miércoles, 6 de agosto de 2014

La revolución del 67

Las imágenes son borrosas, en blanco y negro, filigrana fotográfica color sepia verdadero, por el tono que ha teñido las páginas de las revistas que pasan de una generación en otra. ¿Video? En la prehistoria de la TV, apenas se pueden intuir algunos golazos de la Bruja en el ciclo Zubeldía entre las rayas del tracking y el temblor de las cámaras. Y entonces, lo que crece es la leyenda de la revolución de agosto del 67.

Se transmite de boca en boca, de generación en generación: cualquier Pincharrata sabe de la relevancia de este acontecimiento primigenio, fundacional para la institución y para la historia del fútbol argentino. Mucho se distorsiona, claro, pero hay una verdad profunda que no se puede deformar. Porque aquel 6 de agosto Estudiantes le pegó un baile de novela a Racing, le metió tres pepas al favorito equipo de José y se llevó a casa el Metropolitano, el primer torneo en 37 años de profesionalismo que iba para un club que no era Boca, River, Racing, Independiente o San Lorenzo.

Los dos equipos finalistas, Racing y Estudiantes, llegaban con lo justo. Tres días antes la Acadé había sacado del torneo a su clásico rival en tiempo suplementario, mientras que Estudiantes había visto surgir desde dentro suyo la mística fundacional al volver de un 1-3 ante Platense, con un hombre menos, y terminar venciendo 4-3 para alcanzar la final. Ese día, cuenta la leyenda, cuentan los abuelos, los jugadores se miraron y se juramentaron, de modo silencioso como hacen los grandes hombres, que ese título sería suyo.

En la final no hubo equivalencias. Madero, de tiro libre, Verón y Ribaudo anotaron su nombre en la historia y Estudiantes apabulló contra todo pronóstico a Racing, forjando el nacimiento de la primera sublevación del fútbol argentino contra los reyes. Estudiantes, el regicida, seguiría cortando cabezas coronadas y asquerosas en su opulencia, pero sobre todo pavimentaría el camino para que todos se animen a abandonar la pasividad con que se jugaba contra los capitalinos (¡si hasta Don Osvaldo contaba los “secretos” del campeón para que se aviven!). Por eso, al día de hoy, permanece el club más odiado del fútbol argentino, y uno de los más odiados a nivel mundial. Por irreverente y revolucionario.

Hasta aquel día, tan fundacional en su historia como el 4 de agosto de 1905, Estudiantes era un simpático equipo, un hueso duro de roer particularmente en su fortaleza de 57 y 1, pero poco más. Aquel torneo implicó una sublevación tal al orden hegemónico que, necesariamente, corrió sangre. Los reyecitos del fútbol no iban a permitir semejante impertinencia. Comenzó entonces la campaña contra Estudiantes: ¿o vamos a pensar que Racing ganó la Intercontinental sin pegar patadas? Empezaron los mitos, la diseminación de idiotas ideologías sobre nuestra natural forma de jugar, la moralización del fútbol. Estudiantes fue el malo, expulsado del deporte porque aquello que jugaban no era fútbol. Era antifútbol: el trabajo era ninguneado por mecanizante, y las mañas se volvían trampas. El camino a la gloria no era de rosas, ya lo había vaticinado Don Osvaldo. Era de sangre, de sudor, de lágrimas. Aquel día, Estudiantes comprendió que estaba verdaderamente, profundamente, solo contra todos.



lunes, 4 de agosto de 2014

La Hermandad

Orgullosos los hinchas de Estudiantes inflan el pecho: viste camisas rojas y blancas al trabajo, se saludan con efusividad y se palmean la espalda mientras repasan algunos de los capítulos gloriosos del novelón de la vida del club. “¿Te acordás…?” Es 4 de agosto, fecha patria: hace 109 años nacía Estudiantes de La Plata, en una zapatería que ocuparon un grupo de jóvenes emprendedores que querían jugar a la pelota.

Nada, dirán, muy diferente a lo que hacen otros clubes: todo equipo se cree especial y se enorgullece de sus colores, y a lo sumo estos pinchas son excesivamente orgullosos y efusivos, como si fueran parte de una logia secreta, demasiado celosos de su pasado, militantes de la camiseta. ¿Qué se creerán estos platenses, ese clubcito sin cancha?, piensan los de la Argentina rica, que ahora le piden más plata a la TV para buscar volver a abrir la brecha entre los opulentos y los pobres.

Y contra esa jerarquía se rebeló Estudiantes. Porque Estudiantes nació un 4 de agosto y vivió una época maravillosa de la mano de Los Profesores, pero su narrativa está inexorablemente signada por esa subversión que comandó Don Osvaldo Zubeldía. De allí en más, cambió el fútbol argentino, para siempre.

El primer equipo de los denominados chicos en ser campeón por fuera de los capitalinos. Tricampeón de América en épocas de pujante y bravo fútbol sudamericano, por encima de Racing, Peñarol, Nacional, Independiente, todos campeones del mundo. Y campeón del mundo también el cuadrazo de Zubeldía, claro: porque, ¿te acordás?, la Bruja metiendo el cabezazo en el segundo palo, como enseñó Don Osvaldo, como siguen haciendo los equipos hoy. Y te decían que hacías trampa, Estudiantes: envidiaban tu éxito hecho de humildad y laburo, sin estrellas ni declaraciones, sin luminarias, el triunfo de la prepotencia del trabajo; tenían pánico moral ante tu ascenso, la irrupción de un fútbol sin sumisión a la histórica realeza del deporte, un modo de jugar el juego peligroso para la cómoda elite que se da cita en Buenos Aires.

Zubeldía cambió todo. Su discípulo, Carlos Salvador Bilardo, llevaría a Estudiantes a revivir la gloria en los ochenta y luego conduciría, otra vez ante mucha oposición (y amenazas de muerte, atentados, intentos de golpe…) a la Selección al título del mundo. Y luego a un subcampeonato mundial, una de las historias más emotivas del fútbol: una épica que replicó Alejandro Sabella, otro de la escuela.

Y la historia siguió, porque Estudiantes, cofradía contra todos, es ante todo hermandad, familia, un conjunto edificado con el sólo propósito de defender contra el enemigo y enseñar al nuevo miembro de la familia algo etéreo, inasible, valores, modos de ser. De allí, inevitablemente, surge la mística: eso que tiene Estudiantes en los momentos donde cuenta, porque no defiende un resultado, o un plantel, ni siquiera una camiseta. Estudiantes es mucho más: lo que se defiende, colgados del travesaño, si hace falta, señores, es la familia.

Por supuesto que hubo descalabros y miserias. Por supuesto que la historia no debe ser sólo de aburrida gloria, como la de los capitalinos, una vida sin sobresaltos: de los errores se aprende y son el condimento de las historias que les contamos a nuestros hijos. A esta generación le tocó vivir, joven, el descenso, y luego, le contarán a su prole pincharrata, vieron volver al Pelado, que no es otro que el hijo de la Bruja (la familia no es cuento), el que la descocía en la B, para volver a soñar con gloria. Y el club, el que descendió y transitaba inocuo por la Primera a comienzos de siglo, se refundaba una vez más y, contra todas las opiniones expertas, los pronósticos y también, una vez más, contra los medios que desde 50 kilómetros volvían a entrar en panicoso estado, volvía a poner de rodillas al mundo. (La Mística no es cuento).

Y entonces… ¿Cómo no va a ser el hincha de Estudiantes orgulloso de su pasado? Si Estudiantes, señores, es un pedazo enorme de la historia del fútbol argentino, que no puede contarse soslayando las insistentes subversiones del equipito de La Plata contra la adversidad. Se contará la historia, muchas veces obviando cosas, por supuesto, ninguneando logros, otras veces no, otras veces reconociendo lo que significa nuestro club. Pero, por suerte, la Mística no podrán contarla nunca: no entra en los libros, no es posible volcarla al lenguaje, está más allá de las palabras. Eso se transmite acá, en casa, de generación en generación.



Brindemos, entonces: aprovechemos la excusa del aniversario (una razón para contar anécdotas entre amigos, como todo cumpleaños) para acordarnos de la Bruja y de su hijo, de Osvaldo y del Doctor, de Los Profesores, de Sabella, de los Animals de Old Trafford, del partido con Platense, el 3 a 3 con Gremio, el 4 a 3 al Sporting, el gol de la Brujita al Palmeiras, el 7 a 0… Brindemos, querido hermano pincharrata, por 109 años de mística.

viernes, 1 de agosto de 2014

Lo que queda


Don Julio se había sacado su famoso anillo y cuentan quienes frecuentan los pasillos que la AFA que hace rato ya no se veía a aquel hombre decidido a hacer lo que sea necesario. ¿Por el fútbol? ¿Por permanecer en el poder? La respuesta es un confuso coctel de aciertos deportivos y abuso de poder. Pero así como el poder desvela y corrompe, la vida desgasta: y de aquel hombre que juró irse muerto de AFA, dicen, ya poco quedaba: su esposa Nélida, su compañera de toda la vida, había fallecido hacía ya dos años y Grondona, consciente de que “esto no pasa”, había anunciado que este sería su último mandato. "Dicen que cuando uno se va, se va el otro. A mi, hoy, no me molestaría en lo más mínimo, irme", dijo, y se quitó el infame anillo.

A un mes del Mundial se cumplió el segundo aniversario de la muerte del amor de su vida, que, resultó ser, no era la pelota o el poder, sino su mujer. Don Julio luego tuvo que sufrir los siete encuentros del torneo y el disgusto de una derrota que hubiese significado el corolario a su carrera. Demasiadas vidas vividas para que ese corazón de 82 años, que en el mediodía del 30 de julio dijo basta para mí, y se fue a descansar, a buscar a su Nélida.

“Todo pasa”, ironizaron ciertos medios: la frase se volvía en contra del dueño del fútbol argentino durante 35 años, más que la democracia. El hombre que se llevó bien siempre con el poder, y eso implicó los extraños timonazos que dio el fútbol durante su gestión. Mutaba con una habilidad de enganche según las circunstancias, y así sobrevivió nueve presidencias (algunas de las cuales incluso intentaron correrlo: desde Alfonsín hasta este gobierno de Cristina Fernández de Kirchner).

Asi también llegó a Suiza, sin hablar inglés, desde Sarandí: desde la ferretería y el club del barrio, hasta la vicepresidencia del mundo. El manejo del fútbol, más en Argentina, es un difícil arte entre los negocios y la política en el cual la ley en general obtura, obstaculiza: en ese mundo Grondona consiguió, a menudo contra la ley o al menos en áreas muy grises de la legislación, edificar una AFA fuerte, una Selección ordenada y campeona del Mundo, un predio de primer orden en Ezeiza, un fútbol base serio y ganador hasta sus últimos años y, por supuesto, una carrera política que podría, si no hubiera permanecido fiel a Blatter, haberlo llevado a la presidencia de FIFA. Si fue el hombre fuerte de Sudamérica en la organización que comandaba su socio suizo, es porque recordó siempre que el poder no es de uno sino que a uno se lo dan: todo quien lo conoció reconoce que pocos sabían de los recovecos del enorme país futbolero como Don Julio. También por ello supo mecerse al compás del color político que le tocara al país en cada momento.

La cuestión de la televisación, clave en el fútbol del siglo XXI, marca sin dudas su más relevante giro: el fútbol argentino, hace rato en una crisis económica mezcla de manejo sin escrúpulos de los dirigentes y una posición socioeconómica que dificulta, casi imposibilita, competir con otros mercados, estaba por 2009 en un rojo llamativo. Los clubes debían 500 millones a la AFA y más a otros acreedores: la TV privada, socia de Grondona durante ya dos décadas, desde que comenzara en los 90 una fructífera relación con Carlos Avila y su multimedios, no ofrecía más de 150. El gobierno nacional puso 600 sobre la mesa, el rojo quedó anulado y el fútbol, bajo la consigna de que se trata de una parte de la cultura nacional, pasó a transmitirse para todos.

El rojo, por supuesto, renació con furor al siguiente año: los clubes necesitan jugadores, los jugadores piden dólares y si no se van a otras ligas, cualquiera. Entre la histeria del medio por conseguir un puñado de puntos, los éxodos masivos y, claro, las innumerables cometas que cada pase conlleva (intermediarios, muchas veces los propios dirigentes, además de plata para el jugador, el club, el representante, la familia…), los cuadros se endeudaron sin remedio. Hubo amenazas de controles desde la AFIP (uno de los organismos a los que los clubes adeudan por millones), y también, como siempre, de AFA, que tiene la responsabilidad de obligar que los presupuestos se cumplan desde 1999. Pero nada sucedió, como siempre: la pelota sigue rodando y el fútbol argentino camina lento pero certero hacia la atomización de su liga de primera. Argentina tendrá, sin control sobre los clubes y también leyes para evitar el éxodo de la juventud y organizar el fútbol base, rápidamente una liga como la uruguaya o la colombiana, un mercado de exportación de materia prima. El modelo agroexportador, se sabe, lleva inevitable al fracaso.

Pensar entones que la muerte de Don Julio significará un cambio profundo resulta difícil de creer. El modelo seguirá siendo el mismo. La cúpula de AFA es la misma, la que levantó la mano siempre a favor de Grondona, por convicción o porque sus clubes dependían, para subsistir, del dinero que hábilmente adelantaba Don Julio de los derechos por TV que acapara AFA: la maniobra base con la que estableció su corte adicta. Difícilmente quien asuma se proponga, como establecen las reglas, obligar a los descensos de aquellos clubes que no cumplan con sus obligaciones económicas. Difícil imaginar un cambio de conducta, además, de este grupo de dirigentes criados en un edificio, el de Viamonte, donde pesan más las reglas no escritas que las escritas.

Nada cambiará, solo que quizás ahora, en poco tiempo, Don Julio se extrañado.

Porque no habrá fin de fiesta: llegará alguien, imitador o, más difícilmente, opositor, que apelará otra vez a este sistema caudillesco para gobernar, sólo que sin las alianzas forjadas por años de artesanal trabajo por Grondona. Crecerá la oposición, seguramente, pero también propondrá una figura, nunca un equipo. Los clubes grandes aprovecharán el vacío para volver a discutir los derechos de TV, esos que acapara AFA, planteando que en otros países los clubes negocian por separado. Tampoco el poder política forzará un cambio: nadie pedirá el disparate de que se investigue su propia mano de obra, las barras bravas, y todos buscarán el modo de aliarse a la AFA para que ese preciado botín político que es el fútbol siga aliado al poder, un matrimonio por conveniencia. Surgirán estas y otras peleas por unos pesos, por un poco de poder: con el Rey muerto, el problema no es quien ocupará el trono, sino como evitar que todo se desmorone.

En sus últimos años avisó Don Julio, harto ya del fútbol, de las críticas constantes, de que nunca se viera lo bueno: avisó que sería extrañado. Y no quedan dudas: Grondona será extrañado cuando su reino devenga en una pelea entre tribus, cuando su castillo de naipes de imposible altura, su Estado construido en base a alianzas y dependencias, favores y obsecuencia, sostenido por su hábil figura, se derrumbe. Se ha ido Grondona, y queda una historia que no puede ser contada desde el blanco y negro, una historia de gloria y oscuridad imbrincadas hasta volverse indistinguibles. También queda esta enorme crisis que parece el comienzo de un apocalipsis de esos que el fútbol argentino siempre sobrevive, pero que algún día no sobrevivirá. Y el barco sin su capitán.






martes, 15 de julio de 2014

Herederos de la mística: a 5 años del Mineirazo



El global está igualado en uno y el encuentro comienza a extinguirse, cuando la pelota se eleva sobre el área y el delantero vuela sobre la oposición para estampar la furibunda desigualdad. Quien celebra incrédulo no es Mauro Boselli sino Ramón Lentini. No estamos en el Mineirao, sino en el Estadio Ciudad. No hemos aún alcanzado las traicioneras mieles de una final, esa instancia de ilusiones que pueden volverse contra uno. “Casualidad”, dirán muchos, ese gol de un juvenil que escribió su nombre en la historia y luego se esfumó, para pasar con pena a la primera fase de la Copa Libertadores 2009.

“Mística”, sostendremos nosotros, convencidos aún en aquel segundo encuentro, todavía pre-Libertador. Mística que es a la vez sudor mancomunado, la creencia profunda, genética, del poder de la hermandad, y sangre legada, inexorable destino de gloria.

Nadie creía en el ejército del Pelado. Pero puertas adentro había un juramento de venganza, tras la fallida final de la Sudamericana en 2008. Desde aquel visceral sentimiento revanchista se puede ya ver la voluntad de los hombres y el legado heroico de la historia: también los muchachos de Zubeldía juramentaron revancha tras perder el torneo de 1967 invictos, y tras caer en 1969 ante el Milan quisieron una Copa más; también hubo promesa en aquel vestuario de San Pablo, en 2006, cuando por penales el local nos dejó afuera de una Copa donde ya se vislumbraba el despertar de un destino adormecido.

Costó, por supuesto: tras aquel título de 2006, la mesa parecía servida para volver al plano internacional, pero los bizarros calendarios de AFA empujaron el regreso a la Libertadores, ese primer amor al que siempre se vuelve, para 2008. Para entonces, el núcleo 2006 había mutado, las relaciones en el vestuario no eran las mejores y el equipo terminó cayendo, en casa, ante el futuro campeón.

Llegó Astrada al banco, que conduciría a esta nueva generación a su primera final internacional, para luego, en plena Libertadores 2009, perder su ascendencia sobre el grupo. La clasificación de Estudiantes se complicaba, había rumores de trompadas en el vestuario y, otra vez, nadie creía en Estudiantes. Ultimo en el torneo local, era evidente que pronto se caería en la Libertadores y se quedaría sin nada. Para colmo, Astrada dejaba el cargo y la dirigencia apostaba fuerte, muy fuerte, a un tipo casi desconocido para el piberío: llegaba Alejandro Sabella para realizar sus primeras armas como entrenador, tras una vida como jugador y otra como ayudante de campo de Passarella.

Y entonces, la barca comenzó a enderezarse: el doble comando Verón-Sabella apeló a la historia para sacar al equipo de sus rencillas improductivas y enfocarlos en su chance de hacer historia. Como una vacuna, la mística fue inoculada y lentamente el torrente sanguíneo del plantel fue absorbiendo no solo conceptos, ideas de juego, sino convicción en que se podía: y el convencimiento hace leones de gatitos pero, además, es un componente clave para la táctica, el motor para que el equipo esté concentrado (porque “un error es un gol...”), para que los relevos se realicen aún sin energías para dar más. Estudiantes, el del orden y el corazón para fundar milagros y construir leyendas, el de la historia que parece siempre inverosímil, siempre una película yanqui de las malas, empezaba a florecer.

Pasaron las fases, con sufrimiento, pasó Libertad, pasó Defensor Sporting, pasó Nacional, copamos Uruguay, cada vez más grande la certeza, como vez más gigante el olor a hazaña, cada vez más cerca esa hermosura de trofeo. Llegó Cruzeiro, el temible, y todos, con Don Alejandro, alérgicos. Pero era lógico: las épicas no se escriben con batallas finales facilongas, contra monstruitos imaginarios. A las finales, como a las ideas, como a la mística, hay que ponerle el cuerpo detrás.

Como prueba allí está esa imagen ícono, poster del film “Estudiantes de La Patria: la leyenda continúa”: Verón, el veterano capitán que podría estar jugando para algún equipo de Islas Caimán y juntando pepitas de oro, se rompe el pómulo y mira, torvo, a su enemigo. Le quieren marcar el terreno, quieren hacerle sentir el rigor, pero ¡pobres! no saben a qué monstruo de hambre primordial despiertan, no saben que sueño de la infancia lo empujó a volver a sus pagos, no saben de la mística y su pelado primogénito. Su actuación en ambos encuentros, una solución mística de cerebro y tesón, pone la piel de gallina de sólo recordarla. Desde el terreno conducía el capitán; desde le banco comandaba el general, El Magno, pedía el imposible: bajar la estrella del cielo, cosas de enamorados, imposibles que Estudiantes vuelve posibles, probables.

¿Aún si te vas 0-0 de tu cancha, si visitás la inexpugnable cancha del Cruzeiro? ¿Aún si podrías haberlo, incluso, perdido? ¿Aún si, Pincha cabulero, te hacen entrar por la Puerta 13? ¿Aún si, en encuentro parejo, tras haber neutralizado a tu rival gracias a la alquímica mente de Sabella, te clavan un gol producto de un disparo imperfecto que roza en el azar? Ah, que bárbaro: los cohetes se agotaban otra vez de los comercios, como en 2008, cuando muchos platenses apostaron al fracaso y al estruendo gozador. Ya los medios te dan por muerto: ¿qué vas a hacer, Estudiantes?

Y entonces, sólo entonces, sólo cuando quedó establecida la imposibilidad absoluta de alcanzar la hazaña, entonces, como confiaban las miles de almas que viajaron a Belo Horizonte con plena seguridad en este conjunto imbuido de la mística que atestiguaron abuelos y padres, que contaron a sus hijos; solo entonces, acudió el León a su cita con la historia.

Primero la Gata, empujando un centro enroscado de Cellay, tras pase inverosímil de Verón: el festejo, brazos abiertos, lágrimas de emoción y algarabía generalizada en cancha y en tribuna, a la retina de la historia del fútbol. El Pincha empataba, ¿no era que no se podía?

Después, Boselli: más rosca imposible al centro del Pelado, rosca de cinco décadas de laboratorio, y el cabezazo de Mauro, arriba, contra todos, como Estudiantes, contra todo. Pim, pum, gol: el Pincha arriba, ¿no era que no se podía?

Con el 2 a 1, iban a tener que matar a los jugadores para hacer un gol: ellos, que habían ya producido en masa banderitas que anunciaban su tricampeonato, terminaban vencidos en su propia casa. Seguro, metieron un tiro en el travesaño que, usted y yo sabemos, lo sacaron para afuera el Ruso y Don Osvaldo: porque eso también es mística. Dirán ojete, siempre la palabra que los no iniciados pronuncian para explicar tanta mística, pero el destino también se construye con el pasado que empuja al corazón a latir más fuerte, que se encarna con el jugador y lo vuelve enorme, invencible, en la adversidad.

“Somos la gloria”, pronunció hace cinco años, lagrimeando, el reproductor y reinventor de la mística, mientras el portador genético del pasado se abrazaba en el césped del Mineirao en una foto para la historia. Andújar, Desábato, Alayes, Schiavi, Cellay, Ré, Díaz, Angeleri, Braña, Verón, Pérez, Benítez, Fernández, Boselli, Calderón, Iberbia, Albil, Salgueiro… Hace cinco años son gloria: pasado místico pero no historia muerta, pasado que crece en el tiempo como leyenda y se encarna en los pibes albirrojos, esos que todavía juegan en el Country, y los empuja a volverse enormes ante la adversidad. La historia no es para los libros: en Estudiantes, la historia es siempre semilla de nuevas historias. La historia vive en nosotros.





lunes, 14 de julio de 2014

Nuestra Italia 90



El lenguaje no alcanza, apenas consigue arañar la superficie: Argentina siente un desgarrarse el alma, un esfuerzo gladiador en vano, vuelto sangre y cenizas en un instante, una distracción fatal como cuando uno cruza la calle mirando hacia el lado incorrecto. Así, así fue el tanto de Gotze para el triunfo alemán, en tiempo suplementario. Y ahora algunos ponen máscaras de sonrisa y tiran petardos, algunos incluso se exceden y tiran piedras y la policía, que también es Argentina, contesta: porque estamos todos más que calientes, porque ese gol será pesadilla de cuatro años.

Alemania es campeón del mundo, y justo: el mejor equipo del torneo, el de proyecto más coherente, formado allá tras la salida de Klinsman. Low, el actual entrenador, era su mano derecha y formó este grupo que ahora lleva dos mundiales, ocho años, jugando de la misma manera. Un ADN, además, que hoy, desde el Bayer Munich y los equipos que han sabido imitar el nuevo modelo, domina el mundo.

Esta Copa es entonces como aquella de 2010 de España, la frutilla en el postre de un proceso planificado: todo lo contrario al equipo argentino, que tuvo tres entrenadores desde el Mundial pasado, además de estar siempre atravesado por la improvisación y la polémica. AFA es insoportable, y también los medios argentinos, que comenzaron buscando cortarle la cabeza al entrenador y hoy lo aplauden. Por todo, seguramente el mejor técnico argentino de los últimos 24 años, Alejandro Sabella, no seguirá en el cargo.

El Magno: responsable de esta final, comenzó escuchando algunos pedidos demasiado públicos de los jugadores y terminó acomodando el equipo a lo que pretendía. Solidaridad, inteligencia, equilibrio, claves del equipo también ayer para contener a los incontenibles germanos: Alemania tuvo una de cabeza en el primer tiempo, y poco más. Aproximaciones, varias, posesión, toda: pero Sabella sabía que aquello era lo que convenía. Que la tenga el equipo de Low, pero sin espacios.

Y entonces hay que hablar, otra vez, de Mascherano. El sólo merece la Copa, y sin lugar a dudas ha sido el mejor jugador del Mundial, el líder de una manada que se sobrepuso a todo tipo de dificultades. Faltaron Di María, Agüero, Higuain, por lesión, tres de los cuatro fantásticos: el otro terminó el torneo con el motor fundido. Masche corrió por todos. Ayer, fue otra vez pulmón y cerebro, el guía de una defensa que nunca se desordenó y minimizó a Alemania, el temible, el del 7 a 1 al vecino rencoroso.

El plan funcionaba: pero los de arriba no. Porque, al revés que lo que se esperaba, el déficit del Mundial fueron los que jugaban solos. Messi pagó una temporada de patadas, y también le peso, ayer, ser el único capaz de conducir a la victoria; Di María se lesionó cuando mejor estaba; Agüero, seis lesiones el año, nunca fue; Higuaín jugó mejor para el equipo que para sí mismo, y nunca alimentó con goles su confianza. Ayer, cuando tenía todo para romperle el arco tras garrafal error en la salida germana, le perdonó la vida al rival. Luego le anularon un gol.

Es que Argentina era mucho más. Esperaba y salía, y con los de arriba todavía frescos y un gran depsliegue de Lavezzi, acumuló chances e insinuaciones. A las dos de Higuaín, hay que agregarle un mano a mano de Messi y otro de Palacio. Todos erraron su cita con la historia, y mucho tuvo que ver el pulso. La Selección podría haber recibido colaboración para marcar si el árbitro hubiese cobrado un alevosísimo penal de Neuer a Higuaín: el arquero salió a lo bonzo y estrelló su rodilla contra la mandíbula del Pipita. El árbitro se disfrazó de Codesal y marcó ¡tiro libre para Alemania! Y la afición local celebró.

Con el correr de los minutos Argentina comenzó a sentir los dos alargues jugados y el estado físico general, que nunca fue bueno. Alemania seguía fresco, andá a saber que toman allá en los feed lots de Berlín, y comenzaba a preocupar. Sabella se la jugó y metió a Agüero para que juegue a espaldas de Schwensteiger, y a Palacio, para jugar de contra: ambos le sumaron preocupación pero le quitaron peso al ataque. Y entonces, la Selección comenzó a jugar en zona de milagros.

Y no hubo mesianismo que nos salve: Alemania encontró una, de la mano de dos que saltaron del banco (Schurle y Gotze), la mandó a guardar cuando el reloj decían que ya eran penales menos cinco, y chau pichi, a llorar al Obelisco. No hubo mesianismo, pero, quizás, sea para mejor: Alemania no tuvo al mejor jugador del Mundial porque fueron un bloque para la victoria, y Argentina, esta Argentina que supo armar, contra viento y marea, contra presiones y lesiones, Alejandro Sabella, tampoco tuvo a una estrella determinante y fulgurante, sino que jugó, ganó y perdió, como equipo.



Como equipo. Hace rato que en la Selección no se sentía esa palabra: decir, siempre, para la gilada; concretarla, pocas veces en muchos años. Acá hubo cofradía, manada de bestias, siempre al borde, siempre acalambrados hasta el alma, heridos por todos lados, cansados de tanto nadar contra la corriente. No alcanzó: y ahora nuestra generación tiene su Italia 90, y recordará con amor, no hay otra palabra, las corridas del Masche, las atajadas de Chiquito, a Rojo, la puta madre, ¡a Rojo rompiéndola!, a Biglia enyesado, al Pipita clavándola contra Bélgica, al Messi líder y volador de la primera fase, al Fideo y ese gol agónico con Suiza. Fue hermoso, después de todo, durar todo el Mundial tras tantos años. Pero ahora hay que bancarse este dolor: faltan cuatro años, el futuro es incierto, y el presente duele con la certeza de que se escapó por nada.

miércoles, 9 de julio de 2014

Las manos de Chiquito, el corazón de todos: Argentina en la final

Los penales eran una condena. Argentina había buscado y buscado, los jugadores habían dejado el cuero, todos mallugados, bendados, golpeados, las piernas atadas ya: pero, en un verdadero encuentro de ajedrez, donde los equipos se neutralizaron y cada movimiento estratégico desde el banco fue correspondido con un cambio del rival, en esa partida mental pero también física, porque cada centímetro regalado era una opción de peligro, y porque había que tener orden y paciencia en una semifinal del mundo, con las revoluciones a dos millones por hora, bueno, en esos 120 minutos de tensión extrema, la Selección de Sabella no pudo encontrar el hueco y se encontró en los penales.

Los penales: allí asustaba Holanda, que en cuartos había pasado también desde los doce pases, con Van Gaal cambiando al arquero para la definición y Krul yendo siempre para el lado correcto. Para colmo, la Naranja no había marrado ni uno, y sus pateadores, fríos y letales como el acero, prometían repetir.

Y con todo esto cruzándose por la cabeza de cada hincha, allá y acá, con todos puteando y morfando uña y buscando calma en alguna costumbre, pateó Vlaar y tapó Chiquito: enorme tapada del golero, yendo hacia su izquierda con confianza, esperando al pateador, agrandándose, conciente de su rol para la historia. Tapando nada más y nada menos que el primer penal.

Y Argentina tomo la posta que sugería el arquero y pateó, todos y cada uno de sus tiros, de modo brillante, confiado. Apenas Maxi Rodríguez, tan feroz pateador, tuvo alguna duda y recibió el guiño de la historia. Si la metía pasaba a la final, ¡a la final!, Argentina, y tiró, y Cilessen tapó, pero la violencia del remate provocó que se le colara y después ya no recuerdo mucho más.

Antes, hubo un encuentro. Un encuentro jugado con enorme disciplina de parte de los dos, con jugadores como Sneijder y Lavezzi, de vocación ofensiva, prestándose solidarios al retroceso, partes indispensables de los mecanismos de neutralización de los dos equipos. En esa tironeo por ver quién se quedaba en la cama del partido con la manta corta que es el fútbol, quien conseguía taparse y quedarse con todo, quien conseguía desnivelar sin desprotegerse, Argentina estuvo más cerca, e incluso, mientras tuvo piernas, fue el que más propuso. Volvió a mostrar una evolución, como en cada encuentro de la ronda final: cada vez más sólido, llega a la final lejos de aquella imagen de los primeros encuentros donde los roles parecían confusos y los intérpretes no parecían sentirse cómodos.

Hoy Argentina, Argentina equipo, con Messi absolutamente rodeado, sin Di María, sin Agüero por bastante tiempo, Argentina grupo, Argentina pandilla que se revela contra las adversidades y se entrega por el de al lado, se metió en la final: se viene el monstruo alemán y la final será un clásico de copas del mundo... pero eso lo empezaremos a pensar mañana.

sábado, 5 de julio de 2014

Cruzó el Rubicón

Veinticuatro años, un montón, una vida sin Argentina en semifinales. Dos generaciones enteras de futbolistas llegaron hasta ese límite, hasta cuartos nada más. Esta Selección, que crece y crece, se rebeló a esa marca ominosamente presente como una condena: con gol de Higuaín cuando el partido amanecía y gracias a la contención esmerada de los peligros que suponía el rival, sacó a Bélgica y se metió en semis, después de cinco mundiales.

Arrancó derecha la cosa para Argentina, con espacios para circular la pelota, Messi enchufado y, demás, tras un desvío fortuito, un tremendo bombazo de Higuaín, volea de aire sin detener el balón, para sacudir las redes y la mufa que rodeaban al nueve argento. Así lo gritó, otro desahogo más en la historia de Argentina en el Mundial, otro jugador que aparece en el momento justo. Argentina, casi desde el vestuario, se ponía arriba.

Hubo un retroceso en el campo, sí, pero un retroceso estratégico, que apuntaba a liberar espacios para los delanteros y, a la vez, contener a Bélgica, rapidita desde De Bruyne y Hazard. A los cracks belgas les rodearon la manzana y los esfumaron de la cancha, forzando, como tantas veces hacen con Argentina, a que tengan la pelota los que no deben. Con Biglia y Masche en el centro, y la entrega para el retroceso de Lavezzi, casi volante, la Selección no solo controlaba la trama del partido, sino también conseguía las mejores aproximaciones.

De una habilitación deliciosa, de hecho, que lanzó perfecto Messi desde detrás de mitad de cancha, llegó una de las más peligrosas para Argentina: Fideo enganchó ante Kompany, pero el del City no se comió el amague y tapó el disparo. En la caída, Di María sufrió un tirón y tuvo que salir de la cancha: el jugador ideal para el partido dejaba la cancha y le llenaba la cola de preguntas a más de uno.

Pero Argentina siguió con el plan. Ordenadito, bien agrupado, le copó los espacios en defensa a Bélgica, ahora con un jugador más, porque Enzo Pérez, adentro por Fideo, fue un colaborador más en la recuperación. Con siete jugadores dispuestos al overol, Mascherano no fue obligado a la actuación épica y Argentina conseguía, por primera vez, el equilibrio tan mentado.

El partido, por más sufrimiento que hayamos sentido, siguió por esas vías, controladito, sin chances para una Bélgica atrapada en la telaraña. Llegaron rápido los cambios cantados del equipo europeo, entraron Lukaku y Mertens y comenzaron los bochazos largos para pasar por arriba una media cancha que la Albiceleste controlaba.

Argentina retrocedía cada vez más, producto de los nervios y de la presión del rival, y también, con Messi y Lavezzi cansados e Higuaín muy lejos, terminó el partido jugando muy largo, lógica consecuencia del trajín del encuentro. A pesar de todo, las dos llegadas más claras fueron para la Albiceleste: deliciosa contra de Higuaín que aprovechó el arrastre de marcas de Pérez para encarar, tiró un caño y disparó al travesaño, cuando corrían 30 del segundo tiempo; y luego, en el descuento, escapada de Messi mano a mano y, ante las dudas y las piernas pesadas de la Pulga, el lucimiento de Courtois.



Y se fue el partido y llegó la celebración. La Selección jugó su primer gran encuentro en Brasil, sufrió solo por el resultado corto, y sobre todo: Argentina fue un equipo confiable (gran tarea de la zaga central y también de Basanta, contenido pero oficioso) y, como con Suiza, apareció el hambre que sirve para superar los problemas y cohesionar las voluntades. El equipo, como le gusta mucho a Sabella, preocupó en ataque sin despreocuparse de la marca, se desdobló con emotiva solidaridad, y corrió y corrió y corrió, hasta romper ese límite en que los años habían encasillado a la Albiceleste: chau cuartos, dijo, y sigue de largo, quiere aprovechar el envión.

Un Mundial sin James



Brasil pudo contra sí mismo: porque salió a comerselo, salió a correr la cancha para no tener que pensar, y con abanderados bastante impensados como Fernandinho y David Luiz, arrolló un buen rato del encuentro a Colombia. En ventaja desde el minuto 10, aparecieron con el cansancio las dudas de la Verdeamarelha, pero Colombia estaba en su propio laberinto, sufriendo demasiado el roce sin sanción arbitral que proponía Brasil. Y así, los de Scolari siguen, y jugarán los siete encuentros en casa.

Quien no sigue es James Rodríguez. Cuando Colombia perdió a Falcao en la previa del Mundial, muchos de los que lo vaticinaban como potencial sorpresa se llamaron a silencio: el Tigre era más que la máxima figura, y no emergía del grupo conducido por Pekerman un jugador capaz de cambiar el tono de los partidos con un arranque. ¿Rodríguez? Un nene, solo 22 años y sin demasiado roce en el campo internacional, relegado hasta el momento a las ligas menores. Hoy, ese nene se va del Mundial goleador y con un pase tasado por Monaco en 75 millones de euros.

Rodríguez fue señalado por Pekerman, ante la baja de Falcao, para conducir los hilos no solamente futbolísticos sino también los hilos del destino. Y el primer encuentro le costó: James, ese talento que había deslumbrado en Banfield para luego perderse en las ligas no televisadas del mundo, ese crack que aparecía en los encuentros de Eliminatorias y pintaba caras, ese pibito lució sin su desfachatez habitual. No tuvo, en aquel debut ante Grecia un gran encuentro: apenas marcó un tanto y dio dos asistencias.

Un señor jugador, el colombiano con cara de bebé: a los arranques de habilidad sumó panorama y pausa para hacerse dueño del equipo. Y que es el panorama, después de todo, que imaginar los mismos huecos para el pase profundo que para la gambeta.

Tras aquel encuentro inicial, James estalló todos los pronósticos. Neymar se apagaba, CR7 sufría, Lucho Suárez mordía, y apenas Messi y Robben ejercían lo que se esperaba de ellos. Rodríguez superaba todo lo imaginable, y conducía a una desfachatada selección cafetera hacia octavos primero, y luego a cuartos, tras vencer sin oposición a Uruguay. El equipo de Pekerman era cosa seria, y lejos de la indisciplina de otras selecciones colombianas, éste incorporaba mesura e inteligencia a esa natural desmesura de talento y vértigo. Rodríguez encarnaba el ideal del equipo de José: talento al servicio del equipo.

El Mundial se queda sin uno de sus mejores jugadores, uno de esos que hacen que la gente se levante de las butacas, de los que cambia los partidos. En su encuentro final sufrió patadas y una marca férrea de una selecciçón brasileña cuyo plan A no era pasársela a Neymar sino anular a James: todo un reconocimiento, replicado en el cierre del encuentro cuando media selección verdeamarelha fue, rendidos al talento, a consolar su angustia y ofrecerle un abrazo. Estarían ellos también tristes: hay jugadores que vuelan, contienen el aliento de multitudes e invitan a soñar con imposibles.

martes, 1 de julio de 2014

La rebelión



¡Gol carajo! ¡Gol la puta madre! ¡Gritalo carajo gol carajo gol!...

Todo, desde el minuto 118 hasta el 120+4, es descontrol puro. Los jugadores se vuelven montaña. Festejan eufóricos, desahogo y alivio por evitar los penales. Gritan un rato larguísimo y el juez adiciona tres minutos en castigo: tres más, los mismos tres que sumó a los segundos 45, una locura.

Y vos, y yo y todos, nos agarramos los pelos, el izquierdo ya dolorido, nos dislocamos los dedos haciendo cosas alquímicas que no comprendemos del todo. Y vos, y yo y todos, nos tiramos al piso abatidos por la angustia: Dzemaili cabecea al palo y después el balón le rebota… y sale. No podemos más. Terminalo, le gritás al televisor. En la tele no te oyen y le dan tiro libre a Suiza, ahí a centímetros del área, penal con barrera con ya tres y pico de adicional, ¿qué te pasa Eriksson? La FIFA puso un árbitro UEFA y te parece que ahora todo cierra, imaginás una conspiración mientras se prepara Shaqiri, el bueno de ellos, y tarda una eternidad, gestando paros cardíacos a lo largo y a lo ancho de nuestro país.

Patea Shaqiri.

Pega en la barrera.

Pita el pirata sueco.

*********

Todo tiembla. Todo suda. Porque antes hubo un partido frustrante, dificilísimo, una prueba en la cual Argentina sacó pecho y dio muestra de que, más allá de que los jugadores estén tocados, más allá del esquema, del rival, hay hambre. Argentina venció a Suiza 1-0, con gol de Di María en el minuto 119. Argentina se venció a sí mismo, primero que nada.

Porque Suiza vino con el libreto bien estudiado y le pasó la pelota (literalmente, casi) a Argentina: los de rojo esperarían bien agrupaditos apostando a la contra, la fórmula para encontrar espacios en este Mundial donde todos estudian como achicarlos. El mismo planteo que hiciera Irán, que, más allá de los aciertos del rival, desnudó el nivel bajo de los delanteros argentinos.

La Suiza de Hittfield replicó, apostando a la velocidad traviesa de Shaqiri en la contra: y bastante complicó con esta fórmula en la primera etapa, donde Argentina sufrió, volvió a ser ese equipo rendido ante las telarañas del rival, rehén de la estrategia ajena, incapaz de plantear las condiciones. Los europeos, esperando y saliendo, llegaron más que la Albiceleste de Sabella.

Lo lógico: los de camiseta roja trataron que los buenos de celeste y blanco no se asociaran. Cortó el circuito de juego desde Gago, atrapó a Messi en un mar de piernas, cortó con falta los vuelos iniciales de Di María y, sin circulación rápida, Argentina tocaba de forma horizontal y dependía demasiado de la subida de los laterales para sorprender. No son Rojo ni Zabaleta quienes deben salvar a Argentina.

El fútbol es fútbol y ajedrez, y el ajedrez ha complicado a más de uno que sólo pensó en el fútbol y ha discutido al menos las viejas jerarquías futboleras: hoy, cualquiera puede ganarle a cualquiera en un partido. Pero también, el fútbol es actitud: cuando la cosa viene torcida uno puede elegir acompañar la caída o rebelarse: Argentina traía en este Mundial más aceptación de la mala que rebeldía, pero la cosa fue distinta en la segunda etapa. Los de Sabella salieron a ganar: como con Nigeria, con más movilidad y predisposición, aunque duela cada metro recorrido, la cosa cambia. El segundo tiempo fue todo argentino: la pelota paseó por el campo suizo sin que los rojos la tocaran, inofensiva, sí, pero al menos esbozando algo del equilibrio imaginado por Pachorra.

Ahora, ante el abrumador dominio de la posesión por parte de Argentina, fue Suiza el que aceptó el rol que proponía su rival. Ahora sí, Argentina imponía condiciones: la contra de los europeos quedó casi desactivada, demasiado largo el rival, demasiado partido, ocupados 9 de sus 11 jugadores en marcar detrás del círculo central. Las intentonas aisladas del rival, además, eran desactivadas por un feroz Mascherano, el jugador argentino del Mundial, el jefe, el sólo el equilibrio; y por Marcos Rojo, de enorme torneo y hoy jugando un partido de emotivo despliegue, de esos que desgarran el corazón: siempre el jugador que más corre, esta vez terminó en una pierna, acalambrado, pero sin haber errado una sola jugada, en ataque y defensa.

La aglomeración de gente provocó que, aún corriendo y buscando, Argentina no pudiera: la presión, el reloj, el rival también, claro, fueron todos condimentos de una Selección que buscaba pero no encontraba. No aparecían, además, Di María y Messi, las cartas de la victoria que tenían mil hombres encima, a pesar de que Sabella los cambiara de punta. Empujaba pero sin poder atinar, como a ciegas. El suplementario que aparecía en el horizonte apuró las decisiones y se fue el partido en nervios y desaciertos.

Los 30 minutos extra son una de las instancias más difíciles y crueles de jugar. Un gol en contra es casi condena, y muchos, agarrotados, comienzan a firmar los penales. Suiza, que por haber hecho menos gasto estaba más entero, se mostró, tras alguna prueba tibia, dispuesto a hacer todo para llegar a esa instancia. Y Argentina… no podía más. Ya estaban Basanta y Palacios en cancha, pero el segundo, que ilusiona por su velocidad y su capacidad para encontrar el hueco, no tenía espacio para desarrollar su velocidad, ni socios a esa altura para aunque sea arrastrar una marca.

Y entonces, Di María: desaparecido en todo el torneo, quien asomaba como un potencial Messi bis venía decepcionando. Pero en los 30 finales fue él el que tomó la lanza, el que cargó la responsabilidad, el que quiso ganar más que nadie. Encaró y encaró, y descubrió que el rival también estaba muerto y agarrotado, y siguió encarando. Todas, claro, terminaban mal. Una pierna, un cruce, un foul, evitaban el gol. Parecía que no había modo.

Lo horca marcaba 119. Suiza tocaba en el fondo, saliendo sin apuro, esperando el pitazo. Palacios presionó, y con bastante fortuna se la llevó: premio al mérito de ir a buscar una pelota que no traía consecuencias, el jugador del Inter levantó la cabeza y se dio cuenta que Suiza estaba quebrado, los mediocampistas salían al ataque y los defensores comenzaban un panicoso retroceso. Para colmo, Messi venía de frente, levantando vuelo como no había podido hacer en todo el encuentro, absorbido por Behrami-Inler, el doble cinco suizo.

Palacios controló la pelota y pasó a La Pulga. Messi corrió contra la defensa suiza que volvía sobre sus pasos, la peor forma de marcar al rosarino. Aunque, claro, salirle al cruce a Messi, en pleno vuelo, con espacios, es fórmula para el ridículo: el central suizo lo intentó, el 10 lo pasó fácil y el lateral Rodríguez no supo si tomar a Lío o a Di María.

Porque Fideo venía, por derecha, como una tromba: el último pique. Y Messi, inteligente y generoso, esperó un segundo a que lo tomara la marca y entonces pasó al jugador del Real, que pisó el área sin marca, tocó de zurda al segundo palo y venció, al fin, tras una vida de parir, a Diego Benaglio. Un gol que vale oro.

*********

Es la hora del grito. Argentina fue el único de los dos que se rebeló a la narrativa empatada del encuentros, a los penales, y por eso, por insistir cuando otros desisten, ganó, con épica de la que se cuentan las grandes historias. Jugó, además, su mejor encuentro, sobre todo a partir del segundo tiempo, y ante el rival más fuerte que le ha tocado en el Mundial. Ganó la partida de ajedrez, ganó el duelo de paciencia y también el encuentro de fútbol: y así, sufriendo porque si no no vale, está en cuartos.


sábado, 28 de junio de 2014

Demasiada presión



Dos centímetros hubo de diferencia. Un centímetro sobró en el remate de Pinilla, luego también en el de Jara. Y chau pichi: dos centímetros determinaron que Chile no diera un batacazo que fue a toda hora posible.

Por supuesto que el equipo de Sampaoli cayó por otras cuestiones. Penó en cada pelota parada en defensa y desaprovechó todas en ataque, y, demostrando eso que algunos llaman “falta de jerarquía” (que es, meramente, falta de experiencia, falta de ser el equipo banca, falta de sentirse obligados a la victoria), no olió sangre cuando tenía para ganarlo en tiempo regular y dejó crecer a Brasil que, al menos, pudo alejar al rival de su arco en los 20 finales y luego en tiempo suplementario. Además, claro, penó en los penales y desperdició a un Brasil errático desde los doce pasos, consumido por el terror.

Claro que las piernas también juegan su rol y el fútbol de Chile siempre se desgasta por su propia estrategia explosiva. Y claro que es muy difícil jugar ante Brasil, ante Brasil local, como para no sufrir también el desgaste mental, el desgaste de la presión, y luego tener que patear penales, la parte más angustiante del fútbol. Aún con todo esto, la Roja lo pudo ganar, en la última y en otras, mucho más que Brasil, que también tuvo sus chances: en un partidazo, Chile desnudó a un Brasil que no solo ha dado muy poco sino que, además, se lo nota apesadumbrado por la presión, 500 millones esperando un título que son 500 millones de kilos encima.

Los palos, ese azar, marcaron el partido: pero el cuento del encuentro debe contarse desde la presión. La presión de uno y de otro. La presión, tantas veces ninguneada por el cómodo espectador, que trata de maricones a los jugadores y después sucumbe al nerviosismo en un casados versus solteros. la presión, hecha carne en Brasil, que juega sin su soltura legendaria, en Neymar, en Oscar, en Dani Alves, incapaces de hilvanar algo coherente, en cada pelotazo que salía de los centrales buscando algún rebote fortuito. Hecha carne también en Chile, que jugó valiente pero se quedó, pensando en no desprotegerse, pensando en el cansancio y en el retroceso, cuando tuvo el partido. Los dos equipos terminaron los 120 bartoleándola sin sentido, sin estrategia, buscando, simplemente, sacarse el compromiso de encima.

Es muy difícil el mundial: en el primer encuentro a suerte y verdad, tuvimos una primera etapa intensa, con mucho atrevimiento de ambos, y luego… cien mil hectopascales haciendo fuerza hacia abajo, achanchando el partido, alejándolo del vértigo. Y luego los penales, error tras error, incluso algunos que terminaron adentro, como el del chileno Díaz.

Demasiada presión hay en este deporte: demasiado depende de una victoria. Demasiado significa una copa del mundo, y más en casa. Brasil pasó, zafó, y dejó la sensación de que es de papel, de que se cae, tarde o temprano. Pero bancó la parada y a los tumbos está en cuartos. Chile, en tanto, se fue dejando un grato recuerdo, el de un equipo que fue más que sus partes, solidario y comprometido, un equipo que bailó con la más fea y salió indemne. Pero también se va con el sabor amargo de lo que podría haber sido: una de esas sensaciones que suelen servir de aprendizaje.

miércoles, 25 de junio de 2014

Golpe a golpe, Argentina está en octavos

Argentina es esto: furia y genialidad ofensiva, todavía a media máquina porque Di María, Higuaín y Agüero siguen sin aparecer; pero muchísimos problemas abajo, siempre mano a mano por la falta de volantes por las bandas. En el golpe por golpe, la Selección fue esperablemente más que Nigeria y lo venció 3 a 2 para pasar primero, con puntaje ideal, a los octavos.

Pero más allá de los peligros del 433, esta fue otra Argentina. Liberada de la presión de clasificar para evitar el bochorno y tras juramentarse los delanteros mayor movilidad, los de Sabella comenzaron a puro furor, toque y toque en tres cuartos, volviendo locos a los defensores nigerianos que todavía no podían acomodarse. Messi, como imparable comodín, conectaba con Agüero, Di Maria, Higuain, sus amigos de la ofensiva, y Argentina llegaba enseguida al gol: iban 2 minutos cuando, tras un remate del Fideo que derivó en el poste, la Pulga le dio duro y arriba y gol argentino.

Muchos imaginaban espacios y goleada, pero no: porque el saldo de esta vorágine inicial no fue victoria sino empate, con las Aguilas Verdes encontrando el empate solo dos minutos después. Zabaleta, mano a mano contra Musa, esperó demasiado y el zarpazo del veloz delantero nigeriano terminó en super gol.
Uno a uno en cinco minutos. Nigeria agrupada, menos ingenua de lo que sugerían los análisis previos, y saliendo rápido “a lo Irán”. Argentina, más paciente y algo más picante que lo usual, pero incapaz de romper el cerco. Así transcurrió gran parte del primer tiempo, hasta que Messi.

LA REVANCHA.
El Señor Diez se paró, el balón quieto levemente al costado derecho del área, esperando el impacto. Tiró Messi. Tapó, con vuelo aguilar, Enyeama. “¡Enyeama!”, pensó la Pulga lleno de odio. Hijo de su madre, el mismo tipo que hizo maravillas para que no pudiera marcar en el duelo mundialista anterior, aquel de 2010. Enyeama comenzaba a convertirse en pesadilla, otra vez.

El gol tempranero, que había roto aquel hechizo del Ellis Park, era un gol inútil, de dos minutos de algarabía y volver a fojas cero. Messi hace goles no para las estadísticas o para demostrar, sino para ganar.
Pasaron unos minutos y la férrea defensa nigeriana volvía a raspar: otra vez esperaba la brazuca, sobre el césped del Beira-Río, el impacto de Lionel. Tiró la Pulga, un calco. Esta vez, Enyeama no llegaría: espectador privilegiado de cómo la pelota ingresaba en el ángulo, corrió sabiendo fútil estirarse y puteó en colores a quien supo subyugar. Este Messi no es aquel: este supera los obstáculos y es hoy la principal razón por la cual podemos, con algún argumento, ilusionarnos.

El gol llegó en el minuto final de la primera etapa: Argentina, cosa del azar, pegaba en los minutos asesinos, claves, en esos que dejan nocaut al rival. Pero Nigeria no había acusado el golpe primero y tampoco acusó el segundo cross de Messi. Y en apenas un instante de la segunda etapa, otra vez Musa, otra vez arrancando por derecha, encontraba el empate con una definición exquisita que culminó una rápida contra. Argentina perdió la pelota y Nigeria corrió contra una defensa que no sólo luce abierta y desacoplada, sino que rara vez recibe más ayuda del medio que la que ofrece el incansable Mascherano.

Seguramente se relamían en algunos medios, agazapados ante la chance de la crítica y de titular “Qué pizza nos comimos”. Pero Argentina encontró el modo. Sin ser coherentes con la narrativa el partido, no hubo salvación messiánica, ni siquiera combinación entre los de arriba: fue córner y rodillazo de Marcos Rojo al gol.

Sí. Marcos Rojo. Al que mandaron a comprar garotos. Rojo, el más parejo de la Selección, bancando como puede el retroceso, siempre solo contra dos, y, aemás, desdoblándose en ataque con generosidad y corrección. El jugador que más corrió con Irán tuvo su premio cuando el balón buscó su pierna para clavarse en el arco de Enyama.

Con el 3 a 2 en el marcador, y con el primer puesto casi en el bolsillo (Nigeria debía ganar), Argentina retrocedió, una doble apuesta que abrió los huecos para la contra. Ya estaba afuera Agüero, notablemente tocado en este Mundial, y Pachorra decidió que la presencia de Messi, la carta, era demasiado riesgosa ante los cruces de los africanos que no mermaban en su intensidad. Pudo ampliar Argentina de contra, también sufrió en alguna ocasión (Zabaleta taparía a Muza lo que parecía el replay del primer tanto) pero, en definitiva, esto es Argentina.

El paso al frente es notorio: más movilidad, más conexión entre las líneas, triunfo más convincente, con espacios Argentina volvió a mostrar, como en la previa al Mundial, que es letal. El golpe por golpe es una apuesta. La apuesta que quieren los jugadores, que reconocieron luego que para hacer funcionar el esquema tienen que retroceder: en este sentido, son varios los jugadores que parecen bajos para realizar este desdoblamiento: sin físico, nivel o confianza, parecen más preparados para quedarse en su quintita que para solidarizarse en el retroceso.


Pero todo esto quedará para el análisis en una semana de seis días hasta el primer duelo a suerte o verdad. Mientras tanto, a pesar de las críticas, a pesar de los cruces públicos, a pesar de los medios que fogonean el malestar, fracasistas que apuestan a la derrota: a pesar de todo, con puntaje ideal, Argentina pasó la primera prueba. Otros están comprando suvenires en el free shop.

sábado, 21 de junio de 2014

Un triunfo messiánico

Iba para empate: Irán, con la lógica pero muy bien ejecutada idea de marcar a los buenos, proponía empate clavado y hasta pudo haber metido alguna pepa de contra. Iba para empate porque Argentina todavía no muestra temple para la adversidad, se frustra muy rápido ante las telarañas esperables del Mundial (¿o esperábamos que Bosnia e Irán nos atacaran?). Iba para empate porque el reloj daba la hora. No fue empate por Messi: y en un punto, todo análisis partiendo de ese punto resulta absurdo. Argentina ganó solamente porque tiene a Messi.

Porque iban ya 91 minutos cuando la Pulga hizo lo que mandaba el partido: enganchar y patear. Irán, aplicado, marcó durante todo el encuentro con dos o tres tipos a los cuatro fantásticos, cortó el circuito que suelen ejecutar en el borde del área y los raspó cuando fue necesario. Apenas un par de paredes hilvanaron los de arriba, luego absorbidos por los persas una y otra vez. Con las dos líneas de cuatro paraditas en el borde del área, el partido pedía tiros desde afuera que nunca llegaron.

En lugar de eso, Argentina trató de ser prolija pero se pasó de parsimoniosa. Irán dejó que toquen Mascherano, Rojo, Zabaleta. Sin los intérpretes adecuados para el traslado, y con los que debían tomar la pelota perdidos entre iraníes, la circulación de balón se tornó lenta y predecible. La Selección abrió la pelota, mandó centros, buscó por el medio y chocó y, en definitiva, siempre perdió. Y se frustró.

En el Mundial del contraataque, Irán fue perfecto. Tuvo más chances netas que Argentina, incluso, desactivadas por el cuestionado Sergio Romero, saliendo de contra ante una Selección Argentina a la que el retroceso le costó mucho. Gago, evidentemente lejos de su esplendor físico, no podía bajar, como sucedió con Bosnia. La otra autopista fue la espalda de Zabaleta, que también lució lento y anduvo impreciso arriba y abajo. De hecho, hizo un penalazo tras dormirse una buena siesta ante el muy molesto delantero iraní Dejagah. El árbitro, por suerte, no lo dio.

Allí hay gran parte de la explicación de un nuevo partido desesperante de Argentina: las individualidades, las que tienen que pesar contra este tipo de equipos, las que tienen que hacer la diferencia en el mano a mano, andan mal. Gago y Zabaleta son dos casos; pero también es notable el desencuentro entre Agüero e Higuaín y la pelota, distanciados como una ex pareja. Si ellos no aparecen para alivianar la asfixia que proponen los equipos ante Argentina, todo recae en la magia de Messi.

Y esta vez, Messi apareció. Messiánico, para fieles y detractores: Messi es creer o reventar. También él había tenido un flojo partido, sin encontrar su lugar en la cancha, paseándose entre las dos líneas de Irán primero, luego por derecha, luego retrocediendo para tomar contacto con el balón y luego, de nuevo, cerca del área. Nunca se sintió cómodo, y cuando la Pulga no está cómodo se nota en su lenguaje corporal: mirada cabizbaja, piernas quietas y la enorme sensación de que no está metido en el partido.

Gran trabajo hizo Irán para generar esto, en Messi y el resto: consciente de sus limitaciones, fue el que impuso las condiciones y, lejos de ser amarrete, era quien más arriesgaba al proponer el juego tan cerca de su área. Se exponía, sabía Irán, a lo que sucedió en el minuto 91. Y son las reglas del juego: Irán fue más equipo, Irán impuso la narrativa del encuentro, y Messi, con hacer las cosas bien una sola vez, rompió toda la lógica.

El triunfo agónico contra el más débil del grupo, deja, por supuesto, un millón de nuevas dudas en este país de cuarenta millones de técnicos. Hasta mi tía se animó a tirar consejos (y acertó, pidiendo que pateen desde afuera, por favor) y así será el resto del Mundial. Jugar así, con un país insoportable atrás, es difícil: pero Argentina superó una semana difícil y está en octavos.Quizás ahora los melones se acomoden andando.

El matagigantes: razones para un batacazo


Nadie. Nadie contaba con Costa Rica. Algunos, con ese afán de distinción, tiraban a Honduras como potencial sorpresa. Otros, replicando lo que se viene charlando, hablan de Bégica. Nadie tenía a los Ticos: convidados de piedra en un grupo con tres campeones mundiales, eran el extra, el equipo del que todos se alimentarían, al que dejarían en cero. La derrota de Uruguay fue, por ello, sinónimo de siamo fuori: no había chances de que los centroamericanos repitieran la hazaña. Todos, todos, calculamos que en el grupo de la muerte, pasaría el que más goles le hiciera a Costa Rica: pero pasó Costa Rica, y mandará a casa a dos campeones mundiales, con Inglaterra afuera y Uruguay e Italia jugándose en el último partido mano a mano la clasificación. Un encuentro para alquilar balcones: desde las alturas no hay chances de ser afectado por las chispas.

El extra del grupo D mirará todo esto tranquilo, ya instalado en octavos: y de pasar primero, tendría un cruce accesible, ante el segundo del grupo de Colombia que saldrá de Japón, Costa de Marfil y Grecia.

Por supuesto, poco crédito para el vencedor: como la humillación inicial fue para Uruguay, ahora son los italianos los castigados por no poder vencer al débil equipo tico. ¿Débil? El fútbol se resiste a ver una realidad de varias jerarquías agonizando por el paso del tiempo y el trabajo de los rivales. El fútbol sostiene sus grandes narrativas, sus “equipos grandes”, pero cada vez más sólo se sostienen en lo discursivo.

Ya viene sucediendo hace rato, con equipos que dan la sorpresa aunque luego no están preparados porque ni ellos mismos confían en su potencial. Ellos mismos se desmoronan ante las leyendas y las casacas: pero hace rato, las camisetas solas no alcanzan. Costa Rica, si no es la primera, es sin dudas el sumum de esta tendencia de los márgenes a atrevérseles, cada vez más, a los países del centro del mundo futbolístico.

Y con armas de esas que se dicen nobles. Porque hemos discutido, desde este espacio, infinitas veces el absurdo concepto de nobleza en la elección de la estrategia, la idiotez de moralizar las formas de juego y de castigar, para colmo, a los pobres por adoptar estrategias que podrían llegar a permitirles vencer a los poderosos. Pero Costa Rica trasciende esta dicotomía porque, lejos de ser un equipo pragmático y especulador, juega como lo han hecho los grandes protagonistas, hasta el momento, del mundial.

Los Ticos, con la Azzurra como ante la Celeste, consiguieron frustrar al rival. Una defensa bien plantada y un generoso bloque de medios que presiona desde media cancha complicó la circulación de ambos equipos. Costa Rica obligó a Italia a jugar con los que menos saben, a revolearla por momentos, y para colmo, los que realizaban la presión alta luego retrocedían para colaborar en defensa: la convicción en escribir la historia, el entendimiento profundo y visceral de su plan de juego, y de sus limitaciones, construyen un vínculo profundo que se refleja en su arma más poderosa, la solidaridad física, no solo verbal.

Pero todo esto, sin la bola: con la pelota, los Ticos jugaron como el equipo más experimentado, manejando los tiempos, tocando de primera en el medio para clarificar y provocar el adelantamiento de la línea italiana y luego jugando profundo y rápido con sus delanteros. A través de la contra, Costa Rica marcó sus 4 tantos en la Copa del Mundo y se instaló en octavos.
Costa Rica fue el mejor con y sin pelota. Y con menos posesión, fue el que impuso las condiciones de juego, ante una Italia preso de su telaraña como un novato. Justo Italia, quien supo ser maestro del bochazo. Pero esta Italia, de la mano de Cesare Prandelli, cambió su estilo histórico privilegiando la posesión, a contramano del mundo que decidió que era hora de juego vertical, algo que además aplauden desde los palcos dorados los directivos FIFA, uno de los motivos por el cual hay tantos goles en este Mundial.

martes, 17 de junio de 2014

Los designios de las estrellas



Cuando, humanos, reconocemos que al fin y al cabo, por más planificación que pongamos a nuestra tarea, siempre seremos esclavos de los caprichosos designios de las estrellas, no nos referimos a estas estrellas: las que llevaron al entrenador de la Selección, Alejandro Sabella, hombre de conocimiento profundo y vasto palmarés, a reconocer “pour la gallery” el “error” de probar un esquema. Claro que habla de un hombre inteligente para el manejo grupal, que prefiere bajar el copete a que se le retoben los pingos. Pero más dice de ciertas costumbres argentinas, eternamente messiánicas.

Sabella intentó ante Bosnia parar el polémico dibujo con cinco defensores: como dijo en la previa, un esquema no define una predisposición defensiva u ofensiva, como demostró Holanda, metiendole 5 al vigente campeón parado igual. Y nadie puede sostener que Robben y Messi (o el propio Di María) no son lanzados en velocidad similares, o que Agüero no es capaz de definir con la misma clase que Van Persie.

Pero la cosa no anduvo. En primera instancia, quizás haya sido efectivamente una mala decisión: sin juego por las bandas, Agüero y Messi quedaron muy lejos de todo. Rojo tiene decisión pero no tanta resolución, Zabaleta se mostró poco dispuesto a recorrer toda la banda, y para colmo Maxi y Di María brillaron por ausencia y regalaron el mediocampo. La pelota, se sabía, no iba a ser monopolio argentino, que se paraba para salir rápido: pero directamente no pudo recuperarla la Selección de Pachorra, que se puso arriba enseguida con un gol de la providencia y luego se dedicó a mirar a los bosnios correr y chocar y marrar.

Quizás haya sido una elección demasiado cautelosa de Pachorra, conocido por ser precavido. Que haya sido un error táctico, de todos modos, es sumamente relativo, sobre todo teniendo en cuenta la poca prestancia de los jugadores a jugar con este esquema tildado de amarrete por la prensa que, sin conocimiento sistemático del juego, siempre midiendo con esa vara del café, dice que Holanda es máquina devota del ataque y Argentina pijotera (un planteo igual al que se hacía respecto a Mourinho, tildado de ultradefensivo, y el Bayern o el Real de Ancelotti, que jugaban de contra pero eran equipos espectaculares a los ojos de los medios). Lo único cierto es que el esquema no funcionaba: y qué porcentaje del errar se debió a cuestiones estratégicas, y cuánto a la falta de voluntad del equipo, es difícil de determinar.

Todos, sin embargo, vimos lo mismo: un primer tiempo con un equipo prematuramente mufado, desactivando las contras por autoboicot, chocando y luego sin correr la pelota. Messi y Agüero desentendidos del juego, solo dos para luchar contra toda una defensa. Una primera etapa frustrante de ver y jugar: un claro mensaje al entrenador, no con palabras sino con actos. Sabella, entonces, se subordinó a la voluntad del grupo: decidió darle el gusto a Messi y puso a sus tres amigos en cancha.

Las estadísticas hablan del toque-toque con Gago. El gol muestra la relevancia de Higuaín para arrastar marcas y devolver paredes. Argentina, en efecto, lució más frondoso en ataque, llegó con más jugadores y también, fue notorio, con mayor vigor. Efectivamente, ataca mejor con el tandem Messi-Aguero-Higuaín-Di Maria-Gago.

Pero el retroceso, como había pensado Pachorra en la previa, sufrió en consecuencia: con Bosnia sin nada que perder, quemando los papeles que lo mandaban a aguantar y yendo hacia el ataque, fueron varias las aproximaciones del rival, que siguió pasando la zona media con frecuencia, ante la atenta mirada de los volantes albicelestes. Y llegó el gol: la máxima sabelliana del equilibrio, que pergeñara el modelo 5-3-2, no apareció en todo el partido. El equipo atacó mal a costa de defender bien y viceversa, y el Profesor se fue preocupado al predio del Mineiro.

Los análisis pospartido (de medios y jugadores) minimizan el hecho de que el segundo tiempo, con el equipo que quiere “la gente”, no pasó del empate con una Bosnia que asomaba más compleja en la previa que en la cancha. Los análisis pospartido también minimizaron nuestro messianismo, la sensación de ser siempre rehenes del humor de los líderes. Porque pasó casi desapercibido que ese “mensaje” desde dentro de la cancha, en aquella primera etapa, rozó la extorsión: en un Mundial, ¡en un Mundial!, Argentina regaló un tiempo en lugar de intentar hacer lo posible y, puertas adentro, plantear la posibilidad de un cambio.

La cuestión se volvió más grave cuando, lejos del “puertas adentro”, terminó volviéndose sumamente pública, con cada jugador declarando ante cualquier micrófono estar más cómodos atacando con los Fantásticos: “hicimos cosas que no estamos acostumbrados”, tiró el habitualmente casetero y aburrido Messi en conferencia de prensa, y completó, “somos Argentina y no tenemos que pensar en quien tenemos enfrente”. La frase de Messi, pensada, voz de capitán, minimiza la planificación y es una afrenta al entrenador (y a su rol) que, conciliador, buscó rápidamente asumir una supuesta culpa por aquel primer tiempo y mantener contenta a la estrella que, pensamos todos, guarda la clave de nuestro destino mundialista.

La frase de Messi nada parece haber aprendido de aquel Alemania 4 - Argentina 0.

El debut dejó a muchos con un sabor amargo por ver sus esperanzas, excitadas en la previa por el chauvinismo futbolero patriota (siempre somos los mejores), chocar contra la realidad del Mundial donde nadie improvisa, la realidad de Messi apagado, la de un equipo con apenas unos días de laburo. El debut dejó a unos pocos, además, con el sabor amargo de, una vez más, ver como el potencial de un equipo se erosiona fruto del juego de poderes, de caudillos y de caprichos en el que podríamos ser tranquilamente campeones del mundo. La culpa, Bruto, no yace en nuestras estrellas, sino en nosotros mismos.

sábado, 14 de junio de 2014

De contra nomás: apuntes para un debate



Holanda, hermoso Holanda: el país neurótico de fútbol, que en un sueño lycnheano pergeñó gracias a una insalubre obsesión el fútbol moderno, el verdadero rey sin corona. El subcampeón del mundo llegó calladito a Brasil, con el mundo concentrado en Alemania y Brasil, y de arranque demostró ser una cofradía que desparrama fútbol y actitud. En 2010 la Naranja era el archienemigo, su planteo para muchos mancillando la historia, simplistas que piensan que la pierna fuerte no es compatible con el buen juego. Holanda llegó a aquella final tras raspar y pasar a Brasil,convidado de piedra a la fiesta que debía ser toda española.

La historia, adepta al cuentito maniqueo, ha olvidado rápido que aquel partido debió ganarlo el combinado holandés, que tuvo dos claras de gol antes de que, en suplementario, el equipo español concretara su destino gracias a Iniesta. Y aquel Holanda de estilo abucheado es bastante similar a este: se agrupa, defiende fuerte y sale de contra con el mismo trío de velocistas. Sneijder, rápido de arriba (no jugó bien ante España), el dúctil Van Persie y Arjen Robben, que corrió a 37 kilómetros por hora para dejar en ridículo a Piqué y a Casillas y abrochar el 5-1 final.

Pero volvamos a aquellos días del primer mundial africano. El 2010 es recordado como el Mundial que consagró para la historia el estilo que hace énfasis en la posesión de pelota. Por aquellos días el Barcelona paseaba a todos y si bien la traducción de aquel equipo cosmopolita en selección fue bastante deslucida (España arrancó perdiendo y nunca fue una tromba), le alcanzó al equipo de moda para consagrarse rey del mundo.

En rigor, en Sudáfrica, como en toda competencia, hubo tantos estilos como equipos, e incluso de los cuatro primeros sólo España hacía ese juego de toque y pausa. Pero las narrativas son así, simplifican y reducen, y todos sabemos que la historia la escriben los que ganan.

Este Mundial va camino a ser, en contraposición, el de las transiciones supersónicas. El Barcelona fue destronado por su archinémesis el Real en la Champions y por el Aleit del Cholo en el ámbito local, ambos utilizando el vértigo como principal arma. “No me interesa la posesión”, decía Simeone en días de devoción culé. Hoy ha probado el éxito de su forma de juego.

La posesión debe ser profunda o no será más que una caricia: desde varios ejes ha llegado esta alternativa vertical. Holanda fue denostado por su planteo “especulativo” en la final de Sudáfrica y hoy es celebrado por meterle cinco al campeón: más allá del exitismo que dicta las opiniones, han cambiado los tiempos y los paradigmas.

Todo es, desde ya, relativo a los jugadores que interpreten el sistema y a lo aceitado que esté: ningún modelo garantiza nada. Pero si bien este cambio no quiere decir que el campeón será verticalista, o que ganarán sólo quienes se agrupen y salgan de contra, sí quiere decir que estamos todos en peligro: asombra, asusta la intensidad con que juegan algunos equipos, la fruición de correr la cancha como velocistas, la precisión en velocidad, la fuerza del bloque, el derroche de entrega física, la efectividad de los centros, los pases y los disparos en movimiento. Lo de Holanda, punto máximo del arte que, en dos días de competencia, lo han mostrado ya, con mayor o menor retroceso en el campo, Colombia, México, Chile, Italia, Inglaterra... La clave, imaginada en sueños por el Loco Bielsa, es ser un vértigo luminoso de pases y desmarques hacia el arco rival, siempre hacia el arco rival.

El Bayern, el Madrid, Holanda: todo es moda, y todas las modas se van como vinieron, pero la intensidad con que se juega hace pensar en una nueva dimensión del fútbol, un punto del cual no se vuelve, como ha sucedido en el tenis o en el basquet, donde ya no existe jugar pausado, donde ya no existe no poner el físico en el juego.


¿Qué pasará en Argentina, nostálgico país amante de los lentos y que sigue pensando que el pasado fue una gloria eterna (aunque ganamos dos copas del mundo “solamente”, una ilegítima)? ¿Seguiremos sosteniendo la dicotomía de jugar o correr, cuando en casi todos lados se hacen ambas?