River, que es rápido pero no es ningún Pájaro Caniggia. Estudiantes defendió ingenuamente, avisando desde el minuto 0 que tiraría un achique de otra época, que dejaba un vacío defensivo imposible de cubrir para sus lentos centrales, básicamente invitando a que le hagan lo que le hicieron. Y tras los dos goles, siguió transitando la misma línea.
Lo que más preocupa es que Estudiantes no tiene los jugadores para ejecutar el sistema. Ayer corrieron 50 metros Desábato y Alayes, contra Funes Mori, ligero y fuerte. Con dos centrales de porte pero lentos, sumados a un lateral aguerrido pero falto de velocidad como Ré, se impone esperar cerca del área, fajarse, obligar a centros fácilmente rechazables… y no pararse tan arriba. Jugar con veteranos de guerra que nunca fueron rápidos tirando el achique es suicidio. Si el manual del DT lo insta a continuar tozudo transitando este peligroso y perezoso modo de jugar, que prefiere evitar las confrontaciones antes que fajarse y que resulta bastante simple romper, bueno, deberá considerar al menos pasar a Angeleri al centro de la defensa, el único apto para este tipo de esquemas de mano a mano.
Ningún sistema es, en verdad, anti-Estudiantes: la historia albirroja se caracteriza por la utilización de todos los esquemas según corresponda a los partidos y a las cualidades de los jugadores. Lo de ayer fue una mala lectura del partido y también de la materia prima, aunque algunos argumentarán que para que este tipo de defensa engrane hay que, como con el ataque, dejar correr los partidos. A priori, esta también parecería ser un análisis erróneo: Alayes y Desábato, dos maestros del despeje de cabeza, están sin embargo condenados a errar algún pase dejando solo a algún pescador, y, mano a mano ante un pelotazo que rompa el offside, a correr futilmente desde atrás y ser espectadores de lujo de los goles recibidos.

martes, 31 de julio de 2012

Cuento chino



Incomprensible ir a buscar al Chino Luna. Nadie niega sus credenciales, o que esté hecho para jugar en Estudiantes con su tozudo estilo y contundente definición. El tema es la incoherencia entre palabras y actos, entre proyectos y realidades: el Chino Luna no es un gasto necesario, en un momento donde, hemos ya ahondado en el tema, lo necesario es medir cada gasto y comprar con inteligencia.

No es inteligente comprar a Duvan Zapata y, por una lesión que le demandará tres o cuatro fechas, traer a un jugador grande que seguramente cobrará un contrato caro sobre su pase elevado y en dólares. La erogación por Zapata es inteligentísima, un jugador joven con futuro en el Viejo Continente; taparlo después de invertir en él, un acto que roza la estupidez.

No es inteligente armar un equipo con Zapata como titular y un buen suplente como Carrillo, que sin explotar tiene condiciones sobradas para relevar al colombiano, para, a la primera lesión de Duvan traer un jugador que los tape a ambos. No es inteligente desde la economía, y mucho menos desde el mensaje: a Carrillo le están diciendo sin decirle que, aunque meta goles y corra, permanecerá segundón como uno de esos arqueros eternamente suplentes.

¿Acaso no era el mensaje que había que desacelerar el gasto? Al final, todos los proyectos terminan siendo presos de la necesidad de campeonar. Estudiantes, un club que se vanagloria justamente de su inventiva para sacarle diamantes a las piedras, mejorar planteles con el trabajo y la táctica y comprar jugadores menospreciados para hacerlos brillar, hace varios mercados de pases viene operando con la lógica de los demás equipos: armar el mejor equipo posible, tentados como chicos ante cada ofrecimiento de crapulosos representantes, y después ver qué se hace con el buraco que deja en las arcas. Al semestre que viene, préstamo, cómodas cuotas y la pelota sigue rodando hasta que te vacían el club. Las palabras de esta dirigencia al iniciar su mandato indicaban un cambio de rumbo en esta histeria consumista: los actos, aunque al menos hayan conseguido disminuir el plantel y hasta vender a un jugador (¡aleluya!), siguen con la misma lógica.

El Chino Luna, gran jugador, no es necesario en este plantel. Lo necesario es hacerse la idea de que, quizás, Estudiantes no esté en principio para pelear el campeonato sino para realizar una necesaria transición. En el nivel actual del fútbol argentino, y con los referentes místicos y la calidad que hay en el plantel, eso no implica que, en efecto, no se termine conformando un equipo para campeonar: pero campeonar no debe ser el objetivo a la hora de formar el plantel, el objetivo debe ser equilibrar al club. El DT flamante, que pidió a Luna, debía ser contratado bajo esta premisa: los dirigentes, en todo caso, deberían haber dejado claras las prioridades. Pero entra un poco de platita y ya hay que gastarla.

viernes, 27 de julio de 2012

Los olímpicos: la Celeste vuelve a los Juegos


Como es habitual, la pelota comenzó a rodar antes de que se inauguren las Olimpíadas. Ayer fue el turno de las mujeres; hoy jugó la Celeste, que vuelve al torneo tras 84 años, dos medallas doradas y un reguero de fútbol y leyendas.

Para VAVEL.com



Uruguay defenderá hoy, al volver a un torneo olímpico de fútbol por primera vez desde Amsterdam 1928, un invicto de 84 años. Allá cuando no existían los mundiales de fútbol y una incipiente FIFA catalogaba a los torneos disputados en Olimpíadas como “campeonatos del mundo”, cuando la profesionalización del fútbol no había vedado la participación de los grandes cracks en los Juegos, la gloriosísima Celeste de la década del 20 fue el primer equipo sudamericano en participar del fútbol olímpico, en 1924, y desde el espectacular debut hasta haber concretado su segunda medalla dorada consecutiva en 1928, no paró de ganar: fueron 9 triunfos y un solo empate, ante Argentina en la primera final del 28. Coronó un proceso de ensueño con el título conseguido en el primer campeonato mundial de la historia, disputado en el legendario estadio Centenario de Montevideo.

LA PRIMERA VUELTA OLIMPICA

El torneo de fútbol de los Juegos Olímpicos de París 1924 implicaron la primera participación de Sudamerica en medio del debate que había invadido los medios rioplatenses por entonces. La dicotomía de aquellos días continúa viva hoy: el futbol estaba en sus orígenes ligado al carácter disciplinario del deporte en la modernidad, un fútbol de escuela que habían traído los ingleses a nuestros países, un fútbol fuertemente físico, mecanizado y con hincapié en la eficiencia; la llegada del fútbol de amague y gambeta del Río de La Plata permitió poner en escena las batallas discursivas de la era. La aparición de aquel Uruguay, con su desfachatez sudamericana de un futbol jugado al margen de las escuelas, en los potreros, rompió todos los esquemas y ubicó al fútbol sudamericano, fuertemente subestimado, en el mapa mundial.

Uruguay sería el campeón, pero casi no llega a París. Su federación vivía momentos turbulentos que incluían la desafiliación de Peñarol de la liga y, por ende, la participación de jugadores del Manya en la Selección estaba vedada. Fruto de ello, muchos de los jugadores ocupaban puestos que desconocían, distintos a los que frecuentaban en sus equipos, al punto del absurdo en el caso de Pedro Petrone, laureado delantero de la Celeste que jugaba en Charley de arquero.

Aún así, Uruguay consiguió el Sudamericano de 1923 disputado en su tierra (repetiría al año entrante y en 1926, sin participar en 1925 y cediendo el título en manos de su vecino, hermano y picante rival, Argentina, en 1927 y 1929) y entonces, un alto dirigente de Nacional de Montevideo, entonces, se vio obligado a cumplir su promesa: si campeonaban, Atilio Narancio había juramentado llevar a la Celeste a los Olímpicos. Pero Uruguay no tenía afiliación olímpica y la federación no tenía fondos para encarar el costoso viaje: algunos insisten que incluso intentó en realidad frustrar el viaje a los Juegos Olímpicos, convencida del papelón que se venía.
Pero Narancio hipotecó su casa para cumplir y el presidente de Nacional, Numa Pesquera, firmó un cheque en blanco, permitiendo así el viaje soñado para el grupo de jóvenes uruguayos (a pesar de lo cual la gira bañada de gloria le resultó deficitaria a la AUF: finalmente fue el Estado quien se encargaría de las deudas).

De sueños poco tuvo la travesía: el larguísimo viaje fue realizado en un buque económico, en tercera clase. “Muchachos, van treinta minutos y nos quedan treinta días”, recuerdan las crónicas que dijo Zingone, resignado, intentando calmar al ruidoso e inquieto grupo uruguayo.
Nueve partidos jugados y nueve ganados. Veinte goles a favor y sólo dos en contra en el campeonato olímpico de fútbol de 1924. Es el inicio de un  proceso del fútbol uruguayo que muchos no dudan en llamar glorioso. “Pero cantábamos siempre, reíamos, comentábamos con gracia nuestra propia miseria”, recuerda Andrés Mazzali, portero del seleccionado.

La Celeste arribó a España para la gira previa, solo para enterarse que tal gira no existía: el delegado que había partido hacia Europa antes que la Selección con el fin de concretar tales esfuerzos nada había conseguido. Apenas jugaron un improvisado partido en Vigo que sirvió como única preparación tras 30 días, y a París. Europa no se tomaba en serio a los sudamericanos: en Vigo rechazaron el “desleal” juego de amagues y le auguraban un futuro negro a los charrúas en la competencia real, cuando estos hijos irreverentes enfrentasen a los padres del deporte.

Tantos fueron los inscriptos para aquel torneo que Uruguay se vio obligado a disputar una ronda desempate ante Checoslovaquia para pasar a la fase principal. Los periódicos europeos de la época se lamentaban que el equipo realizara tan largo viaje para encontrarse con los checos y volverse. En la previa, la imagen de incompetencia del novedoso seleccionado sudamericano se fortaleció: cuenta la leyenda que, conscientes de que el equipo europeo había enviado un espía a su práctica, los uruguayos se dedicaron una mañana a patear el suelo, enredarse los pies y tirar la pelota lejos. El ninguneo continuó cuando previo al partido se izó la bandera uruguaya al revés y se tocó una marcha brasileña en lugar del himno oriental, errores bizarros que, lamentablemente, no se circunscriben al carácter fuertemente amateur de la organización de aquellos días (ayer nomás, Corea del Norte sufrió el himno y bandera de su vecino y enemigo político, Corea del Sur, cuando el fútbol femenino enfrentaba a Colombia; las jugadoras se negaron a salir y las Olimpíadas sufrieron su primer retraso y su primer bochorno).

Uruguay respondió a todo, con un tremendo siete a cero. La Celeste se convertía en una sensación de a noche a la mañana. El torneo, además, fue un verdadero paseo para los orientales: 3-0 a Estados Unidos, 5-1 a Francia, apenas 2-1 en semis a Países Bajos y un contundente 3-0 para cerrar la hazaña y conseguir la medalla dorada. Veinte goles a favor y sólo dos en contra: los europeos conocían y se arrodillaban ante las gambetas y las paredes que su juego, fuertemente frontal y físico, desconocía. En el estadio Colombes, la consagrada Celeste saludó al público de cada sector, enamorado del juego charrúa, inaugurando la tradición conocida como “vuelta olímpica”.

ENEMIGOS INTIMOS

El fútbol rioplatense era entonces de una fuerte rivalidad típica de los hermanos que se ayudan, se felicitan y se quieren ganar. Argentina había perdido el Sudamericano del 23, pero había ganado en 1921 y peleaba habitualmente los primeros puestos del torneo con Uruguay: infló el pecho y pidió jugar contra los campeones olímpicos. La expectativa fue tal que el partido, pautado para el 28 de septiembre, tuvo que reprogramarse debido a que la cantidad de público desbordó el predio de Sportivo Barracas provocando la invasión forzosa de la cancha. Nació así el alambrado olímpico para impedir el ingreso del público, cuando finalmente se disputó el partido.

Acorde a la argentinidad, aquel triunfo se recuerda como una verdadera epopeya. Los uruguayos eran la verdadera atracción y antes del partido realizaron una nueva vuelta olímpica para saludar a la gente,  pero cayeron por 2 a 1 con un golazo de Onzari: tiró desde el corner y entró. El gol a los olímpicos fue con el tiempo rebautizado, sencillamente, gol olímpico. Por supuesto, tras la victoria los argentinos realizaron su propia vuelta olímpica.

Lo que omite la historia argentina son las revanchas por los puntos: el empate en el Sudamericano de fin de aquel año coronó campeón al equipo charrúa y camino al título continental de 1926, Uruguay despachó a los argentinos por 2 a 0. Por supuesto, lo más importante estaba por venir.

En medio de esta rivalidad, llegaron a los juegos de 1928 de Amsterdam los dos equipos, entre palmadas en la espalda y deseos de buenaventura entre ambos teams. Lo importante parecía ser por aquellos días enaltecer el fobal rioplatense, mostrarle a los europeos que aquello de 1924 no era casualidad, que había un nuevo y digno modo de jugar al fútbol, que se jugaba a orillas del mundo, allá lejos en Sudamérica. El objetivo fue alcanzado con éxito. Argentina se floreó en su camino a la final, con un 11 a 2 espectacular sobre Estados Unidos, un 6-3 a Bélgica en cuartos y la goleada a Egipto por 6-0 en semis. Uruguay tuvo en el camino a varias potencias europeas que le dificultaron el camino, pero aún así le sobró: 2-0 a Países Bajos, 4-1 a Alemania y un ajustado 3-2 a Italia para alcanzar la final destinada. Era Argentina-Uruguay, por la medalla dorada. En el centro de la escena, el duelo de cracks: Manuel “Nolo” Ferreira, el capitán olímpico para los argentinos; el excéntrico Héctor “El Mago” Scarone, para los charrúas.

La primera final, puro nervio, terminó en empate. Petrone abrió el marcador a los 23 y Ferreira empató a los 5 del segundo tiempo. Tras 30 minutos de suplementario, se llegó al desempate a jugarse 3 días después, el 13 de septiembre. Arrancó ganando Uruguay, pero empató una Argentina con hambre que cascoteaba el rancho charrúa. Pero la defensa fue impenetrable esa tarde y, a 15 del final, apareció el fantasmal Scarone. “El Gardel del fútbol”, que se había negado repetidas veces a aceptar contratos en Europa para continuar defendiendo la camiseta olímpica celeste y seguía trabajando en el correo para subsistir, recibió su pase a la historia de parte de Tito Borjas. “¡Tuya, Héctor!”, gritó Tito, inmortalizando la frase, hoy parte de la jerga uruguaya, para siempre. Scarone tiró y Uruguay volvió a dar la vuelta olímpica.

Tras los durísimos choques las cosas no quedaron bien entre los hermanos rioplatenses. Carlos Gardel, el mítico Zorzal Criollo “anclao” entre las dos orillas, intentó conciliar las partes y los invitó a un cabaret parisino. Se sentaron intercalados, un argentino y un uruguayo, para promover la camaradería: todo terminaría muy mal, por supuesto. Alcohol, recriminaciones y cargadas: en el medio de la velada Orsi estaba a punto de irse a las manos, cuando Gardel, todavía empeñado en hermanar a los equipos, invitó al extremo argentino a subirse al escenario. Orsi era un eximio violinista, aceptó la propuesta y pidió prestado el instrumento. Pero mientras se acoplaba con maestría a la ejecucación de un tango en París, las fieras estallaron en una tangana generalizada. Andrade, que se había pasado la velada cruzando reproches con Orsi por un pisotón vengativo, aprovechó la confusión generalizada y se tiró sobre Orsi: rápido de reflejos, el argentino estrelló el violín ajeno en la cara de Andrade. El instrumento era nada menos que un carísimo Stradivarius y el argentino tuvo que huir, esa misma noche, de Europa, para no afrontar los imposibles costos.

La saga charrúa tuvo su lógica conclusión en el Mundial de 1930 disputado en Uruguay. Los rioplatenses de ambas orillas jugaron un magnífico fútbol y alcanzaron una nueva final. En un impresionante partido, Uruguay arrancó ganando, lo dio vuelta Argentina y luego los charrúas, empujados por su gente, viraron otra vez el tanteador. Sobre el final, decoraron el resultado: fue 4-2 para los gloriosos olímpicos.

“Gracias al fútbol nos conocieron en el mundo. ¡Cuando ganamos las Olimpíadas, en París, la gente no podía creer que un país tan chiquito, que casi no estaba en los mapas, saliera campeón!”, recordaba el escritor uruguayo Mario Benedetti. Nacía el mito del fútbol de potrero, pícaro y gambeteador, gigante en las adversas. “Una manera propia de jugar al futbol iba abriéndose paso, mientras una manera propia de bailar se afirmaba en los patios milongueros. Los bailarines dibujaban filigranas, floreándose en una sola baldosa, y los futbolistas inventaban su lenguaje en el minúsculo espacio donde la pelota no era pateada sino retenida y poseída, como si los pies fueran manos trenzando el cuero. Y en los pies de los primeros virtuosos criollos, nació el toque: la pelota tocada como si fuera guitarra, fuente de música”, romantiza el escritor uruguayo Eduardo Galeano: los uruguayos cambiaron el fútbol mundial, para siempre.

domingo, 22 de julio de 2012

Amor: la abnegación de los que vuelven a la aventura extrema del fútbol argentino



Hay uno, supuestamente ejemplar y románticamente moral, que se fue sin que lo echen, en plena definición. Otro, romántico hasta la locura, paradigma del progresismo, que arma escandaletes donde está. Pero hay otros, por suerte. Que dien menos y hacen más. Maxi Rodríguez deja el Liverpool a pesar de los ruegos de su entrenador, con 31 años y mucha carrera por delante, no de última o descartado: en su plenitud, buscando aportar. Se suma al Ñewell's del Tata Martino, que se jugó por el corazón cuando tenía chances de dirigir varios seleccionados, y se volvió para Rosario a jugar en la cancha que lleva el nombre de otro.

Son las cosas lindas, absolutamente excepcionales no importa que cuento cuenten desde los medios, de este fútbol subdesarrollado y pobre, pero la contracara es evidente: el empobrecido y explotado mercado argentino necesita de estos gestos de extremo desinterés material para jerarquizarse. La ingenuidad invitaba a pensar que el apoyo estatal y el crecimiento del fútbol brasileño de cara a 2014 potenciarían nuestro fútbol: la inescrupulosidad para manejar fondos en connivencia con representantes de sí mismos y la absoluta falta de control desde AFA, que amenaza siempre con sus inhibiciones que nada inhiben y sus promesas de castigos a quienes adeuden, acabaron con los 600 millones de la Nación con la voracidad de un ratón asiático; el país vecino, en tanto, se encarga de aprovechar la necesidad de vender para no fundir de los clubes criollos y se llevan lo bueno para jerarquizarse ellos. Brasil se llevó la Libertadores en 2010, 2011 y 2012, para colmo con tres equipos diferentes; la liga que se arma este año será realmente espectacular, y muestras claras de sus intenciones de volverla espectáculo global es como, de a poco, empezamos a ver más y más partidos del fútbol carioca por nuestras pantallas.
Se trata una vez más de chances desaprovechadas. El funcionamiento profundo del fútbol argentino, no solo sus dirigentes corruptos sino la desesperación colectiva y mediática en torno al deporte, y por supuesto también los inescrupulosos que aprovechan para mover espejitos de colores de acá para allá, provocan una vez más que nuestro fútbol siga viviendo rehén de la tele y la exportación de materia prima. Cuando se piden proyectos a largo plazo, pocas veces se toma en cuenta la realidad económica y estructural de nuestro fútbol, que camina lentamente hacia el apocalipsis de la privatización. El vaciamiento sistemático de los clubes ya estuvo en los 90 a punto de desembocar en los gerenciamientos, pero los hinchas salvaron lo autóctono de nuestro fútbol. Pero con los vecinos invirtiendo dólares privados en su fútbol, ¿cómo competir? Las vitrinas internacionales quedarán vacías como los fondos utilizados en superficiales esfuerzos de jerarquizar los equipos. Y entonces, ya sucede hoy con San Lorenzo, no solo dirigentes sino los propios hinchas buscan al salvador dólar y entregan las llaves del club.
Quizás lo de Racing parece, en el contexto, ingenioso: contrato varios jugadores libres y de nivel, erogando muy poco dinero. ¿Qué sucederá cuando, sin embargo, tenga que pagar sus sueldos? ¿Y si campeonan como pagarán los premios? El fútbol nuestro vive en un estado de perpetuo endeudamiento, apostando a que los éxitos deportivos tapen las deudas hasta que toque dejar la dirigencia. Mientras tanto, todos se llevan vueltitos y comisiones, claro. Nadie sale empobrecido de la dirigencia de un club.
No parece existir plan alguno en el fútbol argentino. Ni de los altos dirigentes, ni de los clubes. Todo se reduce al efectismo, a la contratación lujosa, al título aislado. Y luego el sálvese quien pueda: clubes que hipotecan todo después de ganar (como botón de muestra, Banfield y Huracán terminaron en la B inmediatamente después de campañas exitosas), y otros que apuestan a que la AFA salve una vez más a todos y tome cautivos los votos de las próximas elecciones. Algunos, peor, se la juegan en el mercado de pases previo a su partida de la dirigencia y le dejan el quilombo, la deuda declarada y la no declarada, que suele doblarla, al pobre sucesor.
Este funcionamiento vicioso sólo engrandece el amor (¿qué es el amor sino estos gestos de absoluta abnegación?) de Maxi Rodríguez y al Tata Martino. Hay que animarse a venir al fútbol argentino: una aventura cada vez más parecida a dirigir en Bombasí, aquel perdido país africano recuperado por Fontanarrosa en Area 18, que jugaba en un estadio sobre un volcán en erupción.

miércoles, 18 de julio de 2012

El modelo de los crotos: hacia una política de las incorporaciones





Estudiantes cerró su gran compra del mercado: se aseguró (previo descarte bostero) la llegada de Román Martínez, eximio jugador e idóneo reemplazante del irreemplazable Verón. Andújar es imposible, Mercado se va, Cellay entrena con Boca en medio de una gran incógnita y la Gata, al parecer, sigue. Con prolijidad, se mueven los dirigentes para reforzar la defensa (bien apuntado Pellerano, valioso el posible retorno de Alayes y Angeleri) y quizás traer algún volante más, dado que Carbonero parece haberse encaprichado con no volver (ya hablaremos de esto más adelante).
Ahora, ¿debe Estudiantes buscar algo más que lo señalado? No seamos ingenuos ni para un lado ni para otro: de clasificar a la Sudamericana, el actual plantel (sobre todo contando que varios de los que trotan por City Bell no serán tenidos en cuenta) no cuenta con recambio asentado, y si bien hay varios pibes que asoman, no dejan de ser chicos en formación; por el otro lado, Estudiantes está hoy fuertemente endeudado, por lo que quizás conviene continuar la depuración, desistir de traer más refuerzos y enfocarse en un sólo torneo, con el otro sirviendo para mostrar a los pibes.

El ejemplo a seguir es el de los crotos. El de All Boys, Arsenal, Unión, que con poco hacen mejores campañas que nosotros. No se trata de crear un compendio de picapiedras sino de bucear antes de comprar, de comprar barato y vender caro, de descubrir uno y no que descubran los demás y te lo vendan. En los mercados de pases reside una porción grande del éxito posterior en el fútbol de mercado de hoy: quien compra nombres compra caro, compra marca. Así ha hecho Estudiantes durantes los últimos mercados de pases, queriendo asegurar calidad a precios altísimos. La apuesta era más segura que traer, digamos, pibes de la B Nacional, pero mucho más cara y, finalmente, inefectiva. ¿Hace cuánto no hace Estudiantes un gran negocio?

Trajo a Nelson Benítez, que se fue sin dejar un peso y perdonando una deuda. Un sueldo alto durante dos años que dejan ni plata ni rendimiento. Ni hablar de José Luis Fernández, a préstamo de Europa, o de Coria. Mercado, una inversión alta pero al menos rendidora, se va dejando casi lo mismo que lo que costara: Estudiantes lo mejoró y a cambio, nada. Algo similar a lo que ocurrió con el uruguayo Díaz. Enzo Pérez y su paso fugaz acrecentaron la deuda y nada más. En el medio, ante tanta partida, el tirito para rejerarquizar al Pincha: en una movida verdaderamente humeante fueron a buscar a Sosita. A José lo dejó ir la dirigencia anterior a Ucrania por no poner los dos palos que pedían, una inversión que asomaba perfecta desde el lado de la calidad deportiva, la pertenencia y la economía (lo venidmos a cuatro veces más, y encima tiene valor de reventa). Ahora, si bien algunos medios desinformaron que Sosa no era tenido en cuenta, el pibe la rompe, es capitán y piden 10 palos para rescindir. Otra vez se perdió un negocio.

Ni que hablar lo que pasó con Carbonero: el colombiano llegó a Argentina, quería mimos y se encontró con un club turbulento, algunos chiflidos y mucho banco. Alma sensible, no le gustó, y cuando campeonó con Arsenal creyó que era justicia divina. Bueno, Carbonero que juegue donde quiere: no nos rasguemos las vestiduras por un muchacho que dista de ser Van Basten. Lo lógico es que dejara plata pero... ¿qué hay en ese misterioso y complejo contrato? Que mal se han portado los dirigentes que ni siquiera podemos vender a un jugador que tiene contrato con la institución.

Malos negocios por doquier resultaron en algunos momentos que recordaron, por la cantidad de aves de paso, a lo peor de los 90. Se llega hasta acá producto de un proceso largo, lleno de especulaciones sobre si quienes se beneficiaban con este proceso de vaciamiento eran representantes oscuros o dirigentes inescrupulosos (el club, seguro que no). Hoy el plantel tiene jugadores grandes conviviendo con pibes verdecitos. No hay hoy futbolistas en su momento justo de madurez futbolística.

Además de la impericia dirigencial y de varios chanchullos, hay que resaltar el papel de la histeria que corre en el fútbol argentino: un día necesitamos pelear con 10 refuerzos, al otro tienen que jugar 10 pibes. No hay que desvalorizar los mercados de pases y depender 100% de la cantera, tampoco comprar doce tipos en euros: hay que buscar bien, buscar prolijo. Bucear el mercado, dejar de mirar tanto a las figuritas, buscar pibes en otras categorías, en otros países. No traer a Kalinski: el negocio con el pibe de CASLA era antes de que se fuera de Quilmes, ahora te venden a dos palos a un muchacho del montón. Y sobre todo, no traer por traer, no traer por nombre, por tentación; menos por sugerencia de terceros... Estudiantes debe volver a edificar su inteligencia, construir una oficina seria que siga a potenciales incorporaciones desde inferiores, que rastree por el mundo, que mire fútbol: sólo desde allí puede aventajar, sobre todo en estas épocas de vacas flacas, a las poderosas billeteras de capital federal.

domingo, 8 de julio de 2012

Divide y reinarás


En el escenario más aristocrático del deporte, el más elegante de los jugadores fue alentado por sus majestades para, en tiempos de tenis sudado y esforzado, devolver el reinado al que hace todo sin esfuerzo. Pero en la previa, poco consideraran verdaderamente a Federer candidato a Wimbledon. Credenciales no le faltaban, pero hace rato que se cuestiona su vigencia, en algún punto real y en algún punto sensacionalismo y desvalorización de lo que puede aportar la madurez al tenis: después de todo, es el 3 del mundo, y desde 2011 ha jugado seis semifinales sobre siete de Grand Slam. El nuevo bipolio, en tanto, no parece poder emular, desgastado e irregular, los cuatro años de competencia feroz y caballeresca entre Nadal y Roger: Nole, menos voraz, no es el modelo 2011, y Rafa luce herido, seleccionando sus batallas y dejando pasar otras. Presionados ambos por la lucha del número uno, cuerpo y mente magullados tras sus finales de tenis extremo, el Rey Federer, que de asuntos cortesanos sabe bastante, esperó a que se sacaran los ojos y, parsimonioso, caminó al trono casi sin que nadie lo advirtiera.

La final con Murray sobró. Coach Lendl efectivamente levantó un poco esa actitud de perdedor empedernido, de eterno segundón, del británico, fantástico jugador deslucido por tres titanes de la historia del deporte. Pero eso no alcanzó para entrar en el All England y pelear contra sus demonios (4 finales de Grand Slam y ninguna copa en la vitrina) y los de su país (76 años sin un ganador británico en el verde césped de Londres en la competencia masculina): sirvió para ponerle cierto picante a un lindo partido, muy parejo. Pero, al final del día, los parciales se fueron igual para Roger y, tras el clásico parate por lluvia, también el partido. Lo único que tuvo que hacer el mejor de la historia fue empujar a Murray a pensar. En desventaja todo el encuentro desde que Roger igualó a uno los set, la debacle del escocés fue lenta pero inevitable.

Todo pareció un trámite para el aristocrático talento de Federer, siempre calmo y armónico. Tuvo varios partidos flojos, pero los sacó adelante. Olfateaba lo que pasaba en la corte: un rey vulnerable y un conspirador cansado le dejaban servido, contra todos los pronósticos, el trono que le pertenecerá para toda la eternidad. Nadie lo tenía hasta el domingo: una falta de respeto para Su Majestad que seguramente sirvió de combustible. La final ansiada, morbosa revancha de Wimbledon 2011 y del reciente abierto francés que pusiera el 1 en juego entre Nole y Rafa, se diluyó producto del desgano de Nadal y de la inteligencia de Federer para sacar a Djokovic del torneo. En la final real Roger tiró la chapa. El rey sigue siendo el rey: miró mientras sus contrincantes se deshacían en inútiles batallas, capturó los despojos de la guerra y está de nuevo en su trono. ¿Vigencia? Conquistó su séptimo Wimbledon, alcanzando los 7 de Sampras, y comenzará su semana número 286 en la cima del ránking, igualando el record absoluto de Pistol Pete y muy lejos de quienes pretenden su reinado. Ya decía el bolero, “no hay que llegar primero, sino hay que saber llegar”.



martes, 3 de julio de 2012

Cuchilleros (una visión seudosociológica de los barrabravas y la argentinidad)


Borges admiraba el valor de los cuchilleros de fin de siglo, seres marginados que solucionaban las cuestiones de honor en duelos a matar o morir. A la vez, deploraba lo que para él significaban, hijos del desierto, de una tierra inhabitada, incivilizada, productos de la barbarie argentina. Este discurso maniqueo de Borges es el que está presente en el análisis de los medios en torno a la problemática de la violencia en el fútbol. Tan es así que un reciente documental español que recorre las “exóticas” barras argentinas con una fascinación horrorizada, entrevista al líder de la barra de Excursionistas, a quien muestra ejecutando una especie de danza alardeando sus cuchillos desmesurados mientras una voz en off comenta que murió, en circunstancias sospechosas, la semana siguiente.

Este discurso es reproducido habitualmente por los medios y forma la opinión pública, que ubica en el centro del problema a las barras y encuentra entonces la tranquilizadora solución, que reside en eliminarlos para eliminar la violencia. Se arman así dos bandos y se construye a los barras como “inadaptados”, “irracionales”, excepciones al sistema que deben ser erradicadas. Todas las leyes dedicadas a la violencia en el fútbol se han dedicado, así, a combatir a “los violentos”, ese grupo que opera desde las sombras para arruinar la fiesta del fútbol. Pero los barras, en verdad, son seres sumamente racionales, en cuanto obedecen a una lógica, y en absoluto excepciones, sino más bien seres integrales de la sociedad que obedecen las reglas de un código moral compartido por gran parte de los argentinos: el “aguante”, que obliga a poner el cuerpo en defensa del honor y que ganó particular legitimación durante la década de los 90. La fragmentación de la sociedad producida en aquellos años por el debilitamiento del Estado y la invasión privatista provocaron la disolución de las grandes identidades. Subsistieron las micro-identidades, particularmente los equipos de fútbol, como último bastión de la identidad, y de pronto comenzó a tener sentido dejar la vida por el equipo en cuanto implicaba la defensa de algo mucho más grande, una comunidad. Así los barrabravas se constituyeron como seres románticos (los retratados en el programa El Aguante) y héroes barriales.

Las barras bravas, entonces, actúan no de modo irracional sino acorde a una racionalidad “cuchillera”, y es la propia sociedad la que los empuja a la pelea, a la defensa de la identidad: los barras, así legitimados, hacen lo que la lógica del aguante espera de ellos. El momento de la prueba, que determina su valía como hombres, es necesariamente el combate. Las cicatrices de los cuchilleros constituyen su capital simbólico, prueba de su aguante. No responder al llamado, no defender el honor, implica la pérdida de la masculinidad, la peor desgracia de un código que ordena el mundo no entre hombres y mujeres sino entre hombres y no hombres.

lunes, 2 de julio de 2012

Los caballeros: la frontera última de la civilización



El deporte moderno ha sido, desde su creación destinada al disciplinamiento, uno de los modos en que el Estado promueve su discurso de nación. Pero la avanzada privatista de los '90 en América Latina y el consecuente retroceso del Estado en su injerencia pública implicaron que, cada vez más, sean los multimedios los productores de identidad, desplazando de ese rol al Estado. El vacío fue llenado a través de los relatos construidos desde los medios, que postulaban la idea de nación no como algo existente sino como un horizonte sin conflictos que se alcanzaría siguiendo ciertos ejemplos deportivos que aparecían ligados a diversos productos, aprovechando la expectativa, la necesidad de una narrativa organizadora para construir mercado. De este modo, las nacionalidades se vuelven apenas un tópico publicitario.

El relato nacional preponderante en Argentina ha sido siempre el discurso plebeyo del fútbol, que reproducía la idea de ascenso social del peronismo; el debilitamiento del Estado permitió la construcción de alternativas: las publicidades del rugby, por ejemplo, sostienen una narrativa antiplebeya, protagonizada por personajes que si bien muestran el tesón plebeyo presente en el imaginario popular argentino, buscan romper con ese modelo ligándose a la racionalidad: junto a la “animalidad” puma aparecen la disciplina, la caballerosidad y el arte, símbolos inconfundibles de estatus. Los Pumas son “animales con corazón de caballeros”, como dice la publicidad de Visa en la que Omar Hasan, barítono, muestra su civilidad entonando el Ave María.

El concepto de la caballerosidad, ligado a Los Pumas, no es casual en cuanto a que, lejos de oponer civilidad a salvajismo, los concilia, legitimando la violencia que es práctica cotidiana en el rugby. La caballerosidad como código moral supone un costado violento en absoluto irracional, pero sí de gran bravura, para la defensa del territorio físico y simbólico: como los caballeros medievales defendían sus tierras, así defienden Los Pumas la argentinidad, la patria. No son solo deportistas, son hombres encargados de la construcción y la defensa de la nación. Y los hombres encargados de la edificación de la nación no son plebeyos, sino la clase media-alta, filiación construida claramente en las propagandas sobre rugby a través de vestimentas, modos, paisajes.

Los Pumas no son entonces un híbrido del barbarismo plebeyo y el civismo inglés, como podemos inferir directamente del eslogan mencionado arriba (utilizado para volver masivo algo con demasiadas señales de clase), sino, más bien, representantes de la civilización, hombres superiores capaces de controlar, a diferencia de la plebe, sus pulsiones violentas, redireccionarlas hacia la defensa de las causas nobles. El valorado respeto por las normas, la dignidad en la derrota, son elementos que provienen de la noción inglesa del fair play antes que de las leyes de las zonas libres del potrero argentino: más propia de ámbitos disciplinares que de territorios desregulados.

Pero la animalidad controlada no es un tópico que pueda considerarse único de la narrativa rugbística nacional, sino un elemento de todo discurso del rugby, ligado fuertemente desde su origen inglés al la lógica moral-disciplinaria del fair play. En este mundo (deportivo) de caballeros, machos civilizados como edificadores y defensores de una nación, Los Pumas se diferencian por ser los más aguerridos: la publicidad “Soy un Puma” muestra a la perfección como cualquier argentino es más bravo, más puma, que un rugbier anglosajón.

Las identidades se construyen a partir de la inclusión y exclusión, y si, propone la publicidad, incluso las mujeres son pumas (defienden consumen narrativas nacionales creadas por hombres, donde la bravura, el coraje, es una cualidad de los hombres extensible a las mujeres solo por imitación: la mujer sólo es valiente si es puma), los excluidos son los extranjeros, incapaces de ser argentinos. El discurso estándar, global, del rugby, entonces, se modifica sutilmente para adaptarse a la lógica regional: Los Pumas son tan caballeros como los ingleses, pero más indomables; no más violentos, lo que supone descontrol: son más bravos, defienden a pesar de su animalidad (o a través de su animalidad, redireccionándola), con mayor fiereza (pero sin desmesura) lo nuestro del enemigo, la barbarie, la no identidad, la anarquía.

sábado, 30 de junio de 2012

Un balance algo antibielsista del 2011-2012 en Argentina


¿Qué es jugar feo? Nada, es un adjetivo vacío que no vuelca conceptos sobre la práctica. Así desfilan miles de artículos hoy por las páginas de nuestro periodismo: feo, lindo, lúdico, conservador, palabras tiradas al aire sin dar más explicaciones, mediante las cuales los periodistas no analizan sino que toman posturas, se unen a un bando (generalmente el bando bienpensante, progresista, que cree en la belleza como valor primordial del deporte).

Con ese afán contrera y simplificador es que se ha desacreditado al único equipo argentino consistentemente, coherentemente ganador. Campeón con dos fechas de ventaja el año pasado, este año se autodestruyó entre los puteríos típicos de los lugares donde hay poder: en la búsqueda de ser reconocidos dueños de la triple corona, Riquelme, Falcioni y Angelici entablaron una guerra secreta que el crá de Boquita hizo estallar cuando más le convino, antes de la revancha de la Libertadores. El claro boicot terminó en la derrota, pero no por eso cabe menospreciar a un equipo que peleó todo como muy pocos han podido hacerlo: la doble competencia mata las piernas de cualquiera, y con los planteles cortos, de poca jerarquía y mucho viejo que hay en el país, resulta hasta peligroso.

Ahora, el modelo futbolístico de Boca podrá ser del agrado o no del paladar de cada uno: pero no puede decirse que es mal fútbol el que consigue la vigencia y la coherencia que consiguió Boca, el nuevo monarca del fútbol argentino (aunque sin corona). Si la vara del torneo local, comparada con el fútbol europeo, suele considerarse (debido a razones ya tratadas, vinculadas al vaciamiento de nuestro fútbol por parte de los clubes europeos y los dirigentes autóctonos, y no a una intención de juego superior de una sociedad más civilizada como a veces se pretende hacer creer) una vara bajísima, un fútbol horroroso, lo mismo no puede considerarse con tanta facilidad del fútbol sudamericano en su totalidad, sobre todo con Brasil preparándose con gran inversión privada para potenciar su liga y acercarla al nivel europeo, para afrontar su mundial. Boca afrontó el examen continental de buena manera, con un poco de suerte en los cruces pero despachando a Fluminense y trastabillando solo ante un equipo igualito a sí mismo. Por cierto, el cruce contra la ingenuidad bielsista en modo latino volvió a mostrar los límites de un modelo tan fundamentalista, tan negador de una parte integral del juego como es la defensa.

Hemos hablado recientemente acerca de la propensión del periodismo a tomar partida antes que analizar. Boca fue víctima de ese afán de alinearse ideológicamente a bandos (Bourdieu explicaría el capital simbólico que otorga esta operación, que jerarquiza a quien emite una opinión bien considerada por el centro del campo, por la hegemonía). Varios equipos le siguieron el tren en el torneo local, pero jugando una sola competencia. El promocionado Velez volvió a flaquear. Tigre fue puro coraje, pero se quedó en las puertas de la epopeya ante un Arsenal sólido y oportunista. A Ñüls, modelo Martino que de Bielsa nada tiene, le faltó experiencia. Ahora, todos esperaron que Boca caiga, excepto el supuestamente conservador: los de Alfaro despacharon a domicilio a Boquita y liquidaron la cosa en casa. Merecidos campeones, aunque se rían todos y opinen que se trata del triunfo de Grondona. ¿Acaso Tigre no tiene una banca política y económica evidente? Y ya que estamos en el tema Tigre, quien haya visto sus partidos sabrá que su fútbol no era tan lírico como proponen. Cuidó mucho su quintita de visitante, supo pegar de contra y la clave del éxito residió en una defensa ordenada que bancó a los titanes que la rompían arriba.
El bielsismo es la nueva Biblia de muchos, y enceguece a más de uno. El modelo europeo podrá adaptarse a una lógica del espectáculo, pero el modelo latinoamericano, con sus muchísimas carencias económicas, tiene más chances de competir en la arena internacional adoptando modelos más modestos, organizados y aguerridos. All Boys, Unión, Ñewell´s, el campeón Arsenal, Boca y hasta, en un punto, el Tigre de Arruabarrena hicieron mucho con poco.
Las etiquetas son entonces practicamente un capricho que terminan escondiendo una verdad que debiera ser básica en el fútbol: mientras que la idea de proponer siempre sin pensar en el rival parte del orgullo, del machismo y de la ignorancia de creerse siempre superiores, suele triunfar (a veces no, porque hay equipos que gracias a cierto poderío -generalmente económico- son simplemente avasallantes) quien desde la humildad reconoce sus propias falencias, las protege y ataca las del rival. Si el fútbol es, como Panzeri y los defensores de la ludicidad proponen, un juego de engaños y no de mecanicismo, el engaño no debiera implicar simplemente la gambeta; el engaño como estrategia, desde el equipo, es en realidad fundamental. Cuando un equipo A logra que el rival B juegue el partido que A quiere, A lleva las de ganar (después el fútbol, en un partido, derrumba todo análisis; a largo plazo, sin embargo, quien piensa mejor gana más). Muchas veces un equipo se para de contra y te emboca después de defenderse 80 minutos: quienes lo atribuyen a la suerte ningunean la planificación y, en definitiva, ven el fútbol como ellos quieren, idealizado, un juego desorganizado donde todos van para adelante. En verdad, ese fútbol tampoco existe en los potreros: en cualquier juego surgen naturalmente las estrategias de los menos dotados para superponerse a sus deficiencias.
Y si el fútbol argentino, como hemos planteado y plantean todos, es un fútbol vaciado de talento por cuestiones que exceden lo deportivo, para conseguir objetivos, para pelear cosas, para ganar, hay que pensar, y después correr. Cuando hay talento, potenciarlo desde la estructura; cuando no lo hay, seguir el humilde ejemplo de Arsenal, All Boys, y que después los demás digan que el fútbol argentino da asco y que jugó mejor el quinto que uno. Que lo digan, mientras uno juega copas internacionales y disfruta de trofeos en las vitrinas.

MIENTRAS TANTO, EN LA B...

Categoria redescubierta con el tipico entusiasmo folclorista que quiere creer que esa cosa autoctona, pobretona, es mejor, mas genuina, mas vital. El encanto es innegable, y no hacia falta que juegue River para descubrirlo (bueno, en realidad, mediaticamente si). Tambien es innegable que en la B se juega mucho peor, con brio pero con pocas ideas y aun menos “talento” que en Primera (aunque con mas distracciones y mas espacios, y por ende mas goles). La supuesta superemotividad del torneo quedo desmentida cuando, cuatro fechas antes, quedaron matematicamente asegurados los primeros cuatro puestos. El supuesto torneo parejo en el que todos iban para adelante termino siendo un torneo tan monopolizado como el español (curiosamente, otro torneo que se cree emotivo y no lo es), pero lo que es peor, con los predecibles líderes perdiendo puntos en todas las canchas. Las fechas finales fueron una demostración, además, de que jerarquía futbolística no es nada más jugar “lindo” (cosa que ninguno de los cuatro líderes, tampoco River, hizo nunca): Central, River, Instituto y Quilmes se dedicaron a perder puntos, a ceder posiciones, y su fatal incapacidad para ganar cuando había que ganar (por supuesto, en un marco de presiones histéricas) terminó dotando de emoción a un torneo que fue divertido por el morbo de River en la B y nada más.
Los cuatro llegaron a la fecha final con chances de campeonar, pero solamente por su incapacidad de ser equipos, convencidos en un plan antes que dependientes de la mañana de los dos o tres cracks. Apenas Instituto supo a que jugaba (el equipo bielsista que a pesar de su fútbol avasallante terminó en promo después de puntear 35 fechas y seguirá en la B); los demás fueron emotividad en las buenas y nervios en las malas, le tiraron la camiseta a más de uno y terminaron subsistiendo gracias a un plantel con base de primera (es decir, gracias al poder económico).


EPILOGO

El ultimo concepto: todos los torneos, de 19, de 38, de tres temporadas, fueron peleados hasta el final y se definieron por puntitos. Algunos diran que es debido a la naturaleza cambiante y pedorra del fútbol en Argentina, pero no interesa: lo que importa es que se desmoronan año tras año los argumentos contra torneos largos. El torneo corto sigue teniendo un campeon desprestigiado y el largo sigue siendo emotivo. Ahora, el mamarracho de los dos medio-campeones que comenzará desde agosto, una nueva improvisación, ya fue realizada sin éxito en 1991. Duró apenas un añó (el gran Ñuls del joven Bielsa campeona ante Boca, batacazo de esos maravillosos del fútbol) y dejó de existir para que florezcan los torneos cortos, supuestamente democráticos pero en verdad, torneos que si bien nivelan las diferencias adquisitivas reducen la justicia deportiva a una racha y premian el cortoplacismo. ¿Por qué no el modelo más sencillo y transparente? Para colmo, subsisten los modos super largos de definir los promedios (tres temporadas) y por ende se utilizan criterios diferentes para definir la lucha arriba y abajo. ¿El resultado? Obviamente, lo que podría haber ocurrido con Tigre, que no sólo pudo campeonar y descender, sino que en un momento jugaba un desempate por la promoción y otro por el campeonato. ¿Qué va a pasar cuando el equipo que más sume en la temporada no gane ninguno de los dos torneos parciales y quede afuera de la final? La respuesta es obvia: si no es Boca o River, nada.

sábado, 16 de junio de 2012

DIA DE GRACIAS

Para Solos Contra Todos



Verón no vende humo, señores. No dice lo que quieren escuchar los medios, tampoco la gente. Dice lo que piensa. Y se dedica, antes que a decir, a hacer. Llega primero a todos los entrenamientos. Disfruta de la vida en el Country. Ama el club y si hay que jugar con medio tobillo, con la espalda a la miseria, con un dolor tan generalizado que es imposible de puntualizar, se juega así, con coraje, con entrega. La divisa ante todo. Mucho se habla desde afuera, pero la realidad es que sus compañeros lo idolatran. Verón, desde el ejemplo antes que desde el discurso, obliga a terminar con las excusas, obliga a ser mejor. Es un fantasista porque hace los sueños realidad.

Hay toda una bruma triste en el hincha que sabe que se despide el tipo que se bancó todas con tal de llevar al club a la gloria. Pero por eso justamente llegó el día en que, antes que lagrimear, hay que devolver con afecto la revolución pelada: hoy es Día de Gracias. El día para agradecerle al Pelado su amor, al volver contra dólares y consejos al club de su vida. El día para agradecerle que no haya retornado por el aplauso fácil, que haya puesto el cuerpo detrás de la causa hasta inmolarse la salud, que haya puesto el alma a pesar de los retrógradas que envidian y quieren destruir. El día para agradecerle aquel título repleto de genética pincharrata, contra todas las chances, del 2006, año de su regreso. El día para agradecerle su paternidad sobre el vecino, cimentada antes que en el juego superlativo, en una dominación ejercida desde la pertenencia, desde el orgullo, desde el corazón.

Porque es el día para agradecerle a Verón lo que ha construido, que no se limita a edificios de primer mundo o esponsoreo: Verón reconstruyó en Estudiantes esa identidad dispersa tras años de gestiones malas y jugadores de paso. Es ADN Pincha en estado puro, y volvió para volver a encender esa llama en el club, en los hinchas jóvenes, en los jugadores que llegaban o que subían de las inferiores: hoy hay militancia pincharrata nuevamente, desde nosotros, y también desde los jugadores. Verón edificó la pertenencia al club no desde palabras bonitas, sino volviendo a pesar de todo, contra todo, jugando a pesar de todo, contra todo.

¿Cómo no seguir al Capitán Ahab hasta la muerte, entonces? Así lo entendió aquel plantel que comandado por La Brujita alcanzó la gloria en el Mineirao. Otra vez, contra todo, contra 50 mil almas, contra las probabilidades, contra ese gol en contra. Era la saga del destino, era el hijo que levantaba el trofeo que le habían dado al padre porque ya cansaba llevarlo cada año a La Plata. Nuestra Copa. Verón volvió y cumplió un sueño que, cuando llegó, nadie podía siquiera imaginar. Tras 23 años de sequías había cierto acostumbramiento a la medianía: una buena campaña, claro, un torneo local, difícil… Una Copa Libertadores, sencillamente un sueño. Verón volvió y cumplió el sueño de todos, porque creía que era el destino del club. Hoy es el día para agradecerle a Verón querer siempre más.

Verón cambió todo porque cambió la mentalidad. Desde afuera seguían con el chiflido, con el inglés, con el traidor, con el tiki tiki. Que digan lo que quieran. Verón es nuestro, y mientras muchos hablaban el construía. Sus soldados pusieron de rodillas al mejor de la historia, y poco y nada se dijo: sobre todo, que Estudiantes debía haber atacado más. Aquel descomunal esfuerzo se engrandece con el tiempo.

Verón habla poco, elige sus palabras: “El que quiere espectáculo que vaya al teatro”, dijo tras las chicanas del tres veces descendido Cappa. Y con sus pocas palabras y su entrega inclaudicable, el Pelado hizo escuela. En el título del 2010 estuvo más afuera que adentro, y sin embargo fue indispensable: Verón hizo escuela entre sus soldados, escuela pura cepa pincharrata, esa que busca siempre el modo de ganar antes que el modo de agradar, esa que se entrega. Sin excusas, con humildad y solidaridad, el Rastrojero que parecía destartalado fue campeón. Ese título otoñal en su carrera es quizás el premio máximo a lo que construyó, un título en el cual no fue indispensable ya su liderazgo, porque las almas de sus compañeros ya habían sido transformadas, estaban hermanadas destrás de la divisa, como él siempre había querido. No hay un solo tipo que haya jugado con Verón y no haya aprendido algo.

Y sin embargo el tipo se inflitró en aquel torneo hasta quedar incapacitado para jugar de por vida. Y después jugó un año y medio más, para ponerle la espalda a la pálida, para comandar la transición, porque sus compañeros, esos que supuestamente lo odian, le pidieron que siguiera. Verón es enorme, pocos entregan el cuerpo como lo hizo él. Verón dejó todo, todo, pero no el todo mediático, casetero: Verón dejó el tobillo, la espalda, el alma. Me hacés llorar, la gran puta. Hoy es el día para agradecerle a nuestro Juan Sebastián Verón haber resucitado a Estudiantes. Capitán de los sueños, Comandante de corazones, el 11 de mirada hosca hizo lo que nadie creía y nos hizo volver a creer. Plantó una semilla que perdurará por décadas. Hoy sí o sí, la gran puta, nos quedamos todos afónicos recordando, lagrimeando, que ésta, la que todos odian, la que todos quieren tener, es la famosa Bruja que volvió a Estudiantes para ser campeón. Y festejar como un chico que cumple su sueño. Gracias Capitán, gracias eternas por hacernos acordar de qué se trata Estudiantes.

Un ser de otro mundo, de paseo por éste




Se va, viejo. Se retira el Pelado, el Comandante de la Pinchedad, el Capitán. Se retira como siempre, dejando hasta la última gota de sudor, jugando en un tobillo partidos que muchos consideran irrelevantes, corriendo como un pibe, predicándole con el ejemplo al kínder albirrojo que lo acompaña por estas fechas en la formación inicial. Que merecía otro final? Claro que sí. Aquel emotivo pedido de parte de un plantel que, se hablen las pavadas que se hablen, lo banca a muerte, hacía presagiar una despedida con gloria. Pero esos finales quedan para las películas. Creeme igual, viejo, que el adiós al capitán va a ser a pura lágrima, a pura emoción. La Brujita es el hincha adentro de la cancha.

Antes de su año final, marcado por las lesiones y la irregularidad del ciclo, La Brujita cumplió todos nuestros sueños, todas sus promesas. Volvió, y no volvió rengo, sin nada para dar y con mucho por cobrar: volvió pleno, entregó todo, incluso su sueldo, su plata. Quien terminaría siendo, en 2009 y 2010, el mejor jugador de Latinoamérica, llegó allá por 2006, soñando con jugar las semis de la Libertadores que jugara su papá. No pudo ser, pero nada desanimó al tipo, a ese cerebro competitivo, ganador, como todos. En sus primeros seis meses Verón cumplió el sueño de salir campeón.

Hoy quizás, engolosinados, no recordemos lo que significó aquel campeonato: Estudiantes no era campeón desde el 83, y peleaba el descenso desde el 90 casi todos los años. El hincha se había acostumbrado a cierta mediocridad, algo feliz cuando se metían un par de partidos seguidos o se ganaba un clásico, algo triste cuando el club se llenaba de aves de pase que vaciaban las arcas y se iban rápido tras campañas nefastas. En aquellas temporadas de Merlo y Burruchaga, no eran muchos los que creían verdaderamente en pelear un título. Ni siquiera el arribo de Verón le permitía al grueso del hincha soñar: simplemente no era concebible, nos habíamos acostumbrado a ser un club de esos que no pelean, que juegan a lo sumo por entrar en una Copa.

Y entonces volvió, él, el hijo de su padre, el heredero de la mística. Para mostrar un universo diferente de posibilidades, para demostrar que éste era un club grande, un club lleno de tradición y de hambre. Estudiantes volvió a ser un León joven, angurriento, pasó por arriba a todos y forzó aquella épica definición en la cancha de Vélez ante Boca. Cuando el árbitro pitó el final aquella tarde, ¿cuántos creían lo que veían? ¿Cuántos no sabían cómo reaccionar? Estudiantes era campeón. ¿Qué decir de aquella noche en el Mineirao entonces? Todavía hoy me froto los ojos, todavía hoy no lo puedo creer. Verón jugó lesionado la ida, sacrificio común en él por los colores, y se emocionó por primera vez con un título en su vida. Eramos campeones de América, viejo. Era el trofeo del destino, la Copa compartida con la historia, con el pasado, con la familia. La Copa que se vino primero que nada a La Plata, cuando fuimos tricampeones y nos la regalaron por afano, por vagancia, para no seguirla transportando.

¿Qué andaba haciendo el Pelado antes de venir? ¿Vacacionaba en algún club ruso sin jugar? No, señor. La Brujita la rompía en el fútbol italiano, en aquel Inter de los argentinos. En el año antes de tornar al Pincha, levantó la triple corona: Liga, Copa y Supercopa italianas. En 2005, Copa Italia y Supercopa. Cuando Verón anunció su partida a La Plata, tironeaban dirigentes y compañeros. No importaba las sandeces que se dijeran, sus compañeros sabían la verdad: el que se iba era un número uno, un fantasista, un ganador. La Bruja venía de una temporada para el olvido en Chelsea, con una operación que lo tuvo fuera de la cancha y un DT que no lo tenía en cuenta. Su paso por Manchester, antes de pasar a los Blues, fue un poco mejor: mimado por Ferguson en un principio, cómodo en un club ejemplar, Verón alternó brillo y opacidad para levantar su único título Premier, en 2003, y cortar con una sequía personal de 3 años. Pero terminarían cediéndolo al Chelsea: su pase multimillonario y las expectativas generadas le jugarían en contra.

Porque el Verón premier no fue el Verón fantasista del calcio: el que la rompió toda en la Lazio, pero toda toda eh. En 2000 lograba su primera triple corona italiana, algo que en la historia modesta del club romano significó inmediata idolatría para el Pelado. El mejor Verón. Sus pasos anteriores por Parma (con Copa Italia incluida) y sus inicios en Sampdoria habían ya mostrado todo lo que tenía para dar la Brujita, y lo cómodo que se sentía en aquel fútbol férreo, pensado y valiente. El mejor Verón jugó en el mejor Calcio.

El salto a Europa pudo darlo gracias a su breve paso por Boca, inexorable vidriera. Los únicos seis meses argentinos que no pasó en Estudiantes, porque hasta cuando lo llamaron anoticiados de que volvía al país, para tentarlo con jugosos contratos desde los grandes de capital, ni así la Brujita quiso jugar en otro lado que no fuera el Pincha. Aquel que lo vio ascender albirrojo de emoción como un joven talentoso e impertinente en el 95, para emigrar inevitablemente a las grandes avenidas del fútbol. ¡Pero si Verón nunca se fue! Si desde Europa ayudaba al club, si vacacionaba en el Country, su casa desde que su viejo lo ponía a patear mientras entrenaba a los 4 años, desde que se rateaba juvenil del colegio para ir a jugar un rato a la pelota entre la historia viva de Estudiantes. Verón es Estudiantes, Verón llevó la estirpe a pasear por Europa y volvió, cansado ya de crecer él, para hacer crecer al club, para cambiar todo. Más León, viejo, que este tipo secote, talentoso, inteligente y hambriento no hay: gracias Brujita por hacernos grandes con tu fútbol fuori clase. Ya lo dijo Pachorra: “Capaz que Verón es un alienígena…”.

Se va, viejo, se va pero se queda. Se queda para siempre el mito, con nosotros, como enseña que hay que seguir. Y se queda también la persona, para ayudar, para guiar. Siempre estuvo, ¿por qué habría de cambiar?