jueves, 2 de septiembre de 2010

UN DEPORTE DE COMBATE: hacia una apreciación contrahegemónica del fútbol


INTRODUCCION: El paladar
Por que se piensa al fútbol de modo diferente a como se piensan otros deportes? Acaso quien hace salto en garrocha se preocupa por la belleza de su salto? O se encarga de preparar minuciosamente cada aspecto de su técnica? Debemos, en nombre de la Belleza, ser infelices, sometidos todos los que no fuimos agraciados por la “Naturaleza”? No será mejor desdeñar esta culpa absurda de no ser, y reivindicar un futbol “feo”, batallador, trabajador, digno y capaz de competir?
Sin lugar a dudas, ningún otro deporte enfatiza tanto su desprecio por la técnica y la practica. Es cierto, el futbol se diferencia de varios deportes por la dificultad que ofrece su sistematización: un deporte con pocas situaciones fijas, con mucho lugar para la improivsacion y la creatividad. Un deporte barroco. Esta dificultad ha terminado por edificar un sistema de apreciación futbolística basado en la improvisación y la belleza de la naturalidad.
Pero la belleza es, en el futbol, un ornamento, no su razón de ser (que es, inevitablemente, la búsqueda del mejor resultado), no es necesaria, funcional. No es el futbol “la dinámica de lo impensado”, no tiene por que serlo: no tiene por que aceptar los limites de su propia razón y entregarse a la sinrazón; puede desafiar sus propios limites, pensar lo que lo excede, puede intentar disminuir hasta su minima expresión el rol del azar.
A la hora de apreciar al futbol, sin embargo, permanecen los prejuicios y los mitos que lo ligan a lo estético. Las razones son bastante claras: el gusto no es personal, y lo que muchos piensan como una elección es en realidad una sutil imposición. El gusto por el futbol bello esta directamente relacionado a dos adherencias: en primer lugar, intentar acercar el objeto de estudio al arte, campo que goza de prestigio y que legitima hasta las tareas mas inútiles, una operación que no se limita solamente al futbol y el periodismo deportivo; en segundo lugar, la adherencia es de los equipos chicos hacia lo que pretenden ser. Ellos, los equipos medianos, los equipos chicos, legitiman con su deseo y su adherencia a ese modo de apreciar el futbol, el gusto aristocratico. Asi funciona la sociedad entera, con su ignorante admiración de las bellas artes. Se trata de eso que Pierre Bourdieu denomino “gusto legitimo”: el gusto de las clases altas, naturalizado, convertido en el gusto natural, el que emerge de la nada, transformado asi en el estándar para todos los demás. Los medianos (burgueses) y los chicos (proletariado) se someten a este gusto y se relacionan con el a partir de la distancia: los burgueses intentan alcanzar el ideal aristocratico, aunque finalmente no lo logren; los proletarios, directamente, reconocen que no son parte de ese mundo, que es legitimo y del cual no son dignos, el cual no son capaces de ejecutar: se someten voluntariamente al orden establecido. “El futbol lindo es el que juega River”, dicen, y se automarginan de una practica competitiva del futbol. De “el futbol que le gusta a la gente”. La relación se da entre los chicos y los grandes de cada liga, pero también, y mas notoriamente, entre los equipos sudamericanos y los europeos. El futbol se juega en Europa y nadie, ningún proyecto, osaria compararse, competir, contra los popes del Viejo Continente. Ningun equipo sueña con llegar a una final del mundo con el Barcelona: sería más bien una pesadilla, pues no hay chance verdadera de competir.
Pero el gusto legitimo es una construcción, un ideal aristocratico relacionado con sus condiciones y sus necesidades: en otras palabras, pueden darse el lujo los equipos grandes de juntar jugadores vistosos –en general provenientes de otros clubes y no de la cantera- y organizar un proyecto ligado al redito económico del “espectáculo” y del estatus que alcanza el futbol jugado estéticamente al relacionarse a las bellas artes; la superioridad alcanzada mediante un circulo virtuoso económico –mejores jugadores, mejor espectáculo, mas redito- se naturaliza, se convierte mediante el discurso del “gusto”, del “futbol legitimo”, del “paladar negro”, en una superioridad normal, se legitima su lugar superior en el mundo. Apenas grandes proyectos, hermanados a grandes momentos, logran molestas pero inofensivas excepciones al reino de los grandes.
Este futbol aristocratico es, por excelencia, opulento, inútil. Y, despojado de su objetivo (la victoria), solo puede ser propiedad de unos pocos: los que pueden darse el lujo de jugar para divertirse, y son justamente los mismos que vacian a los equipos chicos de sus jugadores, la aristocracia futbolera que dicta . El resto se ve dominado dentro del propio sistema, o sometido a practicas de violencia simbolica que lo niegan como futbol (“antifutbol”) y se encargan de desmantelarlo a través de operaciones mediaticas y económicas que desactiven la amenaza: es asi como el gusto se naturaliza e institucionaliza, asegurándose asi que tanto desde los sectores del poder, como de los medios y la gente, se empobrecerá la amenaza villana, y sobre todo, creando aliados inconcientes (los defensores de un futbol bello y políticamente correcto) en sectores que deberían oponerse a su regimen. El circulo de sometimiento incluye también operaciones mas sutiles y profundas (es decir, mas arraigadas en lo económico), cocinadas también desde los medios, como la imposibilidad de vender a un jugador a Europa si no es a través de un grande, o la nocion instalada de que no se puede pelear un titulo desde un club chico. Nadie cuestiona asi el orden jerarquico.
El futbol ofensivo, de toque, de lujo, el futbol aristocratico, siempre va a ser mejor jugado por los aristócratas, los que traen a sus líneas a quienes son técnicamente superiores, los que cuentan con todo un sistema económico complejo, relacionado a los medios y al poder, que le permiten mantener su posición hegemonica. En la medida que los clubes de futbol mas chicos sigan apreciando de la misma manera el futbol, siempre caerán cuando se encuentren con un club grande. Lo habran hecho, inclusive, mentalmente, antes de ingresar a la cancha, obnubilados por jugadores que inclusive quizás sean menos aptos (sea lo que sea que eso significa) pero inflados a partir de constantes apariciones en los medios.
La mención constante al periodismo no es casual, dado que son el agente principal de difusión de las ideas hegemonicas, al punto de que ya no existe ni siquiera una batalla discursiva seria, una rebeldía fuerte: el gusto por lo bello se ha naturalizado profundamente, y hasta los periodistas mas lucidos muestran la hilacha y no pueden correrse del lugar políticamente correcto, de la preferencia por un futbol elevado, limpio y bello. Un futbol artístico. También su prosa se contagia de este deseo de adherir al gusto legitimo: escribir “bien” es para ellos escribir bello e intrincado, y referir constantemente (aunque de modo ambiguo, sin especificar) a operas, libros, etc. La referencia vasta a la alta cultura intenta adherir no solamente su oficio (el periodismo) sino su pasión (el futbol) a la cultura aristocratica, intenta elevar el futbol, convertirlo en algo mistico, diferente e imposible de aprehender (a la vez otorgando al periodista el “beneficio de legitimidad”, que consiste en sentirse “justificado de existir como se existe, de ser como es necesario ser”). Asi se corre al futbol del lugar del deporte, con sus técnicas y sus objetivos, hacia el mistico lugar que el arte ocupa en el imaginario (lo elevado, lo sublime); y comienza el proceso de naturalización y mistificación que oculta los mecanismos de dominación y violencia simbolica indicados.
El modo de salir de esta lógica interpretativa del futbol no es sencillo, y siempre permanecen prejuicios demasiado arraigados en nuestros razonamientos. Nadie puede escapar a la lógica hegemonica hacia un sitio limpio de preconceptos desde el cual realizar un análisis puramente futbolístico. Es justamente por ello que se vuelve necesario, al menos, emprender una tarea que desmitifique el futbol, que lo desnude, que muestre lo caprichoso de la apreciación actual, que demuestre su carácter construido, no natural, que termine con algunas dicotomías que han terminado por perpetuar inexactitudes e injusticias en el futbol. Que eduque sin bajar línea: educar no es sublimar lo estudiado, convertirlo en materia mágica imposible de conocer, solo posible de ser admirada; educar es, a partir de un trabajo de desarme de estos mitos sublimantes y sometedores, intentar conocer el objeto lo mas desprejuiciadamente posible. La mistificación funciona en definitiva como modo de perpetuar el sistema vertical; la educación atenta contra los mitos, dispersa la cortina de humo a través del conocimiento, busca (quizás en vano) la utopia horizontal y paracultural, modifica y cuestiona verdades aparentemente fijas y, en el camino, construye una apreciación contrahegemonica del futbol, racional e igualitaria. Permanecera, a todas luces, una utopia: trabajar afuera del futbol es imposible. Se puede, sin embargo, trabajar “contra” el gusto: reivindicar las formas marginadas y deslegitimadas, sin fetichizarlas por ello, igualándolas a las demás opciones en el horizonte de posibilidades futbolísticas. Pretendemos de ese modo acercar el futbol a su lugar (el deporte) y alejarlo de las lugares mistificadores y aristocraticos que hoy ocupa en el campo. La intención será, entonces, desmitificar el futbol, aunque necesariamente construiremos un discurso y un gusto que no serán sino ficciones, incompletas en su acercamiento y siempre, necesariamente, atravesados por la lógica hegemonica: ya que no podemos liberarnos, procuraremos edificar un discurso subversivo, resignificador, desmitificador y pragmático. Aunque ello nos posicione en un lugar del absurdo y simplista debate dicotómico que absorbe inútilmente el tiempo de los opinadores de futbol, no nos interesa esta impostura, que, de todos modos, no es sino una construcción del poder hegemonico para caricaturizar y villanizar toda posible forma de oposición inteligente y sostenida. Nuestro interés no es debatir inútilmente con ellos, sino destruir sus argumentos y construir posibilidades iguales a partir de una minuciosa desarticulación de su lógica naturalizada, acercando al futbol hacia una utopia donde el discurso y la sociedad no lo atraviesen y lo utilicen, un futbol donde las estrategias no estén moralizadas y cada uno pelee con sus herramientas sin ser condenado ni estarlo de antemano.
Bajo el influjo de ciertas lecturas cesgadas de Bourdieu y Foucault, montamos este modo de ver combativo, este provisional teatro mutante –eternamente incompleto-, porque lo creemos necesario; excesivo por tramos, a lo mejor, generalizador, corrosivo, pero, esperamos, capaz de iluminar los mecanismos ocultos, sistematizados, del futbol, que provocan que, excepto inofensivas excepciones, siempre ganen los mismos.

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