lunes, 2 de marzo de 2015

Sangró, sudó y toreó en rodeo ajeno

Estudiantes, señores, un Señor Estudiantes, acaba de ganarle al vecino, en su casa, inexpugnable dicen.  El resultado engaña: 3 a 1 parece hasta holgado, pero, en rigor, nunca tuvo consumada la victoria hasta que Pocho mandó el penal adentro y el Pincha firmó la planilla del resultado. Antes, mucho, muchísimo trabajo y, sobre todo, un coraje abrumador para el hincha albirrojo: ver a esos quince mancomunados, las piernas doblemente pesadas, por el cansancio de arrastre y por el césped embarrado, correr y correr (porque jugar y jugar no se pudo), sencillamente, emociona.
Por eso, Estudiantes dio un paso más hacia la adultez y se ganó el mote de señor: porque ganó todo salvo el debut copero en el repechaje, y lo hizo sin encontrar aún el once titular ni encontrarse con su potencial. Pero siempre fue hacia adelante y por eso, por tozudo, tiene 9 de 9 en el torneo y 3 de 3 en la Copa: la historia de lucha contra los mil imponderables que llamamos mística, comienza a hacerse carne en este conjunto que edificaron con paciencia las comisiones directivas, sin saltear etapas, apostando al crecimiento lógico.
Pero la explosión, el techo, y esto es lo bueno, todavía no la vimos: Estudiantes es hasta aquí un equipo más guerrero que lujoso, a pesar de sus nombres, un equipo ordenado y muy solidario con delanteros muy, pero muy, picantes. También mostró esa versión, incompleta, áspera, en El Bosque.
El rival le tomó la mano hace rato y lo hace ponerse el overol: los de Troglio le sacan la pelota, lo presionan, lo hacen jugar con Desábato y Shunke, y sin tiempo, al equipo de Pellegrino. Una tarea insustentable quizás, pero que ha puesto en aprietos a los nuestros más de una vez. Este partido no fue excepción: con más presión que ideas, con más posesión que llegadas, el vecino ahogó durante buena parte de la primera etapa a Estudiantes.
Pero no había otro argumento que centrar al peligroso Vegetti: el local no encontraba a Meza o a Mendoza, mérito de un mediocampo descorazonante de los testículos que paseó en rodeo ajeno, y tenía que conformarse con buscar el bochazo. Los de Pellegrino apenas pudieron salir un par de veces del control del rival, pero cuando lo hicieron mostraron, en esos primeros 45, ser punzantes a través de Cerutti, las corridas de Auzqui y los laterales y la presencia ominosa de Carrillo, olfateando, merodeando.
Ellos igual se regodeaban en su porcentaje superior de posesión, se agrandaba el griterío a pesar de que, adentro, mucho no pasaba más que patadas y aproximaciones. Y entonces, el enmudecimiento primero de la jornada. Corner aislado, Desábato cabecea sobre Bonín y el arquero del vecino que casi no contiene. Otro córner. Y a vos y a mi, cuando hay dos corners a favor, se te empieza a hacer agua la boca. Más ahora con dos tipos que tiran centros como Cerutti y Gil: bueno, el Pocho lanzó al primer palo, una parábola envenenadísima que cayó justo por detrás del defensor que cubre el primero, en la cabeza de Shunke, que bancó el penalazo de Alvaro Fernández y la mandó a guardar.
Ni lo gritó, y en el living y en el Country fue un grito contenido, confundido: ¡pero sí viejo, gol, golazo de Shunke! Iban 38 del primer tiempo. Ideal el cachetazo, justo, al mentón, para que el vecino se vaya al vestuario entre algún chiflido y muchas preguntas.
Mejor aún fue el cross a la mandíbula de arranque: parecía que se venían cuando, en deliciosa contra, Sánchez Miño limpió para Pereira, que buscó largo a Cerutti que, con un toquecito hermoso entre los dos defensores que lo presionaban, a la carrera, encontró a Carrillo. El nueve, con el isquiotibial cargado de tanto jugar y el alma cansada de tanto andar, le pegó con el resto, tras una corrida fenomenal de la dupla. Y entró al ladito del primer palo.
El silencio era desolador y pintaba para picnic. Pero la idea del picnic duró nada: en un partido que nunca había sido favorable a Estudiantes, tres minutos después de que parecía liquidarlo, un furioso rival encontraba, una vez más, a ese problema sin solución que fue Vegetti en la tarde. Fue tras tres tiros de esquina consecutivos del local, y, a la inversa de cuando son a favor, vos y yo, y la defensa, ya sabíamos que algo iba a pasar de tanto ir el cántaro a la fuente.
Dos a uno. Faltaba una eternidad en el reloj y el Pincha comenzaba a armar refugio en su área. Más aún cuando, en medio de lo que ya era asedio del local (a puro centro, sin más armas que la voluntad), Pitana decidió echar a Jara. El correntino volvió a la cancha y duró 5 minutos: se le escapó Mendoza y le tiró, de atrás, fuerte y a destiempo. Era amarilla, pero el juez vio roja y después amonestaría solamente a Coronel por pegar sin pelota. De esas, tuvo varias el juez, entre no querer complicarse solo y ese afán de trascender él, antes que el juego.
No importa: más heroísmo. Cancha mojada, miles de tipos escupiendo y tirando cosas, enfrente un hueso duro de roer que te tiene bronca, odio. Y vos armando el refugio a prueba de balas ahí, a metros de Hilario Navarro, que en esos minutos, junto con la defensa, se convirtió en leyenda. El arquero había tapado un chilenazo de Vegetti en la primera etapa, brillante, para el resumen de fin de año, y enmendó con creces el leve error en la previa del primer gol (descolgó un centro complicado pero se le escapó y terminó forzando el corner del cual vendría el tanto). Y, en esos veinte, treinta minutos de puro centro, Navarro, acompañado por la achichonada defensa, tapó, peleó, hizo tiempo… sacó todo.
No pasarás era la consigna de un Estudiantes definitivamente refugiado, sin Carrillo, que salía dolido, con Cerutti flotando, rengueando y sin ninguna seria chance de presionar. Parecía que el vecino había apenas llegado de manera franca en todo el partido y de repente el Pincha, con diez, lo dejaba venir, le solucionaba un problema. Pero por un lado, ¿qué más podía hacer? Los corazones de los diez soldados salían ya por la boca, entre la tensión del momento y la de los músculos sobrecargados del esfuerzo de este partido, de otras semanas. Y por el otro, aunque los tiros pasaran cerca, y aunque ya anduvieras diciendo que para qué tan atrás, decí la verdad: así le gusta ganar al hincha de Estudiantes, al borde del paro cardíaco pero regodeándose no en caños y tacos sino en cada pelota despejada, en cada balón trabado.
Los hinchas del local desesperaban en cada centro desactivado con solvencia. El vecino estaba cada vez más jugado. Y Estudiantes olió sangre: Román recuperó bárbaro una pelota en mitad de cancha, cuando salía el equipo de Troglio buscando el empate, tiró rápido para Cerutti y el Pocho, genial pero a la vez emotivo, corriendo treinta metros para sumar a los miles que ya había recorrido, en el minuto 43, supo que en velocidad se iba solo. Sorteó al anteúltimo hombre del local y cuando vio que Tony Medina iba por la salvada heroica como un caballo, la punteó y dejó que el ex Central lo tire. Estaba adentro del área. Penal.
El Pocho lo merecía: figura por su entrega emocionante siempre y figura en El Bosque porque como suele hacer también generó (dos asistencias y gol), el ex Sarmiento y Olimpo tuvo premio a su entrega. Pateó el penal que le hicieron, medio mal pero no importa, porque fue adentro y selló la victoria.
Hermoso, redondo. Sangre, sudor y lágrimas (del rival). Domingo de victoria. Clásica. Y de un presente bárbaro, pero que entusiasma más porque falta todavía para alcanzar el techo. Y mucho más porque cuando un equipo disfruta de mancomunarse y embarrarse y rasparse con tal de llevarse los tres puntos, cuando un equipo se pone el overol sin problemas, sabe el hincha del Pincha, que sabe mucho, que hay pasta.

viernes, 27 de febrero de 2015

Arcas y preguntas



En diciembre había mayúscula preocupación. Juan Sebastián Verón copaba los medios denunciando números falseados en el balance 2013/2014 y un pasivo real de 276 millones de dólares, teniendo que afrontar Estudiantes, para junio de este año, 86 de esos millones. Entonces, cuando dos meses después cerró el mercado y habíamos traído nueve jugadores, tres de ellos de enorme jerarquía (Pereira, Domínguez y Sánchez Miño), los socios comenzaron a hacer algunas preguntas.

¿Había recaído Estudiantes una vez más en el aporte de afuera, ese que trajera tantas aves de paso entre 2007 y 2012? ¿Ese que se llevara a Carbonero sin dejar nada, en un claro ejemplo de la poca fiabilidad de ese método de financiación? ¿Ese que no regala nada, que presta y después se cobra con intereses?

“Hemos recibido muchas propuestas de ayuda económica y que estuvimos a punto de aceptar cuando se había demorado el pago de Correa. Pero por suerte se destrabó y no tuvimos ayuda de empresarios externos. Todo el dinero utilizado fue de Estudiantes”, explicó Sergio Buscemi, uno de los encargados de las finanzas, al Diario El Día, desmintiendo los rumores suscitados mientras los jugadores seguían llegando a un club en rojo aunque sin aclarar como, por caso, dos jugadores codiciados como Sánchez Miño y Delgado arribaron al club “sin cargo”. ¿Quién los trae y bajo qué condiciones?

La declaración de Buscemi se dio luego de que el club, en respuesta a los pedidos societarios, hiciera pública la ingeniería financiera que permitió traer a los nueve hombres. El dinero ingresado por Correa era, por supuesto, la clave, la base de la que partió el club y de la que parte el informe, detallando que en las incorporaciones (varios a préstamo, algunos sin cargo, otros a partir de la compra de un porcentaje) se gastó “solamente” el 33% de los 8 millones de dólares netos que llegaron por el Tucu.

Lo que equivale a 2,7 millones, un dinero que, contó Buscemi, se pagará en diferido, es decir, a lo largo de dos años. “El techo final de las posibilidades del equipo lo pone, entonces, el tirano dinero: si Estudiantes puede salir de la simpática medianía de pelear y estar ahí, si 2015 es la temporada del salto de calidad parece residir, antes que en el entrenador, la táctica o los huevos, en la capacidad de la comisión directiva entrante para ponerse creativos, disimular las ventas y circundar las limitaciones económicas. El techo, sea cual sea, quedará fijado en este mercado de pases”, escribí en diciembre: las vigas parecen haber sido colocadas bastante alto y, ahora sí, le toca ensamblar el techo al Míster.

Pero la famosa ingeniería parece tener sus límites. En primera instancia, el gasto del club en sueldos (y solamente en sueldos de jugadores, pues no se consignan las primas prometidas, impuestos o el sueldo del cuerpo técnico) ascenderá de 37 millones a 43. Como los números marean resulta complejo saber cómo se construyen esas dos cifras: el ingreso mensual de cada jugador no se consigna por motivos de confidencialidad, pero sí se sabe, por ejemplo, que con impuestos, primas y toda la bola el presupuesto para sueldos superaba los 60 millones en el balance de 2014.

Imposible para el socio, entonces, dilucidar cuán sustentable es el ingreso de nueve jugadores nuevos en un plantel que era corto, pero que casi no ha tenido bajas (pleno de la CD, que se la jugó a ingresar a la Copa). También es relativamente preocupante el pago diferido: hoy descansa las golpeadas arcas y permite a Estudiantes cubrir el pasivo con el dinero de Correa, pero, ¿y mañana? La pregunta es qué ocurrirá en 2016, cuando esos pagos se sumen a los que ya tiene asumidos Estudiantes dentro de su deuda de 276 millones, y, además, se encuentre ante la muy real posibilidad de perder a Pereira, Acosta, Delgado (a préstamo hasta diciembre) y Sánchez Miño (hasta junio de 2016), o de tener que pagar una buena suma para mantenerlos.

Ante ese escenario, el Pincha se verá obligado (también por la demanda constante de renovación y éxitos deportivos) a traer nueva sangre, forzado a repetir las proezas ingenierísticas de este mercado, y, antes que nada, a vender: el nombre, está claro, es Carrillo, y si el resto de los clubes se percatan de la importancia de esos dólares para las arcas del club, su pase podría perder valor.

Además, por supuesto, toda la movida (la venta, las partidas obligadas) implicarían otra vez la necesidad de reconstruir el equipo y de crecer andando, una dificultad ya habitual para Mauricio Pellegrino. Este año la comisión ha optado por premiar al entrenador con un equipo de jerarquía, que se opone a la esperanzadora juvenilia de las pasadas temporadas: la apuesta, las fichas, están puestas ahora, y después se verá.

El salto de calidad que realiza Estudiantes para este 2015, muy bienvenido deportivamente y más con las cifras publicadas por la CD, asoma entonces como poco estable, no sustentable: irrumpe la línea de crecimiento estable que acompañó la presidencia de Lombardi, que pretendía edificar un equipo de elite desde abajo (un sueño que ordenó al club en su economía y su proyecto, aunque deportivamente se quedó en las puertas un par de veces), buscando los liderados por Verón un shock de calidad que cumpla con aquel pedido casi utópico a la saliente comisión (reforzar fuerte sin condicionar fuerte).

Para competir, lo adelantábamos, es necesario reforzarse: como el fútbol argentino niega su crisis trayendo jugadores de las maneras menos convencionales (y la presencia de los empresarios crece, como en el resto del mundo) y endeudándose cíclicamente, pateando la pelota siempre para adelante, Estudiantes también parece caer en el corto plazo de la apuesta deportiva. ¿Es posible otra vía en el fútbol vernáculo? Lo que resta ver, en definitiva, es cuán sostenible será para Estudiantes este salto de calidad cuando pase el tiempo y los cobradores vuelvan a golpear las puertas.

jueves, 26 de febrero de 2015

Convence




Estudiantes sigue en ascenso: en una semana no apta para cardíacos, consiguió pasar el primero de sus dos compromisos con holgura y, sobre todo, con mucha soltura. Fue una demostración de los de Pellegrino, en franco ascenso futbolístico, demostrando poder de fuego, sociedades y jerarquía y, aunque todavía falte para ver una versión confiable, le sobró para pasar por encima a Barcelona de Guayaquil.

Fue 3 a 0, una goleada hilvanada con goles esporádicos dentro de un dominio abrumador del Pincha. Apenas alguna aproximación hacia el arco de Hilario (tapó bien un tipo libre y desactivó varios centros complicados) de parte de la visita, que sufrió la mejor forma de la presión de los de Pellegrino, compacto para ir a ensuciar y recuperar. Y muy rápido para salir, sobre todo a partir de Cerutti, cada día más difícil para los rivales: encarador y guapo, se ganó otra merecida ocasión al salir reemplazado.

Pero la figura, claro, fue Carrillo. Porque abrió el marcador, luego de que Estudiantes, instalado en campo rival, buscara el hueco abriendo la cancha. El hueco no apareció, Damonte eligió terminar la jugada con un tres dedos furibundo que el arquero ecuatoriano no pudo detener y, entonces, apareció Carrillo, con un hambre de nueve, y la mandó a guardar. Corrían quince de la primera etapa.

La figura fue Carrillo, también, porque aumentó la cuenta: con 35 en el reloj, le llevó tranquilidad a Estudiantes de cara al entretiempo, con un tremendo cabezazo, demostración de su potencia, tras gran centro de Sánchez Miño.

Y la figura fue Guido, cada vez más cotizado, porque en un encuentro donde la norma fue el dominio de Estudiantes, las excepciones fueron los goles de Carrillo: si el Pincha siente el espíritu más descansado este domingo, deberá agradecerle al nueve, que con su hattrick volvió el debut copero en un trámite. El tercer fue el más lindo: contra rápida que pasó de Auzqui a Carrillo, que de pivot abrió para Rosales, quien centró, todo de primera. Carlitos Auzqui llegó al primer palo pero, sin ángulo para empujarla, la dejó pasar, y detrás estaba Guido para romper el arco de Barcelona otra vez y sellar la goleada.

¿Qué el rival no amerita grandes festejos? Que digan eso los que no juegan Copa. O los desmemoriados que olvidan que Estudiantes perdió su invicto de local en la Libertadores, por 1971, ante Barcelona de Guayaquil. El equipo que cambió la historia del fútbol dejó los puntos en casa por primera vez ante un por entonces muy modesto conjunto de Ecuador, hoy un conjunto muy popular en su patria. Entonces que no te digan que es fácil: cada triunfo de Copa es para festejar. Más si salda una deuda histórica, le da los tres puntos al Pincha en el debut copero y encamina la semana.


domingo, 22 de febrero de 2015

Fútbol y carácter: Estudiantes avanza

Estudiantes comienza a aceitar y a ilusionar: en un sábado con mucho olor a previa de la doble función de la semana que comienza mañana, el equipo e Pellegrino tocó, generó, buscó, corrió e incluso agregó una épica cotidiana al partido dándole vuelta el resultado a Godoy Cruz y llevándose una victoria más importante para la confianza que para la tabla de este larguísimo torneo.

La gente llegó a la cancha, en efecto, charlando más de lo que se venía de lo que se jugaba, pero el gol inesperado a los 10 de la segunda etapa del Tomba enojó a la multitud, que empujó como el equipo hacia una victoria más por atrición que por juego.

Porque juego hubo, pero más que nada en la primera etapa: la gran deuda de los dirigidos de Pellegrino venía siendo la generación, y en este encuentro, donde el Míster volvió a modificar los integrantes (y hasta las posiciones) del cuarteto mediocampista, la deuda comenzó a pagarse. Con Sánchez Miño arrancando por derecha pero con libertad y un interesante tándem zurdo entre Pereira, mucho más profundo en este encuentro, y Barbona (que promete pero le falta), Estudiantes abrió la cancha constantemente, buscando ser punzante ante una defensa agrupadita y que buscaba la contra.

Tocaba y tocaba Estudiantes, paciente, dando vuelta la cancha, acelerando, frenando, centrando. Y una a una cayeron las situaciones. Barbona conectó con Palito y tiró al arco pero comenzó a convertir en figura a Moyano, con 11 en el reloj: hasta ahí Estudiantes era más pero pura aproximación y, curiosamente (o no tan curiosamente) había sufrido en el retroceso y casi había encajado un gol por la espalda de Rosales. Cerutti tuvo un par, pero el uno mendocino respondió, Carrillo tuvo la suya pero no llegó tras desborde el enorme e incansable Pocho, Gil recuperó tras buena presión del delantero y tiró afuera…

Era casi todo de Estudiantes, aunque preocupaba que no entrara y, también, que la defensa, en el afán de acortar el equipo, se parara tan adelantada y se expusiera a la contra. Sobre todo, siendo que los laterales se van y los centrales no son velocistas precisamente. Así los apuntes de la primera etapa, que se mostrarían inútiles en la segunda.

Porque el cansancio y el rival juegan: en la segunda etapa el Pincha fue mucho menos ordenado, perdió seguido la pelota y tuvo que luchar bastante. Encima, desde el vestuario Godoy Cruz se trajo un golcito: Sánchez Miño la perdió en el medio y Desábato y Domínguez retrocedieron con desesperación, tratando de tapar a Fernández: el nueve bailó sobre la pelota, desacomodó la cadera del ex Vélez y tiró al arco desde afuera para marcar un verdadero golazo.

Estudiantes había mostrado una cara con pelota y otra sin: obligando a Cerutti, Damonte y Gil a la presión heroica, mirando muchas veces antes que marcando, y tardando mucho tiempo para recuperar la pelota. El gol, entonces, era la peor noticia: pasarían los minutos, el Tomba tocaría y el Pincha desesperaría ante el cerco rival.

Nada de eso pasó. El elenco de Pellegrino dio la talla y empujó al triunfo, en el momento en que las armas futbolísticas parecían disiparse. El empate llegó enseguida, y otra vez de balón parado. Gil la envenenó desde el costado derecho, nadie la tocó y chau pichi. La actitud no mermó y, entre el insistente Pocho y el despiole que armaba el chico Acosta, Godoy Cruz se metió en problemas.

El gol de la victoria llegaría tras un penal de esos que si te los cobran en contra puteás toda la semana. Guido, en un partido donde había lucido apagado (y hasta dolorido), cambió la falta que le hicieron por gol cuando corrían 27 de la segunda etapa y entonces fue momento de cerrar las cosas. Gil Romero por Cerutti y la pelota para que Acosta se canse de encarar y el reloj corra.

El rival tuvo un par (se lució en el cierre Navarro) producto de la desesperación, pero incluso en aquellos momentos Estudiantes era mejor. Tuvo una última, clarísima: Acosta armó una hermosa pared por todo el frente de ataque y descargó con sorpresa al otro costado, donde apareció solito Rosales, que centró y sirvió el gol a Sánchez Miño, quien otra vez hizo lucir a Moyano.

Y el partido se fue. Y Estudiantes sumó tres puntos y mucha confianza: el equipo encuentra sus sociedades, hay material en la cancha y en el banco, hay cada vez más variantes posicionales y estratégicas y, sobre todo, hay respuesta anímica. Todas buenas noticias para un equipo que crece.

lunes, 16 de febrero de 2015

Crece en la brava


El Viaducto. Esa cancha de mierda. Cinco escalones en la tribuna, y cinco metros de arco a arco. Y mirá que la gloriosa cancha de 1 no era demasiado grande, pero acá la cosa siempre termina peluda, a las patadas. Y bueno, no nos vamos a hacer los finos: nos gusta raspar, así que tampoco le viene tan mal al alma del equipo ir de arranque a la complicadísima cancha de Arsenal. Prueba dura: porque sabés que si ya no venías derecho con la pelota, no vas a enderezar el camino en el Viaducto, sin un espacio.

Entonces, aprobadísimo este escueto uno a cero de Estudiantes en su excursión a la cancha de Arsenal. Jugado cuando se pudo, laburado cuando se terminó el aire y el partido llamó a bajar la persiana. Y con muchas altas individuales: Cerutti siempre obligando, Guido en todas partes bancando piñas y patadas, el doble cinco cada día más motor de juego, y el resto sólido, concentrado y solidario.

Y con orden bancó tranqui a Arsenal: el local tuvo la pelota buena parte del partido, pero nunca ahogó. Arrancó mejor, el elenco de Martín, pero chocó y chocó contra Estudiantes, que en quince minutos se había acomodado y empezaba a salir de contra.

Vertical a partir de Barbona y Cerutti, pero algo desprolijo, llegó primero y dos veces. Tuvo el gol Carrillo, pero no le quedó. Respondió Arse con su único arma de la noche: el tiro de afuera. Pasó cerca, nada más. Y ya, con 25 jugados, tomaba las riendas Estudiantes. En deuda, como desde enero, con la generación de juego y la llegada por sorpresa de los volantes, el modo en que plasmó su superioridad Estudiantes fue con la pelota parada. Que, para regocijo, comienza a funcionar realmente bien. De los pies de Gil partieron cuatro o cinco corners en la primera etapa, todos causando angustia en la parcialidad local que copó el Viaducto. Y cualquier tiro libre se convertía en una excusa para mandarla al área. Así te quiero ver.

Y de la última de una primera etapa pareja pero con Estudiantes más cerca del gol, llegó el centro al primer palo demasiado lejos del arco, que capturó el Chavo y volvió a sacar para Gil, el ejecutante.Gil amagó, pasó y tiró: centro-pase para Damonte que, ¡de tijera!, la envió al segundo palo.

Golazo. Y en el momento justo: para mandar al rival al vestuario lleno de preguntas.

Debió aumentar en la segunda etapa el León. Tuvo de arranque una con Auzqui, que de volea no concretó; después un centro pinchadito de Barbona para Carrillo dio en el palo, y otro de Aguirregaray que no pudo ser: Estudiantes, sin tenencia, controlaba el partido y salía de contra, y, como no sucedió en todo el verano, sorprendía con la llegada de volantes y laterales, anunciando la conformación de algunas pequeñas sociedades.

Mientras tanto, el rival tenía la pelota todo el tiempo. Tocaba. Parecía que Arse ahogaba pero… ¿cuántas veces pateó al arco? Una o dos. Estudiantes se robó el ping pong. Debió aumentar otra vez con una contra organiada por Sanchez Miño, que en un puñado de minutos demostró que será pronto titular, que terminó con Carrillo centrando y el tiro a bocajarro del propio Sanchez rebotando en el defensor de Arsenal. Tuvo otra el ex Boca, tras buena pared en el borde el área tirando desde afuera, y tendría una más Estudiantes, con una contra de Gil que, de enredarse, terminó saliendo de manera fantástica y habilitando a Rosso, que tiró apenas afuera.

Arsenal tocaba pero sin profundizar. Estudiantes ocupó muy bien los espacios y redondeó una buena tarea. Muy buena. Quizás terminó demasiado retrasado, demasiado largo para intentar la contra, pero el cansancio juega. Quizás no mostró fútbol, pero quizás este Estudiantes sea más vértigo, más fútbol sin pelota. Quizás no la metió cuando debió, pero es evidente que tiene poder de fuego y, más, voluntad de gol en todos sus jugadores. Triunfazo, entonces: Estudiantes pasó con creces la dura prueba del Viaducto que siempre, antes que una preuba futbolística, es una prueba de carácter.

jueves, 12 de febrero de 2015

De la preocupación al trámite



Con un sabor a trámite se fue el hincha del Ciudad de La Plata: 4 a 0 ante un equipo que se autodestruyó tras pintar complicado, que insinuaba mucho con toque en media cancha pero no pateó al arco. Cuatro a cero y a la Copa, a lo que se llama segunda fase pero que es la Libertadores, la posta.

Curioso, durante buena parte el hincha sufrió la potencialidad del gol de visitante. Y eso que todo salió redondo: porque ya desde el vestuario Estudiantes empezó ganando. Un lateral centro de Palito Pereyra, peinado por Guido, siempre Guido, y empujado con olfato de nueve por el eterno Desábato, ponían al Pincha arriba en el minuto 13, cuando los de Pellegrino no veían la pelota, que pasaba de ecuatoriano a ecuatoriano.

Es que Independiente sorprendió: no salió a la cancha con el micro, sino que pobló la mediacancha para tocar y hacer correr a los jugadores del Pincha y al reloj. Una idea osada, que comenzó a resquebrajarse con aquel gol del defensor, en el albor del partido.

Respiraba la grey, 1 a 0 eran ya penales y el fantasma de no poder meterla que se diseminaba. Pero quedaba mucho por jugar y un gol de ellos era fatal, obligaba a dos más. Y encima, con el tanto a favor, Estudiantes, como hace habitualmente, se replegó y se sometió más al toque del equipo del Valle. Fueron minutos donde la visita mostró lo mejor, mientras en Estudiantes los jugadores se gritaban para tomar las marcas que aparecían a lo ancho de la cancha, solos, como si jugaran con doce.

Pero a Independiente le faltó, en toda la serie, una dimensión: sin profundidad, abrir la cancha le servía solo para pasear su toque bonito por la Libertadores. En toda la serie patearon tres veces al arco. En todo el encuentro de esta noche, una sola y desesperada, contralada por Hilario.

Para colmo, Estudiantes desnudó otra de las marcadas limitaciones de los bienintencionados ecuatorianos: sufrían en defensa. Y, si el Pincha no puede aún, falto de pequeñas sociedades, sin haber repetido mediacancha en los siete encuentros que jugó, enarbolar juego y sorpresa desde tres cuartos, si puede hacerlo con la bola parada.

Hemos destacado que desde la llegada de Gil y la opción de Cerutti (enorme partido, peleando cada balón y picanteando la decisión de Pellegrino de tenerlo afuera), Estudiantes ha recuperado un arma histórica. El primero fue de lateral-centro, arma inventada en el laboratorio de Pellegrino; el segundo y el tercero llegarían de tiro libre.

Y el 2-0 fue hermoso, y que digan que no los de la vereda de la lírica. El centro de Gil es telepático; el pique de Carrillo, para desmarcarse, tan automático como bello en su fluidez. El cabezazo, limpio, imposible para el arquero.

Dos a cero y todavía primera etapa. Por supuesto que si ellos metían uno se ponía otra vez peluda la cuestión. “Hay que hacer otro”, decían los hinchas, “terminalo”, le decían al displicente árbitro chileno. Pero, en el fondo, había cierta tranquilidad.

Hubo que esperar hasta el segundo tiempo para respirar, pero enseguida Estudiantes comenzó a terminar el trámite: a los seis del complemento, otro balón parado de Gil, repitiendo la fórmula del primer palo, y un cabezazo raro del Chavo, un golazo casi desde el borde del área. Dos en un partido para Desábato: era una señal de que ese día iba a salir todo bien.

Así lo terminó de determinar el cuarto gol, en contra por una carambola imposible y la resignación del arquero, bien bloqueado por Carrillo (otro partidazo: gol, participación y asistencia, y el laburo incansable y conmovedor de siempre) para que no pueda alcanzar el balón. Ya se iba el partido y sirvió para cerrar un encuentro que da aire a un ciclo que, a pesar de lo construido, hubiera sufrido mucho quedar afuera. Más allá, entonces, de los llamados de atención y de la necesidad de conformar rápido un equipo sólido, Estudiantes y Pellegrino se llevan del repechaje haber superado un obstáculo donde la presión era máxima. Y haberlo hecho con suficiencia y sin sorpresas.

viernes, 6 de febrero de 2015

¿Quién dice que es fácil?

Pensaste que venía fácil la mano, ¿no? Partido planchado en la altura, donde es mejor no hacer pavadas ni tomar riesgos, y el rival que si de local era esto, en La Plata, sin la altura y con el viajecito de ellos… Pero así es la Copa, viejo. Estudiantes parecía que tenía todo controlado y en un pumba aislado, termina yéndose de Ecuador con un 1-0 complicado para la vuelta por el temita del gol de visitante.

No estaba mal lo del equipo de Pellegrino. Ordenadito, no presionaba hasta mitad de cancha, como un equipo de básquet, buscando reservar energías. ¿Para una contra que nunca llegó? Difícil saber si el rival desactivó los potenciales intentos de Estudiantes, si el Pincha no supo encontrar la vía al arco (recurrente carencia, la generación de juego, la conducción de los ánimos) o si, sencillamente, por el lugar dónde estaba parado, a 50 metros del arquero de Independiente y a 2.800 metros de altura, llegar al arco contrario no era prioridad.

La falta de juego ha sido el talón de Aquiles de un equipo con buenas individualidades pero que, sin un hilo conductor, sin un armador, nunca parecen fluir. Sin paredes por las bandas o rebeldía de algún volante, sin pases entre líneas, todo se reduce al bochazo para los delanteros. Entonces, la incógnita permanece: ¿el plan de Estudiantes era intentar algo más que esto, o, consciente de las falencias, el entrenador apostó por el empate en la altura? Después de todo, el fútbol es una manta más corta allá arriba, en la altura.

Conservador, demasiado respetuoso, o la etiqueta que decida la subjetividad, Estudiantes tuvo varios momentos donde aún así controló el juego. Prolijo, siempre predecible con su 442 demasiado estático, sin sorpresa de volantes ni laterales (insisto: quizás sea por diseño, por decisión), se instaló durante algunos pasajes esporádicos en campo rival. Pero ni una vez pateó al arco, justo en la altura, donde la pelota es una bala.

Y con el correr de los minutos, Estudiantes se aferró más y más al cero. El rival no complicaba: con un esquema igual de predecible que el equipo de Pellegrino y sin nadie que saliera del plan, Independiente del Valle apenas le vio la cara a Hilario.

Habría algún hincha furioso, sobrealimentado en la previa con la idea de partido fácil (este equipo es un equipo en plena formación: la mitad de cancha, el corazón del equipo, cambió en cada partido amistoso; entonces, ¿por qué pensar que somos mejores que alguien?): se quejaría del excesivo respeto por un rival que tiene un estacionamiento atrás del arco, secretamente esperando lo que terminó sucediendo para decirte que tenía razón.

El resto de los hinchas de Estudiantes, con grises y objeciones, valoraban este empate. Esto es la Copa, y, en Ecuador, recordaban, el Pincha perdió en cada una de sus expediciones. Cinco, ahora, después de que en una jugada aislada, en una pelota que se iba al lateral y rescató (ahora sabemos, heroicamente) Independiente, Pineida encaró y pasó a Cerutti y pateó, lo que no había hecho ninguno de los dos equipos.

Golazo. Al ángulo. Pensaste que venía fácil la mano, ¿no? Bienvenido a la Copa Libertadores.



miércoles, 28 de enero de 2015

Los de afuera son de palo(s verdes)

El secreto a voces se hizo oficial: en año de elecciones, el gobernador bonaerense y candidato presidencial Daniel Scioli levantó la veda para el público visitante. La medida es parcial, ya que será recién a mediados de año, cuando se sumen a las fuerzas policiales miles de efectivos, y además será solamente para un encuentro por fecha, designado por AFA.

Y ahí es donde empiezan los problemas.

Pero primero lo primero: algo de contexto. La medida no se hace cargo en absoluto del problema endémico de la violencia en el marco de espectáculos futbolísticos. La violencia en el fútbol se ha complejizado en los últimos años, donde los enfrentamientos entre hinchas de diferentes clubes habían sido desplazados por los choques entre facciones de los mismos colores: la prohibición para los visitantes, en este contexto, ya había parecido una medida “pour la gallerie”, para la gilada, que no atendía el problema de fondo, por supuesto, pero tampoco, ni siquiera, el superficial.
Y de hecho, las muertes en torno al fútbol no disminuyeron en absoluto en estos meses sin visitantes. Porque la prohibición no lidiaba con el poder que detentan y que se disputan estas organizaciones, un poder económico que proviene desde arriba, desde dirigencia, políticos y policías, todos, como confirmó el reciente audio en torno al caso Nisman, aprovechando un negocio que nadie tiene la voluntad de interrumpir. Un negocio del que no hay que deslindar a APreViDe, el propio organismo que debe luchar contra la problemática y que no sólo se lavó las manos al echar a los visitantes del fútbol sino que, encima, sigue proponiendo fastuosos operativos de miles de policías, bajo las narices de quienes ingresan a los estadios las organizaciones acusadas de buena parte de los episodios sangrientos.
La voluntad política es, en este sentido, cambiar para que nada cambie: como el negocio de fondo no puede interrumpirse, hay que hacer parecer que algo se hace. Y entonces se toman este tipo de medidas, prácticamente sin sentido, como prohibir a los visitantes, criminalizando así al grueso de los hinchas comunes. Dar marcha atrás, por lo tanto, no tiene mayor significancia respecto al problema de la violencia en el fútbol, pero sí aparece como una medida que puede agradar al electorado en un año electoral.
El fútbol vuelve a ser entonces un botín político: siempre es el caso con los entretenimientos masivos, desde Roma hasta hoy. Pero un problema que no tiene solución no es un problema: la cuestión que nos ocupa, tras este largo contexto, es otra: AFA vuelve a ganar una batalla por el alma de los clubes, ya que al designar qué partido se juega en cada fecha con público, básicamente tiene a los clubes de rehenes y dispuestos a pensar que quedan debiendo favores. El ciclo vicioso del grondonato.
Como es AFA, difícilmente se reglamente qué encuentros son propensos a tener hinchas visitantes. Así, se abre la chance de que el manejo discrecional termine favoreciendo a unos: por ejemplo, que Arsenal o Tigre tengan más encuentros con visitantes que el resto, y así obtengan jugosas recaudaciones. Aún si AFA se compromete a otorgar la misma cantidad de partidos con público visitante a cada club, el hecho de que sea la entidad quien decide también abre la puerta a que, mientras a Estudiantes le toque la visita de un Central, un Newell’s o, quizás, hasta un Olimpo, otros clubes sean bendecidos con la apertura de su graderío visitante para la llegada de Boca y River.
Por supuesto, es evidente que si se trata de una cuestión de seguridad, no es AFA quién debería hacerse cargo, sino APreViDe. Pero bueno: así son las cosas en el reino del revés. Hecha esta trampa, lo que preocupa ahora es que el sistema genere desigualdades deportivas.
Lo cual parece inevitable aún si AFA dicta un reglamento que garantiza la ecuanimidad en la elección de los partidos con clubes. Porque se especula que al levantarse la prohibición en Provincia, Capital Federal y las otras plazas, que nunca prohibieron de hecho al público del visitante (de hecho, algunos clubes hasta abrieron sus puertas a los famosos neutrales)aprovechen la volada y abran indiscriminadamente sus puertas a los hinchas del rival. Así, los clubes del resto del país se garantizarán una buena recaudación cada fin de semana que toque hacer de local, y fastuosos botines cuando toquen los equipos con más convocatoria, mientras los bonaerenses deberán esperar la jornada en que AFA se decida a bendecirlos.
Todo está en veremos, claro (recién hay un principio de acuerdo al respecto y evidentemente, existen muchas aristas por redondear), pero la cosa huele mal, como siempre. A Estudiantes le compete, entonces, no vestirse de justiciero sino defender su parte en el baile: pedir clásicos y capitalinos con público porque, después de todo, el estadio que terminó de construir el propio gobernador no puede ser inseguro. Aunque, recuerdan los memoriosos, fue en esa cancha donde se produjo el enfrentamiento que provocó la suspensión de las visitas…

lunes, 19 de enero de 2015

El profeta




EN OFFSIDE. 
Hace 50 años desembarcaba la revolución en Argentina: Don Osvaldo Zubeldía aterrizaba en Estudiantes, luego de ganarle la pulseada a Víctor Spinetto, un 19 de enero de 1965, y el fútbol ya no volvería a ser el mismo. Un profeta, un hombre que estaba tan adelantado a su tiempo, que vaticinó su propia muerte: “Es imposible que yo me muera en una cancha. Si cuando yo estoy en la cancha siempre sé lo que va a pasar. ¡Cómo me voy a morir ahí!”, afirmaba, y luego anticipaba que “¿sabés donde me voy a morir yo? En un hipódromo. Con los burros nunca se sabe”.

El compendio de logros de Zubeldía es vasto y conocido para la grey: además de los éxitos medidos en estrellas, además de romper con la hegemonía de los grandes en Argentina y ganar el primer título para un club chico, el equipo de Don Osvaldo fue el primero en ejecutar el pressing de manera constante y sistemática (“el jugador que no quiere marcar es un vago”, decía), y en su laboratorio surgieron la trampa del offside y las jugadas preparadas, particularmente el recordado corner al primer palo, que a todos los volvió locos, incluido a un equipito llamado Manchester United.

Y aunque en Argentina Zubeldía se haya vuelto un asterisco en la historia que cuentan los grandes, el mundo se rindió ante su magia. Un tal Rinus Michels, aquel entrenador de La Naranja Mecánica, dijo alguna vez que “el fútbol total lo inició Osvaldo Zubeldía en Estudiantes, seis años atrás”.

Tan evidentemente adelantado como los rivales en la trampa pergeñada estratégicamente para achicar las líneas y reducir los riesgos, jugada que los árbitros se negaban a cobrar por “tramposa”, Don Osvaldo llegó a aburrirse un poco. El fútbol no era el misterio, la dinámica de lo impensado que querían imponer los cronistas románticos, sino un deporte sistematizable que todos jugaban como con una venda en los ojos, apostando más al azar que al entrenamiento.

Y de tan aburrido, cuenta el Doctor Bilardo que un día Zubeldía explicó, paso por paso, como vencer la trampa del offside en un programa televisivo. El Doctor, claro, puso el grito en el cielo: ¿qué hace, Don Osvaldo? El entrenador oriundo de Junín le contestó que intentaba avivar a los rivales, a ver si así lo hacían trabajar un poco más.

Don Osvaldo fue un profeta. Sus ideas, insultadas entonces, son hoy utilizadas por todos los equipos. Ya nadie concibe un fútbol sin jugadas preparadas, sin presión, sin rigor físico. Pero el profeta no fue comprendido en su tierra, que lo desterró, ávida de canibalizar a los laburantes y a los subversivos. Desgastado por los embates mediáticos y la persecución política, Don Osvaldo emigró hacia las cálidas tierras cafeteras donde revolucionó aquel fútbol pachorriento.

Con su exilio, la revolución en Argentina, como la Francesa, era desactivada, pero no sin dejar un legado marcado a fuego: la sociedad entera había despertado a nuevas posibilidades futbolísticas, más interesantes que el fútbol de tirar once tipos a la cancha, desmitificadoras de años de fulbito inocente, subversivas, capaces de elevar a los humildes a las cumbres prohibidas del Olimpo. Como Prometeo, Zubeldía fue condenado por robarle el fuego a quienes se creen dioses.

HUMILDAD. El rostro siempre serio, empapado de humildad y trabajo, sin estampa de procer, campechano: porque Osvaldo Zubeldía tuvo siempre los pies sobre la tierra y sabía que su rol de conductor del equipo que desde La Plata ganó el mundo en el territorio más hostil que el fútbol pueda imaginar, era sencillamente un engranaje más en la maquinaria.

Imposible no rendirse ante su humildad, la horizontalidad de su liderazgo: así lo hicieron sus jugadores y así lo hacemos hoy, en tiempos donde los entrenadores son divas mediáticas y su genial sencillez se extraña.

Zubeldía abría el diálogo: su papel de estratega no era más importante que el de los jugadores, como se suele sobresimplificar cuando se habla de equipos que dejan todo librado a la inspiración del equipo y otros, como el malvado Estudiantes, que atan la inspiración para subordinarla a la voluntad del equipo.

Que quede claro: para Don Osvaldo no interesaba el lirismo, solamente el equipo y el objetivo de cualquier deporte profesional, el triunfo. Los aires poéticos los dejaba para los medios y los soñadores: los jugadores de fútbol tenían que trabajar y trabajar para reducir los imponderables al mínimo. “El jugador que no quiere marcar es un vago”, opinaba, no por villano sino por visionario, anticipando una década el fútbol total que hoy laureamos en Bielsa.

Pero las ideas del entrenador que llegó de Junín para cambiar el fútbol no estaban escritas en piedra: al contrario, el entrenador se sentaba con sus jugadores, y discutía a viva voz, recuerdan los cronistas en blanco y negro, sobre las decisiones que había que tomar. Así, recordaba el propio Osvaldo, pergeñaron la famosa “trampa del offside”, así denominada por los medios que sugerían que Estudiantes rompía las reglas al realizar la maniobra. Hoy, curiosamente, el offside es el modo en que los equipos más ofensivos del mundo se protegen de los contraataques.

LEGADO. Su estilo de conducción único casi no se repite en la historia, pero, lejos de extinguirse, llega a nuestros días gracias a un discípulo en ausencia: Alejandro Sabella llevó a Estudiantes a su cuarta Copa Libertadores y a Argentina a la final del mundo dando espacio a los jugadores para que opinen, discutan, se rebelen y, sobre todo, se involucren.

Porque lo que pretendía Don Osvaldo es que el jugador conozca, aprenda el juego, en lugar de dedicarse a escuchar al entrenador y patear la pelota. Y que no solo se interese por la táctica y estrategia del juego y se convierta así en un jugador más inteligente en la cancha: sino que también se interese por su equipo, y luche por la victoria conjunta, no por el lucimiento personal. Zubeldía, el maestro que enseñaba a mirar el fútbol, que enseñaba al jugador a aprender, le dio al país a Carlos Bilardo.

Y Estudiantes, el de Don Osvaldo, recuerdan quienes lo vieron, era el más feroz en la jungla del fútbol pretelevisivo, una cofradía inquebrantable al servicio del equipo.

Pagaría con la infamia, seguro. Con prisión, incluso, tras aquella final con el Milan. El cuarto poder es verdaderamente poderoso, y Estudiantes, campeón del Mundo en Old Trafford, fue convertido en villano y así se consiguió desgastar y dividir al grupo. Que igual, ganó otra Libertadores más, pero con la condena mediática que instaló con militancia ese mote que nos negaba: antifútbol.

“No confundamos, Estudiantes no es que equipo defensivo, es una fuerza de contraataque, que es distinto”, intentaba razonar Zubeldía con los medios, con periodistas que idolatrarían décadas más tarde la salida veloz que hoy vemos en el Real Madrid.

Era en vano. Con palabras, palabras, palabras, palabras que no significan nada, discursos vacíos, unidimensionales, los medios reproducían la infamia para Estudiantes y reducían el éxito a la trampa, la dictadura militar convertía al equipo humilde que había desafiado al mundo en el poster de todo lo malo del mundo, y pronto se volvería así al viejo modelo futbolístico, mediante el cual los grandes se aseguraban sus triunfos fabricados con los jugadores que robaban de otros equipos.

Don Osvaldo, cansado, partiría años más tarde a ser docente del deporte en Colombia, donde encontró su muerte en un hipódromo. Su trabajo había sido vituperado, aunque en su inmensa sabiduría sabía el maestro que la única verdad no son las palabras sino los triunfos, que quedan allí, eternos, para quien quiera ver más allá del discurso oficial.

“Una vez vino un periodista brasileño y me preguntó: ‘¿Cómo de las arregla Estudiantes para salir campeón de América tres veces y ganar una Copa Intercontinental si todos lo acusaban de ser defensivo?’”, contaba al respecto Don Osvaldo Zubeldía. “Le dije: ‘Mi amigo, se está contestando solo’”.

sábado, 17 de enero de 2015

Vos sos de la C

En el reparto del dinero de la televisión, Estudiantes vuelve a mostrarse como un club chico. Chico a mucha honra, claro, chico por no pactar con el poder y, contra todo pronóstico, ser el chico irreverente que se le atreve a todos. Pero la pequeñez que es parte de la gesta ha jugado también en contra: Estudiantes es hoy, sigue siendo, categoría C en el reparto del dinero de televisación. En la categoría A están River y Boca, que cobrarán en este 2015 casi 40 millones de pesos; en la B el resto de los capitalinos considerados grandes, que se arriman a los 30; y en la C hay cualquier cantidad de equipos que cobran 20 millones.
 
La situación supo ser peor antes de 2009, en la era de la tevé codificada. Con la llegada del dinero público, AFA, todavía encabezada por Julio Grondona, aprovechó para que los llamados “grandes” (en rigor, equipos de la capital) disminuyan su ganancia por ingresos televisivos del 12% del total al 5%.
 
Los dirigentes pretendieron protestar, pero, claro, el sistema de dádivas que sigue en pie en AFA, donde los clubes dependen para equilibrar sus balances del dinero que la institución madre les adelante o preste, las voces de protesta fueron suspiros.
 
La tradición perdía peso en Viamonte. Antes de aquel 2009, en un total de 37 torneos hubo 5 campeones entre los que no son la clase A o B del fútbol, según el reparto televisivo de entonces y ahora: Ñewell´s tres veces, Estudiantes y Lanús. Desde el 2009, también fueron 5 los campeones clase C, pero en solamente 10 torneos. Además, claro, descendieron River e Independiente.
 
Las jerarquías parecían desmoronarse en este nuevo fútbol porque de las famosas patas de la mesa, la economía, silenciosa y llena de recovecos, lejos de los medios y muchas veces del conocimiento del socio, quizás sea el factor preponderante, más que el entrenador, los jugadores y el hincha incluso. Acostumbrados a ese 12% y al consecuente despilfarro que permitían esas dádivas, River y Boca, Racing e Independiente, cayeron en el descalabro económico. Los dirigentes colaboraron, claro, pretendiendo escapar de la crisis con refuerzos estelares y participando de negociaciones espurias.
 
A la muerte de Don Julio, los grandes hicieron su movida y empezaron a presionar por un mayor porcentaje del dinero de la tevé. ¿Los motivos? Como en los tiempos de la tevé privada, los clubes argumentan que son los que más rating generan: una afirmación que, si bien cierta en la generalidad, es en la letra fina donde se desmorona. ¿Cuánto más público está pendiente de Vélez que de Central, por caso?
 
El problema va más allá de los ajustes que puedan realizarse en las categorías: Fútbol para Todos dice no manejarse con lógica de mercado, de lucro, sino de difusión cultural y federalización. Contrastante con esta idea de igualdad es permitir que las viejas categorías de la tevé por cable, que sí estaban interesadas en evitar un boicot de los equipos capitalinos-convocantes, sigan permaneciendo, aunque con algunos ajustes.
 
Siendo que es AFA quien maneja el reparto, la pregunta obligada es por qué debe ir más dinero a los clubes capitalinos. Las reglas de quién pertenece a qué categoría no están escritas, algo clave: porque informalmente se suele decir que obedecen al rating que genera cada equipo o a su convocatoria (lo cual como ya mencionamos es dudoso) pero, al no estar escritas, no hay modo que los equipos salten de categoría si llevan más gente frente al televisor. Las jerarquías establecidas, supuestamente racionales, científicas, que obedecen al mercado, son en rigor escalafones que pretenden naturalizar la hegemonía de los grandes.
 
Al no estar escritas, se naturaliza la jerarquía grande-chico, basada en la cercanía a capital, construida por los medios y que nada tiene que ver con la lógica deportiva (sí, con la del mercado). Se cementa así está brecha, se le agrega un componente económico para ayudarla a dominar y salir de esta era donde cualquiera puede ser campeón.
 
Las categorías del rating son categorías de mercado a las que lo público no tienen por qué obedecer. Al sostener las categorías del rating, además, se evita que el dinero, que ahora es dinero público, combata décadas de ventajas dadas por la tradición y el status quo a los grandes, desde arbitrajes hasta traspasos obligados (los grandes, con los medios de su lado, con la televisación de los partidos de su lado, eran la obligada vidriera previa a Europa). En lugar de federalizar el fútbol, sigue estableciendo que Dios atiende en Buenos Aires.
 
(La misma falsa federalización opera en la Copa Argentina: el torneo de los humildes contra los grandes no se juega en canchas de tierra sin gradas, obligando a Boca a viajar los confines de la patria, como en la FA Cup, sino jugándose siempre en cancha neutra, plazas políticas por lo demás.)
 
Ahora los grandes quieren volver a agrandar la brecha, empujar hacia un modelo similar al de la Liga Española, donde el núcleo de los grandes negocia por separado su tajada, excesivamente mayor a la de los demás clubes. El resultado es una liga polarizada, disputada solamente por dos, a lo sumo tres equipos: una liga devaluada, previsible. Aburrida.
 
El modelo, está claro para cualquiera que vio el último Mundial, es la liga alemana, que reparte equitativamente los dineros y obliga a una reinversión en estructura e inferiores a sus clubes. Misma lógica de la liga inglesa, que reparte la mitad del ingreso por derechos de TV de manera equitativa. Pero, tras la caída de Grondona y el crecimiento en las decisiones de Viamonte de los dirigentes de las entidades capitalinas, el riesgo de un regreso al modelo de los privilegios para pocos es cierto.
 
Si debe haber diferencias entre categorías, que sean incentivos a actuaciones deportivas, o a gestiones económicas sanas (en tiempos de números en rojo cotidianos). O ambas. O a revés, incluso, como la NBA, que da las mejores selecciones del draft a los equipos peor ubicados, buscando emparejar así la liga para el bien del espectáculo.
 
No debería haber incentivos por una naturalizada jerarquía viejísima y ya caduca: los “grandes” no tienen tanta más gente que varios equipos, tienen menos logros en varios casos y sus clubes se hunden en deuda. Las diferencias, está claro, no deberían obedecer al impulso elitista-unitario que siempre gobierna en nuestro país. Siendo que la lógica del rating es mercantil y el FPT no pretende lucrar, no debería regirse por sus reglas; además, es evidente que hay equipos del interior que generan más rating que varios de la clase B (San Lorenzo, Racing, Vélez e Independiente), por lo cual no se trata más de un argumento para racionalizar una jerarquización cultural, construida, caprichosa.
 
Y justamente la cultura futbolera siempre ha relegado a Estudiantes de su merecido lugar: contra la marea luchó el equipo de Zubeldía para terminar con la tiranía capitalina en 1967, contra todo pronóstico es tetracampeón de América (y varios de la lista apenas tienen un puñado de trofeos internacionales entre todos), contra todos llegó a ser subcampeón del Mundo hace apenas un lustro. Pero siempre fue contra: nunca tuvo Estudiantes peso real en AFA, para torcer las decisiones.
 
Ni siquiera cuando era el gran club argentino, durante los días de Zubledía o la era de Verón jugador. En aquellos días de este milenio, por ejemplo, jugó un partido sin relevancia contra Tigre tres días antes de la final Sudamericana (AFA no lo pospuso); también lo bajaron de un hondazo en el Apertura 2009, porque no convenía un campeón en la fecha 17 (Estudiantes viajaba a Dubai), y meses después Independiente colaboró sospechosamente con el campeonato de Argentinos, que relegó a Estudiantes al segundo lugar para luego tener un desastroso torneo y terminar, recientemente, descendiendo.
 
Estudiantes comparte la bolsa de gatos que es la categoría C con otros clubes como Lanús, que hace rato está deportivamente en otra categoría, y a la vez, como Olimpo o Rafaela, los luchadores de la Primera División. Ahora habrá una categoría D para los ascendidos al torneo de 30 equipos pero, claro, recibirán casi nada del reparto que ya está bastante ajustado y peleado: apenas 4 millones para equipos que precisan mucho más el dinero, si queremos que el torneo sea parejo, claro.
 
Para el deporte, está claro lo que debería ser y lo que no será. Para Estudiantes, es evidente lo que conviene: comenzar a viajar capital y a pesar en la política cotidiana, armar una coalición de equipos que quieren cambiar de categoría o abogar por el fin de las categorías, o por el inicio de las categorías repartidas a partir de méritos deportivos e institucionales, casilleros en los cuales Estudiantes ha estado, hace diez años, entre lo mejor del fútbol vernáculo.
 
Los clubes “grandes” ya formaron esa coalición: durante 2014 se documentaron en los medios varias reuniones entre los popes de capital para pedir más plata por tevé, algo que jamás hubieran discutido con Grondona en vida pero que, en el estado anárquico de AFA hoy, bien puede ser la plataforma del candidato que, con el respaldo de los poderosos, suba al trono de Viamonte.
 
Es el momento justo, entonces, para que Estudiantes también aproveche el vacío de poder y remiende una injusticia histórica que siempre lo tuvo, injustamente, en el mapa de los segundones.
 
En el luto del grondonismo, es el momento: el voto por decantación ya no corre, cada cual defiende su quinta sin miedo a represalias de Don Julio, los grupos de poder todavía no están conformados y, de hecho, están dispersos. Es el momento de evitar que los poderosos establezcan nuevamente la dictadura de los grandes, que pretenden determinar las expectativas económicas de todos, estableciendo por la fuerza, bajo la apariencia de una democracia, el espectro de posibilidades para el resto de los equipos: porque la economía es clave en el fútbol hoy y quizás una diferencia de un millón de dólares no implique tanto en la inmediatez, quizás incluso dependa del uso que se le da… pero, de acá a diez años, hace la diferencia entre un equipo campeón y uno que lucha por permanecer.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Un camino de espinas

Cargadas aparte, el campeón de la Libertadores no pudo hacer demasiado ante Real Madrid, con un plan de juego tibio en un encuentro más cerca de la goleada que de la hazaña. La narrativa épica, seguramente, se concentrará en la multitud que viajó hasta Marruecos, y chocará cuando, durante la bizarra temporada 2015, el subcampeón del mundo enfrente al Club de los Cinco y tenga que bancar el lastimero cantito de “para ser grande...”
 
Por supuesto que la actuación deslucida y triste de los de Boedo engrandece la épica trágica de 2009cuando un Estudiantes diezmado, que nada tenía que ver con el campeón de 2009, enfrentó al mejor equipo de todos los tiempos y lo tuvo de rodillas. En parte por no retener a un puntal de aquel campeonato como Mariano Andújar y por la obligación económica de diezmar el equipo de cara al encuentro más importante en cuatro décadas, en parte porque el fútbol tiene esas cosas, el planteo perfecto de Sabella, recordado en la antesala del encuentro con el Real, se frustró en una confusa salida en falsa que poco tuvo de barceloniana.
 
Fue una actuación para los anales tácticos, pergaminos que Pachorra revalidó en el Mundial para los detractores que dejan que la ideología nuble el análisis. Fue, también, derrota finalmente, dolorosa, heroica, pero derrota. Se aprende y se sigue adelante: a cinco años, ya es hora.
 
Para sacar un clavo, nada mejor que otro clavo: Estudiantes necesita volver a la épica para que el pos 2009 no se transforme en la década del 70. Increíblemente, Mauricio Pellegrino viene construyendo un equipo con capacidad de juego y épica con paciencia, pero su nombre sonó entre los candidatos a la guillotina cuando Estudiantes cayó con el mejor equipo del fútbol sudamericano del semestre. Fue el segundo equipo que más puntos sumó, y aunque siempre pareció que tenía más para dar, pocas veces se tiene en cuenta que los jóvenes son sólo promesas y que la volatilidad etárea hace a la capacidad de un equipo de sostenerse coherentemente.
 
Errores de Pellegrino hubo miles, desde ya: muchos goles en contra de pelota parada, poco a favor, un retroceso poco aceitado cuando el equipo se para en ataque. Pero muchos más fueron los aciertos del entrenador para levantar el buque naufragaba (¿recuerdan los rumores de descenso?) y constituir un equipo competitivo y, sobre todo, sustentable: pocos refuerzos de renombre, aciertos en los nombres de segundo orden (Aguirregaray, Cerutti) y mucho piberío para bancar una crisis económica voraz, luego de años intentando repetir el 2009 a partir de una política de refuerzos derrochona.
 
El equipo de Pellegrino se erige, lentamente, en espejo circenseno de aquel campeón libertador, cofradía de hermanos hombres, sino de aquel del 2005/2006: el merlismo y el burruchaguismo poniendo muchos pibes al lado de un par de experimentados, la muchachada creciendo por el fragor de las batallas americanas, y ese primer trimestre de 2006 como gran aprendizaje de cara al segundo semestre hollywoodense, donde, claro, la estampa de la Brujita y el Cholo se marcaría a fuego en el plantel.
 
Este equipo, como aquel, amagó con dar pelea en varios torneos, pero finalmente, juvenilia, errores puntuales, puntos perdidos en canchas facilongas, un plantel corto y otras coyunturas bajaron de un hondazo la ilusión. Esta temporada el Pincha peleó todo lo que jugó, pero se quedó sin nada y cerró el año con la mente en modo vacaciones.
 
La era Verón malacostumbró a toda una generación que ahora recarga de histeria cada mercado de pases y cada derrota, exigiendo cabezas y nombres estrafalarios: tras la goleada en contra ante San Lorenzo, el estallido en las redes sociales (que se ha descubierto caprichoso, muchas veces irrelevante y poco representativo) se hizo oír, una turba iracunda pidiendo sangre. Sin respeto por el proceso. Sin respeto, siquiera, por los números. Porque los pibes han crecido también en ese rubro, el equipo va mejorando año a año sus actuaciones, y este torneo, como si nada y en medio de cierto disconformismo hinchista propio de un lustro dulzón para Estudiantes, los de Pellegrino alcanzaron los 31 puntos. Mejor marca desde Sabella.
 
Pero este equipo no se parece a aquella cofradía de hermanos-hombres. Sí tiene algunos aires a los que vinieron después: porque a diferencia del proceso armónico que se dio entre 2004 y 2006, que permitió que se afianzaran los chicos y que los jugadores utilitarios traídos como refuerzos crecieran (¿recuerdan al Chapu suplente?), este proyecto ha sido sumamente turbulento.
 
Las arcas mandan. Estudiantes tuvo que desprenderse casi obligado de Duvan Zapata, Gerónimo Rulli, Jonathan Silva y, ahora, Joaquín Correa, uno de esos que no se reemplazan. También dicen que una oferta millonaria por Carrillo sería difícil de rechazar. Este equipo, a diferencia de aquel de 2006, se tiene que rearmar constantemente: el entrenador se queja, pide refuerzos, que siempre son apuesta y por ende, en caso de que no funcionen, siempre se necesitan en mayor número. Las balanzas se curan, pero sólo un poquito, nunca del todo. Y entonces, seis meses después, de nuevo Estudiantes pierde lo mejor que tiene.
 
Durante el año hablamos del techo del equipo. Parece por momentos ilimitado, alimentado por el entusiasmo del hincha ante una actuación voladora; aunque el verdor muchas veces determinó que Estudiantes no estuviera para pelear seriamente, para conseguir la solidez de juego y espíritu necesaria para ser contendiente. Pero con el tiempo, y a pesar del desguase, el verdor muta en madurez. Y el techo final de las posibilidades del equipo lo pone, entonces, el tirano dinero: si Estudiantes puede salir de la simpática medianía de pelear y estar ahí, este año que se viene, si 2015 es la temporada del salto de calidad parece residir, antes que en el entrenador, la táctica o los huevos,  en la capacidad de la comisión directiva entrante para ponerse creativos, disimular las ventas y circundar las limitaciones económicas. El techo, sea cual sea, quedará fijado en este mercado de pases.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Venganza incompleta

“A Estudiantes le convenía que ganara River”, tira algún medio capitalino con la sangre en el ojo. “No les sirve de nada”, me dice algún hincha de otro equipo. ¿Y? Comer un helado tampoco sirve de nada, pero que rico es.
 
Mucho desahogo hubo entre los Pinchas que siguieron el partido por tevé: otro capítulo más para el infarto en la saga versus River, y sí, es cierto, las Gallinas se llevaron el pan y buena parte de la torta, pero esta porción se la comió el León.
 
Uno a cero, con justeza y metidos atrás como manda la historia. ¿O te vas a hacer el loco en una cancha donde los triunfos de Estudiantes se cuentan con los dedos de la mano y los de River con calculadoras científicas? Uno a cero y chau, en el encuentro donde River fue más River de la trilogía, donde más tuvo posesión y toque. Los de Pellegrino habían jugado más en los dos duelos coperos, pero el rival había encontrado, mezcla de potencia letal, azar de los iluminados y falencias del Pincha para cerrarse bien, varios goles (cinco en total en 180 minutos).
 
Bueno, en este encuentro River tuvo mil por ciento de posesión y no sólo perdió: no convirtió goles, no tuvo más que aproximaciones y, te digo más Pincha amigo, mereció perder y hasta por más goles. Seguro que a los de Gallardo ya les pesan las piernas, con un plantel corto que no se iba a sobreponer siempre a las adversidades. Pero, excusas aparte, el Pincha fue justo ganador en el esquivo Monumental.
 
Porque en la primera etapa encontró rápido el gol desde el vestuario, cortesía de un desborde de Cerutti (enorme apuesta de Pellegrino ante el clamor popular: jugaron los tres) que Barovero, el Superman de la Sudamericana, dejó largo y manso para que Vera, siempre el hambre primal, empuje al fondo.
 
Iban cinco y el Pincha ya se refugiaba. En la Copa hizo lo mismo, luego de ponerse arriba rápido en el primer encuentro, y los moralistas auguraban un final similar al de entonces. Pero esta vez no, porque el Pincha sacó el viejo manual de cerrar la persiana de la hoguera donde a la santurrona inquisición lírica le gusta mandar los planes defensivos, y se la bancó, con el Monumental en contra y también algunos fallos de Laverni que, paranoias aparte, se comió un penal, un codazo, varios cortes de River para evitar la contra, el ataque sistemático sobre Correa y, encima, gesticuló excesivamente demostrándole (¿a quién? ¿A los jugadores de River? ¿Al público local?) que no le creía nada a Hilario Navarro cuando (capítulo siete del mencionado manual) empezó a sentir súbitos tirones.
 
(Que nadie ose llorar, y dudo que lo haga este equipo de hombres de River: a no olvidar que sacaron del torneo a Román Martínez, un penal no dado que podría haber cambiado el curso de las cosas).
 
Hablamos de Joaquín Correa y las contras: allí estuvo el plan y las chances. Estudiantes defendió primero con siete, luego con ocho y medio, tras la salida de Cerutti por Ré y el falso adelantamiento de Rosales. Así, consiguió al fin secar a este equipo que te hace goles casi sin querer. Y el lado B del plan era Correa, el que flota sobre el césped. Imparable, el pibe dio una lección de inteligencia para frenar y acelerar, habilidad para esquivar las patadas y coraje para bancar las que no pudo esquivar. Un partido para la videoteca del Tucu, que tuvo el gol luego de un desborde genial, siempre empujando la pelota con la puntita del pie: tiró el centro, le quedó el rebote sin arquero y el disparo lo tapó Vangioni, de milagro.
 
La otra clara para el Pincha, mientras River se jugaba sin ideas pero con intensidad el todo por el todo, fue para Auzqui: en una de las varias contras (hubieran sido más si Laverni no hubiera permitido tantos cortes en mediacancha), Carrillo, otro maestro tiempista, aguantó la subida del Carlo y, sombrerito mediante, habilitó al siete a un mano a mano con la pelota picando… Era ideal, pero Auzqui no tuvo instinto asesino, intentó tocar y Barovero tapó con la pierna.
 
El partido se fue, finalmente, con el local empujando y Estudiantes resistiendo. Pero no hubo más peligro que el del borbollón y el de la ansiedad de la mínima diferencia. Estudiantes fue justo ganador en su excursión a River, calentó el torneo para que los cuervos ataquen y, está claro, disminuyó en algo sus probabilidades de entrar en la Libertadores por la ventana.
 
También en 2009 entró por la ventana, pero este Estudiantes, del cual, digan lo que digan ciertos matutinos amarillos, soy defensor acérrimo, se parece más al 2005: aquel equipo que se fue de la Copa Sudamericana temprano y se quedó cerca en el local pero que, se notaba, se respiraba, tenía la semilla de la gloria en su plantel, en los pibes con hambre, en los nenes que levantaban a la platea en cada ataque. A mí, aunque estemos afuera de todo, este Estudiantes que se tira de cabeza y suda y juega a algo y con una idea de fondo, de largo aliento, qué querés que te diga: me entusiasma más que cualquier refuerzo, llámese Pablo Barrientos o Leandro Lázaro.

jueves, 6 de noviembre de 2014

El aprendizaje de dejar todo y quedarse sin nada

A nadie en la porción mayoritaria de la ciudad le gusta hablar de derrotas dignas, pero sí es de hincha de Estudiantes saber apreciar que los procesos son largos: el Pincha perdió, y perdió con justicia, pero también es claro, notorio, el crecimiento que mostró el equipo en esta Copa Sudamericana, agrandándose en cada etapa, respondiendo con hombría y germen de equipo difícil a los numerosos golpes que recibió.
Y, para no desentonar, el partido con River de esta noche le volvió a proponer pálidas para que se rebele, para que crezca la juvenilia: porque a los 40 segundos parecía que todo se terminaba. Gol de River de entrada, global 3 a 1 y la necesidad de hacer dos tantos sin que te conviertan.
Estudiantes no quemó los papeles. El equipo de Pellegrino, con la sabiduría de los años que no tiene, mantuvo la calma, volvió a maniatar al equipo de Gallardo con la presión alta y, cuando parecía que se quedaba en amagues, lo dio vuelta: en el cierre del primer tiempo Vera, y de entrada en la segunda parte, Carrillo de penal tras enorme jugada de Correa, maradoniano cuando se enciende.
¿Era imposible? Ahora parecía que el destino inefable de Estudiantes volvía a manifestarse, místico. Pero River es el mejor equipo de Sudamérica y también tenía su propia narrativa: encontrarse con su archinémesis en semis, ambos en su mejor momento. Para eso, los de Gallardo demostraron una vez más que, lejos de Gallinas, tienen un temple durísimo. Fueron al frente con empuje y en dos segundos se acababa todo: el partido, puro estado de ánimo, se daba vuelta como una tortilla cada vez que alguien se enojaba.
Seguro, Estudiantes marcó mal la pelota parada, erró en los tres goles del rival. Seguro que se ha perdido seguridad defensiva, seguro que el Pincha se enciende rebelde de repente y se apaga también de golpe, y es un equipo blandito, juvenil. Seguro que en todo este tiempo el equipo de Pellegrino ha dado más muestras de lo que puede llegar a ser que de lo que es.
Seguro, algunos errores del equipo frustran por repetición. Incluso, podemos debatir si el camino para hacerle frente a este River, un planteo frontal, hidalgo, no fue ingenuo, no fue errado.
Seguro que dejó todo, en la serie y en el semestre, y se quedó sin nada, afuera de todo, un mes de hacer la plancha en un torneo que su propio nombre indica su naturaleza irrelevante. Hasta sin Libertadores se quedó.
Seguro.
Pero eso no importa, en el fondo. Estudiantes murió con las botas puestas y con señales de haber aprendido de esta caída. Y sobre todo, con mucho sudor volcado. No fueron las mejores decisiones dentro y fuera de la cancha, y no hay que quedarse con esto de que “hicimos un gran encuentro contra un gran equipo”. Nada de conformismos. Pero, hay que admitir, la sonrisa se escapa cuando aún ya derrotados y sin tiempo en el reloj, el encuentro se termina con tres jugadores de Estudiantes tirándose con botín y plancha en el medio del área para empujar a lo bonzo un balón inútil.
Estudiante’ de La Plata. Vengan de a los que quieran a criticar este proceso: hay coherencia y hay futuro. El presente, lamentablemente, es de otros.

jueves, 30 de octubre de 2014

Le pegaron justo

Duro golpe para el Pincha: la exigencia iba subiendo y subiendo en la Copa Sudamericana y los de Pellegrino habían respondido en cada ocasión y, en rigor, volvieron a responder esta noche, maniatando durante gran parte al mejor equipo del fútbol sudamericano. No alcanzó: River, un River coraje como pocas veces se ha visto, se enchufó un ratito, encontró los goles (porque 29 invictos no se alcanzan sin un poco de estado de gracia) y se llevó una victoria que le allana el camino hacia las semis.

Porque dos goles de visitante y una victoria es muy difícil de remontar, y porque, en realidad, River es un espejo de Estudiantes, sólo que con jugadores que ya son veteranos de guerra aunque todavía no peinan canas. Allí gran parte de la explicación: con planteos muy similares que hacen un culto del balón, del toque de primera y del uso del ancho de la cancha, y con problemas en el retroceso, Estudiantes impuso durante buena parte del partido su dominio, su toque, la cancha se le hizo ancha a River y los problemas en defensa fueron del visitante.

Así, por lo menos, durante toda la primera etapa, porque incluso en luego de que el árbitro obviara penalazo a Román Martínez, que determinó la salida del volante y la desconcentración generalizada, River no pudo más que insinuar peligro: Estudiantes lo ataba en mitad de cancha con gran presión, y salía rápido con un Correa muy picante, aunque con poca compañía.

El elenco de Pellegrino se iba tranquilo al entretiempo, con el cero en el arco, y en la última encontró gran premio: Vera presionó a Funes Mori, que se equivocó, la canchereó un poco y perdió, y el yorugua le rompió el arco. Había aparecido poco, pero el hambre primal del delantero fue lo que terminó rompiendo el partido.

O eso parecía: porque tras una primera etapa donde el Pincha había hecho todo y había reducido a River a la nada, donde el mejor equipo del torneo estaba ocupado y preocupado en el León… se terminaron las piernas.

Y también apareció el River peleador, el River que por excepcional vez asoma copero, caliente, con solidez y temple para remontar los varios obstáculos que se le vienen presentando ahora que ya la frescura se va terminando, los equipos le toman la mano y el cansancio hace su juego.

Bueno, ese River, mezcla de actitud y suerte provocada, encontró un gol rápido y cuando parecía que el tanto de Vera insinuaba una historia favorable, todo se desmoronó. Estudiantes perdió la pelota durante diez, quince minutos, el rival empujó un poco y, planetas alineados y todo eso, encontró el 2 a 1 con un tanto en contra.

Reaccionó Estudiantes, que nada tiene que recriminarse: fue al frente, tuvo un par de chances (tremenda tapada de Barovero abajo a Carrillo) pero, aunque haya ganado el ping pong, el partido psicológico fue de River: a equipos iguales, equipos espejos, ganó el que más aprovechó el rato que tuvo y, se sabía, River tiene mucho picante, mucha capacidad para ser efectivo, y el Pincha no tanto.

La revancha asoma complicada, un llamado a hacer historia como la que hizo el Millonario, primer equipo en vencer a Estudiantes de visitante por copas internacionales. La tarea para los jóvenes pupilos de Pellegrino es, una vez más, un desafío a crecer de golpe: devolverles el favor y hacer historia en ese esquivo Monumental. Difícil, aunque con el gustito de lo difícil y con la certeza de que River es mortal, y que no siempre va a ligar todo.

jueves, 23 de octubre de 2014

De los pies de Carrillo a las manos de Navarro: una victoria mística

Era la tormenta final: las nubes negras se acumulaban en el horizonte burlándose de los planes con esos dos goles de Peñarol que rompían todos los esquemas, y de repente estabas afuera de todo con dos meses de competencia por delante.
 
Ya se comenzaba, incluso, a olfatear cierto fastidio del hincha: seguro que hay banca al proyecto, pero en fútbol, al final, todo se determina por el resultado, y quedar tan prematuramente fuera de competencia, contra un equipo que en La Plata asomaba mortal, y estar al borde de la goleada tras los primeros 45 minutos del partido disputado en el sagrado Centenario uruguayo, bueno, no iba a calar bien entre la grey.
 
Y ciertamente en aquella primera etapa hubo mucho verdor como para fastidiarse: demasiadas imprecisiones de mediacancha para arriba, otra vez Estudiantes pecando de su falta de conducción futbolística, responsabilizando para la tarea a un adolescente como Correa y a un talento individual como Martínez.
 
Y Peñarol, honrando su temple de años, olfateaba rápido que la versión que presentaba el Pincha en su visita a Uruguay, intentando meterse en cuartos de la Sudamericana, era un boceto amilanado del equipo que le ganó en La Plata. El Manya impuso las condiciones esta vez, empujando, casi prepoteando, a Estudiantes hacia la sumisión.
 
No había respuestas de la visita mientras Zalayeta y Pacheco hacían lo que querían desde el círculo de mitad de cancha, sin oposición más que un correr desordenado que solo resaltaba la claridad veterana con que Peñarol manejaba el pleito. Era la antítesis del encuentro de la semana pasada, los de Pellegrino desbordados una y otra vez por los de Fosati, que, encima, en 20 minutos, con el primer tanto del encuentro, le quemaban los papeles a Pellegrino: Tony Pacheco mandaba una falta tan tonta como la del gol del empate en La Plata al corazón del área, Hilario quedaba a mitad de camino y Viera, ganándole el salto a Schunke la mandaba al fondo.
 
La idea de todos era evitar que el local abra el marcador: parte del plan Vera-Carrillo tenía como función tapar los centros defensivos, mientras Ezequiel Cerruti, de lo más desequilibrante del Pincha, esperaba en el banco a que los minutos le coman la cabeza al equipo oriental para entrar y, ante una defensa jugada en ataque, aprovechar los espacios y las piernas cansadas del rival.
 
Pero nada de eso pasó: el primer gol decretó que los pergaminos había que archivarlos y que Cerruti ingresaría pronto, sí, pero ante una defensa que, como toda zaga uruguaya, hace bandera de cerrar la persiana en la victoria con todas las mañas posibles, disfruta del roce junto a su público, celebra, goza de cada despeje a la tribuna.
 
Y encima, tras un primer tiempo sin reacción, con tiempo de descuento en el reloj, Peñarol ponía el segundo, que sonaba como un clavo sobre el ataúd: el pibe Rodríguez, que venía de jugar con la Celeste y que se mueve a velocidad europea, tomó una pelota en el área y con simpleza, enganchaba y le rompía el arco a Hilario.
 
Dos a cero abajo al descanso. Urgía la reacción, pero el golpe era duro y la charla del vestuario apenas lograba despabilar una reacción futil del Pincha, que le hacía el juego a Peñarol pasando al ataque y dejando espacios para la contra de Rodríguez. Estudiantes fue con amor propio, Peñarol se defendió con suficiencia veterana y otra vez parecía que los viejos uruguayos le tiraban la chapa a los pibes del León, como en el partido de la semana pasada cuando los de Pellegrino tuvieron las acciones y Peñarol casi se lleva un empate.
 
El partido se iba, se iba sin que Estudiantes construyera demasiadas chances en ataque: un cabezazo de Román en el área, un tiro de afuera de Correa… el Pincha tiraba, previsible, al área, para que despejen los centrales uruguayos y el público local se levante en éxtasis.
 
Encima, Hilario salvaba al Pincha de la goleada. Parecía la tormenta final, el cierre de la temporada para el León.
 
Y entonces Carrillo. No será el chico de la tapa, por lo que pasó después, pero cada día ratifica su condición de capitán. No es goleador hambriento pero sí un servidor del equipo y en Uruguay apareció cuando Estudiantes no aparecía: una bocha dividida cerca del área le quedó y Guido no dudó, tiró fuerte y abajo y venció a Migliore, en una jugada que parecía aislada, la nada misma, y que subvertía violentamente la trama del partido.
 
Porque la cosa, hace un ratito, estaba cocinada, y ahora había que ir a penales. Y Peñarol comenzaba a sentirlo, lentamente yéndose de su rol de veterano compuesto, perdiendo ante la convicción Pincharrata en el destino místico, en que se podía ganarlo. Incluso, pudo llevárselo en los 90, pero Román marró dentro del área lo que hubiera sido el empate.
 
Fue empate, pero en el global: dos encuentros a la altura de la historia de los equipos, dos encuentros bien raspados, dos aprendizajes a fuego para el joven equipo de Pellegrino, que fue puesto a verdadera prueba en esta Copa Sudamericana. Primero tuvo que jugarse casi el semestre en los primeros dos partidos ante el vecino; después le tocó uno de los equipos más orgullosos del fútbol latino, y definir afuera, y que le empaten de local en un partido donde estaba para golear, y, claro, arrancar 2-0 abajo y con olor a que todo concluye al fin.
 
Y, ante semejante examen, los chicos sacaron chapa: era el escenario para sucumbir y que sobrevengan dos meses de críticas, o para torear al rival y rebelarse a la narrativa del partido. Mística, la llaman, sobrevolando el Centenario.
 
Pero, con todo, ahora había que patear los penales. El Pincha no se complicó y le pegó fuerte a todo, aprendiendo la lección de Huracán; y el que tembló, contra los pronósticos, fue el veterano Peñarol, y el que, gigante, se aprovechó de las dudas, fue Hilario Navarro, el héroe.
 
Tres penales atajó el uno, y el marrado por Israel Damonte, único de la serie que no convirtió el Pincha, quedó en anécdota a tal punto que Estudiantes pateó sólo cuatro penales. Arrancó Cerruti fuerte, empató Orteman con clase, y tras aquella ejecución Hilario cerró el arco. Carrillo hizo caso al DT, que en la ronda dijo que si había dudas, había que prender mecha, y el arquero Pincha comenzó su cita con la gloria yendo a su derecha para tapar a Núñez y Estoyanoff. Damonte erraba y le ponía suspenso a la cosa, pero Rosales tiraba como crack y la presión, 3 a 1, recaía en el Japo Rodríguez: o convertía, o Peñarol se despedía.
 
Hilario sabe que tapó dos, y mete bidón: se saca los guantes para atarse los cordones, y luego se los pone lento, buscando nerviosear al rival. En el aire, se olfateaba la preocupación de las decenas de miles e hinchas manyas, y la expectativa de los miles que cruzaron el charco para armar un festival en la Colombes.
 
El Japo mira, aparentemente tranquilo. Navarro hace sus saltitos europeos previos a todo penal. Sabe que irá a la derecha, allí fue en los dos que tapó. Rodríguez sabe que sabe. ¿Cambia? ¿O tira a la derecha porque Navarro sabe que sabe que sabe? Dicen las estadísticas que, en momentos de definición, los pateadores buscan seguro: cruzado. Y Rodríguez es zurdo: así que la pelota va a la izquierda.
 
Y Navarro, en estado de gracia, también: espectacular volada y piel de gallina hecha grito, y montonera y felicidad para Estudiantes, que tras años de descalabros ha conseguido comenzar la crianza del equipo que quiere ser heredero de la místicaEstudiantes se mete en cuartos de una Sudamericana que viene teniendo cruces de Libertadores para el León, lo cual explica que haya durado, de alguna manera: brava la parada, bravísimo Estudiantes, el piberío que quiere crecer. ¡Y ahora viene River, la máquina! Cada partido, un desafío más alto, más peligroso, para Estudiantes: sarna con gusto, dicen, no pica, y como le gustan al Pincha las difíciles…