lunes, 14 de julio de 2014

Nuestra Italia 90



El lenguaje no alcanza, apenas consigue arañar la superficie: Argentina siente un desgarrarse el alma, un esfuerzo gladiador en vano, vuelto sangre y cenizas en un instante, una distracción fatal como cuando uno cruza la calle mirando hacia el lado incorrecto. Así, así fue el tanto de Gotze para el triunfo alemán, en tiempo suplementario. Y ahora algunos ponen máscaras de sonrisa y tiran petardos, algunos incluso se exceden y tiran piedras y la policía, que también es Argentina, contesta: porque estamos todos más que calientes, porque ese gol será pesadilla de cuatro años.

Alemania es campeón del mundo, y justo: el mejor equipo del torneo, el de proyecto más coherente, formado allá tras la salida de Klinsman. Low, el actual entrenador, era su mano derecha y formó este grupo que ahora lleva dos mundiales, ocho años, jugando de la misma manera. Un ADN, además, que hoy, desde el Bayer Munich y los equipos que han sabido imitar el nuevo modelo, domina el mundo.

Esta Copa es entonces como aquella de 2010 de España, la frutilla en el postre de un proceso planificado: todo lo contrario al equipo argentino, que tuvo tres entrenadores desde el Mundial pasado, además de estar siempre atravesado por la improvisación y la polémica. AFA es insoportable, y también los medios argentinos, que comenzaron buscando cortarle la cabeza al entrenador y hoy lo aplauden. Por todo, seguramente el mejor técnico argentino de los últimos 24 años, Alejandro Sabella, no seguirá en el cargo.

El Magno: responsable de esta final, comenzó escuchando algunos pedidos demasiado públicos de los jugadores y terminó acomodando el equipo a lo que pretendía. Solidaridad, inteligencia, equilibrio, claves del equipo también ayer para contener a los incontenibles germanos: Alemania tuvo una de cabeza en el primer tiempo, y poco más. Aproximaciones, varias, posesión, toda: pero Sabella sabía que aquello era lo que convenía. Que la tenga el equipo de Low, pero sin espacios.

Y entonces hay que hablar, otra vez, de Mascherano. El sólo merece la Copa, y sin lugar a dudas ha sido el mejor jugador del Mundial, el líder de una manada que se sobrepuso a todo tipo de dificultades. Faltaron Di María, Agüero, Higuain, por lesión, tres de los cuatro fantásticos: el otro terminó el torneo con el motor fundido. Masche corrió por todos. Ayer, fue otra vez pulmón y cerebro, el guía de una defensa que nunca se desordenó y minimizó a Alemania, el temible, el del 7 a 1 al vecino rencoroso.

El plan funcionaba: pero los de arriba no. Porque, al revés que lo que se esperaba, el déficit del Mundial fueron los que jugaban solos. Messi pagó una temporada de patadas, y también le peso, ayer, ser el único capaz de conducir a la victoria; Di María se lesionó cuando mejor estaba; Agüero, seis lesiones el año, nunca fue; Higuaín jugó mejor para el equipo que para sí mismo, y nunca alimentó con goles su confianza. Ayer, cuando tenía todo para romperle el arco tras garrafal error en la salida germana, le perdonó la vida al rival. Luego le anularon un gol.

Es que Argentina era mucho más. Esperaba y salía, y con los de arriba todavía frescos y un gran depsliegue de Lavezzi, acumuló chances e insinuaciones. A las dos de Higuaín, hay que agregarle un mano a mano de Messi y otro de Palacio. Todos erraron su cita con la historia, y mucho tuvo que ver el pulso. La Selección podría haber recibido colaboración para marcar si el árbitro hubiese cobrado un alevosísimo penal de Neuer a Higuaín: el arquero salió a lo bonzo y estrelló su rodilla contra la mandíbula del Pipita. El árbitro se disfrazó de Codesal y marcó ¡tiro libre para Alemania! Y la afición local celebró.

Con el correr de los minutos Argentina comenzó a sentir los dos alargues jugados y el estado físico general, que nunca fue bueno. Alemania seguía fresco, andá a saber que toman allá en los feed lots de Berlín, y comenzaba a preocupar. Sabella se la jugó y metió a Agüero para que juegue a espaldas de Schwensteiger, y a Palacio, para jugar de contra: ambos le sumaron preocupación pero le quitaron peso al ataque. Y entonces, la Selección comenzó a jugar en zona de milagros.

Y no hubo mesianismo que nos salve: Alemania encontró una, de la mano de dos que saltaron del banco (Schurle y Gotze), la mandó a guardar cuando el reloj decían que ya eran penales menos cinco, y chau pichi, a llorar al Obelisco. No hubo mesianismo, pero, quizás, sea para mejor: Alemania no tuvo al mejor jugador del Mundial porque fueron un bloque para la victoria, y Argentina, esta Argentina que supo armar, contra viento y marea, contra presiones y lesiones, Alejandro Sabella, tampoco tuvo a una estrella determinante y fulgurante, sino que jugó, ganó y perdió, como equipo.



Como equipo. Hace rato que en la Selección no se sentía esa palabra: decir, siempre, para la gilada; concretarla, pocas veces en muchos años. Acá hubo cofradía, manada de bestias, siempre al borde, siempre acalambrados hasta el alma, heridos por todos lados, cansados de tanto nadar contra la corriente. No alcanzó: y ahora nuestra generación tiene su Italia 90, y recordará con amor, no hay otra palabra, las corridas del Masche, las atajadas de Chiquito, a Rojo, la puta madre, ¡a Rojo rompiéndola!, a Biglia enyesado, al Pipita clavándola contra Bélgica, al Messi líder y volador de la primera fase, al Fideo y ese gol agónico con Suiza. Fue hermoso, después de todo, durar todo el Mundial tras tantos años. Pero ahora hay que bancarse este dolor: faltan cuatro años, el futuro es incierto, y el presente duele con la certeza de que se escapó por nada.

miércoles, 9 de julio de 2014

Las manos de Chiquito, el corazón de todos: Argentina en la final

Los penales eran una condena. Argentina había buscado y buscado, los jugadores habían dejado el cuero, todos mallugados, bendados, golpeados, las piernas atadas ya: pero, en un verdadero encuentro de ajedrez, donde los equipos se neutralizaron y cada movimiento estratégico desde el banco fue correspondido con un cambio del rival, en esa partida mental pero también física, porque cada centímetro regalado era una opción de peligro, y porque había que tener orden y paciencia en una semifinal del mundo, con las revoluciones a dos millones por hora, bueno, en esos 120 minutos de tensión extrema, la Selección de Sabella no pudo encontrar el hueco y se encontró en los penales.

Los penales: allí asustaba Holanda, que en cuartos había pasado también desde los doce pases, con Van Gaal cambiando al arquero para la definición y Krul yendo siempre para el lado correcto. Para colmo, la Naranja no había marrado ni uno, y sus pateadores, fríos y letales como el acero, prometían repetir.

Y con todo esto cruzándose por la cabeza de cada hincha, allá y acá, con todos puteando y morfando uña y buscando calma en alguna costumbre, pateó Vlaar y tapó Chiquito: enorme tapada del golero, yendo hacia su izquierda con confianza, esperando al pateador, agrandándose, conciente de su rol para la historia. Tapando nada más y nada menos que el primer penal.

Y Argentina tomo la posta que sugería el arquero y pateó, todos y cada uno de sus tiros, de modo brillante, confiado. Apenas Maxi Rodríguez, tan feroz pateador, tuvo alguna duda y recibió el guiño de la historia. Si la metía pasaba a la final, ¡a la final!, Argentina, y tiró, y Cilessen tapó, pero la violencia del remate provocó que se le colara y después ya no recuerdo mucho más.

Antes, hubo un encuentro. Un encuentro jugado con enorme disciplina de parte de los dos, con jugadores como Sneijder y Lavezzi, de vocación ofensiva, prestándose solidarios al retroceso, partes indispensables de los mecanismos de neutralización de los dos equipos. En esa tironeo por ver quién se quedaba en la cama del partido con la manta corta que es el fútbol, quien conseguía taparse y quedarse con todo, quien conseguía desnivelar sin desprotegerse, Argentina estuvo más cerca, e incluso, mientras tuvo piernas, fue el que más propuso. Volvió a mostrar una evolución, como en cada encuentro de la ronda final: cada vez más sólido, llega a la final lejos de aquella imagen de los primeros encuentros donde los roles parecían confusos y los intérpretes no parecían sentirse cómodos.

Hoy Argentina, Argentina equipo, con Messi absolutamente rodeado, sin Di María, sin Agüero por bastante tiempo, Argentina grupo, Argentina pandilla que se revela contra las adversidades y se entrega por el de al lado, se metió en la final: se viene el monstruo alemán y la final será un clásico de copas del mundo... pero eso lo empezaremos a pensar mañana.

sábado, 5 de julio de 2014

Cruzó el Rubicón

Veinticuatro años, un montón, una vida sin Argentina en semifinales. Dos generaciones enteras de futbolistas llegaron hasta ese límite, hasta cuartos nada más. Esta Selección, que crece y crece, se rebeló a esa marca ominosamente presente como una condena: con gol de Higuaín cuando el partido amanecía y gracias a la contención esmerada de los peligros que suponía el rival, sacó a Bélgica y se metió en semis, después de cinco mundiales.

Arrancó derecha la cosa para Argentina, con espacios para circular la pelota, Messi enchufado y, demás, tras un desvío fortuito, un tremendo bombazo de Higuaín, volea de aire sin detener el balón, para sacudir las redes y la mufa que rodeaban al nueve argento. Así lo gritó, otro desahogo más en la historia de Argentina en el Mundial, otro jugador que aparece en el momento justo. Argentina, casi desde el vestuario, se ponía arriba.

Hubo un retroceso en el campo, sí, pero un retroceso estratégico, que apuntaba a liberar espacios para los delanteros y, a la vez, contener a Bélgica, rapidita desde De Bruyne y Hazard. A los cracks belgas les rodearon la manzana y los esfumaron de la cancha, forzando, como tantas veces hacen con Argentina, a que tengan la pelota los que no deben. Con Biglia y Masche en el centro, y la entrega para el retroceso de Lavezzi, casi volante, la Selección no solo controlaba la trama del partido, sino también conseguía las mejores aproximaciones.

De una habilitación deliciosa, de hecho, que lanzó perfecto Messi desde detrás de mitad de cancha, llegó una de las más peligrosas para Argentina: Fideo enganchó ante Kompany, pero el del City no se comió el amague y tapó el disparo. En la caída, Di María sufrió un tirón y tuvo que salir de la cancha: el jugador ideal para el partido dejaba la cancha y le llenaba la cola de preguntas a más de uno.

Pero Argentina siguió con el plan. Ordenadito, bien agrupado, le copó los espacios en defensa a Bélgica, ahora con un jugador más, porque Enzo Pérez, adentro por Fideo, fue un colaborador más en la recuperación. Con siete jugadores dispuestos al overol, Mascherano no fue obligado a la actuación épica y Argentina conseguía, por primera vez, el equilibrio tan mentado.

El partido, por más sufrimiento que hayamos sentido, siguió por esas vías, controladito, sin chances para una Bélgica atrapada en la telaraña. Llegaron rápido los cambios cantados del equipo europeo, entraron Lukaku y Mertens y comenzaron los bochazos largos para pasar por arriba una media cancha que la Albiceleste controlaba.

Argentina retrocedía cada vez más, producto de los nervios y de la presión del rival, y también, con Messi y Lavezzi cansados e Higuaín muy lejos, terminó el partido jugando muy largo, lógica consecuencia del trajín del encuentro. A pesar de todo, las dos llegadas más claras fueron para la Albiceleste: deliciosa contra de Higuaín que aprovechó el arrastre de marcas de Pérez para encarar, tiró un caño y disparó al travesaño, cuando corrían 30 del segundo tiempo; y luego, en el descuento, escapada de Messi mano a mano y, ante las dudas y las piernas pesadas de la Pulga, el lucimiento de Courtois.



Y se fue el partido y llegó la celebración. La Selección jugó su primer gran encuentro en Brasil, sufrió solo por el resultado corto, y sobre todo: Argentina fue un equipo confiable (gran tarea de la zaga central y también de Basanta, contenido pero oficioso) y, como con Suiza, apareció el hambre que sirve para superar los problemas y cohesionar las voluntades. El equipo, como le gusta mucho a Sabella, preocupó en ataque sin despreocuparse de la marca, se desdobló con emotiva solidaridad, y corrió y corrió y corrió, hasta romper ese límite en que los años habían encasillado a la Albiceleste: chau cuartos, dijo, y sigue de largo, quiere aprovechar el envión.

martes, 1 de julio de 2014

La rebelión



¡Gol carajo! ¡Gol la puta madre! ¡Gritalo carajo gol carajo gol!...

Todo, desde el minuto 118 hasta el 120+4, es descontrol puro. Los jugadores se vuelven montaña. Festejan eufóricos, desahogo y alivio por evitar los penales. Gritan un rato larguísimo y el juez adiciona tres minutos en castigo: tres más, los mismos tres que sumó a los segundos 45, una locura.

Y vos, y yo y todos, nos agarramos los pelos, el izquierdo ya dolorido, nos dislocamos los dedos haciendo cosas alquímicas que no comprendemos del todo. Y vos, y yo y todos, nos tiramos al piso abatidos por la angustia: Dzemaili cabecea al palo y después el balón le rebota… y sale. No podemos más. Terminalo, le gritás al televisor. En la tele no te oyen y le dan tiro libre a Suiza, ahí a centímetros del área, penal con barrera con ya tres y pico de adicional, ¿qué te pasa Eriksson? La FIFA puso un árbitro UEFA y te parece que ahora todo cierra, imaginás una conspiración mientras se prepara Shaqiri, el bueno de ellos, y tarda una eternidad, gestando paros cardíacos a lo largo y a lo ancho de nuestro país.

Patea Shaqiri.

Pega en la barrera.

Pita el pirata sueco.

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Todo tiembla. Todo suda. Porque antes hubo un partido frustrante, dificilísimo, una prueba en la cual Argentina sacó pecho y dio muestra de que, más allá de que los jugadores estén tocados, más allá del esquema, del rival, hay hambre. Argentina venció a Suiza 1-0, con gol de Di María en el minuto 119. Argentina se venció a sí mismo, primero que nada.

Porque Suiza vino con el libreto bien estudiado y le pasó la pelota (literalmente, casi) a Argentina: los de rojo esperarían bien agrupaditos apostando a la contra, la fórmula para encontrar espacios en este Mundial donde todos estudian como achicarlos. El mismo planteo que hiciera Irán, que, más allá de los aciertos del rival, desnudó el nivel bajo de los delanteros argentinos.

La Suiza de Hittfield replicó, apostando a la velocidad traviesa de Shaqiri en la contra: y bastante complicó con esta fórmula en la primera etapa, donde Argentina sufrió, volvió a ser ese equipo rendido ante las telarañas del rival, rehén de la estrategia ajena, incapaz de plantear las condiciones. Los europeos, esperando y saliendo, llegaron más que la Albiceleste de Sabella.

Lo lógico: los de camiseta roja trataron que los buenos de celeste y blanco no se asociaran. Cortó el circuito de juego desde Gago, atrapó a Messi en un mar de piernas, cortó con falta los vuelos iniciales de Di María y, sin circulación rápida, Argentina tocaba de forma horizontal y dependía demasiado de la subida de los laterales para sorprender. No son Rojo ni Zabaleta quienes deben salvar a Argentina.

El fútbol es fútbol y ajedrez, y el ajedrez ha complicado a más de uno que sólo pensó en el fútbol y ha discutido al menos las viejas jerarquías futboleras: hoy, cualquiera puede ganarle a cualquiera en un partido. Pero también, el fútbol es actitud: cuando la cosa viene torcida uno puede elegir acompañar la caída o rebelarse: Argentina traía en este Mundial más aceptación de la mala que rebeldía, pero la cosa fue distinta en la segunda etapa. Los de Sabella salieron a ganar: como con Nigeria, con más movilidad y predisposición, aunque duela cada metro recorrido, la cosa cambia. El segundo tiempo fue todo argentino: la pelota paseó por el campo suizo sin que los rojos la tocaran, inofensiva, sí, pero al menos esbozando algo del equilibrio imaginado por Pachorra.

Ahora, ante el abrumador dominio de la posesión por parte de Argentina, fue Suiza el que aceptó el rol que proponía su rival. Ahora sí, Argentina imponía condiciones: la contra de los europeos quedó casi desactivada, demasiado largo el rival, demasiado partido, ocupados 9 de sus 11 jugadores en marcar detrás del círculo central. Las intentonas aisladas del rival, además, eran desactivadas por un feroz Mascherano, el jugador argentino del Mundial, el jefe, el sólo el equilibrio; y por Marcos Rojo, de enorme torneo y hoy jugando un partido de emotivo despliegue, de esos que desgarran el corazón: siempre el jugador que más corre, esta vez terminó en una pierna, acalambrado, pero sin haber errado una sola jugada, en ataque y defensa.

La aglomeración de gente provocó que, aún corriendo y buscando, Argentina no pudiera: la presión, el reloj, el rival también, claro, fueron todos condimentos de una Selección que buscaba pero no encontraba. No aparecían, además, Di María y Messi, las cartas de la victoria que tenían mil hombres encima, a pesar de que Sabella los cambiara de punta. Empujaba pero sin poder atinar, como a ciegas. El suplementario que aparecía en el horizonte apuró las decisiones y se fue el partido en nervios y desaciertos.

Los 30 minutos extra son una de las instancias más difíciles y crueles de jugar. Un gol en contra es casi condena, y muchos, agarrotados, comienzan a firmar los penales. Suiza, que por haber hecho menos gasto estaba más entero, se mostró, tras alguna prueba tibia, dispuesto a hacer todo para llegar a esa instancia. Y Argentina… no podía más. Ya estaban Basanta y Palacios en cancha, pero el segundo, que ilusiona por su velocidad y su capacidad para encontrar el hueco, no tenía espacio para desarrollar su velocidad, ni socios a esa altura para aunque sea arrastrar una marca.

Y entonces, Di María: desaparecido en todo el torneo, quien asomaba como un potencial Messi bis venía decepcionando. Pero en los 30 finales fue él el que tomó la lanza, el que cargó la responsabilidad, el que quiso ganar más que nadie. Encaró y encaró, y descubrió que el rival también estaba muerto y agarrotado, y siguió encarando. Todas, claro, terminaban mal. Una pierna, un cruce, un foul, evitaban el gol. Parecía que no había modo.

Lo horca marcaba 119. Suiza tocaba en el fondo, saliendo sin apuro, esperando el pitazo. Palacios presionó, y con bastante fortuna se la llevó: premio al mérito de ir a buscar una pelota que no traía consecuencias, el jugador del Inter levantó la cabeza y se dio cuenta que Suiza estaba quebrado, los mediocampistas salían al ataque y los defensores comenzaban un panicoso retroceso. Para colmo, Messi venía de frente, levantando vuelo como no había podido hacer en todo el encuentro, absorbido por Behrami-Inler, el doble cinco suizo.

Palacios controló la pelota y pasó a La Pulga. Messi corrió contra la defensa suiza que volvía sobre sus pasos, la peor forma de marcar al rosarino. Aunque, claro, salirle al cruce a Messi, en pleno vuelo, con espacios, es fórmula para el ridículo: el central suizo lo intentó, el 10 lo pasó fácil y el lateral Rodríguez no supo si tomar a Lío o a Di María.

Porque Fideo venía, por derecha, como una tromba: el último pique. Y Messi, inteligente y generoso, esperó un segundo a que lo tomara la marca y entonces pasó al jugador del Real, que pisó el área sin marca, tocó de zurda al segundo palo y venció, al fin, tras una vida de parir, a Diego Benaglio. Un gol que vale oro.

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Es la hora del grito. Argentina fue el único de los dos que se rebeló a la narrativa empatada del encuentros, a los penales, y por eso, por insistir cuando otros desisten, ganó, con épica de la que se cuentan las grandes historias. Jugó, además, su mejor encuentro, sobre todo a partir del segundo tiempo, y ante el rival más fuerte que le ha tocado en el Mundial. Ganó la partida de ajedrez, ganó el duelo de paciencia y también el encuentro de fútbol: y así, sufriendo porque si no no vale, está en cuartos.


sábado, 28 de junio de 2014

Demasiada presión



Dos centímetros hubo de diferencia. Un centímetro sobró en el remate de Pinilla, luego también en el de Jara. Y chau pichi: dos centímetros determinaron que Chile no diera un batacazo que fue a toda hora posible.

Por supuesto que el equipo de Sampaoli cayó por otras cuestiones. Penó en cada pelota parada en defensa y desaprovechó todas en ataque, y, demostrando eso que algunos llaman “falta de jerarquía” (que es, meramente, falta de experiencia, falta de ser el equipo banca, falta de sentirse obligados a la victoria), no olió sangre cuando tenía para ganarlo en tiempo regular y dejó crecer a Brasil que, al menos, pudo alejar al rival de su arco en los 20 finales y luego en tiempo suplementario. Además, claro, penó en los penales y desperdició a un Brasil errático desde los doce pasos, consumido por el terror.

Claro que las piernas también juegan su rol y el fútbol de Chile siempre se desgasta por su propia estrategia explosiva. Y claro que es muy difícil jugar ante Brasil, ante Brasil local, como para no sufrir también el desgaste mental, el desgaste de la presión, y luego tener que patear penales, la parte más angustiante del fútbol. Aún con todo esto, la Roja lo pudo ganar, en la última y en otras, mucho más que Brasil, que también tuvo sus chances: en un partidazo, Chile desnudó a un Brasil que no solo ha dado muy poco sino que, además, se lo nota apesadumbrado por la presión, 500 millones esperando un título que son 500 millones de kilos encima.

Los palos, ese azar, marcaron el partido: pero el cuento del encuentro debe contarse desde la presión. La presión de uno y de otro. La presión, tantas veces ninguneada por el cómodo espectador, que trata de maricones a los jugadores y después sucumbe al nerviosismo en un casados versus solteros. la presión, hecha carne en Brasil, que juega sin su soltura legendaria, en Neymar, en Oscar, en Dani Alves, incapaces de hilvanar algo coherente, en cada pelotazo que salía de los centrales buscando algún rebote fortuito. Hecha carne también en Chile, que jugó valiente pero se quedó, pensando en no desprotegerse, pensando en el cansancio y en el retroceso, cuando tuvo el partido. Los dos equipos terminaron los 120 bartoleándola sin sentido, sin estrategia, buscando, simplemente, sacarse el compromiso de encima.

Es muy difícil el mundial: en el primer encuentro a suerte y verdad, tuvimos una primera etapa intensa, con mucho atrevimiento de ambos, y luego… cien mil hectopascales haciendo fuerza hacia abajo, achanchando el partido, alejándolo del vértigo. Y luego los penales, error tras error, incluso algunos que terminaron adentro, como el del chileno Díaz.

Demasiada presión hay en este deporte: demasiado depende de una victoria. Demasiado significa una copa del mundo, y más en casa. Brasil pasó, zafó, y dejó la sensación de que es de papel, de que se cae, tarde o temprano. Pero bancó la parada y a los tumbos está en cuartos. Chile, en tanto, se fue dejando un grato recuerdo, el de un equipo que fue más que sus partes, solidario y comprometido, un equipo que bailó con la más fea y salió indemne. Pero también se va con el sabor amargo de lo que podría haber sido: una de esas sensaciones que suelen servir de aprendizaje.

miércoles, 25 de junio de 2014

Golpe a golpe, Argentina está en octavos

Argentina es esto: furia y genialidad ofensiva, todavía a media máquina porque Di María, Higuaín y Agüero siguen sin aparecer; pero muchísimos problemas abajo, siempre mano a mano por la falta de volantes por las bandas. En el golpe por golpe, la Selección fue esperablemente más que Nigeria y lo venció 3 a 2 para pasar primero, con puntaje ideal, a los octavos.

Pero más allá de los peligros del 433, esta fue otra Argentina. Liberada de la presión de clasificar para evitar el bochorno y tras juramentarse los delanteros mayor movilidad, los de Sabella comenzaron a puro furor, toque y toque en tres cuartos, volviendo locos a los defensores nigerianos que todavía no podían acomodarse. Messi, como imparable comodín, conectaba con Agüero, Di Maria, Higuain, sus amigos de la ofensiva, y Argentina llegaba enseguida al gol: iban 2 minutos cuando, tras un remate del Fideo que derivó en el poste, la Pulga le dio duro y arriba y gol argentino.

Muchos imaginaban espacios y goleada, pero no: porque el saldo de esta vorágine inicial no fue victoria sino empate, con las Aguilas Verdes encontrando el empate solo dos minutos después. Zabaleta, mano a mano contra Musa, esperó demasiado y el zarpazo del veloz delantero nigeriano terminó en super gol.
Uno a uno en cinco minutos. Nigeria agrupada, menos ingenua de lo que sugerían los análisis previos, y saliendo rápido “a lo Irán”. Argentina, más paciente y algo más picante que lo usual, pero incapaz de romper el cerco. Así transcurrió gran parte del primer tiempo, hasta que Messi.

LA REVANCHA.
El Señor Diez se paró, el balón quieto levemente al costado derecho del área, esperando el impacto. Tiró Messi. Tapó, con vuelo aguilar, Enyeama. “¡Enyeama!”, pensó la Pulga lleno de odio. Hijo de su madre, el mismo tipo que hizo maravillas para que no pudiera marcar en el duelo mundialista anterior, aquel de 2010. Enyeama comenzaba a convertirse en pesadilla, otra vez.

El gol tempranero, que había roto aquel hechizo del Ellis Park, era un gol inútil, de dos minutos de algarabía y volver a fojas cero. Messi hace goles no para las estadísticas o para demostrar, sino para ganar.
Pasaron unos minutos y la férrea defensa nigeriana volvía a raspar: otra vez esperaba la brazuca, sobre el césped del Beira-Río, el impacto de Lionel. Tiró la Pulga, un calco. Esta vez, Enyeama no llegaría: espectador privilegiado de cómo la pelota ingresaba en el ángulo, corrió sabiendo fútil estirarse y puteó en colores a quien supo subyugar. Este Messi no es aquel: este supera los obstáculos y es hoy la principal razón por la cual podemos, con algún argumento, ilusionarnos.

El gol llegó en el minuto final de la primera etapa: Argentina, cosa del azar, pegaba en los minutos asesinos, claves, en esos que dejan nocaut al rival. Pero Nigeria no había acusado el golpe primero y tampoco acusó el segundo cross de Messi. Y en apenas un instante de la segunda etapa, otra vez Musa, otra vez arrancando por derecha, encontraba el empate con una definición exquisita que culminó una rápida contra. Argentina perdió la pelota y Nigeria corrió contra una defensa que no sólo luce abierta y desacoplada, sino que rara vez recibe más ayuda del medio que la que ofrece el incansable Mascherano.

Seguramente se relamían en algunos medios, agazapados ante la chance de la crítica y de titular “Qué pizza nos comimos”. Pero Argentina encontró el modo. Sin ser coherentes con la narrativa el partido, no hubo salvación messiánica, ni siquiera combinación entre los de arriba: fue córner y rodillazo de Marcos Rojo al gol.

Sí. Marcos Rojo. Al que mandaron a comprar garotos. Rojo, el más parejo de la Selección, bancando como puede el retroceso, siempre solo contra dos, y, aemás, desdoblándose en ataque con generosidad y corrección. El jugador que más corrió con Irán tuvo su premio cuando el balón buscó su pierna para clavarse en el arco de Enyama.

Con el 3 a 2 en el marcador, y con el primer puesto casi en el bolsillo (Nigeria debía ganar), Argentina retrocedió, una doble apuesta que abrió los huecos para la contra. Ya estaba afuera Agüero, notablemente tocado en este Mundial, y Pachorra decidió que la presencia de Messi, la carta, era demasiado riesgosa ante los cruces de los africanos que no mermaban en su intensidad. Pudo ampliar Argentina de contra, también sufrió en alguna ocasión (Zabaleta taparía a Muza lo que parecía el replay del primer tanto) pero, en definitiva, esto es Argentina.

El paso al frente es notorio: más movilidad, más conexión entre las líneas, triunfo más convincente, con espacios Argentina volvió a mostrar, como en la previa al Mundial, que es letal. El golpe por golpe es una apuesta. La apuesta que quieren los jugadores, que reconocieron luego que para hacer funcionar el esquema tienen que retroceder: en este sentido, son varios los jugadores que parecen bajos para realizar este desdoblamiento: sin físico, nivel o confianza, parecen más preparados para quedarse en su quintita que para solidarizarse en el retroceso.


Pero todo esto quedará para el análisis en una semana de seis días hasta el primer duelo a suerte o verdad. Mientras tanto, a pesar de las críticas, a pesar de los cruces públicos, a pesar de los medios que fogonean el malestar, fracasistas que apuestan a la derrota: a pesar de todo, con puntaje ideal, Argentina pasó la primera prueba. Otros están comprando suvenires en el free shop.

sábado, 21 de junio de 2014

Un triunfo messiánico

Iba para empate: Irán, con la lógica pero muy bien ejecutada idea de marcar a los buenos, proponía empate clavado y hasta pudo haber metido alguna pepa de contra. Iba para empate porque Argentina todavía no muestra temple para la adversidad, se frustra muy rápido ante las telarañas esperables del Mundial (¿o esperábamos que Bosnia e Irán nos atacaran?). Iba para empate porque el reloj daba la hora. No fue empate por Messi: y en un punto, todo análisis partiendo de ese punto resulta absurdo. Argentina ganó solamente porque tiene a Messi.

Porque iban ya 91 minutos cuando la Pulga hizo lo que mandaba el partido: enganchar y patear. Irán, aplicado, marcó durante todo el encuentro con dos o tres tipos a los cuatro fantásticos, cortó el circuito que suelen ejecutar en el borde del área y los raspó cuando fue necesario. Apenas un par de paredes hilvanaron los de arriba, luego absorbidos por los persas una y otra vez. Con las dos líneas de cuatro paraditas en el borde del área, el partido pedía tiros desde afuera que nunca llegaron.

En lugar de eso, Argentina trató de ser prolija pero se pasó de parsimoniosa. Irán dejó que toquen Mascherano, Rojo, Zabaleta. Sin los intérpretes adecuados para el traslado, y con los que debían tomar la pelota perdidos entre iraníes, la circulación de balón se tornó lenta y predecible. La Selección abrió la pelota, mandó centros, buscó por el medio y chocó y, en definitiva, siempre perdió. Y se frustró.

En el Mundial del contraataque, Irán fue perfecto. Tuvo más chances netas que Argentina, incluso, desactivadas por el cuestionado Sergio Romero, saliendo de contra ante una Selección Argentina a la que el retroceso le costó mucho. Gago, evidentemente lejos de su esplendor físico, no podía bajar, como sucedió con Bosnia. La otra autopista fue la espalda de Zabaleta, que también lució lento y anduvo impreciso arriba y abajo. De hecho, hizo un penalazo tras dormirse una buena siesta ante el muy molesto delantero iraní Dejagah. El árbitro, por suerte, no lo dio.

Allí hay gran parte de la explicación de un nuevo partido desesperante de Argentina: las individualidades, las que tienen que pesar contra este tipo de equipos, las que tienen que hacer la diferencia en el mano a mano, andan mal. Gago y Zabaleta son dos casos; pero también es notable el desencuentro entre Agüero e Higuaín y la pelota, distanciados como una ex pareja. Si ellos no aparecen para alivianar la asfixia que proponen los equipos ante Argentina, todo recae en la magia de Messi.

Y esta vez, Messi apareció. Messiánico, para fieles y detractores: Messi es creer o reventar. También él había tenido un flojo partido, sin encontrar su lugar en la cancha, paseándose entre las dos líneas de Irán primero, luego por derecha, luego retrocediendo para tomar contacto con el balón y luego, de nuevo, cerca del área. Nunca se sintió cómodo, y cuando la Pulga no está cómodo se nota en su lenguaje corporal: mirada cabizbaja, piernas quietas y la enorme sensación de que no está metido en el partido.

Gran trabajo hizo Irán para generar esto, en Messi y el resto: consciente de sus limitaciones, fue el que impuso las condiciones y, lejos de ser amarrete, era quien más arriesgaba al proponer el juego tan cerca de su área. Se exponía, sabía Irán, a lo que sucedió en el minuto 91. Y son las reglas del juego: Irán fue más equipo, Irán impuso la narrativa del encuentro, y Messi, con hacer las cosas bien una sola vez, rompió toda la lógica.

El triunfo agónico contra el más débil del grupo, deja, por supuesto, un millón de nuevas dudas en este país de cuarenta millones de técnicos. Hasta mi tía se animó a tirar consejos (y acertó, pidiendo que pateen desde afuera, por favor) y así será el resto del Mundial. Jugar así, con un país insoportable atrás, es difícil: pero Argentina superó una semana difícil y está en octavos.Quizás ahora los melones se acomoden andando.

martes, 17 de junio de 2014

Los designios de las estrellas



Cuando, humanos, reconocemos que al fin y al cabo, por más planificación que pongamos a nuestra tarea, siempre seremos esclavos de los caprichosos designios de las estrellas, no nos referimos a estas estrellas: las que llevaron al entrenador de la Selección, Alejandro Sabella, hombre de conocimiento profundo y vasto palmarés, a reconocer “pour la gallery” el “error” de probar un esquema. Claro que habla de un hombre inteligente para el manejo grupal, que prefiere bajar el copete a que se le retoben los pingos. Pero más dice de ciertas costumbres argentinas, eternamente messiánicas.

Sabella intentó ante Bosnia parar el polémico dibujo con cinco defensores: como dijo en la previa, un esquema no define una predisposición defensiva u ofensiva, como demostró Holanda, metiendole 5 al vigente campeón parado igual. Y nadie puede sostener que Robben y Messi (o el propio Di María) no son lanzados en velocidad similares, o que Agüero no es capaz de definir con la misma clase que Van Persie.

Pero la cosa no anduvo. En primera instancia, quizás haya sido efectivamente una mala decisión: sin juego por las bandas, Agüero y Messi quedaron muy lejos de todo. Rojo tiene decisión pero no tanta resolución, Zabaleta se mostró poco dispuesto a recorrer toda la banda, y para colmo Maxi y Di María brillaron por ausencia y regalaron el mediocampo. La pelota, se sabía, no iba a ser monopolio argentino, que se paraba para salir rápido: pero directamente no pudo recuperarla la Selección de Pachorra, que se puso arriba enseguida con un gol de la providencia y luego se dedicó a mirar a los bosnios correr y chocar y marrar.

Quizás haya sido una elección demasiado cautelosa de Pachorra, conocido por ser precavido. Que haya sido un error táctico, de todos modos, es sumamente relativo, sobre todo teniendo en cuenta la poca prestancia de los jugadores a jugar con este esquema tildado de amarrete por la prensa que, sin conocimiento sistemático del juego, siempre midiendo con esa vara del café, dice que Holanda es máquina devota del ataque y Argentina pijotera (un planteo igual al que se hacía respecto a Mourinho, tildado de ultradefensivo, y el Bayern o el Real de Ancelotti, que jugaban de contra pero eran equipos espectaculares a los ojos de los medios). Lo único cierto es que el esquema no funcionaba: y qué porcentaje del errar se debió a cuestiones estratégicas, y cuánto a la falta de voluntad del equipo, es difícil de determinar.

Todos, sin embargo, vimos lo mismo: un primer tiempo con un equipo prematuramente mufado, desactivando las contras por autoboicot, chocando y luego sin correr la pelota. Messi y Agüero desentendidos del juego, solo dos para luchar contra toda una defensa. Una primera etapa frustrante de ver y jugar: un claro mensaje al entrenador, no con palabras sino con actos. Sabella, entonces, se subordinó a la voluntad del grupo: decidió darle el gusto a Messi y puso a sus tres amigos en cancha.

Las estadísticas hablan del toque-toque con Gago. El gol muestra la relevancia de Higuaín para arrastar marcas y devolver paredes. Argentina, en efecto, lució más frondoso en ataque, llegó con más jugadores y también, fue notorio, con mayor vigor. Efectivamente, ataca mejor con el tandem Messi-Aguero-Higuaín-Di Maria-Gago.

Pero el retroceso, como había pensado Pachorra en la previa, sufrió en consecuencia: con Bosnia sin nada que perder, quemando los papeles que lo mandaban a aguantar y yendo hacia el ataque, fueron varias las aproximaciones del rival, que siguió pasando la zona media con frecuencia, ante la atenta mirada de los volantes albicelestes. Y llegó el gol: la máxima sabelliana del equilibrio, que pergeñara el modelo 5-3-2, no apareció en todo el partido. El equipo atacó mal a costa de defender bien y viceversa, y el Profesor se fue preocupado al predio del Mineiro.

Los análisis pospartido (de medios y jugadores) minimizan el hecho de que el segundo tiempo, con el equipo que quiere “la gente”, no pasó del empate con una Bosnia que asomaba más compleja en la previa que en la cancha. Los análisis pospartido también minimizaron nuestro messianismo, la sensación de ser siempre rehenes del humor de los líderes. Porque pasó casi desapercibido que ese “mensaje” desde dentro de la cancha, en aquella primera etapa, rozó la extorsión: en un Mundial, ¡en un Mundial!, Argentina regaló un tiempo en lugar de intentar hacer lo posible y, puertas adentro, plantear la posibilidad de un cambio.

La cuestión se volvió más grave cuando, lejos del “puertas adentro”, terminó volviéndose sumamente pública, con cada jugador declarando ante cualquier micrófono estar más cómodos atacando con los Fantásticos: “hicimos cosas que no estamos acostumbrados”, tiró el habitualmente casetero y aburrido Messi en conferencia de prensa, y completó, “somos Argentina y no tenemos que pensar en quien tenemos enfrente”. La frase de Messi, pensada, voz de capitán, minimiza la planificación y es una afrenta al entrenador (y a su rol) que, conciliador, buscó rápidamente asumir una supuesta culpa por aquel primer tiempo y mantener contenta a la estrella que, pensamos todos, guarda la clave de nuestro destino mundialista.

La frase de Messi nada parece haber aprendido de aquel Alemania 4 - Argentina 0.

El debut dejó a muchos con un sabor amargo por ver sus esperanzas, excitadas en la previa por el chauvinismo futbolero patriota (siempre somos los mejores), chocar contra la realidad del Mundial donde nadie improvisa, la realidad de Messi apagado, la de un equipo con apenas unos días de laburo. El debut dejó a unos pocos, además, con el sabor amargo de, una vez más, ver como el potencial de un equipo se erosiona fruto del juego de poderes, de caudillos y de caprichos en el que podríamos ser tranquilamente campeones del mundo. La culpa, Bruto, no yace en nuestras estrellas, sino en nosotros mismos.

sábado, 14 de junio de 2014

De contra nomás: apuntes para un debate



Holanda, hermoso Holanda: el país neurótico de fútbol, que en un sueño lycnheano pergeñó gracias a una insalubre obsesión el fútbol moderno, el verdadero rey sin corona. El subcampeón del mundo llegó calladito a Brasil, con el mundo concentrado en Alemania y Brasil, y de arranque demostró ser una cofradía que desparrama fútbol y actitud. En 2010 la Naranja era el archienemigo, su planteo para muchos mancillando la historia, simplistas que piensan que la pierna fuerte no es compatible con el buen juego. Holanda llegó a aquella final tras raspar y pasar a Brasil,convidado de piedra a la fiesta que debía ser toda española.

La historia, adepta al cuentito maniqueo, ha olvidado rápido que aquel partido debió ganarlo el combinado holandés, que tuvo dos claras de gol antes de que, en suplementario, el equipo español concretara su destino gracias a Iniesta. Y aquel Holanda de estilo abucheado es bastante similar a este: se agrupa, defiende fuerte y sale de contra con el mismo trío de velocistas. Sneijder, rápido de arriba (no jugó bien ante España), el dúctil Van Persie y Arjen Robben, que corrió a 37 kilómetros por hora para dejar en ridículo a Piqué y a Casillas y abrochar el 5-1 final.

Pero volvamos a aquellos días del primer mundial africano. El 2010 es recordado como el Mundial que consagró para la historia el estilo que hace énfasis en la posesión de pelota. Por aquellos días el Barcelona paseaba a todos y si bien la traducción de aquel equipo cosmopolita en selección fue bastante deslucida (España arrancó perdiendo y nunca fue una tromba), le alcanzó al equipo de moda para consagrarse rey del mundo.

En rigor, en Sudáfrica, como en toda competencia, hubo tantos estilos como equipos, e incluso de los cuatro primeros sólo España hacía ese juego de toque y pausa. Pero las narrativas son así, simplifican y reducen, y todos sabemos que la historia la escriben los que ganan.

Este Mundial va camino a ser, en contraposición, el de las transiciones supersónicas. El Barcelona fue destronado por su archinémesis el Real en la Champions y por el Aleit del Cholo en el ámbito local, ambos utilizando el vértigo como principal arma. “No me interesa la posesión”, decía Simeone en días de devoción culé. Hoy ha probado el éxito de su forma de juego.

La posesión debe ser profunda o no será más que una caricia: desde varios ejes ha llegado esta alternativa vertical. Holanda fue denostado por su planteo “especulativo” en la final de Sudáfrica y hoy es celebrado por meterle cinco al campeón: más allá del exitismo que dicta las opiniones, han cambiado los tiempos y los paradigmas.

Todo es, desde ya, relativo a los jugadores que interpreten el sistema y a lo aceitado que esté: ningún modelo garantiza nada. Pero si bien este cambio no quiere decir que el campeón será verticalista, o que ganarán sólo quienes se agrupen y salgan de contra, sí quiere decir que estamos todos en peligro: asombra, asusta la intensidad con que juegan algunos equipos, la fruición de correr la cancha como velocistas, la precisión en velocidad, la fuerza del bloque, el derroche de entrega física, la efectividad de los centros, los pases y los disparos en movimiento. Lo de Holanda, punto máximo del arte que, en dos días de competencia, lo han mostrado ya, con mayor o menor retroceso en el campo, Colombia, México, Chile, Italia, Inglaterra... La clave, imaginada en sueños por el Loco Bielsa, es ser un vértigo luminoso de pases y desmarques hacia el arco rival, siempre hacia el arco rival.

El Bayern, el Madrid, Holanda: todo es moda, y todas las modas se van como vinieron, pero la intensidad con que se juega hace pensar en una nueva dimensión del fútbol, un punto del cual no se vuelve, como ha sucedido en el tenis o en el basquet, donde ya no existe jugar pausado, donde ya no existe no poner el físico en el juego.


¿Qué pasará en Argentina, nostálgico país amante de los lentos y que sigue pensando que el pasado fue una gloria eterna (aunque ganamos dos copas del mundo “solamente”, una ilegítima)? ¿Seguiremos sosteniendo la dicotomía de jugar o correr, cuando en casi todos lados se hacen ambas?


¿Quién dice que es fácil?


El resultado deja un 3-1 que indigna. Indigna en su injusticia, porque Brasil, ese candidatazo que iba a golear a todos, a duras penas pudo ser coherente y fue puro empuje e individualismo. Indigna más, claro, porque Croacia hizo su partido y el árbitro torció el rumbo con ese penal que vio sólo él. Una sanción vergonzosa, sumada a la faltita sobre Julio Cesar que decidió sancionar y que terminaba en gol croata, difícil de pensar como un accidente, mera inocencia. Un inicio negro para la credibilidad del Mundial.

Deja muy poco para el análisis, entonces, el encuentro, desnaturalizado por la inclinación de la cancha. “Digno igual”, dicen algunos de Croacia. ¿Digno? En todo caso, una dignidad nada sorpresiva: quienes pensaban que Brasil iba a apabullar a los croatas poco sabe de fútbol. La joven patria de los Balcanes siempre muestra esa sangre guerrera y ese orgullo por la nación conseguida a fuerza de lucha. Así llegó a ser tercero en su mundial debut.

Los pueblos de esa problemática zona, además, siempre han tenido buenos deportistas y mucha pasión. De ningún modo iba a haber paseo verdeamarelho: debut mundialista y la presión agregada de la localía. Cuando Marcelo empujó el balón contra su propia área, fue el despertar de esta ilusión, tan carioca, que auguraba que todo sería fácil.

Y también fue un alerta para el resto de los equipos. No existen ya los cuadros fáciles: todos estudian, hay videos de todo y estrategias posibles para, aún en desventaja de jerarquía, anular al rival. El análisis prepartido suele perogrullar las verdades, dar por sentado jerarquías que, cuando menos, hay que ratificar partido a partido, con mucho cuidado. El encuentro de hoy, clara muestra, tuvo al perdedor siguiendo un plan de juego más pensado que el ganador. Brasil no tuvo ideas, y sí azar, en el primer tanto, mala ejecución de Neymar, y mucha política en el segundo. El tercero, donde apareció la individualidad que separa a los grandes equipos de los trabajadores, apenas decoró.

Las individualidades tendrán su peso, claro, como siempre. Pero ya no habrá, por mero peso específico, goleadas estruendosas: ya no hay equipos entregados, todos vienen a molestar. Todos, además, tienen cuadros formados por jugadores que se desempeñan en el centro del mundo futbolístico, Europa, y hasta cuentan con la ventaja de que muchos son desconocidos y descuidados.

Ojo, entonces. Nada faltó para el batacazo, apenas que el árbitro no estuviera influenciado (siendo bienpensante, claro), por el clima festivo de la previa. Este Brasil no es campeón cantado, tendrá que remar bastante (lo que más tiene, parece, es personalidad), no podrá depender de ayudines siempre y por ende, el Mundial será abierto. El Mundial arranca con una mancha negra y una advertencia: no hay nada fácil, menos en un torneo así, donde juegan tanto los sentimientos, la ansiedad, los nervios. Menos en el panorama actual del fútbol, donde ya no hay inocencia.

viernes, 28 de junio de 2013

La Bestia


Ver a Verón, el marciano pelado, abría bocas de la admiración. Pero ver a Braña, al Chapu, al emblema del juego humilde y sacrificado, abrumaba por la emoción que, siempre, sin falta, causaba.

¿Qué haremos sin el Chapu, el corazón de todo? Porque el Chapu se va. El hombre que cambió lo que el hincha de Estudiantes, siempre exigente en términos de entrega, entiende por “dejar la vida”. Par ideal de la Brujita, que si encontró su mejor fútbol de veterano en Estudiantes, no fue solamente por una cuestión de identificación: fue porque a su lado corría, metía, recuperaba y entregaba con gran criterio un Animal, con cada una de las letras y con toda la carga semántica del sustantivo en el club: Braña, bestia pura del fútbol, era la bestia de la mítica tapa de un matutino porteño que decía “Sabella y las bestias” cuando, allá por 2010, Estudiantes conseguía su última corona hasta la fecha.

Fue el mejor jugador de aquel torneo: cuando entregamos al plantel "Rastrojero", la revista homenaje a aquel campeón, los propios jugadores nos reclamaron la ausencia del Chapu manejando la camioneta en la tapa, junto a la Bruja y Sabella. Aquel torneo increíble que disputó, desdoblándose para, en ausencia de Verón, jugar de Chapu y de Brujita, coronó un 2010 que, varias veces, me tuvo al borde de las lágrimas: aquel gol a Juan Aurich, claro, el partido con River en Quilmes en el torneo Clausura, también, ese despliegue extraterrestre, encarnación del sentimiento del hincha en el verde césped, su callado liderazgo, fútbol antes que palabras, y su esfuerzo constante por mejorar y aprender, insignia pincharrata desde los tiempos de Zubeldía, lo convirtieron a partir de aquel año en uno de los número 5 más increíbles que haya dado el fútbol, un perro de presa capaz de mover la pelota y los tiempos con un panorama veroniano y algunos momentos directamente sobrenaturales.

Pero no siempre fue Braña esta enormidad de jugador: arribó muy joven y muy quilmeño al club en 2004, cuando todavía era un ocho de marca y compartía un mediocampo temible con Bastía y Meléndez. Pero el Chapu, pronto corrido al medio del campo, fue ganándose a puro correr un lugarcito entre los titulares: todavía terrenal, pero ya con su marca registrada del sacrificio, Braña se ganó muy rápido el corazón de los hinchas, particularmente sensibles a las gestas hechas de barridas aguerridas y trabadas con el alma.

Fue clave en la gesta del 2006, y aunque todavía era catalogado como la rústica contraparte del Capitán en mitad de cancha, ya era algo más. Ese algo más fue en la increíble Copa Libertadores 09, y también en Dubai. Aquellas actuaciones le insuflaron de una confianza para manejar la pelota, que lo transformaron. De bestia a crack: tras aquellos años de crecimiento al lado de la Brujita, con Simeone y con Sabella, Braña se supo gran jugador.

Por esas cosas de la vidriera pincharrata, siempre mal considerada, no consiguió nunca una oferta concreta por su pase. Tampoco le permitió el éxodo el hecho de haber conformado una de las mejores duplas de mediocampistas de la historia del fútbol argentino. Estudiantes, sapiente de lo que tenía, lo tentó una y otra vez para quedarse a vivir en el club.


Otra vez nos emociona el Chapu, parte viviente de la leyenda de Estudiantes de La Plata, merecedor de mucho más que aplausos y ovaciones: su partida duele pero, realizada con total transparencia, no ofende. El Chapu quiere probar alguna otra experiencia antes de colgar los timbos pero, como él mismo dijo, será el inexorable destino, su ligazón metafísica, inquebrantable, con los colores y los valores del club, lo que con el tiempo lo volverá a encontrar con Estudiantes de La Plata. Será hasta entonces. Cuando, no cabe duda, el Chapu nos vuelva a emocionar.

domingo, 23 de junio de 2013

El futuro llegó


Belgrano tiene muy claras las ideas, y el gol tempranero le facilitó todo: Melano empujó una pelota que envió Velasquez, que apareció solito a espaldas de un Modón titularisimo en ataque pero caótico en el retroceso, a menudo imantado por la pelota. Modón está en la lista no oficial de prestables, pero aún con sus desobediencias tácticas, propias de un jugador que pasó su vida de juvenil como volante, jugó más que el Angeleri lateral. Porque, por caso, mandó el exquisito centro que cabeceó Carrillo para el gol, una conexión madie in Inferiores para sellar el empate que dejaría a Estudiantes con 48 puntos en la temporada. Y así, llegó el día: el Pincha arrancará, por primera vez desde la temporada 2003-2004, con una campaña sub-50 en el lomo.

Fueron varios los momentos que anunciaron este desenlace y que pedían a gritos transición y seriedad sumapuntos: pero curiosamente este momento indeseable llega en medio de un prometedor presente. Hay un técnico con ganas de hacer escuela, firme defensor del cerrojo en el arco propio y con cifras alentadoras no solo teniendo en cuenta el estado en que tomó el equipo, sino en cualquier circunstancia. Hay, además, un equipo comprometido con el entrenador, con su laburo serio, obsesivo y de punta.

Pero sobre todo porque en un panorama donde el futuro asomaba complicado, florece promisoriamente la juventud. Modón y Carrillo, claro, que quizás busquen sumar partidos en otro lugar; pero además, la seguridad de vuelo andujariano de Rulli, la fortaleza y valentía de Silva, de gran pegada, el coraje del sucesor de Chapu, Gil Romero (que ayer jugó un ratito nomás), el habilidoso y despreocupado vértigo que le imprime Correa al ataque: de ese círculo surgió ayer la arrasadora media hora de Estudiantes que abarcó los últimos 15 del primer tiempo y el primer cuarto de hora del segundo. Cada vez más afianzados, ellos serán parte de la columna vertebral del futuro inmediato, apuntalados, claro, por los gritos de Desábato, y, si los planetas se alinean, por un doble cinco de los mejores de la historia: si sigue Braña y vuelve Verón, Estudiantes enfrentará finalmente el proceso de transición como debería, los viejitos ordenando y los pibitos rompiéndola.

Por supuesto que no todo es un prado colorido en el porvenir: los 98 puntos que acumula Estudiantes obligan a no resbalar desde este instante. No será responsabilidad solamente del equipo o el entrenador: los dirigentes deberán apuntar con mucho cuidado los refuerzos, cuidandose del despilfarro pero buscando una necesaria jerarquización, y con el agregado de tener en consideración el presente de los pibes, para no volver a taparlos en la oscuridad. Porque el futuro son ellos, y el futuro ya llegó. Y llegó bastante mejor que lo que, hace apenas meses, imaginaban en calle 53.

martes, 11 de junio de 2013

¿No se mancha?

Hasta las baldosas sabían que el partido estaba suspendido por un muerto y un herido de gravedad, producto de un enfrentamiento entre facciones de la barra brava y la Policía. Pero los relatores de Fútbol Para Todos seguían haciendo su mejor esfuerzo por mostrarse anodadados por el tiempo que tardaban en salir de los vestuarios los jugadores. ¿Estarían aplicándose productos para el cabello?

Otra vez, mientras tanto, los hinchas esperaban pacientes, rehenes por enésima vez del accionar represivo de la Policía y las constantes luchas de poder en el seno de verdaderas organizaciones mafiosas como son las barras bravas, que protegen los políticos y los dirigentes del fútbol. Cada vez menos gente defiende el supuesto folclore que aportan los cabecillas de las tribunas, porque cada vez es más evidente que se trata de un discurso vacío que protege sus actividades criminales ilegítimas. Podremos analizar su legitimidad barrial, su surgimiento en el marco de la disolución de identidades locales de los noventa, su rol como defensores de los hinchas ante los abusos o vacíos estalaes-policiales, pero se torna cada vez más evidente que detrás de las narrativas sociológicas y folcóricas se esconden tipos que lucran con las diversas changas que permite el fútbol, desde venta de choripanes y estacionamiento hasta pases de jugadores. Y que se matan entre sí por el botín, con el guiño de una Policía que participa del negocio.

Y los hinchas siguen yendo, a pesar de que son manoseados y golpeados por una Policía que permite el ingreso de cientos de hinchas sin entrada y sin cacheo ante sus ojos. Siguen yendo, cuando pueden morir por una bala perdida, en medio de un enfrentamiento entre facciones, el único tipo de pelea entre barras hoy en día, terminado el romanticismo de “correr al otro”. Van, se comen una suspensión, y van de nuevo el finde que viene. Les ponen la AFA Plus y ellos la pagan: una absurda medida cuyas ganancias irán a parar al bolsillo de algún funcionario y que continúa con la política de hacer en la superficie pero negar el problema de fondo. Vender humo y que nada cambie, porque, en rigor, no hay ningún interés político en que estos “hinchas apasionados”, como se los llamó alguna vez desde el oficialismo, tengan que rendir cuentas que incluyen, claro, punterismo, seguridad privada para funcionarios, aguante en actos políticos y hasta un gremio de hinchas patrocinado por el kirchnerismo en la víspera del Mundial 2010. Mucha menos intención, como demuestra el sugestivo silencio de FpT mientras se determinaba la suspensión de Estudiantes-Lanús, hay de revisar los organismos de seguridad, los operativos costosos y futiles, la obvia connivencia entre las barras y la Policía.

En la misma línea que AFA Plus, persecutoria de los hinchas, está la disolución del Coprosede, demasiado sucio ya tras perder todas las batallas posibles y demostrarse una y otra vez su connivencia en hechos de violencia (uno de los cuales sucedió en el mismo escenario que el encuentro de anoche: por Copa Libertadores, la Policía y los organismos de seguridad abrieron puertas que permitieron que una facción de la barra cruzara de tribuna y baleara a Sergio Chans). En su lugar surgió el Aprevide, que es, básicamente, el mismo organismo con la misma política. Su participación se reduce a determinar horarios ridículos “para mayor seguridad” (ayer lunes se jugó, por esos motivos, a las cinco de la tarde), y pedir operativos multitudinarios que resultan, cada vez que hay problemas, absolutamente impotentes. A veces son impotentes por falta de preparación, tanto logística (no puede ser que mil operativos armados sean abrumados por treinta sujetos y no tengan otra alternativa, otra herramienta, que la represión: que sean incapaces de prevenir y contener a pesar de su entrenamiento y su armamento) como en la inteligencia: mientras los medios advierten durante días la posibilidad de enfrentamiento entre barras (que además siempre recrudece cuando se terminan los torneos y se produce la repartija de lo recaudado que, encima, aumenta si se pelea por algo) la Policía parece no anoticiarse nunca. Por supuesto, estas distracciones ocurren muchas veces porque los operativos son impotentes porque quieren, socios de las barras en muchos chanchuyos barriales, amigotes. Los hinchas de Estudiantes recuerdan, recientemente, la liberación de una zona aledaña a la cancha de All Boys en Floresta que provocó un enfrentamiento entre parcialidades.

Pero no fue éste el caso: fue la Policía la causante del balazo mortal, que habría intervenido acorde a la costumbre en la disputa de modo represivo y habría ejecutado al barra de Lanús.Los líderes de la hinchada de Lanús fueron quienes desalojaron, antes de la suspensión, la tribuna visitante, pero en un nuevo error del operativo, la Policía permitió que llegaran al Hospital de Gonnet, donde se hallaba el muerto. Obivamente, se produjeron graves incidentes también allí.

Por supuesto, culpables no hay nunca, nadie se hace cargo a pesar de las toneledas de plata, dineros públicos incluso, invertidos en organismos y en operativos que a todas luces nada modifican, nunca, pero que sirven para la foto. Y ante los incidentes, nunca recae la responsabilidad en ellos: se utiliza a las barras como chivo expiatorio, demonio que surge de la nada, y no como un síntoma de una sociedad corrupta y de una voluntad política nula de solucionar los problemas concretos que permitió el crecimiento desmedido de un negocio criminal bajo su tutela. Mucho menos se los piensa como seres humanos: si son barras, parece disolverse el repudio por la muerte, parece ser motivo suficiente para tirar.

Esta notable negación del problema de fondo lleva a la continua aplicación de medidas vendehumo: se cierran los estadios en los clásicos, en la Primera B no se permite público visitante, se obliga a los hinchas a empadronarse o a dejar los encendedores en casa... Siempre parches, siempre claudicaciones, la Provincia acaba de determinar, tras una semana de terror, que las dos últimas fechas se jugarán sin público visitante, cuando los incidentes de los últimos años no vienen siendo causados por los choques de hinchadas sino por internas de barras. Se criminaliza al hincha y no se persigue al criminal. Y, además, claro, se suspenden encuentros: fueron dos este fin de semana (Estudiantes-Lanús y Velez-All Boys) y, en esta época de descensos y campeonatos, de histeria y guita en juego, suelen multiplicarse.

¿El show debe continuar? La suspensión del partido, molesta para mucha gente, en definitiva es incuestionable: ningún partido debería jugarse cada vez que se produce una muerte por el fútbol. Además, se corría riesgo real de que todo se pudra: el fallecido era cabecilla de la barra y el culpable, un policía. Pero, sin medidas reales para contener la violencia, resulta casi irónico parar un partido, que, treinta minutos después, se juegue otro y la atención vire, convenientemente, a otro lugar y que, como medida para solucionar la cuestión, se prohiba a los hinchas concurrir a los espectáculos deportivos: se trata de una concesión que demuestra la incapacidad de los organismos de seguridad de organizar un encuentro y de una medida mentirosa, con el único objetivo de llegar al fin del torneo y que todo pase, como reza el lema oficial de Julio Grondona.

El partido se suspende, pero la transmisión sigue, esperando hasta la hora del pase con Rosario, donde juega Newell's. Y en medio de toda esta producción de Fútbol Para Todos, claro, aparece, increíblemente, la publicidad de AFA Plus, la supuesta solución a todos los males. Los medios oficiales se hacen los desentendidos, no hablan (no pueden) de los abusos, ineficiencias o complicidades del operativo, de la falta de decisión política para solucionar la violencia en el fútbol, y, lo antes posible, otra vez, todo se disuelve en el aire televisivo. Rueda la pelota, sale el puntero a la cancha, sigue el show.

lunes, 27 de mayo de 2013

Oasis, espejismos y horizontes



Allí está el oasis, el alivio: no importa si es real o no. Espejismo o realidad, consuelo físico o anímico, el oasis es de todos modos un consuelo temporario, porque luego de bebida el agua o imaginado el reposo, la realidad del desierto que queda por caminar se impone. El oasis funciona, como el horizonte, para seguir caminando.

Estudiantes encontró en el inicio la era Pellegrino un necesario oasis. Tras una cosecha deshidratada quedó en medio del desierto, sacando cuentas y envuelto en dudas. El nuevo DT tocó un par de cositas, interpeló al equipo con mucho laburo semanal y consiguió una versión prolija de Estudiantes, que no se regala atrás como antaño, que aprendió a regular los partidos y que consigue encontrar, algo, fugazmente, a sus creadores. Machacando sobre la preponderancia de estos pilares, el equipo consiguió nada menos que 10 puntos sobre los 15 que tuvieron en el banco al flamante entrenador.

Enseguida comenzaron los delirios, propios del viajante en el desierto, los espejismos: Estudiantes era una maravilla y había, de repente, que sumar para clasificar a la Copa Sudamericana, un torneo ingrato para el club que, en este momento, traería nada más que dolores de cabeza en forma de lesiones, equipos alternativos y derrotas en el torneo que, la temporada entrante, le tiene que importar al club. Antes que pensar en el disfrute y la celebración, Estudiantes tiene que salir del desierto.

Y ese es el tema, justamente: la sumatoria de puntos calmó las sulfuradas gargantas, el infierno acuciante, el pánico del desierto sin fin. Pero aún no sale de las arenas ardientes: lejos está Estudiantes de correr, menos de volar bajito. Hilvanó un par de victorias a puro pragmatismo, pero nada le sobra y todo le costará. Argentinos llegó a La Plata con cinco derrotas al hilo y un compendio de juveniles y suplentes, en medio de un caos institucional que amenaza con incendiar todo y mandarlo a la B. Con un planteo modosito, maniató al equipo de Pellegrino y, si acertaba la que la suerte le dio, podría hasta haber ganado.

Porque mucho le falta a Estudiantes: defiende mejor (encontró un arquero que responde cuando lo llaman y hace rato no le marcan), funcionan los relevos, no queda mal parado, pero tampoco es una garantía; ataca mejor, se junta, busca por adentro y por afuera, pero en general no encuentra y sigue siendo predecible como contracara al orden hallado. Ayer fue la imagen viva de como la impotencia se termina convirtiendo en desidia: tras un primer tiempo de búsqueda paciente, el Pincha terminó jugando al gol azaroso y hasta perdió la pelota, por apresurado y harto, contra un equipo que no quería tenerla. Apenas Correa aportó rebeldía ante el empate clavado, en un equipo donde, otra vez, varios de los grandes agudizaron las dudas sobre su continuidad: Benítez fue tibio, Martínez demasiado errático, y la Gata coronó una media hora de flotación intrascendente con una expulsión boba que, además, privó a Estudiantes de una última jugada.

Pellegrino heredó un plantel caído física y anímicamente, repleto de jugadores con signos de pregunta respecto a su futuro y chiquilines de notable verdor, y consiguió torcer el destino inexorable de este torneo: perder este tipo de partidos. Hoy sumó un poroto que dejó a varios soñadores disconformes, pero que sirve para seguir caminando hacia el horizonte: el final del torneo. No es un “paso atrás” sino un paso más de este Estudiantes que no está para grandes pasos, y que puede tanto ganar (ahora sí) como empatar o perder, dependiendo todavía en gran parte (pero cada vez menos, parece) del alineamiento de los planetas.

Nada de copas o demás ilusiones: en estas cuatro fechas, el único objetivo debe ser sumar, como sea y lo que sea, y terminar este torneo Inicial de la mejor manera posible. La única utilidad de los oasis, pequeños triunfos en medio de un presente acuciante, debe ser la de motivar para terminar, de una buena vez, esta accidentada y sufrida travesía y comenzar un nuevo capítulo.

domingo, 26 de mayo de 2013

La corporación del fútbol contra el júbilo

San Martín de San Juan acababa de marcar el desnivel en un encuentro duro en que unos jugaban por la punta y los otros, los sanjuaninos, por mantenerse con vida en primera. El festejo se desató alocado, como sucede cuando los equipos tienen pocas oportunidades para celebrar, cuando cada gol vale oro. El festejo es, después de todo, la consumación del fútbol, el momento único de descontracturarse, el momento sin reglas ni tiempo. Por supuesto, hacia ese lugar anárquico y gutural fueron las reglas.

Terminada la celebración, el autor del tanto, Damián Ledesma, recibió una segunda amarilla, acusado de sacarse la camiseta, y se fue de la cancha en un momento clave para los sanjuaninos, y también para otros equipos interesados, como, por caso, estos chicos de Independiente. El jugador se había levantado la casaca pero no se la había quitado, por lo cual, en primera instancia, la sanción del árbitro resultó apresurada, descontextualizada, una sanción demasiado celosa de una regla banal, que no tuvo en cuenta momentos ni lugares, ni siquiera matices. Las críticas fueron acompañadas por las teorías conspirativas que, naturalmente, surgen cerca de junio cada año, y en contrapartida surgieron las voces que cargaron las tintas en la soncera y la inconsciencia del pobre Ledesma.

No sabemos si la corporación del fútbol (AFA, árbitros -que son de AFA- y medios) ayuda o no a Independiente, el club de Don Julio que, por ser uno de los grandes de capital, atrae gran cantidad de telespectadores. Tras años de fútbol todos hemos visto afanos, a veces sutiles amonestaciones que te sacan un jugador el próximo partido o faltitas que te inclinan la cancha, a veces groseras omisiones: sabemos entonces que algún ayudín seguramente habrá, aunque hasta aquí no le ha funcionado demasiado bien al equipo de Avellaneda. La cuestión, de todos modos, es puramente especulativa gracias a los “códigos” del fútbol, esos que Ezequiel Fernández Moores ha igualado con razón a la omertá (la ley del silencio de las mafias). No interesa, por ende, desarrollarla.

La situación de Ledesma revela, sin embargo, otro manejo apenas velado del fútbol. La reglamentación que devino en la expulsión del jugador de San Martín fue sancionada en 2004 por FIFA, en principio, para poner límite al festejo desmedido, a la “excesiva muestra de júbilo”. Una sanción disciplinaria injusta, exagerada, pero esperable en un deporte donde vuelan las patadas y los árbitros expulsan jugadores cuando los insultan.

Ahora, la regla 12 (Faltas e incorrecciones), dentro de la cual se incluyó la sanción que discutimos, habla, muy específicamente, del tema camiseta. El “festejo desmedido” por, digamos, colgarse de los alambrados o gritarle el gol a la hinchada ajena, queda abarcado por la ley, por su espíritu, primando como en todo el reglamento el criterio arbitral a la hora de definir qué es desmedido y qué no. Pero lo mismo no ocurre en cuanto al festejo con quita de camiseta (?), situación ante la cual la FIFA obliga a amonestar: la reglamentación de una situación tan particular dentro de un reglamento más bien acotado y librado mayormente a la interpretación de las situaciones parece, en principio, arbitraria, ortiva, un castigo caprichoso a una situación inofensiva. Por supuesto, toda regla tiene un alto grado de arbitrariedad: si el deporte reglamenta que uno no debe atarse los cordones dentro de la cancha, hacerlo es necesariamente irresponsable o inconsciente. Sin embargo, esta regla no es tan arbitraria como parece, y tiene su origen en la infame alianza entre fútbol, medios y empresas.

El gol es el momento de gloria pero, también, de exposición del futbolista. Por ello los festejos con bailecito, máscaras y dedicatorias que pululan por el mundo: es el instante donde todas las cámaras enfocan al jugador, donde lo vuelven protagonista absoluto. En este momento de pico de rating, a algunos locos se les ocurría, gran osadía, sacarse la camiseta que, además de la marca del club, promociona una tercera marca, la empresa patrocinadora, que se quedaba de ese modo sin tapa de diario, sin espacio en los noticieros, en fin, sin la razón de existencia de esta publicidad no tradicional.


Las empresas patrocinadoras, en general, suelen pertenecer a conglomerados que aglutinan medios y otras empresas: la causa de uno es la causa de todos, y cuando las costumbres del fútbol confrontan con los financistas del deporte, quienes tienden a cambiar son las costumbres del fútbol. Los ejemplos abundan, desde los números en las camisetas hasta el intento fallido de agrandar los arcos. La regla número 12 del reglamento de la Federación Internacional de Fútbol Asociado es uno de estos ejemplos que revela, a las claras, como las reglamentaciones, en el fútbol como en todos los deportes, no se decretan por el bien del juego, sino por el bien del espectáculo.